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Carlos
de
Foucauld
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EL
DESCENDIENTE DE LOS VIZCONDES DE FOUCAULD DE
PONTBRIAND
A las cinco de la
mañana del mes de junio, en Argel, ya se ve muy bien;
también en el Mellah, el «ghetto»
judío, donde las casuchas sórdidas, pegadas
las unas a las otras, retienen durante más tiempo las
sombras de la noche. El cielo estaba ya alto y claro a
aquella hora; las mujeres, dentro de las covachas, se
dedicaban a sus quehaceres, aunque las callejuelas se
veían todavía desiertas y silenciosas. Al
alba, cualquier paso retumbaba en los muros y provocaba la
curiosidad detrás de las ventanas. Por esto no
pasó inadvertida -a las cinco de la mañana del
10 de junio de 1883- la extraña visita que un joven,
de estatura mediana, elegante, vestido a la europea, hizo a
la sucia barraca donde vivía el rabino Mardoqueo Abi
Serour con su mujer y cuatro hijos.
Se habló
bastante en Mellah de aquella visita misteriosa. Sobre todo
porque -según el testimonio de cientos de ojos que
habían permanecido espiando tras las puertas
entreabiertas- a aquel joven europeo nunca se le vio salir.
Por el contrario, alrededor de una hora más tarde,
salió un desconocido, envuelto en un traje medio
argelino y medio sirio: casquete rojo y turbante de seda
negra en la cabeza, gilet turco de tela oscura, sobre una
camisa blanca de mangas muy amplias y pantalones hasta las
rodillas. Se detuvo un instante en el umbral de la puerta,
mientras se ponía una capa de lana con capucha;
luego, en compañía de Mardoqueo, se
dirigió presuroso fuera del «ghetto».
Algunos oyeron a Mardoqueo llamarlo «Joseph
Aleman», otros «rabino».
El misterio no se
desveló hasta varios años más tarde. El
«rabino Joseph Aleman» era el mismo joven europeo
que entró tan de mañana en casa de Mardoqueo,
precisamente para disfrazarse. Se trataba del vizconde
Carlos de Foucauld de Pontbriand, cuya vida escandalosa
proporcionaba tema de conversación en los salones de
Saumur, Pont-á-Mousson y París; y motivos de
irritación y entretenimiento a las guarniciones
francesas en Argelia.
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Carlos de
Foucauld había nacido en Estrasburgo
veinticinco años antes, exactamente el 15 de
septiembre de 1858. Era entonces emperador de
Francia Napoleón III y los periódicos
andaban revolucionados, aquel año, a cuenta
de las apariciones de Lourdes.
La casa
natal, situada en el número 9 de la plaza de
Broglie, hablaba en todos sus rincones de riqueza,
aristocracia y glorias pasadas; muebles, cuadros,
alhajas, tapicerías, cortinas, todo
parecía concebido y construido como
reverente orla de un antiguo escudo que, sobre la
pared del fondo de una sala austera, mostraba un
rojo león rugiente sobre un puente de plata
de dos arcadas; el brillante puente de los
vizcondes de Pontbriand, cuya valerosa divisa es:
«Jamais arriére» («No
retroceder jamás»).
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En realidad Bertrand
de Foucauld jamás había retrocedido en la
séptima cruzada, y cayó como un héroe
en Mansourah, junto al rey San Luis. No había
retrocedido tampoco Juan de Foucauld, a quien las
crónicas de familia recordaban firme junto a Juana de
Arco, en el coro de Reims, durante la consagración de
Carlos VII. Ni Armando de Foucauld -más conocido como
Juan María de Lau, arzobispo de Arlés-
había retrocedido jamás, en tiempos de la
Revolución francesa, muriendo martir en la
prisión de los carmelitas, en París, durante
las matanzas de septiembre de 1792 (Pío XII lo
beatificó en 1926). Y tampoco Eduardo de Foucau
íd, padre de Carlos, hijo y nieto de militares,
había retrocedido en el cumplimiento del deber como
inspector de aguas y bosques.
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También
la madre de Carlos, Isabel de Morlet,
descendía de una familia con ilustres
tradiciones militares; pero ello la dejaba
perfectamente indiferente. De profundos
sentimientos cristianos, había hecho
bautizar a Carlos dos días después de
su nacimiento. Al cabo de tres años, le dio
una hermanita, María. A ambos, desde su
más tierna infancia, les
enseñó a crecer en la ley de Dios y,
sobre todo, a invocar a la Virgen y ayudar a los
pobres.
