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Santa Teresa
de Calcuta
Fundadora de las Misioneras de
la Caridad (1910-1997)
Por Dom Antonio
Mar�a, OSB
Diciembre
de 1964. El Papa Pablo VI llega a Bombay, donde
debe presidir un Congreso eucarístico
internacional. Millones de personas se agolpan a lo
largo de los veinte kilómetros de recorrido
que separan el aeródromo de la ciudad. Todos
desean ver y oír "al mayor jefe religioso
del mundo". Entre los invitados al Congreso figura
la M. Teresa de Calcuta. Pero, al dirigirse al
palacio, se cruza con un hombre y una mujer
exhaustos, con los rostros llenos de sangre y tan
delgados que sólo les queda piel sobre los
huesos. La M. Teresa se acerca a ellos e intenta
sostenerlos, pero el hombre apenas tiene tiempo de
proferir algunas palabras antes de entregar el
último suspiro. Sin dudarlo ni un momento,
la M. Teresa carga sobre sus hombros a la mujer y
la lleva al hogar de los moribundos. Esa mujer
exhausta representa a Jesús, al que hay que
socorrer con prioridad, incluso a costa de un
encuentro tan preciado con el Vicario de Cristo.
Cuanto hicisteis a uno de esos hermanos
míos más pequeños, a mí
me lo hicisteis, dirá Jesús en el
juicio final (Mt 25,40).
"Ayudar a todos los
hombres"
Gonxha (In�s) Bojaxhiu,
la futura M. Teresa, nace el 26 de agosto de 1910 en Skopje, ex
Yugoslavia, en el seno de una familia de nacionalidad albanesa
profundamente cat�lica. All� por el a�o 1928, una gracia procedente
de la Sant�sima Virgen orienta a Gonxha hacia la vida religiosa.
Ingresa en Dubl�n, Irlanda, en la orden de las Hermanas de Nuestra
Se�ora de Loreto, cuya Regla se inspira en la espiritualidad de los
Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola. Gonxha medita
sobre el sentido de la vida: "El hombre es creado para alabar,
honrar y servir a Dios Nuestro Se�or, y mediante esto salvar su
alma" (Ejercicios espirituales, 23). Su deseo es "ayudar a
todos los hombres" (�dem, 146) a que encuentren el camino del
cielo.
Gonxha se siente
atraída por las misiones. Sus superioras la
envían a la India, a Darjeeling, ciudad situada al
pie del Himalaya, donde comienza su noviciado el 24 de mayo
de 1929. Como quiera que la enseñanza es la principal
vocación de las Hermanas de Loreto, Gonxha imparte
clases a las niñas, a la vez que estudia ella misma
para obtener el título de profesora. El 25 de mayo de
1931, profesa sus votos religiosos y toma el nombre de
hermana Teresa, en honor de santa Teresa de Lisieux. En
1935, a fin de que termine sus estudios, la hermana Teresa
es destinada al colegio de Calcuta, capital superpoblada e
insalubre de Bengala. Allí convivirá con la
miseria, pues la población vive, muere y nace en las
mismas aceras, sin otro techo más que la parte
inferior de un banco, el rincón de una puerta, una
carretilla abandonada o unos cuantos periódicos o
cartones. Es un lugar donde algunos niños
recién nacidos son arrojados al cubo de la basura, a
los arroyos, a cualquier parte, y donde los muertos se
recogen cada mañana junto a los montones de
basura...
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El
10 de septiembre de 1946, durante la
oración, la hermana Teresa percibe con
nitidez una invitación del Señor para
que abandone el convento de Loreto y se consagre al
servicio de los pobres, viviendo entre ellos. Se lo
confía a su superiora, quien la hace esperar
con objeto de poner a prueba su obediencia. Al cabo
de un año, la Santa Sede la autoriza a vivir
fuera de la clausura. El 16 de agosto de 1947, a la
edad de treinta y siete años, la hermana
Teresa viste por primera vez un sari -vestido
tradicional de las mujeres indias- de
algodón rústico de color blanco,
adornado con un ribete azul, con los colores de la
Santísima Virgen María, y en el
hombro un pequeño crucifijo negro. En sus
desplazamientos, lleva consigo un pequeño
maletín con las cosas personales
indispensables, pero no dinero. La M. Teresa nunca
pidió dinero, y nunca lo poseyó,
aunque sus obras y fundaciones exigieron gastos muy
costosos. La divina Providencia siempre
proveyó.
