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Carlos
de
Foucauld
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DESPUÉS,
ALGUIEN LLAMÓ A LA PUERTA
Las sombras de
la noche cayeron frías la tarde de aquel primero de
diciembre de 1916, sobre las gargantas de los montes del
Hoggar, sobre los bastiones del fortín, entre las
desnudas rocas de la meseta de Tamanrasset.
Cuadrado, rudo,
construido con ladrillos de tierra cruda y roja, el
fortín estaba rodeado de muros macizos, los cuales
tenían cuatro torreones en los ángulos, y, por
la parte exterior, había un profundo foso. Un puente,
que cruzaba dicho foso, alcanzaba la única puerta
que, protegida por una pared de mampostería, se
abría, baja, en los bastiones. Aquella puerta
conducía a un corredor con vueltas, un túnel
más que un corredor, a lo largo del cual se
encontraba un muro a modo de obstáculo que era
necesario saltar, inclinándose mucho, para no dar con
la cabeza en una viga del techo, y daba también a
otras dos puertas bien cerradas. El corredor desembocaba en
un patio interior, con un pozo en el medio, un horno para el
pan y una serie de aberturas angostas alrededor, las cuales
correspondían a míseras estancias.
En una de aquellas
estancias, Carlos de Foucauld estaba escribiendo cartas
aquella tarde. Se había quedado solo dentro del
fortín. También Paul Embarek, el esclavo
liberado tantos años antes de Beni Abbés, se
había ido al atardecer a la aldea de los haratinos1,
cerca de un kilómetro de distancia, donde
tenía una cabaña, esposa e hijitos.
Carlos sabía
que, en cualquier momento, pasarían por allí
Bou Aicha y Boudyma bem Brahim, los dos meharistas
encargados de llevar el correo. Por ello, después de
haber escrito al viejo amigo general Laperrine y a su
hermana María de Blic, ahora, sentado ante una caja
que le servía de mesa, a la luz anémica de un
cabo de vela, estaba terminando la carta a su prima
María de Bondy: «... nuestro anonadamiento es el
medio más poderoso que tenemos para unirnos a
Jesús y hacer bien a las almas».
Fue al llegar a este
punto cuando oyó llamar a la puerta del
fortín.
Atravesó el
patio y, asomado al corredor oscuro, gritó:
«¿Quién es?».
«El
correo», respondió desde fuera la voz bien
conocida de El Madani, un haratino al que Carlos
había dado de comer un montón de
veces.
Carlos enfiló
corredor adelante, para abrir la puerta...
Carlos de Foucauld
llevaba en el Hoggar trece años, desde aquel lejano
enero de 1904, cuando con Paul Embarek, una asna cargada con
la capilla portátil y un asnillo que trotaba
detrás, algunas provisiones a la espalda y dos pares
de zapatos de repuesto, unido a una columna de Cazadores de
África, había dejado el eremitorio de Beni
Abbés para tomar el largo camino que conducía
directamente al sur, entre altas colinas negras y
desnudas.
Un mes de marcha a
pie, en medio de enjambres de moscas implacables. Cada
varias horas, entre las piedras grises, un árbol
enano y espinoso. Cada varios días, en la
línea del horizonte, un oasis verde, creado por el
espejismo. Todas las semanas, o cada dos, un oasis
verdadero, en los cuales el padre Foucauld trababa
conocimiento con los habitantes y distribuía entre
los más pobres algunas monedas de su flaca bolsa, o
provisiones de su saco, escasamente surtido.
Al fin,
después de haber atravesado una región de
fábula, -imaginaos: un jardín inmenso, de
flores de piedra, con las formas más
inverosímiles, y jaspeadas de multitud de colores, a
la sombra de grandes rocas rojas y bajo un cielo que, a
pesar de ser invierno, tenía la pureza del cristal-,
la caravana llegó al cuartel general francés
del territorio de los oasis, en ln-Salah.
Allí el
general Laperrine informó a Carlos de Foucauld de las
últimas noticias: de las seis confederaciones en que
se agrupaban los tuareg, tres daban señales de estar
dispuestas a someterse a Francia. Eran los Kel Ahaggar del
territorio del Hoggar, los Taitoq del territorio del Ahnet y
los Iforas del Adrar. Por ello, Laperrine ansiaba emprender
lo más pronto posible un largo viaje a través
del Hoggar, el Ahnet y el Adrar con objeto de acelerar las
cosas y aceptar la sumisión.
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«¿Y
tú que harás, viejo eremita?
¿Vendrás con
nosotros?».
«¿Por
ventura lo pones en duda,
soldadote?».
A Carlos no
se le podía presentar una ocasión
más favorable para penetrar en la
profundidad misteriosa del Sahara, donde Dios le
llamaba a vivir, sin clausura, la vida de
Nazaret.
Como la
expedición del general Laperrine
exigía unos preparativos relativamente
largos, Carlos no quiso perder el tiempo y se
dirigió, solo, al oasis de Akabli, donde,
según le habían dicho, se
detenían con frecuencia caravanas de
tuareg.
