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El ayuno no
hace más que expresar en el plano e los
signos la actitud interior de penitencia; la
refuerza inscribiéndola en le carne. El
pecador que se priva de alimentos traduce
concretamente su hambre de amor a Dios. Proclama
que "no solo de pan vive el hombre sino de todo lo
que sale de la boca del Señor" (Dt. 8,3; Mt.
4,4). (Jean
Lafrance)
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