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Hermano
Rafael - Dios y mi alma (II)
(�ndice)
12 de
febrero de 1938 - sábado
12
de febrero de 1938.
Muchas
veces he pensado que el mayor consuelo es no tener ninguno;
lo he pensando y lo he experimentado.
Si
el consuelo nos viene de las criaturas, el volver a
la desolación, se hace duro y penoso. Y si el
consuelo nos viene de Dios..., ¡cómo es posible
luego vivir entre tanta miseria! ¡Qué cuesta
arriba se hace la vida! ¡Cómo lastima el trato
con los hombres! ¡Qué penoso es el tener que
cuidar a este miserable cuerpo, y tener que alimentarse,
dormir y sufrir mil flaquezas de la carne!
Alguna
vez he sentido en mi corazón, pequeños latidos
de amor a Dios... Ansias de Él y desprecio del mundo
y de mi mismo.
Alguna
vez he sentido el consuelo enorme e inmenso de yerme solo y
abandonado en los brazos de Dios. Soledad con Dios..., nadie
que no lo haya experimentado, lo puede saber, y yo no lo
sé explicar. Pero sólo sé decir que es
un consuelo que sólo se experimenta en el sufrir...,
y en el sufrir solo.., y con Dios, está la verdadera
alegría.
Es
un nada desear más que sufrir. Es un ansia muy grande
de vivir y morir ignorado de los hombres y del mundo
entero... Es un deseo grande de todo lo que es voluntad de
Dios... Es no querer nada fuera de El... Es querer y no
querer... No sé, no me sé explicar...,
sólo Dios me entiende, pero aunque no sé la
causa, sé sus efectos.
Todo
va cambiando en mi alma. Lo que antes me hacia sufrir...,
ahora me es indiferente; en cambio, voy encontrando
repliegues en mi corazón que estaban escondidos, y
que ahora salen a la luz.
En
primer lugar, lo que antes me humillaba, ahora casi me causa
risa. Ya no me importa mi situación
de oblato en el monasterio... Alguna vez miro con cierta
envidia la cogulla, pero me alegraría si me dieran la
capa de oblato y me quitaran la de novicio
(1).
Veo que el último lugar es el mejor de todos; me
alegro de no ser nada ni nadie; estoy
encantado con mi enfermedad que me da motivos para padecer
físicamente y moralmente. Pero lo más
general es que me traiga sin cuidado, y no me importe
nada, ni la capa, ni la cogulla..., (2) y el lugar veo que es lo de menos...
Mi
enfermedad..., ¿qué más me da comer solo
que acompañado, lentejas que patatas, padecer hambre
o sed, vivir hacia la derecha o hacia la
izquierda?
Todo
me es igual. Sólo quiero amar a Dios y cumplir su
voluntad...¿Qué hay fuera de eso? Vanidad...,
aire..., deseos pueriles de hombre.
Antes
sufría al yerme solo. Bendita soledad, Señor,
en que me pones... No quiero que me hable ninguna criatura.
¿Qué me pueden decir que Tú desde tu
Cruz, no me enseñes?
Cuando
tengo una duda, o algo en que estoy incierto, cuando me
aprieta una tentación o me dejo llevar de alguna
flaqueza..., procuro hacer un acto de humildad a los pies de
tu Cruz, y besando tu divina sangre que escurre de las
llagas de tus pies por el madero..., pedirte
protección, ayuda y consejo..., lo que Tú me
inspiras en aquel momento, eso hago.
Bendita
soledad en la que Tú sólo recoges mis
penas. En la que Tú sólo recibes mis
lágrimas, y para quien sólo son mis
fervores, mis ansias de tu amor, mis deseos de padecer una
partecica de tu cruz.
Ya
no me quejo de nada, Señor... Sólo quiero
hacer tu voluntad y creo, Señor, en la obediencia
humilde, cumplirla.
Sólo
pretendo vivir una vida muy sencilla, sin cosas
extraordinarias..., muy oculto a los hombres mi amor por
Ti...
Vivir
mi vida de enfermo en la Trapa con la sonrisa en los
labios... Hacer con sencillez lo que me manden. Obedecer con
prontitud..., y esconder a todos, el pequeño
volcán de mi corazón, que quisiera morir
abrazado a la Cruz de Jesús..., mis deseos a veces de
penitencias que no puedo cumplir...
