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La práctica de
la humildad
S. S. León XIII
Siendo
Obispo de Perugia el que luego sería el Papa Pecci
(S.S. León XIII), apareció, por mandato suyo,
la primera edición italiana de La práctica de
la humildad.
Aunque todas las ediciones aparecidas (tanto italianas como
españolas) lo hacen bajo su nombre, no está
totalmente claro que la obra se deba a su pluma.
Aún cuando fuera cierto, como afirman algunos, que a
León XIII únicamente se debe la
Introducción, el resto de su contenido debió
ser profundamente conocido, meditado y, recopilado por
él.
Se trata de 60 puntos que constituyen un guión de
cómo se debe vivir para conseguir la virtud de la
humildad. "No creas que vas a adquirir la humildad sin las
prácticas que le son propias" (punto VII). Este
procedimiento directo, al alcance de cualquier mano, tuvo
necesariamente que influir en la vida de Joaquín
Pecci, hasta el punto de que cabe dudar de si
transcribió al libro la experiencia del ejercicio de
su propia virtud o si aprendió en el manuscrito
anónimo la práctica constante de la
humildad.
INTRODUCCIÓN
El fundamento de la
perfección cristiana, según opinión
común de los santos Padres, es la humildad. "Para
hacerse grande - dice San Agustín - hay que comenzar
por hacerse pequeño. ¿Queréis levantar el
edificio de las virtudes cristianas?, sabed que es de una
altura inmensa: procurad echar los cimientos muy hondos con
la humildad, porque quien quiere construir un edificio
excava los cimientos en proporción de su mole y de la
altura a que lo quiere levantar
Este opúsculo que os dedicamos, hijos
carísimos, os enseña a practicar la humildad,
es decir, os enseña a echar los cimientos de la
perfección cristiana. Considerad, pues, la
importancia que tiene para vosotros que estáis
obligados a ser perfectos como vuestro Padre celestial; por
lo cual estamos seguros que nuestro don será muy de
vuestro agrado; porque es una nueva prenda del amor que os
tenemos, y, sobre todo, un medio eficacísimo para la
salvación de vuestra alma, que es el negocio
más importante que tenéis entre
manos.
Un último motivo nos ha movido al aconsejaros este
libro: el fin de la carrera eclesiástica que
habéis emprendido. Fin que consiste no sólo en
alcanzar vuestra santificación, sino también
en promover la de los demás, ampliando el reino de
Cristo con los mismos medios que Él empleó
durante su vida mortal, y la humildad de corazón fue
su enseña principal. Con esto podréis vencer
la soberbia del mundo y sembrar en todos los corazones la
mortificación y la humildad de la Cruz. Y, ya que
Jesucristo antes de enseñar quiso hacer, si vosotros
también, a ejemplo suyo, entráis en el
ministerio sacerdotal formados ya en la práctica de
la humildad, de este manantial inagotable de todas las
virtudes brotarán palabras de aliento, de
estímulo, de celo, que confirmarán a los
justos en la santidad y atraerán a los que caminan
por el vicio y por la perdición al camino de las
virtudes y de la salud.
Sed, pues, cada uno de vosotros ese discípulo que va
recibiendo de esta obra que os dedicamos, como de un Maestro
espiritual, las lecciones sobre la práctica de la
humildad, y no olvidéis nunca, queridos hijitos, que
el mayor consuelo que nos podéis dar es que
seáis humildes, mansos y obedientes. Confiando veros
siempre así, y deseando que realmente lo
seáis, al bendeciros a todos en el Señor os
recomendamos, una vez más, con todas nuestras
fuerzas, que pongáis todo vuestro empeño en
cumplir lo que este libro os aconseja.
GIOACCHINO CARDENAL PECCI
Obispo de Perugia.
(Y, posteriormente, S.S. León XIII)
LA
PRÁCTICA DE LA HUMILDAD
Es una verdad incontrovertible que no habrá
misericordia para los soberbios, que para ellos
permanecerán cerradas las puertas de los cielos, y
que el Señor sólo las abrirá a los
humildes.
Para convencerse, basta abrir las Sagradas Escrituras, que
continuamente nos enseñan que Dios resiste a los
orgullosos, que humilla a los que se ensalzan, que hay que
hacerse semejantes a los niños para entrar en su
gloria, que quien a ellos no se asemeje será
excluido, y, por último, que Dios sólo otorga
su gracia a los humildes.
Nunca estaremos bastante convencidos de lo importante que es
para los cristianos, y especialmente para los que han
emprendido la carrera eclesiástica, el esforzarse en
practicar la humildad y el arrojar del espíritu toda
presunción, toda vanidad, todo orgullo. No hay que
ahorrar esfuerzo ni fatiga para salir airosos en una empresa
tan santa; y como es cosa que no se puede lograr sin la
gracia de Dios, hay que pedirlo insistentemente, sin
cansarse nunca.
Todo cristiano ha contraído en el bautismo la
obligación de seguir las huellas de Jesucristo, que
es el modelo al que debemos conformar nuestra vida. Ahora
bien, este divino Salvador ha vivido la humildad hasta el
extremo de hacerse el oprobio de la tierra, para abajar lo
más elevado y curar la llaga de nuestro orgullo,
enseñándonos con su ejemplo el único
camino que lleva al cielo. Esta es, para hablar con
propiedad, la lección más importante del
Salvador: Discite
a me.
Tú, pues, oh discípulo de este divino Maestro,
si quieres adquirir esta perla preciosa, que es la prenda
más segura de santidad y la señal más
cierta de predestinación, recibe dócilmente
los avisos que te voy a dar y ponlos fielmente en
práctica.
I
Abre los ojos de tu alma, y considera
que no tienes nada tuyo de que gloriarte. Tuyo sólo
tienes el pecado, la debilidad y la miseria; y, en cuanto a
los dones de naturaleza y de gracia que hay en tí,
solamente a Dios, de quien los has recibido como principio
de tu ser, pertenece la gloria.
