2.
Fundamentos del Santo Abandono
El Santo Abandono tiene por fundamento la caridad. No se
trata aquí ya de la conformidad con la voluntad
divina, como lo es la simple resignación, sino de la
entrega amorosa, confiada y filial, de la pérdida
completa de nuestra voluntad en la de Dios, pues propio es
del amor unir así estrechamente las voluntades. Este
grado de conformidad es también un ejercicio muy
elevado del puro amor, y no puede hallarse de ordinario sino
en las almas avanzadas que viven principalmente de ese puro
amor. Mas como exige un perfecto desasimiento, y la caridad
necesita hacer aquí un llamamiento del todo
particular a la fe y a la confianza en la Providencia,
hablaremos en primer lugar del desasimiento, de la fe y de
la confianza, terminando por el amor que es principio formal
del Santo Abandono.
1. EL
DESASIMIENTO
La condición previa de una perfecta conformidad es
el perfecto desasimiento. Porque si nuestra voluntad tiene
intensas aficiones, si se encuentra pegada y como clavada,
no se dejará cautivar cuando sea preciso hacerlo para
unirla a la de Dios. Por poco apegada que esté,
pondrá resistencia, habrá violencias y
desgarramientos inevitables y estaremos muy distanciados de
una conformidad pronta y fácil, y más
distanciados aún del perfecto abandono, y esto por
dos razones: 1ª El Santo Abandono es una total
unión, una especie de conformidad de nuestra voluntad
con la de Dios, hasta el punto de estar nosotros dispuestos
de antemano a todo lo que Dios quiera y a recibir con amor
todo cuando haga. Antes del acontecimiento es una espera
tranquila y confiada; después del acontecimiento es
la sumisión amorosa y filial. Por aquí se
verá qué profundo desasimiento supone. Y
2ª, este desasimiento ha de ser tan universal como
profundo, porque Dios, ¿nos querrá ricos o
pobres, enfermos o con buena salud, en las consolaciones o
en las pruebas de la piedad, estimados o despreciados,
amados u odiados? Siendo Él el Soberano Dueño,
tiene absoluto derecho para disponer de nosotros a su gusto.
Por su beneplácito podrá probamos en los
bienes exteriores, en los del cuerpo, del espíritu,
de la opinión, como El quiera, sin consultamos, casi
siempre de un modo imprevisto. Es necesario, pues, que
nuestra voluntad, si ha de conservarse en disposición
de recibir todos los quereres divinos, esté
constantemente desasida de todos estos géneros de
bienes, desasida de las riquezas, de los parientes y amigos,
desasida de la salud, del reposo, del bienestar, de sus
propios quereres, de la ciencia, de las consolaciones,
desasida de la estima y del cariño de los
demás. En todas estas cosas y otras semejantes
necesita estar siempre y por completo desprendida, no
buscando sino a Dios y su santísima voluntad.
De esta suerte, el beneplácito divino, que
podrá manifestarse hasta de un modo imprevisto y bajo
cualquier forma, será recibido sin dificultad y de
todo corazón. El que desea llegar al Santo Abandono
ha de tener, pues, en grande aprecio la mortificación
cristiana, cualquiera que sea su nombre: abnegación,
renuncia, espíritu de sacrificio, amor de la cruz. En
esto deberá ejercitarse lo más que pueda con
perseverancia infatigable, a fin de llegar por este medio al
perfecto desasimiento y conservarse en él para
siempre. Porque dice con mucha razón el P. Roothaan:
«En vano sería sin la mortificación
tratar de conseguir la indiferencia, puesto que por la sola
mortificación o por la mortificación sobre
todo, puede uno llegar a ser y mostrarse indiferente.»
Mas con no menos razón añade el P. Le Gaudier:
«No es pequeña la dificultad de añadir a
la observancia de los preceptos el desprecio voluntario de
las riquezas y de los bienes exteriores; aún es
más difícil juntar a esto el desprecio de la
reputación y toda gloria; mucho más
difícil todavía, no hacer caso alguno de la
vida, del cuerpo y de la propia voluntad. Empero, lo
más dificultoso es subordinar a la sola voluntad y
gloria de Dios los dones sobrenaturales, los consuelos, los
gustos espirituales, las virtudes, la gracia, en fin, y la
gloria.» Así, pues, el camino que conduce al
Santo Abandono es largo y muy penoso. He aquí por
qué sean tan escasas las almas que llegan a estas
alturas y tan numerosas, al contrario, las que se quedan en
los grados intermedios de la conformidad, o aun en la simple
resignación. Querrían el abandono perfecto,
pero sin pagar lo que éste vale. Dios no pide sino
que llenemos con sus dones los vasos vacíos, mas por
desgracia no se hace bastante el vacío, debido a lo
que cuesta, viniendo aquí como de perlas la feliz
expresión de Taulero, que tanto gustaba San Francisco
de Sales: «Cuando se le preguntaba dónde
había encontrado a Dios, decía allí
donde me dejé a mí mismo; y allí donde
me encontré a ml mismo, perdí a
Dios.»