Quisiera
dormir en la escalera... Quisiera comer debajo de la mesa
del Padre Abad. Quisiera andar vestido de un saco y una
cuerda.. Quisiera, Señor, enmudecer por Ti toda la
vida... Y quisiera a veces hacerme el loco y salir dando
gritos por los claustros del monasterio..., arrastrarme a
los pies de todos los religiosos... No sé,
Señor, lo que yo haría si me dejaran..., a lo
mejor nada.
¡Ah!,
¿quién piensa en blancas cogullas..., cuando veo
a mi Jesús desnudo en una Cruz?...
¿Quién piensa en ser apreciado de los hombres,
cuando veo a mi Jesús olvidado de sus amigos y
despreciado y escupido en la calle de la
amargura?...
¿Quién
piensa en tener prudencia, cuando vemos a Jesús con
una capa y un cetro de loco?... Señor,
Señor, yo quisiera ser ese loco..., y recibir las
risas y las burlas que Tú recibiste...
Quisiera,
Señor, ser ese loco... No sé lo que digo...,
pobre oblato trapense, cuya vida quieres Tú que se
deslice en silencio, en oscuridad..., en sencillez... Sea,
Señor, cumplida tu voluntad.
¡Pero
no tardes, Señor! Mira que tu siervo Rafael tiene
prisa de estar contigo..., de ver a María, tu
Santísima Madre..., de cantar tus alabanzas con los
santos y con los ángeles... ¡Ah!, Señor,
¿cuándo tendré que dejar de comer..., de
dormir..., y de tratar con todos?
¡Qué
hermosa profesión voy a hacer el día de mi
muerte!... ¡Votos eternos de amor!... para siempre...,
siempre... ¿Quién piensa en la tierra y en los
hombres? Todo es perecedero, pequeño y deleznable...
Sólo Dios... Todo lo externo es vanidad...
Sólo Dios... El tiempo y el hombre pasan...
Sólo Dios.
Sólo
Dios... Sólo Dios... Sólo Dios... sea mi vida,
y María mi buena Madre, me ayude a caminar en este
valle de miserias. Así sea.
Domingo de
Septuagésima
13 de
febrero de 1938
Bendito
Jesús, ¿cómo expresarte, ¡oh
Señor!, la gran ternura que mi alma siente ante la
dulzura de tu amor?
¿Qué
he hecho yo, Dios mío, para que así me trates?
Tan pronto se inunda mi alma de profunda amargura, como se
llena de regocijante alegría, al pensar en Ti y en lo
que Tú me prometes al final de la jornada.
¿Que
he hecho yo, Señor?
Hoy
en la santa comunión he sentido el consuelo de yerme
cerca de Ti, cuando todo parece que me abandona. He querido,
Señor, clavar en tu Corazón esas palabras que
digo todos los días: "No permitas, Señor, que
me aparte de Ti".
Abrazado
a tu Cruz, entré en el capítulo... A los pies
de tu Cruz tomé el alimento que necesita mi
débil naturaleza... A los pies de tu ensangrentada
Cruz, hallo el consuelo de escribir estas líneas...
«No permitas que me aparte de ti".
Esté
siempre, Señor, a la sombra del duro madero. Ponga
allí, a tus pies, mi celda, mi lecho... Tenga yo,
Señor, allí mis delicias, mis descansos en el
sufrir... Riegue el suelo del Calvario con mis
lágrimas... Allí a los pies de la Cruz, tenga
mi oración, mis exámenes de conciencia... "No
permitas, Señor, que me aparte de Ti".
Qué
alegría tan grande es poder vivir al pie de la Cruz.
Allí encuentro a María a san Juan y a todos
tus amadores. Allí no hay dolor, pues al ver el tuyo
Señor ¿quién se atreve a
sufrir?
Allí
todo se olvida, no hay deseo de gozar, ni nadie piensa en
penar... Al ver tus llagas Señor sólo un
pensamiento domina al alma... Amor..., sí, amor para
enjugar tu sudor, amor para endulzar tus heridas, amor para
aliviar tanto y tan inmenso dolor.
No
permitas, Señor, que de Ti me aparte.
Déjame
vivir al pie de la Cruz sin pensar en mi, sin nada querer ni
desear, más que mirar enloquecido la sangre divina
que inunda la tierra...
Déjame,
Señor, llorar, pero llorar de ver lo poco que puedo
hacer por Ti, lo mucho que te he ofendido estando lejos de
tu Cruz... Déjame llorar el olvido en que te tienen
los hombres, aun los buenos...
