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Carlos
de
Foucauld
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DIRIGI�NDOSE
AL SURESTE TRAS LA PISTA DEL
SEÑOR
Al final del
verano de 1901, cuando Carlos dejó Francia para
dirigirse a África -esta vez como sacerdote, no como
soldado o explorador-, para explicar el sueño que
acariciaba desde hacía tanto tiempo, se sirvió
de una palabra árabe: zaouia, que significaba, para
los musulmanes, el lugar donde se reúnen para vivir
juntos los miembros de una fraternidad religiosa.
«Nosotros fundaremos, junto a la frontera
marroquí... una zaouia de oración y
hospitalidad», escribió, ¿lo
recuerda?
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Cuando, en
el comienzo de la primavera de 1902 -tras haber
construido con sus manos, a lo largo de la
pendiente árida de la hondonada sahariana,
en las proximidades del oasis de Beni Abbés
y mirando hacia Marruecos, aquel grupo de chozas
según el estilo argelino- comprobó
que ningún compañero se le
unía y que las dos habitaciones preparadas
para los soñados Hermanitos de Jesús
seguían inútilmente vacías, la
realidad le obligó a servirse de otra
palabra árabe para definir exactamente su
eremitorio: Khaoua, que quiere decir fraternidad y,
por lo tanto, lugar donde cualquiera que se hallase
de paso, sería acogido como un hermano.
Así denominó aquel grupo de chozas:
«Khaoua del Sagrado
Corazón».
Con toda
seguridad, el vocablo Khaoua no sonaba tan
dulcemente a los oídos de Carlos como
zaouia, pues siguió esperando la llegada de
algunos que, estableciéndose allí y
consumándose en la unidad con él en
Cristo, transformasen aquella casa de
ermitaño en casa de una
comunidad.
Estaba
resignado a la soledad; pero hacía cuanto se
hallaba en su mano para atraer compañeros
que trabajasen con él en aquello que
consideraba la parcela más árida de
la viña del Señor.
Un
día hasta escribió a sus antiguos
superiores de las trapas de Nuestra Señora
de las Nieves, en Francia, y de Staoueli, junto a
Argel: ¿tenían algún novicio que
quisiera unirse a él y hacer su misma vida?
Pero los dos abades ni siquiera interrogaron a los
novicios, pues temían que la inextinguible
hambre de penitencia y abyección de Carlos
pudiera producir trágicas consecuencias en
la salud de sus hipotéticos seguidores.
Aunque desolados, le contestaron que no. Respecto a
este hecho, uno de los abades escribió en
aquellos días: «La única cosa
que me asombra en el padre Foucauld es que no haga
milagros. Fuera de los libros, yo no he visto sobre
la tierra una santidad semejante. Confieso, sin
embargo, que dudo un poco de su prudencia. Las
penitencias que hace son tales, que me permito
pensar que un novicio sucumbiría en breve
tiempo. Y no es esto sólo: la disciplina de
espíritu que se impone y que quiere imponer
a sus discípulos me parece hasta tal punto
sobrehumana, que temo que volvería loco al
novicio, antes de matarlo con el exceso de
penitencias...»
Carlos levant� en torno a su eremitorio
un muro para cerrarlo. Muro tal vez sea una palabra
excesiva; en realidad, era un mont�n de piedras colocadas en
fila, las cuales casi se confund�an con las otras que hab�a
en la inhospitalaria pendiente. Sin embargo, representaba un
l�mite que Carlos se hab�a impuesto no superar sino en caso
de absoluta necesidad, y con el cual reforzaba tanto el
vinculo que lo un�a a la clausura, como la barrera del
desierto que hab�a colocado entre si y el oasis. Sin
embargo, era una barrera s�lo para �l, porque cualquiera,
desde el exterior, la pod�a traspasar sin esfuerzo. Para los
otros, para todos los dem�s, soldados y oficiales franceses,
�rabes y bereberes, ca�des y mendigos, cristianos y
musulmanes, enfermos y esclavos -sobre todo los esclavos- no
hab�a ning�n impedimento, aquella barrera no ten�a raz�n de
ser y en la pr�ctica no exist�a.
