|
Hermano
Rafael - Dios y mi alma (III)
(�ndice)
4 de marzo
de 1938 - viernes
4 de
marzo de 1938.
Bendita
sea la siempre la adorable y tranquila Santísima
Trinidad.
Cojo
hoy en nombre de Dios la pluma, para que mis palabras al
estamparse en el blanco papel sirvan de perpetua alabanza al
Dios bendito, autor de mi vida, de mi alma y de mi
corazón.
Quisiera
que el universo entero, con todos los planetas, los astros
todos y los innumerables sistemas siderales, fueran una
inmensa superficie tersa donde poder escribir el nombre de
Dios.
Quisiera
que mi voz fuera más potente que mil truenos, y
más fuerte que el ímpetu del mar, y más
terrible que el fragor de los volcanes, para sólo
decir, Dios.
Quisiera
que mi corazón fuera tan grande como el cielo, puro
como el de los ángeles, sencillo como la paloma, para
en él tener a Dios.
Mas
ya que toda esa grandeza soñada no se puede ver
realizada, conténtate, hermano Rafael, con lo poco, y
tú que no eres nada, la misma nada te debe
bastar.
¡Qué
hipocresía decir que nada tiene..., el que tiene a
Dios! ¡Sí!, ¿por qué callarlo?...
¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué no
gritar al mundo entero, y publicar a los cuatro vientos, las
maravillas de Dios?
¿Por
qué no decir a las gentes, y a todo el que quiera
oírlo?... ¿Ves lo que soy?... ¿Veis lo que
fui? ¿Veis mi miseria arrastrada por el fango?... Pues
no importa, maravillaos, a pesar de todo, yo tengo a
Dios..., Dios es mi amigo..., que se hunda el sol, y se
seque el mar de asombro..., Dios a mí me
quiere tan entrañablemente, que si el mundo entero lo
comprendiera, se volverían locas todas las criaturas
y rugirían de estupor.
Más
aún... todo eso es poco.
Dios
me quiere tanto que los mismos ángeles no lo
comprenden.
¡Qué
grande es la misericordia de Dios! ¡Quererme a
mí..., ser mi amigo..., mi hermano..., mi padre, mi
maestro..., ser Dios y ser yo lo que soy!
¡Ah!,
Jesús mío, no tengo papel ni pluma.
¡Qué diré!... ¿Cómo no
enloquecer?... ¿Cómo es posible vivir, comer,
dormir, hablar y tratar con todos? ¿Cómo es
posible que aún tenga serenidad para pensar en algo
que el mundo llama razonable, yo que pierdo la razón
pensando en Ti?
¡Cómo
es posible, Señor!... Ya lo sé, Tú me
lo has explicado..., es por el milagro de la
gracia.
Si
el mundo que busca a Dios..., supiera. Si supieran esos
sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las
eternas discusiones... Si supieran los hombres dónde
se encuentra Dios..., cuántas guerras se
impedirían..., cuánta paz habría en el
mundo, cuántas almas se salvarían.
Insensatos
y necios, que buscáis a Dios donde no
está.
Escuchad,
y... asombraos. Dios está en el corazón del
hombre... yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el
corazón del hombre, cuando este corazón vive
desprendido de todo lo que no es El. Cuando este
corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas,
y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a
recibir al Único que llena de
veras.
Qué
dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del
corazón. Qué suavidad tan grande es verse
lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir
así.
Qué
poco cuesta..., mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que
Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y
el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.
Sólo
Dios llena el alma..., y la llena toda.
No
hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe...
Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace
sufrir...
Que
vengan los sabios preguntando dónde
está Dios. Dios está donde el sabio con la
ciencia soberbia no puede llegar... Dios está en el
corazón desprendido
, en el silencio de la
oración, en el sacrificio voluntario al dolor, en el
vacío del mundo y sus criaturas...
Dios
está en la Cruz, y mientras no amemos la Cruz, no le
veremos, no le sentiremos...
Callen
los hombres, que no hacen más que meter
ruido.
¡Ah!,
Señor, qué feliz soy en mi retiro...
Cuánto te amo en mi soledad... Cuánto quisiera
ofrecerte que no tengo, pues ya te lo he dado todo...
