2. Fundamentos del Santo Abandono
4. AMOR DE
DIOS
Siendo el Santo Abandono la conformidad perfecta, amorosa
y filial, no puede ser efecto sino de la caridad; es su
fruto natural, de suerte que un alma que ha llegado a vivir
del amor, vivirá también del abandono. Propio
es del amor, en efecto, unir al hombre estrechamente con
Dios, la voluntad humana al beneplácito divino. Por
otra parte, esta perfección de conformidad supone una
plenitud de desprendimiento, de fe, de confianza, y
sólo el Santo Abandono nos eleva a tales alturas y
nos lleva a ella como naturalmente.
El amor dispone al abandono por un perfecto desasimiento.
El ejercicio habitual del abandono requiere una verdadera
muerte a nosotros mismos. Podrán comenzarlo otras
causas, pero no tendrán la delicadeza ni fuerzas
necesarias para llevarlo a término; para lo cual
será necesario «un amor fuerte como la
muerte». Mas el amor lo conseguirá, por que le
es propio olvidarlo todo, darse sin reserva, y no admite
división: ni quiere ver sino al Amado, no busca sino
al Amado, ama todo cuanto agrada al Amado. «El amor de
Jesucristo -dice San Alfonso- nos pone en una indiferencia
total; lo dulce, lo amargo, todo viene a ser igual; no se
quiere nada de lo que agrada a sí mismo, se quiere
todo lo que agrada a Dios; empléase con la misma
satisfacción en las cosas pequeñas como en las
grandes, en lo que es agradable y en lo que no lo es; pues
con tal que agrade a Dios, todo es bueno. Tal es la fuerza
del amor cuando es perfecto -dice Santa Teresa-; llega a
olvidar toda ventaja y todo placer personal, para no pensar
sino en satisfacer a Aquel que se ama.» Y San Francisco
de Sales añade, con su gracioso lenguaje: «Si es
únicamente a mi Salvador a quien amo, ¿por
qué no he de amar tanto el Calvario como el Tabor,
puesto que se halla tan realmente en uno como en otro? Amo
al Salvador en Egipto, sin amar el Egipto. ¿Por
qué no lo amaré en el convite de Simón
el leproso sin amar el convite? Y si le amo entre las
blasfemias que lanzaron sobre El, sin amar tales blasfemias,
¿por qué no le amaré perfumado con el
ungüento precioso de la Magdalena, sin amar ni el
ungüento ni el perfume?» Y como lo decía,
así lo practicaba.
El amor dispone al abandono haciendo la fe más
viva y la confianza inquebrantable. Ciertamente la fe se
esclarece y el corazón se abre a la esperanza, a
medida que la niebla de las pasiones se disipa y la virtud
crece. Mas cuando llega a la vía unitiva, las
convicciones tórnanse más luminosas, las
relaciones con Dios se convierten en cordial
comunicación llena de confianza e intimidad, sobre
todo cuando un alma ha experimentado repetidas veces que es
ardientemente amante, y al revés, aún
más amada de Dios cuando la ha purificado y afinado
en el rudo y saludable crisol de las purificaciones pasivas.
Como un niño en brazos de su madre reposa sin
inquietud y se abandona con confianza, porque
instintivamente siente que su madre le ha dado todo su
corazón, así el alma se entrega a la
Providencia con entera tranquilidad de espíritu,
cuando ha podido llegar a decirse: «Es mi Padre del
cielo, es mi Esposo adorado, el Dios de mi corazón
que tiene en sus manos mi vida, mi muerte, mi eternidad; no
me sucederá sino lo que El quiera, y no quiere sino
mi mayor bien para el otro mundo y aun para
éste.» Así es como terminando de romper
nuestras ligaduras, y dando a nuestra confianza y a nuestra
fe su última perfección, el santo amor
completa nuestra preparación al abandono. Nos queda
por manifestar cómo lo produce directamente. El amor
perfecto es el padre del perfecto abandono. « El amor
es lazo que une al amante con el amado, y hace de los dos
uno, como el odio separa a los que la amistad había
unido. La unión que produce el amor, es sobre todo la
unión de las voluntades. El amor hace que los que se
aman tengan un mismo querer y no querer para todas las cosas
que se ofrezcan y no hieran la virtud; lo mismo que el odio
llena el corazón de sentimientos diametralmente
opuestos a la persona a la que se tiene aversión, de
lo cual hemos de concluir que la unión y la
conformidad con la voluntad de Dios se miden por el amor;
que poco amor da poca conformidad, y un amor mediano una
mediana conformidad, finalmente, un amor completo, una
completa conformidad.» Por esto, los principiantes
generalmente no pasan de la simple resignación, los
proficientes se elevan a una conformidad ya superior; no
consiguiéndose la perfecta conformidad sin un amor
perfecto, con el cual se llega con seguridad a ella.
