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Oraciones
(�ndice)
CIEN
SONETOS PARA EL SEÑOR
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- Me
basta Dios: solo este
pensamiento
- de
tal manera el corazón me
llena,
- que
toda dicha a su dulzura
ajena,
- es
causa para mí de más
tormento.
-
- En
la infinita plenitud que
siento
- ni
el bien me halaga, ni el dolor me
apena;
- pues
nada ya el espíritu
encadena
- que
en sólo Dios ha puesto su
contento.
-
- Todo
lo estima como inmundo lodo
- el
alma que de Dios está
tocada,
- porque
en su amor inmenso
transformada
-
- sólo
vive de amor; y de este
modo,
- en
Dios y para Dios, lo quiere
todo,
- sin
Dios y para sí, no quiere
nada.
R.
V. Osende, O.P.
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-
- La
Visita
-
- Déjame
entrar Señor que tengo
prisa...;
- que he
de volver a un mundo apresurado,
- inmerso
en la ambición y en el
pecado,
- huérfano
de la luz y de la risa.
-
- Déjame
entrar que mi dolor precisa
- hacer
un alto en el camino andado;
- porque
tengo, Señor de tan cansado,
- el
gesto vago y la virtud remisa.
-
- Déjame
entrar Señor sólo
persigo
- pararme
un rato, recobrar la calma,
- pensar
un poco y dialogar Contigo.
-
- Soy el
mismo de ayer tu viejo amigo
- déjame
entrar a confortarme el alma
- luego,
Señor cuando queráis...
prosigo.
A.
Trujillo Téllez
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- Visita
al Santísimo Sacramento
-
- Permíteme,
Señor, que aquí
postrado,
- consciente
de mi nada en tu presencia,
- y
aún temiendo pecar de
irreverencia
- me
atreva al alto honor de
acompañaros.
-
- Yo
sé que no soy digno de
miraros,
- Mas,
fiado en tu amor y en tu clemencia,
- se
apacigua el clamor de mi conciencia
- y me
inunda la calma al contemplaros.
-
- En el
mundo, Señor por olvidaros,
- es todo
confusión y algarabía
- que me
inquietan de modo extraordinario.
-
- Por
eso, mi Señor vengo a
rogaros,
- que le
dejes gozar al alma mía,
- del
remanso de paz de tu Sagrario.
José
Ramón de Pablo
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- SONETO-ORAClÓN
- (De
«La Gran Sultana»)
-
- A ti me
vuelvo, gran Señor, que
alzaste,
- a costa
de tu sangre y de tu vida
- la
mísera de Adán primer
caída
- y
adonde él nos perdió. Tú
nos cobraste.
-
- A Ti,
Pastor bendito, que buscaste
- de las
cien ovejuelas la perdida,
- y
hallándola del lobo
perseguida,
- sobre
tus hombros santos te la echaste.
-
- A Ti me
vuelvo en mi aflicción amarga
- y a Ti
toca, Señor, el darme ayuda,
- que soy
cordera de tu aprisco ausente
-
- y temo
que a carrera corta o larga
- cuando
a mi daño tu favor no acuda
- me ha
de alcanzar esta infernal serpiente.
Miguel
de Cervantes Saavedra
(1547-1616)
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- Dime, Padre
com�n
-
- �Dime, Padre
com�n, pues eres Justo,
- �por qu� ha de
permitir tu providencia
- que, arrastrando
prisiones la inocencia,
- suba la fraude a
tribunal augusto?
-
- �Qui�n da fuerzas
al brazo que robusto
- hace a tus leyes
firme resistencia,
- y que el celo,
que m�s la reverencia,
- gima a los pies
del vencedor injusto?
-
- Vemos que vibran
victoriosas palmas
- manos inicuas, la
virtud gimiendo
- del triunfo en el
injusto regocijo�.
-
- Esto dec�a yo,
cuando riendo
- celestial ninfa
apareci�, y me dijo:
- ��Ciego!, �es la
tierra el centro de las almas?�
Bartolom� L. de Argensola (1562-1631)
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-
A
Dios omnipotente
-
- Señor,
que miras de tu excelsa cumbre
- el
tiempo todo en un presente eterno,
- tu
imagen mira en mí, que al ciego
infierno
- la
inclina su terrena pesadumbre.
-
- Oh suma
luz, ya la encendida lumbre
- de mi
gozoso abril florido y tierno
- muere,
y ya temo ver en el invierno
- más
verde la raíz de mi
costumbre.
-
- Mírala,
sacro santo Rey divino,
- con
ojos de piedad, que al dulce
encuentro
- del
rayo celestial verás volvella
-
- a
verte, como en vidrio cristalino
- la
imagen mira el que se espeja dentro,
- y
está en su vista dél su mirar
della.
-
- Bartolomé
L. de Argensola
|
- Pastor
que con tus silbos amorosos
- me
despertaste del profundo
sueño;
- tú
que hiciste cayado de este
leño
- en que
tiendes los brazos poderosos;
-
- vuelve
los ojos a mi fe piadosos,
- pues te
confieso por mi amor y dueño,
- y la
palabra de seguirte empeño,
- tus
dulces silbos y tus pies hermosos.
-
- Oye,
Pastor, que por amores mueres:
- no te
espante el rigor de mis pecados,
- pues
tan amigo de rendidos eres.
-
- Espera,
pues, y escucha mis cuidados;
- ¿pero
cómo te digo que me esperes,
- si
estás, para esperar, los pies
clavados?
Lope
de Vega (1562-1635)
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|
- ¿Qué
tengo yo que mi amistad
procuras?
-
- ¿Qué
tengo yo que mi amistad procuras?
- ¿Qué
interés se te sigue, Jesús
mío,
- que a
mi puerta, cubierto de rocío,
- pasas
las noches del invierno oscuras?
-
- ¡Oh,
cuánto fueron mis entrañas
duras,
- pues no
te abrí! ¡Qué extraño
desvarío
- si de
mi ingratitud el hielo frío
- secó
las llagas de tus plantas puras!
-
- ¡Cuántas
veces el ángel me
decía:
- asómate
ahora a la ventana;
- verás
con cuánto amor llamar
porfía»!
-
- ¡
Y cuántas veces, hermosura
soberana,
- «Mañana
le abriremos»,
respondía,
- para lo
mismo responder mañana!
Lope
de Vega
|
- Temores
en el favor
-
- Cuando
en mis manos, Rey eterno, os miro,
- y la
cándida víctima
levanto,
- de mi
atrevida indignidad me espanto,
- y la
piedad de vuestro pecho admiro.
-
- Tal vez
el alma con temor retiro,
- tal vez
la doy al amoroso llanto;
- que,
arrepentido de ofenderos tanto,
- con
ansias temo y con dolor suspiro.
-
- Volved
los ojos a mirarme humanos;
- que por
las sendas de mi error siniestras
- me
despenaron pensamientos vanos.
-
- No sean
tantas las miserias nuestras
- que a
quien os tuvo en sus indignas manos
- vos le
dejéis de las divinas
vuestras.
Lope
de Vega
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- Cuando
me paro a contemplar mi estado
- y a ver
los pasos por donde he venido,
- me
espanto de que un hombre tan perdido
- a
conocer su error haya llegado.
-
- Cuando
miro los años que he pasado
- la
divina razón puesta en
olvido,
- conozco
qué piedad del cielo ha sido
- no
haberme en tanto mal precipitado.
-
- Entré
por laberinto tan extraño,
- fiando
al débil hilo de la vida
- el
tarde conocido desengaño,
-
- Mas de
tu luz mi oscuridad vencida,
- el
monstruo muerto de mi ciego
engaño
- vuelva
a la patria, la razón
perdida.
Lope
de Vega
|
- ¿Qué
ceguedad me trato a tantos
daños?
- ¿Por
dónde me llevaron
desvaríos,
- que no
traté mis años como
míos
- y
traté como propios sus
engaños?
-
- Oh
puerto de mis blancos
desengaños,
- por
donde ya mis juveniles bríos
- pasaron
como el curso de los ríos,
- que no
los vuelve atrás el de los
años.
-
-
- Hicieron
fin mis locos pensamientos;
- acomodóse
el tiempo a la edad mía,
- por
ventura en ajenos escarmientos.
-
- Que no
temer el fin no es valentía,
- donde
acaban los gustos en tormentos
- y el
curso de los años en un
día.
Lope
de Vega
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- ¡Cuántas
veces, Señor, me habéis
llamado,
- y
cuántas, con vergüenza he
respondido,
- desnudo
como Adán, aunque vestido
- de las
hojas del árbol del pecado!
-
- Seguí
mil veces vuestro pie sagrado,
- fácil
de asir, en una Cruz asido,
- y
atrás volví otras tantas
atrevido,
- al
mismo precio en que me habéis
comprado.
-
- Besos
de paz os di para ofenderos,
- pero si
fugitivos de su dueño
- hierran
cuando los hallan los esclavos,
-
- hoy que
vuelvo con lágrimas a veros,
- clavadme
vos a vos en vuestro leño
- y
tendréisme seguro con tres
clavos.
Lope
de Vega
|
- Con
ánimo de hablarle en
confianza
- de su
pide, entré en el tempo un
día;
- donde
Cristo en la cruz
resplandecía
- con el
perdón que quien le mira
alcanza.
-
- Y
aunque la fe, el amor y la esperanza
- a la
lengua pusieron osadía,
- acordéme
que fue por culpa mía,
- y
quisiera de mí tomar
venganza.
-
- Ya me
volvía sin decirle nada,
- y como
vi la llaga del costa,
- paróse
el alma en lágrimas
bañada.
-
- Hablé,
lloré, y entré por aquel
lado,
- porque
no tiene Dios puerta cerrada
- al
corazón contrito y humillado.
Lope
de Vega
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- Muere
la vida, y vivo yo sin vida,
- ofendiendo
la vida de mi muerte,
- sangre
divina de las venas vierte,
- y mi
diamante su dureza olvida.