II
Concibe un profundo sentimiento de tu
nada y hazlo crecer continuamente en tu corazón a
despecho del orgullo que te domina. Persuádete en lo
más intimo de ti mismo que no hay en el mundo cosa
más vana y ridícula que querer ser estimado
por dotes que has recibido en préstamo de la gratuita
liberalidad del Creador; puesto que, como dice el
Apóstol, si
las has recibido, ¿Por qué te glorías
como si no las hubieses recibido?
III
Piensa a menudo en tu debilidad, en tu
ceguera, en tu bajeza, en tu dureza de corazón, en tu
sensualidad, en la insensibilidad por Dios, en tu apego a
las criaturas y en tantas otras inclinaciones viciosas que
nacen en tu naturaleza corrompida; y que esto te lleve a
abismarte de continuo en tu nada y a ser muy pequeño
y muy bajo a tus ojos
IV
Imprime en tu espíritu el
recuerdo de los pecados de tu vida pasada; persuádete
de que el pecado de soberbia es un mal tan abominable, que
cualquier otro en la tierra y en el infierno es muy
pequeño en comparación con él; este
pecado fue el que hizo prevaricar a los ángeles en el
cielo y los precipitó a los abismos; el que
corrompió a todo el género humano y
desencadenó sobre la tierra la multitud infinita de
males que durarán lo que dure el mundo, lo que dure
la eternidad. Por otra parte, un alma cargada de pecados es
sólo digna de odio, de desprecio, de tormento; mira,
pues, qué estima puedes tener de tí mismo,
después de tantos pecados de que te has hecho
culpable.
V
Considera, además, que no hay
delito. por enorme y detestable que sea, al que no se
incline tu malvada naturaleza y del que no puedas hacerte
reo; y que sólo por la misericordia de Dios y por el
auxilio de su gracia te has librado hasta el presente de
cometerlo (según aquella sentencia de San
Agustín, que no
hay pecado en el mundo que el hombre no pueda cometer si la
mano que hizo al hombre dejara de
sostenerlo) Lamenta interiormente
un estado tan deplorable y resuelve firmemente reputarte
entre los más indignos pecadores.
VI
Piensa a menudo que más pronto
o más tarde has de morir, y que tu cuerpo se
pudrirá en la sepultura; ten siempre ante los ojos el
tribunal inexorable de Jesucristo, ante el cual todos
necesariamente hemos de comparecer; medita en los eternos
dolores que esperan a los malos en el infierno, y
especialmente a los imitadores de Satanás, que son
los soberbios. Considera seriamente que el velo impenetrable
que esconde al ojo mortal los juicios divinos te impide
saber si serás o no del numero de los
réprobos, que en compañía de los
demonios serán arrojados eternamente a aquel lugar de
tormentos para ser víctima eterna de un fuego
encendido por el soplo de la ira divina. Esta incertidumbre
te servirá para mantenerte en una extrema humildad y
para inspirarte un saludable temor.
VII
No creas que vas a adquirir la
humildad sin las prácticas que le son propias, como
son los actos de mansedumbre, de paciencia, de obediencia,
de mortificación, de odio a tí mismo, de
renuncia a tu propio juicio, a tus opiniones, de
arrepentimiento de tus pecados y de tantos otros; porque
éstas son las armas que destruirán en
tí mismo el reino del amor propio, ese terreno
abominable donde germinan todos los vicios y donde se
alinean y crecen a placer tu orgullo y
presunción.
VIII
Mientras te sea posible, mantente en
silencio y recogimiento; mas que esto no sea con perjuicio
del prójimo, y cuando tengas que hablar hazlo con
contención, con modestia y con sencillez. Y si
sucediera que no te escuchan, por desprecio o por otra
causa, no des muestras de disgusto; acepta esta
humillación y súfrela con resignación y
con ánimo tranquilo.
IX
Evita con todo cuidado las palabras
altaneras, orgullosas o que indiquen pretensiones de
superioridad; evita también las frases estudiadas y
las palabras irónicas; calla todo lo que pueda darte
fama de persona graciosa y digna de estimación. En
una palabra, no hables nunca sin justo motivo de tí
mismo y evita todo aquello que pueda cosecharte honras y
alabanzas.
X
En las conversaciones no te mofes ni
zahieras a los demás con palabras y sarcasmos; huye
de todo lo que huela a espíritu del mundo. De las
cosas espirituales no hables como un maestro que da
lecciones, a no ser que tu cargo o la caridad te lo
impongan; conténtate con preguntar a persona avisada
que pueda aconsejarte; porque el querer dárselas de
maestro sin necesidad es echar leña al fuego de
nuestra alma, que se consume ya en humo de
soberbia.
XI
Reprime con todas tus fuerzas la
curiosidad vana e inútil; por eso, no te afanes
demasiado por ver esas cosas que los mundanos tienen por
bellas, raras y extraordinarias; esfuérzate, en
cambio, por saber cuál es tu deber y lo que puede
aprovecharte para tu salvación.
XII
Muestra siempre un gran respeto y
reverencia a tus superiores, una gran estima y
cortesía a tus iguales y una gran caridad a los
inferiores; persuádete que el obrar de otra manera
sólo puede ser efecto de un espíritu dominado
por la soberbia.
XIII
Conforme a la máxima del
Evangelio, busca siempre el lugar más bajo, en la
sincera persuasión de que precisamente por serlo es
el que más te conviene. Asimismo, en las necesidades
de la vida, no apuntes demasiado alto en tus deseos y en tus
preocupaciones; conténtate con cosas sencillas y
modestas, que son las que más se compadecen con tu
poquedad.
XIV
Si te faltan los consuelos temporales
y Dios te quita los espirituales, piensa que has tenido
siempre más de los que merecías;
conténtate con lo que el Señor te
envía.
XV
Cultiva siempre en tu interior la
santa costumbre de acusarte, reprenderte y condenarte.
Sé juez severo de todas tus acciones, que van siempre
acompañadas de mil defectos y de las continuas
pretensiones del amor propio. Concibe a menudo un justo
desprecio por tí mismo al verte en tus acciones tan
falto de prudencia, de sencillez y de pureza de
corazón.
