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Boada Rincones La práctica de
la humildad Siendo
Obispo de Perugia el que luego sería el Papa Pecci
(S.S. León XIII), apareció, por mandato suyo,
la primera edición italiana de La práctica de
la humildad.
Aunque todas las ediciones aparecidas (tanto italianas como
españolas) lo hacen bajo su nombre, no está
totalmente claro que la obra se deba a su pluma.
Aún cuando fuera cierto, como afirman algunos, que a
León XIII únicamente se debe la
Introducción, el resto de su contenido debió
ser profundamente conocido, meditado y, recopilado por
él.
Se trata de 60 puntos que constituyen un guión de
cómo se debe vivir para conseguir la virtud de la
humildad. "No creas que vas a adquirir la humildad sin las
prácticas que le son propias" (punto VII). Este
procedimiento directo, al alcance de cualquier mano, tuvo
necesariamente que influir en la vida de Joaquín
Pecci, hasta el punto de que cabe dudar de si
transcribió al libro la experiencia del ejercicio de
su propia virtud o si aprendió en el manuscrito
anónimo la práctica constante de la
humildad.
El fundamento de la
perfección cristiana, según opinión
común de los santos Padres, es la humildad. "Para
hacerse grande - dice San Agustín - hay que comenzar
por hacerse pequeño. ¿Queréis levantar el
edificio de las virtudes cristianas?, sabed que es de una
altura inmensa: procurad echar los cimientos muy hondos con
la humildad, porque quien quiere construir un edificio
excava los cimientos en proporción de su mole y de la
altura a que lo quiere levantar
Este opúsculo que os dedicamos, hijos
carísimos, os enseña a practicar la humildad,
es decir, os enseña a echar los cimientos de la
perfección cristiana. Considerad, pues, la
importancia que tiene para vosotros que estáis
obligados a ser perfectos como vuestro Padre celestial; por
lo cual estamos seguros que nuestro don será muy de
vuestro agrado; porque es una nueva prenda del amor que os
tenemos, y, sobre todo, un medio eficacísimo para la
salvación de vuestra alma, que es el negocio
más importante que tenéis entre
manos.
Un último motivo nos ha movido al aconsejaros este
libro: el fin de la carrera eclesiástica que
habéis emprendido. Fin que consiste no sólo en
alcanzar vuestra santificación, sino también
en promover la de los demás, ampliando el reino de
Cristo con los mismos medios que Él empleó
durante su vida mortal, y la humildad de corazón fue
su enseña principal. Con esto podréis vencer
la soberbia del mundo y sembrar en todos los corazones la
mortificación y la humildad de la Cruz. Y, ya que
Jesucristo antes de enseñar quiso hacer, si vosotros
también, a ejemplo suyo, entráis en el
ministerio sacerdotal formados ya en la práctica de
la humildad, de este manantial inagotable de todas las
virtudes brotarán palabras de aliento, de
estímulo, de celo, que confirmarán a los
justos en la santidad y atraerán a los que caminan
por el vicio y por la perdición al camino de las
virtudes y de la salud.
Sed, pues, cada uno de vosotros ese discípulo que va
recibiendo de esta obra que os dedicamos, como de un Maestro
espiritual, las lecciones sobre la práctica de la
humildad, y no olvidéis nunca, queridos hijitos, que
el mayor consuelo que nos podéis dar es que
seáis humildes, mansos y obedientes. Confiando veros
siempre así, y deseando que realmente lo
seáis, al bendeciros a todos en el Señor os
recomendamos, una vez más, con todas nuestras
fuerzas, que pongáis todo vuestro empeño en
cumplir lo que este libro os aconseja.
GIOACCHINO CARDENAL PECCI
Obispo de Perugia.
(Y, posteriormente, S.S. León XIII)
Es una verdad incontrovertible que no habrá
misericordia para los soberbios, que para ellos
permanecerán cerradas las puertas de los cielos, y
que el Señor sólo las abrirá a los
humildes.
Para convencerse, basta abrir las Sagradas Escrituras, que
continuamente nos enseñan que Dios resiste a los
orgullosos, que humilla a los que se ensalzan, que hay que
hacerse semejantes a los niños para entrar en su
gloria, que quien a ellos no se asemeje será
excluido, y, por último, que Dios sólo otorga
su gracia a los humildes.
Nunca estaremos bastante convencidos de lo importante que es
para los cristianos, y especialmente para los que han
emprendido la carrera eclesiástica, el esforzarse en
practicar la humildad y el arrojar del espíritu toda
presunción, toda vanidad, todo orgullo. No hay que
ahorrar esfuerzo ni fatiga para salir airosos en una empresa
tan santa; y como es cosa que no se puede lograr sin la
gracia de Dios, hay que pedirlo insistentemente, sin
cansarse nunca.
Todo cristiano ha contraído en el bautismo la
obligación de seguir las huellas de Jesucristo, que
es el modelo al que debemos conformar nuestra vida. Ahora
bien, este divino Salvador ha vivido la humildad hasta el
extremo de hacerse el oprobio de la tierra, para abajar lo
más elevado y curar la llaga de nuestro orgullo,
enseñándonos con su ejemplo el único
camino que lleva al cielo. Esta es, para hablar con
propiedad, la lección más importante del
Salvador: Discite
a me.
Tú, pues, oh discípulo de este divino Maestro,
si quieres adquirir esta perla preciosa, que es la prenda
más segura de santidad y la señal más
cierta de predestinación, recibe dócilmente
los avisos que te voy a dar y ponlos fielmente en
práctica.
Abre los ojos de tu alma, y
considera que no tienes nada tuyo de que gloriarte. Tuyo
sólo tienes el pecado, la debilidad y la miseria; y,
en cuanto a los dones de naturaleza y de gracia que hay en
tí, solamente a Dios, de quien los has recibido como
principio de tu ser, pertenece la gloria. Concibe un profundo
sentimiento de tu nada y hazlo crecer continuamente en tu
corazón a despecho del orgullo que te domina.