Pídeme, Señor..., mas ¿qué he de
darte?
¿Mi
cuerpo?, ya lo tienes; es tuyo. ¿Mi alma?...
Señor, ¿en quién suspira sino en Ti, para
que de una vez la acabes de tomar? ¿Mí
corazón? está a los pies de María,
llorando de amor..., sin ya nada querer, más que a
Ti.
¿Mi
voluntad? ¿acaso, Señor, deseo lo que Tú
no deseas? Dímelo... dime, Señor, cuál
es tu voluntad, y pondré la mía a tu lado...
Amo todo lo que Tú me envíes y me mandes,
tanto salud como enfermedad, tanto estar aquí como
allí, tanto ser una cosa como otra.
¿Mi
vida? tómala, Señor Dios mío, cuando
Tú quieras.
¡Cómo
no ser feliz así!
Si
el mundo y los hombres supieran. Pero no sabrán;
están muy ocupados en sus intereses; tienen el
corazón muy lleno de cosas que no son Dios.
Vive el mundo muy para un fin terreno; sueñan los
hombres con esta vida, en que todo es vanidad, y
así..., no se puede encontrar la verdadera felicidad
que es el amor a Dios. Quizás se llegue a comprender,
pero para sentirla hay que vivirla, y muy pocos se renuncian
a si mismos y toman su cruz..., aun entre los
religiosos...
Señor...,
qué cosas permites..., tu sabiduría
sabrá; tenme a mi de la mano y no permitas que mi pie
resbale, pues si Tú no lo haces...,
¿quién me ayudará? ¿Y si Tú
no edificas?.
¡Ah!,
Señor, cuánto te quiero. ¡Hasta
cuándo, Señor!
Virgen
María, dile a Jesús que quisiera volverme loco
y hacer locuras por su amor; dile que... me perdone... El lo
hará, bendita Madre, si tú se lo dices.
Así sea.
7 de marzo
de 1938 - lunes
7 de
marzo de 1938.
Con
qué facilidad juzga el mundo, y con cuánta
facilidad también se equívoca. Para mi familia
es la cosa más natural que yo esté en la
Trapa.
Mis
hermanos, llevados del cariño, desean mi felicidad.
Han visto, mientras he estado en el mundo, mis deseos de
vivir y morir trapense... Ahora que ya vivo en el
monasterio, dicen..., que Dios te ayude, por fin vives en tu
centro, ojalá no tengas que volver a salir..., eres
feliz en el convento, el mundo no es para ti.
Estas
y otras razones se hace mi familia.
Es
natural..., ignoran mi vocación.
Si
el mundo supiera el martirio continuo que es mi vida... Si
mi familia supiera que mi centro no es la Trapa, ni
el mundo, ni ninguna criatura, sino que es Dios, y Dios
crucificado...
Mi
vocación es sufrir, sufrir en silencio por el
mundo entero; inmolarme junto a Jesús por los pecados
de mis hermanos, los sacerdotes, los misioneros, por las
necesidades de la Iglesia, por los pecados del mundo, las
necesidades de mi familia, a la que quiero ver, no en la
abundancia de la tierra, sino muy cerca de Dios.
¡Ah!,
si el mundo supiera lo que es mi vocación en la
Trapa... Si supieran ver la cruz detrás de una
pacífica sonrisa; si supieran ver las enormes luchas
detrás de la paz conventual... Pero no, eso no deben
verlo... Sólo Dios. Bien está
así.
Esto
no son quejas, ni amargura..., todo lo contrario. Mis
ansias de cruz no disminuyen. Mi mayor alegría es
vivir ignorado. Mi vocación la comprendo y en ella a
Dios bendigo cuando de todo corazón la abrazo...
Qué dulce es sufrir por Jesús y sólo
por Él y sus intereses.
La
Trapa mi centro, dice el mundo..., qué paradoja. Mi
centro es Jesús, es su Cruz... La Trapa no me importa
nada..., y si Dios me manifestara otro sitio donde
sufriera más, y El me lo pidiese, allí
me iría con los ojos cerrados.
Yo
no me entiendo a veces. Soy absolutamente feliz en la Trapa,
porque en ella soy absolutamente desgraciado.