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Fue en Akabli, en febrero de 1904, cuando los vio por
primera vez. Entre los acostumbrados grupos de
árabes, petulantes y envueltos en sus blancos
bournous, ellos, los tuareg, paseaban en silencio, erguida
su alta figura, el aspecto noble, los movimientos con una
agilidad y elegancia que recordaba la de los felinos, el
rostro cubierto de un velo azul que descendía
formando grandes pliegues hasta los pies; por encima de
aquel velo, los ojos negros y enormes, brillantes de
fiereza, y parte del rostro, teñido con la misma
tintura azul que daba color a todas sus ropas.
¡Allí
tenía, delante de sus ojos, a los guerreros azules!
Al contrario de lo acostumbrado por los árabes, eran
los hombres quienes se tapaban el rostro, mientras las
mujeres lo llevaban descubierto. Mujeres muy hermosas, de
extraordinaria elegancia e inteligencia pronta, que gozaban
de una libertad absolutamente desconocida por sus hermanas
de sexo árabes. Aquí y allá, en el
oasis, junto a camellos soñolientos, se levantaban
las tiendas bajas de los tuareg, de cuero rojo, cuyas
entradas, al norte y al sur, estaban abiertas para dejar
pasar la corriente de aire.
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Desde el
primer día, Carlos fue de una a otra tienda
roja, y en todas ofreció y obtuvo amistad.
Al cabo de una semana, ya balbuceaba algunas
palabras en la lengua de los tuareg. Pero se dijo
que debía aprenderla a fondo, para poder
hablar del modo más eficaz a aquellos
hermanos de la voluntad del
Altísimo.
Eligió
a un tuareg como maestro y empezó a estudiar
el idioma, que se llamaba tamacheq y se escribe con
caracteres tifinak. Es una lengua
extraordinariamente pura, absolutamente africana,
que no tiene nada que ver con el árabe,
llegado de Asia; no es, en modo alguno, pobre, como
lo son las lenguas de los pueblos ignorantes sino,
al contrario, posee una gramática compleja y
un rico vocabulario.
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Tres semanas
después de su llegada al oasis de Akabli, Carlos vio
aparecer entre las dunas a la columna del general Laperrine,
que pasaba por allí para recogerlo, y se
dirigía al sur, hacia Tombuctú. Un sur muy
lejano, ya que el orgullo colonial de Laperrine
quería sacar provecho de aquel largo viaje por el
corazón del Sahara, tanto para aceptar la
sumisión, como para confirmar oficialmente la
unión estrecha, que de ahora en adelante,
existiría entre Argelia y Sudán.
A medida que la
caravana se adentraba en el Hoggar, Carlos hablaba con
cuantas personas encontraba, visitaba todos los oasis,
entraba en todos los campamentos y lo observaba todo con la
misma agudeza con la cual, muchos años antes,
había explorado el Marruecos prohibido.
Descubrió
que, en Hoggar, los tuareg estaban divididos en tres castas:
los nobles, entre los cuales el clan de los Ken Reía
era evidentemente el más ilustre, ya que uno de sus
miembros desempeñaba, por elección, el cargo
de aménokal, es decir, de jefe supremo del Hoggar. En
aquellos momentos lo era Moussa, quien seguía
diciendo que estaba dispuesto a someterse a Francia; pero
que, en la práctica, aunque sabía que
Laperrine viajaba por sus territorios, no se dejaba ver en
ningún lugar, con lo cual no había modo de
llegar a una conclusión efectiva. La segunda
categoría la formaban los vasallos, quienes
poseían armas, cabras y camellos, lo mismo que los
nobles pero, sobre todo, eran guerreros. El último
puesto lo ocupaban los plebeyos, los más numerosos,
que vivían de ciertos cultivos y del
comercio.
Laperrine
atravesó todo el Hoggar sin poder poner la vista
encima a Moussa. Luego penetró profundamente en el
Adrar, donde vivían los tuareg Iforas, de quienes
obtuvo en seguida la sumisión. Acto seguido, al
frente de su columna, alcanzó Timiaouine, que se
encontraba en el camino a Tombuctú. De improviso se
le apareció una patrulla armada y dispuesta en
posición de ataque, la cual le ordenó que no
siguiera adelante. Una situación grotesca, ya que
estaba mandada por oficiales franceses del
Níger.
La causa era que las
tropas destacadas en aquel lugar, furiosas porque Laperrine
se había entrometido en los asuntos de una parte del
Sahara que consideraban de su competencia, y también
porque había recibido la sumisión de los
Iforas, cuando deseaban este honor para sí,
habían decidido humillarlo para vengarse, es decir:
impedirle, con la amenaza de sus fusiles, seguir hasta
Tombuctú.
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Seguramente
Laperrine hubiera opuesto las armas a las armas;
pero el padre Foucauld supo encontrar las palabras
que le hicieron razonar y dieron fuerza para no
ceder a la ira. La columna retrocedió,
dirigiéndose al territorio de Ahnet,
habitado por los tuareg Taitoq, que también
firmaron la sumisión.
La
expedición concluyó. Laperrine
tomó a InSalah y dejó a Carlos solo,
en su nueva clausura, grande cuanto el desierto
entero.