XVI
Evita como un mal gravísimo el
juzgar los hechos del prójimo; antes bien, interpreta
benignamente sus dichos y hechos, buscando con industriosa
caridad razones con que excusarlos y defenderlos. Y si fuera
imposible la defensa, por ser demasiado evidente el fallo
cometido, procura atenuarlo cuanto puedas,
atribuyéndolo a inadvertencia o a sorpresa, o a algo
semejante, según las circunstancias; por lo menos, no
pienses más en ello, a no ser que tu cargo te exija
que pongas remedio.
XVII
No contradigas nunca a nadie en la
conversación cuando se trate de cosas dudosas, que
pueden tomarse por el sí o por el no (en un sentido o
en otro). En las discusiones no te acalores, y si tu
opinión la estiman falsa o menos buena, cede
modestamente y permanece en un humilde silencio. Cede
también y observa igual proceder en las cosas que no
tienen importancia, aun cuando estés cierto de la
falsedad de la opinión contraria. En las demás
ocasiones en que sea necesario defender la verdad,
actúa con energía, pero sin furor ni despecho,
y está seguro de que obtendrás más
éxito con la dulzura que con el ímpetu y con
el desdén.
XVIII
No ocasiones molestias a nadie, por
ínfimo que sea, ni de palabra, ni de obra, ni con tu
comportamiento, a no ser que te lo exijan el deber, la
obediencia o la caridad.
XIX
Si alguien te fastidia con frecuencia
y te mortifica de intento en muchas ocasiones con injurias y
con ultrajes, no te aires, considéralo más
bien como un instrumento del que se sirve para tu bien la
misericordia de Dios, que quiere curar de este modo la llaga
inveterada de tu orgullo.
XX
La ira es un vicio aborrecible en toda
clase de personas, y máxime en las espirituales, que
debe su violencia al orgullo que las sustenta;
esfuérzate, pues, en acumular un caudal de dulzura,
para que cuando te ultrajen, por honda que sea la herida de
la injuria, seas capaz de conservar la calma. En esas
ocasiones no alimentes ni guardes en tu corazón
sentimientos de aversión o de venganza para quien te
ofendió; antes bien, perdónale de
corazón, convencido de que no hay mejor
disposición que ésta para alcanzar de Dios el
perdón de las injurias que le has hecho. Este humilde
sufrimiento te cosechará muchos méritos para
el cielo.
XXI
Sufre con paciencia los defectos y la
fragilidad de los otros, teniendo siempre ante los ojos tu
propia miseria, por la que has de ser tú
también compadecido de los demás.
XXII
Muéstrate manso y humilde con
todos, y más aún con aquellos hacia los que
sientes una cierta repugnancia y aversión; no digas
como algunos: "Dios me libre de sentir odio hacia aquella
persona, pero no quiero verla a mi lado, ni tener tratos con
ella". Esta repugnancia tiene su origen en la soberbia y en
no haber vencido con las armas de la gracia la orgullosa
naturaleza y el amor propio; porque si se abandonaran a las
mociones de la gracia, sentirían esfumarse a impulsos
de una verdadera humildad todas las dificultades que
encuentran y soportarían con paciencia aún las
naturalezas más duras y salvajes.
XXIII
Si te sobreviene alguna
contradicción, bendice al Señor, que dispone
las cosas del mejor de los modos; piensa que la has
merecido, que merecerías más todavía, y
que eres indigno de todo consuelo; podrás pedir con
toda simplicidad al Señor que te libre de ella, si
así le place; pídele que te dé fuerzas
para sacar méritos de esa contrariedad. En las cruces
no busques los consuelos exteriores, especialmente si te das
cuenta que Dios te las manda para humillarte y para
debilitar tu orgullo y presunción. En medio de ellas
debes decir con el Rey Profeta: ¡Cuán bueno ha
sido para mí Señor, que me hayas humillado,
porque así he aprendido tus mandatos!
XXIV
En la comida no debes sentir disgusto
cuando los alimentos no sean de tu agrado; haz, más
bien, como los pobrecitos de Jesucristo, que comen de buen
grado lo que les dan, y dan las gracias a la
Providencia.
XXV
Si alguien, por error, te reprende y
te dice malas palabras, o si censura tu conducta uno que es
inferior a ti o más merecedor que tú de
reprensión, y que debería más bien
ocuparse de sus cosas, no desprecies sus indicaciones, ni
rechaces los consejos que te da, ni dejes de examinar con
calma y a la luz de Dios tu conducta, y todo ello con la
íntima persuasión de que caerías a cada
paso si la gracia de Dios no te preservara.
XXVI
Nunca anheles ser amado
de manera singular. Puesto que el amor
depende de la voluntad, y la voluntad está inclinada
hacia el bien por naturaleza, ser amado, y ser amado como
bueno, es una misma cosa; ahora bien, el afán de ser
estimado por encima de los demás es inconciliable con
una sincera humildad. ¡Qué gran fruto
obtendrás si obras así! Tu alma, no mendigando
ya el amor de las criaturas, se refugiará en las
sagradas llagas del Salvador; allí, en el
Corazón adorable de Jesús,
experimentarás las indecibles dulzuras divinas, y
habiendo renunciado generosamente por Él al amor de
los hombres, podrás gustar en abundancia la miel de
los consuelos divinos, que le serían negados si
hubiese sido presa del dulzor falso y mentiroso de los
consuelos terrenos; porque los consuelos divinos son tan
puros y sinceros, que no pueden ser mezclados con los
consuelos de aquí abajo, y somos inundados por
aquéllos en la medida en que nos vaciamos de
éstos. Por otra parte, tu alma podrá volverse
libremente hacia Dios y reposar en Él con el
pensamiento de su presencia y de sus perfecciones infinitas.
Por último, no habiendo cosa más dulce que
amar y ser amado, si te privas de este placer por amor de
Dios, y Dios se posesiona de tu corazón, no dividido
por el amor de otra criatura, ofrecerás un sacrificio
muy acepto a Dios, y no temas que obrando así se vaya
a enfriar tu amor al prójimo pues no le amarás
por interés, por seguir tu inclinación, sino
tan sólo por dar gusto a Dios, haciendo lo que sabes
le agrada.
