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(�ndice)
La ruta de la
interioridad
- Escuela de
contemplación
- El camino del
corazón
- Acción
- Lectura
- Meditación
- Oración
- Contemplación
¿Se
puede hablar de una escuela de
contemplación?
Este es un interrogante válido y necesario.
Orar es vivir en comunión con Dios Padre.
Es vivir a Dios como Padre y comunicarnos con El desde
nuestra propia vida y en los momentos en los que
explícitamente nos reservamos para dialogar con
El.
Los niños no necesitan ninguna escuela para
aprender a hablar con sus padres. Comienzan a entablar un
auténtico "diálogo" con quienes les han dado
vida. Primeramente lo hacen a través de la mirada y
la sonrisa. Después, poco a poco, por medio de
palabras balbucientes, "a medio decir". Más adelante
hablan. Nadie les enseña, lo van aprendiendo en la
vida.
Por ello se cuestiona el hecho de plantear una escuela de
oración, y más aún si lo que se
pretende es buscar una escuela de contemplación.
¿Tiene sentido hacerlo? ¿No es acaso algo que se
va aprendiendo espontáneamente al vivir y expresar la
fe, la esperanza y el amor como actitudes esenciales de
nuestra relación con Dios? ¿Qué es, pues,
lo que justifica una escuela de contemplación?.
Empezaremos diciendo que hay muchos cristianos que oran
sin saberlo, y que viven la contemplación de modo
inconsciente. Su vida de fe es sincera y profunda, su
relación con Dios es constante e ininterrumpida. Va
más allá de las palabras o del silencio. Viven
la oración como un don gratuito del Espíritu
Santo. Es algo espontáneo connatural a su vida de
fe.
Pero también es cierto que hay cristianos que
desconocen la necesidad vital de orar siempre y en todo
lugar, o no saben cómo hacerlo, o no lo valoran
porque no han tenido la ocasión de explicitar lo que
viven en su corazón creyente.
Otros cristianos necesitan encontrar caminos para la
expresión de su vida de fe, expresión que nace
del hecho de creer y que, a su vez, alimenta la fe, y con
ella la esperanza-confianza en Dios y el amor a los hermanos
y al mismo Dios Padre.
Por otra parte se desconoce la posibilidad de vivir una
vida de profunda contemplación. Es la oración
profunda que se traduce en una actitud orante en la propia
vida. Es la oración ininterrumpida del alma. Es un
don del Espíritu Santo que lleva al creyente a orar
desde el silencio que es fuente de comunión interior
con el Señor.
Hemos de valorar la oportunidad que tenemos de ofrecer a
los que sienten la llamada a la oración unas sendas y
pasos seguros para vivirla a fondo, con una disponibilidad
total y plena a la acción del Espíritu.
El
camino del corazón
El primer paso consiste en encontrar el camino del propio
corazón. Es en él donde se realiza el
encuentro profundo de silencio y de amor con la Trinidad,
encuentro que se nos da como don del Espíritu Santo:
es la contemplación.
Dios está presente en la naturaleza y en la vida,
Dios está en todo. Ahí comienza una primera
posibilidad de oración. Es una forma de orar
elemental pero imprescindible. A partir de esta presencia
divina de inmensidad podemos decir que orar es vivir la
presencia, ser conscientes de esta presencia amorosa del
Padre en la vida. Oramos con la simplicidad que supone
percibir a Dios presente en todo. En el silencio y desde el
silencio nos comunicamos con El, siempre presente, con su
inmensidad de amor. Bastará decirnos: "Dios
está en todo. Dios está en mí". Es una
primera oración.
