SOLO

Mis flaquezas, Señor, son un armario
en el que escondo el montón de mis defectos.
Mis flaquezas, Señor, son cada día,
más abundantes que las flores de mi afecto.
En mis flaquezas escondo cobardía,
ruindad y desapego de tu Cruz.
En mis flaquezas, Jesús, te muestro al hombre
sin vestiduras que escondan mi verdad.
Soy yo, mi Dios, sin oropeles, sin brillos
ni palabras que me oculten.
Soy yo, que necesito cada día
ser salvado de nuevo, Jesús mío.
Y tus manos, extendidas otra vez,
aceptan ser clavadas hoy también.
Y al entrar el clavo, a cada golpe,
me lanzas tu mirada generosa,
rebosante de amor y que perdona.
Y yo, Jesús, me siento conmovido...
¡Me siento tan cobarde... tan poco generoso...!
Mis flaquezas, Señor... acepta mis flaquezas.
Son mi ofrenda de hoy... mi amor sincero.
Son... lo único que tengo.

Volver

Quiero, Señor, perder el brillo;
quiero quedar opaco,
desgastado por el uso del amor.
Quiero ser, como Teresa, una rosa deshojada
cuyos pétalos se lanzan a tu paso
y, en ese vuelo efímero, cantar tus alabanzas.
Y después, deshecho y olvidado, no ser nada:
tan solo para ti tener sentido.
Quiero, Señor, lanzar cada mañana
un ¡FIAT! generoso
y luego, cada tarde, postrarme en tu presencia
y, humilde y confiado, disculparme
de todas mis flaquezas, mis ausencias...
Quiero, Señor, quemar cada minuto de mi vida
menguando en tu servicio, de modo que Tú crezcas.
Quiero, Señor, amar sencillamente,
amar como has amado:
sin nada que esperar a cambio de ese amor.

Al terminar cada día
quisiera ofrecerte, Señor, las manos vacías
después de haber repartido todo lo que soy y tengo
entre tanta gente con la que me he cruzado.
Quisiera haber dejado mi corazón repartido
entre todos los que sufren:
unos en el cuerpo; otros, pobres, en el alma.
Quisiera haber dejado mi palabra entre los sordos
que apenas si oyen hablar de ti.
Quisiera haber dejado mi mirada entre los ciegos
que no te ven en los pliegues de la vida.
Quisiera haber dejado mi amor a ti
entre los que no sienten amor ni compasión por nadie.
Quisiera haber dejado mis caricias a los duros,
a los que no se enternecen ante nada.
Quisiera haber transferido mi sangre a los heridos,
a los que lloran, a los que están hundidos.
Quisiera haberme quedado sin abrazos
de tantos como hubiera debido repartir.
Quisiera haber dejado hasta el aliento
en todos los que están como vencidos.
Quisiera terminar, Señor, mi día,
sin nada que ofrecerte, las manos ya vacías...
Así, de esta manera,
no tendrías, Jesús, otro remedio
que llenarlas tú mismo con tu amor
para empezar de nuevo, al otro día,
a darme y repartirme entre la gente.
... lo mismo que haces Tú.

Mira, Señor, mi alma distraída
en mil preocupaciones de esta tierra:
trabajo, compañeros, amigos y familia,
asuntos personales
de escasa trascendencia para el alma.
Y Tú no estás presente
en buena parte de ellos.
¡Qué tonto soy, Jesús, que no te hago entrar
en todos los asuntos de mi vida...!
Si cuando estás, ya se
que todo se revela más sencillo.
La sombra de tu Cruz en mis asuntos
trastoca todo el orden e importancia.
Se vuelven más sencillos los problemas,
amables las palabras y dulces las miradas.
Abrazo, como hermano, al enemigo;
se vuelven comprensibles las flaquezas...
Mira, Señor, mi alma distraída
en mil preocupaciones de esta tierra:
requiero tu presencia en todas ellas
para divinizar mis pensamientos.