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Carlos
penetró en el Hoggar y, durante cinco meses,
vagó errante de un campamento a otro, un día
aquí y al día siguiente allá, por aquel
inmenso reino de los nómadas, buscando siempre nuevas
amistades. Todos los días celebraba misa, ayudado por
Paul Embarek; oraba, meditaba, conversaba con cuantos tuareg
podía y los socorría en aquellas necesidades
que le era posible. A pesar de no detenerse en su incesante
peregrinar, encontró el tiempo y la manera de
terminar la primera traducción al tamacheq del
Evangelio. Tal vez algún día un tuareg lo
leyera... ¿Le sería concedido a él ver
aquel día bendito? Sucediera lo que sucediese, el
Hoggar era, desde entonces, su nuevo mundo y allí
plantaría definitivamente su tienda.
Laperrine le hizo
saber que aquella decisión le preocupaba bastante,
pues no estaba totalmente tranquilo respecto a su seguridad
personal, de la cual se había hecho responsable.
Aunque la sumisión de los Iforas y de los Taitoq
estaba conseguida, el aménokal del Hoggar, Moussa, no
había llegado a un acuerdo firme y real con los
franceses por lo cual el futuro podía reservar
sorpresas. Más prudente era que Carlos hablase
primero con el aménokal en persona, si lograba
localizarlo, y le pidiera permiso para establecerse entre
los tuareg. Mientras tanto, no debía tomar
resoluciones, ni hacer planes, con carácter
definitivo.
Obediente a aquellas
sugerencias, Carlos regresó a In-Salah y, desde
allí, se puso en camino hacía Ghardaia, para
confesarse con los Padres Blancos y pedir consejo a
monseñor Guérin. Estaba terriblemente
enflaquecido y cansado. Tenía cuarenta y seis
años; pero se le hubiera calculado
sesenta.
En diez meses
había recorrido cinco mil kilómetros a
pie.
Luego volvió
a Beni Abbés, a su vieja «Khaoua del Sagrado
Corazón». Se había convencido de que
debía dividir su vida entre los tuareg, por un lado,
y los árabes y franceses del Soura, por
otro.
Pero estuvo apenas
cuatro meses, porque en mayo de 1905, aprovechando que el
capitán Dinaux debía escoltar, a través
del desierto del Hoggar, a una expedición compuesta
de un periodista, un geólogo, un historiador y un
inspector de comunicaciones, se unió al grupo, junto
con Paul Embarek.
Fue un viaje
espantoso a causa del calor tórrido del verano
sahariano. «Después de dos horas de marcha a
pie, apenas había amanecido -contó luego el
capitán Dinaux-, todos subían a los camellos.
Sólo el padre Foucauld continuaba caminando a pie
hasta el limite de sus fuerzas, rezando el rosario y
recitando letanías. En los trechos más
accidentados del terreno, forzaba el paso. Desde las cinco
de la mañana, el sol caldeaba implacablemente el
aire; a la sombra, la temperatura oscilaba entre los 40 y 50
grados. Cada uno de nosotros bebía entre ocho y diez
litros de agua diarios, ¡Y qué agua...! Pero el
padre caminaba siempre con pasos rápidos, excepto
cuando se levantaba una tempestad de arena, o uno de
nosotros le decía: «Padre, o vos subís, o
yo bajaré a vuestro lado». En las etapas, nos
colocábamos en forma de cuadro y dormíamos a
la sahariana, sin tienda, las carabinas cargadas, los
indígenas envueltos en los bournous y en sus puestos
de combate... Hacíamos que el padre estuviera en un
ángulo del cuadro, para que pudiera aislarse
más y rezar tranquilo, a su gusto. Cuando la hora de
la partida lo permitía, se hacia despertar a tiempo
por el centinela, montaba la tienda en un momento y
decía misa. La celebración de ésta, a
la cual asistía siempre uno de nosotros, fue para
todos una sorpresa y una revelación: el fervor del
padre era tan extraordinario, que parecía en
éxtasis».
Fue durante un
descanso, el 25 de junio de 1905, cuando los centinelas
dieron la voz de alarma. Todo el campo se preparó
para la defensa: por el horizonte de aquel océano de
piedra, avanzaba una larga columna de meharistas.
¿Cuáles eran sus intenciones?
La espera fue larga
y los mantuvo con la respiración cortada. Por fin, se
consiguió conocerlas. No había duda, era
él, el aménokal Moussa, escoltado por los
más ilustres de los Ken Reía. Un
espectáculo inolvidable de hombres majestuosos,
envueltos en ropas azules y montados sobre camellos
lujosamente enjaezados, las armas de los guerreros tuareg
empuñadas.
De pronto todos se
detuvieron, como ante una orden, aunque no se había
pronunciado una palabra. Sólo el aménokal
siguió avanzando, hasta encontrarse frente al
capitán Dinaux, y cambió con él
solemnes saludos. Después las escoltas de ambas
caravanas tomaron parte en el ceremonial del encuentro, que
culminó con la ritual mezcla del
té.
En este punto,
Moussa declaró que estaba dispuesto a dar por
terminadas sus prolongadas indecisiones y aceptar sin
reservas la autoridad de Francia. A partir de entonces la
solemnidad cedió terreno, cada vez más, a la
familiaridad.
Durante varios
días, las dos caravanas viajaron juntas. El
capitán Dinaux lo aprovechó para presentar a
Moussa al padre Carlos de Foucauld. «Es un marabuto
cristiano, servidor del Dios único -precisó-,
amante de la soledad, deseoso de estudiar la lengua de los
tuareg. Un hombre que puede rendir grandes servicios a los
pueblos del Hoggar y aconsejarlos de un modo
útil».