Persuádete en lo más intimo de ti mismo que no
hay en el mundo cosa más vana y ridícula que
querer ser estimado por dotes que has recibido en
préstamo de la gratuita liberalidad del Creador;
puesto que, como dice el Apóstol, si
las has recibido, ¿Por qué te glorías
como si no las hubieses recibido? Piensa a menudo en tu
debilidad, en tu ceguera, en tu bajeza, en tu dureza de
corazón, en tu sensualidad, en la insensibilidad por
Dios, en tu apego a las criaturas y en tantas otras
inclinaciones viciosas que nacen en tu naturaleza
corrompida; y que esto te lleve a abismarte de continuo en
tu nada y a ser muy pequeño y muy bajo a tus
ojos Imprime en tu espíritu
el recuerdo de los pecados de tu vida pasada;
persuádete de que el pecado de soberbia es un mal tan
abominable, que cualquier otro en la tierra y en el infierno
es muy pequeño en comparación con él;
este pecado fue el que hizo prevaricar a los ángeles
en el cielo y los precipitó a los abismos; el que
corrompió a todo el género humano y
desencadenó sobre la tierra la multitud infinita de
males que durarán lo que dure el mundo, lo que dure
la eternidad. Por otra parte, un alma cargada de pecados es
sólo digna de odio, de desprecio, de tormento; mira,
pues, qué estima puedes tener de tí mismo,
después de tantos pecados de que te has hecho
culpable. Considera, además, que
no hay delito. por enorme y detestable que sea, al que no se
incline tu malvada naturaleza y del que no puedas hacerte
reo; y que sólo por la misericordia de Dios y por el
auxilio de su gracia te has librado hasta el presente de
cometerlo (según aquella sentencia de San
Agustín, que no
hay pecado en el mundo que el hombre no pueda cometer si la
mano que hizo al hombre dejara de
sostenerlo) Lamenta
interiormente un estado tan deplorable y resuelve firmemente
reputarte entre los más indignos
pecadores. Piensa a menudo que más
pronto o más tarde has de morir, y que tu cuerpo se
pudrirá en la sepultura; ten siempre ante los ojos el
tribunal inexorable de Jesucristo, ante el cual todos
necesariamente hemos de comparecer; medita en los eternos
dolores que esperan a los malos en el infierno, y
especialmente a los imitadores de Satanás, que son
los soberbios. Considera seriamente que el velo impenetrable
que esconde al ojo mortal los juicios divinos te impide
saber si serás o no del numero de los
réprobos, que en compañía de los
demonios serán arrojados eternamente a aquel lugar de
tormentos para ser víctima eterna de un fuego
encendido por el soplo de la ira divina. Esta incertidumbre
te servirá para mantenerte en una extrema humildad y
para inspirarte un saludable temor. No creas que vas a adquirir la
humildad sin las prácticas que le son propias, como
son los actos de mansedumbre, de paciencia, de obediencia,
de mortificación, de odio a tí mismo, de
renuncia a tu propio juicio, a tus opiniones, de
arrepentimiento de tus pecados y de tantos otros; porque
éstas son las armas que destruirán en
tí mismo el reino del amor propio, ese terreno
abominable donde germinan todos los vicios y donde se
alinean y crecen a placer tu orgullo y
presunción. Mientras te sea posible,
mantente en silencio y recogimiento; mas que esto no sea con
perjuicio del prójimo, y cuando tengas que hablar
hazlo con contención, con modestia y con sencillez. Y
si sucediera que no te escuchan, por desprecio o por otra
causa, no des muestras de disgusto; acepta esta
humillación y súfrela con resignación y
con ánimo tranquilo. Evita con todo cuidado las
palabras altaneras, orgullosas o que indiquen pretensiones
de superioridad; evita también las frases estudiadas
y las palabras irónicas; calla todo lo que pueda
darte fama de persona graciosa y digna de estimación.
En una palabra, no hables nunca sin justo motivo de
tí mismo y evita todo aquello que pueda cosecharte
honras y alabanzas. En las conversaciones no te
mofes ni zahieras a los demás con palabras y
sarcasmos; huye de todo lo que huela a espíritu del
mundo. De las cosas espirituales no hables como un maestro
que da lecciones, a no ser que tu cargo o la caridad te lo
impongan; conténtate con preguntar a persona avisada
que pueda aconsejarte; porque el querer dárselas de
maestro sin necesidad es echar leña al fuego de
nuestra alma, que se consume ya en humo de
soberbia. Reprime con todas tus fuerzas
la curiosidad vana e inútil; por eso, no te afanes
demasiado por ver esas cosas que los mundanos tienen por
bellas, raras y extraordinarias; esfuérzate, en
cambio, por saber cuál es tu deber y lo que puede
aprovecharte para tu salvación. Muestra siempre un gran
respeto y reverencia a tus superiores, una gran estima y
cortesía a tus iguales y una gran caridad a los
inferiores; persuádete que el obrar de otra manera
sólo puede ser efecto de un espíritu dominado
por la soberbia. Conforme a la máxima
del Evangelio, busca siempre el lugar más bajo, en la
sincera persuasión de que precisamente por serlo es
el que más te conviene. Asimismo, en las necesidades
de la vida, no apuntes demasiado alto en tus deseos y en tus
preocupaciones; conténtate con cosas sencillas y
modestas, que son las que más se compadecen con tu
poquedad. Si te faltan los consuelos
temporales y Dios te quita los espirituales, piensa que has
tenido siempre más de los que merecías;
conténtate con lo que el Señor te
envía. Cultiva siempre en tu interior
la santa costumbre de acusarte, reprenderte y condenarte.
