|
Inicio
San Leopoldo
Mandic
Capuchino, m�rtir del
confesionario
Una tarde
de noviembre de 1882, un adolescente de 16
años, acompañado por su padre llega a
Udine (Italia). Se dirigen al convento de los
capuchinos, donde les están esperando, por
lo que la puerta se abre enseguida para dejarles
entrar. El padre portero se apresura ante sus
huéspedes, y posa su mirada en ese joven de
quince años, que es demasiado bajo para su
edad, además de delgado y pálido.
Realmente es bien poca cosa, con ese aspecto
desmañado que hace aumentar todavía
más su timidez y su torpe caminar. Y
además habla mal, pues tartamudea. Pero esos
defectos quedan felizmente compensados con la
expresión de su rostro, de rasgos regulares,
que dejan traslucir un mirada viva y una sonrisa
franca. Por lo demás, las pocas palabras que
ha pronunciado han revelado que se trata de un
joven decidido, que quiere llegar a ser sacerdote
de la Orden de los Hermanos Menores
Capuchinos.
Un
apóstol de un metro treinta y cinco
Procede de muy
lejos: de Castelnovo, en Dalmacia (actualmente Hercegnovi,
en Montenegro). Había nacido el 12 de mayo de 1866,
recibiendo en el Bautismo el nombre de Diosdado. Con motivo
de un revés de fortuna, su familia, que en otro
tiempo había sido noble y rica, debe conformarse con
una condición más modesta; pero aquel cambio
en nada ha empañado la fe ni la fidelidad de la
familia Mandic a la Iglesia de Roma.
Orgulloso por
naturaleza y de carácter vivaz, el pequeño
Diosdado no puede negar que es sangre dálmata lo que
fluye por sus venas. El ambiente del seminario
"seráfico" donde se encuentra es bueno, pero sus
compañeros son jóvenes robustos y bien
parecidos, y las alusiones a la corta talla del
recién llegado -no pasará de un metro treinta
y cinco-, o a su defectuosa pronunciación, lo hieren
profundamente. Además, se enfada dolorosamente cuando
sorprende alguna mirada demasiado compasiva por parte de los
padres que se encargan de la escuela. Algunos retazos de mal
humor, sin demasiada importancia, lo mueven a luchar de
manera valiente y perseverante para poder dominar su
susceptibilidad, moderar su carácter demasiado fogoso
y adquirir una paciencia habitual y una dulzura encantadora.
A partir de su primera comunión, Diosdado busca con
frecuencia en la Eucaristía la fuerza necesaria para
corregir esos defectos.
Al entregarse a Dios
en la vida religiosa, Diosdado persigue un objetivo
concreto: trabajar para el retorno de los orientales,
separados de la Iglesia de Roma, a la unidad
católica. Es una idea que se le había ocurrido
durante su infancia en Castelnovo. Aquel puerto del
Adriático es un importante centro de comercio,
así como el punto de encuentro de hombres de razas y
de religiones diversas. En medio de aquella pluralidad
religiosa, la Iglesia Católica ocupa un lugar
honorable, pero su influencia no basta para contrarrestar y
vencer los excesos de la codicia, del lujo y de la
sensualidad. Aquel penoso espectáculo de miseria
espiritual había turbado a Diosdado. Con el
transcurrir de los años, Dios le hizo comprender cada
vez mejor hasta qué punto les hacía falta la
fe a aquellas poblaciones desarraigadas, haciendo que
naciera en su corazón una especie de deseo o proyecto
que, con el impulso de la gracia, llegó a convertirse
en una resolución concreta y firme: salvar a aquellas
almas abandonadas, haciendo que entraran en la Iglesia
Católica. Con la reflexión, aquel horizonte
suyo se hizo más amplio, y tras sus revelaciones de
Castelnovo, pudo descubrir todos aquellos países de
Oriente alcanzados por el cisma y que vivían fuera
del verdadero redil de Jesucristo. Y él, el
pequeño Mandic, será su
apóstol.
Sembrar la
buena semilla
La estancia de
formación de Diosdado en Udine apenas dura diez y
ocho meses. Admitido en el noviciado del convento de Bassano
del Grappa, el 20 de abril de 1884, es revestido con el
hábito religioso, recibiendo el nombre de hermano
Leopoldo. Una vez terminado el noviciado, estudia
filosofía en Padua y, después, teología
en Venecia, donde es ordenado sacerdote el 20 de septiembre
de 1890. Su deseo de partir pronto a misiones se
intensifica, pero su salud se ha resentido a causa del
trabajo de sus años de estudio, así que lo
envían primero a varios conventos de la Orden para
que reponga fuerzas. Para él supone una enorme
decepción, pero acepta no obstante con profundo
espíritu de fe, considerando que no debe ordenar su
vida a partir de aspiraciones personales, sino con la
obediencia. Pensando en futuras misiones, perfecciona sus
conocimientos en ciencias sacras y en lenguas orientales
como el griego moderno, el croata, el esloveno y el servio.
Se ocupa igualmente de diferentes trabajos manuales para el
mantenimiento de las casas donde reside.
