|
Hermano
Rafael - Dios y mi alma (IV)
(�ndice)
19 de marzo
de 1938 - sábado
Día
19 de marzo, glorioso san José.
Bendito
Jesús, ni yo mismo me entiendo. Ya no sé ni lo
que quiero, ni lo que deseo, ni si deseo o quiero... Mi alma
es un torbellino. A veces creo que ya está mi
corazón vacío de todo, y a veces veo que no lo
está... ¡En qué quedamos!... No lo
sé.
Señor,
tengo un deseo inmenso de cumplir tu voluntad y nada
más que ella; hundirme en tu voluntad; amarla hasta
morir; ahogarme en ella y vivir sólo para
cumplirla... Esto es cierto.
Siento
al mismo tiempo unos deseos míos de
mortificación y penitencia. Siento inmensas ansias de
padecer algo por Ti, mi buen Jesús.
Quisiera
dejarme morir de hambre si me dejaran... Quisiera no
respirar, ni hablar, ni levantar la vista del suelo...
Quisiera no dormir, ni acostarme...
Quisiera
estar arrodillado ante tu Sagrario día y noche...
¡Ah!, Señor, cuánto me cuesta algunas
veces, dejar la iglesia..., y tratar con los
hombres.
Quisiera,
Señor, morir o vivir, pero haciendo algo por
tu amor..., es terrible esta vida inútil que yo
llevo.
Tengo
mucho miedo en mi actual situación. Estoy demasiado
considerado, me van a dar la cogulla, nadie me
pisotea, como merezco.
Quisiera
vivir en un rincón del monasterio vestido de saco, y
comiendo sólo las cortezas del queso que deja la
comunidad...
Quisiera,
Señor, hacer locuras..., y en lugar de vivir como
vivo, vivir olvidado, despreciado e incluso dando
asco.
Todo
esto es cierto. ¿Se compagina con tu voluntad? No
lo sé, por lo menos en este momento. Otras veces creo
que no y otras veces creo que lo que no tengo es
valor ni resolución para dar el brinco y saltar por
todo. Algunas veces creo que Dios me llama por un camino de
más penitencia y más oración.
Más mortificación y menos o ningún
cuidado a mi enfermedad.
Como
en la comunidad no me permitirían hacer esa vida, la
podría hacer debajo de los puentes y en los
pórticos de las iglesias..., con unos
zuecos de madera y un saco al hombro..., y a
desaparecer de todo el que me conozca tanto padres, como
amigos, como frailes..., nadie, sólo Dios y yo. Dicen
que San
Benito Labre
murió
de inanición en una iglesia
(1).
Todo
esto lo he pensado en serio.
En
mis confesores, superiores y maestros, lo único que
he encontrado es prudencia..., prudencia y prudencia. Me
mandan comer, dormir y no trabajar... Soy una especie de
flor de estufa que no da ni olor.
Mientras
tanto..., esperar a saber lo que debo hacer. ¿Lo
sabré con certeza algún día?
Espero en Dios y en María que sí.
¡Señor,
es tan cómoda esta vida! Tengo mi cuarto; mi cama,
algo dura, pero ya me he acostumbrado... Tengo libros; paso
algo de hambre, pero no me muero por eso, ni mucho menos, al
contrario, me parece que estoy mejor desde que vine. No me
dan trabajos pesados... Tengo silencio cuando quiero, pues
no tengo más que retirarme a mi habitación...
En fin, quitando algunas cosillas, ¡qué
más puedo pedir!... Y siento una cosa dentro que me
dice: mortificación..., penitencia..., sacrificio...,
nada de eso hago.
Ante
ese llamamiento opongo dos cosas: 1º Yo mismo.
2º La prudencia. La carne y la obediencia. Mi
naturaleza encuentra muy razonable obedecer, ¡es tan
cómodo!
-
Padre, ¿puedo levantarme al Oficio?
-
No hijo, que necesitas descanso.
-
Padre, ¿puedo cercenar la comida?
-
No hijo, que necesitas alimento.
-
Padre, ¿puedo ir al trabajo del campo?
-
No hijo, que te cansas.