XXVII
Haz todas las cosas, por
pequeñas que sean, con mucha atención y con el
máximo esmero y diligencia; porque el hacer las cosas
con ligereza y precipitación es señal de
presunción; el verdadero humilde está siempre
en guardia para no fallar aun en las cosas más
insignificantes. Por la misma razón, practica siempre
los ejercicios de piedad más corrientes y huye de las
cosas extraordinarias que te sugiere tu naturaleza; porque
así como el orgulloso quiere singularizarse siempre,
así el humilde se complace en las cosas corrientes y
ordinarias.
XXVIII
Convéncete de que no eres buen
consejero de ti mismo, y por eso, teme y desconfía de
tus opiniones, que tienen una raíz mala y corrompida.
Con esta persuasión, aconséjate, en lo
posible, de hombres sabios y de buena conciencia, y prefiere
ser gobernado por uno que sea mejor que tú a seguir
tu propio parecer.
XXIX
Por alto que sea el grado de gracia y
de virtud a que hayas llegado, por grande que sea el don de
oración que Dios te haya concedido, aunque hayas
vivido durante mil años en la inocencia y en el
fervor de la devoción, debes caminar siempre con
temor y desconfiar de ti mismo, especialmente en materia de
castidad: no olvides que llevas dentro de ti un fomes
inextinguible y una fuente inagotable de pecados, y piensa
que eres todo debilidad, inconstancia, infidelidad.
Está siempre en guardia sobre ti mismo; cierra los
ojos para no ver ni sentir lo que podría manchar tu
alma; huye siempre de las ocasiones peligrosas; evita todas
las conversaciones inútiles con personas del otro
sexo, y en las necesarias mantente en la más
escrupulosa modestia y contención; finalmente, puesto
que sin la gracia de Dios no puedes hacer nada bueno,
pídele continuamente que tenga misericordia de ti y
que no te deje solo en ningún momento.
XXX
¿Has recibido de Dios grandes
talentos? ¿O eres, por ventura, un grande del mundo?
Esfuérzate en conocerte tal y como eres y procura
convencerte de tu debilidad, de tu incapacidad y de tu nada;
debes hacerte más pequeño que un niño;
no andes tras las alabanzas de los hombres, ni ambiciones
los honores; antes bien rechaza aquéllas y
éstos.
XXXI
Si te hacen alguna injuria o te
ocasionan algún grave disgusto, en vez de indignarte
con quien te ha ofendido, alza los ojos al cielo y mira al
Señor, que con su infinita y amable providencia lo ha
dispuesto así para hacerte expiar tus pecados, o para
destruir en ti el espíritu de soberbia,
obligándote a hacer actos de paciencia y de
humildad.
XXXII
Cuando se te presente la
ocasión de prestar algún servicio bajo y
abyecto al prójimo, hazlo con alegría y con la
humildad con que lo harías si fueras el siervo de
todos. De esta práctica sacarás tesoros
inmensos de virtud y de gracia.
XXXIII
No te preocupes por aquellas cosas que
no están a tu cuidado y de las que no tienes que
rendir cuenta ni a Dios ni a los hombres; porque el ocuparse
en ellas es signo de secreta soberbia y de vana
presunción de sí mismo, alimenta y hace crecer
la vanidad y es causa de mil preocupaciones, inquietudes y
distracciones. Por el contrario, si atiendes sólo a
ti mismo y a tu deber, hallarás un manantial de paz y
de tranquilidad, según las palabras de la
Imitación de Cristo: No
te entrometas en lo que no te han encomendado; así
podrá ser que pocas veces o muy de tarde en tarde te
turbes.
XXXIV
Si haces alguna mortificación
extraordinaria, procura preservarte del veneno de la
vanagloria, que destruye a menudo todo su mérito;
hazla tan sólo porque desdeciría de un pecador
que viviera según su propio capricho, y
también por tantas deudas como tienes que saldar ante
la justicia divina. Piensa que los actos de penitencia te
son tan necesarios para detener la violencia de las pasiones
y mantenerte dentro de los límites del deber, como la
brida y el freno para domar un impetuoso caballo.
XXXV
Cuando sientas el aguijón de la
impaciencia y seas presa de la tristeza en tus tribulaciones
y humillaciones, resiste fuertemente esa tentación,
acordándote de tantos pecados, por los que has
merecido castigos mucho más duros de los que
estás sufriendo. Adora la justicia infinita de Dios y
recibe respetuosamente sus golpes, que son para ti fuentes
de misericordia y de gracia. Si pudieses comprender cuan
saludable es ser herido en esta miserable vida por la mano
de un Padre tan dulce como es Dios, te abandonarías
por completo en sus manos. Repite a menudo con San
Agustín: Quema
y arranca de mí en esta vida todo lo que quieras, no
perdones nada ni me ahorres ningún sufrimiento, como
tal que me perdones y me los ahorres todos en la
eternidad. Rehusar las
tribulaciones es rebelarse contra la saludable justicia de
nuestro Dios, es rechazar el cáliz que
misericordiosamente nos brinda, y en el que el mismo
Jesucristo, aunque inocente, ha querido beber el
primero.
XXXVI
Si cometes alguna falta que es motivo
para que te desprecie quien la presenció, siente un
vivo dolor de haber ofendido a Dios y de haber dado un mal
ejemplo al prójimo, y acepta la deshonra como un
medio que Dios te envía para hacerte expiar tu pecado
y para hacerte más humilde y virtuoso. Si, por el
contrario, el verte deshonrado te atormenta y te contrista,
es que no eres verdaderamente humilde y que estás
todavía envenenado por la soberbia. Pide entonces al
Señor con mucha insistencia que te cure y te libre de
ese veneno, porque si Dios no se apiada de ti caerás
en otros abismos.
XXXVII
Si entre los que te rodean hay alguno
que te parece despreciable, obrarás sabia y
prudentemente si en vez de publicar y censurar sus defectos
te fijas en las buenas cualidades naturales y sobrenaturales
de que Dios le ha dotado, y que le hacen digno de respeto y
honor. Al menos, ve siempre en él a una criatura de
Dios, formada a su imagen y semejanza, rescatada con la
sangre preciosa de Jesucristo, un cristiano marcado con la
luz del rostro de Dios, un alma capaz de verle y poseerle
por toda la eternidad, y quizá un predestinado por el
consejo secreto de su adorable providencia. ¿Sabes
tú, acaso, las gracias que el Señor ha
derramado sobre él, o las que va a derramar? Pero sin
entrar en más averiguaciones, quizá lo mejor
sería rechazar inmediatamente todos esos pensamientos
de desprecio como venenosas inspiraciones del
tentador.
