3.
Ejercicio del Santo Abandono
3. EL ABANDONO EN LOS
BIENES Y EN LOS MALES EXTERIORES
Artículo
1º.- La prosperidad y la adversidad
Comenzamos por lo que es más general, la
adversidad o la prosperidad, tanto para nosotros como para
los que nos son queridos (familia, comunidad, etc.).
Se puede hacer un buen uso de la prosperidad y de la
adversidad, y se puede abusar de ellas. ¿Seremos del
número de los sabios o de los necios?
¿Querrá Dios hacernos pasar por buena o por mala
fortuna? ¿Tendrá intención de retenernos
mucho tiempo sobre la cruz? Nada sabemos, y, por
consiguiente, el partido más acertado es
establecernos en la santa indiferencia, esperar en paz el
divino beneplácito aceptado con amorosa confianza, y
sacar de él todo el provecho posible.
A la luz de una fe viva, la prosperidad se nos
presentará como una sonrisa perpetua de la
Providencia, y por lo mismo abriremos gustosos nuestro
corazón al reconocimiento, al amor, a la confianza
para con nuestro Padre Celestial. Cada nueva prenda de su
afecto hará brotar de nuestros labios un gracias
sincero. Con ella aliviaremos a nuestros hermanos menos
afortunados, llevándolos así a bendecir con
nosotros al Autor de todos los bienes. Mas desgraciadamente
tiene razón San Francisco cuando dice: «La
prosperidad tiene atractivos que encantan los sentidos y
adormecen la razón; imperceptiblemente nos hace
cambiar, de suerte que nos aficionamos a los dones,
olvidando al Bienhechor.» Y hasta nos hace descender,
por decirlo así, y sin darnos cuenta, hacia una vida
menos austera, en busca de nuestras comodidades, por los
senderos de relajación. Se verá quizá,
y no sin asombro, que algunos hacen profesión de
vivir unidos a Jesucristo en la cruz y, sin embargo, andan
ansiosos de la prosperidad, ávidos de procurarse los
bienes de la tierra, ardientes por fijar en ellos su
corazón, presurosos en recurrir a Dios cuando la
espina de la adversidad llega a punzarles, impacientes por
librarse de ella. Y, sin embargo, el Evangelio no pone la
bienaventuranza cristiana sino en la pobreza, en los
desprecios, el dolor, las lágrimas, las
persecuciones; la misma filosofía nos enseña
que la prosperidad es la madrastra de la verdadera virtud y
la adversidad su madre. Con harta frecuencia el estado de
prosperidad habitual es un lazo, y recordando que ella no ha
sonreído de esta manera a Nuestro Señor y a
los santos, el verdadero espiritual concluirá por
inquietarse y deseará no gozar tanto de este mundo;
sólo una cosa le dará seguridad: estar en
manos de Dios y sentirse bajo su mirada.
La adversidad nos abre un camino más seguro. Dios,
que es amigo constante y solícito, nos quita la
prosperidad que nos perjudicaría, emplea la espada de
la adversidad para cortar los afectos rivales de su santo
amor; unas veces por la privación, otras por el
sufrimiento nos aparta más pronto y seguramente del
placer, arranca nuestro espíritu y corazón de
esta tierra y los atrae hacia las riberas eternas. Es la
mejor escuela del desasimiento, y también un
purgatorio anticipado menos terrible que el de la otra vida,
eficacísimo, sin embargo; porque Dios no
castigará dos veces la misma falta. Después de
habernos purificado en el horno del sufrimiento, como el oro
en el crisol, nos hallará dignos de sí y nos
recibirá como víctimas de holocausto.
La adversidad es una mina de oro de donde se pueden sacar
las más sublimes virtudes y méritos
inagotables. El P. Jerónimo Natalis preguntaba un
día a San Ignacio: «¿Cuál es el
camino más corto y más seguro para llegar a la
perfección y al cielo?» El santo le
respondió: «Sufrir muchas adversidades grandes
por amor de Jesucristo.» Una gran adversidad nos lleva
al cielo, pero muchas nos llevan a él más
pronto y más lejos; porque, para los hombres de fe,
según el P. Baltasar Álvarez, «los
sufrimientos son como caballos de posta que Dios
envía para atraerlos más prontamente a
sí, o como una escala que les ofrece para elevarse a
virtudes más eminentes... Considérese el dolor
de un propietario cuando una terrible granizada viene a
destruir su viña, pero si los granizos fueran de oro,
¿sería razonable su aflicción? Pues oro
son los desprecios y demás aflicciones que caen como
granizo sobre un alma que en verdad es paciente. Lo que gana
vale infinitamente más que lo que pierde. El cielo es
el reino de los tentados, de los afligidos, de los
despreciados».
