|
Inicio
Carlos
de
Foucauld
(�ndice)
EL MARABUTO
DEL CORAZÓN ROJO
La
mañana del 6 de marzo de 1897, la hermana
María Fiel, lega de las clarisas de Nazaret, se
detuvo mucho más tiempo del acostumbrado en la
capilla del convento. Había fingido salir con las
demás después de la oración en
común; pero se había escondido detrás
de una columna, desde donde podía vigilar a un
extraño vagabundo arrodillado ante el
Santísimo.
Había entrado
en la capilla a primera hora de la mañana -«Un
tipo que inspira poca confianza»-, cubierto de harapos
y polvo, la barba sin arreglar, los pies hinchados y heridos
dentro de unas sandalias con las suelas rotas,- «ha
debido venir andando»- se cubría la cabeza con
algo que se parecía a un turbante; sobre la espalda,
una blusa con capucha a rayas blancas y azules dejaba ver
unos pantalones de algodón, cuyo color podría
haber sido en otra época más o menos parecido
al azul: «Un tipo al que no hay que perder de vista, si
no queremos que desaparezca de improviso llevándose
la custodia de oro», pensó también la
hermana Maria Fiel y, por ello, se había quedado en
la sombra montando la guardia, mientras aquella figura
sospechosa, inmóvil ante el altar, parecía no
decidirse nunca a separar los ojos del
Santísimo.
Transcurrieron tres
horas. Entonces se puso en pie. «Ahora intenta el
golpe», pensó la lega, preparándose para
dar la alarma. Pero él, sin darse cuenta de que era
vigilado, salió de la capilla y se dirigió a
la puerta del convento.
Tocó la
campana, y la Hermana Marta, la portera, se quedó
asombrada al oír en un francés absolutamente
correcto, sin acento ninguno, expresarse a aquel hombre
andrajoso, que le dijo: «Quisiera hablar con la madre
abadesa».
Al llegar a este
punto de nuestra narración, ni siquiera las vitrinas
del mayor anticuario de París podrían contener
por orden cronológico -si se nos permite decirlo
así- los trajes y uniformes que Carlos de Foucauld de
Pontbriand ha lucido ya, así como si fueran los
símbolos de las distintas fases de su vida, que
incluso cambia hasta en el modo de vestir. A los ocho
años se puso el uniforme del colegio diocesano de
Estrasburgo. A los dieciocho, el de cadete de la Escuela
Militar Especial de Saint-Cyr. A los veinte, el de alumno de
la escuela de caballería de Saumur. A los veintiuno,
el de subteniente de Húsares (en este periodo
particularmente desordenado, el smoking fue un segundo
uniforme, vistiéndolo todas las noches). A los
veintidós, vistió el de subteniente de
Cazadores de África. A los veinticinco, una
exótica vestidura sirio-argelina, mientras
fingía ser el rabino moscovita Joseph Alemán.
Poco después, en el papel de rabino Couvaud, se puso
la más modesta de hebreo marroquí. A los
treinta y dos años, tomando el nuevo nombre de
hermano María Alberico, se cubrió con el
hábito trapense. Siete años más tarde,
una vez abandonada la Trapa (momento en que le encontramos a
las puertas del convento de la clarisas de Nazaret), ha
cambiado otra vez de nombre, se llama hermano Carlos de
Jesús y también ha variado de vestiduras:
ahora lleva andrajos, como el más miserable de los
mendigos de Palestina. Única señal de
distinción: un rosario de cuentas muy gruesas
suspendido de la cintura.
Había
desembarcado en Jaffa el 24 de febrero, y sin una moneda en
el bolsillo, se puso en camino hacia el sur, hacia
Belén y Jerusalén, en peregrinación;
después fue hacia el norte, hasta Nazaret, la meta
tan largamente soñada. Había hecho doscientos
kilómetros a pie en ocho días.
Llegó a
Nazaret hambriento, extenuado, herido, marcado con llagas
sangrientas producidas por el empedrado de los caminos. Se
presentó a los franciscanos de la Casa Nueva para
pedirles trabajo y permiso para poder vivir a la puerta de
su convento, pero aquellos frailes no tenían trabajo
para darle, y le dijeron que probase a pedirlo en las
clarisas.
