|
Inicio
Textos
(�ndice)
Michel
Quoist
La
palabra del Señor da frutos... y en
abundancia
La
mirada desde la fe
Confiar
en Dios
Señor,
Tú me has cautivado
Me
da miedo decir "si"
La
palabra del Señor da frutos... y en
abundancia
Mientras no aceptes
verdaderamente tus límites, no podrás
construir nada sólido, pues te pasas el tiempo
deseando los instrumentos que están en manos de los
demás, sin darte cuenta que tú también
posees otros, diferentes pero igualmente útiles. No
niegues tus límites, sería desastroso.
Negarlos no los suprime. Si existen, ignorarlos sería
darles una fuerza misteriosa de destrucción contra tu
vida. Por el contrario, míralos de frente, sin
exagerarlos, pero sin minimizarlos tampoco. Si puedes
cambiarlos en algo ¿qué esperas para hacerlo con
calma y perseverancia? Si no puedes hacer nada,
acéptalos. No se trata de resignarte, inclinando la
cabeza, sino de decir SI levantándola. No se trata de
dejarse aplastar, sino de soportar y ofrecer.
Tranquilízate.
Dios te observa y a sus ojos, no eres ni menos grande ni
menos amado que cualquier otro hombre. Ofrécele tus
preocupaciones, tus penas, tus pesares... y cree más
en Su poder que en tu eficacia.
En la medida en que
compruebes, aceptes y ofrezcas tus limitaciones a Dios,
descubrirás que tu pobreza se convierte en una
inmensa riqueza.
No es humildad
creerse el más desprovisto de todo. El humilde
auténtico nada teme, ni siquiera a sí mismo,
ni sus cualidades, ni sus límites, ni a los
demás, ni las cosas. Teme a Dios. Cuando recibes un
regalo de un amigo, abres el paquete, lo miras, lo admiras y
se lo agradeces. El Padre del Cielo te ha hecho muchos
regalos. A menudo no osas mirarlos ni alegrarte de ellos.
Los regalos del Padre no son para tu uso personal. Son para
los demás y para El. Cuanto más hayas recibido
para ser y tener, tanto más responsable eres. De modo
que, si algo hay que temer, no es el reconocimiento de tus
cualidades, sino el no emplearlas.
Acéptate a ti
mismo, pero acéptate también frente al otro.
Sé tu mismo. Los demás te necesitan, tal como
el Señor ha querido que fueras. Dite a ti mismo: voy
a llevarle algo, pues nunca se encontró con alguien
como yo y nunca se encontrará, pues soy una persona
única salida de las manos de Dios.
En cierto sentido
somos incompletos. Todos los hombres reunidos forman la
humanidad y en Cristo, el cuerpo místico. Tus
límites son una invitación a la unión
con todos los demás, en el amor. Sólo desea lo
siguiente: ser plenamente, sin tachaduras, aquel que Dios
quiere que seas... y serás perfecto.
Una franca lucidez,
un acto leal de ofrenda en la Fe te liberará
definitivamente de tus ataduras y por fin serás
tú mismo. Sólo con esta condición
triunfarás y podrás ayudar a los
demás.
La
mirada desde la fe
Allí donde no
ves más que una gota de agua, el científico a
través del microscopio ve un mundo de seres vivos que
se mueven.
Allí donde no
ves más que una cosa, el poeta y el artista ven los
indicios de una realidad más grande y más
bella.
Allí donde el
hombre no ve más que personas vivientes y
acontecimientos producidos por el azar, el cristiano ve
Hijos de Dios y el Reino del Padre que se
construye.
Tus sentidos te dan
una mirada de carne.
Tu inteligencia, una
mirada de razón.
Tu Fe, una mirada de
Cristo.
Con la mirada de
Cristo injertada en la tuya, puedes conocer a Dios, el
universo, a los hombres y a ti mismo, como El los conoce y
como se conoce a Sí mismo. Creer es encontrar siempre
a Jesucristo para unirse con su manera de VER.
