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Carlos
de
Foucauld
(�ndice)
LOS
HERMANITOS QUE CARLOS NO CONOCI�
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¿Y
después?
Asesinado
Carlos de Foucauld y muertos Bou Aicha y Boudjema
ben Brahim, los dos meharistas del servicio de
correos, los senusi pasaron la mayor parte de la
trágica noche del primero de diciembre de
1916 banqueteando con la carne del camello de Bou
Aicha. Después se retiraron a dormir en el
fortín.
Pero con
las primeras luces del alba del 2 de diciembre, el
centinela que habían apostado en los muros
descubrió a lo lejos una sombra que avanzaba
balanceándose entre los peñascales
desolados de Tamanrasset. ¡Un hombre a
camello! Dio la alarma y los senusi se colocaron
detrás de las troneras del fortín y,
fuera del fortín, en la fosa que rodeaba los
muros. Cuando la sombra estuvo a tiro, sonó
una voz: «¡Fuego!». El meharista
rodó entre las rocas.
Era Kouider
bam Lakhal, el correo de Fort Motilinsky, que
llegaba con la correspondencia para el padre
Foucauld.
El sol del
Sahara iluminaba la meseta de Tamanrasset cuando
los senusi abandonaron el campo y, sobre sus
camellos, cargados de razzia, ganaron las gargantas
de los montes de Hoggar, dirigiéndose hacia
Tripolitania.
Poco después,
Paul Embarek, que había conseguido escapar aquella
noche, afortunadamente, del exterminio, y algunos heratinos
de la aldea de Tamanrasset, llegaron ante el fortín.
Fue un espectáculo terrible el que se ofreció
a sus ojos.
Llorando, recogieron
el cuerpo de Carlos de Foucauld y, tal como estaba, rodeado
de ligaduras, la espalda doblada hacia atrás, las
rodillas plegadas, las muñecas atadas a los tobillos,
lo colocaron en el fondo del foso, bajo los muros del
fortín. A su lado pusieron los cuerpos de los tres
meharistas, Bou Aicha, Boudjema bam Brahim y Kouider bem
Lakhal, y los sepultaron bajo un montón de
piedras.
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Después Paul
Embarek, acompañado de un haratino, corrió a
Fort Motilinsky, cincuenta kilómetros de desierto, y
llegó antes de la noche. Informó de la
tragedia al capitán de la Roche.
La corneta
tocó «a formar» y, al frente de un grupo de
sus hombres, el capitán se lanzó en
persecución de la banda de senusi. Durante dos meses
batió toda retama, todo hueco de aquel laberinto de
gargantas sombrías que hienden los montes de Hoggar.
Al fin, el 17 de diciembre, los alcanzó. Entonces
gritó la orden que, desde hacia quince días,
le quemaba en la garganta:
«¡Fuego a
discreción!» Varios senusi cayeron; pero el
grueso del grupo consiguió rehuir el combate y
escapar.
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El 21 de
diciembre, el capitán de la Roche regresaba
a Tamanrasset. Mandó poner firmes a sus
hombres ante el foso y luego dijo:
«¡Presenten armas!» Colocó
una cruz entre las piedras que cubrían las
cuatro víctimas. Seguidamente entró
en el fortín.
Le
pareció devastado por un tornado: el
crucifijo de madera pisoteado en la arena del
patio, libros desgarrados, manuscritos rotos,
sucios y dispersos por doquier, las tablas del
viacrucis, que el padre de Foucauld en persona
había pintado a pluma, arrojadas entre los
escombros y tabiques rotos, jirones de telas, y
puertas arrancadas de sus quicios...
Salió
afuera, con los ojos fijos en el suelo y un nudo
que le destrozaba la garganta. En un montón
de arena, entre las piedras, grises, vio brillar
una cosa, semejante a un espejillo. Se
inclinó para recogerla: era el
pequeño viril de Carlos de Foucauld y
todavía contenía la hostia
consagrada.
Las manos del
capitán de la Roche temblaron. Limpió el viril
de la arena que tenía pegada, lo envolvió en
un pañuelo de lino, lo puso en un bolsillo de su
chaqueta, sobre el pecho, y lo llevó consigo a Fort
Motilinsky. |
Pero en Fort
Motilinsky comenzaron las preocupaciones para el
capitán de la Roche. Recordaba una
conversación que había tenido con Carlos de
Foucauld. Este le había dicho: «Si me sucediera
algo, os ruego que llevéis el viril con el
Santísimo a Ghardaia y lo entreguéis a los
Padres Blancos». Pero la situación cada vez era
más amenazadora en el Hoggar, a causa de las
infiltraciones senusis, y el capitán no podía
dejar el territorio que le había sido confiado para
subir tan al norte. Tampoco quería confiar la hostia
consagrada a las manos de nadie.
¿Qué
hacer entonces? ¿Darse de comulgar a sí mismo?
Alguna vez había oído hablar de una
solución de esta clase. Pero él no se
decidía a hacerlo.
Por fin se
acordó del suboficial, un excelente muchacho, el
más bravo de los suboficiales a su órdenes.
Salieron del fuerte, en la majestad del desierto, bajo la
bóveda brillante del cielo, de cara al
Altísimo. El capitán de la Roche se puso los
guantes blancos, saco de su bolsillo el viril, quitó
el pañuelo de lino y lo abrió. De rodillas
delante de él, el suboficial sacó la Hostia y
comulgó.
Cuando, algunos
días más tarde, la noticia de los asesinos de
Tamanrasset -viajando con las caravanas de tuareg por los
desiertos de piedra del Hoggar- llegó a la tienda del
aménokal Moussa, éste estalló en un
llanto desesperado y salvaje. Después, se
acurrucó sobre una estera y escribió a Maria
de Blic una carta en la que, entre los propósitos
más crudos de venganza despiadada -los cuales el
amigo muerto le hubiera reprochado con dulzura-,
expresó, en nombre de todo su pueblo, el verdadero y
profundo significado del sacrificio de Carlos de
Foucauld.