Mírame, Señor:
soy tan importante para mí...
Mi corazón está tan lleno de mí y de mis cosas
que apenas si cabes Tú... si caben mis hermanos.
Mírame, Señor: si quieres, puedes curarme.
Mi corazón necesita el drenaje de tu amor
para ser vaciado de todos mis egoísmos,
de todos mis intereses particulares,
de mis preferencias, mis puntos de vista,
mis gustos, mi amor propio... mi soberbia...
Mi corazón necesita, Señor,
vaciarse de mí mismo y yo solo no puedo.
Dame tu mano, tu ayuda,
tu apoyo permanente.
Ayúdame, Señor, a hacer un hueco;
un hueco total, en el que quepas Tú.
No quiero ser más yo mismo:
solo quiero ser Tú,
pensar, sentir y actuar como Tú
y quiero, Jesús, morir de amor... como Tú.

Oración para ante el Santísimo
 
Ven, Señor, mándanos tu Espíritu.
Ayúdanos a dejar fuera todo lo que no seas Tú
para que puedas colmar nuestros corazones.
 
Tú, Jesús, que lees sin dificultad en nuestro interior;
Tú, que lo sabes todo de nosotros,
Tú, Señor Jesús, sabes que te amamos.
 
Tú, Amado, que nos conoces a cada uno por nuestro nombre,
Tú, Jesús querido, Tú sabes que te amamos.
 
Venimos a que nos mires a los ojos
y veas en ellos nuestra ansia de amor.
Pero... somos tan pequeños...
 
Ven, Señor, mándanos tu Espíritu
y llena nuestros corazones.
Nos hemos hecho capacidad para que Tú,
Torrente de Agua Viva, nos llenes hasta el borde.
 
Ven, Señor... mándanos tu Espíritu.

Como un recién nacido acudo a ti, mi Dios.
No soy nada, no tengo nada, no valgo nada.
Te necesito, Señor, y no se decírtelo.
Lloro de hambre de ti, Pan de Vida.
Gimo atacado por la sed de ti,
Torrente de Agua Viva.
Grito ante un profundo dolor en mis entrañas:
si quieres puedes curarme.
Sucio por mi propia miseria, te reclamo:
si quieres puedes limpiarme.
Mírame, mi Dios amado:
no soy nada, no tengo nada, no valgo nada.
Solo Tú das sentido a mi vida:
nada más abrir los ojos en la mañana,
al lavarme, al vestirme,
al trabajar y al relacionarme,
al dormirme...
Si no estás Tú... es la nada.
 
Como a un recién nacido, mi Dios,
mírame como a un recién nacido.
 
Porque sólo Tú eres todo mi horizonte.

Has herido mi corazón, Señor,
con tu mirada penetrante.
 
Sangrando en mi interior, suspiro
de amor por tu presencia.
No bastan las palabras:
preciso del silencio
para expresar todo el dolor
presente en la distancia
que nos separa, mi Dios.
 
Deseo morir para vivir,
para abrazarte eternamente,
para apoyar mi cabeza en tu regazo
y descansar en ti, Jesús amigo.
 
Deseo vivir para morir de amor,
porque muriendo a cada instante
me acerco a ti y te conquisto.
 
Deseo, mi Dios, amarte y adorarte cada día
...como si fuera el último.

En tu muerte, Señor, está mi vida.
En tu sangre y tu cuerpo masacrado,
mi alimento.
Tu palabra es mi luz.
Refugio para mí tu corazón herido.
 
Señor, Señor, Señor:
¡me encuentro tan contento de mí mismo!
¡Me he vuelto tan soberbio al contemplar
la pompa de jabón que es mi vida!
 
