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VACIAMIENTO
- Cuando
esperas ansiosamente correo; cuando esperas que
tus amigos se acuerden de ti; cuando quieres ser
alguien excepcional; cuando deseas que se
pronuncie tu nombre; cuando buscas una
atención especial; cuando esperas un
trabajo más interesante o cosas
más estimulantes, entonces te das cuenta
de que ni siquiera has empezado a crear un
pequeño espacio para Dios en tu
corazón.
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Cuando ya nadie te escribe; cuando nadie se
acuerda de ti o se pregunta qué
estás haciendo; cuando te limitas a ser
uno cualquiera de los hermanos, haciendo las
mismas cosas que hacen ellos, ni mejor ni peor;
cuando has sido olvidado por la gente, puede que
entonces tu corazón y tu mente
estén ya lo suficientemente vacíos
como para darle a Dios una oportunidad real de
hacerte sentir su presencia.
(Henry
Nouwen)
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El
contemplativo que quiere permanecer en Dios debe
aceptar el perder su propia voluntad
vaciándose de ella, para dejarse invadir por
la voluntad del Padre.
(Jean
Lafrance)
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Es al
precio de una desposesión total de nosotros
mismos como llegaremos a un conocimiento
íntimo de Cristo, es decir a la santidad.
(Jean
Lafrance)
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Para seguir a Cristo es necesario romper el
círculo que nos ata a nuestra propia vida
para darnos a Señor. No hay más
que un medio: es la renuncia a sí
mismo.
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(...) La persona no se posee más que para
ofrecerse. Todo debe ser considerado como nada
en relación al amor único de
nuestro Señor.
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(...) La pérdida de sí es la
condición fundamental del triunfo de Dios
en nosotros y en nuestra acción. El Padre
se ha manifestado en el Hijo porque éste
se ha vaciado totalmente de sí mismo.
(Jean
Lafrance)
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¡Qué idea tan equivocada tenemos de
la renuncia! La consideramos como un ejercicio
triste, casi despreciable; como una
práctica penosa, fatigosa. Es que no
vemos más que su aspecto negativo, y con
ese matiz no puede menos de resultar fastidiosa.
Es la muerte del "yo", y la muerte, por
sí misma, repele y horroriza. Pero Teresa
ve en la renuncia algo más, renunciarse
¡es amor, es vida.
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Hay un segundo prejuicio contra la renuncia.
Imaginamos que exige una represión
continua, un esfuerzo violento, ininterrumpido;
un control implacable de todos los movimientos
del alma y del cuerpo... Teresa, muy al
contrario, ve en ella la práctica del
olvido propio; el movimiento del alma que se
lanza hacia Dios en un impulso de amor,
descargándose, en su carrera hacia
Él, de todo aquello que pueda retardar o
detener su marcha.
(Liagre)
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Quita de tu
corazón lo que estorba y en él
hallarás a Dios.
(Rafael Arnáiz)
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Todo el que
se mueve como empujado por Dios y por agradarle
solo a Él, ya no prefiere una cosa a otra,
sino que quiere conseguirla solamente si a Dios le
agrada que la consiga, y en el modo y tiempo que a
Él le agrade. Así que, tanto si la
consigue como si no la consigue, se queda
igualmente contento y en paz, pues de todas maneras
alcanza su propósito y consigue su fin, que
no es otro sino el de agradar a Dios.
(Lorenzo
Scupoli)
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