«¡Alabado
sea el Dios único! -escribió-. A la
señoría de nuestra amiga María, hermana
de Carlos, nuestro marabuto, a quien los traidores y
desalmados, las gentes de Ajjer, han asesinado... Desde el
momento en que he tenido noticia de la muerte de nuestro
amigo, vuestro hermano Carlos, mis ojos se han cerrado, todo
es oscuridad para mí. He derramado muchas
lágrimas y estoy en un gran dolor. Su muerte me ha
destrozado. Me encuentro lejos del lugar donde los traidores
y desalmados lo han matado, pues ellos le han matado en el
territorio de los Ahaggar y yo estoy ahora en el Adrar; pero
plazca a Dios que podamos alcanzar y castigar a quienes han
matado al marabuto, hasta hacer que nuestra venganza
esté completa. Saludad en mi nombre a vuestras hijas,
a vuestro esposo y a todos vuestros amigos, y decidles:
Carlos, el marabuto, no ha muerto sólo por vosotros,
ha muerto por todos nosotros. Que Dios le dé su
misericordia y que nosotros podamos encontrarla en el
Paraíso».
«El ha muerto
por todos nosotros». El Hoggar pregonaba, con esta
afirmación de su aménokal, el valor sublime
del martirio de Carlos de Foucauld.
¿Y
después?
Pasaron otros diez
años.
En 1927 se
abría el proceso informativo para la
beatificación de Carlos de Foucauld y su
cadáver era trasladado a una tumba en el Golea. Pero
hasta aquel momento ninguna huella en el Sahara testimoniaba
que alguien hubiera pasado por allí para recoger el
tesoro del ideal de Nazaret...
¿Y más
adelante?
Pasaron otros seis
años. Y finalmente, en 1933, René Voillaume
daba vida al primer grupo de Hermanitos de Jesús,
reconociendo como fundador y padre a Carlos de Foucauld, de
quien se declaraba sucesor.
En 1939
nacían también las Hermanitas de Jesús.
Ya en 1933 había surgido una congregación
femenina de Hermanitas del Sagrado Corazón; pero
ésta, aunque haciendo suyo el ideal de Carlos de
Foucauld, daba mayor importancia en su regla a la
contemplación.
De la sangre vertida
sobre el suelo de Tamanrasset, convertida en semilla,
habían nacido en el transcurso de poco más de
veinte años, tres plantitas. Aquí vamos a
hablar de las dos que se han desarrollado con mayor
fidelidad al ideal de Nazaret, tal como Carlos lo
concebía, lo describió en varios proyectos de
regla, y, sobre todo, los vivió.
Al principio eran
muy pocos. Pero hoy sus Fraternidades están
esparcidas por los cinco continentes. Los Hermanitos de
Jesús son más de cuatrocientos, las Hermanitas
de Jesús superan las ochocientas. Y sus noviciados no
conocen crisis de vocaciones.
Viven en grupos de
tres, cuatro, cinco, en sus pequeñas Fraternidades,
proletarios entre los proletarios de las grandes
metrópolis, nómadas entre los nómadas
de los grandes desiertos, en las mismas casas, en las mismas
tiendas, haciendo los mismos trabajos manuales.
«Me cayeron en
las manos, hace algún tiempo -se lee de un reportaje
publicado en el Ruhr-Bild-, dos fotografías, que a
primera vista me parecieron completamente contradictorias.
En la primera se veía el pequeño eremitorio de
piedra, construido por Carlos de Foucauld en 1910, en el
más absoluto aislamiento del mundo, sobre la cima
desnuda del Asekrem, entre los picos torvos del Hoggar, en
el profundo sur del Sahara. En la otra, veía el
alojamiento de la Fraternidad de Roubaix, situado en un
miserable callejón sin salida, al cual se llega a
través del patio interior de un conglomerado de
viviendas, habitadas por mineros y sus familiares. Las
bicicletas de tres Hermanitos, negras por el carbón,
están apoyadas en la pared. Dentro, evidentemente,
apenas hay espacio para moverse...
¿Contradicción? De ninguna manera. Trabajando en
los pozos de las minas de Roubaix y viviendo, después
de la jornada, en aquel hormiguero humano, los Hermanitos de
Jesús permanecen -en los años sesenta-
completamente fieles a la vida que llevó el hermano
Carlos durante los dos primeros decenios del siglo en el
desierto del Sahara. Ellos dan el mismo
testimonio».
Nada, absolutamente
nada poseen los Hermanitos, ni siquiera sus
pobrísimos alojamientos, que son todos alquilados y
que pueden ser, según el lugar del mundo donde se
encuentren, una barraca cualquiera en cualquier bidonvile, o
una cabaña de bambú, una cueva, un carromato
de gitanos, una tienda de nómadas o un par de
habitaciones en cualquier barrio popular, en la periferia de
cualquier ciudad. Y tanto barraca, como choza, carromato,
cueva, tienda o apartamento, todo alojamiento de una
Fraternidad muestra, a quien entre, una pobreza igual: una
mesa, algunos bancos, un par de sillas, unos libros, camas
sencillísimas... Siempre se nota la misma paz, el
mismo orden de vida. En todas ellas se advierte
también, inmediatamente, casi en el aire que se
respira, que aquella pobreza es amada por sí misma,
como prenda y señal de desapego espiritual del
mundo.
«El trabajo
manual... -escribió Carlos de Foucauld cuando era
todavía el hermano María Alberico, en la Trapa
de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, de
Siria- este trabajo más pesado de cuanto nos
imaginamos... ¡te da tal compasión por los
pobres, tal caridad hacia los obreros, tal amor por los
trabajadores! Se sabe el valor de un pedazo de pan cuando se
experimenta cuánta fatiga cuesta producirlo. ¡Se
aprende a tener tanta piedad por quien trabaja cuando se
comparten las mismas fatigas!...».