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El capit�n Regnault, que mandaba la
guarnici�n francesa del fort�n de Beni Abb�s, escribi� aquellos
d�as, en el parte que enviaba a Argel a sus superiores: �Deseando
continuar la vida de clausura, el reverendo padre de Foucauld ha
colocado, en el terreno que rodea su casa, l�mites que no supera
jam�s. Con la ayuda de ind�genas, que ha pagado con dinero suyo, ha
sembrado de cebada la pendiente al este del eremitorio. Tambi�n ha
excavado pozos que le permitir�n regar. Vive de los d�tiles y el pan
que le pasa la administraci�n. El dinero lo emplea en comprar
harina, cebada y d�tiles, que regala a los pobres. No obstante las
repetidas instancias de los se�ores oficiales de la guarnici�n, no
ha querido cambiar de alimento. Las legumbres que se le mandan, con
el fin de que mejore su comida, van a parar a manos de los pobres o
de gentes de paso que encuentran refugio en su casa. Los ind�genas
del Saoura sienten hacia el reverendo padre de Foucauld una profunda
veneraci�n. Su generosidad y abnegaci�n les producen maravilla y
admiraci�n...�
«Para
tener una idea exacta de mi vida -escribía
por su parte Carlos a monseñor
Guérin, Padre Blanco, que por ser prefecto
apostólico de Ghardaia ejercía
autoridad sobre todos los católicos de las
regiones saharianas anexas a Argelia- es preciso
tener presente que a mi puerta llaman unas diez
veces cada hora, casi siempre más que menos,
y son pobres, enfermos, necesitados, gente de
paso...».
Los
cristianos iban para asistir a misa o para orar con
él, sacerdote de Cristo; los musulmanes
acudían para hablar de las cosas de Dios con
él, «marabuto del corazón
rojo»; los mendigos, para pedir algo con
qué quitar el hambre o con qué
vestirse, a él que era el más pobre
de los blancos de todo el Sahara; los esclavos,
para refugiarse bajo su protección, cuando
él era el más inerme e indefenso de
los franceses de toda Argelia...
Y Carlos
daba a los pobres cuanto recibía del
fortín de Beni Abbés y,
además, lo que podía comprar, cebada,
dátiles, trozos de tela y, si había
necesidad, los alojaba en su eremitorio.
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Sin
embargo, durante un retiro, juzgó que
todavía no era suficiente la hospitalidad
que ofrecía a aquellos desgraciados, y
decidió lavar sus andrajos, hacerles la cama
y ordenar sus habitaciones, cocinar para ellos,
servirles a la mesa, con el fin de cargar sobre
sí «todo aquello que es servicio y
asemejarse a Jesús, que entre los
apóstoles era como "aquel que sirve"
...».
Los
más desgraciados entre aquellos desgraciados
eran los esclavos negros. Carlos comprendió
muy pronto que, para ellos, todos los servicios que
prestaba eran muy poca cosa.
A los pocos
días de llegar a Beni Abbés se dio
cuenta de un hecho terrible. Mientras toda la
prensa de Europa callaba -cuando no proclamaba lo
contrario-, en el Sahara, en aquel año de
gracia de 1901, existía todavía la
trata de esclavos, y no se realizaba de un modo
clandestino; el comercio de criaturas humanas
gozaba prácticamente de impunidad, se
hacía tranquilamente, a la luz del sol.
Francia, que en su territorio metropolitano se
enorgullecía del hermoso lema de libertad,
igualdad y fraternidad, en los márgenes
extremos de Argelia cerraba un ojo, cuando no los
dos, ante aquel horrendo tráfico, para no
enemistarse con los notables de los oasis y los
jefes de las tribus, los cuales eran propietarios
del mayor número de esclavos.
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Aquellos infelices
eran sometidos a fatigas agotadoras, sobre todo la de sacar
agua de los pozos con cántaros, frecuentemente sin la
ayuda de una polea, de la mañana a la noche, para
regar las palmeras. Si hacían el trabajo con
lentitud, los latigazos arrancaban trozos de piel de sus
espaldas de ébano. En caso de que se les ocurriera
huir, eran perseguidos a golpe de fusil como si se tratase
de fieras. Cuando eran capturados con vida, se les cortaban
los tendones de los pies para que no pudieran volver a
correr. «Los esclavos -anotaba Carlos- no reciben nada
por su trabajo; por lo tanto, jamás les será
posible rescatarse. Su miseria material es extrema; pero la
moral es todavía peor: casi sin fe religiosa, viven
en el odio y en la desesperación...»