Tal era la
razón de que se encontrase en el locutorio de paredes
encaladas, con una mesita, una silla y, delante de
él, la verja de hierro, tras la cual había una
cortina negra sin ninguna abertura.
«Alabado sea
Jesucristo», bisbisó una voz de mujer a
través de la cortina.
El hermano Carlos no
dijo nada de sí. Sólo pronunció aquello
que dicen los que piden trabajo. Pero la abadesa, madre San
Miguel, intuyó rápidamente que no se trataba
de uno de tantos hombres sin ocupación cuando,
después de decirle que efectivamente necesitaban
alguien que les sirviese de sacristán, hiciera los
recados y supiera realizar algunos trabajos manuales, le
preguntó qué cantidad quería como
salario, éste le contestó: «No tengo
necesidad de salario, sino sólo de un poco de pan y
agua, además de algún tiempo libre para
orar».
No quiso alojarse en
la casa del jardinero; prefirió una garita de madera,
que se usaba para guardar las herramientas en el fondo del
huerto, poco más grande que una garita militar.
Quitó cuanto le estorbaba y, unas veces haciendo de
carpintero y otras de albañil, la puso perfectamente
en orden y limpia. Una lega le llevó una mesita, un
banco y un catre. Pero este último terminó
retirado en un rincón, pues Carlos dormía en
el suelo.
Terminado el
arreglo, elevó la barraca a la dignidad de ermita y
la dedicó a nuestra Señora del Perpetuo
Socorro.
Comenzó
entonces una nueva fase de la vida de Carlos de Foucauld, al
cual le veían regularmente levantarse antes del
amanecer, ir al convento de los franciscanos y permanecer en
oración hasta las seis. Seguidamente volvía
donde las clarisas para barrer, preparar el altar, ayudar a
la misa del capellán, y poner en orden la iglesia. A
lo largo del día, cavaba en el huerto o regaba la
verdura, hacía los pequeños trabajos manuales
que siempre son necesarios en un convento, iba a buscar el
correo, pues en aquella época Nazaret tenía
servicio postal, pero no cartero.
Los momentos libres
los dedicaba a la oración en la capilla o a la
lectura en su barraca. Leía los libros de piedad que
le pasaban las monjas del convento y los de teología
que le mandaban de Francia sus familiares. Únicamente
los domingos aceptaba el mismo desayuno frugal de las
clarisas; los otros días de la semana hacía
sólo dos comidas, de pan duro y agua.
La abadesa,
informada de aquello por las legas, mandó varias
veces que le llevasen almendras e higos secos para hacer un
poco más agradables las austerísimas comidas;
pero se enteró que siempre él ponía
aquellas frutas en una caja de cartón y las
distribuía entre los niños y los mendigos,
cuando creía no ser visto por nadie.
Un día, no se
sabe cómo ni por quién, la madre San Miguel
supo la verdadera identidad del hermano Carlos de
Jesús; pero, respetando su silencio y deseo de ser
olvidado, no le dijo ni una palabra. Sin embargo, quiso
ponerle a prueba.
Se acercaba el 6 de
agosto, fiesta de la Transfiguración. Como todos los
años, la mayor parte de los cristianos de Nazaret y
de los alrededores haría dos horas de camino para
subir al monte Tabor en romería. Sin embargo, esto,
como otras veces, terminaría en jolgorio, con bailes
y embriagueces.
La víspera de
la fiesta, la madre abadesa mandó a la hermana Marta
que fuera a decir al hermano Carlos que debía subir
necesariamente al monte Tabor.
Carlos, que
había oído hablar de aquella anual
romería, tan irreverente, no sentía
ningún deseo de asistir.
«No conozco el
camino», trató de excursarse.
«No se
preocupe, nosotras se lo indicaremos», le
contestó la hermana Marta.
Carlos
inclinó la cabeza, resignándose a obedecer, y
se dirigió a la capilla para orar. Poco
después volvió la hermana Marta.
«Tenga, hermano
-le dijo-, ésta es la escalera para subir al
Tabor». Le puso en las manos una escalerita de
cartón, en cuyos peldaños estaban escritas,
con la bonita caligrafía de las monjas, las virtudes
que se deben practicar para subir a la montaña santa
de Dios... La hermana Marta no pudo contener su alegre risa
y el hermano Carlos le hizo coro.