Su
vocación ecuménica
Según los
testigos, ya desde niño se mostró ejemplar.
Una de las características de su vocación fue
el ecumenismo, el deseo de trabajar para la vuelta de su
pueblo, los eslavos, al seno de la Iglesia católica.
Tanto le acuciaba esta idea, que hizo voto, repetido sin
cesar, de consagrarse a realizar la promesa del
Señor: "Se hará un solo rebaño con un
solo pastor". Y añadía: "me ofrezco como
víctima por la salvación de mis hermanos
orientales".
Para realizar este
ideal suyo no dejó en toda su vida de estudiar las
lenguas orientales. Además del croata, no sólo
aprendió el italiano y el latín, sino que era
capaz de hablar el servio, el eslavo y el griego moderno.
Notable fue el amor y fidelidad a su pueblo, hasta el punto
que por ello no quiso aceptar la ciudadanía italiana
durante la primera guerra europea, con la molestia de tener
que retirarse a la Italia meridional de 1917 a 1918. La
proximidad de Padua al frente hizo que las autoridades
prohibieran estar allí a los súbditos del
enemigo imperio austríaco. Sin embargo, siempre se
sintió como ciudadano de la hospitalaria y
cosmopolita Italia, donde difícilmente puede uno
sentirse extranjero.
Fruto de tantas
oraciones y trato íntimo con Dios, fue recibir la
consoladora luz que reflejó en su frase: "Sin ninguna
duda los orientales se unirán a la Iglesia de Roma",
y añadía que será: "por los
méritos y oraciones de María, de quien son tan
devotos".
Su petición a
los superiores de ser destinado a Oriente no le fue
concedida; su salud era muy precaria, y sus cualidades no
eran brillantes, con pronunciación defectuosa para
predicar y sin estilo literario para escribir.
En 1897 es nombrado
superior del convento de los capuchinos de Zara, cosa que le
alegra, pues Zara lo acerca a Oriente. Muchos marinos y
comerciantes de todos los países balcánicos y
del Oriente Próximo frecuentan ese puerto
dálmata. Nada más instalarse, el padre
Leopoldo emprende el apostolado. En cuanto se entera de que
va a llegar un barco, corre a darles la bienvenida para
conocerlos y relacionarse con ellos. El pretexto es
fácil: un extranjero que acaba de desembarcar se
alegra de encontrar, al poner pie a tierra, un rostro amigo
que pueda proporcionarle informaciones útiles y
guiarlo, si resulta necesario, a través de la ciudad.
De camino, mientras hablan de esto y de aquello, el padre
tiene ocasión de enterarse del país de origen
de sus amigos, de su profesión, de su familia y de su
religión. Y, cuando lo considera oportuno, aborda con
delicadeza y discreción el tema que tanto le conturba
el corazón: el conocimiento de la verdadera
religión y la adhesión a la fe
católica. Se ha sembrado la buena semilla, y ya
brotará cuando Dios lo quiera.
Aquel discreto
apostolado comienza a producir algunos frutos cuando, dos
años después de su llegada a Zara, sus
superiores envían al Padre Leopoldo a Thiene, donde
los capuchinos cuidan un santuario dedicado a la Virgen.
Ponerse al servicio de la Santísima Virgen suaviza la
pena del padre Leopoldo al partir de Zara. Pero los
años pasan y, en 1906, se produce un nuevo cambio. El
padre llega a Padua, donde permanecerá durante casi
toda su vida. Sin embargo, en 1922 sale para Fiume a fin de
atender las confesiones de los eslavos, pero su partida
suscita tantos recelos en Padua que el obispo debe
intervenir ante el provincial de los capuchinos: Así
que el padre Leopoldo es reclamado: «Es evidente que
San Antonio de Padua le quiere a su lado», escribe su
superior.
Lo que Dios
quiere y como lo quiere
Aquella
sucesión de acontecimientos, en particular los
traslados de convento en convento, parecen desmentir las
intuiciones juveniles del padre Leopoldo: el apostolado de
los orientales no iba a ser la labor a la que Dios le llama.
Sin embargo, el padre Leopoldo está convencido de que
esa es misión especial. Después de su muerte
se halló una imagen de la Virgen en la que
había escrito, con fecha del 18 de julio de 1937:
«Recuerdo solemne del hecho de 1887. Este año se
cumple el cincuenta aniversario de la llamada que
sentí de parte de Dios, quien me pedía que
rezara y que promoviera el retorno de los hermanos separados
orientales a la unidad católica». Con el permiso
de su confesor, se comprometió mediante voto a
cumplir aquella misión con los orientales, promesa
que renovará a menudo, de tal manera que
llegará a escribir unos meses antes de morir:
«Ante Dios no me queda ninguna duda... de que he sido
elegido para la salvación del pueblo oriental, es
decir de los hermanos separados orientales. A causa de ello,
debo responder a la divina bondad de Nuestro Señor
Jesucristo que se ha dignado elegirme, a fin de que,
mediante mi ministerio se realice también la divina
promesa: «No habrá más que un solo
rebaño y un solo pastor».