Preciso de tu cruz, Jesús amado.
Preciso que me prestes
los clavos que te fijan al madero
para pinchar, con ellos,
la jabonosa pompa de mi vida.
Preciso de tu herida abierta por la lanza
para encontrar en ella mi refugio,
para encontrar en ella la razón
de todo lo que intuyo.
Preciso de tu cruz para morir
a todo lo que quiero.
Preciso de tu cruz para vivir
allí donde me quieres.
Preciso no ser yo, ... para ser tú.

Ven, Señor, hasta mi corazón orante.
Suplícote me tomes en tus manos,
ofrenda, como víctima, a tu Padre.
Me sé tan poca cosa,
me sé tan confundido de por fuera...
 
Señor: dame la vuelta y muestra mis miserias.
No quiero que me vean de un brillo que no tengo.
Aquello que reflejo no es más que lo que Tú
derramas a raudales sobre mí.
Me sé tan miserable, mi Señor, que me duele
todo este gran amor que me derramas
a manos de tus hijos.
 
Señor, Señor, no tardes,
acéptame cual víctima en ofrenda.
No pido que me lleves,
pues sé que no merezco tu gloria todavía.
Te pido que me estreches el camino:
la senda pedregosa y empinada,
la sequedad que hiera la garganta,
la espina que penetre hasta clavarse
del alma en el centro más profundo.
Y en todo ello tu mano
que sostenga mi gran debilidad.
 
Tu Cruz pido, Señor, y tu sostén.
Ya sé que no merezco ser acepto,
pues sólo tengo un brillo sin valor.
Te pido que me uses, Jesús, y me desgastes;
te pido que me dejes tan viejo por el uso
que no me quiera nadie.
 
En loco, mi Señor, me has convertido:
no sé qué es lo que pido.
 
Te quiero, mi Señor,
te quiero como un niño...
estoy ... enamorado.

Toma, Señor, mi corazón: abierto
como un cáliz en tu ofrenda.
Ya sé que apenas si contiene
un poco de mí mismo,
un poco que entregarte.
Son pocas mis renuncias
sacadas desde dentro tan sólo por tu amor.
 
Escaso el contenido de este cáliz...
Quiero multiplicarlo, Señor, y tú lo sabes,
con cosas pequeñitas: no valgo
para grandes sacrificios.
Soy débil y pequeño, cobarde ante la Cruz.
Ya ves, Señor, tan sólo
pequeños detallitos que ofrecerte.
 
Te ruego tu presencia en el minuto
constante de mi vida. Presencia
que me anime a las renuncias,
a aquellas mis sonrisas que no salen
si Tú no estás conmigo.
 
Tú sabes que te amo,
no obstante el poco contenido de este cáliz.
 
Me veo cada mañana
dispuesto a darlo todo por tu amor.
Y luego, cada noche,
¡qué poco es lo que he dado!
Y sé que no te importa, mi Señor,
pero mi corazón de hombre
solloza acongojado por tantas negativas:
de cien pruebas vividas en el día,
apenas si logré algunas de ellas
ponerlas a tus pies.
 
Toma, Señor, mi vida:
apenas un vistazo se merece. Lo sé.
Pero es todo lo que tengo.
Pequeña y miserable. Escasa. Ya lo sé.
Toma, Señor, mi vida. Tú pones lo que falta:
amor, entrega, cruz,
abrazos y sonrisas. Detalles abundantes.
 
Toma, Señor, mi cáliz. Está casi vacío.
Asómate a su fondo y verás
que se refleja en él tu imagen santa.
Esa es toda mi ofrenda:
tu imagen reflejada en mi interior.

Toma, Señor, mi cuerpo en holocausto;
toma mi mente tan soberbia;
toma mis bienes y mi fama,
mi pan, mi sol, mi luz ... y mi palabra.
Acepta cuanto soy y todo lo que tengo.
Vacíame por completo, hasta quedar expuesto
lo más elemental de mi existencia.
Vacíame, Señor: anhelo la pobreza;
tan sólo tu presencia en mi interior
completa ya mi vida.
...
...
...
Mi corazón, herido por tu amor,
desbarra enfebrecido. No sé ni lo que digo.
La llaga provocada al roce de tu dedo
se hace más profunda cada día.
¡Agrava mi dolencia, amante tan querido,
agrávala hasta el fin,
ayúdame a exhalar mi último suspiro!

