1.
Naturaleza del Santo Abandono
1. LA VOLUNTAD DE
DIOS, REGLA SUPREMA
Queremos salvar nuestra alma y tender a la
perfección de la vida espiritual, es decir,
purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes,
llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio
transformarnos cada vez más en El; he aquí la
única obra a la que hemos consagrado nuestra vida:
obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin
límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el
gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a
su vez sacrificios sin número, una paciente labor de
toda la vida. Esta obra gigantesca no seria tan sólo
difícil, sino absolutamente imposible si
contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es
de orden absolutamente sobrenatural.
«Todo lo puedo en Aquel que me conforta»; sin
Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros
nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni
cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios,
de la perfecta adquisición de las virtudes, de la
vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo
enorme de impotencias humanas y de intervenciones divinas.
El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es
capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras
más santas; pero es a la vez lo más pobre y
necesitado que hay, ya que sin e! auxilio divino no puede
concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha
nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra
salvación, por lo que jamás podremos
bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin
nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra
acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin El
nada podemos.
Nuestra santificación, nuestra salvación
misma es, pues, obra de entrambos: para ella se precisan
necesariamente la acción de Dios y nuestra
cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad
divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a
cada instante; quien prescinde de El cae, o se fatiga en
estéril agitación. Es, pues, de importancia
suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los
días y a cada momento, así en nuestras menores
acciones como en cualquier circunstancia. porque sin esta
íntima colaboración se pierde trabajo y
tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia,
quedarán vacías por sólo este motivo!
Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del
trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz
de la eternidad como sueño que se nos va así
que despertamos.
Ahora bien, si Dios trabaja con nosotros en nuestra
santificación, justo es que El lleve la
dirección de la obra: nada se deberá hacer que
no sea conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a
impulsos de su gracia. El es el primer principio y
último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus
determinaciones. Nos llama «a la escuela del servicio
divino», para ser El nuestro maestro; nos coloca en
«el taller del Monasterio», para dirigir
allí nuestro trabajo; «nos alista bajo su
bandera» para conducirnos El mismo al combate. Al
Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma
sabiduría combinar todas las cosas; la criatura no
puede colaborar sino en segundo término con su
Creador.
Esta continua dependencia de Dios nos impondrá
innumerables actos de abnegación, y no pocas veces
tendremos que sacrificar nuestras miras limitadas y nuestros
caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la
naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla.
¿Podrá cabemos mayor fortuna que tener por
guía la divina sabiduría de Dios, y por ayuda
la divina omnipotencia, y ser los socios de Dios en la obra
de nuestra salvación; sobre todo si se tiene en
cuenta que la empresa realizada en común sólo
tiende a nuestro personal provecho? Dios no reclama para
sí sino su gloria y hacernos bien, dejándonos
todo el beneficio. El perfecciona la naturaleza, nos eleva a
una vida superior, nos procura la verdadera dicha de este
mundo y la bienaventuranza en germen. ¡Ah, si
comprendiéramos los designios de Dios y nuestros
verdaderos intereses! Seguro que no tendríamos otro
deseo que obedecerle con todo esmero, ni otro temor que no
obedecerle lo bastante; le suplicaríamos e
insistiríamos para que hiciera su voluntad y no la
nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para
seguir nuestras pobres luces y vivir a merced de nuestra
fantasía, es verdadera locura y supremo
infortunio.
Una consideración más nos mostrará
«que en temer a Dios y hacer lo que El quiere consiste
todo el hombre»; y es que la voluntad divina, tomada en
general, constituye la regla suprema del bien, «la
única regla de lo justo y lo perfecto»; y que la
medida de su cumplimiento es también la medida de
nuestro progreso.
«Si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos». No basta pues, decir:
¡Señor, Señor!, para ser admitido en el
reino de los cielos; es necesario hacer la voluntad de
nuestro Padre que está en los cielos. «El que
mantiene unida su voluntad a la de Dios, vive y se salva: el
que de ella se aparta. muere y se pierde». «Si
quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, ven y
sígueme». Es decir, haz mejor la voluntad de
Dios, añade a la observancia de los preceptos la de
los consejos.
Si quieres subir hasta la cumbre de la perfección,
cumple la voluntad de Dios cada día más y
mejor. Te irás elevando a medida que tu obediencia
venga la ser más universal en su objetivo, más
exacta en su ejecución, más sobrenatural en
sus motivos, más perfecta en las disposiciones de tu
voluntad. Consulta los libros santos, pregunta a la vida y a
la doctrina de nuestro Señor y verás que no se
pide sino la fe que se afirma con las obras, el amor que
guarda fielmente la palabra de Dios. Seremos perfectos en la
medida que hagamos la voluntad de Dios.
Este punto es de tal importancia que nos ha parecido
conveniente apoyarlo con algunas citas autorizadas.
«Toda la pretensión de quien comienza
oración-y no se olvide esto, que importa mucho-, ha
de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas
diligencias puedan hacer que su voluntad se conforme con la
de Dios; y, como diré después, en esto
consiste toda la mayor perfección que se puede
alcanzar en el camino espiritual. No penséis que hay
aquí más algarabías, ni cosas no
sabidas y entendidas, que en esto consiste todo nuestro
bien». La conformidad ha de entenderse aquí en
su más alto sentido.