Este primer
encuentro fue seguido de varias entrevistas. Durante las
mismas se eligió Tamanrasset como residencia del
padre Foucauld, «porque Tamanrasset -explicó el
aménokal- es un poco el pied-a-terre de la tribu de
los Dag Ralí, la más numerosa y la más
fiel entre mis tribu».
Moussa ha escrutado
a Carlos, desde el primer encuentro, con sus ojos que
parecen adentrarse hasta el alma, y ha sentido que puede
fiarse.
«Responderé
de este hombre con mi cabeza», fueron sus
palabras.
También
Carlos ha sondeado hasta lo íntimo al
aménokal: «Es muy seguro de sí mismo,
inteligentísimo, abierto, un musulmán muy
piadoso, deseoso de bien; pero al mismo tiempo ambicioso,
amante del dinero, del placer, de los honores»,
anotó.
Después de
quince días de viaje juntos, Moussa dejó a sus
nuevos amigos para volver con sus tuareg. El capitán
Dinaux escoltó a Carlos hasta Tamanrasset.
Después de recorrer un laberinto de gargantas
salvajes, alcanzaron una inmensa altiplanicie, absolutamente
desnuda, enteramente cubierta de piedras, sin una
línea de sombra, sin un hálito de frescura,
rodeada del largo lecho arenoso del fantástico
torrente Tamanrasset, casi siempre seco. Al oeste, unos
cuantos pozos entre unos pocos arbustos raquíticos, y
algunas cabañas de haratinos, los cuales cultivaban
cebada en delgadas capas de tierra. Aquello era la aldea de
Tamanrasset, una veintena de hogares en total, dispersas a
lo largo de tres kilómetros, junto a la orilla del
torrente seco. Al este, a lo lejos, se erguían montes
salvajes, dominados por el Ilamán, la montaña
más alta.
Allí, en
aquella desnuda inmensidad quemada por el sol, en aquel
reino de la soledad, en aquel mar de piedras -que
florecía en grupos de tiendas rojas cuando los tuareg
hacían un alto- Carlos se fabricó una
cabaña de cañas, en todo semejante a las de
los haratinos, al mismo tiempo que comenzaba la
construcción de una extrañísima casa
con piedras y barro. Una casa increíble, larga,
estrecha, bajísima, con muros de un metro de grosor,
sin ventanas, únicamente pequeñas aberturas,
una sola puerta baja y para entrar por ella era necesario
salvar una pared maciza de setenta centímetros de
alta, capaz de impedir la intrusión de las
víboras cornudas. El techo, plano, estaba hecho con
gruesas ramas sin desbastar, y recubierto de cañas y
barro; una protección del sol, en suma, pero no de la
lluvia violenta, Por dentro, una pared la dividía en
dos estancias: una destinada a capilla y la otra a lugar de
trabajo; ambas medían dos metros setenta y cinco
centímetros de longitud por un metro setenta y cinco
centímetros de anchura.
Fuera, la
cabaña de cañas serviría de cocina,
salón para la visitas y habitación de Paul
Embarek, si este eterno indeciso no se iba en busca de otro
modo de vivir.
Al cabo de poco
tiempo, no hubo un haratino se dentario ni un tuareg
nómada en toda la altiplanicie de Tamanrasset que no
fuese de vez en cuando al eremitorio del «marabuto del
corazón rojo». La puerta estaba siempre abierta,
todo visitante era acogido como un hermano. Los tuareg
pensaban de él: «Ciertamente Laperrine es su
amigo, y Laperrine es poderoso. Pero Laperrine está a
ochocientos kilómetros de aquí. Por lo tanto,
el marabuto, viviendo solo en el Hoggar, demuestra una gran
confianza en nosotros». Y los tuareg tenían
demasiado vivo el sentido del honor para que no les
impresionase profundamente aquella confianza que, por
primera vez, un hombre blanco, y además inerme, les
demostraba.
Al principio, mil
dudas los habían acosado: «Es un marabuto, no se
puede negar; pero es cristiano, no musulmán.
¿Por qué entonces ha dejado a los suyos para
vivir entre nosotros? Da limosna y no pide,
¿cómo es posible? ¿Y por qué esto?
¿Y por qué aquello?».
Pero luego, aquellas
preguntas dejaron de preocuparles. Bastaba una
conversación con él para que toda desconfianza
se amortiguase.
A medida que fue
pasando el tiempo, Carlos se convirtió en el
consejero de cada uno de ellos, casi podríamos decir
en su director espiritual. Porque si bien es verdad que la
fe en Cristo les separaba, la fe en Dios les unía, y
a todos cuantos se dirigían a él, les
recordaba la ley primitiva, la cual les era común, la
ley del Sinaí, que manda adorar a Dios y practicar
sus mandamientos.
Se la recordó
también al aménokal cuando, en octubre,
haciendo la misma vida que sus guerreros, llevó a
pastar los camellos en la raquítica hierba que un
poco de lluvia había hecho nacer en los bordes de
Tamanrasset. Pronto los dos se sintieron unidos por una
profunda amistad. Una amistad de tal calidad que, en el
corazón de Moussa, surgió la convicción
de que había encontrado a un hombre de Dios.