Déjame,
Señor. vivir al pié de tu Cruz ,de día,
de noche, en el trabajo, en el descanso, en la
oración, en el estudio, en el comer, en el dormir....
siempre.... siempre.
Qué
lejos veo el mundo, cuando pienso en la Cruz. Qué
corto se me hace el día cuando lo paso con
Jesús en el Calvario. Qué dulce y tranquilo es
el sufrimiento pasado en compañía de
Jesús crucificado.
Llevo
muy poco tiempo desde que conocí la dulzura de los
caminos de Cristo, pero es en la Cruz donde siempre he
hallado consuelo. Es en la Cruz donde he aprendido lo poco
que sé... Es en la Cruz donde he hecho siempre mi
oración y mis meditaciones... En realidad no
sé otro sitio mejor, ni acierto a encontrarlo...,
pues quieto
Por
eso, Señor, al ver la divina escuela de tu Cruz; al
ver que es en el Calvario, acompañando a
María, donde únicamente puedo aprender a ser
mejor, a quererte, a olvidarme y despreciarme, "no permitas
que me aparte de Ti".
Qué
bueno es Dios conmigo. Eso sí que no lo sé
expresar. Me saca a la fuerza del mundo. Me
envía una cruz y me acerca a la suya..., y
así, sólo esperar; esperar con fe, con amor;
esperar abrazado a su Cruz.
¡Ah!,
la locura de la Cruz, ¡quién la tuviera!
¡Ah!, si el mundo supiera el tesoro de la Cruz,
cómo cambiarían los hombres.
¡Ah!,
si Dios no permitiera que yo le ofendiera!, y siempre lo
hago cuando de su Cruz me aparto..., qué feliz seria
yo entonces.
Por
eso, Señor, agarrado a ella con todas mis fuerzas,
juntando mis lágrimas a tu sangre y gritando con
gemidos y aullidos..., queriendo volverme loco..., loco por
tu santísima Cruz..., óyeme, ¡oh
Señor!, atiéndeme y no desprecies mis
súplicas... Limpia con el agua de tu costado mis
pecados enormes, mis faltas, mis ingratitudes; llena mi
corazón con tu sangre divina, y sosiega mi alma que
no cesa de clamar: "Déjame, Señor, vivir junto
a tu Cruz, y no permitas que de ella me aparte".
¡Virgen
María, Madre de los Dolores!, cuando mires a tu Hijo
ensangrentado en el Calvario, déjame a mi que
humildemente recoja tu inmenso dolor, y déjame que,
aunque indigno, enjugue tus
lágrimas.
18 de
febrero de 1938 - viernes
Día
18 de febrero de 1938.
Por
suerte... ¡oh Señor!, no solamente mi
espíritu padece. Hasta que no vine a la Trapa no
sabia lo que era llorar de hambre
(3).
Mi enfermedad es una mina inagotable de sufrimientos
físicos y morales... Bendita sea tu mano, o buen
Jesús..., yo te la beso y la adoro, lo mismo cuando
con ella me azotas, que cuando me acaricias... Bendita sea
tu voluntad...
Lágrimas
de hambre..., ¿quién me lo había de
decir? Y, sin embargo, ésa es la realidad.
¡Cuánto sufro, oh Señor! Tú lo
sabes... Cuántos días salgo con los ojos
húmedos del refectorio, y a los pies de tu Cruz
bendita, coloco mi penitencia..., ese hambre que mi
enfermedad produce, y que aquí en la Trapa puedo
decir que hay muy pocos momentos en que se vea
saciada.
Recuerdo
la primera Cuaresma que pasé siendo novicio.
Qué alegría el verme ayunando en medio de la
comunidad. ¿Dónde estaba mi penitencia?...
¿Dónde estaba el pan de lágrimas que es
el agradable a Jesús?
Yo
no tenía entonces más que una vana
satisfacción al ver la pobreza de mi alimento...
Quizás algún día me acordara de lo que
dejé..., pero no pasé hambre como ahora, en
que mi vida es y será una Cuaresma continua
(4)...,
en medio de mi soledad en la enfermería.
Cuando
después de comer me levante de la mesa y como hombre
carnal, miserable y material, vaya a llorar los sufrimientos
de mi enfermedad a los pies del Sagrario..., ¡ah!, si
fuera ángel no lloraría, pero soy hombre..., y
hombre como hay pocos, Dios lo sabe.