Bueno,
pues a obedecer..., y obedezco a veces con unos deseos
inmensos de hacer lo contrario..., saltar la prudencia, y...
morir por Jesús y por María.
20 de marzo
de 1938 - Domingo 3º de Cuaresma
3º
Domingo de Cuaresma - 20 de marzo,
1938.
¡Qué
cansado estoy, Señor y Dios mío! ¿Hasta
cuándo me tendrás en olvido?... Cómo se
recrea mi alma en esos salmos de David en los que llora su
hastío de vivir aún en la tierra y suspira por
Ti... "Incola ego sum in terra",
(2)
me repito muchas veces, suspirando por el cielo y
viéndome extraño y peregrino en la
tierra.
¡Qué
cansado estoy, Señor! Cómo me cuesta a veces
el tratar con las criaturas que me hablan de todo menos de
Dios... Cuánta violencia me hago a veces para no
romper a gritos, llamando a Dios en mi ayuda en medio de
este destierro, en el que, como dice santa Teresa, todo es
impedimento para no gozarle.
¡Hasta
cuándo, Señor!
Me
cansan los hombres, aun los buenos... Nada me dicen. Suspiro
todo el día por Cristo, y en medio de mi deseo de
cielo y de amor a Jesús, arrastro mi vida que el
mundo aún sujeta y tengo forzosamente que ocuparme de
comer, dormir..., ¡qué asco!, Señor,
perdóname... Tú así lo
quieres
No
sé lo que digo... No sé lo que siento...
Perdóname, Señor... ¡Estoy tan cansado!
Mi alma sufre de verse privada de tus amores, sufre de verse
en el encierro de este cuerpo miserable... Estoy enfermo,
Señor, ten misericordia de mí... He sido un
gran pecador. No sé lo que quiero ni lo que me
pasa... Perdóname, Señor, lo que digo...
Tú que conoces mi corazón hasta el fondo,
puedes comprender... Los hombres no, pero no me importa...
Sigan ellos con sus cosas, con su mundo, con
preocupaciones..., con sus vanidades... Yo, Señor,
nada quiero, nada me importa..., sólo Tú... No
me hagas caso de lo que digo, a veces estoy loco.
Ayer
quería morir a fuerza de penitencia; hoy veo que nada
puedo hacer que Tú no quieras... Estoy atado a tu
voluntad..., ¡qué alegría!
No
me hagas caso, Señor..., soy un niño
caprichoso... Pero Tú tienes la culpa, mi Dios...,
¡si no me quisieras tanto!
Comprende,
Jesús mío, que con lo que Tú me
quieres, y con lo que yo te quiero, es muy penoso vivir
así..., y claro, ya comprenderás que a veces
sienta esos deseos de desatarme de este cuerpo que tanta
guerra me da, que desee salir de entre tanta criatura que
no son Tú..., que me canse de esperar... Ya ves,
Señor, soy flaco y miserable... No sé
padecer, no sé cumplir tu
voluntad...
Soy
un pobre hombre que al mismo tiempo que desea cumplir
sólo lo que Tú quieras y desees, ansia
volar a Ti, suspira por ver a la Virgen y a los
santos...
¡Qué
alegría el día que pueda ver a María,
con san Juan Evangelista y san Juan de la Cruz, san
Bernardo, san Francisco de Asís y san José que
son mis protectores, así como esas dos santas que
tanto te amaron y que tanto me han enseñado:
Gertrudis y Teresa de Jesús, y santa Teresita..., y
los ángeles todos, y el glorioso san Rafael, y el
ángel de mi guarda... Y... bueno, y Tú,
Señor, a quien tanto quiero, a quien adoro, a quien
amo sobre todas las cosas, por quien suspiro y peno, y
lloro, y por quien Tú lo sabes bien, mi buen
Jesús, quisiera volverme loco.
Tengo,
Señor, dentro de mi, como ves, todo eso, y
así no me es posible vivir, te lo digo en serio,
Señor..., soy un desgraciado.
Pero
perdona mi atrevimiento... ¿Quién soy para
atreverme a tanto? No sé..., el ignorante se atreve a
todo, y yo ignoro muchas veces lo que soy, y lo que he
sido... Ilumina mis tinieblas para conocerme mejor, y ver a
la luz que Tú me envíes, mis miserias, mis
pecados, mis enormidades que aún necesito
llorar largo tiempo aquí en la tierra.