Reconocer en el padre Foucauld a un hombre de Dios y desear
tenerlo como su guía y maestro fue para el jefe
supremo del Hoggar la más lógica de las
conclusiones.
De este modo Carlos
de Foucauld, francés y sacerdote de Cristo, se
convirtió en octubre de 1905, y lo fue durante todo
el resto de su vida, el íntimo consejero y
prácticamente el «capellán» de un
jefe tuareg, ferviente seguidor de Mahoma.
Cuando Moussa le
contaba su preocupación por cierto relajamiento que
advertía en los sentimientos religiosos de sus
tuareg, el padre Foucauld le recordaba la necesidad de
adorar la voluntad del Altísimo y tratar de conocerla
lo más perfectamente posible «porque cuanto
mejor se la conoce, más se la ama, más
fielmente se cumple». Por lo tanto: orar, orar mucho,
practicar el ayuno y la limosna, ejercitar las virtudes,
reprimir el mal, honrar el trabajo, purificar la familia,
enseñar a los niños a desear el
bien.
Otras veces el
aménokal le confiaba sus aprensiones sobre la suerte
del pueblo tuareg, perennemente amenazado por el hambre, y
Carlos le aconsejaba que, todos ellos unidos, desarrollaran
la agricultura y la ganadería a lo largo y ancho del
país.
Moussa, muy sensible
en cuanto concernía al honor, se lamentaba con
él de ciertas ambigüedades del comportamiento de
los franceses, de las malas jugadas pasadas a los tuareg por
los intérpretes. Carlos le aconsejaba que no emplease
los mismos métodos: «Mejor conseguirás
mantener la paz y el bienestar en el Hoggar -le
decía- y menos los franceses tendrán
ocasión de intervenir». En lo que
concernía a los intérpretes, lo más
acertado era prescindir de ellos. ¿Por qué los
tuareg no aprendían el francés? «Aprended
el francés, no para ser nuestros sometidos, sino
nuestros iguales; para estar siempre a la par con nosotros y
no tener necesidad de intermediarios. Si hacéis esto,
más pronto o más tarde, vosotros seréis
los militares y los empleados civiles encargados de la
defensa y de la administración del
Hoggar».
Las ideas de Carlos
de Foucauld sobre el colonialismo francés eran,
más que claras, previdentes: «El imperio
francés en África del noroeste
-escribía en sus apuntes-, confirmado por la
ocupación de Marruecos y la unión de Argelia
con el Sudán, gracias a la conquista del Sahara,
será para Francia causa de fuerza o debilidad,
según sea bien o mal administrado. Tiene treinta
millones de habitantes, que, dentro de cincuenta
años, gracias a la paz, estarán duplicados.
Entonces se hallará en pleno progreso material, rico,
cruzado por ferrocarriles, poblado por gente que
conocerá el uso de nuestras armas, habituadas a
nuestra disciplina y cuya flor y nata se instruirá en
nuestras escuelas. Si no sabemos unir a nosotros aquellas
gentes, nos echarán. No solamente perderemos el
imperio, sino la misma unidad que le habremos dado se
volverá contra nosotros. Será entonces un
vecino hostil, terrible, bárbaro».
Su concepto de lo
que deben ser las relaciones entre los países
colonizadores y los pueblos que les están sometidos,
lo sintetizó en esta sencilla frase, tan breve como
clara: «Una nación tiene, respecto a sus
colonias, los deberes de los padres hacia los hijos:
convertirlos, con la educación y la
instrucción, en iguales o superiores a sí
mismos».
En constante
contacto con los tuareg, desde el jefe supremo hasta los
mendigos, pasó varios años. Al mismo tiempo,
Carlos recogía poesías, cuentos, proverbios y
componía una gramática de la lengua tuareg.
Cada año, subía al norte, a Ghardaia, para
confesarse, entrar en retiro y pedir consejo a
monseñor Guérin. A continuación pasaba
algunos meses en Beni Abbés con sus antiguos amigos
franceses y árabes, que acudían corriendo a la
Khaoua.
De cuando en cuando,
el eterno indeciso, Paul Embarek, desaparecía. Eran
los períodos más dolorosos para Carlos porque
no podía celebrar la santa misa, ni adorar al
Santísimo. Por fin, un día le llegó el
permiso de la Santa Sede para decir la misa sin ministro.
Fue un día de alegría inolvidable.
Se estaba en lo
más agudo del hambre de los años 19071908. No
llovía desde hacia diecisiete meses. «Es hambre
negra -escribía Carlos- para un país que vive
todo de la leche y donde los pobres viven exclusivamente de
ella. Las cabras están tan secas como la tierra, y
las personas tanto como las cabras».
Una vez al
día, Carlos reunía alrededor de su casa a
todos los niños de la meseta de Tamanrasset, y
hacía que comiesen hasta que saciasen el hambre. La
mayoría de las veces sucedía que «viendo
a aquellos mocosos masticar tan alegramente -escribió
Laperrine- el padre de Foucauld no tenía valor para
retirar su parte».
Al fin
sucedió que Carlos, al privarse también de lo
necesario, enfermó gravemente. «Sin toser, sin
tener ningún dolor en el pecho -comunicó a su
hermana-, el más pequeño movimiento me produce
un cansancio tan grande que casi me desvanezco. Hace un
día o dos temía que fuera el fin...».