Los Hermanitos de
Jesús se ganan el pan, día a día,
literalmente con el sudor de su frente. Sólo durante
el período de noviciado, y en el transcurso de los
estudios posteriores, aceptan, obligados por la fuerza de
las cosas, alguna subvención, alguna ayuda. Pero una
vez terminados los estudios y pronunciados los votos
perpetuos, pertenecen por entero a la clase obrera, con todo
lo que esto entraña.
Hacen los mismos
turnos de trabajo que los demás trabajadores, de
día o de noche, reciben los mismos escasos salarios,
toman parte en las huelgas justas, corren el peligro de
accidentes en los puestos difíciles, contraen las
mismas enfermedades laborales, porque, a todo esto, han
dicho sí desde el principio.
Algunas
fábricas, al saber que son religiosos -y ellos no
hacen nada por ocultarlo-, quieren concederles privilegios,
hacerles gozar de algunas ventajas. Pero los Hermanitos
rehúsan todo privilegio, rechazan todas las ventajas
que podrían alejarlos un sólo ápice de
su ideal, que es el mismo de Carlos de Foucauld: el
último puesto. Han prometido buscar siempre el
último puesto, y lo buscan tanto en los lugares donde
trabajan como al elegir la casa donde vivir, porque ya en la
primera regla, redactada por Carlos en 1896, se establece
que vivan «allí donde están los
más pobres», «se consagren, sobre todo, a
aquellos que son los más desheredados y los
más abandonados».
Los Hermanitos se
consagran a los más desheredados y a los más
desamparados de un modo completamente particular. Fiel al
espíritu de Carlos de Foucauld y al ideal de vivir la
vida de Jesús en el ocultamiento de los primeros
treinta años, una nota del prior René
Voillaume confirmaba en 1938 la prohibición absoluta
de cualquier acción de apostolado: ellos no pueden
aceptar ningún servicio para la parroquia, en
ningún caso su capilla se puede convertir en iglesia
parroquial; tampoco, durante las horas que están
libres de trabajo, y se retiran a la clausura de sus
Fraternidades, no deben bajo ningún concepto
dedicarse a obras que tengan como objeto la
conversión o la educación religiosa, ni al
cuidado de huérfanos, enseñanza en las
escuelas o cualquier otra actividad que esté en
contraposición con su vida oculta de silencio y de
plegaria.
Lo mismo con la
gente que vive junto a la Fraternidad, como con los
compañeros en las fábricas donde trabajan, los
Hermanitos tienen las relaciones normales de vecindad y
amistad, sin jamás intentar de ninguna manera, ni con
ningún medio, obtener conversiones o
bautismos.
El Hermanito debe
ser simplemente «todo para todos» -escribo
«simplemente», pero el adverbio en este caso da
vértigos- y, por ello, la puerta de su Fraternidad
está siempre abierta para cualquiera que llegue, a
cualquier hora del día y de la noche, como estuvo
siempre abierta a todos la «Kahoua del Sagrado
Corazón» en Beni Abbés, el eremitorio de
Tamanrasset y la cabaña de piedra sobre la cima del
Asekrem.
En toda fraternidad,
tanto en Bélgica como en el Líbano, tanto en
España como en el Congo, los Hermanitos de todas las
razas y de todas las nacionalidades dan testimonio del
carácter supranacional del amor cristiano acogiendo a
cualquiera que llame a su puerta, sea para pedir consejo,
pan o un poco de amistad. Esta voluntad de identificarse en
todo y por todo con los más pobres es la que les hace
hablar el lenguaje de la gente que les rodea, alimentarse
con la comida propia del lugar, celebrar la misa, aquellos
de los Hermanitos que son sacerdotes, según el rito
usado en el país, vestir el traje corriente de
trabajo excepto durante el servicio divino, para el cual
llevan una sencillísima túnica gris. En tierra
musulmana, por ejemplo, hablan el árabe, celebran
según el rito melquita y usan bournous. Y así
en ningún lugar de la tierra se comportan como
extranjeros y, actualmente, no son misioneros, ni sacerdotes
obreros. Son religiosos vestidos de laicos, que viven la
pobreza de la era moderna, como los monjes de la
antigüedad vivieron la pobreza de su
época.
Lo que
principalmente hay de nuevo en los Hermanitos de
Jesús, y nunca experimentado por la Iglesia hasta
ahora como método de evangelización, es
«ese carácter de total desinterés»
-como escribe Robert Barrat- que tiene su presencia entre
los pobres. Ellos quieren ser simplemente siervos
inútiles, instrumentos en las manos de Dios. Si el
Señor lo quiere, algún alma será tocada
por su testimonio de vida evangélica. Alguien
acudirá a ellos y, antes de pedir consejo, pan o
amistad, les hará preguntas sobre los motivos de su
fe y de su esperanza. Los Hermanitos responderán y
será lo que Dios quiera. Pero sin provocar
jamás estos encuentros, sin suscitar jamás
tales preguntas, sin ejercer jamás ninguna
presión en las respuestas, porque los Hermanitos
quieren ser nada más que testigos mudos,
frecuentemente incomprendidos, del amor de Dios entre los
hombres.
Los resultados son
paradójicos. Cuanto más quieren permanecer
ocultos los Hermanitos, más acude la gente a sus
Fraternidades. En las fábricas, donde trabajan, los
sencillos obreros comentan: «Por fin hay frailes que
viven como nosotros y como Cristo debió
vivir».
Pero no siempre y en
todas partes sucede lo mismo. A veces, sobre todo en las
grandes ciudades, siempre que cierta prensa sensacionalista
no haga a costa de ellos un reportaje, y entonces es peor,
su mudo testimonio pasa inadvertido, parece desvanecerse en
el vacío religioso que los rodea.