XXXVIII
Cuando te alaben, en vez de llenarte
de vanagloria, piensa si aquellas alabanzas no serán
la recompensa de lo poco bueno que has hecho. Evoca
interiormente tu miseria merecedora del desprecio de los
demás, y procura cortar la conversación, no
para cosechar más alabanzas, como los soberbios que
fingen ser humildes, sino con tal tacto y discreción,
que no se vuelvan a acordar de ti. Y si no lo consigues,
refiere a Dios todo el honor y toda la gloria, diciendo con
Baruch y Daniel: A
ti, Señor, toda honra y gloria y a nosotros, la
vergüenza y el oprobio.
XXXIX
En la misma proporción en que
deben causarte disgusto las alabanzas a ti dispensadas,
debes experimentar alegría por los elogios y honores
a los demás y, por tu parte, debes contribuir a
honrarles en la medida en que la franqueza y la verdad te lo
permitan. Los envidiosos no saben soportar las glorias del
prójimo, porque estiman que van en disminución
de las propias; precisamente por esto deslizan
hábilmente en las conversaciones ciertas palabras
ambiguas o frases de doble sentido, dirigidas a menguar o a
hacer dudosos los méritos que, con resentimiento por
su parte, adornan a los demás. Tú no debes
obrar así porque alabando a tu prójimo, alabas
simultáneamente al Señor y le agradeces los
dones que distribuye y los beneficios que se pueden obtener
para Su servicio.
XL
Cuando oigas que difaman a tu
prójimo, siente un verdadero dolor, y busca una
excusa para el maledicente; pero tienes que salir en defensa
de la persona que es blanco de la murmuración, y con
tal destreza, que tu defensa no se convierta en una segunda
acusación; así, ora insinuarás sus
cualidades, ora pondrás de relieve la estima que
merece a los otros y a tí mismo, ora cambiarás
hábilmente de conversación o harás
ostensible tu desagrado. Obrando de esta manera,
harás un gran bien a tí mismo, al maledicente,
a los oyentes y a aquel de quien se habla. Mas si tú,
sin hacerte la más mínima violencia, te
complaces en ver a tu prójimo humillado y te
disgustas cuando lo ensalzan, ¡cuánto te falta
todavía para alcanzar el tesoro incomparable de la
humildad!
XLI
No habiendo cosa más provechosa
para el progreso espiritual que el ser advertido de los
propios defectos, es muy conveniente y necesario que los que
te hayan hecho alguna vez esta caridad se sientan
estimulados por tí a hacértela en cualquier
ocasión. Luego que hayas recibido con muestras de
alegría y de reconocimiento sus advertencias, imponte
como un deber el seguirlas, no sólo por el beneficio
que reporta el corregirse, sino también para hacerles
ver que no han sido vanos sus desvelos y que tienes en mucho
su benevolencia. El soberbio, aunque se corrija, no quiere
aparentar que ha seguido los consejos que le han dado, antes
bien los desprecia; el verdadero humilde tiene a honra
someterse a todos por amor de Dios, y observa los sabios
consejos que recibe como venidos de Dios mismo, cualquiera
que sea el instrumento de que Él se haya
servido.
XLII
Abandónate por completo en las
manos de Dios y sigue las disposiciones de su amable
Providencia, como un hijo cariñoso se abandona en los
brazos de su amado padre. Déjale hacer lo que
Él quiera, sin turbarte e inquietarte por lo que
pueda suceder; acepta con alegría, con confianza y
con respeto todo lo que de Él venga. Obrar de otro
modo sería una ingratitud hacia la bondad de su
corazón, sería desconfiar de Él. La
humildad nos abisma de manera infinita bajo el ser infinito
de Dios; pero al mismo tiempo nos enseña que en Dios
está toda nuestra fortaleza y todo nuestro
consuelo.
XLIII
Es evidente que sin Dios no puedes
hacer nada bueno, que sin Él caerías a cada
paso, y la mínima tentación te
vencería; reconoce tu debilidad e impotencia para
practicar el bien, y no olvides que en todas tus acciones
necesitas siempre del concurso divino. Que la
consideración de estas verdades te mantenga
inseparablemente unido a Él, como un niño que
no conociendo otro refugio se aprieta contra el seno de su
madre. Repite con el Profeta:
Si
el Señor no me hubiera ayudado, mi alma
habitaría en la región del silencio , y:
mírame y apiádate de mí, porque estoy
solo y desvalido ; oh Dios, ven en mi auxilio,
apresúrate a ayudarme. No
dejes nunca de dar gracias a Dios con todo tu
corazón, y dale gracias, sobre todo, por los cuidados
de que te rodea, y pídele en todo momento que no te
falte la ayuda que sólo Él te puede
dar.
XLIV
Acude a la oración persuadido
de tu indignidad y bajeza y lleno de un temor sagrado por la
presencia de la suprema Majestad, cuya protección te
atreves a implorar. ¿Hablaré
a mi Señor yo que soy polvo y
ceniza? Si recibes algún
favor extraordinario, júzgate indigno de él, y
piensa que Dios te lo ha concedido por su largueza y
misericordia. No te complazcas vanamente
atribuyéndolo a tus méritos. Si no recibes
ningún don señalado, no te muestres
descontento; considera que te queda mucho por hacer para
merecerlo, y que Dios tiene harta bondad y paciencia
permitiendo que estés a sus pies; como el mendigo que
permanece durante horas enteras a la puerta del rico para
alcanzar una pequeña limosna que remedie su
miseria.