El conocía,
quizá mejor que nadie, las condiciones inhumanas en
que vivían y el sufrimiento furioso que atormentaba
su ánimo. Alrededor de una veintena de esclavos
saltaban todos los días el bajo muro que había
construido y pedían que les diera refugio en su
Khaoua. Para todos buscaba palabras de caridad, que fuesen
capaces de aplacar sus corazones, para todos encontraba un
pan, un lecho y mucha, muchísima amistad. Pero cuando
todos, absolutamente todos, se arrojaban a sus pies y dando
alaridos le suplicaban que los liberase, Carlos
comprendía que para aquellos desgraciados no bastaba
la amistad, ni eran suficientes las buenas palabras, el pan
y el lecho.
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Necesitaban
la libertad. ¿Pero dónde encontrar el
dinero necesario para comprar la libertad de una
muchedumbre de esclavos, que cada día se le
revelaba más imponente?
Era
fácil sacar las cuentas del contenido del
bolsillo de Carlos. Su prima María de Bondy
atendía los gastos de la capilla y, todos
los meses, los oficiales y soldados del
fortín de Beni Abbés hacían
una colecta entre ellos, que sumaba entre los 40 y
50 francos, que luego le entregaban. A esta
cantidad había que añadir los 50
francos que mensualmente le enviaba su prima
Caterina de Flavigny y 20 más remitidos por
María de Blic, su hermana. Total: 110-120
francos al mes, que Carlos destinaba enteramente a
los pobres.
Era todo lo
que podía dar..., y venía a ser como
una gota de agua en el ardor del desierto, ya que
en el Sahara, los desesperados eran
mayoría.
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Logró
rescatar siete esclavos: el primero, un nómada
caído en manos de los negreros que, apenas libre,
regresó con su tribu. El segundo y tercero
desaparecieron inmediatamente y de ellos no se volvió
a saber nada. El cuarto y el quinto eran niños: al
más pequeño, de unos tres años, lo
bautizó y le puso de nombre Abda Jesús
(Servidor de Jesús); luego envió a ambos a un
orfanato de los Padres Blancos. La sexta fue una negra
viejísima que murió en el eremitorio pocos
días después de su liberación; pero
antes, la bautizó con el nombre de María.
Parece que fueron solamente estos dos los bautismos
administrados por Carlos; él no era, de hecho, el
párroco de Beni Abbés, ni se consideraba un
misionero, en el sentido de predicador que se atribuye
normalmente a esa palabra. Sólo se sentía
llamado a vivir allí del modo más parecido
posible a como lo había hecho el Hijo de Dios en
Nazaret, en silencio. Sin embargo, aunque no lo
pretendía, también daba testimonio. El
séptimo esclavo liberado fue también un
niño, llamado Paul Embarek, quien -al hacerse mayor-
le abandonará varias veces para crearse una vida
independiente; pero en cada ocasión retornará
derrotado, para al fin permanecer fielmente a su lado hasta
el último instante.
Bastó la
liberación de estas pocas criaturas para que la
noticia de la misma corriese como el viento e hiciera
estremecer todas las palmeras del Saoura y, desde todos los
oasis, los infelices marcharan en largas filas hacia la
«Khaoua del Sagrado Corazón» como si se
dirigiesen hacia la libertad.
El hecho, clamoroso,
alarmó a los dueños de esclavos de todas las
tribus de la zona, los cuales protestaron vivamente ante los
oficiales de la guarnición de Beni Abbés. Los
oficiales de la guarnición se alarmaron a su vez
temiendo, tanto la reacción de los notables
indígenas, como la reprobación del gobierno.
(Efectivamente, si lo que soplaba en los oasis saharianos
era, en aquellos días, viento de liberación,
lo que soplaba en Francia era, más que nunca, viento
de masonería, y el gabinete Combes no toleraba
ninguna «intrusión de clérigos»,
empeñado como estaba en la lucha contra las
congregaciones religiosas).
