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¿Qué
te he hecho, Señor, para merecer esto?
Hasta
mediados de los años 60 mi vida se desarrolló,
Señor, cercana a ti. En mis actividades, en mi grupo
de amigos, en todo lo que me importaba estabas Tú,
con una presencia real, evidente. Nunca pude concebir mi
vida sin ti y hasta, bien lo sabes, pensé consagrar
toda mi vida a tu servicio.
El despertar de mi
juventud coincidió con los albores del mayo
francés y el espasmo revolucionario que
sacudió Europa sacudió, también, todo
mi ser. Fui, Señor, lo que Tú quisiste que
fuera: un producto de mi tiempo: todas mis ideas, mis
planteamientos, los fundamentos de mi vida fueron sometidos
a revisión, Recuerdo aún el escalofrío
que sentí al plantearme que podría vivir mi
vida sin ti.
Miré hacia
atrás y me pregunté si toda mi vida no
había sido hasta entonces una mentira y desde aquella
madurez (¡¡) que sentía a mis dieciocho
años, decidí que debía comenzar a
buscar la Verdad: volví mis ojos hacia afuera,
miré a los lados, y comencé un camino que
había de durar casi treinta años.
Te busqué,
Señor, por todos lados: acudí a cultos
cristianos no católicos que comenzaban a ser
permitidos, aunque no "oficialmente" autorizados;
visité la Sinagoga de Madrid, indagué en el
Budismo. Siempre desde un profundo respeto, porque te
buscaba a ti.
Y en ninguno de aquellos
caminos te encontré.
Volví mis ojos al
hombre. Y pensé que aquel Jesús que, en otro
tiempo, me enamorase, estaría metido a
revolucionario. Y quise encontrarte allí. Y
nuevamente te busqué, ahora en medio de aquellos
jóvenes ilusionados que pronunciábamos,
siempre con mayúsculas y en tinta roja, la palabra
"JUSTICIA". Algunas veces, incluso, salíamos por la
noche a escribirla por las paredes de aquella Barcelona
encantadora.
Y tampoco, Señor,
estabas allí.
Al poco de casarme me
pareció atisbarte entre la niebla. No tardé en
encontrarte porque (¿recuerdas, Señor?) me
saliste al encuentro. Emocionado te abracé, te
miré a los ojos y volví a abrazarte Al cabo de
un buen rato te dije que quería quedarme contigo, que
estaba a gusto. Fue entonces cuando me dijiste aquello
"Vale; toma tu Cruz y vente conmigo".
Me quedé
helado.
No podía esperar de
ti que me pidieras cargar con mi Cruz. Estábamos en
la segunda mitad de los setenta: las cosas habían
cambiado en nuestro entorno y Tú, me seguías
diciendo lo mismo que quince años antes. Ciertamente,
Señor, quería seguirte, ... pero sin Cruz. Y
no te permití seguir hablándome. Me di la
vuelta y, casi sin despedirme, me alejé.
Durante los siguientes
diecisiete años no dejaste de rondar mi puerta. Te he
visto con frecuencia, he percibido, incluso, tu mirada. Dos
veces por año te he sentido llamar a mi puerta.
Algunos inviernos hasta te he visto cerca de ella esperando
a ver si salía. Y yo siempre, o me hice el sordo, o
me oculté por no verte: te quería,
Señor, pero me resultabas incómodo. Y cerraba
mis ventanas para no verte. Y la oscuridad se
adueñaba de mi casa. Y con la oscuridad las
telarañas, la humedad, el moho... y una tristeza
interior...
No sé
porqué, hace cinco años decidiste que aquello
no podía seguir así y delicadamente -como
siempre haces todo- te acercaste y con un dedo empujaste
levemente una ventana y, al hacerlo, cedió,
abriéndose lo suficiente como para que entrase el
sol, la luz, el aire...
Ya sabes, Señor,
qué pasó a partir de aquel momento: yo
había olvidado lo que era la caricia del aire fresco,
el aroma de las flores, el maravilloso contraste de los
colores que se hacen presentes con la luz... había
olvidado la melodía de tu voz y la dulzura de tu
compañía; había olvidado cómo
consuela tu presencia en el dolor; había olvidado
cómo calienta tu mirada en el gélido
frío de la tristeza.
Nunca te cansaste,
Señor, a pesar de la indiferencia que te
mostré. Y sé que fue así porque me
creaste tan sólo para amarme: también
sé que estás loco por mí, como lo
estás por todos mis hermanos: sé que Tú
eres el Amor: sé que Tú eres el torrente de
Agua Viva y que a mí me has hecho recipiente al que
llenar... Y sé que aún estoy tan lleno de "mis
cosas", de mí mismo, que apenas si dejo un hueco para
Ti. Y sé que no te importa, pues me amas.
Hoy, Señor, como
hice ayer y como haré mañana, quiero darte las
gracias. Gracias porque me has creado TAN SOLO para amarme.
Hoy, por fin, he comprendido que, muchas veces, tus caminos
no son mis caminos... y que el guía experto eres
Tú. Por eso he decidido abandonar las decisiones en
tus manos.
Hoy, Señor,
quisiera poder gritar a otros que les estás buscando
y que no hay alegría mayor que ser encontrado.
Quisiera decirles que Tú eres la única
respuesta a todas las preguntas, la alegría en todas
las tristezas; y que en el hambre eres el Pan que da Vida y
el Agua Viva en la aridez del desierto de este
mundo.
Hoy, Señor,
quisiera pregonar ante aquellos que se sienten miserables la
gran suerte que tienen, porque Tú viniste al mundo,
precisamente para ellos. Y no nos pides más que
admitamos ser así: miserables.
Hoy, Señor, desde
el paroxismo de mi corazón enamorado, quiero
gritarte:
...acaba ya si
quieres:
¡rompe la tela de este
dulce encuentro!
R.
(España)
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