La adversidad es el camino más corto para la
santidad. Según Santa Catalina de Génova las
injurias, los desprecios, las enfermedades, la pobreza, las
tentaciones y todas las demás contrariedades nos son
indispensables para sujetar por completo nuestras torcidas
inclinaciones, y el desarreglo de nuestras pasiones; es el
medio de que el Señor se vale para disponemos a la
unión divina, y según San Ignacio, «no
hay madera más a propósito para producir y
conservar el amor de Dios que la madera de la cruz».
San Alfonso añade: « La ciencia de los Santos
consiste en sufrir constantemente por Jesucristo, y
éste es el medio de santificarse pronto». Los
favores con que el Señor ha beneficiado a sus amigos,
los hechos extraordinarios que les han dado celebridad, son
quizá lo que más impresiona en su vida, pero
sin motivo alguno. Lo que sí debiéramos
señalar son las debilidades, las sequedades, las
desolaciones, las persecuciones de todo género que
Dios les ha prodigado, y su inalterable paciencia en este
dilatado martirio, pues por este medio han llegado a ser
santos. Como amantes generosos del divino Maestro, han
deseado ser como El pobres, sufridos, despreciados. Dios
Padre los ha crucificado con su Hijo tiernamente amado, y
los más amantes han sido los más probados,
siendo hacia el fin de su vida, época de su
más elevada perfección, cuando de ordinario
más han sufrido. «Porque eran agradables a Dios,
fue necesario que la tentación los probara». La
tribulación ha sido, por decirlo así, la
recompensa de sus trabajos pasados a la vez que la
consumación de su santidad.
Nadie hay que no haya vivido sobre la cruz, ni uno que no
se haya alegrado de sufrir en ella con su adorado Maestro.
Todos, como Nuestro Padre San Benito, han preferido
«padecer los desprecios del mundo a recibir sus
alabanzas, y a agotarse con trabajos más bien que ser
colmados de los favores del siglo». El bienaventurado
Susón, cuando por excepción disfrutaba una
tregua en sus continuas pruebas, lamentábase ante las
religiosas, sus hijas espirituales: «Temo mucho ir por
mal camino, porque hace ya cuatro semanas que no he recibido
ataques de nadie; tengo miedo de si Dios no pensará
ya en mí». Apenas acababa de hablar cuando se le
viene a anunciar que personas poderosas han jurado su
perdición. A esta noticia no pudo menos que
experimentar inmediatamente un movimiento de terror.
«Desearía saber por qué he merecido la
muerte. - Es por las conversiones que obráis. -
¡Entonces! ¡Sea Dios bendito! » Vuelve lleno
de gozo a la reja: «Animo, hermanas mías, que
Dios ha pensado en mí y aún no me ha
olvidado». Nosotros decimos en nuestras pruebas: Basta,
Dios mío, basta. La venerable María Magdalena
Postel, por el contrario, repetía sin cesar:
«Aún más, Señor, aún
más; ven, cruz, que te abrazo. ¡Dios mío,
bendito seáis! Vos no nos humilláis sino para
elevarnos más». En una circunstancia muy penosa,
Santa Teresa del Niño Jesús escribía a
su hermana: « ¡Cuánto nos ama Jesús,
pues que nos envía dolor tan grande! La eternidad no
será bastante larga para bendecirlo por ello. Nos
colma de sus favores como colmaba a los grandes Santos... El
sufrimiento y la humillación son el único
camino que forma los Santos. Nuestra prueba es una ruina de
oro que es preciso explotar. Ofrezcamos nuestro sufrimiento
a Jesús para salvar las almas».
De todo esto concluyamos con San Alfonso: «Algunas
personas se imaginan que son amadas de Dios, cuando
prosperan en todo y no tienen nada que sufrir. Pero se
engañan, porque Dios prueba la fidelidad de sus
servidores, y separa la paja del grano por la adversidad y
no por la prosperidad: el que en las penas se humilla y se
resigna con la voluntad de Dios, es el grano destinado al
Paraíso, y el que se enorgullece, se impacienta, y
por fin abandona a Dios, es la paja destinada al infierno.
El que lleva su cruz con paciencia, se salva; el que la
lleva con impaciencia, se pierde». Dos fueron los
crucificados a cada lado de Jesús, y la misma pena
hizo, del uno, un santo y, del otro, un réprobo.