Los militares, por
ello, invitaron a Carlos a obrar con la máxima
prudencia. Pero éste no podía poner de acuerdo
la prudencia con los horrores de la esclavitud, que todos
los días contemplaba en aquellos que veía, y
obró con la máxima energía.
Escribió a
París, al capitán de Castries, primo suyo.
Sabia que éste ocupaba un buen puesto en el
Ministerio de Asuntos Indígenas y tenía
«influencias» -como se diría hoy- con
algunos diputados notables de la Asamblea Nacional.
También envió una carta a monseñor
Guérin, que representaba en aquellas tierras la
autoridad de la Iglesia: «La esclavitud es un asunto
doloroso, y nosotros los franceses, consintiéndola y
hasta sosteniéndola, no conseguimos otra cosa que
hacernos despreciar... Los indígenas saben que la
condenamos, que entre nosotros no está permitida...;
y cuando ven que nos prestamos a su juego, se
dicen:
"No tienen valor
para impedírnoslo, tienen miedo de nosotros". Nos
desprecian y con razón... Nadie en el mundo tiene el
derecho de remachar las cadenas de estos infelices, que Dios
ha creado libres como nosotros. Permitiendo a sus presuntos
amos retenerlos por la fuerza, darles caza cuando huyen,
llevarlos consigo otra vez cuando vienen a echarse a los
pies de las autoridades francesas, en busca de refugio y de
justicia, nosotros les robamos el más precioso de los
bienes... No tenemos el derecho de ser perros mudos o
centinelas sordos: debemos gritar cuando vemos el mal... No
hay otro remedio para esta vergüenza y esta injusticia
que la liberación de los esclavos. No hay
razón política ni económica en el mundo
que pueda justificar esta inmoralidad, esta
iniquidad...»
No sabemos
cuánto pudo hacer monseñor Guérin en el
ambiente de envenenado anticlericalismo que había en
Francia; tampoco qué labor había sabido
ejercer el primo de Castries, trabajando en los engranajes
del aparato del Estado. Sabemos, sin embargo, que Carlos de
Foucauld hizo toda su parte, hasta el final. Y por los
hechos que sucedieron en el oasis de Beni Abbés, y en
los que estaban cerca, nos creemos autorizados a pensar que
en más de una ocasión logró convencer
al capitán Regnault de que tomase localmente medidas
antiesclavistas, a pesar de los intereses, y también
en contra de los intereses, del gobierno de París y
de las autoridades civiles de Argelia.
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Lo cierto
es que, tres años después de su
llegada a Beni Abbés, Carlos podía
escribir al capitán de Castries: «De
común acuerdo, nuestras autoridades
coloniales han tomado medidas para la
supresión de la esclavitud: no en un
día, ya que esto no sería prudente,
sino gradualmente, de modo que en breve tiempo no
habrá esclavos. Se puede decir que
esclavitud verdadera y propia, entendida en su
antiguo significado, hoy ya no existe: el mercado
de esclavos ha sido absolutamente prohibido, los
esclavos actuales no pueden cambiar de dueño
y, si no son bien tratados, se les da la libertad.
Esto es ya un gran paso...»
Mientras
Carlos luchaba contra la esclavitud, otros
episodios sucedían, los cuales apenas hemos
mencionado en el cuadro de los dramáticos
sucesos, pero que ahora recordaremos de manera
sumaria.
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Carlos estaba escribiendo un esbozo de regla para las
Hermanitas de Jesús. Aunque llevaba muchos
años esperando en vano la llegada de varones que
quisieran formar una comunidad con el título de
Hermanitos, Carlos, en lugar de declararse fracasado,
proyectaba la creación de grupos femeninos que
vivieran al estilo de Nazaret en tierra de misión. Se
encontraba escribiendo esta regla, mientras la
situación en el Sahara se iba agravando de día
en día.
