2. Fundamentos del Santo Abandono
5. AMOR DE NUESTRO
SEÑOR
En este camino del amor y del abandono, Nuestro
Señor Jesucristo posee singular atractivo para
cautivar las voluntades y arrebatar los corazones. Siendo
Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, se ha
hecho hombre como nosotros; es Dios, que ha llegado a ser
nuestro hermano, nuestro amigo, el Esposo de nuestras almas;
Dios maravillosamente puesto a nuestro alcance, Dios
revestido de incomparable encanto para nosotros. La Santa
Humanidad es la puerta que nos convenía para penetrar
en los secretos de la Divinidad; y ofrece a nuestro
pensamiento un precioso apoyo, a nuestro corazón un
delicioso atractivo, a nuestra voluntad un modelo
proporcionado. Jesús es el Salvador, a quien todo se
lo debemos; Cabeza que nos comunica la vida. Camino que
debemos seguir, y Guía que va delante de nosotros,
Viático que sostiene nuestras fuerzas, término
que debemos esperar, único galardón a que
aspiramos. Es para nosotros alfa y omega, principio y
fin.
A excepción de los atractivos de la gracia que
siempre hay que respetar, nunca se encomendará
bastante a las almas piadosas que nada antepongan a Nuestro
Señor en sus devociones. La práctica
más recomendada por los Maestros de piedad es la de
seguirle principalmente al Calvario y al altar. Muchos, sin
embargo, prefieren honrar su Sagrado Corazón o su
santísima Infancia. Lo esencial es que se tenga muy a
menudo a Jesús a la vista para contemplarle, en el
corazón para amarle, en la voluntad para conocerle e
imitarle. Después, que cada cual siga su atractivo y
busque al buen Maestro allí donde con más
facilidad le encuentre. En cualquiera de sus misterios hay
todo lo que se precisa para satisfacer las aspiraciones y
las necesidades más variadas; es siempre la
víctima voluntaria que se dirige al sacrificio, el
Esposo que nos invita al sufrimiento, su vida entera no ha
sido sino cruz y martirio.
Jesús Niño, por no hablar sino de El, tiene
la mano tan fuerte como dulce, y es lo suficiente sabio para
no perjudicar a sus amigos. Un día, «durante la
Santa Misa, se presenta a una religiosa con una multitud de
cruces en sus manos. Las había de todos los
tamaños, pero sobre todo pequeñas, y eran tan
numerosas que apenas las podía sostener, y la dijo
graciosamente: ¿Me quieres con todo mi cortejo? (Su
cortejo eran las cruces.) ¡Oh!, sí, amable y
gracioso Niño -díjole ella-, os quiero con
todo vuestro cortejo. Venid, que os quiero acoger».
Santa Teresita del Niño Jesús se
había ofrecido a su dulce Amigo, «para ser no su
pequeño juguete de valor que los niños se
contentan con mirar, sin atreverse a tocarlo, sino como una
pelotita de escaso precio, que pudiera arrojar al suelo,
empujar con el pie, rasgar, arrinconar, o bien estrecharla
contra su corazón, si tal fuese su gusto». En
una palabra, quería divertir al Niño
Jesús y entregarse a sus caprichos infantiles. El
escuchó su petición y no tardó en
romper el pequeño juguete, «queriendo sin duda
ver lo que contenía dentro». Imposible describir
en términos más graciosos una ruda
crucifixión, una verdadera muerte a sí misma,
bastando la dulce mano del Niño Jesús para
esta forzada labor.
La Pasión es el atractivo más general;
éste fue el de Nuestro Padre San Bernardo.
«Desde el principio de mi conversión -dice-, a
fin de suplir los méritos que a mí me
faltaban, puse sobre mi corazón un hacecito de mirra,
formado de todas las ansiedades y amarguras de mi Salvador.