¡Ojalá que tomáramos nuestras cruces,
no sólo con paciencia y resignación, sino aun
con amor y confianza filial! Dos cosas nos ayudarán
especialmente a conseguirlo: el espíritu de fe y la
humildad. Por poco que se escuche a la naturaleza,
retrocederá siempre ante la adversidad; mas
impóngasele silencio para no considerar sino a Dios,
y pronto diremos con el Rey Profeta: «Me he callado,
Señor, y no he abierto mi boca, porque sois Vos quien
lo ha hecho todo». El orgulloso cree con facilidad que
no se le hace justicia, y los caminos de Dios, cuando son
dolorosos, le espantan y desconciertan. El humilde, por el
contrario, penetrado por un vivo sentimiento de sus miserias
y de sus faltas, bendecirá a Dios hasta en sus
rigores: «Adoro, Señor, la equidad de vuestros
juicios y hasta me hacéis gracia y yo alabo vuestras
misericordias, pues estáis lejos de castigarme tanto
como he merecido. Y además, me es necesario el
remedio del sufrimiento, y las penas que me enviáis
son precisamente las que mejor responden a mis
necesidades».
Artículo
2º.- Calamidades públicas y
privadas
Debemos conformarnos con la voluntad de Dios en las
calamidades públicas, tales como la guerra, la peste,
el hambre, y todos los azotes de la divina Justicia. Otro
tanto es preciso hacer cuando la desgracia viene a caer
sobre nosotros personalmente o sobre los nuestros. El gran
secreto para conseguirlo, es mirar todas las cosas con los
ojos de la Fe, adorar los juicios del Altísimo con
corazón contrito y humillado, y sean cualesquiera los
azotes que nos hieran, persuadirnos bien de que la
Providencia, infinitamente sabia y paternal, no se
determinaría a enviarlos ni a permitirlos, si no
fueran en sus manos los instrumentos de renovación y
de salvación para los pueblos o para las almas.
«Así es como ella conduce al cielo por el camino
del sufrimiento a una multitud de personas que se
perderían siguiendo otra dirección.
¡Cuántos pecadores, llamados a Dios por el duro
camino de la aflicción, renuncian a sus antiguas
iniquidades y mueren en los sentimientos de un verdadero
arrepentimiento! ¡Cuántos cristianos
ocuparán un día un puesto glorioso en el
cielo, que sin esta saludable prueba, hubieran gemido
eternamente en las llamas del infierno! Lo que nosotros
llamamos calamidad y castigo es frecuentemente una gracia de
primer orden, una prueba brillante de misericordia.
Acostumbrémonos a no considerar las cosas sino desde
estos magníficos puntos de vista de la Fe, y nada de
lo que sucede en este mundo nos escandalizará, nada
alterará la paz de nuestra alma y su confiada
sumisión a la Providencia. Mas entremos en algunos
pormenores, comenzando por las desgracias
públicas.
I. Es fácil ver la mano de la Providencia en la
peste, el hambre, las inundaciones, la tempestad y
demás calamidades de este género, porque los
elementos insensibles obedecen a su autoridad sin resistirla
jamás. Pero, ¿cómo verla en la
persecución con su malignidad satánica, o en
la guerra con sus furores? Y allí está, sin
embargo, como dejamos ya dicho. Por encima de los hombres
buenos y malos, y hasta más allá de los
satélites del infierno, está el Arbitro
supremo, la Causa primera que los mueve quizá sin
ellos saberlo, y sin la cual nada puede hacerse. La
política de los príncipes, las órdenes
de los jefes, la obediencia de los soldados, los proyectos
tenebrosos de los perseguidores, su ejecución por los
subalternos, las ruinas y el sufrimiento que de esto ha de
resultar, todo ha sido previsto hasta el menor detalle; todo
ha sido combinado y decretado en los consejos de la
Providencia, formándose de esta suerte una
extraña colaboración de la malicia del hombre
y de la santidad de Dios. El, infinitamente santo, no puede
dejar de odiar el mal, y si lo tolera, es por no quitar a
los hombres el libre uso de su libertad. Mas su justicia
pedirá cuenta a cada uno a su tiempo: a las naciones
y a las familias aquí abajo, porque no cuentan como
tales en la eternidad; a los individuos, en este mundo o en
el otro. Entre tanto, Dios quiere utilizar para conseguir
sus intentos, la malicia de los hombres y sus faltas, no
menos que sus buenas disposiciones y santas obras, de suerte
que aun el desorden del hombre entra bajo el orden de la
Providencia.
Por parte de los hombres puede haber en ello no poco que
reprender, y Dios los juzgará. Por parte de la
Providencia, «todo es justo, todo sabio, todo es bueno,
todo recto, todo dirigido a un fin laudable, todo llega a un
resultado final, absoluto e infinitamente amable.
Nerón es un monstruo, pero hace mártires.
