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San Juan de �vila

Patrono del clero secular espa�ol, en el 500 aniversario de su nacimiento  (1499-1569)

 

Por Felipe Romero C�ceres

 

 

Almod�var del Campo, Ciudad Real, fue el escenario del gran teatro de su vida. El 6 de enero de 1499 (� 1500) se estren� "su" obra. En un ambiente eucar�stico y mariano se desdoblaron sus primeros a�os. All� creci�, de la mano de sus padres, Alfonso y Catalina, propietarios de unas minas de plata en Sierra Morena. Son conocidas las escenas de entregar su sayo nuevo a un ni�o pobre, sus ratos de oraci�n, sus sacrificios, su devoci�n eucar�stica y mariana.

 

A la edad de catorce a�os (1513) le enviaron sus padres a estudiar leyes a Salamanca ("negras leyes", dir�a �l m�s tarde). Transcurrieron cuatro a�os antes que regresara de nuevo a Almod�var, donde permanece por espacio de dos a�os, hasta 1520, entregado a la oraci�n y practicando la m�s rigurosa penitencia. Pero su estancia all� no pod�a ser perpetua. Dios es tan desconcertante en sus iniciativas, que no suele permitir que sus ap�stoles se "instalen" definitivamente en un lugar.

 

Un religioso franciscano invit� a Juan de �vila a estudiar artes y teolog�a en Alcal� (1520-1526). La Universidad de Alcal� hab�a sido fundada recientemente por el cardenal Cisneros (1508). Era el siglo XVI, y santo Tom�s, Duns Escoto, Alberto Magno..., eran estudiados a fondo. Todo un inmenso caudal de conocimientos se dispon�an ante Juan de �vila. El maestro Domingo de Soto hizo notar la val�a intelectual de aquel joven. Entabl� buenas relaciones con el futuro arzobispo de Granada don Pedro Guerrero. Se esboza ya una de las dimensiones de su vida: la predicaci�n, la exposici�n detallada del mensaje apost�lico.

 

PRIMEROS MINISTERIOS Y PERSECUCI�N

 

En 1526 recibi� la ordenaci�n sacerdotal. Quiso venerar la memoria de sus padres, fallecidos durante su estancia en Alcal�, celebrando la primera Misa en Almod�var del Campo. Con gesto evang�lico, invit� a doce pobres a queparticiparan en su mesa y compartieran su pan. Juan de �vila reparti� sus bienes patrimoniales entre los necesitados y oprimidos, a fin de permanecer indiviso en su coraz�n, buscando �nicamente la instauraci�n del Reino en la tierra.

 

En compa��a de Ferando de Contreras, sacerdote con trazas de santo, se entrega al ministerio de la palabra en la ciudad de Sevilla (1527). En esp�ritu y verdad contin�a su amor por la cruz de Cristo, signo de liberaci�n:

 

"No solamente la cruz, mas la misma figura que en ella tienes nos llama dulcemente a amor. La cabeza tienes reclinada para o�rnos y darnos besos de paz, con la cual convidas a los culpados. Los brazos tienes tendidos para abrazarnos. Las manos agujereadas para darnos tus bienes, el costado abierto para recibirnos en tus entra�as, los pies enclavados para esperarnos y para nunca poderte apartar de nosotros. De manera que, mir�ndote, Se�or, en la cruz, todo cuanto vieren mis ojos, todo convida a amor: el madero, la figura y el misterio, las heridas de tu cuerpo. Y, sobre todo, el amor interior me da voces que te ame y nunca te olvide mi coraz�n". ("Tratado del amor de Dios", 14).

 

Siente, por entonces, un inusitado deseo por acudir a comunicar las "insondables riquezas de Cristo" al M�jico reci�n conquistado. Se ofreci� como misionero al nuevo obispo de Tlascala, fray Juli�n Garc�s, que hab�a de embarcar hacia Nueva Espa�a el a�o 1527. A pesar de sus esfuerzos por lograr tal prop�sito, el arzobispo don Alfonso Manrique le oblig� por obediencia a continuar su labor en las Indias del mediod�a espa�ol.

 

Cedi� en su impulso fogoso por la aventura, accediendo a publicar el acontecimiento liberador de Cristo en su propia tierra, no sin antes predicar ante el arzobispo, el cual sent�a vivos deseos de conocer directamente la val�a de aquel cl�rigo "joven y revolucionario". Recibi� calurosos aplausos al t�rmino del serm�n, a los que respondi� el santo: "Eso mismo me dec�a el demonio al subir al p�lpito". Casi con seguridad fue el 22 de julio de 1527, en la colegiata de San Salvador.