-
- Está
la majestad de Dios tendida
- en una
dura cruz, y yo de suerte
- que soy
de sus dolores el más fuerte,
- y de su
cuerpo la mayor herida.
-
- ¡Oh
duro corazón de mármol
frío!,
- ¿tiene
tu Dios abierto el lado izquierdo,
- y no te
vuelves un copioso río?
-
- Morir
por él será divino
acuerdo,
- mas
eres tú mi vida, Cristo
mío,
- y como
no la tengo, no la pierdo.
Lope
de Vega
|
- Yo me
muero de amor, que no sabía,
- aunque
diestro en amar cosas del suelo,
- que no
pensaba yo que amor del cielo
- con tal
rigor las almas encendía.
-
- Si
llama la moral filosofía
- deseo
de hermosura a amor, recelo
- que con
mayores ansias me desvelo
- cuanto
es más alta la belleza
mía.
-
- Amé
en la tierra vil, ¡qué necio
amante!
- ¡Oh
luz del alma, habiendo de buscaros,
- qué
tiempo que perdí como
ignorante!
-
- Mas yo
os prometo agora de pagaros
- con mil
siglos de amor cualquiera instante
- que por
amarme a mí dejé de
amaros.
Lope
de Vega
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- Hombre
mortal mis padres me engendraron,
- aire
común y luz de los cielos
dieron,
- y mi
primera voz lágrimas fueron,
- que
así los reyes en el mundo
entraron.
-
- La
tierra y la miseria me abrazaron,
- paños,
no piel o pluma, me envolvieron,
- por
huésped de la vida me
escribieron,
- y las
horas y pasos me contaron.
-
- Así
voy prosiguiendo la jornada
- a la
inmortalidad el alma asida,
- que el
cuerpo es nada, y no pretende nada.
-
- Un
principio y un fin tiene la vida,
- porque
de todos es igual la entrada,
- y
conforme a la entrada la salida.
Lope
de Vega
|
- Buscaba
Madalena pecadora
- un
hombre, y Dios halló sus pies, y en
ellos
- perdón,
que más la fe que los
cabellos
- ata sus
pies, sus ojos enamora.
-
- De su
muerte a su vida se mejora,
- efecto
en Cristo de sus ojos bellos,
- sigue
su luz, y al occidente dellos
- canta
en los cielos y en peñascos
llora.
-
- «Si
amabas, dijo Cristo, soy tan blando
- que con
amor a quien amó conquisto,
- si
amabas, Madalena, vive amando».
-
- Discreta
amante, que el peligro visto
- súbitamente
trasladó llorando
- los
amores del mundo a los de Cristo.
Lope
de Vega
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- Soneto
a Cristo Crucificado
-
- No me
mueve mi Dios para quererte
- el
cielo que me tienes prometido,
- ni me
mueve el infierno tan temido
- para
dejar por eso de ofenderte.
-
- Tú
me mueves, Señor, muéveme el
verte
- clavado
en una cruz y escarnecido,
- muéveme
ver tu cuerpo tan herido
- muévenme
tus afrentas y tu muerte.
-
- Muéveme,
en fin, tu amor, en tal manera,
- que
aunque no hubiera cielo yo te amara
- y
aunque no hubiera infierno te
temiera;
-
- No me
tienes que dar porque te quiera,
- porque
aunque cuanto espero no esperara,
- lo
mismo que te quiero te quisiera.
Antonio
de Rojas (1585-1650)
|
- Amado
Cristo
-
- Amado
Cristo, si de ver mi pena,
- algún
placer recibes o contento,
- de hoy
más mi pena me será
contento
- pues de
Ti manan mi contento y pena.
-
- Si tu
contento crece con mi pena,
- crezca
mi pena por Te dar contento,
- aunque
sea comprándote un contento
- con
infinitos géneros de pena.
-
- Pero,
¿cuál de los dos, Tú, con tu
contento,
- yo con
mi dura y rigurosa pena,
- de esta
pena tendrá mayor contento?
-
- Achacaráslo
de ver en que mi pena
- es
quien va dando ser a tu contento
- y
fuiste Tú la causa de mi
pena.
Cecilia
del Nacimiento (1570-1646)
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- Toquen
a juego, venga gente apriesa,
-
- Toquen
a juego, venga gente apriesa,
- que se
nos quema un templo verdadero,
- porque
en fe de amistad un extranjero
- bate
con fuego el pecho de Teresa.
-
- Y no
vengan con agua porque de ésa
- dos
grandes fuentes hay sobre el
crucero,
- dos
ojos que hacen un Jordán
entero
- y con
él crece el fuego más que
cesa.
-
- ¡A
fuego!, ¡a fuego!, pero no a
matarle,
- antes a
llevar de él para su casa
- vengan
las almas, vengan a porfía;
-
- arda y
no cese el cielo de aumentarle,
- porque
en el fuego que a Teresa abrasa
- ojalá
se quemase el alma mía.
Cecilia
del Nacimiento
|
- ¡Oh
pan de mi sustancia que me
alientas!,
-
- ¡Oh
pan de mi sustancia que me
alientas!,
- no hay
a mi paladar alguna cosa
- como el
bocado tuyo deleitosa,
- que en
tu gusto mis gustos apacientas.
-
- Muero
por Ti de hambre y te me ausentas;
- no
huyas de quien tiembla temerosa,
- -que
aunque morena, soy también
hermosa-
- cuando
en mi pobre choza te aposentas.
-
- Traga
en tu lleno todo mi vacío
- para
que así enriquezcas mi
pobreza
- quedándote
en el corazón de asiento.
-
- Pues
estando sin mí, quiere ser
mío,
- deja el
retrato, amor, de su belleza
- y
quédese cerrado el aposento.
Cecilia
del Nacimiento
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|
- Vida
que mata, muerte que da vida,
-
- Vida
que mata, muerte que da vida,
- hielo
que abrasa, fuego que nos hiela,
- vela
que duerme, sueño que
desvela,
- muerte
alentada, vida decaída,
-
- cobarde
audacia, cobardía atrevida,
- verdad
tramada, destramada tela,
- tardo
neblí, galápago que
vuela,
- amarga
sanidad, dulce herida,
-
- valeroso
Sansón con fuerza poca,
- Hércules
vencedor con flaca mano,
- pregonero
de paz que al arma toca;
-
- son
triunfos del amor caduco y vano,
- mas el
amor divino los apoca
- juntando
al Ser de Dios el ser humano.
Cecilia
del Nacimiento
|
-
(I)
EL
PECADOR PREGUNTA A
CRISTO
-
- ¿De
dónde venís alto? * De la
altura.
- ¿Qué
motivo traéis? * De
enamorado.
- ¿
Y qué librea es ésa? * De
encarnado.
- ¿
Y quién os la vistió? * La Virgen
pura.
-
- ¿A
qué venís, Creador? * A la
creatura.
- ¿Y
quién os trajo al suelo? * Su
pecado.
- ¿De
quién recibís fuerzas? * De mi
grado.
- ¿Por
qué? * Por dar reparo a mi
hechura.
-
- ¿Qué
tal halláis el alma? *
Endurecida.
- ¿Por
qué la hacéis bien? * Porque es mi
oficio.
- ¿Qué
tanto es vuestro amor? * Es sin
medida.
-
- ¿Con
qué os le pagarán? * Con buen
servicio.
- ¿Qué
más harán por vos? * Darme su
vida.
- Pues yo
les di la mía en sacrificio.
-
(II)
EL
PECADOR RESPONDE A
CRISTO
-
- ¿Quién eres, hombre? * Tu
hechura.
- ¿Para
qué te crié? * Para
amarte.
- ¿En
qué gastas tu vida? * En
deshonrarte.
- ¿Quién
eso te enseñó? * Mi gran
locura.
-
- Y
¿qué piensas hacer? * Buscar la
cura.
- Y
¿cuál es la mejor? * A ti
buscarte.
- ¿Por
dó has de comenzar? * Por
suplicarte...
- que
mires que me hiciste a tu figura.
-
- ¿
Quién te ha parado tal?
- Y dime,
¿qué has perdido? * Tu
privanza.
- Sin
ella, ¿a dónde vives? * En
tormento.
-
- ¿
Qué te hace a Mí venir? * La
confianza.
- ¿
Y sabes que te oiré? * En un
momento...
- pues
sé que todo el bien por Ti se
alcanza.
Cecilia
del Nacimiento
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|
- Soneto
del Nombre de Jesús
-
- Jesús,
bendigo yo tu santo Nombre.
- Jesús,
mi corazón en Ti se emplee.
- Jesús,
mi alma siempre te desee.
- Jesús,
lóete yo cuando te nombre.
-
- Jesús,
yo te confieso Dios y Hombre.
- Jesús,
con viva fe con Ti pelee.
- Jesús,
en tu ley santa me recree.
- Jesús,
sea mi gloria tu renombre.
-
- Jesús,
contemple en Ti mi; entendimiento.
- Jesús,
mi voluntad en Ti se inflame.
- Jesús,
medite en Ti mi pensamiento.
-
- Jesús
de mis entrañas, yo te ame.
- Jesús,
viva yo en Ti todo momento.
- Jesús,
óyeme Tú cuando te
llame.
Cecilia
del Nacimiento
|
- Oh
peregrino bien del alma
mía
-
- ¡Oh
peregrino bien del alma mía
- que
solo, sin resabios ni recelos
- puedes
matar mi sed, quitar mis duelos
- y
convertir mi llanto en
alegría!
-
- Pues
eres tú mi luz, mi guarda y
guía
- que
tengo yo en la tierra y en los
cielos,
- no
quiero medios, no quiero consuelos,
- fuera
de ti, de todo me desvía.
-
- En
soledad, de todo enajenada,
- desnuda
de mi ser y de mi vida,
- para
ser como fénix renovada,
-
- en tu
amorosa llama y encendida
- me
arrojo, que si fuere allí
quemada,
- seré
cual salamandria renacida.