Enterado de las condiciones desesperadas en que se
encontraba, Laperrine se apresuró a enviarle la
única medicina que juzgó le sería
útil en aquel momento: un cargamento de
víveres.
Al mismo tiempo
llegó la comunicación de la Santa Sede. Porque
no era sólo el pan de la tierra lo que le faltaba
sino, sobre todo, el pan de la Eucaristía.
Se había
sentido muy próximo a la muerte en aquel año
1908. Si hubiese sido el fin, ¿qué hubiera
quedado de su ideal? Ningún compañero
había acudido a sus reiterados
llamamientos...
Cuando las primeras
lluvias de otoño aplacaron el hambre, partió
para Francia con un nuevo proyecto: encontrar, costara lo
que costase, la adhesión de alguien, al menos, a una
unión de hermanos y hermanas del Sagrado
Corazón de Jesús, una especie de tercera
orden, a la cual confiar su patrimonio espiritual, con la
esperanza de que algún día llegase alguien
para ser su compañero o para reemplazarle.
Encontró la adhesión en su prima Maria de
Bondy, de su hermana María de Blic y de pocas
personas mas... Hará más adelante otros viajes
a Francia, siempre con el mismo objeto; pero cuando
él muera, una asociación para la plegaria,
fundada por la unión, contará apenas con una
cincuentena de afiliados.
La soledad en que se
veía obligado a vivir la vida de Nazaret
siguió pesándole dolorosamente en el
corazón. Por fin, un día pareció que su
gran esperanza iba a realizarse. Estaba en Ghardaia, con
monseñor Guérin, cuando supo que el hermano
Michele, un joven bretón que había sido zuavo
y entonces desempeñaba el cargo de coadjutor de los
Padres Blancos, deseaba seguirle. Inmediatamente lo
llevó consigo a Beni Abbés. Pero la severa
vida de anonadamiento de la «Khaoua del Sagrado
Corazón» comenzó a minar la salud del
neófito.
Algunos meses
más tarde partieron para el Hoggar. Al llegar a
ln-Salah tuvieron que detenerse porque el hermano Michele
necesitaba descanso. ¿Sólo descanso? Hubo de ser
hospitalizado y el médico fue tajante: imposible que
siguiese hacia el Hoggar, porque moriría en el
camino.
Así fue como
Carlos, cuando llevaba un compañero al desierto, el
primero de sus hermanitos, tuvo que continuar el resto del
camino solo.
En 1910 hubo otra
vez una gran sequía. Los tuareg se lanzaron por sus
escabrosos montes, en busca de los pastos que pudiera haber
en las cimas. En la meseta de Tamanrasset quedaron
sólo los haratinos. Carlos decidió entonces
construir un eremitorio en lo más alto del Asekrem,
un monte de 2.700 metros, en el cual habían acampado
los tuareg.
Cuatro días
de camino por gargantas abismales, entre gigantescos
salientes de rocas negras, azules, rojas, hasta alcanzar la
base de un pared de cien metros de altura. No quedaba
más remedio que escalaría para llegar a la
cima plana, pelada, cubierta de piedras verdes, magnificas,
y en la cual, constantemente, se oía el silbido o el
ulular del viento impetuoso. Allá arriba, frente al
espacio inmenso, en el cual, las cumbres de todos los montes
del Hoggar se lanzaban hacía el cielo en un caos
fantástico, Carlos construyó su nuevo
eremitorio: la capilla y una diminuta
habitación.
«Estoy
absolutamente sólo en lo alto de este monte, el
Asekrem, y la vista es maravillosa: la más
extraña combinación de cimas, agujas rocosas y
piedras fantásticamente amontonadas que he
contemplado jamás».
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Pero el
espectáculo más agradable estaba a
sus pies, en aquellas pendientes que, a la menor
señal de lluvia, se cubrían de hierba
perfumada, porque allí los tuareg
habían plantado sus tiendas de cuero rojo,
aquellos tuareg que, todos los días,
subían hasta su eremitorio y luego
descendían, repitiendo más o menos
las palabras que en 1907 había dicho una de
sus mujeres, de noble casta, de la cual Carlos
salvó cinco hijos durante el hambre:
«es tremendo pensar que, a su muerte, un
hombre tan bueno irá al infierno porque no
es musulmán
». Y por el marabuto
cristiano rezaban a Alá y respetaban con
mayor empeño la voluntad de Dios
según la ley del Sinaí, tal como
Carlos les enseñaba.
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Al cabo de algún tiempo, se unió a él
Ba Hammou, el secretario de Moussa. El aménokal, en
señal de amistad, se lo había
«prestado» por unos meses, pues sabia que le iba a
ser muy útil. Ba Hammou era, en efecto, un pozo de
sabiduría etnográfica y
lingüística. Carlos lo aprovechó para
trabajar con él en la compilación de un
diccionario tuareg-francés.
Cuando el invierno
se anunció soplando violentas ráfagas
glaciales sobre la cima del Asekrem, Ba Hammou empezó
a gruñir que de aquel «veraneo»
tenía ya bastante.
Al padre Foucauld no
le quedó más remedio que bajar a
Tamanrasset.
