La voluntad
divina se muestra para nosotros reguladora y
operadora. Como reguladora, es la regla suprema del bien,
significada de diversas maneras; y que debemos seguir por la
razón de que todo lo que ella quiere es bueno, y
porque nada puede ser bueno sino lo que ella quiere. Como
operadora, es el principio universal del ser, de la vida, de
la acción; todo se hace como quiere , y no sucede
cosa que no quiera, ni hay efecto que no venga de esta
primera causa, ni movimiento que no se remonte a este primer
motor, ni por tanto hay acontecimiento, pequeño o
grande, que no nos revele una voluntad del divino
beneplácito. A esta voluntad es deber nuestro
someternos, ya que Dios tiene absoluto derecho de disponer
de nosotros como le parece. Dios nos hace, pues, conocer su
voluntad por las reglas que nos ha señalado, o por
los acontecimientos que nos envía. He ahí la
voluntad de Dios significada y su voluntad de
beneplácito.
La
primera, «nos propone previa y claramente
las verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que
esperemos, las penas que temamos, las cosas que amemos, los
mandamientos que observemos y los consejos que sigamos. A
esto llamamos voluntad significada, porque nos ha
significado y manifestado cuanto Dios quiere y se propone
que creamos, esperemos, temamos, amemos y practiquemos. La
conformidad de nuestro corazón con la voluntad
significada consiste en que queramos todo cuanto la divina
Bondad nos manifiesta ser de su intención; creyendo
según su doctrina, esperando según sus
promesas, temiendo según sus amenazas, amando y
viviendo según sus mandatos y advertencias»
La voluntad significada abraza cuatro partes, que son:
los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, los
consejos, las inspiraciones, las Reglas y las
Constituciones.
Es necesario que cada cual obedezca a los mandamientos de
Dios y de la Iglesia, porque es la voluntad de Dios absoluta
que quiere que los obedezcamos, si deseamos salvarnos.
Es también voluntad suya, no imperativa y
absoluta, sino de sólo deseo, que guardemos sus
consejos; por lo cual, aun cuando sin menosprecio los
dejamos de cumplir por no creernos con valor para emprender
la obediencia a los mismos, no por eso perdemos la caridad
ni nos separamos de Dios; además de que ni siquiera
debemos acometer la práctica de todos ellos,
habiéndolos como los hay entre sí opuestos,
sino tan sólo los que fueren más conformes a
nuestra vocación... Hay que seguir, pues, concluye el
santo, los consejos que Dios quiere sigamos. No a todos
conviene la observancia de todos los consejos. Dados como
están para favorecer la caridad, ésta es la
que ha de regular y medir su ejecución... Los que
tenemos que practicar los religiosos, son los comprendidos
en nuestras Reglas. Y a la verdad, nuestros votos, nuestras
leyes monásticas, las órdenes y consejos de
nuestros Superiores constituyen para nosotros la
expresión de la voluntad divina y el código de
nuestros deberes de estado.
Poderosa razón tenemos para bendecir al divino
Maestro, pues ha tenido la amorosa solicitud de trazarnos
hasta en los más minuciosos detalles su voluntad
acerca de la Comunidad y sus miembros.
En las inspiraciones nos indica sus voluntades sobre cada
uno de nosotros más personalmente. « Santa
María Egipciaca se sintió inspirada al
contemplar una imagen de nuestra Señora; San Antonio,
al oír el evangelio de la Misa; San Agustín,
al escuchar la vida de San Antonio; el duque de
Gandía, ante el cadáver de la emperatriz; San
Pacomio, viendo un ejemplo de caridad; San Ignacio de
Loyola, leyendo la vida de los santos»; en una palabra,
las inspiraciones nos vienen por los más diversos
medios. Unas sólo son ordinarias en cuanto nos
conducen a los ejercicios acostumbrados con fervor no
común; otras «se llaman extraordinarias porque
incitan a acciones contrarias a las leyes, reglas y
costumbres de la Santa Iglesia, por lo que son más
admirables que imitables.» El piadoso Obispo de Ginebra
indica con qué señales se pueden discernir las
inspiraciones divinas y la manera de entenderlas, terminando
con estas palabras: «Dios nos significa su voluntad por
sus inspiraciones. No quiere, sin embargo, que distingamos
por nosotros mismos sí lo que nos ha inspirado es o
no voluntad suya, menos aún que sigamos sus
inspiraciones sin discernimiento. No esperemos que El nos
manifieste por Sí mismo sus voluntades, o que
envíe ángeles para que nos las enseñen,
sino que quiere que en las cosas dudosas y de importancia
recurramos a los que ha puesto sobre nosotros para
guiamos» .