No
me hagas caso, Señor, hasta que esté
limpio
Envíame tu luz para comprender. La santa
compunción para llorar. La fe para sólo en
ella confiar. La esperanza para sostener mis flaquezas
Y por encima de todo, dominándolo todo,
lléname, Señor, de tu inmensa caridad, de tu
amor
Que me llene, me desborde, me inunde en las
delicias de tu amor sin límites
, y me vuelva
loco de veras.
Perdóname,
Señor..., no sé lo que pido.
María,
Madre mía, sé mi ayuda y sé mi
guía. Así sea.
25 de marzo
de 1938 - viernes
Día
25 de marzo de 1938. (3)
¡Jesús
mío, qué bien se vive sufriendo a tu lado,
aquí en la vida oculta del monasterio!...
¡Qué lástima me da de los del
mundo!
Ha
venido mi hermano a visitarme..., cuánto le quiero,
es un ángel de Dios. Me edifica su cristiano modo de
pensar, su conducta tan seria y formal, su alma en la cual
veo madera para edificar, y un corazón apto para
Dios... Eso es mi hermano, el simpático teniente de
artillería.
Vino
con permiso del frente, y... hablamos..., hablamos del mundo
y hablamos de Dios.
Después
de haber pasado con él el día, ahora en el
retiro de mi celda, pienso lo bueno que es Dios al haberme
traído a mí a la vida religiosa, lejos
del mundo y a los pies de Jesús.
Qué
feliz soy en medio de mis penas y sacrificios... Qué
feliz soy de poder ser un alma que sufre por Jesús...
Qué feliz soy de poder poner mis ansias, mis deseos,
mis flaquezas incluso, a los pies del Tabernáculo de
Jesús.
Hablé
con mi hermano del mundo..., y vilo que ya otras veces
pensé: la vanidad de las cosas del mundo.
Me
habló de mi familia..., su preocupaciones y sus
intereses... Hablamos de proyectos futuros... Me
contó detalles de la nueva vida de mis padres y
hermanos, reformas en la casa. Me habló de perros,
caballos, automóviles..., que sé
yo.
Qué
bueno es Dios que de todo eso me ha separado... Para
mí ya no hay nada que me interese... Qué feliz
soy con sólo Dios y mi cruz.
En
el mundo se sufre..., todo son afanes, deseos,
esperanzas..., pocas veces cumplidas. En el mundo se lloran
intereses materiales, viles y deleznables... En el mundo
se llora poco por Cristo. En el mundo se sufre
poco por Dios.
¡Qué
pena me da del mundo!... Pierde el tiempo el hombre en
bagatelas; pierde el tiempo en llorar esta vida que es un
soplo de niño en medio de una tempestad, que es un
grano de arena en el mar..., un instante en la
eternidad.
No
envidio a nadie... No quiero libertad si ésta no me
sirve más que para olvidarme de lo único
necesario, que es el amar a Jesús en la
Cruz.
¡Qué
pena me da del mundo!
. que no sabe en medio de sus
ansias de placer y felicidad, que la única dicha es
poder llegar a morir abrazado a la Cruz de Jesús,
entre lágrimas de dolor, suspiros y ansias de cielo y
de amor.
Yo
sufro mucho..., sí. Algunas veces es muy grande la
carga que he echado en mis débiles y enfermas
espaldas... Miro hacia atrás y... es tan duro vivir
en pobreza para el que tuvo de todo y de nada
careció... Miro hacia adelante y... me parece tan
empinada la cuesta que tengo que subir. ¡A veces se
oculta Jesús tan profundamente! Mi vida se ha
reducido a una continua renuncia en todo. Y eso, no
es fácil a una criatura tan frágil y
quebradiza como yo... Por eso sufro.
Sin
embargo..., ¡oh! maravillas de la gracia divina,
comprendo porque sí, que es obra de ella lo
que me ocurre. (No sé si me
explicaré).
Siento
una alegría inmensa de poder sufrir por Jesús,
como no me hubiera podido imaginar Amo cada día
más mi cruz..., y no quisiera soltarla por nada del
mundo.