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Allí,
en su casa en forma de longaniza, a la que el
general Laperrine llamaba «La Fragata»,
porque le recordaba a una nave de guerra en un
tormentoso mar de piedras, Carlos recibía a
los tuareg que iban de camino con sus
rebaños de cabras. Estaban tan acostumbrados
a encontrarlo cuando pasaban por Tamanrasset a
beber té con él, a partir el pan y
los lacticinios, del mismo modo que Carlos
había compartido con ellos el hambre durante
las sequías, que no podían seguir
adelante sin detenerse algún tiempo para
manifestarle su profundo aprecio. Se lo
hacían saber con interminables
conversaciones, en los cuales también le
hablaban de sus preocupaciones y asuntos. En
ocasiones ocurría, cada vez con mayor
frecuencia, que le hacían preguntas, por las
cuales Carlos se sentía feliz:
«¿Qué
estas escribiendo? ¿Qué significan esas
figuras que pintas?».
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El padre Foucauld les explicaba lo que las imágenes
sagradas representaban y les leía un trozo del
Evangelio, sobre todo las parábolas. Los tuareg cada
vez sentían más admiración por su
santidad.
Ocurría de
vez en cuando que el hospitalario eremita de Tamanrasset, el
hermano de los pastores nómadas, el siervo de los
pobres, pasaba a ocupar un puesto principal en los asuntos
del país, se convertía en árbitro de
las controversias que surgían entre Francia y el
Hoggar. Como cuando el general Laperrine decidió
transportar varias toneladas de material a Tamassinine, en
la frontera con Tripolitania, donde acababa de ser
construido Port Flatters.
Para una
expedición de tal importancia, en aquellas regiones
salvajes y sin carreteras, era preciso servirse de casi
todos los camellos de Hoggar, enrolar algunos centenares de
hombres y proveer a su subsistencia durante varios meses.
Laperrine encargó a Carlos que obtuviese los camellos
y los hombres del aménokal y éste, no
sólo accedió a la petición, sobre todo
porque le había sido hecha por medio de su consejero,
sino que se declaró dispuesto a guiar él mismo
la gran caravana. En compensación pidió a los
franceses, siempre por intermedio de Carlos, que los
meharistas tuareg fuesen pagados anticipadamente, de manera
que, al llegar a Temassinine, pudieran efectuar las compras
que les fueran necesarias. Laperrine, como esta
petición estaba avalada por el padre Foucauld, la
aceptó. Sin embargo, a la hora de pagar, los
franceses parecieron olvidarse de cuál era la cifra
pactada. Carlos intervino entonces enérgicamente para
que los meharistas recibieran su justa paga, hasta el
último céntimo.
Cuando el
aménokal Moussa se puso en viaje a la cabeza del
gigantesco convoy, confió temporalmente el poder a su
lugarteniente Akmed Ag Echecherif. Por su parte, Carlos
había obtenido de Laperrine la seguridad de que,
mientras durase la ausencia de Mousa, el teniente
francés Sigonney velaría por el Hoggar, donde,
durante tres meses al menos, sólo quedarían
ancianos, mujeres y niños. En realidad, quien
sustituyó al aménokal en el gobierno del
país fue, como había ocurrido en otras
ocasiones, una mujer extraordinaria.
«Quien toma las
decisiones -escribió por aquellos días Carlos
de Foucauld- es Dassine... Ella ordena sin aparecer en
público. Akmed Ag Echecherif no es más que el
poder ejecutivo. Ella es muy inteligente y está al
corriente de todas las cosas. El es dinámico y lleno
de buena voluntad. Ambos son piadosos. No podemos estar
mejor...».
Poetisa exquisita y
espiritual, mujer bellísima y de una elegancia
refinada, todos los guerreros del Hoggar estaban enamorados
de Dassine, y más que ninguno, el aménokal.
«Dassine es luna -había cantado éste en
un poema de amor dedicado a ella-; su cuello es más
inquieto que el de un potro atado en un campo de cebada o
trigo de abril. Dios la ha hecho armoniosa y llena de
gracia. Como todos la admiran, así todos la aman.
Imposible a mujer alguna desposarse mientras Dassine es
libre. Ella es bella y graciosa. Sabe tocar el monocordio y
cantar con alegría...».
Pero Dassine, aunque
amiga afectuosa del aménokal, no correspondió
a su amor.
«Regalaré
a manos llenas los siervos y los ganados que suben por los
montes -cantó entonces Moussa- y todos los pastos que
hacen fecundas las cabras y las camellas, desde Gougueran
hasta aquí y hasta Bornou, de Arar a Afeston, para
que tú estés en mi corazón, Dassine,
como el sol entre las estrellas... Pero ella, ella no vuelve
la mirada a mi, ella no me presta
atención...».
Otros cien guerreros
cantaban, como el aménokal, su amor por Dassine. Y
Dassine, entre cien guerreros, eligió a Aflan. No por
esto Moussa le retiró su amistad. Al contrario, cada
vez que se ausentaba, mientras oficialmente se hacía
sustituir por éste o aquél de sus
lugartenientes, en la práctica confiaba el gobierno
del Hoggar en las manos de aquella mujer
excepcional.