Diocleciano lleva hasta los últimos límites
los furores de la persecución, mas prepara la
reacción y el advenimiento de Constantino. Arrio es
un demonio encarnado, que quisiera arrebatar a Jesucristo su
divinidad, pero da ocasión a las definiciones de la
Iglesia sobre esta misma divinidad. Los bárbaros,
precipitándose sobre el viejo mundo, le inundan de
sangre, mas preparan al Evangelio una raza capaz de ser
cristiana. Las Cruzadas parecen fracasar porque no salvan a
Jerusalén, mas salvan a Europa. La revolución
francesa lo trastorna todo, mas, con esta ocasión, el
vigor y la vida renace en la sociedad cristiana obligada a
la resistencia».
En nuestra época de persecución es evidente
que Satanás está suelto, y que ha recibido el
poder de cribar al justo. Y ¿por qué es este
triunfo de los malos?, ¿por qué esta aparente
derrota de la Iglesia?, ¿por qué esta
prevención de las muchedumbres?, ¿por qué
estos gobiernos impíos que pierden a los pueblos?,
¿por qué este oscurecimiento y tibieza de los
que se llaman buenos?, ¿por qué, en una palabra,
el imperio del mal sobre el bien?
¿Por qué? Por respeto a la libertad que es la
condición del mérito y del demérito.
Dios deja obrar, pero cuando juzgare llegado el tiempo, para
confundir a los malos, para despertar a los dormidos, para
reanimar a los tibios, para defender a los justos,
dejará desencadenarse sobre el mundo culpable una
guerra universal. Preséntase el azote, se hace un
silencio inquietante, cállase la política,
despiértase la fe, las Iglesias se llenan.
Dejábase a Dios en el olvido, pero ahora se recuerda
que El es el dueño de los acontecimientos. Y
¿cómo no verlo? Los hombres que han
desencadenado la tempestad no saben ni dirigirla ni ponerse
a cubierto de ella, mas Dios, reservándose el hacer
justicia a su tiempo, utilizará la previsión
de unos y la imprevisión de otros, las
máquinas perfeccionadas y los planes
hábilmente concebidos, el valor y las acciones
brillantes, las faltas, la malicia y aun el crimen. Todo le
sirve para pasear su azote sobre las naciones, las familias
y los individuos. Pero no lo hará sino en la medida
útil a sus fines. Caiga el hombre de rodillas, que El
gustoso se apaciguará; mas si las buenas impresiones
de los primeros días se disipan, si los ojos se
obstinan en permanecer cerrados y los corazones sin
arrepentirse, ¿habrá derecho a extrañar
que la guerra se prolongue y surjan quizá otros
nuevos azotes? ¿Sería preferible que, siguiendo
un funesto olvido de las leyes divinas, las naciones
continúen descendiendo al abismo y las almas al
infierno?
Y ¿cómo explicar semejante severidad en un
Dios tan bueno? Para extrañarse, preciso es no haber
comprendido los desconocidos derechos de Dios, su amor
despreciado, la multitud de sus gracias y los excesos de
nuestra malicia, las alegrías de la eternidad feliz o
los tormentos de un infierno sin fin. Precisamente porque es
infinitamente bueno, es por lo que Nuestro Padre celestial
nos ama sin debilidades y tal como lo exige nuestra
eternidad. Todas las prosperidades del mundo serán el
peor de los azotes, si adormecen a las almas en el descuido
y en el olvido, y su despertar se verificará en el
fondo del abismo. Por el contrario, las más
espantosas calamidades, aun cuando durasen años
enteros, nada son al lado de un infierno eterno, pues hasta
son gran misericordia de parte de Dios, y para nosotros
dichosa fortuna si podemos a este precio desarmar la
justicia divina, evitar el infierno y recobrar nuestros
derechos al Cielo. Tal es el designio de Nuestro Padre
celestial. No le gusta castigar, pero si a ello le
constreñimos por el olvido de nuestros deberes y de
nuestros verdaderos intereses, nuestra es la falta. Si
manifestamos insubordinación cuando nos corrige,
nuestra falta es mucho mayor. Después de todo, Dios
no se apresura a castigar, y para no verse precisado a
hacerlo, amenaza largo tiempo, hasta usa de tanta paciencia
que los débiles se maravillan y los malos blasfeman.
Vendrá empero un día en que Dios se
verá obligado a obrar como Soberano y justo Juez para
restablecer el orden, y como Padre Salvador de las almas
para volverlas al camino de salvación por los medios
del rigor, ya que se obstinan en hacer inútiles los
medios de dulzura.
Los azotes de Dios traen a unos la prueba, a otros, el
castigo, y a todos los de buena voluntad gracias de
renovación. ¡Dichoso el que sabe reconocerlas y
aprovecharse de ellas! «Estas desgracias -dice el P.
