A MI
AMOR
Querido Jesús
mío, hace ya más de cuatro años que
cautivaste mi corazón y me invitaste a seguir tu
camino, el camino del Amor. Recuerdo cómo fuiste
entrando en mi vida, cómo fuiste descubriendo para
mí un mundo diferente, más pleno, más
feliz. Tú me conoces mejor que nadie, sabes bien que
siempre fui una niña muy soñadora, anhelaba mi
felicidad como algo inalcanzable pero algo dentro de
mí siempre me empujaba a seguir buscando.
Quisiste que mis
padres confiasen mi educación a un colegio religioso,
"Las Teresianas". Allí transcurrió
prácticamente toda mi infancia y parte de mi
adolescencia. Yo era bastante cumplidora con mis deberes
como cristiana, pero todo quedaba en eso, en
cumplir.
Pertenecí a
un grupo llamado "Amigos de Jesús".
Años
más tarde pasé a formar parte del M.T.A.
(Movimiento Teresiano Apostolado). La misión de estos
grupos consistía en un mayor compromiso contigo y con
la Iglesia, aunque mis motivaciones no eran esas,
simplemente me gustaban las excursiones y los encuentros que
se organizaban porque lo pasaba muy bien y conocía
gente nueva.
Hoy, me doy cuenta
de que siempre estuviste detrás de todo aquello,
caminado a mi lado.
Pasaron los
años, y pronto comenzó una nueva experiencia
para mí. Al empezar mis estudios universitarios algo
en mi vida cambiaba día a día. Jesús,
no sé cómo ni porqué, me fui alejando
de ti cada vez más. Todo para mí fue perdiendo
importancia y mi rutina se redujo a un malvivir continuo que
se iba apoderando de mí y de mis sueños. Todo
fue perdiendo brillo en mi vida, hasta que me vi sumida en
la más profunda tristeza. Mi vida no tenía
sentido. Viví desde este vacío durante casi
tres años, nada me llenaba, nada me atraía, y
busqué la felicidad en lugares
equivocados.
Recuerdo que un
día, acompañé a mis padres a la
Eucaristía. Esa tarde se me quedó tan gravada
como si hubiese sido ayer. En la homilía el padre nos
habló del sufrimiento y nos dijo: "Recuerda siempre
que cuando tú estás sufriendo, Jesús
sufre contigo, no estás sólo". Sin saber
porqué, le pedí a Jesús que me ayudara.
Nunca comenté nada al respecto pero aquello me
marcó enormemente.
Seguí
viviendo día tras día con esa tristeza que
tanto me ahogaba. Pero llegó el momento en que me
hiciste despertar y me lancé a una nueva vida.
Decidí dejar mi casa y comenzar en otro lugar. Algo
dentro de mí me decía que iba a encontrar
cosas buenas; ese algo, Jesús, era tu voz, pero
entonces no era capaz de reconocerla.
Me costó
mucho separarme de mi familia, de mis amigos, de mis Islas
Canarias, pero "tenía que salir de mi
tierra".
Me vine a Granada,
en donde providencialmente había conseguido una plaza
en la universidad, y aquí, Jesús,
empezó para mí la más bella historia de
amor que nunca hubiera soñado.
Me instalé en
la Residencia Universitaria Madre Riquelme, y pronto hice
amigos en mi nueva ciudad. Nunca había convivido con
tanta gente y la verdad es que prometía ser una
experiencia inolvidable.
Mi primer año
en Granada pasó muy rápido, y sentía
que poco a poco mi vida se iba rehaciendo. Las religiosas de
la residencia eran muy cercanas. En frente de nosotras, las
universitarias, vivía la comunidad de Misioneras del
Santísimo Sacramento y María Inmaculada, en la
Casa Madre. Conocí a dos novicias que se estaban
formando aquí y me cuestionaba muchísimo su
opción de vida. Siempre que encontraba ocasión
hablaba con ellas e intentaba descubrir qué era lo
que les había hecho optar por la vida
religiosa.
Me invitaron a un
grupo de oración que se reunía una vez a la
semana y con mi espontaneidad habitual dije que
sí.
Yo continuaba con mi
vida de estudiante, salía con mis amigos,
hacía muchas cosas, pero sentía que me faltaba
algo.
Empecé a ir
al grupo de oración aunque no estaba segura de lo que
hacía. El primer día, aquello me
pareció una locura, no entendía lo que
hacían allí, delante de ti, los
jóvenes, pero a pesar de ello volví a la
semana siguiente. Fue muy especial, tuve una
sensación que no puedo describir, me sentía
incapaz de mirarte, me sentía indigna de estar en tu
presencia y rompí a llorar como una niña. Me
entró miedo y dejé el grupo.
Aparentemente,
estaba todo bien, pero me engañaba a mí misma,
estaba huyendo de ti. Intenté olvidar aquella
experiencia pero TÚ no lo permitiste.
En pocas semanas
volví al grupo, te fui conociendo, y se
despertó en mí el deseo de hablar contigo con
más frecuencia. Nuestra relación se estrechaba
cada vez más y eso me agradaba pero también
sentía miedo. En mi vida comenzó a existir
cierta contradicción, por un lado mis amigos, mis
caprichos, y por otro TÚ. Cada vez me costaba
más hacer lo que hacían todos los
jóvenes y necesitaba pasar más tiempo contigo,
vivir una exigencia mayor de oración. Iba a la
Eucaristía todos los días y cada vez que te
recibía me invadía una paz que jamás
había experimentado. Además, todo aquello que
para los demás tenía un gran valor, para
mí era nada, vacío.
Algo le estaba
pasando a mi pobre corazón, me estaba enamorando de
ti, Jesús.
En mi interior
resonaba una y otra vez: "Ven y sígueme".
Después de mucho preguntarte, después de
tantas lágrimas, comprendí lo que me
pedías, me querías para ti. Me invitaste a
remar contigo "mar adentro", no me prometiste un camino
fácil, pero sí que estarías siempre a
mi lado. Se trataba de algo muy importante para mí,
¿Sería capaz de dejarlo todo por TI?.
Empecé a
sentirte cada vez más cerca, y cada día me
hablabas al corazón llamándome,
diciéndome: "Tengo sed de ti". Tu amor me fue
invadiendo y al fin me hiciste ver que mi única
felicidad estaba en ti, Jesús. Me diste la fuerza que
necesitaba, y te dije: "SÍ".
Hoy, Jesús,
soy feliz. Entraste en mi corazón y lo hiciste tuyo.
Ahora me doy cuenta de que durante toda mi vida me
acompañó tu presencia callada: cada visita a
la iglesia, cada lágrima ante el sagrario. Cada una
de las experiencias vividas estaban marcadas con tu sello de
amor. Condujiste mi vida por arduos caminos, pero ahora
comprendo porqué, ahora sé que yo era uno de
tus sueños, mi corazón te pertenecía,
pero tenías tu momento para hacérmelo saber.
¡Qué dicha tener la vida para
entregártela!. Tu misterio de Amor ha envuelto mi
vida y ahora no sé vivir sin TI.
Gracias Señor
por tu presencia, gracias por tu mirada de Amor, gracias por
tu infinita misericordia. Apareciste en mi vida como un
remanso de paz, me sacaste del abismo profundo.
Hoy, Señor,
todo mi ser grita: ¡GRACIAS SEÑOR POR TODO Y POR
SIEMPRE!.