No
cambiaría mis penas, por todo el oro del mundo, y al
mismo tiempo, lloro mis tribulaciones y desconsuelos, como
si con ellos no pudiera vivir.
Deseo
con ansia la muerte por dejar de sufrir, y a veces no
quisiera dejar de sufrir ni aun después de
muerto.
Estoy
loco, chiflado, no sé lo que me pasa. En algunos
momentos sólo en la oración a los pies de la
Cruz de Jesús, y al lado de María, tengo
sosiego.
Que
Él me ayude. Así sea
(1).
8 de marzo
de 1938 - martes
Día
8 de marzo de 1938.
Dios
y su voluntad es lo único que ocupa mi vida. Lo que
antes era deseo vehemente, por su infinita misericordia se
va templando. Qué inmensa es la gracia de Dios
cuando va llenando poco a poco un alma. Cómo se va
precisando más y más la vanidad de todo lo
humano, y cómo en cambio, se llega uno a convencer
prácticamente de que sólo en Dios es donde se
halla la verdadera sabiduría, la verdadera paz, la
verdadera vida, lo único necesario y el único
amor y deseo del alma.
El
otro día estuve con el reverendo Padre Abad. Fui a
pedirle me concediera alguna penitencia en este santo tiempo
de Cuaresma, cosa que me negó, y en cambio me dijo
que el día de Pascua me daría la cogulla
monacal y el escapulario negro
(2).
¡Qué alegría tuve, buen Jesús!
Hubiera abrazado al R.P.A..., demasiado bueno es
conmigo.
Cuánta
ilusión tenía ya hace algún tiempo por
poder vestir la cogulla... Qué alegría tan
grande me dio el pensar en que dentro de un breve plazo no
me distinguiría en nada de un verdadero religioso
(únicamente la corona que no podré
usar).
Mas
después que fui a darle gracias al Señor por
este beneficio, vi claramente que en mí
eso es vanidad. Vi que es un honor que me hace la comunidad
(3),
y eso me lastima más que otra cosa. ¡Ah!,
si me hubiera dado el hábito de
converso como le manifesté..., otra cosa hubiera
sido; pero lo mismo me da.
De
pardo (4)
o
de blanco, con cogulla o sin ella soy el mismo delante de
Dios. Todo lo externo me es indiferente... Sólo
quiero amar a Dios, y eso lo hago por dentro y sin
que se enteren los hombres.
Lo
mismo me da, Señor, el honor que el desprecio. La
alegría yana y un poco infantil de vestir la cogulla
ya se ha serenado... No quisiera, Señor, que nada del
mundo me turbara, ni nada de las criaturas me quitara la paz
y el sosiego de amar sólo tu voluntad.
Y
así veo, Señor, que todo es vanidad. Que
Tú no estás en el hábito ni en la
corona. ¿Entonces? Tú, Señor, sólo
estás en el corazón desprendido de
todo.
Tú,
buen Jesús, divino amado mío, tienes tus
delicias... ¡Ah!, Señor, qué voy a decir,
en el corazón del hombre... Yo te brindo el
mío.
Déjame
hacer en el tuyo mi celda. Déjame hacer junto a
él mi lecho. Déjame vivir solo y desnudo de
todo junto a tu Corazón Divino, y ríame de los
hábitos, de las coronas, y... de las barbas de todos
los conversos del mundo. Seré siempre el mismo para
Ti, ¿verdad Jesús?.
¡Qué
necio y pueril es el mundo! ¡Cómo nos alegra un
trapo y nos entristece una nube! ¡Con qué
facilidad nos consideramos felices con una
niñería, y con otra niñería nos
abatimos y desalentamos!
¡Qué
poco somos..., como vivimos a lo exterior, sin pensar
que todo es nada, menos amar y servirte a Ti, Jesús
mío!
Quiero,
Señor, pasar esta Cuaresma, muriendo poco a poco, lo
mucho que aún me falta, para vivir sólo para
Ti; para que algún día me dejes, Señor,
penetrar por la haga de tu costado, y hacer una celdica
junto a tu Divino Corazón... ¿Me lo
permitirás? A la Santísima Virgen María
se lo pido con fervor. Así sea.
(Aunque
la nona se vista de seda..., mona se queda).