No podemos
decir que estas enseñanzas maternas
obtuvieran una correspondencia entusiasta por parte
del pequeño Carlos. En su infancia no hemos
logrado descubrir ningún episodio que
indique inclinación a la piedad, y mucho
menos que revele la más tenue
vocación religiosa. Sin embargo, aquellas
lecciones prácticas de vida cristiana,
aunque en su época no produjeron resultados
evidentes, se imprimieron con tal fuerza en el alma
del niño que, muchos años
después, las encontró dentro, frescas
y válidas como si nunca hubieran sido
olvidadas.
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En 1863,
cuando Carlos tenía apenas cinco
años, en pleno verano, la desgracia
entró inesperadamente en casa de los
vizcondes de Foucauld de Pontbriand.
El padre,
Eduardo, enfermó de tuberculosis y, bien
pronto, su estado fue motivo de
preocupación. Tuvo que dimitir del cargo que
desempeñaba y cada día fue cayendo en
una tristeza más grande. Se encerró
en un silencio atormentado, huraño, casi
alucinado. Un día abandonó a sus
hijos y a su mujer, que estaba esperando un nuevo
hijo, y fue a refugiarse en casa de su hermana
Inés, una famosa belleza de su época,
que había sido retratada por el pincel de
Ingres.
A su vez
Isabel, desesperada, dejó la
espléndida mansión de la plaza de
Broglie y fue con los dos niños a la casa de
la calle «Eschases» con su padre, el
señor de Morlet, simpatiquísimo
coronel de artillería retirado. Y
allí, en el mes de marzo del año
siguiente, murió de parto y de pena. Sus
últimas palabras fueron las de Cristo en el
huerto de Getsemaní: «Padre,
hágase tu voluntad y no la
mía...».
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Cinco meses
más tarde, en casa de Inés, expiraba
también Eduardo.
Carlos y
María quedaron huérfanos, y el abuelo coronel,
de sesenta y siete años, se hizo cargo de ellos.
Adoraba a Carlos («cuando llora es igual que mi pobre
hija...»), y Carlos le correspondía con un
cariño profundo.
A los ocho
años el muchacho ingresó en el colegio
diocesano de Saint-Arbogast de Estrasburgo. De allí
salió cuando llegó el momento de estudiar en
el Instituto Nacional.
Como estudiante fue
regular: todos los profesores estaban de acuerdo en
reconocerle una inteligencia extraordinariamente viva; pero
no pocos tenían que dolerse de su excesiva
condescendencia con la pereza.
Después, la
guerra. Año 1870: los alemanes atacaron por el este.
El señor de Morlet previó claramente la
catástrofe, no obstante las ilusiones de
Napoleón III, y se refugió con sus nietos en
Suiza. Apenas los cañones germanos amenazaron
Estrasburgo, Napoleón III fue abatido en
Sedán, y Francia, invadida, proclamó la
república. París, sitiado, se rindió
por hambre. Alsacia y Lorena fueron anexionadas a
Alemania.
«¡Adiós,
Estrasburgo!» El señor de Morlet, excoronel de
artillería del Ejército francés, no
querrá volver a poner los pies en ti. Se
establecerá en Nancy; y allí reanudará
los estudios Carlos, y -a los catorce años, en 1872,
ya un hombrecito- hará la primera comunión y
será confirmado.
En su alma se hizo
una intensa luz; pero se apagó pronto. Inscrito en
retórica, en seguida se enamoró de los
escépticos de todas las épocas, de Horacio, de
Montaigne, con una particular predilección por el
viejo Aristófanes. Eran los años en que
prevalecían los burgueses incrédulos y los
profetas del ateísmo proletario. Berthelos, Renan,
Taine, Anatole France, Nietzsche, Marx y Rimbaud llamaban a
la lucha contra la religión desde todos los
frentes.
Carlos no
leyó ni un solo renglón de estos autores; pero
respiró ávidamente el aire contaminado de sus
ideas, lo que fue suficiente para hacerle tirar la fe
religiosa a las ortigas. «Durante doce años
-recordará más tarde- viví sin ninguna
fe. Nada me parecía bastante probado; la misma fe con
que la gente del mundo sigue mil religiones distintas me
parecía la condenación de
todas».