El padre Leopoldo
necesitará muchos años para entender las
características de su misión. Pero lo que le
permitirá descubrirlas no serán sus puntos de
vista personales. Como hombre de fe, está convencido
de que la revelación de los designios divinos se
realizará mediante la obediencia, de tal manera que
los medios elegidos por Dios le serán trasmitidos
poco a poco mediante la voz de sus superiores. Por otra
parte, sabe también que la práctica de la
obediencia resulta más eficaz que todas las
predicaciones. Para darse ánimos, copia de su
puño y letra la famosa carta de San Ignacio referida
a esa virtud, guardándola siempre consigo.
Será, mediante la oración y el sacrificio, el
apóstol de la reconciliación de los hermanos
orientales separados de la unidad católica, a la
manera de Santa Teresa del Niño Jesús y de la
Santa Faz, proclamada patrona de las misiones cuando nunca
había salido de su carmelo.
El padre Leopoldo
está persuadido de que algún día se
producirá el retorno a la unidad de los hermanos
separados. Escribe lo siguiente a su director espiritual:
«Cuando nosotros, sacerdotes, celebramos con esa
intención los sagrados misterios, es el propio
Jesucristo quien ora por nuestros hermanos separados. Pero
nosotros conocemos además el poder de esa
oración de Jesucristo, que siempre es atendida».
Otra garantía de ese retorno lo encuentra en la
profunda devoción de los orientales hacia la Virgen
María. Y una madre tan buena no puede abandonarlos.
«Oh, Bienaventurada Virgen María, escribe, creo
que tienes la mayor de la solicitudes hacia los hermanos
separados orientales. Y yo deseo cooperar con todo mi
corazón hacia tu afecto maternal».
También todos los fieles son llamados a unirse en el
Santo Sacrificio de la Misa y a rezar a la Santísima
Virgen para la reunificación de los
cristianos.
«Aquí
y no en las misiones»
Un día, uno
de sus hermanos capuchinos le recuerda al padre Leopoldo
que, en el pasado, hablaba sin cesar de ir a los
países de Oriente, «y ahora, añade, ya no
habla de ello. - Es verdad, responde el padre. Resulta que
hace poco le di la comunión a una buena persona,
quien, después de haber realizado la acción de
gracias, se acercó para trasladarme el siguiente
recado: "Padre, Jesús me ha ordenado que le diga
esto: su Oriente es cada una de las almas que aquí
asiste en confesión". Ya ve usted, amigo mío,
que Dios me quiere aquí, y no en las misiones».
En otra ocasión le confía a un hermano:
«Ya que Dios no me ha concedido el don de la palabra
para predicar, quiero consagrarme a transferirle almas
mediante el sacramento de la penitencia». Desde el
principio de su sacerdocio, el padre Leopoldo se
había dedicado al ministerio de la confesión,
hasta el punto de que, en Padua, llegó a asediarlo
una multitud. Es un apostolado que responde a una de sus
aspiraciones de la infancia. Efectivamente, a la edad de
ocho años, una de sus hermanas le había dado
una reprimenda por un pecado sin gravedad y le había
conducido ante el párroco, que le había puesto
de rodillas en medio de la iglesia. Más tarde nos
dirá: «Me sentí profundamente triste y
pensé en mi interior: ¿por qué tratar de
manera tan dura a un niño por una falta tan leve?
Cuando sea mayor quiero ser religioso, hacerme confesor y
tratar a las almas de los pecadores con gran bondad y
misericordia». Es un deseo que se realiza plenamente en
Padua.
El
confesionario: entre diez y quince horas al
día
Y aquí viene
lo vulgar y lo prodigioso, la ocupación del capuchino
bajo (1,35 cm) y feo que no servía para altas
misiones, y tuvo la rutinaria, aburrida... y
altísima, de confesar, de perdonar los pecados en
nombre y como representante de Dios, reencauzando las almas
a su eterna salvación, "full time", sin salir de su
confesionario (una celda adosada a la iglesia), donde
esperaban confesarse largas filas de hombres de todas las
clases sociales, en particular sacerdotes y religiosos. Sin
vacaciones, a pesar del fuerte calor del verano; y sin un
pequeño calentador en el intenso frío del
invierno. Resistiendo días enteros con fuertes
dolores o abrasados por la fiebre, hasta el mismo día
de su muerte.
Y así se hizo
santo. Porque en cualquier ocupación podemos
santificarnos, y porque confesar es una de las ocupaciones
que si más santifican a los penitentes, no
habrá de ser menos a los confesores.