XLV
Da gloria a Dios por el feliz
éxito de los asuntos que te han sido encomendados, y
no te atribuyas a tí mismo más que los fallos
que haya habido; sólo éstos te pertenecen:
todo lo bueno es de Dios y a Él se debe la gloria y
gratitud. Graba con tal fuerza en tu espíritu esta
verdad, que nunca más se borre de él; piensa
que cualquier otro que hubiera tenido la gracia que
tú tuviste lo hubiera hecho mucho mejor y no
habría cometido tantas imperfecciones. Rechaza las
alabanzas que te hagan por el éxito obtenido, porque
no se deben a un vil instrumento como tú, sino a
Él, soberano Artífice, que, si así lo
quiere; puede servirse de una vara para hacer brotar el agua
de una roca, o de un poco de tierra para devolver la vista a
los ciegos y operar infinidad de milagros.
XLVI
Si, en cambio, van mal los asuntos
confiados a tu cuidado, harto es de temer que el infeliz
resultado haya de atribuirse a tu ineptitud y negligencia.
Tu amor propio y tu soberbia, enemigas acérrimas de
cualquier humillación, querrían echar la culpa
a los demás, y si no lo consiguen, intentarán
atenuarla. Mas tú no secundes sus viciosas
inclinaciones, examina tu conducta, en conciencia, y
temiendo haber fallado en algo, cúlpate ante Dios y
acepta la humillación como un castigo merecido. Si tu
conciencia no te acusa de culpa alguna, adora también
en este caso las disposiciones divinas, y piensa que
quizá tus faltas anteriores y tu excesiva
presunción han alejado de tí las bendiciones
del cielo.
XLVII
Si en la Comunión tu
corazón está inflamado de amor divino, tu
espíritu debe estar penetrado de sentimientos de
verdadera humildad. ¿Cómo no asombrarte al
considerar que un Dios infinitamente puro e infinitamente
santo llegue a esos extremos de amor por una miserable
criatura como tú, y se te dé a Sí mismo
en alimento? Abísmate en las profundidades de tu
indignidad; acércate a la adorable santidad de Dios
con suma reverencia, y cuando a este amable Señor,
que es todo caridad, le plazca acariciarte,
haciéndote partícipe de sus inefables dulzuras
no disminuyas en nada el respeto debido a su infinita
Majestad, no salgas nunca del lugar que te corresponde, y
que es la sumisión, la abyección y la nada;
pero que el sentimiento de tu pobreza y de tu miseria no te
lleve a cerrar tu corazón y a menguar en nada esa
santa confianza que debes tener en tan celestial banquete;
antes, por el contrario, debe hacerte crecer en amor a tu
Dios que se humilla hasta convertirse en alimento de tu
alma.
XLVIII
Ten con tu prójimo
vísceras de caridad y un manantial perenne de
afabilidad y dulzura; busca con santa avidez la manera de
ayudarle en todo; pero hazlo siempre por dar gusto al
Señor; examina bien los motivos que te impulsan a
obrar para descubrir las emboscadas de la vanidad y del amor
propio; sólo a Dios debes referir todo el bien que
hagas, porque has de saber que es una gran ganancia mantener
oculta y secreta una obra buena de modo que sólo Dios
la conozca; si por descuido tuyo viene a ser conocida de los
hombres, pierde casi todo su valor, como un hermoso fruto
que los pájaros han empezado a picotear.
XLIX
Ese saludable temor de desagradar a
Dios que debes tener irá siempre acompañado de
una continua súplica para que no te deje caer e
impida con su infinita misericordia tan gran desastre. Este
es el santo gemir del corazón, recomendado por los
santos, que lleva a estar en guardia en todas nuestras
acciones, a meditar en las verdades divinas y a despreciar
las cosas temporales, a practicar la oración interior
y a mantenerse alejado de todo lo que no sea Dios. En una
palabra, la fuente de la verdadera humildad y pobreza de
espíritu; no la abandones nunca y, en lo posible,
pídela sin interrupción.
L
Un enfermo que desea vivamente la
curación procura evitar todo lo que pueda retrasarla;
toma con temor aun los alimentos más inofensivos y
casi a cada bocado se para a pensar si le sentarán
bien; también tú, si deseas de corazón
curarte de la funesta enfermedad de la soberbia, si
verdaderamente anhelas adquirir esta preciosa virtud, has de
estar siempre en guardia para no decir o hacer lo que pueda
impedírtelo; por esto, es bueno que pienses siempre
si lo que vas a hacer te lleva o no a la humildad, para
hacerlo inmediatamente o para rechazarlo con todas tus
fuerzas.
LI
Otro motivo poderoso que debe
impulsarte a practicar la hermosa virtud de la humildad es
el ejemplo de nuestro divino Salvador, al cual debes
conformar toda tu vida. Él ha dicho en el santo
Evangelio: Aprended
de mí, que soy manso y humilde de
corazón. Y, como nota San
Bernardo, ¿qué
orgullo hay tan obstinado que no pueda ser abatido por la
humildad de este divino Maestro?.
Se puede decir con toda verdad que sólo Él se
ha humillado realmente y se ha abajado; nosotros no nos
abajamos, nos colocamos en el lugar que nos corresponde;
porque siendo ruines criaturas, culpables de mil delitos,
sólo tenemos derecho a la nada y al castigo; pero
nuestro Salvador Jesucristo se ha colocado por debajo del
lugar que le corresponde. Él es el Dios omnipotente,
el Ser infinito e inmortal, el Árbitro supremo de
todo; sin embargo, se ha hecho hombre, débil y.
pasible, mortal y obediente hasta la muerte. Se ha rebajado
hasta lo más ínfimo de las cosas. Aquel que es
en el cielo la gloria y bienaventuranza de los
Ángeles y de los Santos ha querido hacerse
varón de dolores y ha tomado sobre sí las
miserias de la Humanidad; la Sabiduría increada y el
principio de toda sabiduría ha cargado con la
vergüenza y los oprobios del insensato; el Santo de los
Santos y la Santidad por esencia ha querido pasar por un
criminal y un malhechor; Aquel a quien adoran en el cielo
los innumerables ejércitos de los bienaventurados ha
deseado morir sobre una cruz; el Sumo Bien por naturaleza ha
sufrido toda suerte de miserias temporales. Y después
de este ejemplo de humildad, ¿qué deberemos
hacer nosotros, polvo y cenizas? ¡Podrá
parecernos dura alguna humillación a nosotros,
miserables pecadores!