Sé juez severo de todas tus acciones, que van siempre
acompañadas de mil defectos y de las continuas
pretensiones del amor propio. Concibe a menudo un justo
desprecio por tí mismo al verte en tus acciones tan
falto de prudencia, de sencillez y de pureza de
corazón. Evita como un mal
gravísimo el juzgar los hechos del prójimo;
antes bien, interpreta benignamente sus dichos y hechos,
buscando con industriosa caridad razones con que excusarlos
y defenderlos. Y si fuera imposible la defensa, por ser
demasiado evidente el fallo cometido, procura atenuarlo
cuanto puedas, atribuyéndolo a inadvertencia o a
sorpresa, o a algo semejante, según las
circunstancias; por lo menos, no pienses más en ello,
a no ser que tu cargo te exija que pongas
remedio. No contradigas nunca a nadie
en la conversación cuando se trate de cosas dudosas,
que pueden tomarse por el sí o por el no (en un
sentido o en otro). En las discusiones no te acalores, y si
tu opinión la estiman falsa o menos buena, cede
modestamente y permanece en un humilde silencio. Cede
también y observa igual proceder en las cosas que no
tienen importancia, aun cuando estés cierto de la
falsedad de la opinión contraria. En las demás
ocasiones en que sea necesario defender la verdad,
actúa con energía, pero sin furor ni despecho,
y está seguro de que obtendrás más
éxito con la dulzura que con el ímpetu y con
el desdén. No ocasiones molestias a
nadie, por ínfimo que sea, ni de palabra, ni de obra,
ni con tu comportamiento, a no ser que te lo exijan el
deber, la obediencia o la caridad. Si alguien te fastidia con
frecuencia y te mortifica de intento en muchas ocasiones con
injurias y con ultrajes, no te aires, considéralo
más bien como un instrumento del que se sirve para tu
bien la misericordia de Dios, que quiere curar de este modo
la llaga inveterada de tu orgullo. La ira es un vicio aborrecible
en toda clase de personas, y máxime en las
espirituales, que debe su violencia al orgullo que las
sustenta; esfuérzate, pues, en acumular un caudal de
dulzura, para que cuando te ultrajen, por honda que sea la
herida de la injuria, seas capaz de conservar la calma. En
esas ocasiones no alimentes ni guardes en tu corazón
sentimientos de aversión o de venganza para quien te
ofendió; antes bien, perdónale de
corazón, convencido de que no hay mejor
disposición que ésta para alcanzar de Dios el
perdón de las injurias que le has hecho. Este humilde
sufrimiento te cosechará muchos méritos para
el cielo. Sufre con paciencia los
defectos y la fragilidad de los otros, teniendo siempre ante
los ojos tu propia miseria, por la que has de ser tú
también compadecido de los demás. Muéstrate manso y
humilde con todos, y más aún con aquellos
hacia los que sientes una cierta repugnancia y
aversión; no digas como algunos: "Dios me libre de
sentir odio hacia aquella persona, pero no quiero verla a mi
lado, ni tener tratos con ella". Esta repugnancia tiene su
origen en la soberbia y en no haber vencido con las armas de
la gracia la orgullosa naturaleza y el amor propio; porque
si se abandonaran a las mociones de la gracia,
sentirían esfumarse a impulsos de una verdadera
humildad todas las dificultades que encuentran y
soportarían con paciencia aún las naturalezas
más duras y salvajes. Si te sobreviene alguna
contradicción, bendice al Señor, que dispone
las cosas del mejor de los modos; piensa que la has
merecido, que merecerías más todavía, y
que eres indigno de todo consuelo; podrás pedir con
toda simplicidad al Señor que te libre de ella, si
así le place; pídele que te dé fuerzas
para sacar méritos de esa contrariedad. En las cruces
no busques los consuelos exteriores, especialmente si te das
cuenta que Dios te las manda para humillarte y para
debilitar tu orgullo y presunción. En medio de ellas
debes decir con el Rey Profeta: ¡Cuán bueno ha
sido para mí Señor, que me hayas humillado,
porque así he aprendido tus mandatos! En la comida no debes sentir
disgusto cuando los alimentos no sean de tu agrado; haz,
más bien, como los pobrecitos de Jesucristo, que
comen de buen grado lo que les dan, y dan las gracias a la
Providencia. Si alguien, por error, te
reprende y te dice malas palabras, o si censura tu conducta
uno que es inferior a ti o más merecedor que
tú de reprensión, y que debería
más bien ocuparse de sus cosas, no desprecies sus
indicaciones, ni rechaces los consejos que te da, ni dejes
de examinar con calma y a la luz de Dios tu conducta, y todo
ello con la íntima persuasión de que
caerías a cada paso si la gracia de Dios no te
preservara. Nunca anheles ser amado
de manera
singular. Puesto que el
amor depende de la voluntad, y la voluntad está
inclinada hacia el bien por naturaleza, ser amado, y ser
amado como bueno, es una misma cosa; ahora bien, el
afán de ser estimado por encima de los demás
es inconciliable con una sincera humildad. ¡Qué
gran fruto obtendrás si obras así! Tu alma, no
mendigando ya el amor de las criaturas, se refugiará
en las sagradas llagas del Salvador; allí, en el
Corazón adorable de Jesús,
experimentarás las indecibles dulzuras divinas, y
habiendo renunciado generosamente por Él al amor de
los hombres, podrás gustar en abundancia la miel de
los consuelos divinos, que le serían negados si
hubiese sido presa del dulzor falso y mentiroso de los
consuelos terrenos; porque los consuelos divinos son tan
puros y sinceros, que no pueden ser mezclados con los
consuelos de aquí abajo, y somos inundados por
aquéllos en la medida en que nos vaciamos de
éstos. Por otra parte, tu alma podrá volverse
libremente hacia Dios y reposar en Él con el
pensamiento de su presencia y de sus perfecciones infinitas.