Señor,
ayúdame..., atiéndeme en la tentación;
no me dejes, Señor, pues yo solo ¿qué
podré hacer?... ¿A dónde iré con
mi dolor? ¿Quién atenderá mis
quejidos?...
Sufro,
Señor, Tú lo sabes... ¿Hasta
cuándo prolongarás esta vida mía,
inútil para Ti, y para todos, pues aunque en momentos
de generosidad deseo sufrir por el mundo entero, y me
ofrezco a Ti, para lo que Tú quieras..., son tan
pocos los momentos en que pienso así..., es tanta la
sensualidad de mi carne, y la flaqueza de mi
espíritu, que ya ves, Señor... cuantas veces
desfallezco.
Nada
soy, y nada valgo... ¿Qué se puede esperar del
lodo, del barro miserable..., débil y
enfermo?
Señor...,
Señor, no tardes... Ayúdame; mira que mis pies
vacilan si me veo solo... Mira que no sé hasta
dónde llegaré y quisiera, Señor, llegar
al fin, pero al ver mis pies ensangrentados, y con tanto
dolor... ¿resistiré?... No me dejes, buen
Jesús... Ampárame, Virgen
María.
¡No
sé para qué escribo esto!... No sé para
qué! ¿Quién ha de leer mis flaquezas y
miserias?... No lo sé, ni me importa, pero es un
consuelo para mi, ya que con nadie me comunico, llenar
pliegos de papel y escribir como si al mismo Jesús
escribiera... Quizás me sirva esto de oración
y Él me oiga.
Dulce
soledad, que hace arrimarse el alma a Jesús y a
sólo El buscar.
Dulce
penitencia ignorada de los hombres, y que hace llorar en
silencio y sin que nadie más que Jesús se
entere.
Feliz,
mil veces feliz soy, cuando a los pies de la Cruz de Cristo,
a Él y sólo a Él, le cuento mis cuitas,
le ofrezco mis alegrías profundas de yerme querido de
Él, le entrego otras veces mi alma apenada y dolorida
al verse tan sola en la tribulación, riego el pie del
madero con las lágrimas de mi penitencia..., y canto
y lloro, y... no sé más que pedirle amor...,
amor para esperar..., amor para sufrir, amor para gozar...,
y hay momentos en que nada del mundo me importa, ni los
hombres, ni las bestias, ni las tinieblas, ni el
sol...
Hay
momentos en los cuales hasta el hambre se me olvida...
Quisiera morir abrazado a la Cruz de Jesús, besando
sus llagas, ahogándome en su sangre divina, olvidado
de todos y de todo.
Feliz,
mil veces feliz soy, aunque en mi flaqueza me queje algunas
veces.
Nada
deseo, nada quiero, sólo cumplir mansamente y
humildemente la voluntad de Dios. Morir algún
día abrazado a su Cruz y subir hasta Él en
brazos de la Santísima Virgen María.
Así sea.
23 de
febrero de 1938 - miércoles
23
de febrero de 1938.
¡Señor
Jesús! Tú que eres el único que en este
destierro entre los hombres me consuelas; el único en
quien descansa mi alma; el único que me enseña
y guía, sé, Señor, también, el
sostén y el apoyo en mis flaquezas y
tentaciones.
¿Qué
vine yo aquí a buscar? ¿Acaso a los hombres? No,
Dios mío..., no... sólo a Ti y a tu Cruz
deseo... Pero (siempre el "pero"), yo también soy
hombre, sujeto a mudanzas y con un corazón vano y
caprichoso... Yo, Señor, vine buscándote a
Ti... mas he de vivir entre criaturas,
¡qué gran cruz es ésa!...
queriéndote a Ti y suspirando por Ti..., he de vivir
aún entre hombres. He de ver a cada paso en la
tierra, o una miseria o una flaqueza o un dolor...
¡Qué duro se hace, Señor, vivir en la
tierra!
Hubo
un tiempo en que busqué al hombre..., busqué
su consuelo..., busqué a Dios en la criatura... Vana
ilusión... Cuánto me ha hecho
sufrir.
Ya
no espero nada de los hombres... ¿Qué me pueden
dar?... Sólo Tú, Señor, eres mi
única esperanza.