El Espíritu Santo, es quien invita al creyente a
"cruzar" la puerta de la propia interioridad. Es importante
destacar que no es fácil descubrir la necesidad de
"cruzar" esta puerta. La vida tal como está planteada
hoy, lleva al hombre a vivir volcado en las sensaciones
exteriores, los ruidos, las prisas. Muchos hombres de hoy
viven el desequilibrio que provoca este problema. Les cuesta
encontrarse con su propio interior, tienen miedo a
encontrarse con su propio silencio o con el "vacío"
de la propia interioridad. Por ello la acción del
Espíritu Santo invitando, o empujando, al creyente a
caminar hacia el propio corazón es una gracia muy
especial. Más aún, es una gracia necesaria e
imprescindible. No es sólo un problema de tiempo o de
descubrimiento de la necesidad de orar. El Espíritu
Santo nos ayudará a vencer los miedos y la
tentación de huir de nosotros mismos. No puede orar,
aunque sea muy "rezador", quien no traspase esta puerta de
la interioridad del corazón.
Una vez dentro, después de dar el paso decidido
hacia la ruta interior, el orante se encuentra con una
escalera que le ayuda a descender hacia su intimidad. Esta
escalera tiene unos peldaños muy significativos:
ACCIÓN, LECTURA,
MEDITACIÓN, ORACIÓN y
CONTEMPLACIÓN
Veamos su contenido:
Acci�n: Es el primer paso para avanzar hacia la profundidad
del propio corazón. Este peldaño de la
escalera, puede traducirse por:
- el paso decidido de las buenas obras.
- la oración vocal, activa.
- los "actos" oracionales: rezos, súplicas,
gestos.
- el ofrecimiento al Señor de las cosas que
hacemos.
Esta acción es la primera exigencia ineludible
para poder llegar a la contemplación. El protagonismo
es del orante, aunque actúe bajo la acción del
Espíritu Santo.
Lectura:
En este peldaño encontramos a Jesús que nos
ofrece el don de su propia palabra.
Es necesario "descender" pasando por este peldaño.
La lectura de un texto, no es una mera lectura, por muy
reflexionada que sea o por mucha atención que se
ponga en ella. La lectura parte de una palabra que
Jesús me dice a mí. Es una palabra personal
encontrada en la Sagrada Escritura. No es una palabra
"dejada" en un libro. Es una palabra que se recibe como un
don personal del Señor, don que me concede a
mí en esta situación concreta de mi vida.
Pero hay más, la palabra recibida en la lectura
requiere respuesta oracional. Dios me habla a mí en
su Palabra, y yo le respondo como mi oración y mi
vida. Para llegar a la contemplación es
imprescindible vivir este diálogo orante. La Palabra
es un don gratuito del Señor que me invita a dar una
respuesta de amor.
En la práctica se da de una forma maravillosa por
su sencillez o espontaneidad. En la celebración de la
liturgia de la palabra en la misa o en la liturgia de las
horas o en una lectura no dirigida de la Sagrada Escritura o
en el diálogo con los hermanos o en los
acontecimientos de la propia vida, "sientes" que Dios te
habla o te quiere decir algo que ilumina una
situación concreta de tu vida. Tienes la
convicción interior de que es El quien te habla a ti.
Y la respuesta tuya es oración. Es orar la Palabra.
Este peldaño requiere una actitud oracional, un deseo
vivo e intenso de establecer una comunión
ininterrumpida con el Señor. Es una realidad de la
vida que conduce a un planteamiento radical orante en la
propia vida. Toda ella se rige por los criterios de la fe,
la esperanza y el amor vividos conscientemente y expresados
en la oración.
Este paso es importante, pues la Palabra de Dios es
siempre fuente de oración. Todo proceso hacia la
contemplación se ha de hacer a partir de este orar la
Palabra, convertir la Palabra en un punto de referencia con
la presencia elocuente de Dios en la vida.
Meditaci�n: Debemos interpretar en profundidad el hecho de la
meditación. Muchas veces se entiende como una
reflexión intelectual sobre un punto de la vida de fe
o un aspecto de la vivencia cristiana.