La Fe no
es:
|
una
impresión o un sentimiento,
una forma
de optimismo frente a la vida,
la
satisfacción de una necesidad de
seguridad.
|
Tampoco
es:
|
una
opinión,
una regla
de vida moral,
una
convicción fundada en un
razonamiento,
una
evidencia científica.
|
La Fe es ante todo
una Gracia, es decir un Don de Dios. Esta gracia nos ayuda a
encontrar una persona viviente, Jesucristo, nos permite
adquirir la certeza de que esta Persona dijo la verdad, y
que su testimonio -palabra y vida- es exacto. Fuerte con
esta certeza, la Fe consiste entonces en proyectar Su mirada
sobre nosotros mismos, sobre la Humanidad y sobre la
Historia, sobre Dios mismo y en comprometerse en
función de esta mirada.
La
imaginación y la sensibilidad son todavía
más incapaces de hacerte creer o de aumentarte la Fe.
No te alarmes por no sentir nada. Por el contrario,
sólo cuando hayas por fin aceptado no comprender ya
nada al modo humano, no sentir ya nada, entrarás de
verdad en la Fe.
La Fe depende de la
plegaria y como es una respuesta personal del hombre a Dios,
exige plena libertad.
Para ayudar a tu
hermano, no hay que demostrar, sino amar y orar; no hay que
persuadir, sino transmitir la Palabra y dar Testimonio.
Unete a Cristo, únete a El y procura pensar como El,
reaccionar como El, ver como El, vivir como El. El te
dará Su mirada, conocerás el verdadero sentido
de la vida y más tarde con El y en El serás un
VIDENTE eterno.
Confiar
en Dios
Todo lo pintas
negro, mascullas lamentos, te desentiendes de todo. Ya no
crees en el esfuerzo, ¿para qué luchar? -no lo
lograré nunca- -siempre ocurre lo mismo-. El
desaliento te inmoviliza, te paraliza, te impide reaccionar.
Ya no eres tú quien dirige tu vida. ¡Ya no
vives!
¿Estás
desanimado? Es porque confiabas en ti y compruebas con dolor
que no puedes contar contigo. Si tienes confianza en Dios,
sufrirás con tu falta, pero no te desanimarás.
Pues Dios es tan poderoso y te ama tanto después de
la falta como antes. El desaliento es siempre una prueba de
demasiada confianza en sí mismo y de muy poca
confianza en Dios. No trates de escapar de un modo
artificial a tus dificultades, tus malas costumbres, tus
pecados inesperados. "Si hubiese podido no hacer eso." "Si
fuera posible volver atrás." "Si se pudiera volver a
empezar." "No es normal que yo tenga tantas dificultades."
"No es justo." "Es una cuestión de temperamento, no
lo puedo evitar."
Si quieres triunfar
frente al pecado, tu primera actitud ha de ser la de
reconocer el mal que habita en ti. No andes con rodeos, no
te disculpes, no trates de borrar, olvidar, negar,
así no lo vas a destruir. Acepta esta falta de hoy,
acepta también la tentación de mañana,
la tiranía de esa costumbre, esas ocasiones de pecado
que no puedes evitar. Jesucristo no vino para quitarnos las
tentaciones, ni para suprimir la posibilidad de pecar, sino
para perdonarnos los pecados.
Tranquilízate,
los Santos tampoco fueron dispensados de la lucha contra el
mal. San Pablo escribía a los Romanos:"...no hago lo
que quiero, sino que hago lo que aborrezco... no hago el
bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero...
queriendo hacer el bien, es el mal que se me presenta...Pues
me complazco en la ley de Dios según el hombre
interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha
contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del
pecado que está en mis miembros. ¡Pobre de
mí! ¿Quién me librará de este
cuerpo que me lleva a la muerte?..."
A los ojos de Dios,
el valor profundo de un hombre no se mide por la debilidad
de sus tentaciones, ni por el escaso número de sus
caídas, ni siquiera por la ausencia de culpa
materialmente grave, sino ante todo por su confianza total
en la omnipotencia del Salvador, por su amor y por su
voluntad de esfuerzo constante.
Mientras permanezca
en ti una partícula de agotamiento, de tristeza, de
duda en el alma, quiere decir que no crees suficientemente
en el perdón del Señor, pues ese perdón
debe darte la paz, la alegría. Cuando el hijo
pródigo vuelve a su casa, el padre quiere que todos
olviden el pasado. Ordena un festín para invitar a la
Alegría. "Hay más Alegría en el cielo
por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve
justos que perseveran".