Mas, entre todas las formas de renunciamiento,
séanos permitido señalar dos de las más
difíciles, a la vez que de las más
indispensables: la obediencia y la humildad. ¿No son el
aprecio de nosotros mismos y el apego a nuestra voluntad el
postrer refugio de la naturaleza en sus últimas
crisis, el supremo obstáculo a los progresos y a la
paz del alma? Cuando todo lo demás se ha sacrificado,
incluso los bienes exteriores y hasta los del cuerpo, se
continúa con harta frecuencia preso con este doble
lazo del orgullo y de la voluntad propia. Necesario es,
pues, si nuestra libertad ha de ser completa, hacer un
llamamiento a la obediencia y a la humildad, dos virtudes
hermanas que no quieren estar separadas. ¡Feliz mil
veces el que se aplica con celo perseverante a desasirse de
su propia voluntad, a obedecer siempre y en todo, a abrazar
la paciencia acallando a la naturaleza en las cosas duras,
en las contrariedades y humillaciones! Mucho más
feliz aún el que se halla satisfecho en cualquier
abatimiento y apuro, considerándose en todo cuanto se
le ordena como un obrero malo e indigno, y llega hasta
llamarse y sinceramente creerse en lo intimo de su
corazón el último y más vil de
todos.
Las almas bien cimentadas en la obediencia y en la
humildad, evitarán por este medio muchos tropiezos
que provienen de la falta de virtud. A pesar de todo, el
sufrimiento llegará con frecuencia a alcanzarlas y
ciertamente no serán insensibles a él, pero
estarán dispuestas a dispensarle una buena acogida y
su misma humildad las inclinará al perfecto abandono.
En el sentimiento siempre vivo de sus pecados como almas
humildes y puras, rinden homenaje a la Justicia infinita que
reclama lo que se le debe; y aceptan agradecidas el castigo
de sus faltas. A cada prueba que se les presenta dicen: Yo
debo sufrir para expiar. Gracias, Dios mío, no es
aún todo lo que he merecido, y si no temieran su
debilidad, añadirán con gusto: «Dadme
aún, dadme siempre para que yo satisfaga vuestra
Justicia.»
O bien, considerando las malas inclinaciones que les
quedan, y viendo que cosa de tan poca monta basta para
turbarías, sienten una urgente necesidad de sufrir y
de ser humilladas; acogen como dichosa suerte la
ocasión de morir a sí mismas. A veces,
olvidando su propia pena y no pensando sino en la que han
causado a Dios, le dicen, como Gemma Galgani: « Pobre
Jesús, os he ofendido demasiado... sosegaos, sosegaos
y volved a mí.» O con otra alma generosa: «
Lo que es más penoso que todos los tormentos
interiores, lo que es una verdadera tortura, es la ofensa
inferida al objeto amado, el dolor que yo le he
causado.»
A pesar de su inocencia y de sus virtudes, estas almas,
llenas de luz, se consideran muy indignas de comparecer ante
la infinita Santidad, y en su ardiente deseo de
agradaría aceptan con gusto las purificaciones
más dolorosas. De aquí se deduce cuánto
facilita la humildad la sumisión, y dispone al Santo
Abandono; al contrario, un alma imperfecta en la obediencia
y en la humildad, se rodea por esta causa de dificultades
sin cuento, y apenas se halla preparada para darles buena
acogida. Venga la prueba de Dios o de los hombres, a menos
de sentir que la tiene bien merecida y que la necesita el
alma, adopta la posición de quien no es comprendido,
toma modales de víctima, la rehuye o se enoja,
llegando a abusar de los favores divinos como si fuesen
pruebas. A este propósito, se podría decir que
la humildad es tan necesaria al alma colmada de gracias como
el agua lo es a la flor. Para que se desarrolle y se
conserve fresca y hermosa... es necesario que esta alma
esté embebida en la humildad y que se bañe
continuamente en esta agua bienhechora. Si tan sólo
tuviera los ardores del sol, pronto se secaría, se
marchitaría y caería al fin.
Santa Teresita del Niño Jesús preconiza un
camino de infancia espiritual todo amor y confianza,
tomando, como no podía menos, por base la humildad.
Su práctica y sus lecciones pueden resumirse en estas
palabras: amar a Dios y ofrecerle muchos pequeños
sacrificios, abandonarse en sus brazos como un niño,
y en este obedecer como un niño ser humilde como un
niño. Se hace con este fin la sirvienta de sus
hermanas, se esfuerza por obedecer a todas sin
distinción, y no abriga otro temor que el de
conservar su voluntad. Se propone no elevarse por el
orgullo, sino permanecer siempre pequeña por la
humildad, tan pequeña que nadie piense en ella, que
todas la puedan poner bajo los pies y que el divino
Niño la trate como a juguete sin valor.
¡Qué muerte a si misma, qué humildad,
sobre todo, se necesita para llegar a esto! No es de
extrañar que Dios glorifique a un alma tan humilde y
tan generosa, haciéndola la gran taumaturga de
nuestros días.
Monseñor Gay, hablando de esta infancia espiritual
había dicho: «¡Qué perfecta es! Lo
es más que el amor de los sufrimientos, pues nada
inmola tanto al hombre como ser sincera y tranquilamente
pequeño. El orgullo es el primero de los pecados
capitales: es el fondo de toda concupiscencia y la esencia
del veneno que la antigua serpiente ha inoculado en el
mundo. El espíritu de infancia lo mata más
eficazmente que el espíritu de penitencia. El hombre
vuelve a hallarse a si mismo fácilmente cuando lucha
con el dolor, pudiendo creerse allí grande y
admirarse a si mismo; si es verdadera mente niño el
amor propio se desespera... Prensad este fruto de la santa
infancia, no extraeréis otra cosa que el abandono. Un
niño se entrega sin defensa y se abandona sin oponer
resistencia. ¿Qué sabe? ¿Qué puede?
¿Qué entiende? ¿Qué pretende saber,
entender o poder? Es un ser al que se domina por completo;
por eso, ¡con qué precaución se le trata
y cuántas y qué caricias se le hacen!
¿Obramos de esta suerte con los que se guían por
sus propias luces?»
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