Ana
de la Trinidad (1577-1613)
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|
- Linces
de lo profundo y escondido
-
- Linces
de lo profundo y escondido,
- balcones
del amor, centros gloriosos,
- alegres
palmas, triunfos victoriosos,
- piedras-toques
del oro más subido,
-
- espesas
selvas donde me he perdido,
- floridos
paraísos deleitosos,
- pozos
de ciencia, senos misteriosos
- y dulce
suspensión de mi sentido;
-
- sentencias
de la muerte y de la vida,
- cristales
do se ve mejor el mundo,
- soles
que solos quitan mis enojos,
-
- y
refugios del ánima afligida,
- blancos
do mi afición segura fundo
- son de
Jesús los apacibles ojos.
Ana
de la Trinidad
|
- Si
yo pensase acá en mi
pensamiento
-
- Si yo
pensase acá en mi pensamiento
- que no
pensando en Dios, en nada pienso,
- entonces
pensaría yo que pienso
- un muy
sabroso y dulce pensamiento.
-
- Mas no
me pasa a mí por pensamiento
- ni
pienso que es pensar, aunque más
pienso,
- porque
pensando en Dios, cuando lo pienso,
- pienso
cumplir con sólo el
pensamiento.
-
- ¡Cuán
bien que pensaría si pensase
- lo poco
que pensase y lo que piensa
- el alma
que está en Dios siempre
pensando!
-
- Pluguiese
a Dios ya questo se pensase
- y no en
los desvaríos en que piensa
- aquel
que, sin pecar, peca pensando.
Francisco
de Jesús (s. XVII)
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|
- RETRUÉCANO
-
- Cristo
en la Cruz jugó y perdió la
vida
- y
ganó para Si en la Cruz la
muerte;
- pero
porque en la Cruz recibe muerte,
- el
hombre por la Cruz recibe vida.
-
- La Cruz
al hombre da contento y vida
- y a
Dios le da la Cruz tormento y
muerte,
- y en la
Cruz triunfa Dios del mal y muerte,
- pues en
la Cruz les quita al fin la vida.
-
- Recibe
Cristo en Cruz afrenta y muerte
- y por
la Cruz alcanza gloria y vida
- el
hombre que sin Cruz viviera en
muerte.
-
- Y al
fin la Cruz a Cristo da la vida,
- y es
espada la Cruz contra la muerte
- pues
pierde por la Cruz el reino y vida.
Francisco
de Jesús
|
- Si
en pago de ofenderte tantas
veces
-
- Si en
pago de ofenderte tantas veces
- usas,
Señor, de tantos beneficios,
- si en
mí fueran virtudes tantos
vicios
- ¿qué
fuera, pues tan largo te me ofreces?
-
- Si en
vez de castigar, me favoreces
- y das
tal paso donde no hay servicios,
- a quien
te sirve bien me das indicios
- de los
bienes sin número que
ofreces.
-
- Pues no
pido, Señor, que me regales;
- trabajos
pido, penas y deshonras;
- que
arranques, quemes, cortes y
deshagas.
-
- Que si
aquí no se purgan tantos
males,
- temo en
tanto regalo y tantas honras
- otra
purga mayor o nuevas llagas.
Francisco
de Jesús
|
|
|
|
- Soneto
a San José
-
- JOSÉ
divino, pues que Cristo pobre
- padre
os quiso llamar desde el pesebre,
- ¿quién
duda que en los cielos os requiebre
- y honor
y gloria como a padre os sobre?
-
- ¿
Quién duda que milagros por vos
obre
- y
cuando algún devoto vuestro
quiebre,
- quién
sino vos hará que se celebre
- el
llanto de su culpa y gracia cobre?
-
- Porque
si tantos años de costumbre
- tuviste
de aplacar la sed y hambre
- a Dios
del cielo en cuanto al ser de
hombre,
-
- claro
está que gozando allá su
cumbre,
- los
serafines en copioso enjambre
- os
cantarán tal gala y tal
renombre.
Francisco
de Jesús
|
- Oyendo
cantar a un ruiseñor junto a una
rosa
-
- Aquélla,
la más dulce de las aves,
- y
ésta, la más hermosa de las
flores,
- esparcían
suavísimos amores
- en sus
cánticos y nácares
suaves.
-
- Cuando,
suspensa entre cuidados graves,
- un
alma, que atendía su
primores,
- arrebatada
a objetos superiores,
- les
entregó del corazón las
llaves.
-
- Si
aquí, dijo, en el yermo de esta
vida
- tanto
una rosa, un ruiseñor eleva,
- tan
grande es su belleza y su dulzura,
-
- ¿cuán
será la floresta prometida?
- ¡Oh
dulce melodía siempre nueva,
- oh
siempre floridísima
hermosura!
Jerónimo
de San José (s. XVII)
|
|
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|
- La
oración del ateo
-
- Oye mi
ruego Tú, Dios que no
existes,
- y en tu
nada recoge estas mis quejas.
- Tú
que a los pobres hombres nunca dejas
- sin
consuelo de engaño. No
resistes
-
- a
nuestro ruego y nuestro anhelo
vistes.
- Cuando
Tú de mi mente más te
alejas,
- más
recuerdo las plácidas
consejas
- con que
mi alma endulzome noches tristes.
-
- ¡Qué
grande eres, mi Dios! Eres tan
grande
- que no
eres sino Idea; es muy angosta
- la
realidad por mucho que se expande
-
- para
abarcarte. Sufro yo a tu costa,
- Dios no
existente, pues si Tú
existieras
- existiría
yo también de veras.
Miguel
de Unamuno (Bilbao,
1864-1936)
|
|
|
-
-
-
-
- Señor,
no me desprecies...
-
- Señor,
no me desprecies y conmigo
- lucha;
que sienta, al quebrantar tu mano
- la
mía, que me tratas como a
hermano,
- Padre,
pues beligerancia consigo
-
- de tu
parte; esa lucha es la testigo
- del
origen divino de lo humano.
- Luchando
así comprendo que el arcano
- de tu
poder es de mi fe el abrigo.
-
- Dime,
Señor, tu nombre, pues la
brega
- toda
esta noche de la vida dura
- y del
albor la hora luego llega;
-
- me has
desarmado ya de mi armadura,
- y el
alma, así vencida, no sosiega
- hasta
que salga de esta senda oscura.
Miguel
de Unamuno
|
|
- Te
busco desde siempre
-
- Te
busco desde siempre. No te he visto
- nunca.
¿Voy tras tus huellas?
- Las
rastreo con ansia, con angustia, y no
las veo.
- Sé
que no sé buscarte, y no
desisto.
-
- ¿Qué
me induce a seguirte? ¿Por
qué insisto
- en
descubrir tu rastro? Mi
deseo
- no
sé si es fe. No sé. No
sé si creo
- en
algo, ¿en qué? No
sé. No sé si
existo.
-
- Pero,
Señor de mis andanzas,
Cristo
- de
mis tinieblas, oye mi
jadeo.
- No
sufro ya la vida, ni
resisto
-
- la
noche. Y si amanece, y yo no
veo
- el
alba, no podré decirte: «He
visto
- tu
luz, tus pasos en la tierra, y
creo».
Juan
José Domencrina (Madrid,
1898-1959)
|
|
|
|
- Jesús
del Gran Poder
-
- Jesús
del Gran Poder, Señor, Dios
mío...
- Si en
medio de la noche sevillana
- aparece
tu efigie soberana
- entre
gotas de llanto y de rocío...
-
- Si de
tu santa faz el sol sombrío
- antes
que el astro enciende la
mañana
- y de tu
sangre la Divina grana
- eterna
corre como fluye el río...
-
- Y
vuelven a bajar las golondrinas
- a
quitar de tu frente las espinas
- al
mandato de Amor, eterno y fuerte.
-
- Ríndese
el mal y el odio. Y tu
«Carrera»
- al
hombre enseña, al fin, de qué
manera
- puede
ser Dios un condenado a muerte.
Manuel
Machado (Sevilla, 1874-1947)
|
- Domine,
ut videam
-
- I
- "Mi
Vida, mi Verdad y mi Camino
"
- Yo
sé bien que eres Tú. Pero te
busco
- y
¡en qué mirajes la mirada
ofusco,
- o en
qué negrura el paso
desatino
!
-
- Sin
duda es verde aún la pobre
rama
- que en
tu divino fuego arder quisiera,
- y
airado la separas de la hoguera
- porque
indigna la juzgas de tu llama
-
- No
sé, no sé, Señor, a
dónde llego
- corriendo
tras tu sombra
En cualquier
parte,
- buscándote
me angustio y extermino.
-
- ¡Dame,
Señor, la mano, que soy
ciego!
- Ponme
en la senda donde pueda hallarte:
- ¡Mi
vida, mi Verdad y mi Camino!
-
-
- II
- Ya me
maté a mí mismo, pues no
quiero
- con
hombre nada y en Ti sólo
fío,
- y a tu
infinita caridad confío
- cuanto
sólo de Ti, Señor,
espero.
-
- Sólo
contigo familiar sería
- si
Tú me hablaras
Y ¡qué
humildemente
- sin
guardar nada, corazón y
mente,
- si los
quisieras Tú, te
entregaría!
-
- Tómamelos,
mi bien, que esta jornada
- correr,
de todo peso libre, ansío,
- porque
en Tu Gracia pronto se
concluya
!
-
- Yo
sé de sobra que no valen
nada.
- mas,
pues dejé mi voluntad, Dios
mío,
- hazme
saber al fin cuál es la Tuya.
-
- III
- ¡Gracia,
gracia, Señor, que el amor
quiere
- yo todo
tuyo, mas Tú todo
mío
!
- Porque
la mar lo espera corre el
río.
- Y a los
besos del sol la rosa muere.
-
- Amor,
que a toda gloria se prefiere,
- la
muerte vence, mas no vence el
frío
- Eco no
halla la voz en el vacío.
- No
viva, Rey del alma, quien no espere.
-
- Mas, si
a vivir amando me destinas,
- da pan
al hambre mía, aunque sea
poco;
- agua a
la sed en que me ves deshecho.
-
- ¡Del
alma en sombras a las hondas minas
- un rayito de sol�! -Y, Él:
"Calla, loco,
- siempre
el amor acaba satisfecho!"