Por último, no habiendo cosa más dulce que
amar y ser amado, si te privas de este placer por amor de
Dios, y Dios se posesiona de tu corazón, no dividido
por el amor de otra criatura, ofrecerás un sacrificio
muy acepto a Dios, y no temas que obrando así se vaya
a enfriar tu amor al prójimo pues no le amarás
por interés, por seguir tu inclinación, sino
tan sólo por dar gusto a Dios, haciendo lo que sabes
le agrada. Haz todas las cosas, por
pequeñas que sean, con mucha atención y con el
máximo esmero y diligencia; porque el hacer las cosas
con ligereza y precipitación es señal de
presunción; el verdadero humilde está siempre
en guardia para no fallar aun en las cosas más
insignificantes. Por la misma razón, practica siempre
los ejercicios de piedad más corrientes y huye de las
cosas extraordinarias que te sugiere tu naturaleza; porque
así como el orgulloso quiere singularizarse siempre,
así el humilde se complace en las cosas corrientes y
ordinarias. Convéncete de que no
eres buen consejero de ti mismo, y por eso, teme y
desconfía de tus opiniones, que tienen una
raíz mala y corrompida. Con esta persuasión,
aconséjate, en lo posible, de hombres sabios y de
buena conciencia, y prefiere ser gobernado por uno que sea
mejor que tú a seguir tu propio parecer. Por alto que sea el grado de
gracia y de virtud a que hayas llegado, por grande que sea
el don de oración que Dios te haya concedido, aunque
hayas vivido durante mil años en la inocencia y en el
fervor de la devoción, debes caminar siempre con
temor y desconfiar de ti mismo, especialmente en materia de
castidad: no olvides que llevas dentro de ti un fomes
inextinguible y una fuente inagotable de pecados, y piensa
que eres todo debilidad, inconstancia, infidelidad.
Está siempre en guardia sobre ti mismo; cierra los
ojos para no ver ni sentir lo que podría manchar tu
alma; huye siempre de las ocasiones peligrosas; evita todas
las conversaciones inútiles con personas del otro
sexo, y en las necesarias mantente en la más
escrupulosa modestia y contención; finalmente, puesto
que sin la gracia de Dios no puedes hacer nada bueno,
pídele continuamente que tenga misericordia de ti y
que no te deje solo en ningún momento. ¿Has recibido de Dios
grandes talentos? ¿O eres, por ventura, un grande del
mundo? Esfuérzate en conocerte tal y como eres y
procura convencerte de tu debilidad, de tu incapacidad y de
tu nada; debes hacerte más pequeño que un
niño; no andes tras las alabanzas de los hombres, ni
ambiciones los honores; antes bien rechaza aquéllas y
éstos. Si te hacen alguna injuria o
te ocasionan algún grave disgusto, en vez de
indignarte con quien te ha ofendido, alza los ojos al cielo
y mira al Señor, que con su infinita y amable
providencia lo ha dispuesto así para hacerte expiar
tus pecados, o para destruir en ti el espíritu de
soberbia, obligándote a hacer actos de paciencia y de
humildad. Cuando se te presente la
ocasión de prestar algún servicio bajo y
abyecto al prójimo, hazlo con alegría y con la
humildad con que lo harías si fueras el siervo de
todos. De esta práctica sacarás tesoros
inmensos de virtud y de gracia. No te preocupes por aquellas
cosas que no están a tu cuidado y de las que no
tienes que rendir cuenta ni a Dios ni a los hombres; porque
el ocuparse en ellas es signo de secreta soberbia y de vana
presunción de sí mismo, alimenta y hace crecer
la vanidad y es causa de mil preocupaciones, inquietudes y
distracciones. Por el contrario, si atiendes sólo a
ti mismo y a tu deber, hallarás un manantial de paz y
de tranquilidad, según las palabras de la
Imitación de Cristo: No
te entrometas en lo que no te han encomendado; así
podrá ser que pocas veces o muy de tarde en tarde te
turbes. Si haces alguna
mortificación extraordinaria, procura preservarte del
veneno de la vanagloria, que destruye a menudo todo su
mérito; hazla tan sólo porque
desdeciría de un pecador que viviera según su
propio capricho, y también por tantas deudas como
tienes que saldar ante la justicia divina. Piensa que los
actos de penitencia te son tan necesarios para detener la
violencia de las pasiones y mantenerte dentro de los
límites del deber, como la brida y el freno para
domar un impetuoso caballo. Cuando sientas el
aguijón de la impaciencia y seas presa de la tristeza
en tus tribulaciones y humillaciones, resiste fuertemente
esa tentación, acordándote de tantos pecados,
por los que has merecido castigos mucho más duros de
los que estás sufriendo. Adora la justicia infinita
de Dios y recibe respetuosamente sus golpes, que son para ti
fuentes de misericordia y de gracia. Si pudieses comprender
cuan saludable es ser herido en esta miserable vida por la
mano de un Padre tan dulce como es Dios, te
abandonarías por completo en sus manos. Repite a
menudo con San Agustín: Quema
y arranca de mí en esta vida todo lo que quieras, no
perdones nada ni me ahorres ningún sufrimiento, como
tal que me perdones y me los ahorres todos en la
eternidad. Rehusar las
tribulaciones es rebelarse contra la saludable justicia de
nuestro Dios, es rechazar el cáliz que
misericordiosamente nos brinda, y en el que el mismo
Jesucristo, aunque inocente, ha querido beber el
primero. Si cometes alguna falta que es
motivo para que te desprecie quien la presenció,
siente un vivo dolor de haber ofendido a Dios y de haber
dado un mal ejemplo al prójimo, y acepta la deshonra
como un medio que Dios te envía para hacerte expiar
tu pecado y para hacerte más humilde y virtuoso. Si,
por el contrario, el verte deshonrado te atormenta y te
contrista, es que no eres verdaderamente humilde y que
estás todavía envenenado por la soberbia. Pide
entonces al Señor con mucha insistencia que te cure y
te libre de ese veneno, porque si Dios no se apiada de ti
caerás en otros abismos. Si entre los que te rodean hay
alguno que te parece despreciable, obrarás sabia y
prudentemente si en vez de publicar y censurar sus defectos
te fijas en las buenas cualidades naturales y sobrenaturales
de que Dios le ha dotado, y que le hacen digno de respeto y
honor. Al menos, ve siempre en él a una criatura de
Dios, formada a su imagen y semejanza, rescatada con la
sangre preciosa de Jesucristo, un cristiano marcado con la
luz del rostro de Dios, un alma capaz de verle y poseerle
por toda la eternidad, y quizá un predestinado por el
consejo secreto de su adorable providencia. ¿Sabes
tú, acaso, las gracias que el Señor ha
derramado sobre él, o las que va a derramar? Pero sin
entrar en más averiguaciones, quizá lo mejor
sería rechazar inmediatamente todos esos pensamientos
de desprecio como venenosas inspiraciones del
tentador. Cuando te alaben, en vez de
llenarte de vanagloria, piensa si aquellas alabanzas no
serán la recompensa de lo poco bueno que has hecho.