Entonces, hasta en
el mismo sitio donde viven, se sabe poco o nada de los
Hermanitos, nadie se fija en ellos, y en los lugares en que
trabajan, todo lo más, surge un diálogo de
esta clase: «Qué es eso? ¿Una insignia?, y
el obrero indica el pequeño corazón rojo con
la cruz encima, que el Hermanito lleva en el revés de
la chaqueta.
-«Sí, es
la insignia de una orden
católica...».
-«No
está mal. ¿La has pintado
tú?».
Nada más. El
resto es una indiferencia absoluta. Ninguna hostilidad, nada
de ironías burlonas. Un respeto distancialmente, en
suma.
Por la tarde,
cansados por el trabajo, los Hermanitos regresan a las
Fraternidades, que son sus células vitales.
Principalmente porque en toda Fraternidad hay una
pequeña estancia dedicada a capilla donde, cada
mañana o cada tarde, celebran la misa, todos los
días, también cuando la fatiga los atormenta y
se arrodillan delante del Santísimo para las horas de
oración cotidianas que la regla prescribe.
No es en modo alguno
fácil mantener una vida de oración en las
duras condiciones impuestas por el trabajo manual y en el
ingrato ambiente del miserable alojamiento, colocado siempre
en los lugares donde habitan los más pobres. Es una
ascética tremenda que, día tras día,
comienza con las primeras luces del amanecer, cuando hay que
levantarse para decir la misa con tiempo suficiente para
luego estar puntuales en el puesto de trabajo; que
continúa durante toda la jornada, pues cada Hermanito
se ha de entregar con la caridad más pura y
disponible a los compañeros de trabajo, a los vecinos
de su alojamiento y a los huéspedes que pueden llegar
de cualquier parte. Al mismo tiempo, desde el alba hasta la
noche, y así a lo largo de toda la vida, deben
mantener el alma preparada para la
oración.
Es natural que una
vida semejante, llevada según el espíritu de
Carlos de Foucauld, requiera una larga y profunda
formación, sobre todo para hacer a los novicios
capaces de identificarse con cualquier aspecto de la pobreza
en el mundo.
Las vocaciones son
abundantes: labradores, obreros, algunos sacerdotes, pero la
mayoría son intelectuales; lo cual tiene su aspecto
positivo pero también su parte negativa: «porque
tenemos que aprender a trabajar», me decía un
Hermanito. Y no resultando ni simple ni fácil
aprender a trabajar con los brazos para quien jamás
lo haya hecho, les parece perder un tiempo precioso en aquel
aprendizaje, al compararse con los trabajadores ya
acostumbrados.
De todas formas,
sean de la clase que sean -labradores, obreros o
intelectuales- todos realizan los mismos estudios y el hecho
de que alguno llegue a ser sacerdote y otros no, es algo
absolutamente personal dentro del cuadro de la
vocación común de trabajar todos por igual.
«Un Hermanito -dicen las Constituciones- puede o no
tener una vocación sacerdotal y en ambos casos el
realizará el ideal mismo de Hermanito de
Jesús».
Después de
dos años de prueba, que se deben pasar en una
Fraternidad de trabajo, para conocer en seguida y por un
tiempo prolongado de qué pan y de qué sudor
estará formada la vida a que se aspira, se va al
noviciado, en Francia, en España, en América
Latina o en Italia, en Espello, un pueblo agrícola
junto a Asís, de gente pobre, donde los Hermanitos
han arrendado un viejo convento franciscano, abandonado
hacia muchísimos años, al lado del cementerio.
Aquí han abierto la mayor Fraternidad de Italia, una
Fraternidad campesina, en aquel ambiente de pequeños
campesinos, que sirve como lugar de referencia para cuantos
quieren conocer la espiritualidad de Carlos de
Foucauld.
Concluido el
noviciado y pronunciados los primeros votos temporales, que
serán repetidos varias veces durante años
sucesivos, antes de llegar a los votos perpetuos, el novicio
es enviado de nuevo a una Fraternidad para una segunda
prueba. Si la supera, puede comenzar los estudios, que duran
de tres a seis años y se cursan en St. Maximin, cerca
de Tolosa. Allí recibe una amplia formación
teológica, filosófica y cultural, aprende
mística hindú, teología musulmana,
ideología marxista y la doctrina de los hermanos
separados grecoortodoxos. Estas que hemos citado no son sino
algunas de las numerosas materias de estudio. Terminados
dichos cursos, el joven pasa un período, más
bien largo, en el desierto, para concentrarse mejor en el
pensamiento de la inmensidad de Dios y la pequeñez de
sí mismo. Después de este último
detalle de su formación, es enviado a cualquier parte
del mundo, para dar comienzo a su silencioso operar por
medio únicamente de su presencia, de su vida de
trabajo y oración.
Cada año
nacen Fraternidades de hermanitos en diferentes
países de la tierra. Son mineros en Bélgica,
marineros en Bretaña, obreros en los astilleros de
Hamburgo, pastores nómadas en el desierto, presos
voluntarios en algunas cárceles. En Italia, los
Hermanitos de Jesús trabajan en las minas Sardas de
Bindua, en el Iglesiente, además de estar presentes
en Roma con una Fraternidad que podríamos llamar Casa
Central. Aquí en Bindua, entre otros, se ha
verificado un hecho interesante, que es signo de una nueva
situación madurada en 1965.
Los Hermanitos,
sudando entre los mineros de aquella zona alejada de la
Iglesia, tanto en el sentido material, por la cantidad de
kilómetros, como en el sentido espiritual, por la
descristianización, han construido una estrecha
amistad con sus compañeros de fatigas, quienes, a su
vez, se han interesado cada vez más por sus vidas y
han manifestado siempre el deseo creciente de oírles
hablar de Dios.
¿Cómo
negárselo?