Un
día que me parecía muy grande la
pequeña cruz que Jesús me enviaba... Un
día que al pensar en lo que aún me queda de
vida..., de vida trapense, aquí encerrado para
siempre, me parecía muy larga...,
un día en que sufría
pareciéndome penoso y largo mi camino,
leí unas palabras que decían...
NADA
DE LO QUE TIENE FIN ES GRANDE
9 de marzo
de 1938 - miércoles
Mi
amadísimo Jesús: Comprendo que la humildad y
paciencia, son las cosas que hoy más
necesito.
Después
de llevar una hora y pico en la clase de latín con
los oblatos (5),
salgo con el espíritu cansado y con los nervios en
tensión. Cuántas veces, Señor, me
agarro al crucifijo y hago un acto de sumisión a tu
voluntad... Pero, Señor, los nervios no puedo
dominarlos. ¡Si tuviera verdadera y perfecta
paciencia!
Virgen
Santísima María, a ti te ofrezco ese
pequeño sufrimiento en reparación de tantas
veces como te he ofendido en las clases y en las aulas de la
universidad.
Te
ofrezco, Señora, el esfuerzo de
atención en reparación de tanto tiempo
perdido en mis días de estudiante. Te ofrezco, Virgen
María, la obediencia humilde en la clase, en
reparación de tantas faltas de soberbia como tuve en
el mundo.
Por
último, Señora, te ofrezco para que tú
se la presentes a Jesús, toda mi voluntad y
sumisión, a los divinos deseos de tu Hijo.
Recíbelo
todo, Madre mía, a pesar de ir a tus manos, no con
toda la pureza que yo quisiera, pero mira Señora, no
la ofrenda en si, que nada vale, sino mi intención
que bien quisiera fuera de tu agrado.
Así sea.
9-marzo
de 1938
13 de marzo
de 1938 - domingo
l3
de marzo de l938.
En
el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
¡Señor!
¿cómo es posible vivir, esperando lo que espero?
¿Cómo me es posible pensar en tanta cosa criada,
como me rodea, teniéndote a Ti? Me maravillo de que
tu gracia no me mate. ¡Es tanta y tan
abundante!
Sueño
con tu gloria; vivo algunas veces atontado y sin saber lo
que quiero..., de tanto que quiero.
¡Cómo
me cansan las criaturas, Señor y Dios mío!
¡Qué sinsabor tan grande me causa el tratar
cosas del mundo, el hablar de negocios temporales, el
escuchar noticias!... ¡Ah!, Señor, nada quisiera
saber, ni escuchar... Sólo Tú, Señor,
sólo Tú.
Nada
me llena... Nada desea mi alma..., ni aun gozar ni
padecer... Sólo desea amar con locura. Sólo se
llena del pensamiento de Ti... ¡Qué ansias tan
grandes, Señor..., qué duro es
vivir!
Antes
todo me llevaba a Ti... Todo me hablaba de tu inmensa
bondad, de tu grandeza; ahora también te alabo en las
criaturas, Señor..., pero el sol me parece
pequeño..., el cielo azul es hermoso, pero no eres
Tú, la belleza del mundo..., es tan poquita
cosa.
¡Cómo
cambias mi alma!... Qué maravilloso milagro. Nada me
dicen las criaturas..., todo es ruido... Sólo en el
silencio de todo y de todos, hallo la paz de tu amor...
Sólo en el humilde sacrificio de mi soledad, hallo lo
que busco..., tu Cruz..., y en la Cruz estás
Tú, y estás Tú solo, sin luz y sin
flores, sin nubes, sin sol... Las criaturas te abandonaron,
el cielo se oscureció... Sólo quedó en
el silencio del Gólgota, un Dios clavado en la
Cruz.
Señor
Jesús..., mírame a tus plantas adorando tu
agonía, besando tus llagas, limpiando con mi dolor tu
divina sangre...
Cómo
quisiera, Señor, morir a tus plantas de amor...,
olvidado de todos, sin ruido, en silencio, sin pensar en los
hombres que son criaturas, sin soñar con el mundo,
que te abandonó, sin mirar a los cielos, ni a las
flores, ni a las aves, ni al sol.
Señor,
quisiera morir de amores a los pies de tu Cruz;
¿qué divino milagro hiciste con mi alma?