Evoca interiormente tu miseria merecedora del desprecio de
los demás, y procura cortar la conversación,
no para cosechar más alabanzas, como los soberbios
que fingen ser humildes, sino con tal tacto y
discreción, que no se vuelvan a acordar de ti. Y si
no lo consigues, refiere a Dios todo el honor y toda la
gloria, diciendo con Baruch y Daniel: A
ti, Señor, toda honra y gloria y a nosotros, la
vergüenza y el oprobio.
En la misma proporción
en que deben causarte disgusto las alabanzas a ti
dispensadas, debes experimentar alegría por los
elogios y honores a los demás y, por tu parte, debes
contribuir a honrarles en la medida en que la franqueza y la
verdad te lo permitan. Los envidiosos no saben soportar las
glorias del prójimo, porque estiman que van en
disminución de las propias; precisamente por esto
deslizan hábilmente en las conversaciones ciertas
palabras ambiguas o frases de doble sentido, dirigidas a
menguar o a hacer dudosos los méritos que, con
resentimiento por su parte, adornan a los demás.
Tú no debes obrar así porque alabando a tu
prójimo, alabas simultáneamente al
Señor y le agradeces los dones que distribuye y los
beneficios que se pueden obtener para Su
servicio. Cuando oigas que difaman a tu
prójimo, siente un verdadero dolor, y busca una
excusa para el maledicente; pero tienes que salir en defensa
de la persona que es blanco de la murmuración, y con
tal destreza, que tu defensa no se convierta en una segunda
acusación; así, ora insinuarás sus
cualidades, ora pondrás de relieve la estima que
merece a los otros y a tí mismo, ora cambiarás
hábilmente de conversación o harás
ostensible tu desagrado. Obrando de esta manera,
harás un gran bien a tí mismo, al maledicente,
a los oyentes y a aquel de quien se habla. Mas si tú,
sin hacerte la más mínima violencia, te
complaces en ver a tu prójimo humillado y te
disgustas cuando lo ensalzan, ¡cuánto te falta
todavía para alcanzar el tesoro incomparable de la
humildad! No habiendo cosa más
provechosa para el progreso espiritual que el ser advertido
de los propios defectos, es muy conveniente y necesario que
los que te hayan hecho alguna vez esta caridad se sientan
estimulados por tí a hacértela en cualquier
ocasión. Luego que hayas recibido con muestras de
alegría y de reconocimiento sus advertencias, imponte
como un deber el seguirlas, no sólo por el beneficio
que reporta el corregirse, sino también para hacerles
ver que no han sido vanos sus desvelos y que tienes en mucho
su benevolencia. El soberbio, aunque se corrija, no quiere
aparentar que ha seguido los consejos que le han dado, antes
bien los desprecia; el verdadero humilde tiene a honra
someterse a todos por amor de Dios, y observa los sabios
consejos que recibe como venidos de Dios mismo, cualquiera
que sea el instrumento de que Él se haya
servido. Abandónate por completo
en las manos de Dios y sigue las disposiciones de su amable
Providencia, como un hijo cariñoso se abandona en los
brazos de su amado padre. Déjale hacer lo que
Él quiera, sin turbarte e inquietarte por lo que
pueda suceder; acepta con alegría, con confianza y
con respeto todo lo que de Él venga. Obrar de otro
modo sería una ingratitud hacia la bondad de su
corazón, sería desconfiar de Él. La
humildad nos abisma de manera infinita bajo el ser infinito
de Dios; pero al mismo tiempo nos enseña que en Dios
está toda nuestra fortaleza y todo nuestro
consuelo. Es evidente que sin Dios no
puedes hacer nada bueno, que sin Él caerías a
cada paso, y la mínima tentación te
vencería; reconoce tu debilidad e impotencia para
practicar el bien, y no olvides que en todas tus acciones
necesitas siempre del concurso divino. Que la
consideración de estas verdades te mantenga
inseparablemente unido a Él, como un niño que
no conociendo otro refugio se aprieta contra el seno de su
madre. Repite con el Profeta: Si
el Señor no me hubiera ayudado, mi alma
habitaría en la región del silencio , y:
mírame y apiádate de mí, porque estoy
solo y desvalido ; oh Dios, ven en mi auxilio,
apresúrate a ayudarme
No dejes nunca de dar gracias a Dios con todo tu
corazón, y dale gracias, sobre todo, por los cuidados
de que te rodea, y pídele en todo momento que no te
falte la ayuda que sólo Él te puede
dar. Acude a la oración
persuadido de tu indignidad y bajeza y lleno de un temor
sagrado por la presencia de la suprema Majestad, cuya
protección te atreves a implorar. ¿Hablaré
a mi Señor yo que soy polvo y
ceniza? Si recibes
algún favor extraordinario, júzgate indigno de
él, y piensa que Dios te lo ha concedido por su
largueza y misericordia. No te complazcas vanamente
atribuyéndolo a tus méritos. Si no recibes
ningún don señalado, no te muestres
descontento; considera que te queda mucho por hacer para
merecerlo, y que Dios tiene harta bondad y paciencia
permitiendo que estés a sus pies; como el mendigo que
permanece durante horas enteras a la puerta del rico para
alcanzar una pequeña limosna que remedie su
miseria. Da gloria a Dios por el feliz
éxito de los asuntos que te han sido encomendados, y