Una cosa es vivir el
«ocultamiento» en cualquier ambiente del Islam
-por poner un ejemplo-, donde el Hermanito trabaja y ora en
el espíritu de su vocación específica
y, aunque lo quisiera, no podría hacer nada, o casi
nada, más que dar su testimonio para convertir a
alguien al Evangelio; y otra, muy distinta, es vivir entre
cristianos abandonados a sí mismos, o incluso
descristianizados, los cuales, convencidos por el buen
ejemplo, solicitan al menos una palabra de salvación
espiritual y la imploran en nombre de aquella
relación de amistad que se ha creado. De esta forma,
en Bmdua, precisamente por amistad, los Hermanitos no han
podido negar aquella ayuda espiritual a sus
compañeros de trabajo, y han aceptado empezar un
cierto apostolado, pero no organizado, en absoluto, ni
estructurado...
Hoy en Bindua,
enseñan el catecismo, administran los Sacramentos y
rigen un orfanato que acoge a sesenta
niños.
Esto es lo que ha
sucedido en el Iglesiente. Y ha sucedido porque, si los
Hermanitos hubieran eludido aquellas peticiones y no
hubieran seguido adelante, aceptando el encargo del
ministerio sacerdotal, nadie habría podido
sustituirles.
Por lo demás,
esto está previsto, como excepción, en las
mismas Constituciones de la Congregación, allí
donde dicen que la imitación de la vida (de trabajo,
de oración y de «ocultamiento») de
Jesús de Nazaret, «que es para los Hermanitos la
mejor manera de realizar la perfección de la caridad
apostólica, que les podrá conducir a anunciar
el Evangelio con la palabra y, si son sacerdotes, a
administrar los Sacramentos, tanto por la obligación
de testimoniar su propia fe, como porque algunos de entre
los que vivan comiencen a abrirse al Evangelio y a la vida
cristiana y no puedan, de hecho, recibir esta gracia si no
es a través de la Fraternidad».
En cambio en
Éfeso, por contar otro ejemplo, la cosa es
distinta.
Allí
había una Fraternidad, junto a las ruinas de la Casa
de la Virgen, que eran lugares de peregrinación, y
los peregrinos encontraban cómo refugiarse en aquella
Fraternidad. Pero la Fraternidad de los Hermanitos se
desviaba del fin para el que había nacido, que era el
mismo fin (de trabajo, oración y testimonio) de todas
las demás Fraternidades, que no es el de hospedar,
guiar o asistir a los peregrinos, a lo cual se podían
dedicar otras personas. Y de hecho, los Hermanitos se fueron
de Éfeso, cediendo aquel lugar a los monfortianos. De
esta forma se han tenido que ir de otros lugares en los
cuales, habiendo creado ya en torno a la Fraternidad un
germen de comunidad cristiana, han podido indicar al obispo
que allí podría establecerse una
parroquia.
Volviendo al
episodio, entre otros, de Bindua, en Cerdeña, donde
los Hermanitos, para no destruir la relación de
amistad ganada entre aquellos mineros, han tenido que
aceptar el encargo de aquella comunidad cristiana
revitalizada, sin dejar de trabajar ni de rezar según
la regla; este resulta ser un hecho revelador de aquel otro
más general que se ha manifestado diferenciado en
1965, como ya hemos indicado, en las tareas de la familia de
los Hermanitos.
Quede bien claro que
esta familia permanece unida, y ellos quieren que así
sea; compuesta por los mismos hijos unidos, guiada por los
mismos superiores, que son, mientras se alcance la madurez,
los intérpretes, tanto de una como de otra
«alma», de Carlos de Foucauld: bien la de Carlos
de Foucauld «monje y eremita» del primer episodio,
bien la de Carlos de Foucauld «también
misionero» del segundo periodo.
Se trata, de hecho,
de una diferenciación de tarea, que deriva de una
disponibilidad de los Hermanitos, diversa en el servicio;
disponibilidad que -más allá de haberse
manifestado en el examen de las necesidades impuestas por
las diversas situaciones locales en el terreno concreto de
los hechos- se desprende también, al menos a
mí me lo parece, de una diferencia de
formación y de temperamento.
Quiero significar
que esta duplicidad de tareas -indicada también en la
doble denominación de «Hermanitos de
Jesús» (mantenida por aquellos que persiguen
exclusivamente el testimonio silencioso de oración y
trabajo en los lugares más pobres y abandonados,
donde otros no acuden) y la de «Hermanitos del
Evangelio» (adoptada por aquellos que desarrollan
también una acción de apostolado en las
comunidades cristianas suscitadas por ellos y donde otros no
podían sustituirles)- tiene también que ver,
según mi parecer, con el aumento de las vocaciones,
que ha llevado a la Congregación a ser, por encima de
«francesa», verdaderamente internacional, y en
particular a la afluencia de nuevos Hermanitos italianos y
de América Latina, cuyo carácter, como es
sabido, es más extrovertidos que el de los
demás, y conduce a la comunicación.
En un último
análisis, sin embargo, me parece que el nacimiento de
los Hermanitos del Evangelio junto a los Hermanitos de
Jesús, en la misma familia originada por la
espiritualidad del padre de Foucauld, indica que todos los
Hermanitos están obligados por la Providencia a
recoger frutos allí donde el deber les ha forzado a
sembrar.
El mensaje de Carlos
de Foucauld, así como todos los mensajes de los
grandes santos que han interpretado y caracterizado una
época -podemos pensar, por ejemplo, en el de
Francisco de Asís- es un mensaje universal, que
realiza una llamada, de modo particular y
extraordinariamente potente, a los hombres y mujeres de hoy,
con independencia de que estén consagrados o
no.
Por todo esto, en la
estela de Carlos de Foucauld -además de en la de los
Hermanitos, de los cuales he dicho que pueden ser religiosos
sacerdotes y religiosos laicos, sin que esta
distinción comporte una doble categoría en el
ser religioso, o en la estela de las Hermanitas del Sagrado
Corazón, que como ya he apuntado, viven en
África una vida de contemplación- han surgido
otras agrupaciones espirituales, independientemente de estas
tres Congregaciones principales, con votos, promesas, reglas
y superiores distintos, lo cual no quiere decir que no
estén invadidos de un gran deseo de unidad con los
Hermanitos y las Hermanitas.