¿Dónde
están los que te aman, Dios mío? Vine
engañado al monasterio. La realidad me ha abierto los
ojos... En mis luchas, Señor, me sostuviste...
(aún no he dejado de luchar)... En la
desilusión de mi vida, pude tirar por otro camino, el
mundo, mas la misericordia de Dios me sostuvo y me
sostiene... ¡¡Y qué obra de Jesús
tan maravillosa!! Mi alma se ensancha y goza al ver perdida
la ilusión, y se extasía al ver que
sólo Dios puede llenar mi vida.
Solo
en la Trapa, desprendiendo mi corazón poco a poco de
todo, voy viviendo mi soledad con Dios. ¡Qué
felicidad!... pero cuántas lágrimas cuesta.
Qué dura se hace a veces la
tentación.
El
otro día vi y entendí algo que
me llenó el alma de turbación...
¿Cómo es posible, Dios mío? Soy hombre y
sufrí... ¿cómo no?... No sabia qué
hacer si llorar o tirarme a las paredes... No podía
estudiar, ni rezar, ni pensar en otra cosa... Dios
mío, Dios mío ¿dónde están
los que te aman?... ¿Cómo es posible vivir entre
los hombres?... Señor, ten compasión de mi, yo
soy el más miserable... No sé..., es algo que
para entenderlo, hay que pasar por ello.
En
mis pasos excitado por el noviciado, sin ya saber qué
hacer..., me asomé a una ventana, en contra de mi
costumbre y de mi reglamento que me lo
prohíbe.
Empezaba
a salir el sol. Una paz muy grande reinaba en la
naturaleza... Todo empezaba a despertar..., la tierra, el
cielo, los pájaros... Todo poco a poco, despertaba
dulcemente al mandato de Dios... Todo obedecía a sus
divinas leyes, sin quejas, y sin sobresaltos, mansamente,
dulcemente, tanto la luz como las tinieblas, tanto el cielo
azul como la tierra dura cubierta del rocío del
amanecer... Qué bueno es Dios, pensé... En
todo hay paz menos en el corazón humano.
Y
suavemente, dulcemente, también Dios me
enseñó por medio de esta dulce y tranquila
madrugada, a obedecer...
Una
paz muy grande llenó mi alma... Pensé que
sólo Dios es bueno; que todo por Él
está ordenado... Que qué me importa lo que
hagan y digan los hombres... Para mí no debe haber en
el mundo más que una cosa... Dios..., Dios que lo va
ordenando todo para mi bien...
Dios,
que hace salir cada mañana el sol, que deshace la
escarcha, que hace cantar a los pájaros y va
cambiando en mil suaves colores, las nubes del
cielo...
Dios
que me ofrece un rincón en la tierra para orar: que
me da un rincón donde poder esperar lo que espero..
Dios tan bueno conmigo, que en el silencio me habla al
corazón y me va enseñando poco a poco,
quizás con lágrimas siempre con cruz, a
desprenderlo de las criaturas, a no buscar la
perfección más que en Él
a
mostrarme a María y decirme: He aquí la
única criatura perfecta... En Ella encontrarás
el amor y la caridad que no encuentras en los
hombres.
¿De
qué te quejas, hermano Rafael?
Ámame
a Mi, sufre conmigo, soy Jesús.
¡Ah!,
Virgen María..., he aquí la gran misericordia
de Dios... He aquí cómo Dios va obrando en mi
alma, a veces en la desolación, a veces en el
consuelo, pero siempre para enseñarme que sólo
en Él tengo que poner mi corazón, que
sólo en Él he de vivir, que sólo a
Él he de amar, de querer, esperar..., en pura fe, sin
consuelo ni ayuda de humana criatura.
Qué
felicidad, Madre mía... Cuánto le tengo que
agradecer a Dios... ¡Qué bueno es
Jesús!
Cuando
dejé de mirar el cielo desde la ventana del
noviciado..., pensé: el Señor saca bienes de
los males. Si alguien me hubiera visto, habría
pensado..., un novicio que pierde el tiempo.
¿Acaso
es perder el tiempo adorar entrañablemente a Dios?...
Pasó la tentación, la turbación, y con
ella, dejé de pensar en lo que había
oído, y haciendo un acto de unión con la
voluntad divina, cosa que hago siempre que me acuerdo,
bajé a la iglesia a oír la santa Misa, y desde
allí, a los pies del Sagrario, elevé mi
corazón a Dios y a la Santísima Madre
María, y se lo ofrecí, para que Él lo
siguiera limpiando, y haciendo con él lo que
quisiera.
