3.
Ejercicio del Santo Abandono
1. OBJETO DEL ABANDONO
EN GENERAL
No estará de más recordar la
distinción entre la voluntad de Dios significada y su
voluntad de beneplácito, ya que en esto está
el nudo de la cuestión.
Por la primera, Dios nos significa claramente y
manifiesta de antemano y de una vez para siempre, «las
verdades que hemos de creer, los bienes que hemos de
esperar, las penas que hemos de temer, lo que hemos de amar,
los mandamientos que se han de observar y los consejos que
se han de seguir». Las señales invariables de su
voluntad son los preceptos de Dios y de la Iglesia, los
consejos evangélicos, los votos y las Reglas, las
inspiraciones de la gracia. A estas cuatro señales
puede añadirse la doctrina de las virtudes, los
ejemplos de Nuestro Señor y de los Santos.
Ahora bien, el beneplácito de Dios no es conocido
de antemano, y por regla general está fuera del
dominio de nuestros cálculos, y con frecuencia hasta
desconcierta nuestros planes. Solamente nos será
manifestado por los acontecimientos, ya que los elementos
que constituyen su objeto no dependen de nosotros sino de
Dios, que se ha reservado su decisión. Por ejemplo,
dentro de cierto tiempo, ¿estaremos sanos o enfermos,
en la prosperidad o en la adversidad, en la paz o en el
combate, en la sequedad o en la consolación? Es
más, ¿quién podrá asegurarnos que
viviremos? Sólo conoceremos lo que Dios quiere de
nosotros, a medida que se vayan desarrollando los
acontecimientos.
Nada más a propósito para la voluntad del
divino beneplácito que el santo abandono, puesto que
todo él se funda en una espera dulce y confiada, en
tanto que la voluntad de Dios se nos manifiesta, y en una
amorosa aquiescencia, desde el momento que aquélla se
da a conocer. Supone además, como preliminar
condición, la indiferencia por virtud, pues nada tan
necesario como esta universal indiferencia, si se quiere
estar apercibido para cualquier acontecimiento. Por otra
parte, mientras no se declare el divino beneplácito,
no cabe sino esperar confiada y filialmente, pues quien ha
de disponer de nosotros es Nuestro Padre celestial, la
Sabiduría y la Bondad por esencia. Y desde el momento
que los acontecimientos no están en nuestro poder,
una espera pacífica y sumisa nada tiene de quietista
y hasta se Impone, salvo lo que en otra parte hemos dicho
acerca de la prudencia, de la oración y de los
esfuerzos en el abandono.
Diversa ha de ser nuestra actitud ante la voluntad de
Dios significada. Nos ha manifestado con toda claridad
«que tales y tales cosas sean creídas, esperadas
y temidas, amadas y practicadas». Lo sabemos, y por lo
mismo no tenemos ya el derecho de permanecer indiferentes
para quererlas o no quererlas. Como de antemano nos ha
manifestado su voluntad de una vez para siempre, no hay para
qué esperar nos la explique de nuevo en cada caso
particular. Las cosas de que se trata dependen de nuestro
albedrío, y a nosotros corresponde obrar con la
gracia por nuestra propia determinación. Ante la
voluntad de Dios significada, no nos queda sino someter
nuestro querer al suyo, por lo menos en todo lo que es
obligatorio, «creyendo en conformidad con su doctrina,
esperando sus promesas, temiendo sus amenazas, amando y
viviendo según sus mandatos».
Se darán casos en que los acontecimientos no se
sustraigan por completo a nuestra acción,
pudiéndose prever y proveer de alguna manera, y en
este caso convendrá añadir al abandono la
prudencia y los esfuerzos personales, porque en el fondo,
tales acontecimientos serán una mezcla de la voluntad
de Dios significada y de su beneplácito.
Por consiguiente, no tiene lugar el abandono en lo
concerniente a la salvación o a la
condenación, a los medios que nos ha prescrito o
aconsejado tomar para asegurar lo uno y lo otro; como son la
guarda de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, la huida
del pecado, la práctica de las virtudes, la fidelidad
a nuestros votos y Reglas, la obediencia a los superiores,
la docilidad a las inspiraciones de la gracia. Dios nos ha
manifestado su voluntad sobre todas las cosas, y para
asegurar su fiel ejecución, ha hecho promesas y
lanzado amenazas, ha enviado a su Hijo, establecido la
Iglesia, el sacerdocio, los Sacramentos, multiplicado los
socorros exteriores, prodigado la gracia interior.
Evidentemente la indiferencia no tiene ya razón de
ser; la obediencia se requiere en las cosas obligatorias, y
en cuanto a las de consejo, es preciso al menos estimarlas y
no apartar de ellas a las almas generosas.