no te atribuyas a tí mismo más que los fallos
que haya habido; sólo éstos te pertenecen:
todo lo bueno es de Dios y a Él se debe la gloria y
gratitud. Graba con tal fuerza en tu espíritu esta
verdad, que nunca más se borre de él; piensa
que cualquier otro que hubiera tenido la gracia que
tú tuviste lo hubiera hecho mucho mejor y no
habría cometido tantas imperfecciones. Rechaza las
alabanzas que te hagan por el éxito obtenido, porque
no se deben a un vil instrumento como tú, sino a
Él, soberano Artífice, que, si así lo
quiere; puede servirse de una vara para hacer brotar el agua
de una roca, o de un poco de tierra para devolver la vista a
los ciegos y operar infinidad de milagros. Si, en cambio, van mal los
asuntos confiados a tu cuidado, harto es de temer que el
infeliz resultado haya de atribuirse a tu ineptitud y
negligencia. Tu amor propio y tu soberbia, enemigas
acérrimas de cualquier humillación,
querrían echar la culpa a los demás, y si no
lo consiguen, intentarán atenuarla. Mas tú no
secundes sus viciosas inclinaciones, examina tu conducta, en
conciencia, y temiendo haber fallado en algo, cúlpate
ante Dios y acepta la humillación como un castigo
merecido. Si tu conciencia no te acusa de culpa alguna,
adora también en este caso las disposiciones divinas,
y piensa que quizá tus faltas anteriores y tu
excesiva presunción han alejado de tí las
bendiciones del cielo. Si en la Comunión tu
corazón está inflamado de amor divino, tu
espíritu debe estar penetrado de sentimientos de
verdadera humildad. ¿Cómo no asombrarte al
considerar que un Dios infinitamente puro e infinitamente
santo llegue a esos extremos de amor por una miserable
criatura como tú, y se te dé a Sí mismo
en alimento? Abísmate en las profundidades de tu
indignidad; acércate a la adorable santidad de Dios
con suma reverencia, y cuando a este amable Señor,
que es todo caridad, le plazca acariciarte,
haciéndote partícipe de sus inefables dulzuras
no disminuyas en nada el respeto debido a su infinita
Majestad, no salgas nunca del lugar que te corresponde, y
que es la sumisión, la abyección y la nada;
pero que el sentimiento de tu pobreza y de tu miseria no te
lleve a cerrar tu corazón y a menguar en nada esa
santa confianza que debes tener en tan celestial banquete;
antes, por el contrario, debe hacerte crecer en amor a tu
Dios que se humilla hasta convertirse en alimento de tu
alma. Ten con tu prójimo
vísceras de caridad y un manantial perenne de
afabilidad y dulzura; busca con santa avidez la manera de
ayudarle en todo; pero hazlo siempre por dar gusto al
Señor; examina bien los motivos que te impulsan a
obrar para descubrir las emboscadas de la vanidad y del amor
propio; sólo a Dios debes referir todo el bien que
hagas, porque has de saber que es una gran ganancia mantener
oculta y secreta una obra buena de modo que sólo Dios
la conozca; si por descuido tuyo viene a ser conocida de los
hombres, pierde casi todo su valor, como un hermoso fruto
que los pájaros han empezado a picotear. Ese saludable temor de
desagradar a Dios que debes tener irá siempre
acompañado de una continua súplica para que no
te deje caer e impida con su infinita misericordia tan gran
desastre. Este es el santo gemir del corazón,
recomendado por los santos, que lleva a estar en guardia en
todas nuestras acciones, a meditar en las verdades divinas y
a despreciar las cosas temporales, a practicar la
oración interior y a mantenerse alejado de todo lo
que no sea Dios. En una palabra, la fuente de la verdadera
humildad y pobreza de espíritu; no la abandones nunca
y, en lo posible, pídela sin
interrupción. Un enfermo que desea vivamente
la curación procura evitar todo lo que pueda
retrasarla; toma con temor aun los alimentos más
inofensivos y casi a cada bocado se para a pensar si le
sentarán bien; también tú, si deseas de
corazón curarte de la funesta enfermedad de la
soberbia, si verdaderamente anhelas adquirir esta preciosa
virtud, has de estar siempre en guardia para no decir o
hacer lo que pueda impedírtelo; por esto, es bueno
que pienses siempre si lo que vas a hacer te lleva o no a la
humildad, para hacerlo inmediatamente o para rechazarlo con
todas tus fuerzas. Otro motivo poderoso que debe
impulsarte a practicar la hermosa virtud de la humildad es
el ejemplo de nuestro divino Salvador, al cual debes
conformar toda tu vida. Él ha dicho en el santo
Evangelio: Aprended
de mí, que soy manso y humilde de
corazón Y, como
nota San Bernardo, ¿qué
orgullo hay tan obstinado que no pueda ser abatido por la
humildad de este divino Maestro?.
Se puede decir con toda verdad que sólo Él se
ha humillado realmente y se ha abajado; nosotros no nos
abajamos, nos colocamos en el lugar que nos corresponde;
porque siendo ruines criaturas, culpables de mil delitos,
sólo tenemos derecho a la nada y al castigo; pero
nuestro Salvador Jesucristo se ha colocado por debajo del
lugar que le corresponde. Él es el Dios omnipotente,
el Ser infinito e inmortal, el Árbitro supremo de
todo; sin embargo, se ha hecho hombre, débil y.