¿Dónde están mis penas?...
¿Dónde mis alegrías? ¿Dónde
mis ilusiones?... Todo voló.
Mis
penas eran egoísmos... Mis alegrías,
vanidades... Mis ilusiones, Tú las desvaneciste al
soplo de tu amor. Me enseñaste a los hombres y me
dijiste: ¿Qué te pueden dar que no te dé
yo?... Y vi miserias, que me hicieron llorar...
Busqué consuelo, y no lo encontré.
Busqué caridad y..., Señor, ¿qué
diré?, sólo en Ti la
encontré.
Ya
nada me importa..., sólo me hace sufrir la espera...,
el temor de perderte..., el tener que vivir.
Ya
no me importa vivir encerrado entre muros, sin ver las
puestas del sol, sin tomar las brisas del mar, sin correr
por el mundo en alas de la libertad. Todo eso es
pequeño, no es nada, prefiero a Jesús en la
soledad.
Ya
no me importan las criaturas, ni me hacen daño las
flaquezas de los hombres... Son hombres, y nada más;
sólo en Dios hallo refugio; sólo en Él
he de buscar caridad.
Ya
no me importa mi vida, ni mi salud, ni la enfermedad...
Sólo encuentro consuelo en hacer su voluntad..., y
eso me llena de tal alegría que, a veces, tengo el
corazón tan lleno, que parece va a
estallar...
Qué
bueno es Dios, qué grande es su misericordia...,
qué maravilloso es el amor que Jesús me
tiene... ¿Hasta dónde va a llegar?
No
sé, Señor..., me anonado, me atonto, me abismo
en mi pequeñez, y suspiro por un poquito de amor para
poder ofrecértelo,. Nada soy, nada valgo, sólo
tengo miserias y pecados
y a pesar de todo
Tú, Señor, me cuidas y me consuelas
me
apartas de las criaturas y me llenas de tu amor
¿qué diré?
Yo
bien quisiera callar..., pero el escribir este inmenso
milagro que estás haciendo con mi alma, aunque
quizás nadie lo lea..., me parece que con ello te doy
un poquito de gloria, pues mi escritura muchas veces es
oración.
Señor
Jesús, qué bueno eres.
Una
de tus grandezas es la transformación que haces en mi
alma con respecto al amor al prójimo. Me
explicaré.
Cuando
antes buscaba un religioso y me encontraba en su
lugar, un hombre corriente..., ¡cuánto
sufría, buen Dios!
Cuando
un hermano, sin él saberlo, me humillaba (¡a
mi..., qué paradoja!), también
sufría...
Cuando
no encontraba mi alma lo que buscaba... aunque no fuera
más que educación..., muchos ratos he pasado a
los pies de la Cruz... Señor, Tú ya
sabes.
Perdí
la ilusión..., y en mis ratos de desconsuelo
pensaba... más vale así..., he de separar mi
corazón de los hombres y entregárselo
sólo a Dios... Pasaba días en que no
quería hacer ni señas... En medio de
todo eso (ahora lo he visto claro), había
bastante soberbia, mucha vanidad, y un inmenso amor
propio... Dulce y manso Jesús..., perdóname,
no sabía lo que hacía... Solo y sin
guía..., si Tú no me ayudas, mil y mil veces
me desviaré del verdadero camino, de la caridad de
Cristo.
Ahora
me pasa una cosa muy rara. Algunos días, cuando salgo
de la oración, aunque en ésta me parece no
hacer nada, siento unos deseos muy grandes de amar a
todos los miembros de la comunidad con unas ansias muy
grandes..., como Jesús los ama.
Siento
algunos días después recibir al Señor
en la comunión, y ver lo que Él me ama
siendo lo que soy, que de buena gana, besaría
el suelo que los religiosos pisan, y siento unos deseos muy
grandes de humillarme ante aquéllos que antes
creía yo me habían humillado.
Son
religiosos al servicio de Dios... Jesús los quiere...
Yo soy el último, el más mundano y con
más lastre de pecados... ¡Ah, si el mundo
supiera lo que yo he sido!