Añadamos, por último, que los ejemplos de
Nuestro Señor y de los santos, la doctrina y la
práctica de las virtudes pertenecen a la voluntad de
Dios significada; si bien es fácil referirlas a una u
otra de las cuatro señales que acabamos de
indicar.
«He ahí, pues, cómo nos manifiesta
Dios sus voluntades que nosotros llamamos voluntad
significada. Hay además la
voluntad
de beneplácito de Dios, la que hemos
de considerar en todos los acontecimientos, quiero decir, en
todo lo que nos sucede; en la enfermedad y en la muerte, en
la aflicción y en la consolación, en la
adversidad y en la prosperidad, en una palabra, en todas las
cosas que no son previstas.» La voluntad de Dios se ve
sin dificultad en los acontecimientos que tienen a Dios
directamente por autor; y lo mismo en los que vienen de las
criaturas no libres, porque si obran es por la acción
que reciben de Dios a quien sin resistencia obedecen. Donde
hay que ver la voluntad de Dios es principalmente en las
tribulaciones, que por más que El no las ame por
sí mismas, las quiere emplear, y efectivamente las
emplea, como excelente recurso para satisfacer el orden,
reparar nuestras faltas, curar y santificar las almas.
Más aún, hay que verla incluso en nuestros
pecados y en los del prójimo: voluntad permisiva,
pero incontestable. Dios no concurre a la forma del pecado
que es lo que constituye su malicia: lo aborrece
infinitamente y hace cuanto está de su parte para
apartarnos de él; lo reprueba y lo castigará.
Mas, para no privarnos prácticamente de la libertad
que nos ha concedido, como nosotros nada podemos hacer sin
su concurso, lo da en cuanto a lo material del acto, que por
lo demás no es sino el ejercicio natural de nuestras
facultades. Por otra parte, El quiere sacar bien del mal, y
para ello hace que nuestras faltas y las del prójimo
sirvan a la santificación de las almas por la
penitencia, la paciencia, la humildad, la mutua tolerancia,
etc. Quiere también que, aun cumpliendo el deber de
la corrección fraterna, soportemos al prójimo,
que le obedezcamos conforme a nuestras Reglas, viendo hasta
en sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de
que Dios se sirve para ejercitamos en la virtud. Por esta
razón, no temía decir San Francisco de Sales
que por medio de nuestro prójimo es como
especialmente Dios nos manifiesta lo que desea de
nosotros.
Existen profundas
diferencias
entre la voluntad de Dios significada y la de
beneplácito.
1º La voluntad significada nos es conocida de
antemano, y por lo general, de manera clarísima
mediante los signos del pensamiento, a saber: la palabra y
la escritura. De esta manera conocemos el Evangelio, las
leyes de la Iglesia, nuestras santas Reglas; donde sin
esfuerzo y a nuestro gusto podemos leer la voluntad de Dios,
confiaría a nuestra memoria y meditarla. Las
inspiraciones divinas y las órdenes de nuestros
Superiores sólo en apariencia son excepciones, pues
ellas tienen por objeto la ley escrita, cristiana o
monástica. Al contrario, «casi no se conoce el
beneplácito divino más que por los
acontecimientos.» Decimos casi, porque hay excepciones;
lo que Dios hará más tarde, podemos conocerlo
de antemano, si a El le place decirlo; también se
puede presentir, conjeturar, adivinar, ya por el rumbo
actual de los hechos, ya por las sabias disposiciones
tomadas y las imprudencias cometidas. Mas, en general, el
beneplácito divino se descubre a medida que los
acontecimientos se van desarrollando, los cuales
están ordinariamente por encima de nuestra
previsión. Aun en el propio momento en que se
verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura: nos
envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades
interiores u otras pruebas; en verdad que éste es
actualmente su beneplácito, mas ¿será
durable? ¿Cuál será su desenlace? Lo
ignoramos.