Hola, Señor.
Vengo a ponerme en tus manos.
Vengo a ofrecerme: quiero dejarme hacer.
Quiero ser arcilla, moldeable, dúctil.
Trabájame, amásame, dame forma.
Y si ves que me quejo, no hagas caso:
solo soy eso: arcilla débil.
 
Tómame en tus manos, Padre amado,
apriétame hasta estirarme,
vacíame hasta darme capacidad,
hornéame con el calor intenso de tu amor,
hasta adquirir la consistencia que permita
ser usado una y mil veces en tu servicio.
 
Y luego, Señor, haz que mi capacidad
no sea llenada más que por ti.
Lléname hasta el borde
y ayúdame a darme a mis hermanos.
 
Y cuando quieras, Señor amado,
rómpeme y hazme polvillo
que vuele, ligero, hasta ti.
 
Gracias, Señor, por haberme creado.
Gracias, porque he podido sentir tu amor.
Gracias, porque he podido amarte.

Gracias, Señor.
Tan sólo esa palabra se me ocurre.
Gracias.
En todos mis asuntos te he encontrado
volcado a manos llenas.
Me siento desbordado.
Ninguna otra cosa puedo hacer que repetirte:
Gracias.
 
Y yo, Señor, ¿en qué te correspondo?
Pues mira, bien lo sabes:
yo soy la misma nada;
miseria es mi existencia:
escasos y esqueléticos
los actos de renuncia que te ofrezco.
¡Me veo tan deleznable, tan poco agradecido...!
Preciso, mi Señor, de más ayuda,
que vuelvas del revés mi cobardía
que no se atreve a nada;
que en ese paso firme que no me atrevo a dar
te hagas tan presente, tan presente,
que deje de ser yo y seas sólo Tú,
y des, en mi lugar
y desde dentro de este pobre hombre
el paso decisivo de mi vida.
Señor: pues tú lo sabes todo,
pues sabes que te amo con locura...
requiero tu presencia en mis renuncias,
... en las que no pronuncio.
Te pido que me ayudes a negarme,
vendiendo lo que tengo, lo que soy,
para correr ligero, cual Teresa,
y así... Vivir de Amor.

No tengo palabras
que expresen lo que siento.
Tan sólo podrían aproximarse
el silencio y la quietud,
la serena mirada de un anciano,
el gesto de una mano que bendice
la frente limpia de un recién nacido.
¿Cómo contar, de balsa que rebosa,
la dulce cantinela del agua que se escapa?
¿Cómo expresar el hondo sentimiento
que genera una lágrima fugaz?
¿Cómo explicar, tan sólo con palabras,
todo el amor que invade el corazón
al contemplarte expuesto en el altar?
Confieso mi impotencia;
declaro que mi alma en erupción
aturde mis sentidos, que no pueden
volcar al exterior mis sentimientos..
Proclamo que mi amor se te ha rendido.
He puesto mi mirada en la Hostia Blanca
y allí se me ha mostrado la respuesta
a todas las preguntas formuladas tantas veces.
¿Que dónde está el Amor?. Señor: ¡en ti!.
¿Que dónde la dulzura de unas manos
que acarician un cuerpo destrozado?
¿Que dónde la pasión del padre
que espera perdonando?
¿Que dónde están los brazos que, cálidos,
te acogen, si vienes congelado?
En ti, Señor, en ti.
Encuentro las respuestas
a todas mis preguntas planteadas
tan solo con mirarte en el altar,
paciente y convertido en alimento.
Tú eres, mi Señor, el único sentido de mi vida.