Una vez obtenido el
título de Bachiller en retórica en 1874,
llegó para Carlos la hora de abandonar el nido. Le
esperaban París y los estudios de
filosofía.
El señor de
Morlet le envió al internado de los jesuitas de la
calle «Poste»; pero el ambiente pronto le
resultó odioso e insoportable. Rogó,
insistió, conjuró al abuelo, en decenas de
cartas, que le llevase de nuevo a Nancy; pero el anciano no
cedió. A pesar de todo, al finalizar el curso, Carlos
era Bachiller en filosofía.
Había llegado
el momento de empezar a estudiar una carrera. Para Carlos de
Foucauld de Pontbriand no existía el problema de
elegir. Desde que nació había parecido obvio a
todos que un vástago de tal estirpe debería
seguir la carrera militar. Carlos había aceptado
siempre esta perspectiva como lógica y
natural.
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Al abuelo
Morlet le hubiera gustado que su nieto entrara en
la escuela politécnica, para que se hiciese
oficial de artillería, como él. Pero
Carlos sabia que la escuela politécnica era
un hueso duro de roer y él no sentía
ningún deseo de desgastarse los dientes. Ser
militar estaba bien, pero sin mucho trabajo. Mejor
la Escuela Especial Militar de Saint-Cyr, mucho
más fácil.
Sin
embargo, Saint-Cyr suponía un año de
preparación en París. Y París
significaba de nuevo el pensionado de los jesuitas.
Así, durante un año más, el
anciano señor de Morlet no tuvo paz. Cada
dos días recibía una carta del nieto.
Cartas desesperadas, algunas hasta de cuarenta
páginas. «Aquí me es imposible
permanecer, déjame volver a
casa...».
Regresó
a finales de año, expulsado por negligencia
e indisciplina. «En aquella época
-escribiría un día- era todo
egoísmo, todo vanidad, todo impiedad, todo
deseo de mal. Estaba como loco».
El abuelo
no se desanimó por la expulsión. Le
puso en manos de algunos profesores y le
obligó a presentarse a las pruebas de
admisión de Saint-Cyr.
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Carlos corrió el
peligro de ser rechazado por obesidad. Apenas con dieciocho
años, de un metro sesenta y siete de estatura, estaba
gordo, flácido y pesado, por abuso de dulces, carnes
refinadas, vinos selectos y horas de reposo. Pero la
comisión pensó que un par de meses en
Saint-Cyr serían suficientes para despojarlo de los
kilos de adiposidad, y le admitió a los
exámenes. Le fue bastante bien y obtuvo el puesto
ochenta y dos, entre cuatrocientos doce
candidatos.
Dos años
más tarde, en los exámenes de licenciatura,
consiguió el 333 entre 386, un notable bajón.
Había comenzado con el mayor entusiasmo; apenas puso
los pies en Saint-Cyr, se sintió al fin
«hombre» y «libre». Y como hombre libre,
los primeros meses había aceptado dócilmente
la disciplina militar, a pesar de ser tan fastidiosa,
orgulloso de llevar el célebre kepis a la escuela,
adornado con el famoso penacho blanco y rojo. Pero
después se hizo amigo del marqués de
Morés y de Monte Mayor, calavera y haragán, y
el resultado fue que el estudio, la disciplina y el trabajo
se le convirtieron en aborrecibles. En dos años
coleccionó cuarenta y cinco castigos por negligencia,
pereza e indisciplina. Si superó de alguna forma los
exámenes se lo debió únicamente a su
despierta inteligencia y ágil memoria.
En esa época
murió su abuelo, el querido señor de Morlet,
coronel de artillería retirado. Fue un trance
doloroso. Pero el 15 de septiembre de 1878, al cumplir los
veinte años de edad, entró en posesión
de la herencia de la familia, y ésta representaba una
verdadera fortuna. Carlos de Foucauld se volvió loco
de alegría: aquel dinero era la llave de oro que le
abriría las puertas de una vida brillante.
Decidió ser
oficial de caballería. El marqués de
Morés fue de la misma opinión. ¿En la
escuela especial de Saint-Cry habían logrado salir
adelante por los pelos? Voilá! En la escuela
de caballería de Saumur no les faltaría, de
vez en cuando, un golpe de suerte.