«Ella es muy
inteligente y está al corriente de todo»,
había escrito Carlos. Dassine, en efecto,
conocía su amistad hacia Moussa y que éste lo
apreciaba hasta el punto de haberle hecho su consejero. Ella
lo aprobaba. La joven poetisa del Hoggar, devota de
Alá, fue una de las más preciosas
colaboradoras del hermano Carlos de Jesús en el
Sahara.
Llegó 1914
que trajo la gran guerra. Carlos se enteró un mes
más tarde de haber sido declarada. En seguida tuvo
repercusiones en el corazón de África. De
Argelia, le llegaron noticias de que los guerrilleros
marroquíes incrementaban sus ataques a lo largo de
toda la frontera; en Tripolitania se desencadenó un
caos; del oasis de Kufra, en Cirenaica, centro principal de
la gran confraternidad de los senusi3, la instigación
a la rebeldía fue serpenteando entre los tuareg hasta
llegar al Hoggar.
En su eremitorio,
Carlos de Foucauld se estaba consumiendo:
desnutrición, escorbuto, fiebre, respiración
penosa. «Señor, hágase tu voluntad y no
la mía» era siempre su oración, la misma
que su madre había pronunciado en el lecho de muerte
hacía tantos años en Estrasburgo; la que
él estaba viviendo desde el momento de su
conversión.
El alto mando
francés no se sentía tranquilo sabiendo que
estaba en Tamanrasset, solo en su eremitorio indefenso, que
en cualquier momento podía ser aplastado por una
oleada de odio senusi.
La orden que
llegó a Carlos fue de que se retirase a Fort
Motilinsky, a unos cincuenta kilómetros al
este.
La negativa fue
firme: no abandonaría jamás la altiplanice de
Tamanrasset, donde vivían sus haratinos y donde los
tuareg sabían que lo encontrarían
siempre.
Puesto que se le
mandaba refugiarse en un fortín, él
construiría uno allí en Tamanrasset, dentro
del cual también sus amigos haratinos y tuareg
encontrarían defensa en caso de peligro.
Con la ayuda de
aquellos, levantó un verdadero fuerte. Los franceses
lo proveyeron de armas, él llevó el altar, el
cáliz, el sagrario, la custodia, las vestiduras y sus
manuscritos. Dejó el eremitorio por la fortaleza;
decidió y seguir viviendo en ésta la vida de
Nazaret que había vivido en el eremitorio.
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Las sombras
de la noche -como ya hemos dicho- cayeron
frías aquella tarde del uno de diciembre de
1916 sobre las gargantas de los montes del Hoggar,
sobre los bastiones del fortín de
Tamanrasset. Después alguien llamó a
la puerta.
«¿Quién
es?».
«El
correo», contestó la voz bien conocida
del haratino El Madani.
Carlos
abrió la puerta. Diez, veinte, sesenta manos
salieron de la oscuridad, le agarraron brutalmente,
le arrojaron a tierra, de rodillas; luego le ataron
las manos a los tobillos, por la espalda, y
pusieron ligaduras en torno a todo su
cuerpo.
Eran una
treintena las sombras de los senusi que veía
junto al foso que rodeaba los muros; gente de la
tribu de Ajjer, en su mayoría, que
habían llegado a escondidas, a través
de las gargantas de los montes de Hoggar, en
completo silencio. Al cabo de algún tiempo
vio venir algunos otros, de la dirección en
que estaba la aldea haratina: habían ido a
buscar a Paul Embarek a su cabaña.
También Paul era prisionero; pero Carlos
notó que no tenía amarradas las
manos.
Durante media hora
-¿o fue una eternidad?- los contempló ir y venir
al fortín, sacando fuera cuanto podían robar,
armas y objetos sagrados, y destrozar todo aquello que no
podían transportar. Uno solo de los senusi no tomaba
parte en la razzia, permanecía inmóvil, a dos
pasos de Carlos: un muchacho que había crecido
demasiado deprisa.
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�ltima foto conocida del P. Foucauld
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«Tú
cuida de él, Sermi Ag Tohra», le habían
dicho. La boca del fusil le apuntaba constantemente, y
estaba como alucinado.
«Piensa que
morirás mártir, despojado de todo, tendido en
tierra..., irreconocible, cubierto de sangre... muerto con
violencia...» ¿Cuándo había escrito
Carlos estas palabras? Y también: «Vivir cada
instante como si debiese morir mártir esta noche...
Prepararse sin cesar para el martirio y para recibirlo sin
un gesto de defensa, como el Cordero
divino...».
De repente, uno
gritó alarma. En el instante de silencio que
siguió, llegó hasta los oídos de Carlos
un caminar de camellos. Eran los meharistas que, ignorantes
de cuanto sucedía, iban a recoger el
correo.
Los senusi temieron
quién sabe qué ataque. Lanzando alaridos,
dispararon a locas contra el peligro desconocido. Sermi Ag
Tohra, muchacho crecido demasiado pronto, perdió la
cabeza. Quizá Carlos hizo un movimiento y él
creyó que quería escapar. Quizá,
simplemente, el miedo le cegó; pero no tanto que le
quitase la puntería. Apretó el
gatillo.
Carlos de Foucauld,
hermanito de Jesús, se desplomó lentamente
dentro de las ligaduras. El proyectil le penetró por
el oído derecho y fue a salir por el ojo izquierdo;
luego se incrustó en la pared de ladrillos rojos, a
la izquierda de la puerta del fortín.
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