Manuel
Machado
|
|
|
|
- Kyrie
Eleison
-
- La
Caridad, la Caridad, la
Caridad
- Tus
llagas otra vez, Señor, al mundo
muestra,
- y tu
corona de espinas, y tu diestra
- horadada
por el clavo de la impiedad.
-
- Dinos
de nuevo aquella palabra que nos
hace
- llorar,
y nos derrite la maldad en el pecho,
- y nos
da paz, amor y olvido. Y satisface
- como el
correr seguro del río por su
lecho.
-
- Y que
un pasaje matinal, y que una buena
- esperanza
nos den la alegría piadosa,
- y que
sea el amor de dios nuestra verdad.
-
- Que
seamos buenos para librarnos de la
pena.
- Y que
nunca olvidemos esta única
cosa:
- ¡La
Caridad, la Caridad, la
Caridad!
Manuel
Machado
|
- Oración
a la luz
-
- Señor:
Yo sé que en la mañana
pura
- de este
mundo, tu diestra generosa
- hizo la
luz antes que toda cosa
- por que
todo tuviera su figura.
-
- Yo
sé que te refleja la segura
- línea
inmortal del lirio y de la rosa
- mejor
que la embriagada y temerosa
- música
de los vientos en la altura.
-
- Por eso
te celebro yo en el frío
- pensar
exacto a la verdad sujeto
- y en la
ribera sin temblor del río;
-
- por eso
yo te adoro, mudo y quieto;
- y por
eso, Señor, el dolor
mío
- por
llegar hasta ti se hizo soneto.
José
María Pemán (Cádiz,
1897-1891)
|
|
|
|
-
SONETOS
DE ESPERANZA
I
- Cuando
a tu mesa voy y de rodillas
- recibo
el mismo pan que Tú partiste
- tan
luminosamente, un algo triste
- suena
en mi corazón mientras Tú
brillas.
-
- Y me
doy a pensar en las orillas
- del
lago y en las cosas que dijiste...
- ¡Cómo
el alma es tan dura que resiste
- tu
invitación al mar que andando
humillas!
-
- Y me
retiro de tu mesa ciego
- de
verme junto a Ti. Raro sosiego
- con la
inquietud de regresar rodea
-
- la gran
ruina de sombras en que vivo.
- ¿Por
qué estoy miserable y
fugitivo
- y una
piedra al rodar me pisotea?
-
II
- Y salgo
a caminar entre dos cielos
- y ya al
anochecer vuelvo a mis ruinas.
- Ultimas
nubes, ángeles divinas,
- se
bañan en desnudos arroyuelos.
-
- La
oscura sangre siente los flagelos
- de un
murciélago en ráfaga de
espinas,
- y aun
en las limpias aguas campesinas
- se
pudren luminosos terciopelos.
-
- La
poderosa soledad se alegra
- de ver
las luces que su noche integra.
- ¡Un
cielo enorme que alojaría
puede!
-
- Y un
goce primitivo, una alegría
- de
Paraíso abierto se sucede.
- Algo de
Dios al mundo escalofría.
Carlos
Pellicer (Villahermosa, México,
1899-1977)
|
- Arrepentimiento
-
- ¿Qué
has hecho tú? ¡Dámaso, bruto,
bruto!
- Del
mundo, libertad centro te
hacía.
- Tiempo
de Dios, en libertad crecía.
- La
flor, en rama, libre se iba a fruto.
-
- ¿Qué
hiciste, adolescente chivo hirsuto,
- luego
chacal, pantera de su
hombría,
- hoy
mico viejo ya, tú,
inarmonía
- del
orbe en Dios, Dámaso bruto,
bruto?
-
- ¡Alas
de libertad! Aire sereno
- del
orden era en torno. Y yo gritaba:
- «¡Libre
Dámaso-dios!» Dámaso
impío:
-
- aire de
Dios rasgó mi desenfreno
- que
osé la libertad que Dios me
daba,
- látigo
contra Dios alzar, ¡Dios
mío!
Dámaso
Alonso (Madrid, 1898-1990)
|
|
|
- Como
la hiedra
-
- Por
el dolor creyente que brota del
pecado.
- Por
haberte querido de todo
corazón.
- Por
haberte, Dios mío, tantas veces
negado;
- tantas
veces pedido, de rodillas,
perdón.
-
- Por
haberte perdido; por haberte
encontrado.
- Porque
es como un desierto nevado mi
oración.
- ¡Porque
es como la hiedra sobre el árbol
cortado
- el
recuerdo que brota cargado de
ilusión!
-
- Porque
es como la hiedra, déjame que Te
abrace,
- primero
amargamente, lleno de flor
después,
- y
que a mi viejo tronco poco a poco me
enlace,
-
- y
que mi vieja sombra se derrame a tus
pies;
- ¡porque
es como la rama donde la savia
nace,
- mi
corazón, Dios mío,
sueña que Tú lo
ves!
Leopoldo
Panero (Astorga, 1909-1962)
|
|
- A
Jesucristo N.S., muerto en la Cruz para
salvarnos
-
- Casi en
las manos sosteniendo el
brío,
- desprendido
y yacente el cuerpo santo
- deshabitado
está, ¡no alzad el
llanto!
- Ya
tiene luz la rosa y gozo el
río.
-
- La
muerte confirmó su
señorío
- sobre
la carne del Señor y, en
tanto,
- si es
sombra sana su mortal quebranto,
- ya
está el tiempo parado, Cristo
mío;
-
- ya
está el tiempo en el mar y está
cumplida
- la
noche en la mirada redentora
- que vio
la luz mirando el firmamento.
-
- ¡y
volverá el pecado con la
vida,
- y
clavada en la cruz está la
Aurora
- ya
inútil al abrazo y leve al
viento!
Luis
Rosales (Granada, 1910-1992)
|
|
|
|
- A
Jesús crucificado
-
- Delante
de la Cruz, los ojos míos,
- quédense,
Señor, así mirando
- y sin
ellos quererlo, estén
llorando,
- porque
pecaron mucho y están
fríos.
-
- Y estos
labios que dicen mis desvíos,
- quédenseme,
Señor, así cantando,
- y, sin
ellos quererlo, estén rezando
- porque
pecaron mucho y son impíos.
-
- Y
así, con la mirada en vos
prendida,
- y
así, con la palabra
prisionera
- como a
carne a vuestra cruz asida,
-
- quédeseme,
Señor, el alma entera,
- y
así, lavada en vuestra Cruz mi
vida,
- Señor,
así, cuando queráis me
muera.
Rafael
Sánchez Mazas
|
- HOMBRE
-
- Luchando,
cuerpo a cuerpo, con la muerte,
- al
borde del abismo, estoy clamando
- a Dios.
Y su silencio, retumbando,
- ahoga
mi voz en el vacío inerte.
-
- ¡Oh
Dios! Si he de morir, quiero tenerte
- despierto.
Y, noche a noche, no sé
cuándo,
- oirás
mi voz. ¡Oh Dios! Estoy
hablando
- solo.
Arañando sombras para verte.
-
- Alzo la
mano, y tú me la cercenas.
- Abro
los ojos: me los sajas vivos.
- Sed
tengo, y sal se vuelven tus arenas.
-
- Esto es
ser hombre: horror a manos llenas.
- Ser -y
no ser- eternos, fugitivos.
- ¡Ángel
con grandes alas de cadenas!
Blas
de Otero (Bilbao, 1916-1979)
|
|
|
|
- Salmo
por el hombre de hoy
-
- Salva
al hombre, Señor, en esta
hora
- horrorosa,
de trágico destino;
- no sabe
adónde va, de dónde
vino
- tanto
dolor, que en sauce roto llora.
-
- Ponlo
de pie, Señor, clava tu
aurora
- en su
costado, y sepa que es divino
- despojo,
polvo errante en el camino;
- mas que
tu luz lo inmortaliza y dora.
-
- Mira,
Señor, que tanto llanto,
arriba,
- en
pleamar, oleando a la deriva,
- amenaza
cubrirnos con la Nada.
-
- ¡Ponnos,
Señor, encima de la muerte!
- ¡Agiganta,
sostén nuestra mirada
- para
que aprenda, desde ahora, a verte!
Blas
de Otero
|
- Más
que eterno
-
- ¡Ansia
de eternidad! Señor,
¿acaso
- no es
suficiente ya con esta vida,
- con
esta hermosa noche concedida,
- límite
entre tu aurora y nuestro ocaso?
-
- ¿Si
la luz de esta noche en que me
abraso,
- si el
fuego en que mi sangre está
encendida
- no
colman mi ambición en su
medida,
- dime
qué tierra medirá mi
paso?
-
- ¿Qué
cielo exigiré para mi frente,
- qué
luz para mis ojos y qué fuego
- para
este corazón tan vehemente?
-
- Será
inmortal. ¿ Y alcanzaré el
sosiego?
- ¿La
eternidad será, al fin,
suficiente?
- No
siempre, siempre pediré más,
luego.
Vicente
Gaos (Valencia, 1919-1980)
|
|
|
|
- Fe
de errores
- (Mea
culpa)
-
- Cuando
te imaginaba más cercano,
- Qué
lejos de ti estaba, Señor
mío.
- Cuando
sentía hambre y sed y
frío
- Y
distancia de Ti, tú de tu
mano
-
- me
tenías, Señor. Ese es tu
arcano
- misterioso.
Y yo, mi pensamiento impío,
- no
creía ni en mí. ¿Libre
albedrío?
- ¡Ensueño
de una noche de verano!
-
- Mas de
pronto surgiste. Tú, solemne,
- mostrándome
las llagas, como hiciste
- con
Tomás el incrédulo,
conmigo.
-
- Y te di
gracias por salvarme indemne
- de
tanta ceguedad en que me hundiste
- para
alzarme al final, Señor, mi
Amigo.
