2. Fundamentos del Santo Abandono
6. EL EJEMPLO DE
NUESTRO SEÑOR
A un alma que se sienta prendada del amor de Dios, nada
la lleva tanto al abandono como el ejemplo de su amado
Maestro. El agrada soberanamente al alma, y ella a su vez
quiere únicamente agradarle, y por lo mismo se
esfuerza en imitarle en todas las cosas. Ahora bien, su vida
entera no ha sido sino obediencia y abandono.
Hace su entrada en el mundo, y «viene ante todo
-dice Monseñor Gay- para su Padre. El, su Padre, es
objeto de toda su religión y el término del
sacrificio». Le habla y le dice: «He aquí
que vengo para hacer vuestra voluntad.» ¡Pues
qué! ¿No viene para predicar, trabajar, morir,
sufrir, vencer el infierno, y salvar al mundo con su
cruz?
«Esta es su labor, como El muy bien lo sabe, pues
sus ojos apenas abiertos ya lo han visto todo y su
corazón lo ha abrazado inmediatamente. Quiere cumplir
todo, hasta la última tilde, y lo quiere sinceramente
y con un querer lleno de amor y de eficacia... mas quiere
todo esto, por ser tal la eterna voluntad de su Padre y
sólo esta voluntad le conmueve y le decide. Viendo
todo lo demás, se fija, sin embargo, en sólo
esto; sólo de ella habla y de sólo ella
pretende depender. Esta voluntad divina lo es todo:
principio, fin, razón, luz, apoyo, mansión,
alimento, recompensa. En ella, pues, se apoya, a ella se
reduce, en ella se afirma, y ejecutando después
tantas cosas, y tan elevadas y tan inauditas y tan
sobrehumanas, nunca hará sino esta cosa sencilla, en
la que nuestros niños son capaces de imitarle:
hará la voluntad de su Padre celestial, y a ella se
entregará sin reserva y vivirá por completo
abandonado.»
Esta obediencia y este abandono tienen su origen en su
amor para con el Padre; es plenitud de abandono, porque es
plenitud de amor; amor filial, confiado, desinteresado,
generoso, sin reserva; amor rebosando reconocimiento por los
bienes que ha recibido en santa Humanidad; amor lleno de
celo, de abnegación y de humildad; Víctima
cargada con todos los pecados del mundo, estima todos los
castigos, ya que ningún sufrimiento es excesivo para
reparar la gloria de su Padre y restituirle los hijos
alejados y con todo tan tiernamente queridos.
Amor filial, y al mismo tiempo amor de niño.
«¿Pues qué otra cosa ha sido -dice
Monseñor Gay- Nuestro Señor, Jesús, el
Hijo del Eterno Padre, verdadero Dios y verdadero Hombre,
según su Humanidad, sino un niño? A nuestros
mismos ojos es el estado en que ha querido aparecer; mas
para su Padre, a los ojos de la Divinidad, de su propia
Divinidad, no ha cesado nunca ni cesará de ser un
niño. Esta Humanidad gobierna todos los seres; los
Serafines le besan los pies, y el mundo entero con
razón la saluda como a su maestra y soberana;
súbditos suyos son los reyes; los pueblos, su
herencia; los ángeles, sus mensajeros. Es reina a la
manera que Dios es Rey, y, sin embargo, os lo repito, no es
en definitiva sino un niño, un niño de un
día y de una hora, que no tiene de sí y por
sí solo ni pensamiento, ni palabra, ni movimiento, ni
vida; un niño pequeño oculto en el seno,
llevado en brazos, entregado a los derechos, a las
voluntades, al beneplácito, a las costumbres, a las
sonrisas infantiles, a las caricias sin igual, al amor
infinito de la Divinidad que es su padre y su madre. Todo
esto copia el alma abandonada, pues siendo Dios nuestro
Padre, ¿qué son respecto a El nuestra edad,
nuestra talla y nuestra actitud? Aun cuando fuéramos
un San Pedro, o un San Pablo o cualquiera de esos gigantes
en la santidad, ¿seríamos alguna vez grandes
delante de Dios?»
Si pudiéramos seguir la vida de Nuestro
Señor Jesucristo hasta en sus mismos actos,
hallaríamos por todas partes el amor, la confianza,
la docilidad, el abandono infantil de un niño.
Citemos tan sólo algunos ejemplos de San Francisco de
Sales.
«Ved al pobre Niño en la cueva, que recibe la
pobreza, la desnudez, la compañía de los
animales, todas las inclemencias del tiempo, el frío
y todo cuanto permite su Padre que le venga. No está
escrito que haya extendido sus manos en busca del seno de su
Madre, mas no rehúsa los pequeños alivios que
Ella le da. Recibe los servicios de San José, las
adoraciones de los reyes y de los pastores, y todo con la
misma igualdad de ánimo. Así nada debemos
nosotros desear ni nada rehusar, sino sufrir y recibir con
igualdad de ánimo todo lo que la Providencia permita
que nos suceda.»