LII
Considera también los ejemplos
que nos han dejado los santos de la antigua y nueva Alianza.
Isaías, aquel profeta tan virtuoso y observante, se
creía impuro delante de Dios, y confesaba que toda su
justicia, es decir, sus buenas obras, eran como un
paño lleno de suciedad . Daniel, a quien el mismo
Dios llamó santo, capaz de detener con su
oración la cólera divina, hablaba a Dios como
un pecador que está lleno de vergüenza y
confusión. Santo Domingo, milagro de inocencia y
santidad, había llegado a tal grado de desprecio por
sí mismo, que creía atraer la maldición
del cielo sobre las ciudades por las que pasaba. Y por eso,
antes de entrar en cualquiera de ellas, se postraba con el
rostro en tierra y decía llorando:
Yo os conjuro,
Señor, por vuestra amabilísima misericordia,
que no miréis a mis pecados; para que esta ciudad que
me va a servir de refugio no deba sufrir los efectos de
vuestra justísima venganza.
San Francisco, que, por la pureza de su vida, mereció
ser imagen de Jesús Crucificado, se tenía por
el más perverso pecador de la tierra, y este
pensamiento estaba tan grabado en su corazón, que
nadie se lo hubiera podido quitar, y argumentaba diciendo
que si Dios le hubiese concedido aquellas gracias al
último de los hombres, habría usado mejor que
él y no le habría pagado con tanta ingratitud.
Otros Santos se consideraban indignos del alimento que
comían, del aire que respiraban y de los vestidos con
que se cubrían; otros tenían por un gran
milagro el que la misericordia divina los soportase sobre la
tierra y no los precipitara en el infierno; otros se
maravillaban de que los hombres los tolerasen y que las
criaturas no los exterminaran y aniquilaran. Todos los
santos han abominado las dignidades, las alabanzas y los
honores, y, por el gran desprecio que sentían por
sí mismos, no deseaban sino las humillaciones y los
oprobios. ¿Eres tú quizá más santo
que ellos? ¿Porqué, siguiendo su ejemplo, no te
tienes por algo despreciable a tus ojos? ¿Porqué
no buscas, como ellos, las delicias de la santa
humildad?
LIII
Para crecer más en esta virtud
y para endulzar y familiarizarte con las humillaciones te
sería muy provechoso que te representaras a menudo en
la imaginación las afrentas que te pueden sobrevenir
y te esforzaras en aceptarlas, aun a costa de la naturaleza
recalcitrante, como prenda segura del amor que Dios te tiene
y como medio seguro de santificación. Quizá
para ello tendrás que sostener muchos combates; pero
sé valiente y esforzado en la pelea hasta que te
sientas firme y decidido a sufrirlo todo con alegría
por amor de Jesucristo.
LIV
Que no pase un solo día sin que
te hagas los reproches que te podrían dirigir tus
enemigos, no sólo para endulzártelos por
anticipado, sino para humillarte y para despreciarte a ti
mismo. Si luego, en medio de la tempestad de alguna violenta
tentación, te impacientas y te lamentas interiormente
al ver cómo te prueba Dios, reprime en seguida esos
movimientos y di contigo mismo: ¿podrá quejarse
un ruin y miserable pecador como yo de esta
tribulación? ¿Por ventura no he merecido
castigos infinitamente más duros? ¿No sabes,
alma mía, que las humillaciones y los sufrimientos
son el pan con que te ha socorrido el Señor a fin de
que te levantases de una vez de tu miseria e indigencia? Si
lo rehúsas, te haces indigna de él y rechazas
un rico tesoro, que quizá te será quitado para
dárselo a otros que hagan mejor uso de él. El
Señor quiere hacerte del número de sus amigos
y discípulos del Calvario, y tú, por
cobardía, ¿vas a huir el combate?
¿Cómo quieres ser coronado sin haber peleado?
¿Cómo pretendes el premio sin haber sostenido el
peso del día y del calor? Estas y otras
consideraciones semejantes encenderán tu fervor y
excitarán en ti el deseo de llevar una vida de
sufrimiento y de humillación como la de nuestro
Salvador Jesucristo.
LV
Aunque en medio de los desprecios y de
las contradicciones conserves la paz y la alegría, no
creas por esto haber alcanzado la humildad, porque, a
menudo, la soberbia no está sino adormecida, y basta
con que se despierte para que comience a hacer estragos.
Sean tus armas, de las que nunca debes separarte, el
conocimiento de ti mismo, la huida de las alabanzas y el
amor a las humillaciones. Cuando hayas adquirido esta rica
heredad no temas perderla ya, porque el humillarse es el
medio más seguro para conservar el don precioso de la
humildad.
LVI
Si quieres que Dios te conceda
más fácilmente ese beneficio, toma por abogada
y protectora a la Santísima Virgen. San Bernardo dice
que María
se ha humillado como ninguna otra criatura, y que siendo la
más grande de todas, se ha hecho la más
pequeña en el abismo profundísimo de su
humildad. Gracias a esto,
María ha recibido la plenitud de la gracia y se ha
hecho digna de ser Madre de Dios. María es, al mismo
tiempo una madre de misericordia y de ternura, a la que
nadie ha recurrido en vano; abandónate lleno de
confianza en su seno materno; pídele que te alcance
esa virtud que Ella tanto apreció; no tengas miedo de
no ser atendido, María la pedirá para ti de
ese Dios que ensalza a los humildes y reduce a la nada a los
soberbios; y como María es omnipotente cerca de su
Hijo, será con toda seguridad oída. Recurre a
Ella en todas tus cruces, en todas tus necesidades, en todas
las tentaciones. Sea María tu sostén, sea
María tu consuelo; pero la principal gracia que debes
pedirle es la santa humildad; no te canses de
pedírsela hasta que te la conceda, y no tengas miedo
de importunaría; ¡cuánto le gusta a
María que la importunes por la salud de tu alma y
para ser más agradable a su divino Hijo!