Recuerdo
cuando en el mundo era feliz, muy feliz. Padres cristianos,
bienestar, salud y libertad, todo me sonreía...
¿Quién piensa en sufrir?
Jesús
me llama. Soledad y pobreza, enfermedad, encierro sin
sol..., a veces algo muy negro y que me hace llorar..., no
sé lo que es.
A
Dios no le veo..., y en medio de todo, grito con toda la
vehemencia de mi corazón... ¡¡Qué
feliz soy, cuánto sufro por Jesús!! No quiero
la felicidad del mundo, con ella seria un desgraciado...
Quiero sufrir por Él, sin verle..., solamente me
basta el saber que es por Él.
El
mundo esto no lo comprende..., es muy difícil. Yo
sé que es la gracia de Dios, pero no sé
explicarlo.
Hoy
con mi hermano, hablamos del mundo. Sentí pena..., me
vi lejos de todo lo que amaba mi corazón y aún
ama, y no creo sea esto ilícito. ¿Quién
que tenga entrañas, no ama su hogar?
Sin
embargo, Dios sigue actuando en mi alma, siento muy dentro
un alejamiento de todo que no sé explicar.
Siento
un afecto muy tierno y dulce a mi familia, pero de otra
manera que antes.
Hallo
más gozo en no sentir el amor de Jesús,
que el que pudiera hallar en el sensible de las
criaturas. Me da pena mi soledad, sufro con ella, y
no quisiera por nada del mundo dejarla.
No
sé si esto alguien lo entenderá.
¡Es
tan difícil explicar por qué se ama el
sufrimiento! Pero yo creo que se explica, porque no es al
sufrimiento tal como éste es en sí,
sino tal como es en Cristo, y el que ama a Cristo, ama a su
Cruz. Y yo de esto no sé salir. aunque lo
comprendo.
Y es
tanto lo que a Jesús quiero, que no quiero nada fuera
de Él. Y noto que Jesús me quiere tanto, que
moriría de pena si supiera que amo yo a alguien
más que a Él.
Me
siento tan unido a su voluntad, que cuando sufro dejo de
sufrir al comprender que Él lo quiere
así.
Estoy
en una tal situación que cuando pienso en esto me
pierdo...
Espero
en Jesús tener pronto un guía
(4)
que
todo esto me explique y ordene en mi alma, pues si no, me
voy a volver loco.
¡Ah,
Señor Jesús, cuánto te quiero! Si mil
vidas tuviera, mil te daría... Con tu gracia divina y
la ayuda de María, lo puedo todo. Bendito
seas.
28 de marzo
de 1938 - lunes
Día
28 de marzo de 1938.
Hoy,
en la santa comunión, le pedí al Señor,
una partecica de su Cruz... Le pedí ayudarle en su
agonía, le pedí me hiciera partícipe de
su sufrimiento, le pedí una partecica...
(pequeña tiene que ser, pues soy débil) de su
santísima Cruz.
Jesús
me escuchó.
Noté
la Cruz sobre mis hombros..., me pesó, y lloré
mi abandono y soledad...
Después
del desayuno paseé mi pequeño agobio por la
galería de la enfermería. Una tristeza muy
grande se apoderó de mi. Me vi tan enfermo, tan solo,
tan débil para sufrir lo que Jesús me pide,
que sentándome cansado de todo y de todos,
lloré con agobio y con pena.
Grande
me parecía el abandono en que me veía,
material y espiritualmente.
No
tengo a nadie en quien hallar un alivio. Esto a veces es un
consuelo muy grande, a veces es también un dolor muy
profundo. Cuando estamos enfermos sobre todo. En estos
momentos en los cuales una palabra dicha al corazón,
alivia tantas penas, e incluso da fuerzas para sufrir las
flaquezas y miserias de la enfermedad... Sin embargo, a mi
eso me falta. Bendito sea Dios.
Muy
doloroso es padecer necesidad en el cuerpo, cuando
también se junta la necesidad al espíritu y
además Dios se oculta y te deja solo con la Cruz...,
¿qué extraño tiene que el alma sufra y
llore?
Esta
mañana no me acordaba en aquellos momentos de
lo que le había pedido a Jesús en la
comunión... la partecica de su Cruz.