Quiero referirme,
entre otros, sobre todo a aquellos institutos seculares de
sacerdotes, de chicos y chicas, se denominan respectivamente
Unión Sacerdotal Jesús Charitas (que cuenta
con 800 sacerdotes diocesanos, y algunos obispos y
cardenales) y a los Institutos Jesús Charitas
masculino y femenino, cuyos miembros, consagrados, viven en
el mundo según el ideal contemplativo del
espíritu de Nazaret, sin ninguna finalidad particular
de acción externa.
Y me referiré
también a la Fraternidad secular de Carlos de
Foucauld, aquella gran asociación abierta tanto a
sacerdotes como a laicos, tanto a casados como a solteros
-en el deseo común de ayudarse fraternalmente para
mejor amar a Dios, adorarlo en la Eucaristía y para
mejor amar a los hombres sin excepción alguna- que se
remonta a la primera fundación que el padre de
Foucauld, como recordareis, realizó en
Francia.
Hay entre los
bosques de eucaliptos en «le Tre fontane», en
Roma, algunas barracas de madera y mampostería.
Aquí las Hermanitas tienen uno de sus noviciados
internacionales.
-«¿Cuántas
sois en todo el mundo?».
-«Cerca de 950,
con exactitud 768 profesas y 150 entre novicias y
postulantes» me responde una Hermanita de Jesús
y me explica que provienen de 50 nacionalidades distintas y
que están distribuidas en cerca de 200 Fraternidades
esparcidas por todos los continentes.
-«¿Todos,
todos...?»
-«Sí. En
África estamos en Argelia, en Egipto, en el Hoggar,
en Libia, en Marruecos, en Nigeria, en Sabara, en
Camerún, en el Congo, en Etiopía, en Kenia, en
Mozambique, en Ruanda, en la República de
Sudáfrica, en Somalia y en Uganda. En América
tenemos Fraternidades desde Alaska hasta el Perú, en
Canadá, Estados Unidos, la Martinica, Méjico,
Argentina, Brasil, Chile y Colombia. En Asia estamos en
Afganistán, en Bután, en Jordania, en India,
en Irak, en Irán, en Israel, en Líbano, en
Pakistán, en Siria, en Turquía, en China, en
Corea, en Japón y en Vietnam. En Oceanía
trabajamos en Australia y en el Territorio de Papua; y en
Europa estamos presentes, además de en Italia y por
supuesto en Francia, en Austria, Bélgica, Dinamarca,
Alemania, Gran Bretaña, Holanda, Suiza, Portugal,
España, Finlandia, Noruega y en
Grecia».
Le pido que me diga
algo, aunque sabía todo lo que le costaba, de la
finalidad de las Fraternidades de las Hermanitas de
Jesús.
-«¿La
finalidad? Consiste esencialmente en la imitación de
Jesús, niño en Belén y obrero en
Nazaret. Por tanto, tratamos de llevar una vida
contemplativa en el mundo, sin actividades de apostolado
organizado, compartiendo con los trabajadores no solamente
la pobreza obrera, sino también su propia
condición social. Por lo cual, preferentemente,
establecemos nuestras Fraternidades en los ambientes obreros
más míseros, para ser allí una
presencia de oración y de amistad. Y elegimos los
países más abandonados y más
retrasados, las poblaciones descristianizadas o que
todavía esperan el anuncio del Evangelio, el bajo
proletariado de las ciudades y de los campos, las
minorías ignoradas, despreciadas y oprimidas, los
nómadas y los gitanos».
-«¿Y
tienen bastante con vivir en amistad profunda con estos
últimos, "los preferidos de
Jesús"?».
-«No, no nos
contentamos con esto: nos esforzamos por acercarlos a
quienes los ignoran, los desprecian y los oprimen, para que
se realice entre todos los hombres la unidad del Amor de
Jesús a través del amor fraterno y universal,
en reciproco respeto, por encima de toda división de
clase, de nación y de raza».
Trato de saber si
también entre las Hermanitas de Jesús se ha
manifestado alguna diferencia de tareas, aún
perteneciendo a la única familia.
La respuesta fue
ésta: «las Fraternidades pueden asumir formas
diversas de modo que puedan realizar en particular un
aspecto de la vocación de las Hermanitas, sin que por
ello se excluyan los demás. Y por esto existen
Fraternidades de adoración, consagradas en particular
a la oración; Fraternidades obreras y rurales, que
desarrollan el trabajo manual en las fábricas y en el
campo; Fraternidades de ayuda, especialmente en las zonas
subdesarrolladas, con una misión caritativa
más específica, y Fraternidades artesanas, con
trabajos manuales textiles, cerámicas etc..., dentro
de la Fraternidad misma. Otras Fraternidades, además
de las necesarias para la formación de las
Hermanitas, están integradas en ambientes aún
más específicos: los enfermos, los
presos...»
-«Y los gitanos
-añado yo-... Como vimos con ocasión de la
peregrinación de gitanos a Roma para el encuentro con
el Papa Pablo VI. Verdaderamente me conmovió aquel
grupo de Hermanitas que comparten con los gitanos su misma
vida ambulante y los mismos carromatos.
-«Aquí,
en Tre Fontane, además del noviciado internacional
tiene su sede, si no me equivoco, también la
Fraternidad General; ¿es cierto?».
-«Exacto. Y en
Roma, además de esta Fraternidad General compuesta
por Hermanitas cuyo número es variable, existe
también una Fraternidad obrera.
-«¿Este de
Roma es el único noviciado
internacional?».
-«¡Oh, no!