Creyó que las
monjas habían querido burlarse de él -no
sospechó que, bajo la broma, lo que habían
hecho era ponerle a prueba- y se alegró de que, en el
fondo, le tuvieran por simple. Porque no deseaba otra cosa
que ser escarnecido y despreciado y empezaba a sufrir a
causa de que las clarisas le tratasen con muchos
miramientos. El hecho es que, a la vez que habían
comenzado a conocerlo mejor, a través de las noticias
de las legas, lo admiraban cada vez más.
«Afortunadamente
no es así en Nazaret», pensó
Carlos.
En efecto, cuando
iba a la ciudad a buscar el correo, siempre había
algún granuja que le insultaba o se reía de
él, al verle vestido con aquellos pintorescos
harapos. Una vez le persiguieron a pedradas, y para Carlos
fue aquel un día de alegría.
«Días
dichosos» como aquel, que señalaban ante
él mismo las etapas de su descenso, de la renuncia
llevada al extremo, de la abyección elevada a ideal,
hubo muchos. Bastará recordar algunos.
El hermano Carlos de
Jesús, que se cortaba el pelo él mismo, medio
arrancándoselos con una vieja navaja oxidada, un
día se arrodilló delante de un padre
carmelita, que había ido de visita al convento, y le
pidió su bendición. Aquél, al ver una
cabeza tan horrible le dijo: «Amigo, ¿no
tendrás por casualidad sarna?».
En otra
ocasión, las monjas le encargaron que acabara con un
zorro que, desde hacía algún tiempo, entraba
todas las noches en el gallinero del convento y
cometía grandes destrozos. Rogaron a un vecino que le
prestara un fusil. Este llegó con el arma, vio a
aquel criado andrajoso y despeluchado, le pareció un
poco tonto y se sentó a su lado para explicarle,
durante dos horas, con palabras muy sencillas, lo mismo que
si hablara con un niño o un retrasado mental, el modo
de disparar. Carlos de Foucauld, que había estado en
dos escuelas militares, que había sido oficial y
había combatido en Argelia y explorado Marruecos, le
dejó la satisfacción de darle aquellas
instrucciones, aceptando también todo el desprecio
que encerraban. Más tarde, al anochecer, se puso al
acecho detrás de un olivo, exactamente como le
había sido indicado. Esperó varias horas, sin
ver siquiera la sombra del zorro. Después se puso el
fusil sobre las rodillas y pasó el resto de la noche
rezando el rosario. Al alba, cuando volvió al
convento de las clarisas, supo que el zorro había
hecho su acostumbrada visita al gallinero. Todo Nazaret se
rió a su costa.
Otra vez, un
predicador, de paso, comió en el locutorio de las
clarisas. Era tiempo de Navidad, así que los
alimentos que el hermano Carlos sirvió a la mesa
fueron excepcionalmente buenos y abundantes. Al final,
quedaron en los platos algunos restos.
«Ahora te toca
a ti -le dijo el predicador, levantándose-.
Siéntate y come bien, por lo menos esta
vez...»
Carlos leyó
en los ojos del fraile la buena intención; pero
también cierto deseo de gozar de la escena de un
atracón memorable. Evidentemente le juzgaba un
tragón. No quiso desilusionarle y, aunque aquellos
alimentos le repugnaban, decidió comerlos.
Farfulló una inacabable serie de «gracias»
y se lanzó sobre los platos, cogiendo con las dos
manos los restos que habían quedado en ellos,
devorándolos con toda la avidez que logró
fingir. ¡Le habían tratado de glotón,
qué felicidad! Había descendido otro
peldaño en la escala de las humillaciones.
Otro día que
podía haber sido de dicha plena, lo fue solamente a
medias. Se encontraba en el patio de las legas, cerniendo
lentejas. Pasaron dos religiosos franceses y les oyó
un comentario irónico a su respecto, por estar
haciendo aquel trabajo de mujer. Enrojeció hasta las
orejas. Aquel rubor le quitó la alegría de la
nueva humillación. No lograba perdonárselo:
«¿Por ventura Jesús se hubiera avergonzado,
aquí en Nazaret, de ayudar a su
madre?».