¡Si
el enfermero supiera el hambre que paso!. No conoce ni
comprende mi enfermedad, y cuánto me hace sufrir.
Dios lo hace así, y así lo tiene dispuesto. No
me quejo y bendigo la mano del enfermero que para mí
es la mano de Dios.
Hambre
en soledad y silencio..., algunas veces creo que no
podré resistir, pero Dios me ayuda, y siento como una
impresión de que todo acabará pronto
(5).
Por un lado lo deseo, por otro lo mismo me da, y deseo
solamente cumplir la voluntad de Dios.
Ya
pasó el día y con él...
Ahora
tengo paz, adoro y bendigo a Dios que atesora para mí
en el cielo esas partecicas de su Cruz, que me envía
cuando Él quiere. ¡Qué gran misericordia
tiene conmigo! ¡Si no sufriera en la Trapa! ¿para
qué serviría mi vida entonces?
Si
tantos deseos tienes de penitencia ¿por qué
lloras?
Mis
lágrimas, Señor, no son de rebeldía...
Mis lágrimas, Señor, no las cambio por nada...
Recíbelas, pues con algo te tengo que pagar.
Tú también sufriste hambre, sed y desnudez.
Tú también lloraste cuando te viste
abandonado.
Señor...,
qué contento estoy de sufrir. No me cambio por
nadie... Pero ¿hasta cuándo,
Señor?
1 de abril
de 1938 - viernes
Día
10 de abril de 1938.
Siempre
buenos propósitos... Siempre deseos de ser mejor...
Siempre deseos de mortificación..., pero no pasan de
ser deseos...
¡Qué
pobre hombre eres, hermano Rafael!! ¿Cuándo
empezarás? ¿Cuándo será el momento
en que de veras empieces a ser lo que a Jesús
prometiste?
Aún
te conviene humillarte en tus propias debilidades...
Aún es necesaria la experiencia de verte incapaz para
nada bueno... ¿Qué podrás tú solo?
Caer y no levantarte... Retroceder en lugar de avanzar.
Mira delante de Jesús lo que
eres, y aprende a conocerte; así no tendrás
soberbia, y en tu propia humillación
aprenderás algo de humildad, que aún no sabes
lo que eso es, y es necesario que lo aprendas.
3 de abril
de 1938 - Domingo de Pasión
Día
3 de abril. Domingo de Pasión.
Hoy
hemos tenido la comunidad la dicha de escuchar la palabra
del Obispo de Tuy que ha venido a pasar unos días de
retiro. Nos hizo una pequeña plática en el
Capítulo y nos habló de la Cruz de
Cristo.
¡Cómo
expresar lo que mi alma sintió, cuando de boca de tan
santo Prelado, escuchó lo que ya es mi locura, lo que
me hace ser absolutamente feliz en mi destierro... el amor a
la Cruz!
¡Oh!,
si yo supiera expresarme como lo hace el señor
Obispo! ¡Oh! quién me diera el léxico de
David para poder expresar las maravillas del amor a la Cruz.
¡Oh!, si mi pluma en lugar de ser de acero duro y
material, fuera sólo espíritu, y en lugar de
torpes palabras, escribiera algo que realmente dijera lo que
mi alma siente.
¡Oh!
¡la Cruz de Cristo! ¿Qué más se
puede decir? Yo no sé rezar... No sé lo que es
ser bueno... No tengo espíritu religioso, pues estoy
lleno de mundo... Sólo sé una cosa, una cosa
que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan
pobre en virtudes y tan rico en miserias
Sólo
sé que tengo un tesoro que por nada ni por nadie
cambiaría..., mí cruz..., la Cruz de
Jesús. Esa Cruz que es mi único descanso...,
¡cómo explicarlo! Quien esto no haya sentido...,
ni remotamente podrá sospechar lo que es.
Ojalá
los hombres todos amaran la Cruz de Cristo... ¡Oh! si
el mundo supiera lo que es abrazarse de lleno, de
veras, sin reservas, con locura de amor a la Cruz de
Cristo...! Cuántas almas, aun religiosas, ignoran
esto... ¡qué pena!