El ministerio del
sacramento de la Reconciliación resulta para
él una dura penitencia, pues lo ejerce en un
pequeño cuarto de pocos metros cuadrados, donde falta
el aire y la luz, que en verano es un horno y en infierno
una nevera, donde permanece encerrado entre diez y quince
horas al día. «¿Cómo consigue
aguantar tanto en el confesionario?», le pregunta un
día un hermano. «Ya ve, es mi vida», le
responde sonriendo. El amor hacia la almas lo convierte en
prisionero voluntario del confesionario, pues es consciente
de que «morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni
acoger el amor misericordioso de Dios, significa permanecer
separados de Él para siempre por nuestra propia y
libre elección», y de que «las almas de los
que mueren en estado de pecado mortal descienden a los
infiernos inmediatamente después de la muerte y
allí sufren las penas del infierno, "el fuego
eterno"» (Catecismo de la Iglesia Católica,
1033; 1035).
Para conseguir el
inmenso beneficio del perdón de Dios a todos los que
a él acuden, el padre Leopoldo se muestra dispuesto y
sonriente, modesto y prudente, consejero espiritual
comprensivo y paciente. Sabe por experiencia hasta
qué punto es importante que el penitente se encuentre
a gusto y confiado. Uno de ellos relató un hecho
significativo: «Hacía muchos años que no
me había confesado. Finalmente me decidí y
acudí al padre Leopoldo. Me sentía muy
inquieto y molesto. Nada más entrar, dejó su
asiento y se acercó a mí, con gran
alegría, como si esperara a un amigo: "Se lo ruego,
acomódese". En medio de mi turbación, fui a
sentarme en su sillón. Él, sin decir una
palabra, se arrodilló en el suelo y escuchó mi
confesión. Cuando hubo terminado, y solamente
entonces, me percaté de mi estupidez y quise
excusarme; pero él, sonriendo, me dijo: "No pasa
nada, no pasa nada. Puede irse en paz". Aquel rasgo de
bondad quedó grabado en mi memoria. Al actuar de
aquel modo, me había conquistado por
completo».
Pablo VI en la
homilía de su beatificación tuvo estas
palabras de especial significación y relevancia en la
biografía del hoy san Leopoldo y para las
circunstancias actuales: "La nota peculiar de su heroicidad
y de su virtud carismática fue-¿quién no
lo sabe?- su ministerio de oír confesiones. El
llorado cardenal Larraona, entonces prefecto de la Sagrada
Congregación de Ritos, escribió en el decreto
de 1962 para la beatificación del P. Leopoldo: 'su
método de vida era éste: después de
celebrar bien temprano el sacrificio de la Misa, se sentaba
en la pequeña celda del confesionario, y allí
permanecía todo el día a disposición de
los penitentes. Conservó este tenor de vida durante
casi cuarenta años, sin la mínima queja...'...
Demos gracias al Señor que ofrece hoy a la Iglesia
una figura tan singular de ministro de la gracia sacramental
de la penitencia; que, por una parte, hace un nuevo
llamamiento a los sacerdotes a un ministerio de tan capital
importancia, de tan actual pedagogía, de tan
incomparable espiritualidad; y, por otra, recuerda a los
fieles, sean fervorosos, tibios o indiferentes, qué
servicio tan providencial e inefable es para ellos
todavía hoy, o mejor, hoy más que nunca, la
confesión individual y auricular, fuente de gracia y
de paz, escuela de vida cristiana, consuelo incomparable en
la peregrinación terrena hacia la eterna
felicidad".
El alma de
su santidad
A su sagrado
ministerio de oír confesiones, el P. Leopoldo juntaba
una rígida austeridad; sus enfermedades,
privación de descanso y de gustos (todas las
delicadezas que viendo su delicada salud le solían
regalar sus penitentes las entregaba al superior), el calor
y el frío, todo con gran amor a la pobreza por su
enorme valor evangélico: "Tantos pobres pasan
frío y ¿voy yo a tener valor de calentarme con
una estufa? ¿Qué les diría cuando vienen
a confesarse?". Solamente el último invierno
-tenía 75 años- por la insistencia de un grupo
de amigos le obligó el superior a aceptar una
estufa.
Doce horas al
día confesando, sin dormir más que cuatro o
cinco por la noche, ni siesta. ¡Así cuarenta
años sin vacaciones! Y cuando tenía fiebre
contestaba: "Los pobres tenemos que trabajar también
con fiebre, en el cielo descansaremos. ¿Cómo
puedo ir a la cama, esperando tantas almas ahí fuera
mi pobre ayuda?"
De noche, en la
capilla, de rodillas, luchando con el sueño, si le
decían que se fuera ya a descansar: "A las personas
que confieso doy penitencias muy ligeras; es necesario que
satisfaga yo por ellas".
Aceptar vida tan
penitente sólo es posible con la energía
interior de la oración, de la unión constante
con Dios, fundada en la roca de la fe. Casi como estribillo,
repetía en el confesionario: "Fe, tenga fe". Bastaba
que cesasen un momento las confesiones para que se
arrodillase en oración. "Dios ha establecido que todo
lo podemos alcanzar de Él, pero siempre por medio de
la oración". Llegó hasta a hacer voto de estar
continuamente con el pensamiento en la presencia de Dios, lo
que supone un dominio heroico, y cumplía
escrupulosamente.
Por este camino
llegó a una extraordinaria unión con Dios.