Insistamos más para declarar mejor nuestro
pensamiento.
Nadie ignora que el término a donde tiende el amor
es la unión; y según San Juan: «El que
permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en
él.» La experiencia nos lo dice al igual que la
fe. El movimiento propio del amor es entregarse la criatura
a Dios y Dios a la criatura, los lanza el uno hacia el otro;
no hay amor de amistad en donde no exista este movimiento de
unión. Cuando Dios nos estrecha contra su
corazón en amoroso abrazo, nos unimos a El con todas
nuestras fuerzas; se le querría estrechar mil veces
más, hasta confundirnos con El y formar un solo ser.
Cuando Dios se oculta por amoroso artificio, como pala
hacerse buscar con más avidez, la pobre alma,
temiendo haberle perdido, va preguntando por El por todas
parte con amorosa ansiedad; es una necesidad dolorosa, es un
hambre insaciable, una sed inextinguible. Siente el
vacío de Dios y no podría pasar sin El; nada
le puede consolar en ausencia suya, a no ser el pensar que
ella le agrada cumpliendo su adorable voluntad, y la
esperanza de volverlo a encontrar más perfectamente.
Querría poseerle, por decirlo así,
infinitamente en el otro mundo para amarle, para alabarle,
para unirse a El en la medida de sus deseos. Entre tanto lo
busca aquí abajo sin descanso, aspira a una
unión de amor cada vez más estrecha, dada por
el sentimiento de una posesión sabrosa si Dios
quiere, unión en la que dominará con
frecuencia la necesidad y el deseo y el esfuerzo laborioso.
En el primer caso, el alma está unida a Dios y en el
otro, trata de unirse; en ambos es idéntico el
movimiento de amor que nos saca fuera de nosotros para
lanzarnos en Dios con ardiente deseo de poseerle. Esta
unión de corazones produce la unión de
voluntades. Desde que está poseído de un
profundo afecto hacia Dios y se ha entregado a El sin
reserva ni división, poseyendo nuestro
corazón, se adueña también de nuestra
voluntad, tanto que nada podríamos negarle.
En el cielo se gusta la unión con Dios en las
alegrías del amor beatifico. Aquí abajo se le
encuentra más frecuentemente sobre el Calvario que
sobre el Tabor; respecto a la unión de gozo, es rara
y fugaz, y generalmente el sufrimiento la precede y la
sigue. Dios mostró en un éxtasis a Santa Juana
de Chantal que «padecer por Él es pasto de su
amor en la tierra, como gozar de El lo es en el cielo».
Concuerdan con las de su fundadora estas expresiones de
Santa Margarita María: «Tanto vale el amor
cuanto es lo que se atreve a sufrir. No vive a gusto el
amor, si no sufre. Querer amar a Dios sin sufrimiento es
ilusión.» Ya que el sufrimiento es necesario
para purificar, desprender, y adornar las almas y preparar
así su unión a Dios. Es también preciso
para alimentar esta unión, para impedir que se
debilite y hacerla crecer, pues no bastarían los
ardores del amor.