Cuánto
tiempo perdido en pláticas, devociones y ejercicios
que son santos y buenos..., pero no son la Cruz de
Jesús, no son lo mejor...
¡Ah!
si yo pudiera hablar o gritar en medio de los hombres, las
sublimidades del amor a la Cruz... Pobre hombre que para
nada vales ni para nada sirves, qué loca
pretensión la tuya.
Pobre
oblato que arrastras tu vida siguiendo como puedes las
austeridades de la Regla, conténtate con
guardar en silencio tus ardores; ama con locura lo
que el mundo desprecia porque no conoce; adora en silencio
esa Cruz que es tu tesoro sin que nadie se entere. Medita en
silencio a sus pies, las grandezas de Dios, las maravillas
de María, las miserias del hombre del que nada debes
esperar... Sigue tu vida siempre en silencio, amando,
adorando y uniéndote a la Cruz..., ¿qué
más quieres?
Saborea
la Cruz
, como dijo esta mañana el señor
Obispo de Tuy. Saborear la Cruz
¡Ah!
Señor Jesús
qué feliz soy
,
he hallado lo que desea mi alma. No son los hombres, no son
las criaturas
no es la paz, ni es el consuelo..., no
es lo que el mundo cree..., es lo [que] nadie puede
sospechar..., es la Cruz.
¡Qué
bien se vive sufriendo!
a tu lado, en tu Cruz...,
viendo llorar a María. ¡Quién tuviera
fuerzas de gigante para sufrir!
Saborear
la Cruz... Vivir enfermo, ignorado, abandonado de todos...
Sólo Tú y en la Cruz... Qué dulces son
las amarguras, las soledades, las penas, devoradas y
sorbidas en silencio, sin ayuda. Qué dulces son las
lágrimas derramadas junto a tu Cruz.
¡Ah!
si yo supiera decir al mundo dónde está la
verdadera felicidad! Pero el mundo esto no lo entiende, ni
lo puede entender, pues para entender la Cruz, hay que
amarla, y para amarla hay que sufrir, más no
sólo sufrir, sino amar el sufrimiento..., y en esto
¡qué pocos, Señor, te siguen al
Calvario!
Quisiera,
Jesús mío, suplir yo, lo que el mundo no
hace... Quisiera, Señor, amar tu bendita Cruz con
toda el ansia que el mundo entero no pone, y debiera poner,
si supiera el tesoro que encierras en tus llagas, en tus
espinas, en tu sed, en tu agonía, en tu muerte..., en
tu Cruz.
Quién
me diera sufrir junto a tu Cruz, para aliviar tu
dolor.
Mírame,
Señor, postrado a tus pies. Estoy loco, no sé
lo que pido, ni sé lo que digo. Tengo miedo de
pretender más de lo que puedo... ¿seré un
insensato al pretenderlo?
Señor,
condúceme por el camino de la humildad... y nada
más
Tengo
miedo, aunque..., perdóname Jesús mío,
estando Tú a mi lado y dejándome yo hacer...,
¿qué he de temer?
Mátame
si quieres... Toma mi vida, empléala en lo que
quieras, abre, taja y raja, despedaza, une y desune..., haz
trizas de mí..., haz lo que quieras, yo nada quiero
más que amarte con frenesí, con locura...
Adorar tu voluntad que es la mía, vivir absorto en tu
inmensa piedad para conmigo... Veo lo que me quieres..., veo
lo que soy, y sin atreverme ni a mirar al suelo..., no
sé si reír o llorar..., sólo quisiera
morirme de amor.
En
fin, qué locuras digo..., pero es mucho lo que
Jesús hace conmigo para permanecer
insensible.
Todo
esto que digo no tiene a lo mejor ni pies ni cabeza..., pero
es lo que siento, y nada más.
Si
dijera que algunos momentos siento unos deseos inmensos de
ponerme a gritar..., Jesús..., Jesús...,
Jesús, como un loco, nadie lo creería. Otras
veces siento deseos de postrarme en el suelo con la frente
en tierra y pedir a voces la misericordia de Dios, y no
levantarme más.
Otras
veces quisiera desaparecer de entre los hombres, y volar a
Dios que me espera... No sé, quisiera no
desbarrar.