A Javier, mi hermano en Cristo,
a quien tuve la dicha de conocer
un mes de septiembre
en la Trapa de San Isidro de Dueñas (Palencia)

 Quiero hacer, Señor, "puenting" sin cuerda.
"Puenting de amor", lo llamo yo.
Quiero lanzarme a tus brazos,
los ojos cerrados
y el corazón abierto de par en par.
Quiero dejar a un lado mis miedos,
mis prevenciones, mis lugares comunes,
tan cómodos por no comprometidos.
Quiero poner mi confianza en ti
por cima de mi vida.
Quiero decirte: aquí estoy, toma, saca, corta,
actúa como quieras. Párteme y reparte.
No temas, Señor, no temas afligirme:
¡Te tengo a ti!, ¡Te tengo en mí!.
Señor, prepárate, allá voy.
Me lanzo sin temor hacia tus brazos
sin cuerda que me ate a nada de esta vida.

Quisiera ser tan pobre, tan pobre,
que no tuviera nada que ofrecerte.
 
Quisiera no tener palabras ni miradas,
quisiera no tener ni pensamientos.
 
Quisiera estar vacío, vacío por completo,
tener las manos limpias de nada que ofrecerte.
 
Quisiera no tener ni nombre ni apellidos.
Quisiera no ser nada, nada,
para que Tú pudieras serlo todo.
 
Quisiera, así,
venir cada mañana hasta tu lado,
sentarme junto a ti y no decirte nada.
Ser solo compañía de amor.
 
Quisiera mirar
hasta lo más profundo de tu amor
y amarte. Solo eso.
 
Quisiera ser tan sólo una frágil vasija
vacía hasta de aire.
Ser pura receptividad que tiende a ti.
 
Quisiera, mi Señor, ser consumido
en una leve llama de amor
y darte ese calor.
 
Quisiera no ser más
que aquello que Tú quieras.

 

A mi hermanilla Loli

Gracias, Señor, por darme tu silencio.
Gracias por tu sueño
echado en mi barquilla.
 
Gracias por dejarme
andar por tus caminos
sin darme ahora la mano.
 
Gracias, Señor, pues esta soledad
es obra de tu amor y tu cuidado.
 
Tú quieres que madure
andando tus caminos soltado de tu mano.
Pues bien, Señor, que sea.
Mas no apartes tu vista,
que puedo extraviarme.
 
Seguro que sabiendo tu mirada
posada sobre mí
podré andar tus caminos
derecho hasta tu casa.
 
Gracias, Señor,
por todos tus detalles.

¡Qué frío hace en el mundo, Señor,
qué poco amor encuentras!
También mi corazón es un refugio
al que le faltan tejas, al que le faltan
mantas que pudieran darte un poco de calor.
Me hiciste así, Señor:
humana imperfección, fallo, defecto.
Y así me ofrezco a ti: tal como soy.
No encontrarás en mí grandes virtudes
ni rasgos generosos que destaquen.
Tan solo un corazón enamorado
y transido por tu amor, que no merezco.
Amor en holocausto me he ofrecido:
mil veces por ayer; de nuevo en cada hoy;
y así quiero seguir cada mañana.
Soy poco, escaso, parco... ya lo sé.
Soy yo, Señor... tú me creaste.
Pues bien: tal como soy
me ofrezco con plena libertad
Soy tuyo, mi Señor. Haz lo que quieras.

Señálame los pasos; muéstrame tus sendas.
No tengo más camino, Señor, que tu Camino.
No tengo más tarea que amarte sin medida.
No tengo otro destino que hacer tu voluntad.
Estoy siempre dispuesto a partir a donde digas.
Carezco de equipaje,
de nada que me ate a nada de esta tierra.
Se iniciarán mis pasos
al ver un gesto leve de tu mano.
Terminarán allí donde decidas.
Me tienes por completo a tu servicio:
vivir en el silencio de los claustros,
correr por esta selva que es la vida
del mundo enloquecido de intereses;
volcar mi corazón y mis entrañas
sirviendo en lo que mandes.
Te quiero mi Señor, mi Dios, mi Amado.
No hay nada que requiera mi atención
más que servirte a ti.
No tengo otro destino que hacer tu voluntad.