«Cada cual -explica San Francisco de Sales- se forja
la perfección a su modo: unos la ponen en la
austeridad de los vestidos: otros, en la de los manjares, en
la limosna, en la frecuencia de los Sacramentos, en la
oración, en una no sé qué
contemplación pasiva y supereminente: otros, en
aquéllas gracias que se llaman dones gratuitos: y se
engañan tomando los efectos por la causa, lo
accesorio por lo principal. y con frecuencia la sombra por
el cuerpo... En cuanto a mi. yo no se ni conozco otra
perfección sino amar a Dios de todo corazón y
al prójimo como a nosotros mismos». Y completa
el pensamiento en otra parte, cuando dice que «la
devoción (o la perfección) sólo
añade al fuego de la caridad la llama que la hace
pronta, activa y diligente, no sólo en la guarda de
los mandamientos de Dios, sino también en la
práctica de los consejos e inspiraciones
celestiales» . Así como el amor de Dios es la
forma más elevada y más perfecta de la virtud,
una sumisión perfecta a la voluntad divina es la
expresión más sublime y más pura, la
flor más exquisita de este amor... Por otra parte,
¿no es evidente que, no existiendo nada tan bueno y tan
perfecto como la voluntad de Dios, se llegará a ser
más santo y más virtuoso, cuanto más
perfectamente nos conformemos con esta voluntad?
Un discípulo de San Alfonso ha resumido su
doctrina diciendo que personas que hacen consistir su
santidad en practicar muchas penitencias, comuniones,
oraciones vocales, viven evidentemente en la ilusión.
Todas estas cosas no son buenas sino en cuanto Dios las
quiere, de otra suerte, en vez de aceptarlas las detesta,
pues tan sólo sirven de medios para unirnos a la
voluntad divina.
Tenemos verdadera satisfacción en repetirlo: toda
la perfección, toda la santidad consiste en ejecutar
lo que Dios quiere de nosotros; en una palabra, la voluntad
divina es regla de toda bondad y de toda virtud; por ser
santa lo santifica todo. aun las acciones indiferentes,
cuando se ejecutan con el fin de agradar a Dios... Si
queremos santificación, debemos aplicarnos
únicamente a no seguir jamás nuestra propia
voluntad, sino siempre la de Dios porque todos los preceptos
y todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer
y a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios lo quiere. De
ahí que toda la perfección se puede resumir y
expresar en estos términos: «Hacer lo que Dios
quiere, querer lo que Dios hace».
«Toda nuestra perfección -dice San Alfonso-
consiste en el amor de nuestro Dios infinitamente amable; y
toda la perfección del amor divino consiste a su vez
en la unión de nuestra voluntad con la suya... Si
deseamos, pues, agradar y complacer al corazón de
Dios, tratemos no sólo de conformarnos en todo
a su santa voluntad, sino de unificarnos con ella (si
así puedo expresarme), de suerte que de dos
voluntades no vengamos a formar sino una sola... Los santos
jamás se han propuesto otro objeto sino hacer la
voluntad de Dios, persuadidos de que en esto consiste toda
la perfección de un alma. El Señor llama a
David hombre según su corazón, porque este
gran rey estaba siempre dispuesto a seguir la voluntad
divina; y Maria, la divina Madre, no ha sido la más
perfecta entre todos los santos, sino por haber estado de
continuo más perfectamente unida a la voluntad de
Dios.» Y el Dios de sus amores, Jesús, el Santo
por excelencia, el modelo de toda perfección,
¿ha sido jamás otra cosa que el amor y la
obediencia personificados?... Por la abnegación que
profesa a su Padre y a las almas, sustituye a los
holocaustos estériles y se hace la Víctima
universal. La voluntad de su Padre le conducirá por
toda suerte de sufrimientos y humillaciones, hasta la muerte
y muerte de cruz. Jesús lo sabe; pero precisamente
para esto bajó del cielo, para cumplir esa voluntad,
que a trueque de crucificarle, se convertiría en
fuente de vida. Desde su entrada en el mundo declara al
Padre que ha puesto su voluntad en medio de su
corazón para amarla, y en sus manos para ejecutarla
fielmente. Esta amorosa obediencia será su alimento,
resumirá su vida oculta, inspirará su vida
pública hasta el punto de poder decir: «Yo hago
siempre lo que agrada a mi Padre»; y en el momento de
la muerte lanzará bien alto su triunfante
«Consummatum est»: Padre mío, os he amado
hasta el último límite, he terminado mi obra
de la Redención, porque he hecho vuestra voluntad,
sin omitir un solo ápice.
«Uniformar nuestra voluntad con la de Dios, he
ahí la cumbre de la perfección -dice San
Alfonso-, a eso debemos aspirar de continuo, ése debe
ser el fin de nuestras obras, de todos nuestros deseos, de
todas nuestras meditaciones, de nuestros ruegos.» A
ejemplo de nuestro amado Jesús, no veamos sino la
voluntad de su Padre en todas las cosas; que nuestra
única ocupación sea cumplirla con fidelidad
siempre creciente e infatigable generosidad y por motivos
totalmente sobrenaturales. Este es el medio de seguir a
Nuestro Señor a grandes pasos y subir junto a El en
la gloria. «Un día fue conducida al cielo en
visión la Beata Estefanía Soncino, dominica,
donde vio cómo muchos que ella había conocido
en vida estaban levantados a la misma jerarquía de
los Serafines; y tuvo revelación de que habían
sido sublimados a tan alto grado de gloria por la perfecta
unión de voluntad con que anduvieron unidos a la de
Dios acá en la tierra.»
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