Vicente
Gaos
|
- Al
nacimiento de Cristo, Nuestro
Señor
-
- Pender
de un leño, traspasado el
pecho
- y de
espinas clavadas ambas sienes,
- dar tus
mortales penas en rehenes
- de
nuestra gloria, bien fue heroico
hecho;
-
- pero
más fue nacer en tanto
estrecho,
- donde,
para mostrar en nuestros bienes
- a donde
bajas y de donde vienes,
- no
quiere un portalillo tener techo.
-
- No fue
ésta más hazaña, oh gran
Dios mío,
- del
tiempo por haber la helada ofensa
- vencido
en flaca edad con pecho fuerte
-
- (que
más fue sudar sangre que haber
frío),
- sino
porque hay distancia más
inmensa
- de Dios
ahombre, que de hombre a muerte.
Luis
de Góngora
(1561-1627)
|
|
|
|
- Pecado
y resurrección
-
- ¡Qué
inmensa, negra noche desolada,
- sus
tinieblas de espanto, y de amargura,
- su
frío desamor, su sombra
impura,
- descendió
sobre mi alma abandonada!
-
- ¡Qué
triste corazón sin tu mirada,
- sin tu
luz, mi Señor, sin tu
ventura!
- ¡Qué
muerte sin tu amor! ¡Qué
desventura
- sentir
mi sequedad, mi amarga nada!
-
- Es la
Noche, es la Sombra, es el no verte,
- Señor,
en la ceguera del pecado
- la
más amarga, cruel, trágica
muerte...
-
- Te tuve
en mis entrañas sepultado
- tanto
tiempo, Señor, sin
conocerte...
- ¡Mas
nuevamente en mí has
resucitado!
Bartolomé
Llorens Catarroja, ( Valencia,
1922-1946)
|
-
SONETO
A CRISTO
-
(Trilogía)
I
- No te
entiendo, Señor, cuando te
miro
- frente
al mar, ante el mar crucificado.
- Solos
el mar y Tú. Tú en la cruz,
anclado,
- dando a
la mar el último suspiro.
-
- No
sé si entiendo lo que más
admiro:
- que
ante el mar estando Dios callado,
- que
brote el agua, muda, a su costado,
- tras el
morir, de herida sin respiro.
-
- O el
mar o Tú me engañas, al
mirarte
- entre
dos soledades, a la espera
- de un
mar de sed, que es sed de mar
perdido.
-
- ¿Me
engañas Tú o el mar, al
contemplarte
- anda
celeste en tierra marinera,
- mortal
memoria ante inmortal olvido?
|
|
-
II
- Ven ya,
madre de monstruos y quimeras,
- paridora
de música radiante:
- ven a
cantarle al Hombre agonizante
- tus
mágicas palabras verdaderas.
-
- Rompe a
sus pies tus olas altaneras,
- deshechas
en murmullo suspirante.
- De la
nube sin agua al desbordante
- trueno
de tu voz, enciende tus banderas.
-
- Relampaguea,
de tormenta suma,
- la faz
divinamente atormentada
- del
Hijo a tus entrañas evadido.
-
- Pulsa
la cruz con dedos de tu espuma.
- Y mece,
por el sueño acariciada,
- la
muerte de tu Dios recién
nacido.
|
|
-
III
No se
mueven de Dios para anegarte
- las
aguas por sus manos esparcidas;
- ni se
hace lengua el mar en tus heridas,
- lamiéndolas
de sal, para callarte.
-
- Llega
hasta ti la mar, a suplicarte,
- madre
de madres por tu afán
transidas,
- que
ancles en sus entrañas
doloridas
- la
misteriosa voz con que engendraste.
-
- No
hagas tu cruz, espada en carne
muerta;
- mástil
en tierra y sequedad hundido,
- árbol
en cielo y nubes arraigado.
-
- Madre
tuya es la mar, sola, desierta.
- Mírala
tú que callas, tú
caído.
- Y
entrégale tu grito
arrebatado.
-
José
Bergamín
|
|
|
|
- ¿Dónde
está, Señor, tu
luz?
-
- Dame,
Señor, tu mano guiadora.
- Dime
dónde la luz del sol se
esconde.
- Dónde
la vida verdadera. Dónde
- la
verdadera muerte redentora.
-
- Que
estoy ciego, Señor, que quiero
ahora
- saber.
Anda, Señor, anda, responde
- de una
vez para siempre. Dime dónde
- se
halla tu luz que dicen cegadora.
-
- Dame,
Señor, tu mano. Dame el
viento
- que
arrastra a Ti a los hombres
desvalidos.
- O dime
dónde está, para
buscarlo.
-
- Que
estoy ciego, Señor. Que ya no
siento
- la luz
sobre mis ojos ateridos
- y ya no
tengo Dios para adorarlo.
Jorge
López Gorge
|
- Hablando
claro
-
- Las
cosas claras, Dios, las cosas
claras.
- ¿Acaso
te pedí que me nacieras,
- que de
dos voluntades verdaderas,
- de
barro y llanto, Dios, me levantaras?
-
- ¿Acaso
te pedí que me dejaras
- en
mitad de la calle -en las aceras
- se
apiñaba la vida-, y que te
fueras
- y que
con tu desdén me
atropellaras?
-
- Palabra
que no sé por lo que peco.
- Palabra
que procuro, mas en vano,
- llenar
tu hueco, rellenar mi hueco.
-
- Pero
soy nada más Carlos Muriano.
- Ni
hombre ni nada, Dios; sólo un
muñeco
- que se
mueve en la palma de tu mano.
Carlos
Muriano (Arcos de la Frontera. Cádiz,
1931)
|
|
|
|
- CORPUS
CHRISTI
-
- Todo
fue así, tu voz, tu dulce
aliento
- sobre
un trozo de pan que bendijiste,
- que en
humildad partiste y repartiste
- haciendo
despedida y testamento.
-
- «Así
mi cuerpo os doy en
alimento...»
- ¡Qué
prodigio de amor! Porque quisiste,
- diste
tu carne al pan y te nos diste
- Dios,
en el trigo para sacramento.
-
- Y te
quedaste aquí, patena viva,
- virgen
alondra que le nace al alba
- de
vuelo siempre y sin cesar cautiva.
-
- Hostia
de nieve, nube, nardo, fuente,
- gota de
luna que ilumina y salva.
- Y todo
ocurrió así,
sencillamente.
|
|
|
- Sencillamente,
como el ave cuando
- inaugura,
de un vuelo, la mañana;
- sencillamente,
como la fontana
- canta
en la roca, agua de luz manando;
-
- sencillamente,
como cuando ando,
- como
cuando Tú andabas la besana,
- cuando
calmabas sed samaritana,
- cuando
te nos morías perdonando.
-
- Sencillamente.
Hora de paz. ¡Qué leves
- tus
manos para el pan, para el amigo!
- cena de
doce y Dios. Noche de Jueves.
-
- Y era
en Jerusalén la primavera.
- Y era
blanco milagro ya aquel trigo.
- Sencillamente:
«Este es mi cuerpo». Y
era.
|
|
|
- Que
viene por la calle Dios, que viene
- como de
espuma o pluma o nieve ilesa;
- tan
azucenamente pisa y pesa
- que
sólo un soplo de aire le
sostiene.
-
- Otro
milagro, ¿ves? El, que no tiene
- ni
tamaño ni límites, no
cesa
- nunca
de recrearnos la sorpresa
- y ahora
en un aro de aire se contiene.
-
- Se le
rinde el romero y se arrodilla;
- se le
dobla la palma ondulante;
- las
torres en tropel, campaneando.
-
- Dobla
también y rinde tu rodilla,
- hombre,
que viene Cristo caminante
- -poco
de pan, copo de pan- pasando.
Antonio
y Carlos Muriano
|
-
De
las condiciones del pájaro
solitario
-
- "Las
condiciones del pájaro solitario son
Cinco: la L primera, que se va a lo más
alto; la segunda, que no sufre
compañía, aunque sea de su
natura-leza; la tercera, que pone el pico al
aire; la cuarta, que no tiene determinado color;
la quinta, que canta suavemente. Las cuales ha
de tener el alma contemplativa: que ha de subir
sobre las cosas transitorias no haciendo
más caso de ellas que si no fuesen, y ha
de ser tan amiga de la soledad y el silencio,
que no sufra compañía de otra
criatura; ha de poner el pico al aire del
Espíritu Santo, corres-pondiendo a sus
inspiraciones, para que, haciéndolo
así, se haga más digna de su
compañía; no ha de tener
determinado color, no teniendo
determina-ción en ninguna cosa, sino en
lo que es voluntad de Dios; ha de cantar
suavemente en la contemplación y amor de
su Esposo".
«Dichos
de luz y amor»
San
Juan de la Cruz
- I
- «...La
primera, que se va a lo más
alto».
-
- Si
fuera yo, si fuera yo, si
fuera
- un
pájaro de llama
enamorado,
- un
pájaro de luz tan
incendiado
- que
en el silencio de tu noche
ardiera;
-
- si
pudiera subirme, si
pudiera
- muy
más allá de todo lo
creado
- y
en la última rama de mi
Amado
- pusiera
el corazón y el alma
entera;
-
- si
aún más alto,
más alto, y más
volara,
- allí
donde no hay aire ya, ni
vuelo,
- allí
donde tu mano es agua
clara
-
- y
no es preciso mendigar
consuelo,
- allí
-¡qué soledad!- yo me
dejara
- dulcemente
morir de tanto cielo.
|
-
II
-
«...la
segunda, que no sufre
compañía,
-
aunque
sea de su
naturaleza».
-
- ¿Y
qué has hecho de mí,
pues a desierto
- me
sabe todo amor cuando te has
ido?
- Tú
lo sabes muy bien; yo siempre he
sido
- un
mendigo de amor en cada
puerto.
-
- Tendí
mi mano en el camino
incierto
- de
la belleza humana: cualquier
nido
- podía
ser mi casa; y he pedido
- tantos
besos, que tengo el labio
muerto.
-
- Y
ahora todo es sal. Me sabe a
tierra
- el
pobre corazón. Estoy
vacío.
- El
calor de un abrazo es calor
frío.