Caussade- son para muchos otras tantas gracias de
predestinación. Mas es necesario declarar que pueden
ser al mismo tiempo para otros motivos de
reprobación, bien que esto no sucederá sino
por culpa suya, y por no pequeña culpa, pues
¿qué más razonable y fácil, en
cierto sentido, que hacer de la necesidad virtud? ¿Por
qué levantarse inútil y criminalmente contra
la mano paternal de Dios, que no nos castiga, sino para
despegarnos de los miserables bienes de acá abajo?
Como su misma ira nace de su misericordia, no nos hiere sino
para apartarnos del pecado y salvarnos. A manera de un sabio
cirujano que corta hasta lo vivo las carnes podridas, a fin
de conservar la vida y de preservar el resto del
cuerpo.»
¿Cómo portarnos en medio de las
calamidades?
1º «Humillarnos bajo la poderosa mano de
Dios», y abandonarnos a su Providencia con
sumisión filial, en la íntima
convicción de que es Dios quien lo ha dirigido todo,
de que sus designios impenetrables tienen por principio el
amor de las almas, y de que sabrá poner al servicio
del bien los acontecimientos más desconcertantes. Por
lo que personalmente nos concierne, nos conviene recordar
que estamos en manos de Nuestro Padre celestial, y si quiere
salvarnos, le es tan fácil hacerlo en medio de los
peligros, como llamarnos a Sí cuando ningún
peligro pareciera amenazarnos, y si es que quiere probarnos,
¡bendito sea su santo nombre para siempre!
2º Cumplir nuestros deberes del mejor modo posible y
sacrificarnos por el bien común, según el
tiempo y las circunstancias, y como nuestra situación
lo permita. «La tempestad es tempestad. A ella se
resigna el marinero y trabaja.» Hagamos nosotros lo
mismo. No entremos en la agitación de las olas que
nos sacuden, y adhierámonos a la roca de la
Providencia, diciendo: «¡Dios mío, os
adoro, os alabo, acepto la prueba, soporto estos malos
días y me mantengo en paz!»
3º En consecuencia, es preciso orar, ante todo orar
y siempre orar. Pidamos, busquemos, llamemos, importunemos a
Dios, ya para que abrevie la calamidad si tal es su
beneplácito, ya también, y esto de un modo
absoluto, para que perezcan las menos almas posibles en la
tormenta, para que los pueblos vuelvan a Dios con
corazón contrito y humillado, los santos se
multipliquen, la Iglesia sea más fielmente escuchada
y Dios menos ofendido. Y como «la oración unida
al ayuno es especialmente buena y la limosna hace hallar
misericordia», la época de las calamidades es el
tiempo oportuno cual ningún otro, para renovarnos en
la fidelidad a nuestros deberes, y de añadir a
nuestros sacrificios obligatorios algunas mortificaciones
que las sobrepasan, a fin de aplacar mejor el justo enojo de
Dios. Porque las calamidades son, en general, el castigo del
pecado, y cuando son más universales y terribles, es
señal que fue mayor la ola de iniquidad que
provocó la cólera divina. Nada mejor puede
hacerse que enmendar nuestra propia vida y ofrecer al
Dueño irritado, al Padre no reconocido, un
acrecentamiento de amor y de fidelidad por lo referente a
nosotros, un abundante tributo de desagravio y
reparación por nuestras culpas y por las del mundo
pecador.
II. Casi idéntica ha de ser nuestra manera de
conducirnos cuando la calamidad venga a descargar sobre
nosotros, sobre nuestras familias o sobre nuestra Comunidad.
Trataremos de no ver a ella sino a Dios, y a Dios
paternalmente ocupado en el bien de las almas. «La
muerte de una persona querida me parece una calamidad, y si
hubiera vivido algunos años más, quizá
hubiera muerto en estado de pecado. Yo debo treinta o
cuarenta años de vida a esa enfermedad que he sufrido
con tan poca paciencia. Mi salud eterna pendía de
esta confusión que me ha costado tantas
lágrimas. No había remedio para mi alma, si yo
no hubiera perdido ese dinero. ¿De qué nos
quejamos? ¡Dios se encarga de conducirnos y nosotros
nos inquietamos!» ¡Oh! si penetráramos
mejor sus amorosos designios sobre nosotros, le
bendeciríamos hasta en sus aparentes rigores. Este
filial abandono multiplicaría nuestros
méritos, nos traería la paz, movería el
corazón de Dios y sería frecuentemente el
mejor medio de acertar.
Dos meses después de la fundación de la
Orden de la Visitación, enfermó tan gravemente
Santa Juana de Chantal, que la muerte parecía
inevitable. Fue esta una dura prueba para el piadoso Obispo
de Ginebra, porque teniendo la seguridad de que aquella obra
era de Dios y destinada a producir mucho bien, veía
con toda claridad que, caído el pastor, se
dispersaría el rebaño. Sin embargo, tuvo el
ánimo de decir: «Dios quiere quizá
contentarse con nuestros primeros pasos, sabiendo que no
somos bastante fuertes para realizar el viaje entero.»