En él coloqué las privaciones de su infancia,
los trabajos de su predicación, las fatigas de sus
viajes, sus vigilias en la oración, sus tentaciones y
sus ayunos, sus lágrimas de compasión, los
lazos tendidos a sus palabras, las traiciones de los falsos
hermanos, los clamores, las bofetadas, los sarcasmos, las
injurias, los clavos, todos los tormentos que cuenta el
Evangelio y que El padeció en tan crecido
número por nuestra salvación... Nadie
podrá arrebatarme este hacecito, que siempre
conservaré sobre mi corazón. Estoy persuadido
de que la sabiduría consiste en meditar estas cosas;
y en esto he cifrado la perfección de la justicia, la
plenitud de la ciencia, las riquezas de la salvación,
la abundancia de los méritos. De ahí me viene
la suave unción de la consolación. Esto es lo
que me levanta en la adversidad, lo que me sostiene en la
prosperidad, lo que en las alegrías y tristezas de la
vida me conduce con seguridad por el camino real, y lo que
aparta los males que de una y otra parte me amenazan... Por
esto, tengo con frecuencia estas cosas en mi boca, y
vosotros lo sabéis; Dios sabe que las tengo siempre
en mi corazón, es evidente que de ellas están
llenos mis escritos. No hay para mí más
sublime filosofía aquí abajo que la de conocer
a Jesús y a Jesús Crucificado.»
Un día Nuestro Señor muestra a Gemma
Galgani sus cinco llagas abiertas, y le dice: «Mira,
hija mía, y aprende a amar. ¿Ves esta cruz,
estas espinas y estos clavos, estas carnes lívidas y
estas heridas y llagas? Todo es obra del amor y de un amor
infinito. Hasta este punto te he amado. ¿Quieres
tú amarme de verdad? Aprende ante todo a sufrir; es
el sufrimiento quien enseña a amar.» Esta vista
del Redentor cubierto de llagas y bañado en sangre,
encendió en el corazón de la sierva de Dios el
sentimiento del amor hasta el sacrificio, y el vivo deseo de
sufrir algo por Aquel que tanto sufrió por ella. Se
despojó de todas sus joyas: «Las únicas
joyas que embellecen a la esposa de un Rey crucificado son
las espinas y la cruz.» Desea sufrir para parecerse a
su Amado: «Quiero sufrir con Jesús, exclama,
quiero ser semejante a Jesús, sufrir mientras
viviere.» Su ángel de la guarda le presenta a su
elección una corona de espinas o una de azucenas:
«Quiero la de Jesús, sólo ella me
agrada», responde; en seguida, con amorosa impaciencia
toma la corona de espinas, la cubre de besos y la estrecha
contra su corazón. «No quiero las consolaciones
de Jesús; Jesús es el hombre de dolores,
quiero ser también la hija de los dolores.»
Durante una prolongada tribulación dijo a Nuestro
Señor: « ¡Con Vos, sienta bien el sufrir!
» Otra alma generosa, Sor Isabel de la Trinidad,
declárase «enteramente feliz con poder seguir el
camino del Calvario, como una esposa cabe del divino
Crucificado.» Una religiosa cree oír a Nuestro
Señor que la dice: «¿Quieres amarme en el
sufrimiento, en la inmolación, en el desprecio?»
Lo acepta con ánimo esforzado, mas cuando el dolor se
presenta bajo una u otra forma, el primer movimiento es un
movimiento de repulsa, y el divino Maestro añade:
«Déjate desollar, inmolar. ., ya que eres esposa
de un Dios crucificado, es preciso que tú sufras...
Bebamos, hija, en el mismo cáliz la tristeza, la
angustia y el dolor.» Después de los más
elevados favores, se cree ella aún menos exenta del
dolor: «Ahora sí que debemos beber Cristo y yo
en el mismo cáliz, recorrer el mismo camino, morir
sobre la misma cruz.» Mas el buen Maestro la muestra
«que se ama en la medida en que se es generoso»,
la enseña «a sonreír siempre al
dolor»; ella acepta «a no ser consolada, para
consolar al divino y gran Afligido». «Quiero
amaros, gran Abandonado, pero en el sufrimiento, en el
olvido de mí misma y de las criaturas.
¿Cómo pensar aún en mí?»
Así, no desea ya gozar cerca del Amado, sino sufrir a
fin de que El halle sus delicias con las almas religiosas y
sacerdotales, morir para que El viva en todos los
corazones.
