1.
Naturaleza del Santo Abandono
9. LA SENSACIÓN
DEL SUFRIMIENTO EN EL ABANDONO
La sensación de las penas y sufrimientos es cosa
que, más o menos, forzosamente ha de existir en la
simple resignación y aun en el perfecto abandono. En
efecto, nuestras facultades orgánicas no pueden dejar
de ser impresionadas del mal sensible, como tampoco se
quedarán nuestras facultades superiores sin su parte
de fatiga, que de gana o por fuerza habrán de padecer
y sentir. Porque es cierto que estamos en un estado de
decadencia donde coexisten el atractivo del fruto prohibido
y la aversión al deber penoso, y como consecuencia,
la tirantez y el dolor de la lucha. Supongamos que nos exige
Dios el sacrificio de un gusto o el padecimiento de una
tribulación por amor suyo; en seguida se verá
que, no obstante la adhesión total y resuelta de
nuestra voluntad al querer divino, es muy posible que la
parte inferior sienta las amarguras del sacrificio. Lo cual
ha de ocurrir a cada paso; pues Dios, ocupado por completo
en purificarnos, en despegarnos y enriquecernos quiere en
especial curar nuestro orgullo por las humillaciones y
nuestra sensualidad por las privaciones y el dolor; y, pues
el mal es tenaz, el remedio habrá de
aplicársenos por mucho tiempo y a menudo.
Es cierto que podremos contar con la unción de la
gracia y con la virtud adquirida, las cuales
suavizarán y reforzarán, respectivamente, el
dolor y la voluntad, como con razón lo proclama San
Agustín cuando dice que «donde reina el amor no
hay dolor, y que de haberlo, se ama». Cabe, pues, que
subsista al trabajo en la sensibilidad: a pesar de las
más altas disposiciones de la voluntad. Empero, no
hay regla fija, y tan pronto nos embriagará la
abundancia de los consuelos y nos transportará la
fuerza del amor y se perderá entre las
alegrías la sensibilidad del dolor, como se
velará y empañará el gozo, y se
desvanecerá la paz al retirarse a la parte superior
del alma la generosidad, indicio del verdadero amor: con lo
que el desasosiego, el tedio, el hastío
invadirán el alma y la reducirán a mortal
tristeza. A veces también, después de
sobrellevar las más rudas pruebas con serenidad
admirable, túrbase uno de buenas a primeras por un
quítame allá esas pajas. ¿Cómo
así? Era que estaba la copa rebosante y una sola
gotita bastó para hacerla desbordar, o bien que Dios,
deseoso de conservarnos humildes cuando hemos conseguido
importantes victorias, hace que conozcamos luego nuestra
flaqueza en una simple escaramuza. Como quiera que sea, el
acatamiento filial es fruto de la virtud, no de la
insensibilidad; toda vez que el paraíso no puede ser
permanente aquí abajo, ni aun para los santos.
Asimismo decía el piadoso Obispo de Ginebra a sus
hijas: «No reparemos en lo que sentimos o dejamos de
sentir, como tampoco creamos que en lo tocante a las
virtudes de indiferencia y abandono no vamos a tener nunca
deseos contrarios a los de la voluntad de Dios, o que
nuestra naturaleza jamás va a experimentar
repugnancias en los sucesos del divino beneplácito;
porque es cosa que muy bien pudiera acontecer. Dichas
virtudes tienen su asiento en la región superior del
alma y por lo regular, nada entiende en ellas la inferior;
por lo que no hay que andarse en contemplaciones, y sin
atender a lo que quiere hemos de abrazarnos y unirnos a la
voluntad divina, mal que nos pese.» Por otra parte, el
piadoso Doctor ha considerado siempre como una quimera la
imaginaria insensibilidad de los que no quieren sufrir el
ser hombres; preciso es pagar primero tributo a esta parte
inferior y después dar lo que se le debe a la
superior, donde asienta como en su trono el espíritu
de fe, que nos ha de consolar en nuestras aflicciones y por
nuestras aflicciones.
Así lo practicaba él mismo: «Me
encamino -escribía- a esta bendita visita, en la que
veo a cada instante cruces de todo género.