En la escuela de
Saumur compartieron la misma habitación, la
número 82. Morés tomó a su cargo el
guardarropa, y compró trajes y calzado de acuerdo con
el último grito de la moda. Carlos se preocupó
de la despensa y la comodidad: ricas golosinas y una
deliciosa butaca. De reserva, una tumbona.
«Quien no ha
visto a Foucauld en su habitación, en pijama de
franela blanca con llamares, cómodamente hundido en
una butaca o tumbona, saboreando un pastel de hígado,
acompañado de excelente champán, leyendo a
Aristófanes en un libro elegantemente encuadernado
-escribió en aquel tiempo uno de sus amigos-, no
puede hacerse idea de lo que es un hombre feliz de la
vida». Otro contó: «La habitación de
ambos pronto se hizo célebre por las excelentes
comidas y las largas partidas de cartas que en ella se
organizaban, con objeto de tener compañía
durante el castigo, pues era raro que uno de los dos no
estuviera arrestado».
En breve, Carlos
mereció un total de veintiún días de
arresto simple y cuarenta y cinco de arresto mayor, y
Morés no se quedaba atrás. Cuando
podían salir, llevaban con ellos un alegre grupo a
«Budan», el restaurante más famoso y caro
de Saumur y, en un reservado, se hacían servir
menús de lo más selecto. Carlos
prefería el pastel frío de perdiz
acompañado de dos botellas de Alicante. Luego,
recostado en un sofá, sentenciaba que «a
continuación de una comida no hay nada mejor que un
buen puro y, para volver a casa, un coche pequeño y
bajo, a fin de no tener que levantar demasiado el pie para
subir». Después de estas «reuniones»,
siempre se levantaba en toda la ciudad una polvareda de
comentarios y escándalo.
Pero al descendiente
de los vizcondes de Pontbriand no le bastaba. A las
orgías normales, añadió la pimienta de
las aventuras excepcionales. Un día que, como de
costumbre, estaba arrestado, supo que se daba una fiesta en
Tours. Consiguió una blusa y una gorra de obrero, se
colocó una barba postiza y, de tal guisa disfrazado,
salió de la escuela, pasando con desenvoltura por
delante del cuerpo de guardia. Cuando el tren le dejó
en Tours, decidió regalarse con una cena antes de ir
a la fiesta, y se dirigió a un pequeño
restaurante. El dueño encontró en él
algo sospechoso: ¡la barba de aquel extraño
cliente se estaba desprendiendo! ¿ Ladrón o
anarquista? Por si acaso, llamó a la
policía.
En la
comisaría, Carlos supo inventar una historia tan
graciosa para explicar por qué se había
disfrazado de aquella manera, que el comisario lo
dejó marchar dándole unas palmaditas en la
espalda y llorando todavía de la risa.
Pero, apenas
había salido de la comisaría, cuando se
topó, frente a frente, con el general L'Hotte,
comandante de la escuela de Saumur: treinta días de
arresto mayor.
Al final del curso,
en octubre de 1879, Carlos de Foucauld salía de la
escuela de caballería con el puesto octogésimo
séptimo, sobre un total de 87... Y la nota del
inspector general decía así: «Es
distinguido. Ha recibido una buena educación. Pero
tiene la cabeza ligera y no piensa más que en
divertirse. Se le ha privado del diploma por mala conducta y
por los numerosos castigos recibidos».
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Fue
nombrado subteniente del IV Regimiento de
Húsares, en Sézanne. Pero este pueblo
no le ofrecía suficientes ocasiones de
diversión. Se hizo trasladar a
Pontá-Mousson, donde lo primero que hizo fue
alquilar un piso. También tomó un
apartamento en París, con objeto de ir
allí a pasar los días de
permiso.
Estaba
más gordo que nunca. Saint-Cry había
sido un fracaso como cura de adelgazamiento. El
rostro parecía hinchado, tenía los
labios gruesos del hombre sensual, la mirada
asesina del vividor, se peinaba como un tenorio.
«Era un sibarita -contó el duque de
Fitz-James, que había reemplazado a
Morés al lado de Carlos, pues aquél
había sido destinado a otro lugar-. Con
tacto exquisito y perfecta delicadeza, Foucauld
tenía su bolsa a nuestra disposición.
Cuando nos jugábamos la consumición,
si ganaba varias veces seguidas, yo le he visto
perder a propósito. De verdadero buen gusto,
le agradaba celebrar reuniones de poca gente, un
grupo reducido. Frecuentemente nos invitaba a su
magnífica garçoniére para
saborear sandwiches de pastel de hígado,
acompañados de un óptimo sherry.
