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MI
CRISTO ROTO
P.
Ramón Cué S.J.
COMPRAVENTA
DE CRISTOS
A mi Cristo
roto, lo encontré en Sevilla. Dentro del arte me
subyuga el tema de Cristo en la cruz. Se llevan mi
preferencia los cristos barrocos españoles. La
última vez, fui en compañía de un buen
amigo mío. Al Cristo, ¡Qué
elección! Se le puede encontrar entre tuercas y
clavos, chatarra oxidada, ropa vieja, zapatos, libros,
muñecas rotas o litografías románticas.
La cosa, es saber buscarlo. Porque Cristo anda y está
entre todas las cosas de este revuelto e inverosímil
rastro que es la Vida.
Pero aquella
mañana nos aventuramos por la casa del artista, es
más fácil encontrar ahí al Cristo,
¡Pero mucho más caro!, es zona ya de
anticuarios. Es el Cristo con impuesto de lujo, el Cristo
que han enriquecido los turistas, porque desde que se
intensificó el turismo, también Cristo es
más caro.
Visitamos
únicamente dos o tres tiendas y andábamos por
la tercera o cuarta.
- Ehhmm
¿Quiere algo padre?
- Dar una
vuelta nada más por la tienda, mirar,
ver.
De
pronto
frente a mí, acostado sobre una mesa, vi
un Cristo sin cruz, iba a lanzarme sobre él, pero
frené mis ímpetus. Miré al Cristo de
reojo, me conquistó desde el primer instante. Claro
que no era precisamente lo que yo buscaba, era un Cristo
roto. Pero esta misma circunstancia, me encadenó a
Él, no sé por qué. Fingí
interés primero por los objetos que me rodeaban hasta
que mis manos se apoderaron del Cristo, ¡Dominé
mis dedos para no acariciarlo! No me habían
engañado los ojos
no. Debió ser un
Cristo muy bello, era un impresionante despojo mutilado. Por
supuesto, no tenía cruz, le faltaba media pierna, un
brazo entero, y aunque conservaba la cabeza, había
perdido la cara.
Se
acercó el anticuario, tomó el Cristo roto en
sus manos y
- Ohhh, es
una magnífica pieza, se ve que tiene usted gusto
padre, fíjese que espléndida talla, qué
buena factura
-
¡Pero
está tan rota, tan
mutilada!
- No tiene
importancia padre, aquí al lado hay un
magnífico restaurador, amigo mío y se lo va a
dejar a usted, ¡Nuevo! Volvió a ponderarlo, a
alabarlo, lo acariciaba entre sus manos, pero
no
acariciaba al Cristo, acariciaba la mercancía que se
le iba a convertir en dinero.
Insistí,
dudó, hizo una pausa, miró por última
vez al Cristo fingiendo que le costaba separarse de
Él y me lo alargó en un arranque de
generosidad ficticia, diciéndome resignado y
dolorido:
- Tenga
padre, lléveselo, por ser para usted y conste que no
gano nada, 3.000 pesetas nada más, ¡Se lleva
usted una joya! El vendedor exaltaba las cualidades para
mantener el precio. Yo, sacerdote, le mermaba méritos
para rebajarlo
Me
estremecí de pronto. ¡Disputábamos el
precio de Cristo, como si fuera una simple mercancía!
Y me acordé de Judas
¿No era aquella
también una compraventa de Cristo? ¡Pero
cuántas veces vendemos y compramos a Cristo, no de
madera, de carne, en él y en nuestros
prójimos! Nuestra vida es muchas veces una
compraventa de cristos.
Bien
cedimos los dos
lo rebajó a 800 pesetas. Antes
de despedirme, le pregunté si sabía la
procedencia del Cristo y la razón de aquellas
terribles mutilaciones. En información vaga e
incompleta me dijo que creía procedía de la
sierra de Aracena, y que las mutilaciones se debían a
una profanación en tiempo de guerra.
Apreté
a mi Cristo con cariño
y salí con
Él a la calle.