¡Qué
grande es la misericordia de Dios! Qué bien comprendo
aquellas palabras (no recuerdo de dónde) que dicen:
"Le llevó a la soledad, y allí le habló
al corazón" (5).
Sólo
Tú, Dios mío, sólo
Tú.
Cuanto
más me he acercado a las criaturas, más me he
visto lejos de ellas, y cuanto más lejos estoy del
hombre, más cercano estoy a Dios.
26 de
febrero de 1938 - sábado
Bendito
sea el Señor. Gran paz proporciona a mi alma,
cualquier insinuación que Él me manifieste,
después de una tentación o de una
prueba.
Un
buen pensamiento; una palabra leída al azar en un
libro..., una frase del evangelio, basta para deshacer mis
tinieblas y llenar mi alma de luz... Bendito sea Dios...,
mil y mil veces bendito por su siervo Rafael, que no sabe
cómo agradecer tanto beneficio, y sólo
quisiera abismarse en su nada para glorificar la grandeza
del Señor.
Mi
vida es una continua mudanza de desolaciones y de consuelos.
Aquéllas son tristezas y penas, a veces muy
hondas..., pensamientos que me turban, tentaciones que me
hacen sufrir.
Los
consuelos son lo mismo, pero al revés...,
alegrías interiores desconocidas, ansias de padecer y
amor a la Cruz de Jesús, que llenan mi alma de paz y
sosiego en medio de mi soledad y mis dolores, que no
cambiaría por nada del mundo.
He
aquí un ejemplo reciente.
El
otro día todo lo veía negro; mi vida
oscura y encerrada en la enfermería, sin sol,
sin luz, sin nada que la ayudara a soportar la carga que
Dios ha echado encima de mi... Enfermedad, silencio,
abandono..., no sé, mi alma sufría mucho; el
recuerdo del mundo, la libertad..., me abrumaba... Mis
pensamientos eran tristes, lóbregos. Me veía
sin amor a Dios, olvidado de los hombres, sin fe y sin
luz.
Me
pesaba el hábito... Tenía frío y
sueño... No sé, todo se juntaba. La oscuridad
de la iglesia me entristecía... Miraba al Sagrario, y
nada me decía. Me veía muerto en vida,
me veía encerrado en el monasterio, como el muerto
en el sepulcro..., peor que en el sepulcro pues en
éste por lo menos se descansa... En fin, estos eran
mis pensamientos el otro día antes de recibir al
Señor en la comunión.
La
idea de que estaba sepultado en vida, me obsesionaba,
me enloquecía... El demonio se empeñaba en
hacerme padecer con el recuerdo del mundo, de la luz, de la
libertad..., y me insinuaba la alegría de
vivir.
Los
monjes me parecían almas en pena, que también
eran muertos vivos, que sufrían el encierro
del sepulcro...
Bueno,
no sé explicarme..., hubiera querido en aquellos
momentos morir de veras..., pero por no sufrir... Vi
después era tentación.
Con
el alma en este estado me acerqué a recibir al
Señor. Acababa de ponerme de rodillas, con deseos de
pedirle a Jesús sosiego para mi espíritu,
cuando sentí un fervor muy grande, y un amor
inmenso a Jesús, y un olvido absoluto de todos mis
anteriores pensamientos, al recordar unas palabras que yo
creo que Jesús me inspiró en aquel
momento, y que me decían: "Yo soy la
Resurrección y la Vida".
¡Para
qué expresar lo que mi alma se consoló! Casi
lloraba de alegría, al verme a los pies de
Jesús, enterrado en vida. Mis manos apretaban
el crucifijo, y mi corazón hubiera querido morir,
pero ahora por amor a Jesús, por amor a la
verdadera vida, a la verdadera libertad... Hubiera querido
morir de rodillas abrazado a la Cruz, amando la voluntad de
Dios..., amando mi enfermedad, mi encierro, mi silencio, mi
oscuridad, mi soledad. Amando mis dolores, que en un momento
de luz..., y con una chispita de amor de Dios, tan pronto se
olvidan.
¡Qué
pequeño me parecía todo!..., el mundo con
todas sus criaturas..., qué insignificante mi vida
con tantos y tan pueriles cuidados... Qué
insignificantes los intereses humanos..., el monasterio
qué pequeño con sus monjes... En fin,
cómo desaparecía todo, ante la inmensa bondad
de un Dios que se abate hasta mi, para decirme: ¿por
qué sufres?... Yo soy la salud..., Yo soy la Vida...