-
- Pues
tu amor me redime y me
destierra
- y
sé que mientras Tú no
seas mío
- hasta
la paz va a parecerme
guerra.
|
-
III
-
«...la
tercera, que tiene el pico al
aire».
-
- Al
aire de tu vuelo está mi
vida.
- Perdido
en el silencio más
delgado,
- despojado
de mí,
deshabitado,
- abierto
estoy como se abre una
herida.
-
- Abierto
a Ti, mi corazón se
olvida
- de
respirar, y, estando tan
callado,
- escucha
los latidos del Amado,
- la
voz de amor que a más amor
convida.
-
- El
pico al aire, el viento de tu
viento
- respirará
gozoso en la arboleda,
- porque
tu voz es todo mi
alimento.
-
- Y,
mientras a tus pies mi canto
queda,
- en
el silencio dormiré
contento.
- Lejos
el mundo rueda, rueda y
rueda
|
-
IV
-
«...la
cuarta, que no tiene determinado
color».
-
- Al
acercarme al agua de tu
río
- lo
que yo fui se fue
desvaneciendo,
- lo
mucho que soñé se fue
perdiendo
- y
de cuanto yo soy ya nada es
mío.
-
- Tan
sólo en Ti y en tu hermosura
fío,
- soy
lo que eres, acabaré
siendo
- rastro
de Ti, y triunfaré
perdiendo
- en
combate de amor mi
desafío.
-
- Ya
de hoy no más me
saciaré con nada;
- sólo
Tú satisfaces con tu
todo.
- Un
espejo seré de tu
mirada,
-
- esposados
los dos, codo con codo.
- Y,
cuando pongas fin a mi
jornada,
- yo
seré Tú, viviendo de
otro modo.
|
-
V
-
«...la
quinta, que canta
suavemente».
-
- Yo
que hablé tanto, tanto, tanto
y tanto,
- que
siempre fui un charlatán del
viento,
- un
mayorista de palabras,
siento
- que
no me queda voz para tu
canto.
-
- Y
hoy que, temblando, mi
canción levanto,
- se
quiebra en mi garganta el
sentimiento
- y
ya más que canción es
un lamento,
- y
ya más que lamento es
sólo un llanto.
-
- Adelgázame,
Amor, mi voz ahora,
- déjala
ser silencio, llama
pura;
- río
de monte, soledad
sonora,
-
- álamo
respirando en la
espesura.
- Déjame
ser un pájaro que
llora
- por
no saber cantar tanta
hermosura.
-
- José
Luis Martín Descalzo
(Madridejos. Toledo,
1930-1994)
|
|
- La
espera
-
- Te
esperaré, Señor, tenso el
oído
- al
callado temblor de tu pisada
- sobre
la senda nueva, acostumbrada
- de
tanto presentirte ya venido.
-
- Te
esperaré, Señor,
estremecido
- el
cielo de mi noche inacabada,
- despierta
mi impaciencia a tu llamada
- y hecha
mi cárcel vuelo reprimido.
-
- Te
esperaré, Señor, hasta que
quieras
- trocarme
en logro de tu dulce encuentro
- esta
amarga quietud de mis esperas.
-
- Te
esperaré en mi casa
anochecida,
- vallada
en soledad por fuera y dentro,
- a la
luz de mi lámpara encendida.
Emeterio
García Setién (Santander,
1915)
|
|
|
|
- Íntima
-
- Lo
mejor que hay en mí ya te 1o he
dado,
- en mi
secreta copa misteriosa.
- Abierta
se quedó la oculta rosa.
- ¡Ya
estoy solo, tranquilo, despojado!
-
- Tu
dardo fue certero en mi costado:
- tu
llama fue voraz y luminosa.
- ¡Qué
dulce su caricia silenciosa
- que
todo lo consume y lo ha trocado!
-
- Que
todo lo ha trocado en un deseo
- que
palpita en el fondo de la sombra,
- donde a
pesar de las tinieblas veo.
-
- Ya es
tuyo lo que es tuyo y me has
logrado.
- Aquello
cuya voz todo lo nombra,
- lo
mejor que hay en mí, ya te lo he
dado.
Juan
Alberto de los Carmenes,
Cuba
|
- Oremos
-
- Corazón,
corazón, la travesía
- te hace
a veces sangrar con su aspereza.
- La
oración te será tu
fortaleza,
- ¡reza,
reza a Jesús, reza a
María!
-
- Orar
logra entender la profecía
- que es
la cruz toda báculo y firmeza
- y
escala de ideal. Por eso, reza
- para
encender tu noche con su Día.
-
- Oculto
hablar, coloquio silencioso,
- vena de
un hondo y divinal reposo
- donde
renuevan fuerzas tus anhelos.
-
- Santa
oración, que todo el triunfo
encierra.
- ¡Eres
sobre el dolor de tanta tierra
- la
alegre embajadora de los cielos!
Juan
Alberto de los Carmenes
|
|
|
|
- Eucaristía
-
- ¿Quién
te ha atado, Señor, a esta
cadena,
- a esta
blanca cadena de la harina,
- a este
disfraz de pan, vianda divina
- de
misterio y deleite todo llena?
-
- ¿Quién
te trajo por mesa tan ajena
- de la
deidad donde tu ser culmina,
- para
ocupar en la escasez mezquina
- el
puesto del manjar en nuestra cena?
-
- ¡Quién
fue sino el Amor, y un amor tanto
- que no
cabe en la mente estremecida,
- supera
nuestro asombro y nuestro espanto!
-
- ¡
Y sólo puede el alma
conmovida
- ablandar
esta harina con su llanto
- y
alimentar con este Pan la vida!
Juan
Alberto de los
Cármenes
|
- PRIMERA
MISA
-
- Cuando
suba al altar, cuando yo sienta
- el
suave son del órgano
armonioso,
- y
entre. nubes de incienso vaporoso
- se
eleve el alma en la plegaria atenta.
-
- En el
instante de la ofrenda incruenta,
- cuando
feliz me incline tembloroso,
- y el
divino conjuro misterioso
- la voz
pronuncie conmovida y lenta.
-
- En ese
instante de ardoroso encanto,
- de fe
transida y silencioso llanto,
- ¡qué
sentirá mi corazón
aleve
-
- cuando
implorando amor que lo sostenga,
- entre
mis manos, mi Jesús, te
tenga,
- y ente
mis manos, mi Jesús, te
eleve!
Juan
Alberto de los
Cármenes
|
|
|
|
- La
tempestad
-
- Te
soñaba en mi noche tan
lejano...
- y
creía mi mar tan sin orilla,
- que
alargaba mi angustia a la sencilla
- omnipotencia
alada de tu mano.
-
- Vigía
en tensa espera mi desvelo,
- al
tiempo que la sombra avizoraba,
- la fe
de mi esperanza agonizaba
- en la
inquieta impaciencia de mi anhelo.
-
- Y, al
rendirme al clamor de mis temores,
- sorprendime
al saber que Tú
dormías
- en el
fondo del alma, quietamente.
-
- Y, al
quebrar la mañana sus
albores,
- vi,
admirado, Señor, que
sonreías
- por mi
angustia de niño, dulcemente.
Daniel
Alfonso Vega (Gáname. Zamora,
1928)
|
- Trascendencia
-
- Yo
sé de una perenne primavera
- tras de
algún horizonte sin orilla.
- Allí
para mis ojos un sol brilla
- saciativo
y redondo en tensa espera.
-
- Y
será alguna tarde. Cuando
muera
- entre
mis manos esta lamparilla
- de la
luz de mi tiempo. Ya mi quilla
- he
enfilado hacia el lago sin ribera.
-
- ¿Cuándo
será esa tarde, con su ocaso
- perfumado
de esencias de otras flores?
- Mi alma
es toda inquietud por sus caminos.
-
- Todo se
vuelva alfombras a mi paso:
- Brisas,
auroras, fuentes, ruiseñores.
- Ya se
alarga la sombra de los pinos.
Pablo
Fernández Rey (Pinilla de los Barruecos,
Burgos, 1928)
|
|
|
|
- Así
en tu mar...
-
- Me ha
robado,. Señora, la luz clara
- de tus
ojos azules. En prisiones
- tan
suaves, rindo ya las ambiciones
- con que
un ansia secreta se me ampara.
-
- ¡Cárcel
de Dios y carcelera mía!
- ¡Dulce
pirata de mi ardiente vuelo!
- ¡Desvelo
de ilusión, claro desvelo
- de los
vuelos sin rumbo de mi ría!
-
- Corta
ya las amarras al navío,
- Virgencita
del Carmen, marinera.
- Por
faro, la luz blanca de tus ojos
-
- nos
brilla ya en la orilla. Tus anteojos
- tomen
hoy el timón de mi
albedrío.
- Y un
día... así en tu mar ¡que yo
me muera!
Eduardo
T. Gil de Muro (Arnedo. La Rioja,
1927)
|
- La
última verdad
-
- POR
perseguirme a mi me fui Contigo
- tras de
un buscarte agotadoramente;
- se me
iba tu presencia en el torrente
- clamoroso
que hería mi castigo.
-
- Me vi,
Señor, sin Ti, me vi mendigo
- mi
cuerpo a cuestas dolorosamente.
- Te vi
cómo escapabas tristemente
- sin que
quisiera ser, Señor, Tu
amigo.
-
- Al fin
yo me rendí a la instancia
hambrienta
- que me
cavaba el alma como un toro
- cava en
la noche el río de sus celos.
-
- Y te
sentí conmigo en mi tormenta
- corno
un pulso cautivo y tan sonoro,
- que. el
alma se pobló toda de vuelos.
Ángel
Mª Martínez
|
|
|
|
- Contemplación
del poder del amor divino
-
- Todo lo
vende amor, todo lo espera,
- igual
es con la muerte en poderío,
- divino
ardor que no lo anega el río
- de la
tribulación y angustia fiera.
-
- Sólo
el amor no acaba su carrera
- con las
cenizas del cadáver
frío;
- en
gloria sigue el abrasado
estío,
- que en
cuerpo fue suave primavera.