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A partir de 1949 son
cada vez más numerosas las jóvenes que acuden
a compartir la vida de la M. Teresa, pero ella las pone a
prueba durante largo tiempo antes de admitirlas. En
otoño de 1950, el Papa Pío XII autoriza
oficialmente aquella nueva fundación, denominada
Congregación de las Misioneras de la
Caridad.
Un lugar
para morir "admirablemente"
Durante el invierno
de 1952, un día en que va en busca de los pobres,
descubre en la calle a una mujer agonizante, demasiado
débil para luchar contra las ratas que le roen los
dedos de los pies. Tras llevarla al hospital más
cercano, donde admiten a la moribunda después de
muchas dificultades, la hermana Teresa tiene la idea de
pedir a la autoridad municipal un local donde poder recibir
a los agonizantes abandonados. Le dejan a su
disposición una casa que en otro tiempo había
servido de residencia a los peregrinos del templo
hindú de Kali la negra, utilizado en ese
momento por toda suerte de vagabundos y traficantes, y la
hermana Teresa la acepta. Muchos años después,
a propósito de los miles de moribundos que pasaron
por aquella casa, llegará a decir: "¡Se
mueren tan admirablemente con Dios! Hasta el momento no
hemos encontrado a nadie que se negara a pedir
perdón a Dios o que se negara a decir: Dios
mío, te amo",
La M. Teresa carece
de ideas preconcebidas acerca de las obras que debe
realizar. Se deja más bien guiar por la Providencia y
por las necesidades de los pobres. Como ejemplo, el caso de
un niño al que encuentra comiendo basura y que se
queja del estómago: "-¿Qué has comido
esta mañana? -Nada. -¿Y ayer? -Nada.". Dos
años más tarde, la M. Teresa instala el
Centro de esperanza y de vida para acoger a los
niños abandonados. De hecho, los que son conducidos a
ese lugar, envueltos entre harapos o incluso con papeles,
carecen de toda esperanza de vida aquí en la tierra.
Reciben entonces el bautismo y se encaminan derechos al
cielo. Muchos de los que vuelven a la vida son adoptados por
familias de todos los países.
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"Uno de los
niños que habíamos acogido fue
confiado a una familia muy rica -cuenta la M.
Teresa-; era una familia de la alta sociedad que
quería adoptar a un niño de corta
edad. Algunos meses después, oí decir
que aquel niño había contraído
una grave enfermedad y que había quedado
paralítico. Me dirigí a ver a la
familia y les propuse: -Devuélvanme al
niño y se lo cambiaré por otro con
buena salud. -¡Preferiría la muerte
antes que separarme de este niño!,
respondió el padre mirándome, con
rostro compungido". ¡Qué lección
de amor!
La M.
Teresa señala: "Lo que más
necesitan los pobres es sentirse necesarios,
sentirse amados. Lo que más les hiere es el
estado de exclusión que su pobreza les
impone. Pues hay remedios y tratamientos para todo
tipo de enfermedades, pero cuando se es un
marginado, si no hay manos serviciales y corazones
afectuosos, no hay esperanza de verdadera
curación".
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"Un valor
humano más elevado"
En numerosos
países del tercer mundo, el aumento de la
población engendra graves problemas. "En muchas
familias -escribe la M. Teresa- es tan grande la pobreza que
la idea de tener otro hijo las aterroriza; mis hermanas se
esfuerzan por calmar ese miedo e intentan también
hacerles comprender el valor humano del método
natural de regulación de la natalidad". Así
pues, en su cometido de transmisores de la vida, los padres
no son libres de proceder como quieran, como si pudieran
determinar de forma enteramente autónoma las
vías honestas que deben seguir, sino que deben
adecuar su conducta a la intención creadora de Dios,
expresada en la propia naturaleza del matrimonio y de sus
actos, y manifestada mediante la enseñanza de la
Iglesia.