¡Ah!,
Señor, en esos momentos quisiera ser pisoteado por
todos; siento un gran amor y caridad por todos; no me
importaría que el último me mandase las cosas
más humillantes..., no veo flaquezas ni miserias en
nadie... sólo veo mi ruindad amada por
Dios..., y ante eso ¿qué no quisiera yo
hacer para imitarle?... ¡Pues amar
entrañablemente al prójimo!
¡Qué
grande es tu misericordia, Señor! ¿Qué
mérito tenemos al amar a los buenos y a los santos?
¿Acaso Jesús no está clavado en la Cruz
por los pecadores?
Buen
Jesús, llena mi alma de caridad... Es el único
alimento que en esta vida me puede de veras
nutrir...
No
sé si me explico..., pero lo que me pasa yo me lo
entiendo muy bien.
¡Ah!,
Señor, y qué gran paz se siente en esos
momentos... Así como antes me turbaba una falta o una
flaqueza de un hermano y sentía casi
repulsión..., ahora siento una ternura
muy grande hacia él..., y quisiera en lo que de
mí depende, reparar la falta... Es un alma a la que
quiere Jesús. Es un alma por la cual Jesús
sangra desde la Cruz... ¡Acaso yo la voy a
desdeñar!... Dios me libre..., al contrario, siento
un gran amor hacia ella, y esto que digo no es yana
palabrería, es un hecho real y positivo que yo no he
conseguido, sino que Jesús ha puesto en mi alma... He
aquí el estupendo milagro.
Ahora
veo claro.
Sólo
la caridad hace feliz... Sólo en ella se encuentra la
mansedumbre y la paz... Solamente en la caridad se halla la
verdadera humildad, y solamente en ella podemos vivir
tranquilos y felices en comunidad. ¡Cuántas
cosas diría si supiese escribir!
Mas
no sé, y ante la impotencia de poder expresar lo que
mi alma siente, prefiero callar.
La
Santísima Virgen, que me comprende sin necesidad de
ruidos ni de palabras, es mi gran consuelo.
Ante
Ella deposito mi silencio. Así sea.
(1)
"Dice su confesor el Padre Teófilo Sandoval
Fernández que ya entonces comenzaron a notar que algo
extraordinario se operaba en el alma del hermano Rafael.
Pasábase horas enteras junto al Sagrario, a solas con
su Dios, en elevadísima unión con Él, y
luego, al volver a reanudar su vida en el monasterio,
veíanle transformado, reflejada en su límpida
mirada aquella llama de amor ardiente que le
consumía.
Pasaba
mucho tiempo al pie del Sagrario (dice el Padre Amadeo). Ya
en los últimos meses de su vida me llamaba la
atención su postura ante el Santísimo; era la
postura de quien está completamente abandonado en las
manos del Señor; le costaba trabajo separarse del
centro de sus amores.
Muy
agotado físicamente, no podía hacer duros
trabajos, y alguna vez, para distraer sus largas horas de
soledad, ocupábanlo en pelar patatas, o en la
chocolatería, o en hacer planos y dibujos que el
reverendo Padre Abad le encargaba, o en estudiar
latín, o en clase de gramática con los
pequeños oblatos, por los que sentía especial
cariño y predilección.
Pero
Fray Maria Rafael no podía atender a nada de la
tierra. Sólo amar a Dios era su pensamiento
constante, y este amor conmovía todas las fibras de
su ser, anegando su corazón y haciéndole
indiferente a todo lo que no fuera su Dios" (VIDA Y
ESCRITOS, PP. 481-482). (Volver)
(2)
Los novicios llevaban el escapulario de color blanco, como
la túnica, en tanto que el negro era propio de los
profesos. (Volver)
(3)
El caso del Hno. Rafael, de habérsele dado la cogulla
(que únicamente es de uso por los hermanos profesos)
siendo un simple oblato, ha sido único en la historia
del Monasterio de San Isidoro. (Volver)
(4)
Los llamados "hermanos conversos" (que hoy ya no existen)
llevaban el hábito de color pardo y se dejaban crecer
toda la barba. (Volver)
(5)
Durante mucho tiempo, en los monasterios cistercienses
había un grupo de oblatos, que eran niños
aspirantes al noviciado. No existen en la actualidad.
(Volver)
Anterior
�ndice
Siguiente
|