pasible, mortal y obediente hasta la muerte. Se ha rebajado
hasta lo más ínfimo de las cosas. Aquel que es
en el cielo la gloria y bienaventuranza de los
Ángeles y de los Santos ha querido hacerse
varón de dolores y ha tomado sobre sí las
miserias de la Humanidad; la Sabiduría increada y el
principio de toda sabiduría ha cargado con la
vergüenza y los oprobios del insensato; el Santo de los
Santos y la Santidad por esencia ha querido pasar por un
criminal y un malhechor; Aquel a quien adoran en el cielo
los innumerables ejércitos de los bienaventurados ha
deseado morir sobre una cruz; el Sumo Bien por naturaleza ha
sufrido toda suerte de miserias temporales. Y después
de este ejemplo de humildad, ¿qué deberemos
hacer nosotros, polvo y cenizas? ¡Podrá
parecernos dura alguna humillación a nosotros,
miserables pecadores! Considera también los
ejemplos que nos han dejado los santos de la antigua y nueva
Alianza. Isaías, aquel profeta tan virtuoso y
observante, se creía impuro delante de Dios, y
confesaba que toda su justicia, es decir, sus buenas obras,
eran como un paño lleno de suciedad . Daniel, a quien
el mismo Dios llamó santo, capaz de detener con su
oración la cólera divina, hablaba a Dios como
un pecador que está lleno de vergüenza y
confusión. Santo Domingo, milagro de inocencia y
santidad, había llegado a tal grado de desprecio por
sí mismo, que creía atraer la maldición
del cielo sobre las ciudades por las que pasaba. Y por eso,
antes de entrar en cualquiera de ellas, se postraba con el
rostro en tierra y decía llorando:
Yo os
conjuro, Señor, por vuestra amabilísima
misericordia, que no miréis a mis pecados; para que
esta ciudad que me va a servir de refugio no deba sufrir los
efectos de vuestra justísima
venganza. San Francisco,
que, por la pureza de su vida, mereció ser imagen de
Jesús Crucificado, se tenía por el más
perverso pecador de la tierra, y este pensamiento estaba tan
grabado en su corazón, que nadie se lo hubiera podido
quitar, y argumentaba diciendo que si Dios le hubiese
concedido aquellas gracias al último de los hombres,
habría usado mejor que él y no le
habría pagado con tanta ingratitud. Otros Santos se
consideraban indignos del alimento que comían, del
aire que respiraban y de los vestidos con que se
cubrían; otros tenían por un gran milagro el
que la misericordia divina los soportase sobre la tierra y
no los precipitara en el infierno; otros se maravillaban de
que los hombres los tolerasen y que las criaturas no los
exterminaran y aniquilaran. Todos los santos han abominado
las dignidades, las alabanzas y los honores, y, por el gran
desprecio que sentían por sí mismos, no
deseaban sino las humillaciones y los oprobios. ¿Eres
tú quizá más santo que ellos?
¿Porqué, siguiendo su ejemplo, no te tienes por
algo despreciable a tus ojos? ¿Porqué no buscas,
como ellos, las delicias de la santa humildad? Para crecer más en esta
virtud y para endulzar y familiarizarte con las
humillaciones te sería muy provechoso que te
representaras a menudo en la imaginación las afrentas
que te pueden sobrevenir y te esforzaras en aceptarlas, aun
a costa de la naturaleza recalcitrante, como prenda segura
del amor que Dios te tiene y como medio seguro de
santificación. Quizá para ello tendrás
que sostener muchos combates; pero sé valiente y
esforzado en la pelea hasta que te sientas firme y decidido
a sufrirlo todo con alegría por amor de
Jesucristo. Que no pase un solo día
sin que te hagas los reproches que te podrían dirigir
tus enemigos, no sólo para endulzártelos por
anticipado, sino para humillarte y para despreciarte a ti
mismo. Si luego, en medio de la tempestad de alguna violenta
tentación, te impacientas y te lamentas interiormente
al ver cómo te prueba Dios, reprime en seguida esos
movimientos y di contigo mismo: ¿podrá quejarse
un ruin y miserable pecador como yo de esta
tribulación? ¿Por ventura no he merecido
castigos infinitamente más duros? ¿No sabes,
alma mía, que las humillaciones y los sufrimientos
son el pan con que te ha socorrido el Señor a fin de
que te levantases de una vez de tu miseria e indigencia? Si
lo rehúsas, te haces indigna de él y rechazas
un rico tesoro, que quizá te será quitado para
dárselo a otros que hagan mejor uso de él. El
Señor quiere hacerte del número de sus amigos
y discípulos del Calvario, y tú, por
cobardía, ¿vas a huir el combate?
¿Cómo quieres ser coronado sin haber peleado?
¿Cómo pretendes el premio sin haber sostenido el
peso del día y del calor? Estas y otras
consideraciones semejantes encenderán tu fervor y
excitarán en ti el deseo de llevar una vida de
sufrimiento y de humillación como la de nuestro
Salvador Jesucristo. Aunque en medio de los
desprecios y de las contradicciones conserves la paz y la
alegría, no creas por esto haber alcanzado la
humildad, porque, a menudo, la soberbia no está sino
adormecida, y basta con que se despierte para que comience a
hacer estragos. Sean tus armas, de las que nunca debes
separarte, el conocimiento de ti mismo, la huida de las
alabanzas y el amor a las humillaciones. Cuando hayas
adquirido esta rica heredad no temas perderla ya, porque el
humillarse es el medio más seguro para conservar el
don precioso de la humildad. Si quieres que Dios te conceda
más fácilmente ese beneficio, toma por abogada
y protectora a la Santísima Virgen. San Bernardo dice
que María
se ha humillado como ninguna otra criatura, y que siendo la
más grande de todas, se ha hecho la más
pequeña en el abismo profundísimo de su
humildad. Gracias a esto,
María ha recibido la plenitud de la gracia y se ha
hecho digna de ser Madre de Dios. María es, al mismo
tiempo una madre de misericordia y de ternura, a la que
nadie ha recurrido en vano; abandónate lleno de
confianza en su seno materno; pídele que te alcance
esa virtud que Ella tanto apreció; no tengas miedo de
no ser atendido, María la pedirá para ti de
ese Dios que ensalza a los humildes y reduce a la nada a los
soberbios; y como María es omnipotente cerca de su
Hijo, será con toda seguridad oída. Recurre a
Ella en todas tus cruces, en todas tus necesidades, en todas
las tentaciones. Sea María tu sostén, sea
María tu consuelo; pero la principal gracia que debes
pedirle es la santa humildad; no te canses de
pedírsela hasta que te la conceda, y no tengas miedo
de importunaría; ¡cuánto le gusta a
María que la importunes por la salud de tu alma y
para ser más agradable a su divino Hijo!