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Dicha
enseñanza parte de una visión
integral del hombre y de su vocación, que no
es solamente natural y terrenal, sino
también sobrenatural y eterna, y
"está fundada sobre la inseparable
conexión que Dios ha querido y que el hombre
no puede romper por propia iniciativa, entre los
dos significados del acto conyugal: el significado
unitivo y el significado procreador" (Pablo VI,
Humanae vitae, 12). Para realizar un control
de natalidad, "la continencia periódica, los
métodos de regulación de nacimientos
fundados en la autoobservación y el recurso
a los períodos infecundos son conformes a
los criterios objetivos de la moralidad. Estos
métodos respetan el cuerpo de los esposos,
fomentan el afecto entre ellos y favorecen la
educación de una libertad auténtica"
(Catecismo de la Iglesia Católica,
2370).
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El Papa Pablo VI
describe de este modo el valor de los métodos
naturales: "El dominio del instinto mediante la razón
y la voluntad libre, impone sin ningún género
de duda una ascética, para que las manifestaciones
afectivas de la vida conyugal estén en conformidad
con el orden recto y particularmente para observar la
continencia periódica. Esta disciplina, propia de la
pureza de los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal,
le confiere un valor humano más sublime. Exige un
esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo
beneficioso, los cónyuges desarrollan integralmente
su personalidad, enriqueciéndose de valores
espirituales: aportando a la vida familiar frutos de
serenidad y de paz y facilitando la solución de otros
problemas; favoreciendo la atención hacia el otro
cónyuge; ayudando a superar el egoísmo,
enemigo del verdadero amor, y enraizando más su
sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así
la capacidad de un influjo más profundo y eficaz para
educar a los hijos" (Humanae vitae, 21).
Una
diferencia esencial de mentalidad
Fiel a la Iglesia,
la M. Teresa no acepta la anticoncepción, es decir,
toda acción que, o en previsión del acto
conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de
sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como
medio, hacer imposible la procreación
(píldoras, preservativos...). En efecto, "cuando los
esposos, mediante el recurso a la anticoncepción,
separan estos dos significados que Dios creador ha inscrito
en el ser del hombre y de la mujer y en el dinamismo de su
comunión sexual, se comportan como árbitros
del designio divino y manipulan y envilecen la sexualidad
humana, y con ella la propia persona del cónyuge,
alterando su valor de donación total"
(Exhortación apostólica Familiaris
consortio, 22-11-1981, 32). Se trata de una diferencia
bastante más amplia y profunda de lo que
habitualmente se cree entre la anticoncepción
artificial y el recurso a los ritmos temporales. Dicha
diferencia implica en resumidas cuentas dos concepciones de
la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre
sí. La elección de los ritmos naturales
comporta la aceptación del tiempo de la persona, es
decir, de la mujer, y con esto la aceptación
también del diálogo, del respeto
recíproco, de la responsabilidad común, del
dominio de sí mismo. Al elegir la
anticoncepción, la sexualidad no es respetada, sino
que es "usada" como un "objeto" (cf.
Ibíd..).
"En el
respeto del amor mutuo y de los hijos"
"La Iglesia ha
enseñado siempre la maldad de la
anticoncepción, es decir, de cada uno de los actos
conyugales intencionadamente infecundos", afirma el Consejo
Pontificio para la Familia en fecha 12 de febrero de 1997.
Esta enseñanza debe considerarse como una doctrina
definitiva e irreformable. La anticoncepción se opone
de forma grave a la castidad matrimonial, es contraria al
bien de la transmisión de la vida -aspecto de
procreación del matrimonio- y contraria al don
recíproco de los cónyuges -aspecto de
unión del matrimonio-. Además hiere al amor
verdadero y niega el papel soberano de Dios en la
transmisión de la vida humana" (Vademécum
de los confesores). Así pues, la
anticoncepción es un pecado objetivamente grave o
mortal -es decir, que causa la muerte del alma
privándola de la vida de la gracia, cuando es
cometido con pleno conocimiento y entero
consentimiento-.