«Si la indiferencia cristiana -dice Bossuet- se
excluye con relación a las cosas que son objeto de la
voluntad significada, es preciso, como lo hace San Francisco
de Sales, restringirla a ciertos acontecimientos que
están regulados por la voluntad de
beneplácito, cuyas órdenes soberanas
determinan las cosas que suceden diariamente en el curso de
la vida.»
«Ha de practicarse en las cosas que se relacionan
con la vida natural: como la salud, la enfermedad, belleza,
fealdad, debilidad y la fuerza; en las cosas de la vida
civil, acerca de los honores, dignidades, riquezas, en las
situaciones de la vida espiritual, como sequedades,
consolaciones, gustos, arideces; en las acciones, en los
sufrimientos y por fin en todo género de
acontecimientos». En lo que atañe al
beneplácito divino, esta indiferencia se extiende
«al pasado, al presente, al porvenir; al cuerpo y a
todos sus estados, al alma y a todas sus miserias y
cualidades, a los bienes y a los males, a las vicisitudes
del mundo material y a las revoluciones del mundo moral, a
la vida y a la muerte, al tiempo y a la eternidad». Mas
Dios modifica su acción en conformidad con los
sujetos: «Si se trata de los mundanos, les priva de los
honores, de los bienes temporales y de las delicias de la
vida. Si se trata de los sabios, permite que sea rebajada su
erudición, su espíritu, su ciencia, su
literatura. En cuanto a los santos, les aflige en lo tocante
a su vida espiritual y al ejercicio de las
virtudes».
¿Hay necesidad de indicar que, siendo el gozo y la
tribulación el objeto del abandono, ofrecerá
esta última con más frecuencia la
ocasión de ejercitarse? Todos sabemos por dolorosa
experiencia, que la tierra es un valle de lágrimas y
que nuestras alegrías son raras y fugitivas.
Señalemos aquí dos ilusiones posibles:
1ª Ciertas almas forman grandes proyectos de servir
a Dios con acciones y sufrimientos extraordinarios cuya
ocasión jamás llega a presentarse, y mientras
abrazan con la imaginación cruces que no existen,
rechazan con empeño las que la Providencia les
envía en el momento presente, y que, sin embargo, son
menores. ¿No es una deplorable tentación el ser
tan valeroso en espíritu y tan débil en
realidad? ¡Líbrenos Dios de estos ardores
imaginarios, que fomentan con frecuencia la secreta estima
de nosotros mismos! En lugar de alimentarnos de quimeras,
permanezcamos en nuestro abandono, poniendo todo nuestro
cuidado en santificar plenamente la prueba real, o sea, la
del momento presente.
2ª Sería una ilusión muy perjudicial
despreciar o tener en poco nuestras cruces diarias, porque
son pequeñas. Todas son ciertamente muy
insignificantes; mas, como son, por decirlo así, de
cada momento, por su mismo número aportan al alma
fiel una enorme mina de sacrificios y de méritos. Por
una parte, nada impide recibirlas con mucha fe, amor y
generosidad; y de esta manera la bondad de nuestras
disposiciones les dará un valor inestimable a los
ojos de Dios. Cierto que las grandes cruces, llevadas con
amor grande también, nos acarrearían
más méritos y recompensa, pero son raras. El
orgullo y el buscarse a sí mismo se deslizan en ellas
más fácilmente y «de ordinario esas
acciones eminentes se hacen con menos caridad»,
mientras que el amor y las otras santas disposiciones son
las que «dan precio y valor a todas nuestras
obras». Estimemos, pues, las cruces grandes, pero
guardémonos de menospreciar las pruebas vulgares y
ordinarias, porque de ellas hemos de sacar más
provecho. «Practiquemos la conformidad con la voluntad
de Dios -dice el P. Dosda- en todos sus pormenores, por
ejemplo: a propósito de la humillación
ocasionada por un olvido o por una torpeza, a
propósito de una mosca inoportuna, de un perro que
ladra, de una luz que se apaga, de un vestido que se
rompe.» Practiquémosla sobre todo con las
diferencias de carácter, las contrariedades,
humillaciones y los mil pequeños incidentes en que
abunda la vida de comunidad. Sin parecerlo, es un poderoso
medio de morir a sí mismo y de vivir todo para
Dios.
Después de haber expuesto con detenimiento la
naturaleza, motivos y el objeto en general del Santo
Abandono, hubiéramos podido dejar al lector el
cuidado de hacer las aplicaciones prácticas. Mas,
como las pruebas son muy diversas, hemos creído hacer
una obra útil estudiando las principales, a fin de
poder, según la naturaleza de cada una, indicar los
motivos especiales de paciencia y de sumisión,
resolver algunas dificultades, precisar lo que se refiere a
la oración, a la prudencia y los esfuerzos
personales. Recorreremos sucesivamente las pruebas de orden
temporal, las de orden espiritual en sus vías comunes
y las de las vías místicas.
Anterior
Índice
Siguiente
-