Al fin, ya de
noche, cerré la puerta de mi habitación y me
encontré solo, cara a cara con mi Cristo. Qué
ensangrentado despojo mutilado, viéndolo así
me decidí a preguntarle:
- Cristo,
¡¿Quién fue el que se atrevió
contigo?! ¡¿No le temblaron las manos cuando
astilló las tuyas arrancándote de la cruz?!
¿Vive todavía?
¿Dónde?¿Qué haría hoy si te
viera en mis manos?
¿Se
arrepintió?
-
¡CÁLLATE!
Me
cortó una voz tajante.
-
¡CÁLLATE, preguntas demasiado! ¡¿Crees
que tengo un corazón tan pequeño y mezquino
como el tuyo?! ¡CÁLLATE! No me preguntes ni
pienses más en el que me mutiló,
déjalo, ¿Qué sabes tú?
¡Respétalo!, Yo ya lo perdoné. Yo me
olvidé instantáneamente y para siempre de sus
pecados. Cuando un hombre se arrepiente, Yo perdono de una
vez, no por mezquinas entregas como vosotros.
¡Cállate! ¿Por qué ante mis miembros
rotos, no se te ocurre recordar a seres que ofenden, hieren,
explotan y mutilan a sus hermanos los
hombres. ¿Qué
es mayor pecado? Mutilar una imagen de madera o mutilar una
imagen mía viva, de carne, en la que palpito Yo por
la gracia del bautismo. ¡Ohh hipócritas! Os
rasgáis las vestiduras ante el recuerdo del que
mutiló mi imagen de madera, mientras le
estrecháis la mano o le rendís honores al que
mutila física o moralmente a los cristos vivos que
son sus hermanos.
Yo
contesté:
- No puedo
verte así, destrozado, aunque el restaurador me cobre
lo que quiera ¡Todo te lo mereces! Me duele verte
así. Mañana mismo te llevaré al
taller.¿Verdad que apruebas mi plan? ¿Verdad que
te gusta?
- ¡NO,
NO ME GUSTA!
Contestó
el Cristo, seca y duramente.
-
¡ERES IGUAL QUE TODOS Y HABLAS
DEMASIADO!
Hubo una pausa
de silencio. Una orden, tajante como un rayo, vino a
decapitar el silencio angustioso.
- ¡NO
ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO
OYES?!
- Si
Señor, te lo prometo, no te
restauraré.
-
Gracias.
Me
contestó el Cristo. Su tono volvió a darme
confianza.
- ¿Por
qué no quieres que te restaure? No te comprendo.
¿No comprendes Señor, que va a ser para
mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y
mutilado?¿No comprendes que me duele?
- Eso es lo
que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos
hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados,
indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen
posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado
los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra.
Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me
restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas
de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te
sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos
cristianos se vuelven en devoción, en besos, en
luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus
hermanos los hombres, cristos feos, rotos y sufrientes. Hay
muchos cristianos que tranquilizan su conciencia besando un
Cristo bello, obra de arte, mientras ofenden al
pequeño Cristo de carne, que es su hermano.
¡Esos besos me repugnan, me dan asco!, Los tolero
forzado en mis pies de imagen tallada en madera, pero me
hieren el corazón. ¡Tenéis demasiados
cristos bellos! Demasiadas obras de arte de mi imagen
crucificada. Y estáis en peligro de quedaros en la
obra de arte. Un Cristo bello, puede ser un peligroso
refugio donde esconderse en la huida del dolor ajeno,
tranquilizando al mismo tiempo la conciencia, en un falso
cristianismo. Por eso ¡Debieran tener más
cristos rotos, uno a la entrada de cada iglesia, que gritara
siempre con sus miembros partidos y su cara sin forma, el
dolor y la tragedia de mi segunda pasión, en mis
hermanos los hombres! Por eso te lo suplico, no me
restaures, déjame roto junto a ti, aunque amargue un
poco tu vida.
- Si
señor, te lo prometo.
(Contesté)
Y un beso
sobre su único pie astillado, fue la firma de mi
promesa.
Desde
hoy
viviré con un Cristo roto.

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