¿Qué buscas aquí?
¡Ah!,
buen Jesús..., ¡si los hombres supieran lo que
es amarte en la Cruz!... ¡Si los hombres sospecharan lo
que es renunciar a todo por Ti!
Cuánta
alegría, vivir sin voluntad.
Qué
tesoro tan grande es, el no ser nada, ni nadie..., el
último... Qué tesoro tan grande es la Cruz de
Jesús, y qué bien se vive abrazado a ella;
nadie lo puede sospechar.
Haz
conmigo lo que quieras buen Jesús... Envíame
la consolación cuando la necesite, y no te importen
mis desconsuelos y mis desolaciones; en ellos tengo mi
dicha, mi amor, mis..., no sé qué digo...
Señor, quisiera amar con locura tu Cruz..., no
permitas que de ella me aparte.
He
aquí mi vida de oblato cisterciense..., sufrir,
padecer y amar con frenesí todo lo que Dios en
su infinita bondad quiera enviarme... Él es el que lo
hace, y si Él me envía el consuelo, Él
también me envía el dolor... ¿Cómo
no amar al que todo lo hace por nuestra salud?
¿Cómo
no volverse loco de alegría al ver que es Dios quien
nos envía la cruz? ¿Cómo no adorar hasta
morir, a esa bendita cruz, que es nuestra única
salud, resurrección y vida?
No
sé..., si sigo escribiendo me pierdo. Sólo
puedo decir que en el amor a la Cruz de Cristo, he
encontrado la verdadera felicidad y soy feliz, absolutamente
feliz, como nadie puede sospechar, cuando me abrazo a la
ensangrentada Cruz y veo que Jesús me quiere, y que
María también me quiere, a pesar de mis
miserias, de mis negligencias, de mis pecados. Pero yo no
tengo importancia..., sólo Dios.
26-febrero
de 1938
27 de
febrero de 1938 - domingo
Día
27 de febrero de 1938.
Domingo
de Quincuagésima.
Hoy
le he ofrecido al Señor lo único que me
quedaba... la vida. He puesto a sus pies para que Él
la acepte y la emplee en lo que quiera y la tome cuando
quiera, y para lo que quiera..., mi vida.
Cuando
abandoné mi casa, abandoné de propio
intento, una serie de cuidados que requiere mi enfermedad, y
vine a abrazar un estado, en el cual es imposible cuidar una
enfermedad tan delicada. Sabia perfectamente a lo que
venia.
Sin
embargo... algunas veces, ¡pobre hermano Rafael!, sin
tú darte cuenta, sufrías, el verte privado de
muchas cosas necesarias..., sufrías verte privado de
la libertad de dar a las flaquezas de tu enfermedad los
remedios de que allí en el mundo no
carecías.
Te
abrazaste desde un principio a la Cruz de Cristo, pero en
algún momento desfallecías.
Otras
veces, al ver que tu vida aquí en la Trapa, la
acortabas a sabiendas, al ver que por voluntad de
Dios (y no de los hombres), sentías más el
peso de la enfermedad incurable, aquí que en el
mundo, donde todo está a tu servicio,
también sufrías.
Otras
veces, sufrías solamente por ver tu vida enferma, y
para siempre sin un alivio.
Pues
todo eso se acabó.
Al
Señor esta mañana, le he ofrecido mi vida.
Ésta ya no es mía... Que Él la cuide si
quiere, que yo ya no pienso preocuparme. Sí,
ocuparme, porque Él me la presta, pero... nada
más.
Si
Él quiere me enviará los remedios necesarios.
Si Él no quiere, pasaré tan contento sin
ellos. No me preocuparé en absoluto del estado de la
salud... Tomaré lo que me den, haré lo que me
manden, obedeceré en todo.
Trataré
a mi cuerpo como si fuera de otro. Buscaré solamente
la voluntad de Dios. Amaré sus deseos y haré
de ellos mi única ley. Si El quiere mi vida larga y
penosa... sea. Si Él la quiere tomar esta noche...,
sea. Lo mismo hoy que mañana, que dentro de mil
años, mi vida es suya, mi cuerpo es suyo, mi salud,
buena o mala es suya. Que Él sea el
responsable de lo que me suceda.