Dios, que no esperaba sino este acto de abandono,
inmediatamente devolvió a la Santa Fundadora la salud
para largos años. Los principios más penosos,
las dificultades de reclutar gente, los muertos, las
decepciones, un cisma, una insurrección, la pobreza
rayana en miseria, la persecución de fuera y las
importunidades de la autoridad, nada le faltó a San
Alfonso de Ligorio en el establecimiento de su
Congregación. Pero en medio de las tempestades oraba,
y hacia todo cuanto humanamente era posible, «no
quería sino sólo la voluntad de Dios».
Era, pues, designio del cielo que el piadoso fundador
llegase a ser un perfecto modelo, y su Instituto un plantel
de santos, y para esto, ¿no convenía que el
Padre de este ilustre linaje se asemejase al divino
Redentor, pobre y humilde y perseguido?
Una de las pruebas más fuertes es la
pérdida de los seres queridos. Después de la
muerte de su madre, el dulce Obispo de Ginebra escribe a
Santa Juana de Chantal: «¿No es preciso en todo y
por todo adorar esta suprema Providencia, cuyos consejos son
santos, buenos y amables? He aquí que ha sido de su
agrado retirar de este miserable mundo a nuestra muy querida
madre para tenerla, como lo espero, cerca de Si, y a su
derecha. Confesemos que Dios es bueno y eterna su
misericordia. Todas sus voluntades son justas; todos sus
decretos, equitativos, su beneplácito es siempre
santo y sus decisiones, muy dignas de amor.» Como hijo
amante, experimentó con esta muerte un dolor
vivísimo, pero tranquilo; no osaría manifestar
descontento ni aun lamentarse porque es Dios quien ha
descargado ese golpe. Después de la muerte de su
hermana, escribe a Santa Juana de Chantal, muy afligida con
tal motivo: «Menester es no sólo aceptar el que
Dios nos hiera, sino también conviene conformarse en
lo que haga en la parte que sea de su agrado. Es preciso
dejar a Dios la elección, porque le pertenece...
¡Jesús, Señor mío!, sin reserva,
sin condiciones, sin peros, sin excepción, sin
limitación, hágase vuestra voluntad acerca del
padre, de la madre, de la hija, en todo y por todo. Y no
digo que no se haya de rogar y desear su salud, pero decir a
Dios: "dejad esto y tomad aquello", en manera alguna
conviene, hija mía, tal lenguaje... Tenéis
cuatro hijos, un suegro, un hermano muy amado, además
un padre espiritual, todo esto es muy querido y con
razón, porque Dios lo quiere. ¡Bien! Si Dios os
arrebatara todo esto, ¿no tendríais lo
suficiente con poseer a Dios? ¿No pensáis
así? Aunque nada poseyéramos fuera de Dios,
¿no sería esto mucho?» Por una parte, la
muerte es tan sólo una breve separación. Un
fin dichoso después de una santa vida y la eterna
reunión cerca de Dios, ¿no es lo esencial?
¿Y no sabe Dios mejor que nadie el tiempo y el modo
más favorable ya para nosotros, ya para los
nuestros?
«Que se viertan algunas lágrimas en la muerte
de un pariente, de un amigo -dice San Alfonso-, es una
debilidad perdonable, mas abandonarse a toda la vehemencia
del dolor, es falta de virtud, falta de amor de Dios. Esto
no es decir que las buenas religiosas no sientan la
pérdida de los parientes y de ciertas personas
particularmente estimadas, pero piensan: Así lo
quiere Dios, y se van resignadas y tranquilas a suplicar por
estas almas queridas, multiplicando oraciones y comuniones,
a fin de unirse más estrechamente a Dios, y de
consolarse con la santa esperanza de volver a encontrar un
día a todos reunidos en el Cielo.»
San Bernardo perdió a uno de sus hermanos.
«Resistía -nos dice- a los sentimientos de mi
corazón con todas las fuerzas de mi fe,
representándome que la muerte es el tributo a la
naturaleza, la deuda universal, la necesidad de nuestra
condición, la orden del Todopoderoso, la
decisión del justo Juez, el azote del Dios terrible,
y finalmente el beneplácito del Señor. Pude
imponerme a mis lágrimas, mas no a mi dolor, que
cuanto más lo comprimía dentro, más
violento se hacía; y declaro que fui vencido.