 

Su vocaci�n estaba ya decidida. Su persona, austera y sencilla, atrae la atenci�n de todos. Es un nuevo "ap�stol de las gentes": "Aquella compuesta y venerable presencia del humilde sacerdote; aquel rostro sereno y descarnado de asceta, sereno e inmutable; aquellos ojos grandes y expresivos, tornados en un suave recogimiento interior; el mismo desali�o de su traza con su pelo mortificado, su mal recortada barba y su manto burdo sobre la loba de pa�o, alta un coto del suelo, y en fin, su voz bien timbrada, potente y sonorosa, hab�an de contribuir a hacer resaltar su soberana elocuencia" (Garc�a de Diego, "Epistolario espiritual del B. Juan de �vila").

 

Algunos cl�rigos, eclipsada su elocuencia por la fuerza del santo, denunciaron con calumnias y falsedades las actividades de Juan de �vila en la Sevilla del Renacimiento. Y lo hicieron ante el tribunal de la Inquisici�n.

 

"Juan hab�a hablado muy claro y hab�a zarandeado las conciencias. De ello se sigui� perjuicio para algunas vidas licenciosas, pues se les escapaba de la mano la ocasi�n de servirse de la Iglesia para su ego�smo" (Juan Esquerda Bifet). Desde 1531 hasta 1533, Juan de �vila estuvo procesado por la Inquisici�n. Permaneci� en la c�rcel durante un a�o. Juan no perdi� ocasi�n para profundizar en el "misterio de Cristo": "Aprendi� en pocos d�as m�s que en todos los a�os de su estudio", dice el padre Granada.

 

Como era de suponer, fue puesto en libertad.

 

ESPIRITUALIDAD PROPIA Y PARA LOS DEM�S

 

Continu� silenciosamente en su puesto de "testigo", "luz de las naciones", "hombre nuevo", renovado por la gracia, abierto al encuentro con los otros, inflexible al pecado. Esa maciza espiritualidad ten�a un soporte: Cristo; un anhelo: servir. Estaba integrado en su misi�n:

 

"Si miramos c�mo acude Dios a la llamada del sacerdote, c�mo permanece en sus manos, c�mo se deja tratar con familiaridad incomprensible, ninguna santidad le parecer� in�til, igualable, en equilibrio con el don de Dios, comunicado con tan inefable comunicaci�n" ("Tratado del sacerdocio").

 

El maestro �vila fue la persona m�s consultada que hubo en Espa�a y el or�culo de su tiempo. El a�o 1535 marcha a C�rdoba, llamado por el obispo fray �lvarez de Toledo. Prefiere hospedarse en el hospital en lugar del palacio. All� conoce a fray Luis de Granada, con quien entabla relaciones espirituales profundas. Recorre las aldeas con entusiasmo inveros�mil, afianzando el conocimiento de Cristo. Un padre dominico, que se hab�a opuesto a la predicaci�n de Juan, despu�s de escuchar sus lecciones, dijo: "Vengo de o�r al propio san Pablo coment�ndose a s� mismo". Predica frecuentemente en Montilla, C�rdoba. Y las c�lebres misiones de Andaluc�a las organiza desde C�rdoba (hacia 1550-1554). A Granada acudi� Juan de �vila, invitado por el arzobispo don Gaspar de Avalos, ya el a�o 1536. Predica al pueblo y a los neoconversos. Arguye, amonesta: "La lengua del sacerdote es llave con que se cierra el infierno y se abre el cielo y se alumbran las conciencias y se consagra a Dios" (Pl�tica a los cl�rigos de C�rdoba).

 

Es necesario, seg�n �l, un incesante cambio de mentalidad, una constante reversi�n del pecado a la gracia, un decidido aldabonazo de proyecci�n al "esp�ritu nuevo": "Veamos las intenciones de Dios; veamos los misterios de nuestra redenci�n y vida; y descalzos los zapatos de nuestros sentidos de carne, quitados los vicios, que son tinieblas del coraz�n, atentos, humildes y devotos hall�monos presentes, y acompa�emos al Se�or, que en otra cosa no entiende sino en nuestra salvaci�n, aunque sea con p�rdida de su vida." (Homil�as de tema sacerdotal).