-
- De amor
se paga Dios, y quien le ama
- consume
en este fuego sus pecados,
- puro se
entrega como el oro puro.
-
- Que
aquella sacra y penetrante llama,
- sobre
los nudos dulcemente dados,
- de
esperanza y de fe levanta un muro.
Luis
de Ribera (1552-1612)
|
- La
llamada divina
-
- Metido
andaba en vanas alegrías
- sin Ti
(mi Dios), de mí mismo
olvidado,
- y
Tú, Señor, mirábasme
enojado,
- pero
porque me amabas, me sufrías.
-
- Esperábasme
un día y muchos días;
- sufríasme
un pecado, otro pecado,
- por no
perder con solo un golpe airado
- la
imagen tuya con las culpas
mías.
-
- Pusiste
en mí tus ojos blandamente,
- y con
los rayos de tu vista pura
- me
dejaste trocado en un momento;
-
- Porque
en llegando aquella luz ardiente,
- quedó
deshecha la tiniebla oscura
- que
ofuscaba mi ciego entendimiento.
Fray
Diego Murillo (1555-1616)
|
|
|
|
- Amor
de Dios en la
Eucarístía
-
- Costumbre
es del amante, si se parte,
- dejar
al que ama, en prenda
señalada,
- la
prenda más querida y
precïada
- que
acuerde su presencia, aunque se
parte.
-
- Hoy,
Dios, de este manera y con tal arte,
- al
ausentarse de su Esposa amada,
- deja su
cuerpo en forma consagrada,
- en toda
todo y todo en cualquier parte.
-
- ¡Oh
milagro tan digno de este nombre,
- que al
más agudo entendimiento y
grave
- deja
confuso, atónito, espantado!
-
- Viendo
que sólo por amor del hombre,
- Dios,
que en el cielo ni en la tierra
cabe,
- así
todo se encierra en un bocado.
Fray
Diego Murillo
|
- De
un pecador arrepentido
-
- Cobarde
llego a vuestra real presencia,
- aunque
culpados dicen que acaricia,
- temblando,
¡ay Dios!, si la he de hallar
propicia
- por ser
envejecida mi dolencia.
-
- Llego,
viéndoos con brazos de
clemencia,
- temo,
viéndoos con vara de
justicia,
- huyo de
vos a vos en mi malicia
- y apelo
a vos de vos de la sentencia.
-
- Para
que me convierta, convertidme;
- porque
no huya, a vuestros pies clavadme,
- y pues
herido estáis, Señor,
heridme.
-
- Oveja
vuestra soy, pastor, buscadme;
- pródigo
vuelvo, Padre, recibidme,
- y pues
que sois Jesús, ¡Jesús,
salvadme!
José
de Valdivieso (1560-1638)
|
|
|
|
- ¿Cuándo
vendrá la muerte?
-
- ¿Cuándo
vendrá la muerte? No sabemos.
- ¿El
cómo y el lugar? Ni en
conjetura.
- ¿El
detener su curso? ¡Qué
locura!
- Sólo
es cierto y de fe que fallecemos.
-
- Pues,
¿cómo la amenaza no
tememos
- del
Crïador de toda criatura?
- Deseche
la maldad nuestra cordura
- y el
vïaje del alma preparemos.
-
- La
muerte, aunque parece que se
esconde,
- cada
momento nos está acechando;
- dejémosla
que siga y que nos ronde.
-
- Ella va
y viene, y nos está
esperando,
- y ya
que nos oculta cómo y
dónde,
- estemos
prontos para siempre y
cuándo.
Diego
de Torres Villarroel
(1693-1770)
|
- Plegaria
-
- ¡Dame,
Señor, la firme voluntad,
- compañera
y sostén de la virtud;
- la que
sabe en el golfo hallar quietud
- y en
medio de las sombras claridad:
-
- La que
trueca en tesón la veleidad
- y el
ocio en perenal solicitud,
- y las
ásperas fiebres en salud,
- y los
torpes engaños en verdad!
-
- Y
así conseguirá mi
corazón
- que los
favores que a tu amor debí,
- te
ofrezcan fruto en
galardón
-
- y
aún tú, Señor,
conseguirás así
- que no
llegue a romper mi confusión
- la
imagen tuya que pusiste en
mí.
Adelardo
López de Ayala
(1829-1879)
|
|
|
|
- En el
camino
-
- Me
levantaré e iré a mi
padre
-
- I
- Resuelve
tornar al Padre
-
- No
temas, Cristo Rey, si descarriado
- tras
locos ideales he partido:
- ni en
mis días de lágrimas te
olvido,
- ni en
mis horas de dicha te he olvidado.
-
- En la
llaga cruel de tu costado
- quiere
formar el ánima su nido,
- olvidando
los sueños que ha vivido
- y las
tristes mentiras que ha
soñado.
-
- A la
luz del dolor, que ya me muestra
- mi
mundo de fantasmas vuelto escombros,
- de tu
místico monte iré a la
falda,
-
- con un
báculo: el tedio, en la
siniestra;
- con
andrajos de púrpura en los
hombros,
- con el
haz de quimeras a la espalda.
-
- II
- De
cómo se congratulan del
retorno
-
- Tornaré
como el Pródigo doliente
- a tu
heredad tranquila; ya no puedo
- la
piara cultivar, y al inclemente
- resplandor
de los soles tengo miedo.
-
- Tú
saldrás a encontrarme
diligente;
- de mi
mal te hablaré quedo, muy
quedo
- y
dejarás un ósculo en mi
frente
- y un
anillo de nupcias en mi dedo;
-
- y
congregando del hogar en torno
- a los
viejos amigos del contorno,
- mientras
yantan risueños a tu mesa,
-
- clamarás
con profundo regocijo:
- "¡Gozad
con mi ventura, porque el hijo
- que
perdido llorábamos,
regresa!".
-
- III
- Pondera
lo intenso de la futura vida
interior
-
- ¡Oh,
sí!, yo tornaré; tu amor
estruja
- con
invencible afán al
pensamiento,
- que
tiene hambre de paz y de aislamiento
- en la
mansa quietud de la cartuja.
-
- ¡Oh,
sí!, yo tornaré; ya se
dibuja
- en el
fondo del alma, ya presiento
- la
plácida silueta del convento
- con su
albo domo y su gentil aguja
-
- Ahí,
solo por fin conmigo mismo,
- escuchando
en las voces de Isaías
- tu
clamor insinuante que me nombra,
-
- ¡cómo
voy a anegarme en el mutismo,
- cómo
voy a perderme en las
crujías,
- cómo
voy a fundirme con la sombra!
Amado
Nervo (1870-1919)
|
- Ten
piedad, mi Señor, de mi
presente
- como
ya la tuviste del pasado,
- y
ya que el corazón me lo has
trocado,
- ayúdame
a vivir cristianamente.
-
- Mira
que quiero verme transformado,
- transido
de tu amor profundamente;
- testigo
de tu Cruz, constantemente
- de
espinas en mi cuerpo traspasado.
-
- Pues
de ti me confieso enamorado,
- sólo
tú has de ocupar mi
pensamiento
- Señor,
amigo fiel, Crucificado.
-
- Y
puesto de rodillas a tu lado
- tan
sólo han de trabar
conocimiento
- mis
ojos y tu cuerpo tan llagado.
Teófilo
Amores
|
|
|
|
- Si
de la oscuridad me reclamaste
- con
tu Pasión tras verte
escarnecido,
- ¡cuánto
agradezco aquello que has sufrido,
- pues
que con ello, Amado, me salvaste!
-
- Si
por tu celo y amor no me dejaste,
- ya
que de ti fui siempre perseguido,
- tan
solo es tuyo, Señor, lo
conseguido,
- pues
con tu sangre y tus ojos me
alcanzaste.
-
- ¡Cuánta
miseria y lodo hay en mi vida!
- ¡Cuánto
sufriste, Amor, por no quererte!
- ¡Qué
salvación me has dado
inmerecida!
-
- Vamos,
Señor: dame pronto la muerte,
- ya
que por ella he de encontrar la
Vida...
- Quiero
morir, Señor, ... para
tenerte.
Teófilo
Amores
|
- La
partida
-
- Contigo,
mano a mano. Y no retiro
- la
postura, Señor. Jugamos
fuerte.
- Empeñada
partida en que la muerte
- Será
baza final. Apuesto. Miro
-
- tus
cartas, y me ganas siempre. Tiro
- las
mías, Das de nuevo. Quiero
hacerte
- trampas.
Y no es posible. Clara suerte
- tienes,
contrario en el que tanto admiro.
-
- Pierdo
mucho, Señor. Y apenas queda
- tiempo
para el desquite. Haz Tú que
pueda
- igualar
todavía. Si mi parte
-
- no
basta ya por pobre y mal jugada,
- si de
tanto caudal no queda nada,
- ámame
más, Señor, para
ganarte.
José
García Nieto
|
|
|
|
- ¿Por
qué, de pronto, así,
reconciliado
- con
todo: con el mundo y su
armonía?
- Señor,
en este tarde, tuya y mía,
- dame
que se haga eterno tu cuidado.
-
- ¿Por
qué sin esperarte has
esperado
- a un
corazón que hacia el desierto
huía?
- ¿Por
qué me has dicho: "Hay tiempo
todavía
- para
recuperar al olvidado"?
-
- Atrás
mi casa "estaba sosegada";
- se
quedaba en mis hijos la mirada;
- habías
Tú dispuesto mesa y vino.
-
- Y he
salido a buscarte, y a perderme,
- y a
herirme con tu espada
Solo,
inerme,
- me has
dejado en un alto del camino.
José
García Nieto
|
-
- Arde
Lorenzo y goza en las
parrillas;
- el
tirano en Lorenzo arde y padece,
- viendo
que su valor constante crece
- cuanto
crecen las llamas amarillas.
-
- Las
brasas multiplica en
maravillas
- y
el sol entre carbones amanece
- y
en alimento a su verdugo ofrece
- guisadas
del martirio sus costillas.