Pídele, por último, que te sea propicia. Se lo
pedirás por su humildad, que fue la causa de que
fuese elevada a la dignidad de Madre de Dios, y por su
Maternidad, que fue el fruto inefable de su
humildad. Asimismo, acude a aquellos
santos que más han destacado en esta virtud. A San
Miguel, que fue el primer humilde, como Lucifer fue el
primer soberbio; a San Juan Bautista, que, aunque
llegó a tan alto grado de santidad, que le tomaron
por el Mesías, tenía tan bajo concepto de
sí mismo; que se juzgaba indigno de desatar la correa
de sus zapatos; a San Pablo, el Apóstol privilegiado,
que fue arrebatado al tercer cielo, y que, después de
haber escuchado los arcanos de la divinidad, se tenía
por el último de los apóstoles, hasta el punto
de no merecer ni siquiera ese nombre ; a San Gregorio Papa,
que, por escapar al Sumo Pontificado de la Iglesia, se
esforzó más que los ambiciosos por conseguir
los mayores honores; a San Agustín, que, en la cima
de la gloria que recibía de todos como Santo Obispo y
Doctor de la Iglesia católica. dejó en su
libro admirable de las Confesiones
y en el de las Retractaciones
un monumento inmortal de su humildad; a San Alejo, que, en
la casa paterna, prefirió los desprecios y los
ultrajes de sus servidores a los honores y dignidades que
fácilmente hubiera podido cosechar; a San Luis
Gonzaga, que siendo señor de un rico marquesado
renunció a él con alegría y
cambió las grandezas del siglo por una vida humilde y
mortificada; en fin, recurrirás a tantos y tantos
santos que resplandecen con luz muy viva por su humildad en
las festividades de la Iglesia. Todos estos humildes siervos
de Dios intercederán en el cielo por ti, para que te
cuentes en el número de los imitadores de su
virtud. La frecuencia en la
Confesión y en la Comunión te
proporcionará la ayuda más eficaz para
perseverar en la práctica de la humildad. La
Confesión, por la que revelamos a uno que es
semejante a nosotros las miserias más secretas y
vergonzosas de nuestra alma, es el acto más sublime
de humildad que Jesucristo ha mandado a sus
discípulos. La Santa Comunión, por la que
recibimos en nuestro pecho a Dios hecho hombre y anonadado
por amor nuestro, es una maravillosa escuela de humildad y
un medio muy poderoso para adquirirla. ¿Cómo
podrás dudar que tu amable Jesús no te la vaya
a comunicar cuando su Sagrado Corazón, tan manso y
humilde, horno de amor y de caridad, repose sobre tu
corazón, que se la pide con todo el fervor del alma?
Acércate con la mayor frecuencia que puedas a recibir
ese adorable Sacramento, y si lo haces con las disposiciones
necesarias, encontrarás siempre el maná
escondido, reservado a los que de veras le
buscan. Mantente siempre firme a pesar
de las dificultades que encuentres en las prácticas
que hasta aquí te he enseñado, a pesar de la
oposición que encuentres en ti mismo. No digas como
los discípulos del Evangelio: dura
es esta doctrina, ¿quién podrá
practicarla? Porque yo te
aseguro que todas las amarguras que experimentes al
principio se convertirán bien pronto en dulzuras
inefables y en consuelos celestiales. La perseverancia en
estos ejercicios te librará de mil angustias del
espíritu e infundirá en tu corazón una
paz y un sosiego que te harán gustar por adelantado
del goce preparado por el Señor en el cielo a sus
fieles servidores. Si por pereza dejas de poner los medios
necesarios para alcanzar la humildad, te sentirás
pesaroso, inquieto, descontento y harás la vida
imposible a ti mismo y quizá también a los
demás, y, lo que más importa, correrás
gran peligro de perderte eternamente; al menos se te
cerrará la puerta de la perfección, ya que
fuera de la humildad no hay otra puerta por la que se pueda
entrar. Ármate, pues, de un santo atrevimiento para
que nadie te pueda abatir; alza los ojos y mira allá
arriba a Jesús Crucificado, que, cargado con su cruz,
te enseña el camino de la humildad y de la paciencia,
que han recorrido ya muchos santos que reinan con El en el
cielo; mira cómo te anima a seguir su camino y el de
los verdaderos imitadores de su virtud. Mira a los santos
ángeles cómo ansían tu
salvación, mira cómo te animan a que tomes la
senda angosta, la única segura, la única que
conduce al cielo y que nos hace ocupar esos lugares del
paraíso que dejó vacíos la soberbia de
los ángeles rebeldes. ¿No oyes cómo los
bienaventurados proclaman por todo el paraíso que la
única vía que les ha permitido gozar de esa
gloria inmensa es la de las humillaciones y sufrimientos?
Contempla cómo gozan y se alegran contigo por esos
primeros deseos que has concebido de imitarlos; mira
cómo te animan a no perder el ánimo.
Ármate, pues, de fuerza y de: valor para comenzar sin
tardanza esa gran obra. Acuérdate de los sacrosantos
juramentos que has hecho en el Bautismo, y tiembla ante el
solo pensamiento de violar la santidad de las promesas que
hiciste a Dios en ese día. Son palabras de Cristo que
el reino de los cielos sufre violencia . Bienaventurado mil
y mil veces si, estando convencido de ello, te resuelves
verdaderamente a practicar la humildad que te
merecerá la eterna grandeza del
paraíso. Piensa, por último, que
nuestro divino Maestro aconsejaba a sus discípulos
que se tuviesen por siervos inútiles aun
después de haber hecho todo lo que les había
sido mandado . De la misma manera, tú, cuando hayas
observado con la máxima exactitud estos consejos,
debes tenerte por siervo inútil; convéncete
que lo debes no a tus fuerzas y méritos, sino a la
bondad y a la infinita misericordia de Dios; dale gracias
por tan gran beneficio de todo corazón. Finalmente
pídele todos los días que te conserve este
tesoro hasta el momento en que tu alma, desligada de los
vínculos que la tenían atada a las criaturas,
vuele libremente hacia el seno de su Creador para gozar
allí eternamente de la gloria que está
reservada a los humildes.