Vosotros sabéis cuán justo es mi dolor,
qué fiel compañero era aquel que me ha sido
arrebatado, hasta qué extremo era vigilante,
laborioso, dulce y agradable. ¿Quién me
amó como él? ¿Quién me fue tan
necesario? Era yo débil de cuerpo y él me
llevaba y animaba, perezoso y negligente y él me
excitaba, olvidadizo y sin previsión y él me
advertía. Menos unidos estábamos por los lazos
de la sangre que por el parentesco del espíritu, la
armonía de sentimientos y la conformidad de
carácter. Nuestras almas no formaban sino una sola, y
un mismo golpe las ha herido, enviando una mitad al cielo y
dejando la otra en la tierra. Y mi Gerardo ¡era tanto
para mí! ... hermano mío por la sangre, hijo
mío por la profesión, mi padre por su piadosa
solicitud, un otro yo por el espíritu, mi
íntimo por el cariño. Me ha dejado, y siento
el golpe, herido como estoy hasta el fondo del alma. Lloro,
pero no dirijo reconvención alguna a la mano que me
ha herido. Mis palabras están llenas de dolor, mas no
de murmuración, reconociendo que una misma sentencia
ha castigado al uno y coronado al otro, a cada cual
según su mérito; el Señor dulce y justo
ha hecho misericordia a Gerardo su servidor, y a mí
me ha hecho sentir el peso de su justicia. Señor, vos
me disteis a Gerardo, Vos me lo habéis quitado. Lloro
porque me ha sido arrebatado, pero no olvido que de Vos lo
había recibido y os doy gracias por haber podido
disfrutar de él. Habéis reclamado vuestro
depósito y tomado lo que era vuestro. Mis
lágrimas ponen fin a mi discurso; poner,
Señor, medida y fin a mis lágrimas.»
Artículo
3º.- Riquezas y pobreza
«Bienaventurados los pobres de espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos». Y San
Francisco de Sales añade: «Desdichados, pues,
los ricos de espíritu, porque a ellos pertenece la
miseria del infierno. Rico de espíritu es aquel que
tiene las riquezas en su espíritu o su
espíritu en las riquezas. Pobre de espíritu es
aquel que no tiene ningún género de riquezas
en su espíritu, ni su espíritu en las
riquezas. Los halcones hacen su nido como una pelota, y no
dejan sino una pequeña abertura en su parte superior;
los construyen a la orilla del mar, y además los
hacen tan firmes e impenetrables que aun pasándoles
las olas por encima, jamás el agua ha podido penetrar
en ellos, mas sobrenadando siempre permanecen en el mar,
sobre el mar y dueños del mar. Así debe ser,
amada Filotea, vuestro corazón, abierto solamente
hacia el cielo, impenetrable a las riquezas y a las cosas
caducas; si las poseéis, conservad vuestro
corazón libre de afición a ellas; que se
mantenga siempre en alto y que en medio de las riquezas
permanezca sin riqueza y dueño de las riquezas. No,
no coloquéis este espíritu celestial en los
bienes terrestres, haced que les supere, que esté
sobre ellos, y no en ellos.» Así queda descrita
la pobreza afectiva, la cual ofrece una variedad de grados
desde la simple resignación en la miseria o desapego
en la posesión, hasta el amor apasionado de San
Francisco de Asís, por su Señora la Pobreza.
Cuando esta pobreza alcanza una elevada perfección es
la bienaventuranza alabada por nuestro Señor. La
pobreza afectiva es necesario pedirla de una manera absoluta
y procurarla con asiduidad en la fortuna y en la miseria,
por ser el fin que hemos de proponernos alcanzar, ya que
según la observación de San Bernardo, «no
es la pobreza reputada por virtud, sino el amor de la
pobreza». Las riquezas, por el contrario, lo mismo que
la pobreza afectiva, son uno de los principales objetos del
Santo Abandono.
Sin un mínimo de bienes temporales una familia no
podría conservarse, atender a sus buenas obras y
proveer moderadamente el porvenir. Si lo temporal marcha
bien, el espíritu se hallará menos abrumado de
cuidados, más libre para entregarse todo a lo
espiritual. Como Dios nos ha constituido sus administradores
y los dispensadores de esos bienes, con ellos podrá
hacerse un fructuoso apostolado, puesto que al aliviar los
cuerpos se tiene ocasión de ganar las almas para
Dios, a la vez que se siente el placer de hacer dichoso a
otros, porque «es mucho más agradable dar que
recibir». Tiene, pues, razón San Francisco de
Sales al decir en este sentido: «que ser rico de hecho
y pobre de afecto es la gran dicha del cristiano, pues por
este medio se obtienen las comodidades de las riquezas para
este mundo y el mérito de la pobreza para el
otro».
Mas, según San Buenaventura, «la abundancia
de los bienes temporales es una especie de liga, que se
adhiere al alma y la impide volar a Dios». Por
consiguiente, pone al religioso en peligro de derramarse
más de lo conveniente en las cosas de la tierra, de
apegar a ella su corazón, de sacrificar más o
menos la austeridad de su vida, de ir en busca de
comodidades y de entibiarse así en el amor de Dios.