Él nunca habló de ello, y las cartas que
escribió a su director espiritual no se conservan;
pero son señales inequívocas de sus
extraordinarios carismas, entre otras, las muchas
predicciones que hacía después de recogerse un
momento, y los muchos milagros que
realizó.
Como cauce del trato
suyo con Dios sobresalía su devoción a la
Señora, como llamaba a la Santifica Virgen. Todos los
días ponía flores frescas en la imagen de Ella
que tenía en su celda-confesionario.
No podemos omitir su
devoción al Corazón de Jesús
-característica de todos los santos modernos-.
Escribía: "Ruegue a la caridad sin límites del
Corazón de Jesús para que pueda llegar yo a
ser un amigo y discípulo suyo perfecto". Como velada
referencia a su vida mística anotó en una
estampa del Corazón de Jesús: "¡La
caridad divina del Corazón de Jesús que se
dignó darme señales tan inefables de su amor,
tenga misericordia de mí!... ¡Todo lo espero,
todo me lo prometo de la caridad infinita de nuestro
Señor Jesucristo, de su divino Corazón". Y en
una estampa de la Virgen: "Hoy, día del
cincuentenario de mi profesión religiosa, renuevo mis
votos en honor del divino Corazón..." Para él
era la gloria: "Ya descansaremos un día en el cielo.
Allí lo haremos mejor, reposando nuestra cabeza sobre
el divino Corazón de Jesús".
Tenía
también gran devoción y recurría
frecuentemente a su Ángel de la Guarda, a los santos,
en particular a san José, san Francisco, san Antonio
de Padua, santos Cirilo y Metodio -apóstoles de los
eslavos-, san Francisco Javier, san Ignacio de Loyola
-había copiado y releía su famosa carta de la
obediencia-, san Luis Gonzaga, san Estanislao de Kostka y
san Juan Berchmans -por sus vidas sencillas-.
Amor
bondadoso a las almas
Su amor serio y
sólido a las almas, que le llevó a una vida de
abnegación tan heroica, en sus manifestaciones
externas estaba lleno de bondad. Durante cuatro años,
de 1910 a 1914, además de dar clases de
patrología a los estudiantes capuchinos
teólogos, fue su director. Dejó en ellos un
gratísimo recuerdo del amor maternal con que los
trataba, y se interesaba por cada uno en particular. Al
hermano cocinero solía decir: "Sea generoso con los
estudiantes. A mí y a algún otro
limítenos la ración cuanto quiera, pero, por
amor de Dios, trate bien a los estudiantes". En las noches
más crudas de invierno les dispensaba del coro y de
los actos siguientes a la cena y recreación: "Id a
descansar. Ya rezaré yo y haré un poco de
penitencia por vosotros". Por sus criterios amplios algunos
le censuraban que mitigaba el rigor tradicional de la orden,
y le dejaron sólo confesar.
También en la
confesión parecía tener manga ancha. A un
canónigo, penitente suyo, que le interpelaba: "Usted
es demasiado bueno, ¿no tendrá que dar alguna
cuenta al Señor por ello?", le contestó: "Si
de alguna cosa debiera arrepentirme, sería de no
haber interpretado así siempre la Bondad infinita de
Dios". Días antes de morir decía: "Más
de cincuenta años hace que estoy confesando, y no me
remuerde la conciencia todas las veces que he dado la
absolución, sino que siento pena de las tres o cuatro
veces que no la he podido dar. Es posible que no hiciera
todo lo que debía para suscitar en los penitentes las
disposiciones debidas".
Tremenda fuerza y
responsabilidad la de los confesores que no pueden absolver
a quienes no están dispuestos a cumplir sus
obligaciones graves. Situación difícil en
tiempos de liberalismo, como los del san Leopoldo, cuando
muchos no aceptan las interpretaciones o graves
disposiciones de la Iglesia. Lo admirable del santo no es
que absolviera sin exigir las debidas disposiciones a los
penitentes, sino que consiguiera suscitarlas en ellos si no
las tenían. Así en cierto caso, que
levantándose airado le señaló a uno la
puerta: "Con Dios no se juega. Váyase y morirá
en su pecado". Contó el mismo penitente que se
sintió como herido por un rayo, cayó de
rodillas llorando y prometió renunciar a sus errores.
Cuando daba un consejo -y se lo pedían también
los prelados- era tan grande su seguridad que no
admitía réplica: "¿Quién ha
hablado? ¡Ha hablado Dios! Basta".
Otros detalles de su
bondad son el que siendo ya sacerdote, en Venecia, fuese a
pedir limosna por las casas, y ayudase con el mayor
interés a los hermanos a lavar, a preparar el
refectorio o las habitaciones para los huéspedes,
etc.
Un día, yendo
por la calle, unos chiquillos burlándose de él
le metían piedrecitas en la capucha. Llegó el
doctor Ferrini y les reprendió ásperamente,
pero el buen padre lo calmó: "Doctor, deje que se
diviertan, merezco cosas mucho peores".