Jesús es ciertamente el Salvador del mundo. El
suscita corazones generosos, a quienes asocia a su obra de
Redención y, por consiguiente, a su sacrificio,
encendiendo en ellos un celo ardiente por las almas que se
pierden y por el Amado que tan malamente es servido y tan
ofendido. Quéjase a Gemma Galgani de la malicia,
ingratitud e indiferencia general. Se le olvida como si
jamás hubiera amado, ni nunca hubiera sufrido, como
si fuese desconocido a todos. Los pecadores se obstinan en
el mal, los tibios no se hacen violencia, los afligidos caen
en el abatimiento. Se le deja casi solo en las iglesias y su
corazón está de continuo rebosante de
tristezas. Necesita una expiación inmensa,
principalmente por los pecados y sacrilegios con que se ve
ultrajado por las almas escogidas entre mil. Gemma acepta
con corazón magnánimo su misión de amor
y de expiación: «Yo soy la víctima -dice-
y Jesús es el sacrificador. Sufrir, sufrir pero sin
ningún consuelo, sin el menor alivio, sufrir
sólo por amor. Me basta ser víctima de
Jesús, para expiar mis innumerables pecados y, si es
posible, los del mundo entero.» Así habla esta
inocente joven. A todas las grandes almas que la augusta
Víctima asocia de un ¡nodo especial a su obra de
Redención las marca con el sello de la cruz.
Según la feliz expresión de Sor Isabel de la
Trinidad, «El se hace en ellas como una humanidad
añadida, en la que todavía pueda sufrir por la
gloria de su Padre y las necesidades de su Iglesia y
perpetuar aquí abajo su vida de reparación, de
sacrificio, de alabanza y de adoración.» No
menos hermosas son las palabras de un alma ardiendo en
deseos de ver a Dios: «En el tiempo de la
persecución -dice-, a la hora en que las esposas de
Jesús son convocadas al Calvario, no es mi
ensueño morir, quiero ir al Gólgota con
Jesús, quiero sufrir con El y por El, y cuando
hubiere llegado la hora de su triunfo, ¡ah!, entonces
sí que seré dichosa uniéndome a El. Por
Ti, Jesús mío, quiero morir, morir sin
consuelo alguno, mas antes quiero por Ti vivir oculta,
ignorada y despreciada. Para consolarte, Jesús
mío, y para ganarte almas, quiero olvidarme,
renunciarme, inmolarme. No amo el sufrimiento, Tú
bien lo sabes; cuando se presenta se rebela con frecuencia
la naturaleza, pero en el fondo huélgome de poder
padecer algo por Ti. ¡Oh, Jesús!, mi
corazón es demasiado pequeño para amarte, dame
los corazones de todos los hombres que no te aman que yo los
consagraré al puro amor.»
La angelical Santa Teresa del Niño Jesús
hubiera querido ser sacerdote para llevar a Jesús en
sus manos, para darlo a las almas; hubiera querido iluminar
el mundo; como los doctores anunciar el Evangelio a toda la
tierra y en todos los tiempos; hubiera querido sobre todo el
martirio, pero el martirio con todo género de
suplicios. «Como Vos, Esposo adorado, querría
ser azotada, crucificada; querría morir desollada
como San Bartolomé; como San Juan querría ser
sumergida en aceite hirviendo; deseo, como San Ignacio de
Antioquía, ser triturada por los dientes de las
fieras, a fin de llegar a ser pan digno de Dios; con Santa
Inés y Santa Cecilia, querría ofrecer mi
cuello a la espada del verdugo, y como Juana de Arco, sobre
una hoguera ardiente pronunciar el dulce nombre de
Jesús.» Mas ya que Dios ha dispuesto de ella de
otro modo, su vocación será el amor, y lo
probará arrojando flores, es decir, que no
dejará pasar ningún sacrificio por
pequeño que sea, ninguna mirada, ninguna palabra, y
aprovechará las menores acciones, para hacerlas por
amor, sufrirá y se alegrará, aun por amor.
¡Quiera Dios que tan elevados sentimientos nos
guíen siempre en la práctica del Santo
Abandono! Las grandes almas que nos complacemos en citar, se
habían ofrecido como víctimas y pedían
a veces el sufrimiento; manifestado queda ya nuestro
pensamiento sobre esta manera de proceder.
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