Tenía un criado, un calesín
inglés y un caballo...»
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En este período,
Carlos conoció a una tal Mimí. La tuvo consigo
un año, hasta que, en diciembre de 1880, le
llegó la noticia de que el IV de Húsares iba a
ser trasladado a Argelia, a la guarnición de
Sétif, con el nombre de IV de Cazadores de
África. Carlos, que no quería separarse de
Mimí, ideó una nueva treta. Escribió
una carta de presentación e hizo partir a la muchacha
para Argelia dos días antes que el regimiento.
Mimí se presentó en Sétif
haciéndose pasar por la esposa del subteniente Carlos
de Foucauld, vizconde de Pontbriand -como la carta
testimoniaba- y las autoridades militares le dispensaron
toda clase de atenciones. Pero, cuando, con el regimiento,
llegaron el coronel, los oficiales y sus esposas
legítimas, estalló el
escándalo.
El coronel
cubrió de improperios al subteniente; pero el
subteniente ni se inmutó. Es más,
acentuó la provocación narrando
descaradamente, en público, las escenas de más
refinada afectuosidad con Mimí. Entonces las
protestas arreciaron, el coronel le planteó la
elección: «O Mimí o el regimiento.
¡Elija usted! ». Carlos respondió, con
impertinencia, que no pensaba de ninguna manera devolver a
Mimí a Francia.
Así, el 20 de
marzo de 1881, por decreto ministerial, el subteniente
Carlos de Foucauld fue mandado a la reserva «por haber
deshonrado el grado, por indisciplina y mala conducta en
público».
Su carrera estaba
terminada. Carlos lo celebró con una salva de
carcajadas. Después tomó del brazo a
Mimí y fue a establecerse en Evian.
Pero un día,
alrededor de tres meses más tarde, ojeando
casualmente un periódico, leyó que, en
Argelia, los Ulad Sidi Cheikh se habían sublevado, y
que el IV de Cazadores de África estaba en pleno
combate. «Jamais arriére!» y, de
repente, Mimí perdió para sus ojos todo el
interés.
Corrió a
París, se presentó en el Ministerio de la
Guerra y pidió ser admitido inmediatamente en el
ejército. Dado que se dudaba, ante sus antecedentes
escandalosos, declaró que no le importaba en absoluto
el grado militar: estaba dispuesto a partir aun como simple
soldado.
Le aceptaron y,
además, con grado de subteniente. Partió para
África en el primer buque. En seguida se
encontró en medio del tinglado.
Estaba desconocido.
Era un hombre completamente cambiado, aunque
Aristófanes le seguía a todas partes, en una
cuidada edición. «En medio de los peligros y las
privaciones -escribió un compañero- aquel
erudito en juergas se reveló como un soldado y un
jefe capaz de soportar, con la sonrisa en los labios, las
más duras pruebas, siempre dispuesto a arriesgarse y
preocupado sobre todo de sus hombres, a quienes cuidaba con
abnegación...»
Combatía para
vencer, desde luego. Los franceses tenían que
aplastar a los Ouled Sidi Cheikh, no cabía duda.
Pero, al mismo tiempo, aquellos amplios albornoces que se
inclinaban profundamente en la solemnidad de la
oración, y aquella invocación que se elevaba:
«Allah Akbar!» («Dios es el más
grande»), le causaron una enorme
impresión.
A los
dieciséis años, con la fe que aprendió
en los libros -escribiría Michel Carrouges en Charles
de Foucauld, explorador místico-, le pareció
que la oposición entre las diversas religiones era la
más sencilla negación de todas. Hoy, al borde
del desierto, ve orar a los creyentes del Islam y se
estremece de envidia y admiración». «El
Islam -confesará más tarde el propio Foucauld-
produjo en mí un profundo cambio... La vista de
aquella fe, de aquellas almas tan unidas a Dios, me hizo
intuir que existe algo más grande y más digno
que las diversiones mundanas».
Dios se
sirvió de la fe de los seguidores de Mahoma para
abrir una primera brecha en el alma de Carlos de
Foucauld.