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La
mentalidad anticonceptiva que pretende evitar un
hijo a toda costa, conduce lógicamente a la
mentalidad abortiva cuando la anticoncepción
fracasa. Las estadísticas muestran que la
práctica del aborto se desarrolla sobre todo
en aquellos países que favorecen la
anticoncepción. Además, muchos
productos que se presentan como anticonceptivos
son, en realidad, abortivos (la píldora del
día siguiente, el dispositivo
intrauterino...). Por eso la M. Teresa se niega a
confiar en adopción a un niño a una
pareja que recurra a la anticoncepción,
considerando que con ello se encontraría en
un ambiente de muerte.
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En ocasiones se
alega que los métodos naturales no son ni seguros ni
eficaces, pero no es del todo cierto. Estudios
médicos serios han demostrado que el método
Billings -método natural-, por ejemplo, resulta muy
eficaz para evitar un nacimiento no deseado. La
mayoría de las mujeres puede determinar sin apenas
riesgo de error su período de fecundidad. He
aquí un testimonio de la M. Teresa: "En Calcuta,
dirigimos actualmente 102 centros donde se enseña a
las familias a controlar los nacimientos en el respeto del
amor mutuo y de los hijos. El año pasado, miles de
familias cristianas, musulmanas o hindúes, pasaron
por nuestros centros, evitando de ese modo que nacieran unos
70.000 niños, pero sin matar a ninguno. Y ello
simplemente apoyándose en estos tres pilares: el
amor, la vida y la patria" (Carta al
primer ministro de la India, 26-3-1979).
Dirigiéndose
a las poblaciones de los países ricos, la M. Teresa
añade lo siguiente: "Si nuestra gente -los pobres-
puede hacerlo, cuánto más vosotros que
conocéis los medios de no destruir la vida que Dios
ha creado en nosotros" (11-12-1979). Sin embargo, si los
pobres tienen a menudo motivos justificados para espaciar el
nacimiento de sus hijos, los esposos de los países
desarrollados, donde la natalidad disminuye, deben
cerciorarse de que su deseo de evitar una nueva
concepción "no nace del egoísmo, sino que es
conforme a la justa generosidad de una paternidad
responsable" (Catecismo, 2368).
Por el amor
de Jesucristo
Durante el
transcurso de los años 1960, la obra de la M. Teresa
se extiende a casi todas las diócesis de la India. En
1965, algunas religiosas parten hacia Venezuela. En marzo de
1968, Pablo VI pide a la M. Teresa que abra una casa en
Roma. Tras una visita a los suburbios de la ciudad y haber
constatado que la miseria material y moral también
existen en los países desarrollados, ella
acepta. Al mismo tiempo, las hermanas trabajan en
Bangladesh, país devastado por una terrible guerra
civil. Muchas mujeres han sido violadas por los soldados, y
se aconseja a las embarazadas que aborten. La M. Teresa se
dirige entonces al gobierno comunicándole que ella y
sus hermanas adoptarán a esos niños, pero que
bajo ningún concepto "se obligue a esas mujeres, que
no han hecho más que sufrir la violencia, que cometan
en adelante una trasgresión que las
acompañaría durante toda su vida". La M.
Teresa luchó siempre con gran denuedo y
valentía sin igual contra cualquier forma de aborto,
pues estaba persuadida, y con toda razón, de que,
desde el mismo instante de la concepción, el
embrión es un ser humano y posee el derecho
inalienable a la vida. Ninguna persona, ninguna autoridad,
ni ninguna causa pueden disponer de la vida de los
niños inocentes.