Trató, en
suma, apasionadamente, día tras día, de
convertirse, cada vez más, en objeto de risa, y
desprecio, a fin de anular su «yo» y ser, en la
mayor medida posible, una sola cosa con Cristo burlado y
desprepciado.
El día de
Pentecostés escribió entre sus apuntes una
nota dirigida a sí mismo, que años más
tarde había de adquirir el dramatismo de una
profecía: «Piensa que debes morir mártir,
despojado de todo, tirado en tierra, desnudo, irreconocible,
cubierto de sangre y heridas, muerto violentamente y
dolorosamente.., y desea que sea hoy...».
¿Qué
más podía hacer Carlos de Foucauld, que no
hubiese hecho ya en aquellos primeros meses pasados en
Nazaret, para arrancar de lo profundo de su ser las
raíces del «hombre viejo», de que habla el
apóstol Pablo? Sin embargo, él pensaba que no
había logrado toda la expoliación de sí
mismo que debía. Por ello, del 5 al 15 de noviembre
entró en retiro: de la capilla a la barraca, en el
más absoluto silencio, siempre en meditación y
plegaria.
Esta subida a la
montaña de Dios, hecha de mortificaciones, ayunos,
vigilias y una pasión siempre ardiente de ser
despreciado, no pasó inadvertida a las clarisas, las
cuales le seguían, en todos sus detalles, a
través de las noticias que llevaban las legas,
quienes eran las que trataban con él.
La abadesa, madre
San Miguel, quiso conocer al hermano Carlos más
íntimamente, para lo cual mantuvo con él una
serie de conversaciones a través de la cortina negra
que cubría la reja. Nació así entre los
dos, y paulatinamente se fue reforzando, un vínculo
espiritual extraordinario, sin que sus ojos se llegaran a
ver jamás.
En un determinado
momento, la madre San Miguel informó del caso a sor
Isabel del Calvario, abadesa de las clarisas de
Jerusalén, la cual también quiso conocer
personalmente a Carlos. Cuando éste llegó ante
la reja -corría julio de 1898-, ella comenzó a
interrogarle y Carlos le contó a grandes rasgos toda
su vida.
La madre Isabel le
retuvo algún tiempo junto a su monasterio:
«Nazaret no se ha equivocado -dijo, cuando
concluyó su examen-; verdaderamente es un hombre de
Dios: tenemos en casa un santo». Seguidamente, de
acuerdo con la madre San Miguel, empezó la tarea de
convencerle para que se hiciera sacerdote.
Como se
suponía, Carlos rechazó inmediata y
decididamente aquella proposición. Pero insistiendo
un día y otro, repitiéndole que no
tenía derecho a enterrar los talentos que Dios le
había concedido, la abadesa advirtió, con
enorme alegría, que se abrían las primeras
grietas en la coraza de su resistencia. El continuaba
afirmando su indignidad, diciendo que no creía
posible una conciliación entre el ministerio
sacerdotal y su vocación al último puesto, a
la abyección; pero ya había comenzado a
admitir que quizá pudiera aceptar la idea de hacerse
sacerdote si hubiera tenido la certeza de poder permanecer
humilde y pobre, ignorado y despreciado.
Dos años
más tarde, el 9 de junio de 1901, después de
un retiro en su querida trapa de Nuestra Señora de
las Nieves, entre los fríos montes de Vivarais, en
Francia, monseñor Montéty, obispo de Viviers,
le impuso las manos para ordenarle sacerdote. La madre San
Miguel y la madre Isabel del Calvario, que habían
sido intérpretes de la voluntad de Dios, veían
realizadas su esperanza. Carlos se había puesto una
nueva vestidura, esta vez la negra sotana del sacerdote, que
añadía a la larga serie de sus
trajes.
A los cuarenta y dos
años cumplidos, una nueva vida se abría ante
él. Era sacerdote de la diócesis de Viviers;
pero, en principio, se había asegurado una completa
libertad para residir fuera de la misma.
¿Dónde?