En julio de 1903,
después de algunos esporádicos ataques de
tanteo contra uno u otro oasis fronterizo, doscientos
guerreros marroquíes cayeron, por sorpresa, en las
cercanías de Beni Abbés, sobre un destacamento
de cincuenta fusileros argelinos, realizando una matanza de
veintidós bajas. El capitán Regnault
ordenó inmediatamente una expedición de
castigo y, al frente de ochenta hombres, consiguió
cortar el camino por el cual los asaltantes pensaban
refugiarse en Marruecos, los sorprendió en retirada y
puso a una veintena fuera de combate.
El oasis de Beni
Abbés tributó los honores del triunfo al
capitán Regnault; pero al jerife Muley
Mustafá, en respuesta, declaró la guerra
santa. Reunió cuatro mil guerreros bereberes y, a su
cabeza, y a la cabeza de sus mujeres y sus hijos -cerca de
nueve mil personas-, de sus camellos, de sus asnos y de sus
cabras, marcho contra los oasis del Saoura. En el curso de
pocas horas, el de Taghit, mejor abastecido que otros por
ser el más poblado, fue invadido por una muchedumbre
de gentes aterradas que habían huido desordenadamente
de los oasis vecinos, más pequeños y peor
defendidos. En aquél caos indescriptible, el
capitán de Susbielle, jefe de la guarnición y
antiguo compañero de armas de Carlos, tuvo que
preparar precipitadamente la defensa, sin más medios
que dos cañones de 80 y cuatrocientos setenta
hombres.
La marea humana de
Muley Mustafá avanzó entre las dunas, con el
impresionante aspecto de una emigración
bíblica. Durante tres días consecutivos
atacaron, primero en masa y después en grupos
separados. Pero Taghit consiguió sostenerse y el
jerife tuvo que retroceder hacia Marruecos, dejando en el
campo mil doscientos muertos.
Por desgracia,
durante la retirada, doscientos de sus guerreros se
encontraron, en las proximidades de El Mungar, con un
centenar de legionarios que daban escolta a un convoy, y se
vengaron de ellos. Cuando el capitán de Susbielle
acudió en su ayuda, sólo encontró sobre
la arena del Sahara muertos que sepultar y cuarenta y nueve
heridos, a los que recogió y llevó a
Taghit.
La noticia de los
combates llegó a Beni Abbés y sembró el
pánico en las tres aldeas del oasis. Carlos
comprendió que, en aquel momento, el muro que
circundaba su eremitorio cesaba de tener significado
también para él. Su puesto estaba al lado de
aquellos cuarenta y nueve heridos, pues eran entonces sus
hermanos más necesitados.
Se presentó
en el fortín, donde pidió un caballo y permiso
para dirigirse a Taghit.
«Es una
locura», le dijeron los oficiales de la
guarnición; pero terminaron por entregarle el
caballo. El, calzadas las espuelas y envuelto en un burnous,
desapareció entre las dunas al galope.
«Lo
conseguirá -dijo el capitán Regnault a quienes
le miraban con expresión de reproche, como si
él hubiera consentido al eremita del Sagrado
Corazón ir a la muerte-, lo conseguirá. Os lo
digo yo, porque él no lo confesará
jamás: puede atravesar sin armas todo el territorio
en revuelta. Nadie le tocará un cabello, porque es
sagrado».
En efecto, lo
consiguió.
Cuando el
capitán de Susbielle le vio salir, de su primera
entrevista con los heridos, conociendo muy bien a aquellos
hombres que, endurecidos en la Legión Extranjera,
masticaban mucho tabaco pero poca religión, le
preguntó con algo de ironía en la voz:
«Cómo te ha ido, querido padre? ¿Te han
acogido con las debidas consideraciones tus nuevas
ovejas?».
«Vaya, es
necesario algún tiempo para que nos conozcamos
-respondió Carlos, brillándole en los ojos una
sonrisa-; pero lo haremos. Ahora soy feliz por estar junto a
ellos».