 

Se puede apreciar a simple vista c�mo la estela luminosa del mensaje paulino se integra en el mensaje avilino, en toda su significaci�n soteriol�gica y cristoc�ntrica. Es una nueva y eficaz interpretaci�n del contenido evang�lico. Dice tambi�n:

 

"El que ha estado en la mesa de la Escritura, y ha entendido lo que debe hacer, y ha mantenido su alma con el Pan de la Sabidur�a, no se ha de estar siempre sentado, pensando y rumiando consideraciones devotas y revolviendo siempre libros; levantarse conviene a la obra. Porque muchas veces aconteci� no ser verdaderos los prop�sitos buenos que en la lecci�n se ten�an, porque faltaron en la obra. Conviene probar las armas en la obra, que hemos cobrado en la lecci�n y oraci�n. Donde no hay obras, no puede haber pensamientos y prop�sitos buenos. Lev�ntase el Se�or y a obrar." (Homil�as de tema sacerdotal).

 

Y contin�a su labor apost�lica. Es en Granada donde tiene lugar el cambio de vida de san Juan de Dios; en la ermita de San Sebasti�n, oyendo a Juan de �vila, Juan Ciudad, antiguo soldado y ahora librero ambulante, se convirti� en Juan de Dios.

 

Eterno n�mada de Dios, Juan de �vila recorre muchos pueblos: Baeza (1539), Jerez (1541), Montilla (1545), Zafra (1546), Fregenal de la Sierra (1547), Priego (1552). El impulso del coraz�n le conduce a los desolados en suesp�ritu, a los intransigentes, a los insatisfechos; a todos los que, de una forma u otra, buscan con perseverancia intuir y conocer a Dios en sus vidas. Trabaj� decididamente en la fundaci�n de la Universidad de Baeza, Ja�n, en 1542, as� como en la constituci�n de numerosos colegios de estudio y espiritualidad.

 

El licenciado Luis Mu�oz describe de la siguiente manera el car�cter de su mensaje: "Sus palabras, aunque fuesen de reprensi�n, iban envueltas en amor, caridad y celo del aprovechamiento de las almas, y as� le o�an con notable afecto".

 

Desde 1551, Juan se sinti� enfermo. A partir de 1553, hasta su muerte, residi� definitivamente en Montilla. Las pl�ticas, la oraci�n, el sacrificio..., fueron norma y fundamento de sus �ltimos momentos. Corrigi� el texto del "Audi, Filia", esbozado en la prisi�n inquisitorial. Lo adapt� a los documentos recientes del concilio de Trento. El libro fue muy apreciado por Felipe II, quien no quer�a que faltase en El Escorial. A comienzos de mayo de 1569 empeor� alarmantemente. Muri� el 10 de mayo de 1569.

 

Es maravillosa la doctrina de Juan de �vila, "a trav�s" y "en" Cristo. Tiende a confirmar la necesidad de la gracia, del perd�n, de la reconciliaci�n:

 

"Tengamos la conciencia pura y nuestros ojos puestos en Dios, y esperemos su reino; que todo lo que ac� se puede ofrecer es ruido que pronto transcurre y ligeramente es vencido por quien vive bien y se esconde en las llagas de Cristo, pues para nuestro refugio est�n abiertas. All� hallamos descanso para cuando somos de la prosperidad combatidos y de la adversidad, y ninguna cosa puede turbar a quien all� ha fijado su pensamiento".

Seg�n �l, "descansa Dios en el hombre", cuando �ste se afianza en la virtud y procura erradicar los vientos pesimistas y degradadores de la existencia; cuando busca conformar su voluntad al designio salvador de Dios.

 

Juan de �vila, "sacerdote de postconcilio" (despu�s del de Trento) nos grita a todos, sacerdotes y laicos, que la vida tiene un sentido, un destino v�lido y universal, que Dios nos espera impaciente en la encrucijada de los acontecimientos, incluso los m�s pueriles y humanos, que el cosmos entero se resume y recapitula en Cristo. "Las cosas son nuestras, nosotros de Cristo, y Cristo de Dios", afirmar�a san Pablo.

 

El d�a 4 de abril de 1894, Le�n XIII beatifica al maestro �vila. P�o XII, el 2 de julio de 1946, lo declara Patrono del clero secular espa�ol, y Pablo VI, el 31 de mayo de 1970, lo proclam� santo.

 

 

 

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