No existía
problema de elección para él. Sabía
perfectamente, desde mucho tiempo atrás, a qué
lugar se dirigiría. «En la soledad de la
preparación al diaconado y al sacerdocio
-recordará más adelante- comprendí que
aquella vida de Nazaret, que consideraba como mi
vocación, debía vivirla no en Tierra Santa,
tan amada, sino entre las almas más enfermas, las
ovejas más abandonadas. Este divino banquete, del
cual yo iba a ser ministro, era preciso ofrecerlo no a los
parientes, ni a los ricos vecinos, sino a los cojos, a los
ciegos, a los pobres, es decir, a las almas sin la ayuda de
un sacerdote».
¿África,
entonces? Precisamente, no podía ser otro lugar que
«su» África. Tanto más cuanto que
habían sido los musulmanes de Marruecos, sin querer,
los primeros en orientarlo hacia Dios. Ahora quería
devolverles el ciento por uno. Era entre ellos donde deseaba
ser testigo del verdadero Dios. Los recuerdos de dieciocho
años atrás afloraban claros en su mente:
«En el interior de Marruecos, tan extenso como Francia
y con diez millones de habitantes, no hay un solo sacerdote.
En el Sahara, siete u ocho veces mayor que Francia, y
bastante más poblado de lo que en un tiempo se
creyó, apenas se encuentran una docena de misioneros.
Ningún pueblo me parece más abandonado que
éste...».
Sabía que,
después de la muerte del sultán Muley
Hassán, la situación en el interior de
Marruecos se había hecho todavía más
caótica y que toda la frontera
argelino-marroquí estaba en llamas. Exceptuadas las
localidades donde había una fuerte guarnición
francesa, pocos oasis argelinos situados en las proximidades
de la frontera con Marruecos se podían considerar a
cubierto de las incursiones de los guerrilleros
marroquíes.
Solamente muy al
sur, en el corazón profundo del Sahara, los franceses
habían hecho algún progreso, completando la
ocupación, entre otros, de los oasis de Saoura,
habitados por una de las más extrañas
poblaciones de origen árabe, negra y hebrea. Ahora
bien, aquellos oasis -Carlos lo sabia perfectamente- se
extendían hasta las fronteras del sur de
Marruecos.
Era allí
donde debía ir. Y su sueño -siempre impedido,
pero jamás abandonado, de fundar la
Congregación de los Hermanitos de Jesús- se
unió a la nueva decisión: «Nosotros
fundaremos junto a la frontera marroquí no una trapa,
no un grandioso y rico monasterio, no una empresa
agrícola, sino una especie de humilde eremitorio,
donde pocos monjes pobres podamos vivir con una escasa
cantidad de fruta y trigo, cultivados con nuestras propias
manos, en una rigurosa clausura, haciendo penitencia y
adorando al Santísimo, sin salir jamás de los
límites del eremitorio, sin predicar jamás;
pero ofreciendo hospitalidad a quien la pida, bueno o malo,
amigo o enemigo, musulmán o cristiano... Creo que
habéis comprendido lo que yo quisiera: construir una
zaouia de oración y hospitalidad, para hacer irradiar
el Evangelio, la verdad, la caridad, a
Jesús».
Era tal su amor a
Marruecos que, para denominar el eremitorio que
soñaba, no dudaba en emplear una palabra
árabe: zaouia, que significa «centro de una
fraternidad religosa musulmana».
En septiembre de
1901, Carlos de Foucauld desembarcó en Argel; pero en
seguida sus proyectos encontraron serias dificultades. El
Saoura era todavía considerado zona de operaciones y
los militares no soportaban la llegada de civiles. En cuanto
a sacerdotes, el gobernador general de Argelia era
absolutamente contrario a que pusieran allí los pies,
por temor, decía, a indisponer todavía
más a los musulmanes. Si además un
clérigo se presentaba, como Carlos de Foucauld,
anunciando su intención de fundar una nueva
congregación, esto todavía hacía
más categórica la negativa.
Por fortuna, Carlos
encontró en Argel a bastantes de sus antiguos
compañeros de armas, algunos de los cuales ocupaban
importantes puestos de mando en África del Norte.
Fueron éstos quienes consiguieron allanar, una tras
otra, todas las dificultades. Así que, después
de haber estado cerca de un mes en descanso forzoso, Carlos
obtuvo permiso para ponerse en viaje hacia los oasis del
Saoura, exactamente hacia Beni Abbés, ya que
éste, según las informaciones que le
habían dado, era el que mejor se adaptaba a sus
planes, pues comprendía algunos poblados
indígenas, se alojaba en él una
guarnición francesa, ni un solo sacerdote
había en sus proximidades y por añadidura era
el más cercano al sur de Marruecos.