»Mi carne se estremece, pero mi corazón las
adora... Sí, yo os saludo, grandes y pequeñas
cruces, y beso vuestros pies, como indigno de ser honrado
con vuestra sombra». A la muerte de su madre y de su
joven hermana experimenta, según él mismo
confiesa, «un grandísimo sentimiento por la
separación, mas un sentimiento, al par que vivo,
tranquilo...; el beneplácito divino -añade- es
siempre santo y las disposiciones suyas
amabilísimas»; en fin, el Santo Doctor
abrazará sin cesar el partido de la divina
Providencia. Pero, si en sus grandes pruebas ha reportado
brillantes victorias, en cambio, un asunto sin importancia
le hizo perder el sosiego hasta el punto de pasar dos horas
de insomnio; reíase de su debilidad, y no dejaba de
ver que era una inquietud pueril y, con todo, le era
imposible desentenderse de ella. «Dios quería
-dice- darme a entender que si los grandes embates no me
turban, no soy yo quien esto hace, sino la gracia de mi
Salvador.»
Juana de Chantal es una santa que sobresale por su
energía de espíritu y por el santo abandono, y
no obstante, necesita que su piadoso director la sostenga
sin cesar y la conforte repetidas veces en medio de sus
penas interiores. Muestra a la muerte de los suyos el
más intenso dolor. Cuando pierde a su hija mayor,
tiene el valor de asistirla piadosamente hasta el
último suspiro; después desmaya y, vuelta en
sí, permanece largas horas aplanada. A la muerte de
San Francisco de Sales no cesa de llorar hasta el día
siguiente; sin embargo, «si supiera que sus
lágrimas habían de ser desagradables a Dios,
no derramaría ni una sola». Hacíase
violencia hasta el extremo de enfermar, por detenerlas; y
por obediencia dejábalas correr de nuevo. «
¡Recio es el golpe! -dice-, mas ¡ qué dulce
y qué paternal la mano que lo ha dado!; la beso y la
quiero con toda mi alma, inclinando la cabeza y rindiendo
todo mi corazón bajo su santísima voluntad que
adoro y reverencio con todas mis fuerzas.»
Así pudiéramos ir citando multitud de
ejemplos, mas dejemos a los servidores y vengamos al
Maestro.
Desde su entrada en el mundo, Nuestro Señor se
ofrece a su eterno Padre para ser la víctima
universal. Su vida entera será cruz y martirio.
Apenas aparecen en El lágrimas suficientes para
mostrar la ternura de su corazón, indignación
suficiente para inspirar a los culpables un temor saludable.
Por lo demás, siempre conserva una maravillosa
serenidad, ansía el bautismo de sangre en que ha de
lavar al mundo. Mas he aquí que ha llegado el momento
y relegando las alegrías de la visión
beatífica a la parte superior de su alma, entrega
voluntariamente a todas sus facultades, su cuerpo mismo a la
más terrible agonía, y por libre
elección, se abandona al miedo, al tedio, al
disgusto; su alma está triste hasta la muerte.
Contempla la montaña de nuestros pecados, a su Padre
indignamente desconocido, a las almas que corren al abismo,
las torturas e ingratitud que le esperan, y queda sumergido
en un océano de amargura. Por tres veces implora la
compasión de su Padre. «Si es posible, pase de
mí este cáliz.» Acepta que un
ángel del cielo venga a confortarle, un sudor de
sangre le inunda, y entonces ora con más intensidad:
«Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya.»
Ante tan inaudito espectáculo, el hombre de fe
tímida quédase turbado y perplejo, pero el
verdadero fiel adora, admira, agradece. Nuestro
Señor, en efecto, ¿podrá hacer nada
más útil a las almas, a título de
Salvador, de Consolador y de Maestro?
Como Salvador, convenía que tomara todas nuestras
debilidades y hasta nuestros mayores abatimientos, a
excepción del pecado. Ahora bien, ¿podía
haber para todo un Dios humillación comparable a
ésta? Por eso la eligió con entera
voluntad.