Cayó todo mi cuerpo a la tierra del camino.
Cayeron las murallas de mi alma tan altiva.
Cayó todo mi ser, Señor, cuando quisiste.
¡Gracias, mi Dios, pues me llamaste así!

Despójame, Señor, de mis seguridades,
despójame de todo cuanto tengo,
desvísteme de todos mis ropajes.
No quiero tener deseos, ni imagen, ni historia.
Tan solo a tus ojos ser algo:
tu hijo confiado en tus brazos que, alegre,
abandona en tus manos de Padre todos sus asuntos.
No quiero ser nada, mi Dios,
más que lo que quieras.
Quedarme muy quieto ante ti;
ser tu compañía en cualquier Sagrario,
en cualquier lugar donde tu presencia
se me hace patente.
¿Qué más puede un hombre
pedirle a su Dios de él enamorado?
Despójame, sí, de todas mis ansias.
También de lo bueno que pueda tener.
Hazme puro hueco donde construir
tu casa, tu hogar...
un sitio apartado al que retirarte
para tu oración... cual fuera Betsaida.
Vacía, Señor, todo mi equipaje:
me quiero quedar como vine al mundo
ante tu presencia: pequeño y desnudo,
sin ninguna cosa por la que me pueda
sentir atraído, atado o vencido;
quedarme vacío, quedarme sin nada:
depender de ti... tan solo de ti.
Ser tuyo, Señor, ser... sin condiciones,
del todo entregado a tu voluntad.
Ser tuyo, Señor... solo por amor.

Dame, Señor, si quieres, el don de la humildad.
No lo quiero por mí. Lo quiero para ti,
para amarte y alabarte sólo a ti,
para referir mis circunstancias tan sólo a tu Persona.
Dame, Señor, si quieres, el don de la pobreza;
de la pobreza de alma, de la pobreza interior.
Quisiera no tener, para tenerte sólo a ti,
pues solo contigo basta al hombre.
Dame, Señor, si quieres, el don del amor total
a todo lo que sea tu voluntad.
No quiero resignarme, ni aceptar:
tan solo quiero amar aquello que en tu
Plan de Amor de Padre preveas para mí.
Dame, Señor, si quieres, entrega confiada y abandono
sin límite en tus manos;
lanzarme, sin temor a lo que venga,
a todo lo que sea tu voluntad.
Mi Dios, mi Amor, mi Todo...
tan sólo Tú me importas,
tan sólo Tú eres Lógica de Vida.
Tan sólo a ti quiero tender.

Es tu silencio, Señor, lo que ahora quieres darme.
Es tu silencio en respuesta a todas mis preguntas.
Tu silencio, que es paz
en medio de este ruido de la Tierra.
A veces, mi Señor, entiendo tus silencios
mejor que otras respuestas
más sonoras que me ofreces.
¡Encuentro tanto amor en tu silencio!
¡Me siento tan amado
en esa paz que así me otorgas!
Silencio y soledad, oculta oscuridad
a todo lo que sea
el ruido y el tumulto, el brillo de esta tierra...
No sé, mi Dios amado, qué puedo haberte hecho
para que vengas a inundarme de tu luz.
Tu luz... y tu silencio.
No entiendo cómo pueden ambos darse,
los dos al mismo tiempo.
La luz que se origina en tu presencia...
Silencio, sí, mas no silencio surgido de la nada;
silencio impresionante que de tu majestad se me deriva.
A veces, mi Señor, este mismo silencio
pudiera ser tomado por ausencia.
Tan sólo la soberbia de los hombres
genera una ceguera tan enorme.
Gracias, Señor. Estás en todas partes;
estás en todo tiempo, ya lo sé.
Gracias, Señor, por todos tus silencios.