Jesucristo es severo
con el pecado, pero bueno con el pecador. Si eres
víctima del pecado, el Señor llega a ti para
amarte más y para salvarte. Misterio infinito del
amor. Deja que llegue, estarás más unido al
Señor después del pecado que antes. De este
modo toda falta es una seña, una invitación
para ofrecerse a Jesucristo Salvador.
Te sientes cada vez
más débil, a merced de la primera
tentación. Descubres que hay en ti cada vez
más egoísmo y orgullo. Ves con mayor claridad
en tu vida la falta de amor, las dudas, las negativas. No te
desanimes, alégrate, el Señor vino por ti. Si
te arrojas en sus brazos, podrá perdonarte, salvarte;
Pues, ¿como quieres que te perdone si no encuentras
nada que tenga que serte perdonado? ¿Cómo
quieres que te salve si no te entregas para que te
salve?
No pienses en
conseguir la paz mientras estés cada vez más
seguro de ti mismo, de tu vida honesta, de tu cómoda
virtud. Esa tranquilidad sería la peor
ilusión, puesto que entonces no necesitarías
del Señor y estarías solo, terriblemente solo
y vulnerable, sin El.
"No vine por el
justo, sino por el pecador". "Vine para salvar lo que estaba
perdido". "No son los sanos quienes necesitan de un
médico, sino los enfermos".
Desconfía del
desaliento característico que acarrean las faltas
contra la castidad. La vida física que éstas
crean, el malestar psicológico que las
acompaña, la impresión de tiranía del
instinto todopoderoso confunden tu juicio, deformando tu
culpabilidad. Las faltas contra la carne no son las
más graves, sino las faltas contra la fe, la
esperanza y la caridad. La costumbre limita tu libertad,
limita también tu responsabilidad frente al pecado.
Si la costumbre te paraliza con sus lazos, debes
reconquistar tu libertad con paciencia y
perseverancia.
Comprobar tu
debilidad no es desalentador si paralelamente vas
descubriendo la omnipotencia del Amor divino. El Amor no te
fallará nunca, eres tú quien no cree
suficientemente en el Amor.
Es grave quedarse en
el suelo cuando uno se cae, pero también lo es
quedarse sentado a la vera del camino creyendo haber
llegado. Tus faltas deben convencerte de la verdad de tu
fragilidad, te permiten convertirte en un niño y a
reemprender la marcha de la mano del Padre.
"Pongo al
Señor ante mí sin cesar; porque él
está a mi diestra no vacilo. Por eso se me alegra el
corazón, mis entrañas retozan y hasta mi carne
en seguro descansa."
Señor,
Tú me has cautivado
Señor,
Tú me has cautivado y no he podido resistirte. Largo
tiempo escapé, pero me perseguías, yo
corría en zig-zags, pero Tú lo sabías.
Me alcanzaste. Y yo me debatí. ¡Me
venciste!
Y hoy heme
aquí, Señor: he dicho
<<sí>> cansado y sin aliento, a pesar
mío casi. Yo estaba allí, temblando, como un
vencido a merced del vencedor, cuando Tú pusiste
sobre mí tu mirada de Amor.
Ya está
hecho, Señor, ya no podré olvidarte, en un
instante Tú me has conquistado, en un instante
Tú me has cautivado, has barrido mis dudas, mis
temores volaron. Te reconocí sin verte, te
sentí sin tocarte, te comprendí sin
oírte. Ya estoy marcado con el fuego de tu amor, ya
está hecho: nunca podré olvidarte.
Ahora yo te
sé presente junto a mí y trabajo en paz bajo
tu mirada de Amor, ya no he vuelto a saber lo que es tener
que hacer esfuerzos para orar: me basta con levantar los
ojos de mi alma hacia Tí para encontrar tus ojos y no
hace falta más: nos comprendemos, todo está
claro, todo es paz.
En algunos momentos
-oh, gracias Señor- vienes irresistible a invadirme
como un brazo de mar que lento inunda la playa. O
bruscamente me coges como el amante estrecha a la esposa que
se abandona a él. Y yo no evito nada: cautivo como
estoy, te dejo hacer, seducido, contengo la
respiración y todo el mundo se desvanece, Tú
detienes el tiempo. ¡Ah, como quisiera que estos
minutos durasen horas y horas! Cuando Tú te retiras
dejándome encendido, trastornado de gozo, yo no
sé cosas nuevas, pero sé que Tú me
posees más aún, alguna nueva fibra de mi ser
queda herida, la quemadura ha crecido y yo estoy un poco
más cautivo de tu amor.