Señor
Jesús mío..., qué duro es vivir, y
aún hay hombres que aman esta miserable vida y se
llaman religiosos. Señor, yo no soy religioso, yo no
soy nada ni nadie..., soy el último de todos, pero
Señor, quisiera amarte como nadie...,
desprecié el mundo por Ti..., déjame
despreciar lo último que me queda, mi voluntad y mi
vida.
Mas
Señor, en esto no hay mérito, pues aborrecer
lo único que de Ti me separa, no es cosa grande, y
esperar con ansia lo que a Ti me puede acercar, no es
virtud. ¿Qué mérito hay en aborrecer la
vida y esperar la muerte?
Pero
yo, Señor, no quiero aborrecer lo que Tú me
das, ni desear lo que Tú aún no quieres.
Cúmplase, Jesús mío, tu voluntad.
Déjame seguir junto a tu Cruz... No me desampares
cuando desfallezca, Virgen María...
No
busco consuelo, no busco descanso... Sólo quiero amar
la Cruz..., sentir la Cruz..., saborear la Cruz.
- Plan
para vivir la Semana de Pasión.
- No
separarme ni un momento de la Cruz de
Jesús.
- Dormir,
andar, estudiar, rezar, comer, siempre teniendo presente
que Jesús me mira desde la Cruz.
- Al
levantarme, adorar la Cruz, y al acostarme, poner la cama
en el Calvario junto a ella.
- La
comunión, la oración y la santa Misa
serán en reparación por el mundo entero que
no aprovecha los méritos de la Pasión de
Cristo.
- El
Oficio divino lo rezaré teniendo presente a mi
Jesús de mi alma clavado en el madero de la
Cruz.
- Que
la Santísima Virgen me ayude y me
acompañe... Así sea.
(1)
De la vida de San Benito José Lavbre: "Aquel
Miércoles Santo de 1783, Benito Lavbre oyó
varias Misas, y los que le vieron no comprendían
cómo podía estar de pie y mucho menos de
rodillas. No era un hombre, dice Zacarelli, sino un
esqueleto. No le quedaba más que un soplo, y
siguió con tanto fervor el evangelio de la
Pasión que algunos de los concurrentes cre-yeron que
iba a sucumbir. Tuvo que sentarse varias veces. Hacía
las nueve, no pudiendo más, quiso salir de la
iglesia. Apenas se encontró fuera de la iglesia de la
Madonna de los Montes, se dejó caer más bien
que sentarse sobre las escaleras del vestíbulo. Se
reunió gente a su alrededor y cada uno le preguntaba
con interés lo que tenía. Con voz espirante
Benito daba las gracias a todos, y decía que deseaba
no moverse de aquel sitio; no quería alejarse de la
iglesia, esperando siempre poder volver a entrar.
En
esto se presenta el carnicero Zacarelli que venía del
Salvatorello de cumplir con Pascua. Benito -le dijo-
¿está usted malo? ¿Quiere venir a mi
casa?
-
¡A su casa...! Bueno, dijo el pobre con voz
débil, que apenas se oía.
...Hacia
la caída del sol parecía que dormía.
Cuando el Padre Ángel, que le asistía,
llegó a la invocación Santa María pudo
advertir que el rostro del enfermo adquiría una
blancura extraordinaria. Al responder la concurrencia ora
pro nobis, el Padre Ángel dejó de rezar y
dijo: Ha muerto... En aquel momento todas las campanas de la
ciudad daban al viento sus ecos argentinos. Tocaban a la
Salve ordenada por el Papa Pío VI. Pero el
pensamiento de todos los allí reunidos, celebraban
también la entrada en el paraíso de un nuevo
santo". (De la Vida admirable del Santo bendito y
peregrino, Benito José Lavbre, por León
AUBINEAU.). (Volver)
(2)
"Peregrino soy en la tierra", Salmo 118, 19.
(Volver)
(3)
"Al monasterio
ha llegado su hermano Luis Fernando. Viene del frente de
combate con unos días de licencia. Es la
última vez que se vieron juntos ambos hermanos... Su
visita deja hondas huellas en Fray María
Rafael
" (VIDA Y ESCRITOS, p. 502).