Los
carismas extraordinarios
Se puede decir que
los resume su santidad puesta al servicio de los
demás hasta el milagro. Son muchísimos los
recogidos en su proceso. Algunos como muestra:
|
- A veces
-hay muchos testimonios-, interrumpía al
penitente: "Basta, lo he comprendido todo", y si no
se tranquilizaba le manifestaba cuanto pensaba
decirle y aún más: "Aprenda a creer
en la palabra del confesor".
|
|
- Se cruza
en la calle con un desconocido en bicicleta, y lo
mira tan fijamente que el otro le pregunta: "Padre,
¿quiere algo de mí?". "Venga enseguida
a la iglesia". El hombre, que hacía cuarenta
años que no se confesaba y que se
vanagloriaba de no creer en Dios, despreciando a la
Iglesia y al clero, fue, confesó, y desde
aquel día vivió como excelente
cristiano. Contaba a todo el mundo que la mirada
del padre le había penetrado como una espada
impidiéndole resistir a la
invitación.
|
|
- Esta
noche -decía el 23 de marzo de 1932 llorando
amargamente- durante la oración el
Señor me ha abierto los ojos y he visto a
Italia en un mar de fuego y sangre". Ya durante la
guerra, al preguntarle si sería bombardeada
Padua, respondió: "Lo será, y
duramente. También este convento e iglesia,
pero esta celdita no. Aquí ha tenido Dios
tanta misericordia con las almas, que debe quedar
como un monumento a su bondad". Así
sucedió, aunque el 14 de mayo de 1944 cinco
grandes bombas destruyeron la iglesia y parte del
convento.
|
|
- Al
franciscano padre Orlini, recién elegido
provincial, le aseguró: "Va a disfrutar poco
tiempo de tan vistosa carga, porque pronto le
vendrá otra mayor". Pensó el
interesado que era una broma, pero a los tres meses
fue elegido ministro general.
|
|
- "En 1913,
cuando tenía veinte años -testifica
sor María Asunción- me confesé
con él. Nunca le había visto.
Después me invitó a pasar a la
sacristía, y como transfigurado me dijo: El
Amo y Señor de la barca tiene designios
importantes sobre usted. Corresponda bien a las
gracias recibidas". Ni se le había ocurrido
aún la obra que después
fundaría: el Instituto religioso de las
Esclavas de la Santísima
Trinidad.
|
|
- Ana
Bendazzoli en la primavera de 1942 vivía
angustiada, pues desde hacía mucho tiempo no
conseguía tener noticias de su único
hijo, combatiente en África. Llegó al
confesionario del padre Leopoldo, que no la
conocía: "¿Es usted viuda? ¿Tiene
un hijo único? Vuelva contenta a su casa,
muy pronto recibirá carta de él y
pasará feliz la Pascua". Días
después, al domingo de Resurrección,
recibía carta de su hijo: estaba ya sin
peligro, hecho prisionero, pero muy
bien.
|
|
- Va a
confesar a una enferma, en julio de 1933. Al
día siguiente la operarán de tumor en
el intestino. Está tan abatida que el padre
Leopoldo se conmueve. Queda un momento absorto en
oración: "¡Tenga fe!
¡Alégrese, creo que el Señor ha
cambiado las cartas! Al día siguiente cuando
la visitó el médico la
encontró totalmente curada.
|
|
- En 1928
le cuentan que una niña se está
muriendo de meningitis. El P. Leopoldo se conmueve,
pide unan manzana, la bendice: "Dásela a la
niña y la Virgen la curará". Nada
más comerla sanó. Volvieron
rápidamente a decírselo. Él
exclamó: "Ha sido la Virgen. Virgen bendita,
¡qué buena eres!".
|
Durante el invierno
de 1941, los dolores de estómago que el padre
Leopoldo padece desde hace largo tiempo se vuelven cada vez
más agudos, por lo que debe guardar cama.
El 30 de julio de
1942, según tiene por costumbre, se levanta muy
temprano y pasa una hora rezando en la capilla de la
enfermería. A las seis y media, se reviste con los
ornamentos sacerdotales, pero sufre un violento malestar y
se desvanece. Al volver en sí, recibe la
Extremaunción y repite las piadosas invocaciones que
le sugiere su padre superior.
El superior, padre
Benjamín, testificó en el proceso de
canonización: "Yo que le asistí en sus
últimos momentos, no dudo en creer que, en su
tránsito a la eternidad, haya sido asistido, mediante
una extraordinaria aparición de nuestra
Señora, la Madre de Dios. Murió repitiendo las
invocaciones que se le sugerían. En cuanto
llegó a las palabras: ¡Oh,
clementísima!... ¡Oh, piadosa!...¡Oh, dulce
Virgen María! se incorporó y, extendiendo las
manos hacia lo alto, como si fuese al encuentro de no
sé qué objeto extraño, expiró;
parecía transformado".
Leopoldo Mandic fue
beatificado por el Papa Pablo VI el 2 de mayo de 1976, y
canonizado por nuestro Santo Padre el Papa Juan Pablo II el
16 de octubre de 1983.
De la
homilía de Juan Pablo II en la misa de
canonización (16-X-1983)
Leopoldo Mandic, en
sus días, fue siervo heroico de la
reconciliación y la penitencia.