Señor, sigues
haciendo el vacío en torno a mí, pero ahora de
un modo muy distinto: es que Tú eres demasiado grande
y eclipsas todas las cosas. Todo cuanto yo amaba ahora me
parece bagatela, mis deseos humanos se funden como cera bajo
el fuego de tu Amor. ¡Qué me importan las cosas!
¡Qué me importa mi bienestar! ¡Qué
me importa mi vida! Ya no deseo más que a Tí.
Tan sólo a Tí te quiero.
Los demás van
diciendo <<Está loco>>. Pero son ellos,
Señor, los que lo son. Ellos no te conocen, ellos no
saben de Dios, ellos no saben que no se le puede resistir.
Pero a mi... a mí me ha cautivado, Señor y yo
estoy seguro de Tí. Tú estás
aquí y yo salto de gozo, el sol lo invade todo y mi
vida resplandece como una joya, todo es fácil, todo
es luminoso, todo es puro, ¡todo canta!
Gracias,
Señor, gracias.
¿Por qué
a mí, por qué me has escogido a
mí?
¡Oh,
alegría, alegría, lágrimas de
alegría!
Me
da miedo decir "si"
Me da miedo decir
"sí". ¿Adónde me acabarás
llevando? Me da miedo sacar la paja más larga, me da
miedo firmar la hoja en blanco, me da miedo decir un
<<sí>> que traerá cola. Y con todo
no puedo vivir en paz. Tú me sigues, me cercas por
todos lados. Y yo busco el ruido porque me da miedo
oírte, pero Tú te deslizas en el menor
silencio. Yo cambio de camino cuando te veo venir pero al
fin de este nuevo sendero Tú me estás
esperando. ¿Dónde me esconderé? En todas
partes te encuentro: ¡ No hay modo de escaparse de
Tí !
Y yo tengo miedo de
decir "sí", Señor. Tengo miedo de darte la
mano: te quedarías con ella. Tengo miedo de cruzarme
con tu mirada: eres un seductor. Tengo miedo de tu
exigencia: eres un Dios celoso. Estoy acorralado y trato de
esconderme. Estoy cautivo, pero me debato y lucho
sabiéndome vencido. Tú eres más fuerte,
Señor. Tú posees el mundo y me lo quitas.
Cuando extiendo la mano para coger a una persona o una cosa,
todas se desvanecen delante de mis ojos. Y no, no es
agradable eso de no poder cogerse nada para uno: si corto
una flor se me marchita entre los dedos, si lanzo una
carcajada se me hiela en los labios, si danzo un vals me
quedo jadeante y nervioso. Y todo me parece vacío,
todo se me hace hueco. En torno a mí Tú has
hecho el desierto. Y tengo hambre y sed y el mundo no
podría alimentarme.
¡Pero si yo te
amaba, Señor! ¿Qué es, entonces, lo que
yo te he hecho? Yo trabajaba por Ti y yo me entregaba. Oh
gran Dios terrible, ¿qué más quieres?
Hijo mío,
Yo quiero más de ti y del mundo. Antes tú me
dabas tu acción y eso no me sirve para nada.
Tú me invitabas a bendecirla, me invitabas a
sostenerla, querías interesarme en tu trabajo. Pero
fíjate bien, al hacerlo hijo mío, tú
invertías el juego. Yo antes veía tu buena
voluntad, te seguía con los ojos, pero ahora quiero
más: no se trata de que tú hagas tu
acción, sino la voluntad de tu Padre del cielo. Di
"sí" hijo mío. Necesito tu "sí" como
necesité antaño el de María para venir
al mundo, porque soy Yo quien debe meterse en tu trabajo,
entrar en tu familia, en tu barrio, Yo, y no tú.
Porque es mi mirada la que penetra y no la tuya, es mi
palabra la que arrastra y no la tuya, es mi vida la que
transforma y no la tuya. Dame todo, ponlo todo en mis manos.
Yo necesito tu "sí" para desposarme contigo y
descender a la tierra, necesito tu "sí" para seguir
salvando al mundo.
Oh, Señor,
tus exigencias me dan miedo, pero ¿quién puede
resistirte?
Para que tu Reino
llegue y no el mío, para que se cumpla tu voluntad y
no la mía, ayúdame a decir
"sí".

|