Carlos, para
emprender el camino, se puso una nueva vestidura, esta vez
la misma de los indígenas saharianos: una blanca
gandourah y un cheché de igual color.
Únicamente llevaba dos signos que le
distinguían: un grueso rosario de cuero pendiente de
la cintura y un gran corazón rojo, sobre el cual
había una cruz también roja, colocada en el
pecho de la blanca gandourah.
Tomó un viejo
tren que, traqueante y lento, llegaba hasta unos pocos
kilómetros antes de Figuig, un oasis más bien
turbulento. De allí en adelante no había
más que un camino que, marchando paralelo a la
invisible frontera de Marruecos, conducía a Beni
Abbés.
Carlos quiso hacer
el camino a pie; pero se lo impidieron. «No son
éstos lugares por los cuales se pueda andar
según el gusto de uno. !A caballo, monsieur
l'abbé!».
Carlos aceptó
el caballo y se puso en camino confiado a las escoltas de un
lugarteniente, que regresaba de permiso, y un grupo de
soldados indígenas.
No les
acompañaremos en su viaje a través de las
dunas del Sahara. Mejor esperarles a las puertas de Beni
Abbés, donde el círculo de peladas colinas del
desierto se abre y se descubre a la mirada de quien llega,
al otro lado de una llanura de aridez lunar, la cinta
brillante de las aguas del oued Saoura, que suaves y
caudalosas, envuelven un bosque de siete u ocho mil palmeras
verdes oscuras; desde aquí, un espolón de roca
amarilla prorrumpe gigantesco hacia el cielo.
Si Carlos de
Foucauld pensaba vivir en el Sahara más oculto que en
Nazaret, pronto le fue quitada esta ilusión. El
capitán Regnault, que mandaba la guarnición
local, salió a su encuentro en compañía
de todos los oficiales y, desde los tres poblados,
escondidos entre los huertos y los árboles frutales
del encantador oasis, vinieron los jefes de aquel millar y
medio de habitantes, de raza mitad negra y mitad
bereber.
Su fama de
húsar brillante, valeroso soldado del cuerpo de
Cazadores de África e intrépido explorador de
Marruecos, había llegado unos días antes que
él. Ya podía presentarse, estrechando las
numerosas manos que se le tendían, como «hermano
Carlos de Jesús». Intento inútil. Le
habían bautizado ya a su manera, apenas recibieron de
Argel la noticia de que le iban a tener entre ellos: los
franceses le llamaban «padre Foucauld» y los
árabes «marabuto del corazón rojo».
Los unos querían que se alojase en el fortín y
los otros en los poblados.
Pero el
fortín, aunque austero, era demasiado confortable y
las aldeas demasiado floridas. Su puesto estaba fuera del
fortín y fuera de las aldeas, en pleno desierto, solo
ante Dios, pero al mismo tiempo no demasiado lejos de
aquellos hombres que tenían necesidad de él.
Es más, encontrándose cerca de la frontera
entre Argel y Marruecos, su puesto no podía estar
más que en el lugar de división entre
franceses y árabes, entre cristianos y
musulmanes.
|
Inspeccionó
la zona y, a menos de un kilómetro de Beni
Abbés, descubrió que un vasto
rellano, árido y quemado por el sol,
terminaba en una hondonada. Descendió por la
difícil cuesta, entre el silencio de las
piedras agostadas por el sol y, al llegar hasta la
mitad, se detuvo: desde aquel lugar no se
veían ni las torretas del fortín, ni
las copas de las palmeras; los montículos de
las dunas cerraban el horizonte, y ante los ojos no
tenía más que el paisaje desolado y
la bóveda del cielo. Carlos miró
hacia abajo, hacia el fondo, y divisó
algunos escuálidos matorrales. Buena
señal: allí, en algún tiempo,
debió haber pozos de agua. Bien, su
eremitorio lo construiría en aquel lugar, en
la mitad de la cuesta, en el escenario dantesco que
le rodeaba.