«Si se hubiera preguntado al dulce Niño
Jesús llevado en brazos de su Madre, a dónde
iba, ¿no hubiera tenido razón en responder: Yo
no voy, es mi Madre la que va por mí?, y a quien le
hubiera preguntado: Pero al menos, ¿no vais Vos con
vuestra Madre?, hubiera podido con razón decirle: No;
yo no voy en manera alguna, o si voy allí donde mi
Madre me lleva, no es por mis propios pasos, es por los
pasos de mi Madre que voy. A la manera que mi Madre va por
mí, así Ella quiere por mí y yo la dejo
igualmente el cuidado de ir como el de querer. Su voluntad
basta para Ella y para mí, sin que yo tenga querer
alguno en lo tocante a ir o venir; no me importa si camina
aprisa o despacio, si va por ésta o la otra parte; no
me opongo a su deseo de ir acá o allá y me
contento con estar siempre en sus brazos y mantenerme bien
unido a su amante cuello. »
En su huida a Egipto, Nuestro Señor, que es la
Sabiduría eterna, y que gozaba del perfecto uso de la
razón, no advierte a San José o a su
dulcísima Madre nada de cuanto había de
acontecerles. Nada quiso emprender sino por el encargo del
ángel Gabriel que había sido destinado por el
Padre para anunciar el misterio de la Encarnación,
para ser desde entonces como el ecónomo general de la
Sagrada Familia, para cuidar de ella en los diversos
acontecimientos. Este Niño Todopoderoso, pero manso y
humilde de corazón, se dejaba llevar a donde
querían y por quien quería llevarle, se
abandonaba dócilmente en manos del ángel por
más que éste no tenía ni ciencia, ni
sabiduría que pudieran compararse con su divina
Majestad.
«Algunos contemplativos han supuesto que Nuestro
Señor en Egipto, en el taller de San José y
durante los treinta años de su adorable vida oculta,
se ocupaba algunas veces en hacer cruces», y las
ofrecía a sus amigos -método que no ha
variado-. Devorado del celo por la gloria de su Padre, de la
Iglesia y por las almas, «tuvo mil amorosos
desfallecimientos; veía la hora de ser bautizado con
su propia sangre y languidecía suspirando en tanto
que esto llegaba, a fin de vernos libres, por su muerte, de
la muerte eterna». Y sin embargo, cuando entra en el
Huerto de los Olivos, se entrega a los terribles asaltos del
temor y de las repugnancias, «sufriéndolos
voluntariamente por amor nuestro, pudiéndose librar
de ellos. El dolor le causa angustias de muerte, y el amor
un ardiente deseo de ella, una cruel agonía entre el
deseo y el horror a la muerte, hasta la abundante
efusión de su sangre que corre como de una fuente y
riega la tierra». Con todo, no cesa de repetir en
amoroso abandono: «Padre mío, hágase
vuestra voluntad y no la mía». En consecuencia,
«déjase prender, maniatar y conducir a gusto de
los que quieren crucificarle, con un abandono admirable de
su cuerpo y de su vida, poniéndolos en sus manos. De
igual modo van a entregarse su alma y voluntad por una
perfectísima indiferencia en manos de su Padre
Eterno».
Mas antes, un supremo dolor y el más terrible de
todos le espera «sobre la cruz», cuando
después de haber dejado todo por el amor y la
obediencia de su Padre, fue como dejado y abandonado de El;
y empujada su barca a la desolación por el torrente
de las pasiones, apenas sentía la brújula de
su vida, que, sin embargo, no sólo miraba a su Padre,
sino que le estaba inseparablemente unida; cosa que la parte
inferior ni sabía ni de ella se apercibía,
ensayo que la divina Providencia jamás ha hecho ni
hará en ninguna otra alma, pues no lo podría
soportar. Para mostrarnos lo que podemos y debemos hacer
cuando nuestras penas llegan a su colmo, quej�se
filialmente a su Padre: «Dios mío, Dios
mío, ¿por qué me has abandonado?»
Mas apresúrase a añadir con todas sus fuerzas
y con la más amorosa sumisión: «Padre
mío, en tus manos encomiendo mi
espíritu», dando así a su Padre y a
nosotros el supremo testimonio de su amor, «muriendo en
el amor, por el amor, para el amor y de amor». Al mismo
tiempo, nos enseña -«cuando nuestros males
están en su apogeo, y mientras las convulsiones de
las penas espirituales nos quiten cualquiera otro
género de alivios y de medios de resistir- a poner
nuestro espíritu en manos de Aquel que es nuestro
verdadero Padre, y, bajando la cabeza de nuestra
aquiescencia a su beneplácito, a entregarle toda
nuestra voluntad».
Este continuo abandono de niño pequeño se
ha dignado Nuestro Señor extenderlo a toda suerte de
peñas y pruebas, pues «fue afligido en su vida
civil, condenado como un criminal de lesa majestad divina y
humana y atormentado con extraordinaria ignominia; en su
vida natural, muriendo entre los más crueles y
sensibles tormentos que se pueden imaginar; en su vida
espiritual, sufriendo tristezas, temores, espantos,
angustias, abandonos y aflicciones interiores, que
jamás encontrarán semejante»; y todo con
entera y sumisa voluntad. «Pues aunque la parte
superior de su alma estuviera soberanamente gozosa de la
gloria eterna, el amor impedía a esta gloria difundir
sus delicias y sentimientos, tanto en la imaginación,
como en la parte inferior, dejando así el
corazón a merced de la tristeza y angustia.»
De esta suerte nos da ejemplo para que aceptemos con
corazón magnánimo y sin rechazarlas
jamás esas mil pruebas del orden natural o
espiritual, de que nos resta hacer una rápida
exposición.
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