Permaneció
allí tres semanas. Pero «no necesitó
mucho tiempo para conquistarlos a todos con su dulzura, su
solicitud en todo momento y su alegría
-contará más tarde el capitán
Susbielle-. Cuando entraba en las habitaciones, se
disputaban el tenerle los primeros junto a su cama y que
estuviera el mayor tiempo posible, a pesar de las protestas
de los otros. El padre, infatigablemente, escribía
sus cartas, los animaba, conversaba con ellos en voz baja y
poco a poco empezaba a hablarles de Dios y de la
religión. Recuerdo a uno en particular: era de origen
alemán y tenía un pasado más bien
borrascoso. Había recibido una herida
gravísima en el pecho y el médico desesperaba
de poder salvarlo. Al principio acogió al padre
bastante mal; pero, al cabo de un par de días, no fue
capaz de seguir resistiendo. Y, como todos sus
compañeros, al fin se confesó y
comulgó».
Después de
los hechos de Taghit y El Mungar, el gobierno de Paris
pidió al ejército «un hombre
fuerte». Y el ejército envió a Argelia al
general Lyautey, otro antiguo compañero de Carlos,
húsar con él en Sézanne, también
Cazador de África con él durante la
campaña de 1881.
Quiso la casualidad
que Lyautey tomase posesión de su mando en Ain-Sefra
precisamente cuando Carlos pasaba por allí, de
retorno de Taghit.
«Permaneció
conmigo tres días -contará después el
general-, aceptó de buen grado ser mi huesped y comer
en mi mesa. A los demás comensales los
conocéis bien, eran el comandante Henrys, el
capitán Berriau, el capitán Poemyrau y otros:
todos gente alegre, tipos llenos de brío. Hablamos
mucho, es verdad, de su documentación
científica sobre Marruecos y de los problemas
africanos. Pero, vosotros me compredereis bien, nosotros
somos militares, no podemos tratar solamente durante tres
días de asuntos serios. El hecho fue que, de una
conversación a otra, más de una vez nos
olvidamos de que el padre Foucauld no era el subteniente de
Foucauld. El nunca dio muestras de escandalizarse y ni
siquiera se negó a tomar la copa de champán
que tenía delante. ¡Ah, muchachos, me parece
estar viéndole cuando, en un determinado momento,
pidió a Poemyrau que tocase una canción en el
piano! Me dije a mi mismo: "Está bien, será un
santo; pero al mismo tiempo no parece que le disgusta
divertirse un poco con viejos compañeros". ¡Nada
de divertirse, muchachos! Escuchad lo que pasó
después. Enseguida de haberse marchado él,
recibí un telegrama de Argel que me anunciaba la
llegada, una hora más tarde, de una caravana de
turistas muy importantes. Llamé a mi asistente y le
ordené que arreglase en pocos minutos la
habitación del padre Foucauld. "Mi general -me
contestó-, todo está perfectamente. No ha
tocado nada. La cama no la ha deshecho. Las tres noches ha
dormido en el suelo, sobre el pavimento, envuelto en su
burnous". ¿Comprendéis? Sólo entonces me
di cuenta con qué discreción y con qué
amabilidad había buscado, ante todo, que su presencia
en nuestra mesa no molestase a nadie y después, para
compensar aquella infracción pasajera e involuntaria
de su regla, se había impuesto una mayor
austeridad».
Unas semanas
más tarde, el general Lyautey tuvo que ir a Beni
Abbés. Eran días difíciles:
consiguió llegar gracias a una buena escolta y
abriéndose paso a tiros.
Enseguida
buscó a Carlos, y éste le dijo que, la
mañana siguiente, salía de viaje para
Argel.
«¿Cómo?
¿Mañana? Ni pensarlo, amigo, tendrás que
retrasar la salida dos o tres días. Viajarás
con migo, porque antes no me es posible disponer una
escolta, sólo para ti».
Carlos le
contestó que tenía sus asuntos y trataba
de
solucionarlos con la
mayor brevedad, por lo cual partiría a la
mañana siguiente. Lyautey se
impacientó.
«Mi general
-intervino en este momento el capitán Regnault-, el
padre de Foucauld no tiene necesidad de escolta. Puede pasar
en medio de todas las bandas de guerrilleros que merodean
por el desierto sin temer un solo disparo. La gente que se
encuentre con él, se echará a tierra,
besará el borde de su burnous y le pedirá una
bendición. Dejadlo ir».
«Así me
fue revelado -escribió algún tiempo
después el general Lyautey- el poder que aquel
hombre, estimado por los musulmanes como un verdadero
marabuto, tenía sobre el Islam
sahariano».