Pero la meditación entendida en este proceso
contemplativo va mucho más allá. Viene a ser
como una consecuencia de la "lectura". La Palabra dada por
Dios, y recibida por el orante como un don, requiere o exige
la meditación entendida en el sentido bíblico
de la palabra. No es tanto un reflexionar la Palabra, sino
más bien un repetir interiormente, "rumiar",
"triturar" dicha Palabra de Dios; en otras palabras es
permitir desde una actitud de silencio que la Palabra
encuentre en el propio corazón el punto de sonoridad
cordial que la haga tan cercana o tan inteligible como para
ser vivida y orada.
Un ejemplo concreto del valor de este peldaño del
camino del corazón lo encontramos en el Evangelio de
S. Lucas 2,19, cuando dice: "María, por su parte,
guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su
corazón".
La meditación, paso necesario para llegar a la
oración contemplativa, requiere estas actitudes:
-
observar, mirar, admirar.
-
guardar, conservar, enterrar la Palabra en el
corazón.
-
dejar resonar, acoger el eco, rumiar, desmenuzar la
Palabra.
Y todo ello vivido desde un planteamiento radical de
amor. El corazón, lugar en el que se medita la
Palabra, es el centro psicológico y espiritual del
amor. Meditar es "repensar" la Palabra con el
corazón.
Lógicamente es imprescindible hacer referencia a
las mociones interiores del Espíritu Santo en el alma
que va haciendo su camino hacia el interior del propio
corazón.
El Espíritu Santo empuja al orante a traspasar la
puerta que separa el mundo exterior del mundo de la propia
interioridad. El mismo Espíritu Santo nos hace
descubrir el valor de la acción espiritual. Gracias a
su don podemos reconocer la palabra que recibimos como una
auténtica Palabra de Dios. Es también el
Espíritu el que se hace presente en nuestra alma para
conducirnos a una meditación que nos permite conocer
las entrañas de la Palabra y nos lleva a convertirnos
en vida.
A medida que vamos profundizando en el camino hacia la
interioridad del propio corazón, donde se haya la
contemplación, es mayor el protagonismo del
Espíritu Santo en el alma que ora. La
contemplación es una oración en la que el
Espíritu Santo es el verdadero orante, el
único protagonista: "No soy yo quien ora, es El quien
ora en mí".
Oraci�n: Oración en la vida u oración de la
vida realizada en el interior del corazón.
Después de la lectura, en la que recibimos la
Palabra y de la meditación en la que la
profundizamos, viene el momento esencial de orar la Palabra,
orar la Presencia, orar la vida, orar a Dios presente en
mí.
Ya no es una oración de palabras o una plegaria en
la que nuestra propia actividad adquiere un valor
imprescindible. Es el momento en el que el orante va dejando
las palabras para buscar este "estar amando, o "vivir
gozando", o "permanecer en silencio escuchando" la Palabra y
la presencia de Dios en ella.
Es el momento del silencio de las propias palabras y de
las súplicas personales. Se va haciendo un camino
hacia la unión de amor y de vida entre Dios y el
orante.
Todo ello en un ambiente en el que el silencio es cada
vez más vital. Por lo que podemos decir que orar
es:
- buscar el silencio como fuente de
comunión.
- amar y dejarnos amar por Dios.
- valorar más lo que El hace en mí que lo
que yo puedo decir o hacer.
- convertir todo lo que constituye mi vida en una
referencia amorosa al Padre.
Para poder precisar mejor el sentido de la oración
convendrá que distingamos entre las distintas formas
en que se concreta.
Son las siguientes:
-
Oración discursiva: es la forma de orar
más parecida a la meditación. En ella
intervienen la memoria para recordar las palabras o los
hechos por medio de los cuales el Señor nos
manifiesta su voluntad; la inteligencia para establecer
consideraciones o buscar conclusiones para vivir, y la
voluntad para querer plasmar lo orado en los gestos
concretos de la vida.