2º De nosotros depende siempre o el conformarnos por
la obediencia a la voluntad de Dios significada o el
sustraernos a ella por la desobediencia. Y es que Dios,
queriendo poner en nuestras manos la vida o la muerte, nos
deja la elección de obedecer a su ley o de
quebrantarla hasta el día de su justicia. Por su
voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de
nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun
contra nuestros deseos, nos coloca en la situación
que nos ha preparado, y nos propone en ella el cumplimiento
de los deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no estos
deberes, someternos al beneplácito o portarnos como
rebeldes; mas es preciso aguantar los acontecimientos,
queramos o no, no habiendo poder en el mundo que pueda
detener su curso. Por ese camino, como gobernador y juez
supremo, Dios restablece el orden y castiga el pecado; como
Padre y Salvador, nos recuerda nuestra dependencia y trata
de hacernos entrar en los senderos del deber, cuando nos
hemos emancipado y extraviado.
3º Esto supuesto, Dios nos pide la obediencia a su
voluntad significada como un efecto de nuestra
elección y de nuestra propia determinación.
Para seguir un precepto o un punto de regla, para producir
los actos de las virtudes teologales o morales, nos es
preciso sin duda una gracia secreta que nos previene y nos
ayuda, gracia que nosotros podemos alcanzar siempre por
medio de la oración y de la fidelidad. Pero aun
cuando la voluntad de Dios nos sea claramente significada,
puestos en trance de cumplirla, lo hacemos por nuestra
propia determinación; no necesitamos esperar un
movimiento sensible de la gracia, una moción especial
del Espíritu Santo, digan lo que quieran los
semiquietistas antiguos y modernos. Por el contrario, si se
trata de la voluntad del beneplácito divino, es
necesario esperar a que Dios la declare mediante los
acontecimientos: sin esa declaración no sabemos lo
que El espera de nosotros; con ella, conocemos lo que desea
de nosotros, primero, la sumisión a su voluntad,
después, el cumplimiento de los deberes peculiares a
tal o cual situación que El nos ha deparado.
San Francisco de Sales hace, a este propósito, una
observación muy atinada: «Hay cosas en que es
preciso juntar la voluntad de Dios significada a la de
beneplácito» . Y cita como ejemplo el caso de
enfermedad. Además de la sumisión a la
Providencia divina será preciso llenar los deberes de
un buen enfermo, como la paciencia y abnegación, y
permanecer manteniéndose fiel a todas las
prescripciones de la voluntad significada, salvo las
excepciones y dispensas que puede legitimar la enfermedad.
Insiste mucho el santo Doctor sobre que en esta concurrencia
de voluntades «mientras el beneplácito divino
nos sea desconocido, es necesario adherirnos lo más
fuertemente posible a la voluntad de Dios que nos es
significada, cumpliendo cuidadosamente cuando a ella se
refiere; mas tan pronto como el beneplácito de su
divina Majestad se manifieste, es preciso rendirse
amorosamente a su obediencia, dispuestos siempre a
someternos así en las cosas desagradables como
agradables, en la muerte como en la vida, en fin, en todo
cuanto no sea manifiestamente contra la voluntad de Dios
significada, pues ésta es ante todo». Estas
nociones son algo áridas, pero importa entenderlas
bien y no olvidarlas, por la mucha luz que derraman sobre
las cuestiones siguientes.
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