De regreso a la
«Khaoua del Sagrado Corazón», Carlos
comenzó de nuevo a hacer la vida de Nazaret. Estaba
redactando «El Evangelio presentado a los pobres negros
del Sahara» (por si ocurría que alguno de ellos,
un día, le solicitaba algo más que
dátiles y cebada), cuando le llegaron noticias de
nuevos estallidos de violencia en África. La
última precisaba que también el Hoggar estaba
revuelto. Todo hacía pensar que Francia
aprovecharía la ocasión para intervenir y,
después, quedarse en el territorio.
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El Hoggar,
corazón desnudo del Sahara, región de
la sed y del miedo. Un océano en tempestad,
inmóvil y muda, de piedras ásperas,
rojas, negras, verdes, que proyectan aquí y
allá contra el cielo montañas
volcánicas de tres mil metros de altura...
El Hoggar, el reino de los tuareg, los guerreros
montados en camellos y vestidos de azul que caen
sobre las caravanas, terribles como una
maldición, y las roban y
aniquilan.
Un día a Carlos le llegó una carta, procedente
de In-Salah, el más grande de los oasis argelinos
dominado por los franceses al sur, precisamente en los
confines con el Hoggar. La escribía el general
Laperrine, que mandaba aquel territorio de los oasis.
Habían sido amigos en la escuela de Saint-Cyr y luego
compañeros de armas en el IV de Cazadores de
África. El general le hablaba del temporal que se
estaba condensando en el cielo de allí; pero sobre
todo le hablaba de los tuareg.
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La carta produjo en
Carlos el efecto de una fulguración. Llevaba varios
años viviendo en la Khaoua con los ojos y el
corazón vueltos siempre hacia el Oeste, hacia
Marruecos; en aquel momento comprendió que el camino
señalado por el Señor tomaba otra
dirección, precisamente la opuesta a la por él
deseada: le indicaba hacia el sureste hacia el país
de los tuareg, el pueblo perdido en el desierto de piedra,
que ignoraba el nombre de Cristo, y sólo podía
ser visitado por él, porque era el único
sacerdote en el mundo, en aquel momento, que tenía la
posibilidad de conseguir autorización para partir
hacia el Hoggar.
Entonces, una vez
más, lo abandonó todo. Había dejado una
vida de aventuras galantes por una vida de aventuras
científicas; después dejó las
exploraciones por la trapa, luego ésta por el
eremitorio de Nazaret, y el eremitorio por la Fraternidad de
Beni Abbés. Ahora traspasaba por última vez el
límite de piedra de su clausura para seguir, a lo
largo de los caminos del desierto, el mandato de Dios, y
renunciaba definitivamente a «su» Marruecos por el
salvaje Hoggar.
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El corazón le
sangraba: «La naturaleza se me resiste de un modo
increíble. Me rebelo -y siento vergüenza- ante
el pensamiento de dejar Beni Abbés, la tranquilidad
al pie del altar, y lanzarme a la aventura de nuevos viajes,
por los cuales hoy siento un horror
indecible»;
Pero,
¿cómo negarse?
«He
sido invitado, me esperan... Cuanto más
viaje, más indígenas veré y
más seré conocido por
ellos».
Escribió
el plan que había trazado: «Me
estableceré entre los tuareg, lo más
posible en el corazón del país.
Rezaré, estudiaré la lengua y
traduciré el santo Evangelio. Pondré
todos los medios para relacionarme con ellos.
Viviré sin clausura. Cada año, para
confesarme, me dirigiré al norte. Durante el
camino, administraré los sacramentos en
todos los puestos avanzados, hablaré de Dios
con los indígenas a mi
paso...».
Cuando, a
comienzos de 1904, inició su nueva aventura,
le acudió a la mente lo que había
escrito unos meses antes: «En cada instante,
vivir como si esta noche hubiese de morir
mártir... Prepararse sin cesar para el
martirio y recibirlo sin gesto de defensa, como el
Cordero divino...».
Quizá,
en aquel momento, tuvo el presentimiento de que
tales palabras no eran un mero deseo de su
corazón, sino que tenían el sabor de
una profecía.
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