Nacido en
Castelnovo, junto a «Bocche di Càttaro», a
los 16 años dejó la familia y su tierra para
entrar en el seminario de los capuchinos de Udine. En su
vida no figuran grandes acontecimientos; algún
traslado de un convento a otro, como es costumbre entre los
capuchinos, y nada más. Y después, la
asignación al convento de Padua, donde
permaneció hasta la muerte.
Pues bien,
precisamente sobre esta pobreza de una vida sin importancia
exterior, vino el Espíritu Santo y alumbró una
grandeza nueva, la de una fidelidad heroica a Cristo, al
ideal franciscano y al servicio sacerdotal a los
hermanos.
San Leopoldo no
dejó obras teológicas o literarias, no
deslumbró por su cultura ni fundó obras
sociales. Para cuantos lo conocieron, fue únicamente
un pobre fraile, pequeño y enfermizo.
Su grandeza
consistió en otra cosa, en inmolarse y entregarse
día a día a lo largo de su vida sacerdotal, es
decir, 52 años, en el silencio, intimidad y humildad
de una celdilla-confesonario: «El buen pastor da la
vida por las ovejas». Fray Leopoldo estaba siempre
allí a disposición, y sonriente, prudente y
modesto, confidente discreto y padre fiel de las almas,
maestro respetuoso y consejero espiritual, comprensivo y
paciente.
Si lo queremos
definir con una palabra, como solían hacerlo en vida
sus penitentes y hermanos, entonces es «el
confesor»; sólo sabía
«confesar». Y justamente en esto reside su
grandeza. En saber desaparecer para ceder el puesto al
verdadero Pastor de las almas. Solía definir su
misión así: «Ocultemos todo, aun lo que
puede parecer don de Dios; no sea que se manipule.
¡Sólo a Dios honor y gloria! Si posible fuera,
deberíamos pasar por la tierra como sombra que no
deja rastro de sí». Y a alguien que le
preguntaba cómo resistía una vida tal,
respondió: «¡Es mi vida!».
«El buen pastor
da la vida por las ovejas». A los ojos humanos, la vida
de nuestro Santo se asemeja a un árbol al que una
mano invisible y cruel le hubiera cortado todas las ramas
una tras otra. El padre Leopoldo fue un sacerdote
imposibilitado para predicar por un defecto de
pronunciación. Un sacerdote que ansiaba dedicarse a
las misiones, y hasta el final esperó el día
de partir, que no le llegó porque tenía una
salud muy endeble. Un sacerdote de tan gran espíritu
ecuménico que se ofreció con entrega diaria
como víctima al Señor para que se
restableciera la unidad plena entre la Iglesia latina y las
orientales separadas aún, y volviera a haber
«una sola grey bajo un solo pastor» (cf. Jn
10,16); pero vivió su vocación
ecuménica en ocultación total. Entre
lágrimas decía: «Seré misionero
aquí, en la obediencia y en el ejercicio de mi
ministerio». Y también: «Toda alma que
reclame mi ministerio será entre tanto mi
Oriente.»
¿Qué le
quedó a san Leopoldo? ¿A quién y para
qué sirvió su vida? Le quedaron los hermanos y
hermanas que habían perdido a Dios, el amor y la
esperanza. Pobres seres humanos que tenían necesidad
de Dios y acudían a él pidiendo perdón,
consuelo, paz y serenidad. A estos «pobres» dio la
vida san Leopoldo, por ellos ofreció padecimientos y
oración; pero con ellos sobre todo celebró el
sacramento de la reconciliación. Aquí
vivió su carisma. Aquí hallaron
expresión heroica sus virtudes. Celebró el
sacramento de la reconciliación y ejerció el
ministerio como a la sombra de Cristo crucificado. Fijos los
ojos en el crucifijo colgado en el reclinatorio del
penitente. El protagonista era siempre el Crucificado.
«Él es quien perdona, Él es quien
absuelve». Él, el Pastor de la
grey...
San Leopoldo
hundía su ministerio en la oración y
contemplación. Fue un confesor de continua
oración, un confesor que vivía habitualmente
absorto en Dios, en atmósfera
sobrenatural.
La primera lectura
de la liturgia de hoy nos recuerda la oración de
intercesión de Moisés durante una batalla que
sostuvo Israel contra Amalec. Cuando se alzaban las manos de
Moisés, la balanza de la victoria se inclinaba hacia
su pueblo; cuando estas manos desfallecían de
cansancio, dominaba Amalec.
La Iglesia, al
ponerse hoy ante los ojos la figura de su humilde servidor
san Leopoldo, que fue guía para muchas almas, quiere
señalarnos las manos que se levantan hacia lo alto en
las luchas varias del hombre y del Pueblo de Dios, que se
alzan en la oración y se levantan en el acto de la
absolución de los pecados, absolución que
llega siempre al amor que es Dios, el amor que se nos
reveló una vez para siempre en Cristo crucificado y
resucitado.