-
- A
Cristo imita en darse en
alimento
- a
su enemigo, esfuerzo soberano
- y
ardiente imitación del
Sacramento.
-
- Mírale
el cielo eternizar lo
humano,
- y
viendo victorioso el vencimiento
- menos
abrasa que arde el vil tirano.
Francisco
de Quevedo y Villegas (Madrid, 1580
- 1645)
|
|
|
|
- SALMO
II
-
- ¡Cuán
fuera voy, Señor, de tu rebaño,
- llevado
del Antojo y gusto mío!
- Llévame
mi esperanza viento frío,
- y a
mí con ella disfrazado engaño.
-
- Un
año se me va tras otro año:
- y yo
más duro y pertinaz porfío
- por
mostrarme más verde mi Albedrío,
- la
torcida raíz de tanto daño.
-
- Llámasme,
gran Señor: nunca respondo.
- Sin
duda mi respuesta sólo aguardas,
- pues
tanto mi remedio solicitas.
-
- Mas,
¡ay!, que sólo temo en Mar tan
hondo,
- que lo
que en castigarme ahora aguardas,
- doblando
los castigos lo desquitas.
Francisco
de Quevedo y Villegas
|
- SALMO
XXVI
-
- Después
de tantos ratos mal gastados,
- tantas
obscuras noches mal dormidas;
- después
de tantas quejas repetidas,
- tantos
suspiros tristes derramados;
-
- Después
de tantos gustos mal logrados
- y
tantas Justas penas merecidas;
- después
de tantas lágrimas perdidas
- y
tantos pasos sin concierto dados,
-
- Sólo
se queda entre las manos mías
- de un
engaño tan vil conocimiento,
- acompañado
de esperanzas frías.
-
- Y vengo
a conocer que en el contento
- del
mundo, compra el Alma en tales días,
- con
gran trabajo, su arrepentimiento.
Francisco
de Quevedo y Villegas
|
|
|
|
- SALMO
VII
-
- ¿Dónde
Pondré, Señor, mis tristes ojos
- que no
vea tu poder divino y santo?
- Si al
cielo los levanto,
- del sol
en los ardientes Rayos Rojos
-
- te miro
hacer asiento;
- si al
manto de la noche soñoliento,
- leyes
te veo poner a las estrellas;
- si los
bajo a las tiernas plantas bellas,
-
- te veo
pintar las flores;
- si los
vuelvo a mirar los pecadores
- que tan
sin rienda viven como vivo,
-
- con
Amor excesivo,
- allí
hallo tus brazos ocupados
- más
en sufrir que en castigar pecados.
-
- Francisco
de Quevedo y Villegas
|
- Cansado
estoy de haber sin Ti vivido,
- que
todo cansa en tan dañosa ausencia.
- Mas,
¿qué derecho tengo a tu clemencia,
- si me
falta el dolor de arrepentido?
-
- Pero,
Señor, en pecho tan rendido
- algo
descubrirás de suficiencia
- que te
obligue a curar como dolencia
- mi
obstinación y yerro cometido.
-
- Tuya es
mi conversión y Tú la
quieres;
- tuya
es, Señor, la traza y tuyo el medio
- de
conocerme yo y de conocerte.
-
- Aplícale
a mi mal, por quien Tú eres,
- aquel
eficasísimo remedio
- compuesto
de tu sangre, vida y muerte.
Baltasar
del Alcázar (Sevilla 1530 -
1606)
|
|
|
|
- La
vanidad del mundo.
-
- En fin,
en fin, tras tanto andar muriendo,
- tras
tanto varïar vida y destino,
- tras
tanto de uno en otro desatino
- pensar
todo apretar, nada cogiendo,
-
- tras
tanto acá y allá yendo y viniendo
- cual
sin aliento inútil peregrino,
- ¡oh
Dios!, tras tanto error del buen camino,
- yo
mismo de mi mal ministro siendo,
-
- hallo,
en fin, que ser muerto en la memoria
- del
mundo es lo mejor que en él se asconde,
- pues es
la paga de él muerte y olvido,
-
- y en un
rincón vivir con la victoria
- de
sí, puesto el querer tan sólo
adonde
- es
premio el mismo Dios de lo servido.
Francisco
de Aldana (1537 - 1578)
|
- Dulce
Señor, enamorado mío,
- ¿adónde
vais con esa cruz pesada?
- Volved
el rostro a una alma lastimada
- de que
os pusiese tal su desvarío.
-
- De
sangre y llanto entre los dos un
río
- formemos
hoy; y si a la vuestra agrada,
- partamos
el dolor, y la jornada,
- que de
morir por Vos, en Vos confío.
-
- ¡Ay,
divino Señor del alma
mía!
- No
permitáis que otro nuevo
esposo
- me
reconozca suya en este día;
-
- bajad
de vuestros cielos amoroso,
- y si
merece quien con Vos porfía,
- dadme
estos brazos, soberano Esposo.
Tirso de
Molina (1584 -
1648)
|
|
|
|
- Tres
años ha, mi Dios, que las
impías
- persecuciones
ocasionan llantos,
- y en
sus profetas y ministros santos
- la
crueldad ejecuta tiranías.
-
- Tres
años ha que de mi pecho
fías
- (a
pesar de amenazas y de espantos)
- tus
fieles siervos, puesto que ha otros
tantos
- que el
cielo cierra la oración de
Elías.
-
- En dos
cuevas amparo y doy sustento
- a cien
profetas tuyos escondidos
- del
poder de la envidia y los
engaños.
-
- ¡Ampara
Tú, Señor, mi justo
intento;
- clemente
abre a mis ruegos tus oídos;
- baste,
mi Dios, castigo de tres
años!
Tirso
de Molina
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- Esta
tarde, mi bien
-
- Esta
tarde, mi bien, cuando te hablaba,
- como en
tu rostro y tus acciones vía
- que con
palabras no te persuadía,
- que el
corazón me vieses deseaba;
-
- y Amor,
que mis intentos ayudaba,
- venció
lo que imposible parecía:
- pues
entre el llanto, que el dolor
vertía,
- el
corazón deshecho destilaba.
-
- Baste
ya de rigores, mi bien, baste:
- no te
atormenten más celos tiranos,
- ni el
vil recelo tu inquietud contraste
-
- con
sombras necias, con indicios vanos,
- pues ya
en líquido humor viste y
tocaste
- mi
corazón deshecho entre tus
manos.
Sor
Juana Inés de la Cruz
(1651-1695)
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- Tiempo
soy entre dos eternidades.
- Antes
de mí la eternidad y luego
- de
mí, la eternidad. E1 fuego;
- sombra
sola entre inmensas claridades.
-
- Fuego
del tiempo, ruidos, tempestades;
- sí
con todas mis fuerzas me congrego,
- siento
enormes los ojos, miro ciego
- y oigo
caer manzanas soledades.
-
- Dios
habita mi muerte, Dios me vive.
- Cristo,
que fue en el tiempo Dios, derive
- gajos
perfectos de mi ceiba innata.
-
- Tiempo
soy, tiempo último y primero,
- el
tiempo que no muere y que no mata,
- templado
de cenit y de lucero.
Carlos
Pellicer (1899 -1977)
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- Haz que
tenga piedad de Ti, Dios mío.
- Huérfano
de mi amor, callas y esperas.
- En
cuántas y andrajosas primaveras
- me
viste arder buscando un atavío.
-
- Vuelve
donde a las rosas el rocío
- conduce
al festival de sus vidrieras.
- Llaga
que en tu costado reverberas,
- no
tiene en mí ni un leve calosfrío.
-
- Del
bosque entero harás carpintería
- que yo
estaré impasible a tus labores
- encerrado
en mi cruenta alfarería.
-
- El
grano busca en otro sembradío.
- Yo no
tengo qué darte, ni unas flores.
- Haz que
tenga piedad de Ti, Dios mío.
Carlos
Pellicer
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- A
Jesucristo
-
- Colgado
estás del áspero
madero
- cual
lábaro de paz en las alturas
- dislocadas
las finas coyunturas,
- pidiendo
amor con grito lastimero
-
- ¡Veinte
siglos así! Y hasta el
postrero
- sol que
ilumine ignotas desventuras,
- remachadas
las férreas ligaduras
- te
ofrecerás al universo entero.
-
- Plúgote
así para que el hombre insano
- torne
al bien; sus oráculos
inciertos
- deje, y
no tema tu cautiva mano;
-
- para
que por ciudades y desiertos,
- hallarte
pueda el pecador humano
- ¡con
amorosos brazos siempre abiertos.
Guillermo
Valencia (1873 -
1943)
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- ¡OH!
BUEN JESÚS
-
- ¡Oh!
buen Jesús, que noble y sensitivo
- Poblaste
de raíces mi alma seca
- Y has
sido para mí cual nueva meta,
- Futuro
y mi sostén definitivo
-
- Libremente,
has querido ser mi amigo
- Refrescando
mi alma cuando enteca
- Anhelaba
un consuelo y no una mueca
- Consolándome
atento y efusivo.
-
- ¡Que
tesoro tan rico he adquirido!
- ¡Que
suave consuelo proporcionas!
- ¡Que
alegre compartir, que amable abrigo!
-
- Tu
gracia, tu poder y tu ternura
- Son mi
solio de honor y techo amigo
- Que me
llena de paz y de ternura.
Rafael
Marañón Barrio
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- Cuando
vuelto hacia ti de mi pecado,
- iba
pensando en confesar, sincero,
- el
dolor desgarrado y verdadero
- del
delito de haberte abandonado.
-
- Cuando
pobre me volví a ti
humillado,
- me
ofrecí como inmundo
pordiosero;
- cuando
temiendo tu mirar severo,
- bajé
los ojos, me sentí abrazado.
-
- Sentí
mis labios por tu amor sellados,
- y
ahogarse entre tus lágrimas
divinas
- la
triste confesión de mis
pecados.
-
- Se
llenó mi alma de luces
matutinas
- y,
viendo ya mis males perdonados,
- quise
para mi frente tus espinas.
-
Autor
desconocido
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