Pídele, por último, que te sea propicia. Se lo
pedirás por su humildad, que fue la causa de que
fuese elevada a la dignidad de Madre de Dios, y por su
Maternidad, que fue el fruto inefable de su
humildad.
LVII
Asimismo, acude a aquellos santos que
más han destacado en esta virtud. A San Miguel, que
fue el primer humilde, como Lucifer fue el primer soberbio;
a San Juan Bautista, que, aunque llegó a tan alto
grado de santidad, que le tomaron por el Mesías,
tenía tan bajo concepto de sí mismo; que se
juzgaba indigno de desatar la correa de sus zapatos; a San
Pablo, el Apóstol privilegiado, que fue arrebatado al
tercer cielo, y que, después de haber escuchado los
arcanos de la divinidad, se tenía por el
último de los apóstoles, hasta el punto de no
merecer ni siquiera ese nombre ; a San Gregorio Papa, que,
por escapar al Sumo Pontificado de la Iglesia, se
esforzó más que los ambiciosos por conseguir
los mayores honores; a San Agustín, que, en la cima
de la gloria que recibía de todos como Santo Obispo y
Doctor de la Iglesia católica. dejó en su
libro admirable de las Confesiones
y en el de las Retractaciones
un monumento inmortal de su humildad; a San Alejo, que, en
la casa paterna, prefirió los desprecios y los
ultrajes de sus servidores a los honores y dignidades que
fácilmente hubiera podido cosechar; a San Luis
Gonzaga, que siendo señor de un rico marquesado
renunció a él con alegría y
cambió las grandezas del siglo por una vida humilde y
mortificada; en fin, recurrirás a tantos y tantos
santos que resplandecen con luz muy viva por su humildad en
las festividades de la Iglesia. Todos estos humildes siervos
de Dios intercederán en el cielo por ti, para que te
cuentes en el número de los imitadores de su
virtud.
LVIII
La frecuencia en la Confesión y
en la Comunión te proporcionará la ayuda
más eficaz para perseverar en la práctica de
la humildad. La Confesión, por la que revelamos a uno
que es semejante a nosotros las miserias más secretas
y vergonzosas de nuestra alma, es el acto más sublime
de humildad que Jesucristo ha mandado a sus
discípulos. La Santa Comunión, por la que
recibimos en nuestro pecho a Dios hecho hombre y anonadado
por amor nuestro, es una maravillosa escuela de humildad y
un medio muy poderoso para adquirirla. ¿Cómo
podrás dudar que tu amable Jesús no te la vaya
a comunicar cuando su Sagrado Corazón, tan manso y
humilde, horno de amor y de caridad, repose sobre tu
corazón, que se la pide con todo el fervor del alma?
Acércate con la mayor frecuencia que puedas a recibir
ese adorable Sacramento, y si lo haces con las disposiciones
necesarias, encontrarás siempre el maná
escondido, reservado a los que de veras le
buscan.
LIX
Mantente siempre firme a pesar de las
dificultades que encuentres en las prácticas que
hasta aquí te he enseñado, a pesar de la
oposición que encuentres en ti mismo. No digas como
los discípulos del Evangelio:
dura
es esta doctrina, ¿quién podrá
practicarla? Porque yo te aseguro
que todas las amarguras que experimentes al principio se
convertirán bien pronto en dulzuras inefables y en
consuelos celestiales. La perseverancia en estos ejercicios
te librará de mil angustias del espíritu e
infundirá en tu corazón una paz y un sosiego
que te harán gustar por adelantado del goce preparado
por el Señor en el cielo a sus fieles servidores. Si
por pereza dejas de poner los medios necesarios para
alcanzar la humildad, te sentirás pesaroso, inquieto,
descontento y harás la vida imposible a ti mismo y
quizá también a los demás, y, lo que
más importa, correrás gran peligro de perderte
eternamente; al menos se te cerrará la puerta de la
perfección, ya que fuera de la humildad no hay otra
puerta por la que se pueda entrar. Ármate, pues, de
un santo atrevimiento para que nadie te pueda abatir; alza
los ojos y mira allá arriba a Jesús
Crucificado, que, cargado con su cruz, te enseña el
camino de la humildad y de la paciencia, que han recorrido
ya muchos santos que reinan con El en el cielo; mira
cómo te anima a seguir su camino y el de los
verdaderos imitadores de su virtud. Mira a los santos
ángeles cómo ansían tu
salvación, mira cómo te animan a que tomes la
senda angosta, la única segura, la única que
conduce al cielo y que nos hace ocupar esos lugares del
paraíso que dejó vacíos la soberbia de
los ángeles rebeldes. ¿No oyes cómo los
bienaventurados proclaman por todo el paraíso que la
única vía que les ha permitido gozar de esa
gloria inmensa es la de las humillaciones y sufrimientos?
Contempla cómo gozan y se alegran contigo por esos
primeros deseos que has concebido de imitarlos; mira
cómo te animan a no perder el ánimo.
Ármate, pues, de fuerza y de: valor para comenzar sin
tardanza esa gran obra. Acuérdate de los sacrosantos
juramentos que has hecho en el Bautismo, y tiembla ante el
solo pensamiento de violar la santidad de las promesas que
hiciste a Dios en ese día. Son palabras de Cristo que
el reino de los cielos sufre violencia . Bienaventurado mil
y mil veces si, estando convencido de ello, te resuelves
verdaderamente a practicar la humildad que te
merecerá la eterna grandeza del
paraíso.
LX
Piensa, por último, que nuestro
divino Maestro aconsejaba a sus discípulos que se
tuviesen por siervos inútiles aun después de
haber hecho todo lo que les había sido mandado . De
la misma manera, tú, cuando hayas observado con la
máxima exactitud estos consejos, debes tenerte por
siervo inútil; convéncete que lo debes no a
tus fuerzas y méritos, sino a la bondad y a la
infinita misericordia de Dios; dale gracias por tan gran
beneficio de todo corazón. Finalmente pídele
todos los días que te conserve este tesoro hasta el
momento en que tu alma, desligada de los vínculos que
la tenían atada a las criaturas, vuele libremente
hacia el seno de su Creador para gozar allí
eternamente de la gloria que está reservada a los
humildes.

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