«Por Cristo os
rogamos: Reconciliaos con Dios» (2 Cor
5,20).
¿Qué nos
dicen, amados hermanos, estas manos de Moisés
levantadas en oración? ¿Qué nos dicen las
manos de san Leopoldo, siervo humilde del confesonario? Nos
dicen que jamás puede cansarse la Iglesia de dar
testimonio de Dios, que es amor. Nunca puede descorazonarse
ni cansarse ante las contrariedades, desde el momento en que
la cumbre de este testimonio se alza indómita en la
cruz de Jesucristo sobre la historia entera del hombre y del
mundo.
[L'Osservatore
Romano, edición semanal en lengua española,
del 23-X-83]
De la
homilía de Pablo VI en la misa de
beatificación (2-V-1976)
¿Quién
es, quién es aquel que hoy nos reúne
aquí para celebrar en su nombre bienaventurado una
irradiación del Evangelio de Cristo, un
fenómeno inexplicable, a pesar de ser claro y
evidente: el fenómeno de una transparencia
encantadora, que nos permite vislumbrar, en el perfil de un
humilde hermano, una figura luminosa y al mismo tiempo casi
desconcertante? Mira, mira, ¡es san Francisco! ¿Lo
ves? ¡Mira cómo es pobre, mira cómo es
simple, mira cómo es hermano! Es justamente
él, san Francisco, tan humilde, tan sereno, tan
absorto que aparece casi extático en una propia
visión interior suya de la invisible presencia de
Dios, y, sin embargo, para nosotros, tan presente, tan
accesible, tan disponible que parece casi conocernos,
esperarnos, saber nuestras cosas y leer dentro de
nosotros.
Mira bien: es un
pobre, pequeño capuchino; parece que sufre y vacila,
pero está tan extrañamente seguro que nos
sentimos atraídos y encantados por él. Mira
bien con la lente franciscana. ¿Lo ves? ¿Tiemblas?
¿A quién has visto? Sí, digámoslo;
es una débil, popular, pero auténtica imagen
de Jesús; sí, de aquel Jesús que
hablaba al mismo tiempo al Dios inefable, al Padre,
Señor del cielo y de la tierra; y nos habla a
nosotros, minúsculos oyentes, encerrados en las
proporciones de la verdad, es decir, de nuestra
pequeña y paciente humanidad... Y, ¿qué
dice Jesús en este su pobrecito oráculo?
¡Oh! Grandes misterios, los misterios de la infinita
trascendencia divina, que nos deja encantados, y que
inmediatamente emplea un lenguaje conmovedor y cautivador.
Escuchemos el Evangelio: «Venid amí todos
vosotros, que estáis cansados y oprimidos, y yo os
aliviaré» (Mt 11,28).
Pero entonces,
¿quién es? Es el padre Leopoldo; sí, el
siervo de Dios, padre Leopoldo de Castelnovo, que, antes de
hacerse fraile se llamaba Adeodato Mandic; un
dálmata, como san Jerónimo, que debía
tener, ciertamente, en el temperamento y en la memoria la
dulzura de la encantadora tierra adriática, y en el
corazón, y en la educación doméstica,
la bondad, honesta y piadosa, de la valiente
población véneto-balcánica.
Nació el 12 de mayo de 1866, y murió en Padua,
donde se hizo capuchino y donde vivió la mayor parte
de su vida terrena, terminada a los setenta y seis
años, el 30 de julio de 1942.
La nota peculiar de
la heroicidad y de las virtudes carismáticas del
beato Leopoldo fue otra, ¿quién no lo sabe? Fue
su ministerio al escuchar las confesiones. El llorado
cardenal Larraona, entonces Prefecto de la S.C. de Ritos,
escribió en el decreto de 1962 para la
beatificación del padre Leopoldo: «Su
método de vida era éste: celebrado a primera
hora de la mañana el sacrificio de la misa, se
sentaba en el pequeño confesionario y allí
permanecía todo el día a disposición de
los penitentes. Mantuvo este estilo de vida durante cerca de
cuarenta años, sin la más mínima
queja...».
Es éste,
creemos, el título primario que ha merecido a este
humilde capuchino la beatificación que en estos
momentos estamos celebrando. Se santificó
principalmente en el ejercicio del sacramento de la
reconciliación. Por fortuna, se han escrito y
divulgado copiosos y espléndidos testimonios sobre
este aspecto de la santidad del nuevo beato. A nosotros no
nos corresponde sino admirar y dar las gracias al
Señor, que ofrece hoy a la Iglesia una figura tan
singular de ministro de la gracia sacramental de la
penitencia; que invita, por una parte, a los sacerdotes al
ministerio de tan capital importancia, de pedagogía
tan actual, de tan incomparable espiritualidad; y que
recuerda a los fieles, ya sean fervorosos, o tibios, o
indiferentes, qué providencial servicio es
todavía hoy, mejor dicho, hoy más que nunca,
para ellos la confesión individual y auricular,
fuente de gracia y de paz, escuela de vida cristiana,
consuelo incomparable en la peregrinación terrena
hacia la eterna felicidad.
 |