Además de éste, en Italia, está el de
Jerusalén en Jordania, el de El Abiodh Sidi Cheikh en
el Sahara, y el de Aix-en-Provence en Francia. Estos cuatro,
diríamos, son los noviciados más
específicamente internacionales; pero también
los demás: el de Altatting en Alemania, Banneux en
Bélgica, Rocas Novas en Brasil, Lourdes en Francia,
Tokyo en Japón, Jerusalén en Jordania, Kiriko
en Kenia, Washington en Estados Unidos y Dalat en Vietnam,
también éstos, decíamos, aparte del
hecho de que no siempre funcionan al mismo tiempo, son
internacionales, aunque acogen una mayoría de
novicias de las naciones en las cuales se encuentra el
noviciado; y allí se habla la lengua del lugar. Este
carácter de internacionalidad de nuestros noviciados
les sirve para realizar también en sí mismos
la manifestación del amor fraterno y
universal».
Quien deja Roma por
la vía Prenestina, allí donde los feos
barrios-colmena desembocan en la extrema periferia, ve la
prolongación de la gran arteria subir por una colina
cubierta de matorrales sucios y casas miserables. Varias
calles, de nombres grotescamente pomposos y con el asfalto
deprimentemente roto, cruzan este barrio miserable que se
llama Borgata Prenestina. Se pasa ante casas de un rojo
sucio, descaradamente llamadas «casa populares».
Son habitaciones levantadas al estilo de los
«bloques» de los campos de concentración.
Tienen sólo la planta baja y el tejado con una
inclinación tan grande que, por lá parte de
atrás, casi toca el suelo. Aquí y allí,
una tienda de «pan y pasta», un establecimiento
anticuado y, sobre una puerta carcomida, el letrero de
oficina para el pago de alquileres. Más allá,
las calles pierden las últimas costras de asfalto,
olvidan todo trazado que obedezca a un plan establecido y no
tienen ni siquiera nombre.
Aquello es un
desastre completo. Casuchas, cada una con unos pocos metros
cuadrados fangosos de patio, cerrado éste con red
metálica de gallinero. Chabolas, casi todas
construidas en el transcurso de una sola noche para que los
funcionarios del Ayuntamiento no pudieran sorprenderlas sin
techo y ordenar su demolición.
Callejas de tierra
cretosa, corroídas por la lluvia, llenas de
inmundicias, piedras y hierbas; tendederos con ropa puesta a
secar al sol, que muestra sus agujeros y remiendos.
Esqueletos de motocicletas, sin ruedas ni accesorios,
abandonados en el fondo de hondonadas. Niños y
gallinas a cada paso, perros vagabundos, mujeres de mirada
angustiada, hombres de rostro cansado. En las paredes,
pasquines del partido comunista italiano.
Por una de estas
callejas, que se abre entre un montón de casuchas, no
más ancha de dos metros y medio, se llega a una
vivienda roja, también con sus pocos metros cuadrados
de patio rodeado de tela metálica de gallinero,
también con su colada secándose al sol,
también con sus ventanas no más grandes que el
ventanillo de una oficina postal, pegada a otra casucha
igual, donde vive un obrero con su familia. Sobre el
arquitrabe torcido de la puerta, de dos hojas, hay clavada
una madera, en la que escrito a tinta se lee: Fraternidad de
Jesús.
Aquí viven
las Hermanitas, en Roma, caput mundi. Dos estancias
pequeñas encaladas, los pocos muebles esenciales y de
muy mala calidad; dos fotografías de Carlos de
Foucauld; un mapa de los continentes colgado de la pared; un
Niño Jesús de terracota sin pintar, para
recordar que en todo momento se debe vivir la vida de
Nazaret: «No olvides que eres
pequeño».
Al otro lado de una
puerta, la capilla. Es una pobre estancia como las
anteriores, dos metros y medio por tres, o poco más.
Pero se respira un aire de paraíso. En la pared, de
cara a quien entra, un altar de madera cubierto con un
sencillo lienzo blanco y sobre el altar el Santísimo
expuesto en la más desnuda custodia que hemos visto
jamás, colocada sobre un sagrario de cobre, de aquel
buen cobre antiguo, familiar, de las ollas colgadas en las
cocinas de nuestras abuelas... Unas luces alimentadas con
aceite y dos velas encendidas. Más en alto, una cruz
de madera, con la figura del crucificado diseñada en
el inconfundible estilo de los bocetos de Carlos de
Foucauld.
En las dos esquinas,
a ambos lados del altar, sendas mesitas de madera. Sobre la
de la izquierda, la sagrada Escritura en una edición
barata; en aquella de la derecha, una Virgen con el
Niño Jesús de terracota. Colgadas de las
paredes, tantas tablitas cuantas son las estaciones del
Viacrucis, y cada estación está
señalada sólo con un número romano,
escrito con tinta probablemente, y sobre todas ellas hay una
pequeña cruz.
En el suelo, delante
del altar, una pequeña estera de palma. Arrodilladas
sobre ésta, dos hermanitas oran: cantan el Veni
Creator, recitan el ángelus -afuera, el rojo del
crepúsculo se apaga con las primeras sombras de la
noche- y entonan el Tantum ergo... Después una
puertecita de cobre se desliza ante la custodia: tiene
grabado rústicamente un corazón con una cruz
encima. Se apagan las dos velas. Las lucecitas quedan
encendidas. Brillan como los ojos de las
Hermanitas.
Las Hermanitas
llevan un vestido de tela ordinaria, de un gris azulado, es
una especie de intermedio entre el hábito de una
monja y el delantal de una criada. En el pecho, una gran
cruz marrón con un pequeño corazón rojo
encima. De la cintura les cuelga un rosario con las cuentas
de madera. En la cabeza, un pañuelo, como lo llevan
nuestras campesinas, de color azul. Es el mismo color de los
velos en que se envuelven los tuareg en el Hoggar. Cuando
las hermanitas se inclinan ante el altar, tocan el suelo con
la frente, realizan la misma solemne postración que
los musulmanes dentro de sus amplios bournous, cuando
oran.