Le
he pedido a la Virgen María interceda delante de
Jesús, para que acepte mi oblación.
¡Qué alegría tan grande si Dios la
aceptara! ¡Qué alegría seria morir por
Jesús..., y que Él ofreciera mi vida al Eterno
Padre, en reparación de los pecados del mundo; de las
guerras; de los pueblos infieles; por los sacerdotes; por el
Papa y por la Iglesia!
No
me importa sufrir y padecer, si Jesús acepta mi
oblación. Ya le he dado el corazón..., le he
dado mi voluntad... Ahora le doy mi vida. Ya nada me queda
más que morir cuando Él quiera.
Cúmplase
su voluntad y no la mía.
¡Qué
contento estoy al no tener ya nada! Al no tener que andar
caviloso sobre si esto me sienta bien , esto mal; sobre si
la medicación o el régimen, o lo que sea...
Hago lo que me manden, y no me ocuparé de
más.
Que
el Señor cuide mi enfermedad como quiera. Y
cuantos menos cuidados me envíe, y en más
necesidades me ponga..., mejor.
A
veces, Señor, quisiera morir en la indigencia,
abandonado de todos en la calle o en un hospital
público... Morir de necesidad, pero creo que eso es
una tentación... No sé, en tus manos estoy y a
las de la Virgen María me encomiendo.
He
visto y comprobado, que estoy más fervoroso y
más cerca de Dios, cuanta más hambre
tengo y más se me doblan las piernas.
Me
ayudan mucho las lágrimas que derramo algunos
días después de la colación en el
coro.
En
esos momentos, sufro mucho física y moralmente, pero
luego bendigo entrañablemente a Dios.
Verdaderamente,
no soy mas que miseria, tanto me mire por dentro como por
fuera. Cuando llega la noche y veo el cansancio de mi
cuerpo, la pobre necesidad de la materia, la pequeñez
y ruindad de mi cuerpo, y además, veo la puerilidad y
futilidad de los motivos por los cuales mi espíritu
estuvo turbado durante el día, las insignificantes
razones que tuve para sufrir, y la pequeñez del mundo
entero, aunque éste me aplastara... Cuando veo todo eso y pongo a su lado la santísima Cruz
de Jesús... ¿quién se atreve a pensar en
si mismo y a decir que sufre?
¡Oh!...
egoísmo humano..., lloras por una manzana, te
acongojas con los dichos de un hermano..., te turbas con el
recuerdo de un día de sol en el mundo... y sufres por
lo que es aire y vanidad.
¡Oh,
miseria del hombre! ¡Qué poco miras a Cristo
crucificado!... ¡Qué poco sufres y lloras por
Él!...
Humilla
tu cara en el polvo, hermano Rafael, y deja ya de pensar en
nada que sea barro, que sea criatura, que sea mundo, que
seas tú... Llena tu alma del amor de Cristo; besa sus
llagas; abrázate a su Cruz; sueña y piensa y
duerme en El... ¡Qué bien se descansa a los pies
del dulce Madero! ¿Qué bien se duerme agarrado
al crucifijo!
¡Qué
bueno es Dios!
(1)
A pesar de que
el hermano Rafael no era novicio canónicamente, sino
simple oblato, usaba capa hasta los pies y no manto hasta
las rodillas, como le correspondía. (Volver)
(2)
Según
define el Libro de Usos, "La cogulla baja por delante
hasta cinco centímetros del suelo y un poco
más por detrás; está cerrada por todos
los lados y cosida por debajo de las mangas. Su anchura por
debajo de los brazos es de un metro y cuarenta
centímetros, poco más o menos; la capucha
tiene treinta centímetros de profundidad y las mangas
un metro de circunferencia en toda su longitud, las cuales
bajan unos doce centímetros, al menos, más
abajo de las rodillas..." (Volver)
(3)
La diabetes le
producía un hambre terrible. (Volver)
(4)
"El mal
avanzaba y Fray María Rafael lo comprendía,
acentuándose más y más cada día
su amor a Dios, su fe inquebrantable en el bien que le
esperaba, y su vehemente deseo de morir... ¡Y Dios le
quería tanto que el sufrimiento fue para él el
constante compañero de su vida que ya no abandona
nunca" (VIDA Y ESCRITOS, pp. 461 y 405).
(Volver)
(5)
Oseas 2, 14.
(Volver)
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