(Papa
desde 1700 a 1721)
Creo en
ti, Señor, pero ayúdame a creer con
firmeza;
espero
en ti, pero ayúdame a esperar sin
desconfianza;
te amo,
Señor, pero ayúdame a demostrarte que te
quiero;
estoy
arrepentido, pero ayúdame a no volver a
ofenderte.
Te
adoro, Señor, porque eres mi
Creador;
te
anhelo porque eres mi fin;
te
alabo, porque no te cansas de hacerme el
bien;
me
refugio en ti, porque eres mi protector.
Que tu
sabiduría, Señor, me dirija
y tu
justicia me reprima;
que tu
misericordia me consuele
y tu
poder me defienda.
Te
ofrezco, Señor, mis pensamientos:
ayúdame a pensar en ti;
te
ofrezco mis palabras: ayúdame a hablar de
ti;
te
ofrezco mis obras: ayúdame a cumplir tu
voluntad;
te
ofrezco mis penas: ayúdame a sufrir por
ti.
Todo
aquello que quieres tú, Señor, lo quiero
yo,
precisamente
porque lo quieres tú,
como
tú lo quieras,
durante
todo el tiempo que lo quieras.
Te
pido, Señor, que ilumines mi
entendimiento,
que
fortalezcas mi voluntad,
que
purifiques mi corazón
y
santifiques mi espíritu.
Hazme
llorar, Señor, mis pecados,
rechazar
las tentaciones,
vencer
mis inclinaciones al mal
y
cultivar las virtudes.
Dame tu
gracia, Señor, para amarte
y
olvidarme de mí,
para
buscar el bien de mi prójimo
sin
tenerle miedo al mundo.
Dame tu
gracia para ser obediente con mis
superiores,
comprensivo
con mis inferiores,
solícito
con mis amigos
y
generoso con mis enemigos.
Ayúdame,
Señor, a superar con austeridad el
placer,
con
generosidad la avaricia,
con
amabilidad la ira,
con
fervor la tibieza.
Que
sepa yo tener prudencia, Señor, al
aconsejar,
valor
en los peligros,
paciencia
en las dificultades,
sencillez
en los éxitos.
Concédeme,
Señor, atención al orar,
sobriedad
al comer,
responsabilidad
en mi trabajo
y
firmeza en mis propósitos.
Ayúdame
a conservar la pureza de alma,
a ser
modesto en mis actitudes,
ejemplar
en mi trato con el prójimo
y
verdaderamente cristiano en mi conducta.
Concédeme
tu ayuda para dominar mis instintos,
para
fomentar en mí tu vida de gracia,
para
cumplir tus mandamientos
y
obtener mi salvación.
Enséñame,
Señor, a comprender la pequeñez de lo
terreno,
la
grandeza de lo divino,
la
brevedad de esta vida
y la
eternidad de la futura.
Concédeme,
Señor, una buena preparación para la
muerte
y un
santo temor al juicio,
para
librarme del infierno
y
obtener tu gloria.
Por
Cristo, nuestro Señor. Amén