Cuenta su hermano
Luis Fernando: "La última vez que estuvimos juntos
los dos hermanos, venia yo con permiso a casa, una vez que
cayó Teruel en manos del ejército nacional.
Queriendo ver a Rafael para darle un abrazo, fui primero a
la Trapa. Estuvimos paseando por la tarde, en la huerta y
pude apreciar y darme cuenta del sufrimiento que
padecía, y de la gran cruz que Dios había
mandado a aquella alma; me preguntó por todas las
cosas de casa, se interesó por mi vida en el frente,
siguió insistiendo en que la Virgen me
protegería, pero que no dejase de buscar a Dios; era
su gran obsesión: que todos buscásemos a Dios,
que estábamos obligados a ello y que era la
única verdad en esta vida.
Cuando le
pregunté que cómo podía vivir todo el
tiempo rodeado de los mismos personajes tan dispares a
él en sus gustos, por qué no se iba a la
Cartuja, donde viviría en soledad, me
contestó: "Luis Fernando, yo no puedo con la soledad,
tengo que ver caras, aunque éstas me hagan sufrir;
tú si podrás con la soledad; con tu
temperamento podrás ser cartujo".
A mi, en aquellos
momentos ni se me había pasado por la
imaginación el llegar a ser cartujo, y como siempre
dije: cosas de Rafael, y con el tiempo, que es lo más
curioso, llegué a ser cartujo.
Lo que más me
impresionó aquella tarde, fue cuando empezó a
explayarse, llorando, del terrible sufrimiento que
tenía. No era el sufrimiento que le producían
las cosas terrenales de la vida austera que había
abrazado, ni el sufrimiento que le pudieran producir
aquellas criaturas de Dios con quienes convivía, de
las cuales se valió Dios para santificarle. En
realidad el gran sufrimiento de Rafael era el ver, con
aquella fe grande e intensa que él tenía,
cómo Dios le amaba con su infinito amor, y sentirse
tan sujeto a las miserias y cuidados de su cuerpo mortal, no
pudiendo corresponder como él quería, a aquel
amor de Dios que él sentía, pues se
veía francamente impotente, siendo su gran deseo que
su corazón se diese más a su ser querido, y
que su alma volase de una vez a su encuentro, pues le era
difícil vivir en aquella situación y en aquel
fuego que le abrasaba. Todo esto me lo decía
llorando. Yo no tenía palabras para poder consolar
aquella alma, ni tampoco me podía hacer cargo exacto
del sufrimiento de mi hermano.
Todo esto que he
contado, tenía lugar un mes antes de su muerte. Era
ya la época sublime a la cual había llegado su
alma. Al día siguiente salí para casa, donde
no conté nada de lo que había vivido junto a
Rafael. Salí por una parte triste por dejar a mi
hermano sufriendo, sin poder yo hacer nada para aliviar
aquel dolor tan grande, y por otra parte, alegre, al haber
visto cómo Dios se estaba volcando en aquella alma
tan querida. Todo esto me hizo pensar mucho para mi vida
futura.
Poco más o
menos al mes de haber estado por última vez con
Rafael, llegó de Vitoria el alférez Ibarra,
trayéndome, como hacía todos los meses, todo
el papeleo de la Batería, diciéndome nada
más llegar, que mi hermano Rafael había muerto
hacía unos días en la Trapa, sin más
comentarios ni explicaciones de cómo había
muerto.
Rápidamente
comprendí que así es como le quería
Dios, desprendido de todo como podía haber constatado
hacia poco más de un mes en la Trapa, en esa larga
charla que tuvimos en la huerta y con un gran Aleluya, Dios
le premió llevándoselo
consigo". (Volver)
(4)
Aunque el Hermano Rafael contaba en estos momentos con un
confesor fijo, como era costumbre en la Trapa,
carecía de un Director Espiritual al que acudir en
solicitud de orientación. En su primera etapa en la
Trapa había tenido como Director al P. Teófilo
Sandoval, que supo entenderle y dirigirle conforme a lo que
un hombre de la talla espiritual de Rafael precisaba.
(Volver)
(5)
Cundo escribe esto le queda un mes justo de vida.
(Volver)
Anterior
�ndice
Siguiente
|