-
Oración afectiva: después de un tiempo
de vivir la oración discursiva ésta se
vuelve tediosa e insuficiente para el orante. Necesita
dar un paso más que consiste en orar con amor o
vivir una comunicación espontánea y amorosa
con el Señor. A medida que el orante se va introduciendo es esta
oración afectiva las consideraciones y el esfuerzo
mental disminuyen y la oración-amor se vive de una
forma más simple y sencilla. Alcanzar esta
simplicidad suele ir acompañado de una mayor
intensidad orante.
-
Oración de simplicidad: tiene diversos
nombres: oración de silencio, oración de
mirada sencilla, etc.
En este momento de la oración todo se
simplifica: no hay consideraciones o reflexiones sino
amor. A esa oración se refiere San Agustín
cuando dice: "Una cosa es un largo discurso, y otra muy
distinta es un largo amor".
Se trata de dar con un amor muy sencillo, en el que
desde el silencio decimos al Señor:
"Te amo, porque me siento amado por
ti"
o
"Señor, me hace feliz, me da paz,
mirarte y sentirme mirado con amor por ti".
Entonces se crece en amor, se vive el amor en la vida,
se establece en el alma una actitud de paz sincera y
plenificante. Sabes que Dios te ama. Reconoces que es El
quien conduce tu vida, y en lugar de orar tú por
ti mismo con tus fuerzas o con tus palabras vas dejando
que sea El quien ore en ti.
La vida es ya una ininterrumpida oración porque
"estar en silencio", o buscar esta oración de
silencio, no equivale a vivir en una actitud pasiva o
quietista. Es el Señor quien ora y actúa en
tu vida desde tu disponibilidad para acoger su amor, su
oración, su vida... su todo en ti. Pero tú
colaboras.
Tu actividad consiste en vivir en una disponibilidad
plena a esta oración del Espíritu Santo en tu
vida. Colaboras activamente es "esta" oración y vives
con interés el deseo de no interferir la obra de Dios
en ti. Hablando en términos de la espiritualidad de
hoy se puede afirmar que esta forma de orar es plenamente
carismática.
A veces, esta oración de simplicidad y de silencio
consistirá en decir con sencillez al Señor:
"Soy feliz de estar aquí contigo". Por ello se ha de
entender que en muchas ocasiones no se diga nada, ya que
basta el mero hecho de "estar allí". Es la
oración silenciosa y de intimidad con Dios y el
orante, en un silencio que es manifestación de
intimidad.
Sin embargo siempre existirá por parte del orante
el interés por mantener viva la propia
atención al Señor diciendo breves
súplicas y esperando su palabra.
Sin duda alguna, es una oración fruto del
Espíritu Santo (Gal 5,22). Se puede vivir
además sin abandonar la oración afectiva, e
incluso acompañándola con breves reflexiones
sobre la Palabra.
Contemplaci�n:
Con ella llegamos al final de esta ruta que nos
conduce al propio corazón. Hay una doble realidad que
nos permite entender el alcance de la contemplación;
por una parte el encuentro con la Santa Trinidad que ha
establecido su morada en mí; por ello, ya no hablamos
de "una presencia divina de inmensidad", sino más
bien de "una presencia divina de gracia en lo más
hondo del corazón"; por otra parte descubrimos una
realidad que ya ha formado parte de nuestra vida de
oración, aunque no hallamos sido conscientes de ello
en nuestros primeros pasos en la ruta hacia la interioridad,
y es la convicción de que desde el día de
nuestro bautismo, la Santísima Trinidad habita en
nuestro corazón. Es una presencia que hace germinar
la oración. Con esta presencia se descubrirá
el valor que tiene la oración contemplativa como
dimensión esencial de la vida cristiana. Por ello
afirmamos, aunque se nos pueda decir que somos reiterativos,
que todo cristiano está llamado a vivir en plenitud
su vocación, y que esta vocación le lleva a
vivir la contemplación. Ella es un don para
todos.

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