Cuando la
campaña terminó y el IV de Cazadores hubo de
regresar a Sétif, Carlos sintió que no
podía renunciar a aquel mundo, que apenas
había vislumbrado. Pidió permiso para realizar
un viaje de estudios por Argelia del sur, pero le fue
negado. Y así, por segunda vez, salía
nuevamente del ejército; pero ahora, por algo
más que una simple Mimí.
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Fue a
instalarse en Argel, donde alquiló una casa
en el número 58 de la cuesta de
Vallée. ¿Se le negaba un viaje de
estudios por Argelia? Voilá!
¡Explorará Marruecos! Sí,
señores, el Marruecos impenetrable, la
fortaleza musulmana del Atlántico, con sus
ciudades fabulosas, sus bazares multicolores, sus
laberintos envueltos en misterio, y sus jardines
secretos; el reino de Muley Hasan, el sultán
omnipotente, y de la anarquía imperante; el
país que cerraba herméticamente las
puertas para los europeos porque en cada uno de
éstos veía, además de un
evidente infiel, un oculto espía.
Sin embargo
era preciso prepararse minuciosamente. La
indolencia y la ligereza de Carlos desaparecieron
como por encanto. Se instaló en la
biblioteca de Argel y se dedicó a estudiar
el árabe, la geografía y
etnología de Marruecos, a examinar mapas, a
utilizar los aparatos necesarios para la
investigación científica. El
bibliotecario principal, Oscar Mac Carthy, le
prestó una valiosa ayuda.
Pero,
mientras se encontraba abstraído en aquellos
estudios, recibió un inesperado golpe. La
tía Inés- aquella belleza
espléndida de un tiempo, a cuyo lado
había ido su padre a morir- le acusó
de haber derrochado en juergas y extravagancias una
notable parte de la herencia familiar -cuatro mil
francos oro al mes durante cuatro años
consecutivos- y presentó una instancia en el
tribunal civil de Nancy para que al joven sobrino
le fuera impuesto un consejo judicial.
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Carlos contestó
que sí, que era cierto, que había cometido un
sinfín de locuras y administrado su fortuna de una
manera, por lo menos, poco prudente: sin embargo
ahora...
Al tribunal le
bastó la confesión. Le declaró
derrochador y le impuso un consejo judicial en la persona de
un anciano primo suyo, el señor de Latouche, quien le
concedió una pensión de trescientos cincuenta
francos al mes -precisamente en el momento en que disponer
de dinero le iba a permitir realizar algo serio- y
accedió a darle un anticipo suplementario,
sólo para que pudiera comprar un sextante, un
cronómetro, un teodolito y algunos otros instrumentos
indispensables para la expedición.
Carlos volvió
a sumirse en el estudio. El duque de Fitz-James, su antiguo
compañero de juergas en Pont-á-Mousson, un
día, lo encontró por casualidad.
«¡Cómo ha cambiado Foucauld!
-escribió a unos amigos-. Era gordo y ahora es
delgado. Y nada de fiestas, mujeres y buenas comidas.
Sólo le interesa el estudio».
A bordo de un buque
de guerra, mandado por un pariente suyo y atracado en el
puerto de Argel, Carlos practicaba el manejo de los
instrumentos científicos.
Mientras tanto, el
señor Mac Carthy buscaba un buen guía para la
expedición. Creyó encontrarlo el día
que le pusieron tras la pista del rabino Mardoqueo Abi
Serour, cuya vida parecía una novela de aventuras.
Los tratos con el viejo hebreo fueron laboriosos y largos,
pues, en cada encuentro, el muy pícaro, aumentaba la
cifra que quería cobrar por sus servicios. Al fin
llegó a un acuerdo por la cantidad de doscientos
setenta francos al mes, durante los seis o siete meses que
durase la expedición.
La mañana del
10 de junio de 1883 hemos visto a Carlos, con Mardoqueo, en
una calleja del «ghetto» de Argel. Estaban a punto
de comenzar un viaje. Vestido de europeo, Carlos no hubiera
avanzado ni un solo kilómetro por Marruecos.
Disfrazarse de árabe hubiera sido imprudente, pues
todavía no hablaba la lengua a la perfección y
su ignorancia sobre el Islam le hubiera traicionado
fácilmente. Por esto se había puesto
vestiduras de hebreo.
Con el apoyo de
Mardoqueo, el joven presunto rabino Joseph Aleman
encontraría, durante su peligroso viaje por
Marruecos, asilo y protección entre los judíos
que habitaban en las ciudades prohibidas.
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