|
|
«Para recibir la
gracia de Dios -escribió aquella misma noche a un
amigo trapense- es preciso vivir algún tiempo en el
desierto: aquí es donde uno se vacía, se
desembaraza de todo aquello que no es Dios, se libera
completamente la habitación de nuestra alma para
dejar el sitio sólo a Dios. Los hebreos pasaron por
el desierto; Moisés vivió en él antes
de ser encargado de su misión; San Pablo, San Juan
Crisóstomo, también fueron preparados en el
desierto... Es un tiempo de gracia, una condición por
la cual el alma que quiera dar fruto debe pasar
necesariamente. Es preciso este silencio, este olvido de
todo lo creado, pues en él Dios edifica su eremitorio
y crea el espíritu interior... Subid todavía
más arriba: mirad a San Juan Bautista, a nuestro
Señor mismo. El no tenía necesidad; sin
embargo quiso darnos ejemplo...»
Después
escribió también a su prima María de
Bondy. para pedirle dinero. Necesitaba un millar de francos
destinados a comprar al caíd de Beni Abbés el
árido terreno de la cuesta, porque justamente a lo
largo de aquella pendiente esperaba encontrar un poco de
tierra cultivable. El dinero llegó pronto y Carlos
puso manos a la obra. Tenía que levantar el
pequeño eremitorio, cavar la tierra para plantar un
huertecillo, poner de nuevo en funcionamiento los viejos
pozos del fondo de la hondonada y plantar en torno de
éstos algunas palmeras y olivos. Comprendió
bien pronto que él solo no lograría hacerlo.
Pero el capitán Regnault, sospechando la misma cosa,
le envió varios soldados para que le ayudasen, al
menos, a preparar el adobe.
Lo primero que
construyó fue la capilla. No se parecía en
nada a una iglesia, ni siquiera a la más
mísera del más olvidado valle de Europa. Si no
hubiese sido por la pequeña cruz de madera que
tenía en el tejado, no se la habría podido
distinguir, externamente, de las demás chozas
árabes de aquellos contornos. Por dentro no se
diferenciaba en absoluto de las cinco habitaciones que se
estaban levantando a su alrededor. Una de éstas
estaba destinada a celda de Carlos, otras dos para los
huéspedes que pudieran llegar y las restantes para
los hipotéticos compañeros que, en su sed de
unidad en la caridad, esperaba siempre que se
agregarían a él.
|
Bien pobre
cosa era la iglesia construida; pero no dejaba de
ser la casa del Señor, y Carlos la
describió entusiasmado a su prima Maria de
Bondy: «Por dentro está recubierta de
mortero gris oscuro, o mejor gris perla muy oscuro,
gris negro en suma; un bonito color natural. Tiene
cuatro metros de altura. El cielo raso, o, mejor
dicho, el techo, es horizontal, hecho con gruesas
vigas de palmera. En conjunto resulta
rústica, bastante pobre; pero armoniosa y
bella. Para sostener la construcción hay en
el centro cuatro troncos de palmera, verticales.
Con su rusticidad producen un bellísimo
efecto y encuadran muy bien el altar. En la parte
del Evangelio hay colgada una lámpara de
petróleo que me da luz por la noche e
ilumina el altar. Este, desmontable, de madera
blanca, fue hecho, de acuerdo con mis indicaciones,
en Nuestra Señora de las Nieves, y lo traje
conmigo. Es una mesa sostenida por cuatro gruesas
patas cuadradas y en su centro se halla el
sagrario. La cruz es de cuero sobre ébano,
bellísima: regalo de la abadesa de las
clarisas de Jerusalén. Del techo pende un
dosel, a modo de cortina, de tela gruesa, verde
oscura, absolutamente impermeable, para resguardar
el altar y la peana de la lluvia. El techo protege
más del sol que del agua. El suelo
está cubierto de una capa de arena roja de
diez centímetros de espesor: en este
país, arena la hay a
montones...».
|
|
El 1 de diciembre de
1901, Carlos celebró por primera vez la misa.
«Quien no ha asistido a aquella misa -contó
después el viejo soldado que le ayudó, no
sabe lo que es una misa. Cuando pronunció el
Domine, non sum dignus, el padre Foucauld puso tal
acento, que los presentes lloraron con
él...».
Anterior
�ndice
Siguiente
|