«Son tres, en
este momento, las Hermanitas de la Fraternidad de Roma -nos
dijeron los vecinos el día que las buscamos en aquel
dédalo increíble de callejas miserables-,
porque a las dos que estaban aquí desde hace
algún tiempo -una obrera de una fábrica de
tejidos y la otra interina en casa de una familia- se ha
unido una tercera que ha venido de Kenia, donde ha vivido
hasta ahora con los indígenas. Esto significa siempre
que una de las otras dos va a marcharse. Y en efecto, se va
la Hermanita que antes de trabajar aquí en Roma lo
hizo cerca de un poblado de gitanos en Francia. Ahora la
mandan a Nápoles».
Para las Hermanitas,
como también para los Hermanitos, los traslados
están a la orden del día y son completamente
inesperados. Un capazo con alguna ropa de repuesto, ¡y
adelante! Cada rincón de la tierra vale lo que otro.
En todas partes hay pobres y abandonados, en todas partes se
pueden descender grados por la escala del anonadamiento y de
la abyección para acercarse lo más posible al
«último puesto», conquistado por
Jesús con su sacrificio en la cruz.
Donde quiera que se
encuentren, los Hermanitos de Jesús se adaptan de tal
modo a las circunstancias locales que llegan incluso a
conformar el estilo de su capilla a las
características del lugar en donde viven.
En la Fraternidad de
Charleroi, el altar está sostenido con vigas
idénticas a las que sujetan el techo de la mina; en
Concarneau, de las paredes de la capilla cuelgan redes para
la pesca de la sardina; en el Líbano, Irak y
Pakistán el altar es cuadrado, con tela dispuesta en
pliegues y encima hay una serie de iconos colocados
según el uso local; en el puerto de Hamburgo-Altona,
el lugar que actualmente ocupa la capilla era un
depósito de carbón hace pocos años: una
diminuta casa de Dios en un sótano de siete metros
cuadrados, bajo el establecimiento de un barbero, que es el
dueño de la casa.
Pudieran parecer, a
primera vista, proyectados en el mundo, en este o aquel
rincón de miseria, y allí abandonados a
sí mismos, solos. Pero no es así. Hay una gran
unión entre todos los Hermanitos, un vínculo
estrecho, un constante intercambio de noticias. En cada
Fraternidad existe un responsable ante el prior, y este
responsable le envía, cada dos o tres meses, una
carta muy sencilla, muy. familiar, en la cual cuenta los
hechos últimamente acaecidos, las experiencias
realizadas, las dificultades que han surgido, las
alegrías experimentadas. Después, estas cartas
a modo de diario son impresas y hechas circular entre las
Fraternidades, con objeto de que cada una de ellas sepa todo
respecto de las demás. Es así como,
aparentemente abandonado entre las escarpaduras de la
cordillera de los Andes o en las selvas amenazadoras del
Congo, el Hermanito sabe que en realidad se encuentra
estrechamente unido con todos sus
compañeros.
Si el
«ocultamiento» que regula cualquier aspecto de la
vida de los Hermanitos y la intimidad que caracteriza esta
correspondencia no impidieran la publicación, el
conjunto de dichas cartas-diarios constituirían,
fuera de toda política, el texto científico
más formidable de la miseria material y espiritual
que es la plaga de nuestra época.
Respetando la
intimidad de esas cartas, nos será licito, sin
embargo, reproducir algunas líneas que cierran la
narración de un Hermanito sobre su vida en el lugar
donde desarrolla su silenciosa labor: «... Rogad un
poco por todo esto, Hermanitos, porque nuestra
oración aquí no es suficiente. La
separación entre nosotros y la gente que nos rodea es
muy grande. Rogad por W., mi compañero de
fábrica, que esta semana trabaja 76 horas, porque
para él sólo una cosa tiene importancia: el
dinero. Rogad por G., que no se entiende con su mujer, sobre
todo porque desde hace cinco años viven con un
niño en una sola habitación. Rogad por H., de
veinte años, que barre el mercado y es objeto de
burlas por parte de sus compañeros porque es
tartamudo. Rogad por todos aquellos que el Señor nos
ha confiado y la salvación de los cuales se retrasa
por nuestra falta de amor...»
Llamadas tan
angustiosas llegan de todas partes: desde las Fraternidades
del norte de África, que trabajan tanto entre los
árabes como entre el proletariado europeo, de
aquellas que se dedican a los leprosos en el Camerún
y en el Irán; desde las que están esparcidas
en el mundo musulmán o en Ceilán en el
ambiente budista; de cuantas se hallan situadas en los
barrios de la miseria, en la periferia de las grandes
ciudades del Perú, Vietnam, Japón,
Bélgica, Alemania, Inglaterra; desde las que dan
testimonio de la vida de Nazaret entre los indígenas
de Venezuela, Angola y otros países del mundo; de los
Hermanitos que trabajan la tierra con los campesinos y
afrontan el mar con los pescadores.
De todas partes,
parecidas noticias y siempre la misma súplica:
«Orad...». Porque dondequiera, como recomienda
René Voillaume, los Hermanitos trabajan «en
medio de aquellos que deben soportar la vida cotidiana
desesperadamente solos y viven únicamente con un
ideal materialista».
Y como dice
también René Voillaume, lo Hermanitos son
«aquellos que viven con cualquier cosa», porque
tienen una fe profunda y firme, que les hace sentirse
hermanos de todos.
«Esta vida de
fe y de oración -añade el sucesor del padre
Foucauld- obtendrá que nuestro pobre testimonio sea
escuchado, hasta por medio de una simple palabra, de una
respuesta dada a un amigo, de un consejo sofocado por el
ruido de una máquina. La voz de un hombre en medio de
la masa puede encontrar un eco en el mundo... Porque
Jesús es maestro de lo imposible».
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