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La
M. Teresa acepta enviar a un grupo de hermanas al
Yemen, país musulmán donde ninguna
influencia cristiana ha penetrado desde hace
ochocientos años, pero con la
condición de que pueda acompañarlas
un sacerdote. Durante los años 1980, la
orden llega a fundar una media de quince nuevas
casas al año. A partir de 1986, se instala
también en algunos países comunistas,
hasta ese momento prohibidos a cualquier misionero:
Etiopía, Yemen del Sur, la URSS, Albania y
China.
En
marzo de 1967, la obra de la M. Teresa aumenta con
una rama masculina: la Congregación de
los Hermanos Misioneros. En 1969 nace la
Fraternidad de los colaboradores seglares de las
Misioneras de la Caridad.
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Un secreto
bien sencillo
Cuando se le
pregunta de dónde procede su fuerza moral, la M.
Teresa responde: "Mi secreto es infinitamente sencillo:
rezo. Mediante la oración me uno en el amor con
Cristo. Rezarle es amarle". El amor se halla
indisolublemente unido al gozo. "El gozo es
oración, por el hecho de alabar a Dios, pues el
hombre ha sido creado para alabar. El gozo es la esperanza
de una felicidad eterna. El gozo es una red de amor para
atrapar a las almas. La verdadera santidad consiste en hacer
la voluntad de Dios con una sonrisa".
Tras diversas
hospitalizaciones, la M. Teresa se apagó en la paz
del Señor, en Calcuta, el 5 de septiembre de 1997. Al
conocer la noticia de su muerte, el Papa Juan Pablo II
resumía de este modo su vida: "Su misión
comenzaba al alba ante la Eucaristía. En el silencio
de la contemplación, M. Teresa oía resonar el
grito de Jesús en la Cruz: Tengo sed. Ese
grito, conservado en el fondo de su corazón, la
empujaba por los caminos de Calcuta y de todos los suburbios
del mundo, en busca de Jesús en el pobre, en el
abandonado, en el moribundo... La M. Teresa, la inolvidable
madre de los pobres, es un ejemplo elocuente para todos"
(Ángelus, 8-9-1997).
En muchas ocasiones,
a la demanda de jóvenes que querían ir a la
India para ayudarla, la M. Teresa les contestaba que se
quedaran en sus países para practicar la caridad con
los pobres de su medio habitual. Éstas son
algunas de sus sugerencias: "En Francia, como en Nueva York
y en todas partes, cuántas personas sienten hambre
de ser amadas; es una pobreza terrible que no tiene
comparación con la pobreza de los africanos y de los
indios... Lo que cuenta no es cuánto les damos, sino
el amor con que les damos... Rezad para que eso comience en
vuestra propia familia. Con frecuencia, los niños no
tienen a nadie que les reciba cuando regresan del colegio y,
cuando se hallan con sus padres es para sentarse ante el
televisor, sin intercambiar palabra alguna. Es una pobreza
muy profunda... Debéis trabajar para ganaros la vida
de vuestra familia, pero debéis tener también
el valor de compartir con quien no tiene -quizá
simplemente una sonrisa o un vaso de agua-, de pedirle que
se siente para hablar durante unos minutos; puede que baste
con escribir una carta a un enfermo que se encuentre en el
hospital... Y lo mejor es que nos acerquemos a Nazaret y que
miremos cómo vive la Sagrada Familia: haced de
vuestra familia otro Nazaret. ¡Amad a Jesús!
Durante el transcurso de la jornada, debéis deciros a
vosotros mismos: Jesús está en mi
corazón. Creo en tu amor tierno hacia mí y te
amo, Jesús. Hay que decirlo y repetirlo
constantemente, y comprobaréis de ese modo que la
fuerza, el gozo y la paz estarán con vosotros,
gracias a ese amor que sentís por Jesús. Y
podréis amar a los demás del mismo modo que
Jesús os ama".
Es posible para
nosotros amar a los demás como Jesús, pues si
vivimos en la gracia de Dios, el Espíritu Santo, que
es el Amor, habita en nosotros (Jn 14,18). Y difundiendo su
Caridad en nuestro corazón daremos testimonio de
Él, a imitación de la M. Teresa de
Calcuta.
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