Como Consolador, era bueno que conociese todos nuestros
dolores. Si se hubiera manifestado inaccesible al temor, a
la repugnancia, a nuestros disgustos,
¿hubiéramos osado manifestarle nuestras
miserias? Se hizo voluntariamente semejante a nosotros, como
un padre se hace niño con sus hijos. Esta humilde
condescendencia nos afirma, nos anima y pone el
bálsamo sobre nuestras llagas. Al mismo tiempo, el
exceso de su dolor y de sus abatimientos voluntarios
traspasa al alma generosa y hace nacer en ella el deseo, y
por decirlo así, la necesidad de devolver sufrimiento
por sufrimiento a este incomparable Amigo. «Una noche
-decía sor Isabel de la Trinidad- mis dolores eran
abrumadores, sentí que la naturaleza me dominaba,
pero mirando a Jesús en la agonía, le
ofrecía aquellos dolores para consolarle y me
sentí fortificada. Así lo hago siempre en mi
vida; a cada prueba, grande o pequeña, miro lo que
Nuestro Señor ha sufrido de análogo, a fin de
perder mi sufrimiento en el suyo y perderme yo misma en
El.» Santa Teresa del Niño Jesús dice a
su vez: «Cuando el divino Salvador pide el sacrificio
de todo cuanto hay en el mundo de más amado, es
imposible, sin una muy particular gracia, no exclamar junto
con El en el huerto de la Agonía: "Padre mío,
aleja de mí este cáliz." Pero añadamos
en seguida: "Que se haga tu voluntad y no la mía. Muy
consolador es pensar que Jesús, el Dios Fuerte, ha
pasado por todas nuestras debilidades, que ha temblado a la
vista de ese cáliz amargo que en otro tiempo
había deseado con tanto ardor». Siempre
habrán horas de turbación, entonces diremos
también nosotros, me esforzaré por imitar la
generosidad de Nuestro Señor, repitiendo:
«Padre, líbrame de esta hora terrible» y
sobreponiéndonos en seguida a este momentáneo
temor, volveremos a decir: «Mas no,. que para esto he
venido al mundo.»
Como Maestro, Nuestro Señor nos ofrece aquí
tres preciosas enseñanzas: 1ª No es falta, ni
siquiera imperfección, experimentar el sentimiento
del padecer, el tedio, las repugnancias y los disgustos, con
tal que no cesemos de decir con voluntad resuelta: Que se
haga, no como yo quiera, sino como Vos queréis.
Nuestro Señor no es ni menos perfecto ni menos grande
en el Huerto de Getsemaní que sobre el Tabor, o a la
derecha de su Padre; pensar de otra manera sería una
blasfemia; por lo mismo, no es cosa sin importancia que el
alma, desprovista de todo socorro sensible, en medio de la
turbación y de las contrariedades, permanezca tan
constantemente fiel a la voluntad de Dios.
2ª No es falta ni siquiera imperfección
quejarse a Dios con amorosa sumisión, a la manera que
un niño lastimado se refugia junto a su madre y le
muestra su herida y su pena. «El amor permite quejarse
y decir todas las lamentaciones de Job y de Jeremías,
mas a condición de que la santa aquiescencia se
conserve siempre en el fondo del alma, en la parte superior
del alma.» Así se expresa el dulce Obispo de
Ginebra, mas nos condena también cuando no cesamos de
lamentamos, ni hallamos, al parecer, personas a quienes
quejamos y contar por menudo nuestros dolores. No de otra
manera habla San Alfonso: «sin duda es más
perfecto en las enfermedades no quejarse de los dolores que
se experimentan; sin embargo, cuando nos afligen con
vehemencia no es falta comunicarlos a nuestros amigos, ni
aun pedir a Nuestro Señor que nos libre de ellos. No
trato aquí sino de grandes dolores, pues de lo
contrario hacen muy mal esas personas que se lamentan cada
vez que sienten alguna pena o la más leve
molestia». Estos Santos Doctores admiten, pues, como
legítimas, las quejas moderadas y sumisas;
sólo condenan el exceso.
3ª No es falta, ni siquiera imperfección,
pedir a Dios en las grandes pruebas que, si es posible,
aleje de nosotros el cáliz del sufrimiento y hasta
pedírselo con cierta insistencia, puesto que lo ha
hecho Nuestro Señor; mas, «después que
hayáis suplicado al Padre que os consuele, si a El no
le place hacerlo, dirigid vuestros esfuerzos a realizar la
obra de vuestra salvación sobre la cruz, como si
jamás hubierais de descender de ella. Contemplad a
Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos
después de haber pedido a su Padre el consuelo y
conociendo que no se lo quería conceder, no piensa ya
en él, ni se inquieta, no lo busca ya más,
como si nunca lo hubiera procurado, y valerosamente ejecuta
la obra de la Redención». Esta es la
dirección que San Francisco de Sales daba a Santa
Juana de Chantal.
Anterior
Índice
Siguiente
-