Es porque el amor, en efecto, no vive tan sólo de
lo que recibe; vive aún más de lo que da; su
mejor alimento será siempre el sacrificio. Así
acontece hasta en las cosas humanas: el hijo que ha costado
más dolores y lágrimas a su madre, ¿no
será por ventura el más amado? De la misma
manera el alma se une a Dios en la medida en que sabe
abnegarse por El; la unión de corazón y de
voluntad, cimentada por el hábito del sacrificio,
será siempre la más sólida, y por
decirlo así, inquebrantable. Mas,
¿sobreviviría la que ha nacido de las suavidades
del amor? Quizá. Pero hay necesidad de que la prueba
venga a reforzarla y mostrar lo que vale. Cuando Dios nos
prodiga inefables ternuras y nos acaricia amorosamente como
un padre que estrecha a su hijo contra su corazón,
nuestra alma emocionada, anhelante, enloquecida, sale de si
misma, se da por entero y se entrega con sinceridad. Mas el
amor propio está muy lejos de morir definitivamente y
hasta puede hallar su más delicado alimento en las
dulzuras de esas emociones. Para completar la obra de las
divinas ternuras, para robustecer la debilidad de la
naturaleza y el reinado de la santa dilección,
será, pues, imprescindible la acción lenta y
dolorosa de la prueba bien aceptada. Dejémonos
crucificar de buena gana: en el Calvario fue dada a luz
nuestra alma y en la cruz hallará siempre la vida. El
dolor es, pues, el alimento necesario del santo amor y por
cierto muy sustancial. Un alma iluminada lo declara
así: tanto más experimenta un alma que Dios se
le comunica y le abraza, cuanto la favorece más el
Señor, permitiendo que sea humillada y que reconozca
su incapacidad y que sienta su inutilidad. «El amor
divino crece en el dolor. Cuando éste es más
punzante, tanto más vivos son los ardores del santo
amor. Cuanto más pesa la tristeza sobre un alma,
tanto más siente las llamas del divino amor, y su
corazón deja escapar palabras de fuego.» Nuestro
Señor le pondrá frecuentemente en la
imposibilidad de comulgar a causa de enfermedad, pero El
compensará esta privación del pan
eucarístico, partiendo en mayor abundancia el pan de
la tribulación. En una palabra, «el dolor es el
pan sustancial de que Jesús quiere alimentarla»;
ella lo entiende así y pide tan sólo que no se
harte jamás de este manjar divino. Este es el
lenguaje de todas las almas grandes, que por alcanzar la
unión tan deseada con el Dios de su corazón,
atravesarían el fuego y el hielo, sin que esto quiera
decir que son insensibles al dolor.
Mas el amor dulcifica el padecimiento, y hasta lo busca y
desea. «¡Cuántas crucecitas encuentro cada
día!, decía un alma ardiente. Amo esas cruces,
aun cuando me causan mucho dolor, porque si no lo sintiera
me parecería que no amo. Si no padeciera, amando
tantísimo a mi Dios, no sería feliz y me
creería juguete del demonio.» La venerable
María Magdalena Postel dice: «Cuando se ama, no
hay trabajo para el que ama, pues es tanta la dicha que se
halla en padecer por el objeto amado.» Y San Francisco
de Sales nos revelará el secreto de este
heroísmo: Ved las aflicciones en sí mismas,
son pavorosas, vedlas en la voluntad divina, son amores y
delicias. Si miramos las aflicciones fuera de la voluntad de
Dios, tienen su amargura natural; mas considéreselas
en este beneplácito eterno y son todo oro, amables y
preciosas, mucho más de lo que puede decirse. Las
medicinas desagradables ofrecidas por una mano
cariñosa las recibimos con alegría,
sobreponiéndose el amor a la repugnancia. La mano del
Señor es igualmente amable, ya distribuya
aflicciones, ya nos colme de consolaciones. El
corazón verdaderamente amante, ama aún
más el beneplácito de Dios en la cruz, en las
penas y en los trabajos, porque la principal virtud del amor
consiste en hacer sufrir al amante por la cosa
amada.»
En fin, el amor justifica la Providencia y la aprueba en
todos sus caminos. El Hijo de Dios cree a su Padre
celestial, le adora, confía en El, pero sobre todo le
ama, y amándole tiene gusto para todo cuanto viene de
El, aun cuando su divina Providencia fuere en apariencia
dura y severa. De esta manera su amor filial recibe con
escrupuloso respeto todo cuando es enviado del cielo. San
Francisco de Sales no miraba bien que uno se quejase del
tiempo: ¡hace mal tiempo, hace mucho frío,
qué calor! «semejantes reflexiones
-decía- no convienen a un hijo de la Providencia que
siempre ha de bendecir la mano de su Padre». El amor
divino obra de la misma manera cuando intervienen las causas
segundas y la malicia humana: por encima de los hombres y de
los acontecimientos ve a su Amado, al Dios de su
corazón, y con amor filial, con respecto inalterable
besa la mano que le está hiriendo.
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