Al seglar le expone a tentaciones más temibles,
puesto que el dinero es la llave de una vida mundana y
disipada. Con las riquezas entran fácilmente la
estima de si, el deseo de ser honrado, el orgullo y la
ambición; en una palabra, «puesto que el amor de
las riquezas es la raíz de todos los males»,
difícilmente entrará el rico en el reino de
los cielos, al menos si sólo es rico para sí
mismo y no según Dios, y con mayor razón, si a
diario celebra opíparos festines, mientras que a su
puerta sufre Lázaro la necesidad.
Por otra parte, la miseria, pesando sobre el
espíritu con sus cuidados y preocupaciones, apenas
deja libertad para entregarse a Dios sólo, pues
expone a las almas todavía débiles al
desaliento, a la murmuración, a la
insubordinación; y si es persistente y demasiado
dura, hace la existencia, por decirlo así,
imposible.
Entre la fortuna y la miseria hállase un grado
intermedio, que el Apóstol mira como una riqueza: es
la piedad con lo necesario para vivir, o bien con esa
moderación de espíritu que se contenta con el
alimento y el vestido. Hablábase a San Francisco de
Sales de la pobreza de su Obispado: «Después de
todo -respondió-, teniendo honestamente con
qué alimentarnos y vestirnos, ¿no hemos de estar
contentos? Lo demás no es sino trabajo, cuidados,
superfluidad... Mis rentas bastan a mis necesidades, y lo
que sobre esto hubiera, sería superfluo. Los que
tienen más, no lo tienen sino para llevar mayor
ostentación; no es para ellos, sino para servidores
que comen, por lo regular sin hacer nada, los bienes del
Obispado. Quien menos tiene, menos cuenta tendrá que
dar y menos cuidados de pensar a quién es preciso
dar, ya que el Rey de la gloria quiere ser servido y honrado
con equidad. Los que disfrutan de grandes rentas gastan a
veces tanto, que al fin del año no han conservado
más que yo, si es que no se han cargado de deudas. Yo
hago consistir la principal riqueza en no deber nada.»
Y de otra parte, «mi Arzobispado me vale tanto como el
Arzobispado de Toledo, porque me vale el paraíso o el
infierno».
El mismo Santo también decía: «Hemos
de vivir en este mundo como si tuviéramos el
espíritu en el cielo y el cuerpo en la tumba. La
verdadera felicidad de aquí abajo está en
contentarse con lo suficiente. ¿Quién no
amará la pobreza tan amada de Nuestro Señor y
de la que ha hecho la fiel compañera de toda su vida?
Para aprender a contentarse con poco, no hay sino considerar
a los que son más pobres que nosotros, porque
nosotros no somos pobres, sino relativamente. Si nos
contentamos con lo necesario, rara vez seremos pobres, y si
queremos todo lo que la pasión exige, nunca seremos
ricos. El secreto de enriquecernos en poco tiempo y con poco
gasto, consiste en moderar nuestros deseos, imitando a los
escultores que hacen sus obras por sustracción y no a
los pintores, que las hacen por adición.»
Es preciso, pues, ejercitarse en el santo abandono,
porque de una parte, para evitar la miseria y llegar a la
fortuna, no bastarán el trabajo, el espíritu
de orden y economía, ni la misma virtud. Dios
continúa Dueño de sus bienes, los da o los
rehúsa según le place. Por otra parte,
¿sabríamos nosotros santificar la miseria, o
hacer buen uso de las riquezas? No lo sabemos; sólo
Dios pudiera decirlo. Lo mejor será, pues, ponernos
en sus manos, rezando la plegaria del Sabio:
«Señor, no me deis ni la extrema pobreza ni la
riqueza; concededme solamente lo que es necesario para
vivir, no sea que en mi hartura me exponga a desconoceros y
decir:
¿Quién es el Señor?, o que la
necesidad me arrastre a cometer injusticias».
Que Dios nos conceda las riquezas, la medianía o
la miseria, habrá siempre una mezcla de su
beneplácito y de su voluntad significada, y, por
consiguiente, nosotros habremos de unir la obediencia al
abandono.
Si El nos ha distribuido con largueza sus bienes, nos es
necesario guardar «el precepto del Apóstol a los
ricos de este mundo, es decir, evitar el engreírnos
en nuestros pensamientos, y poner nuestra confianza en
nuestras inciertas riquezas, hacer limosna con
alegría, gustar de hacer a otros partícipes de
nuestros bienes, acumular tesoros de santas obras, y de esta
manera establecer un sólido fundamento para el
porvenir, a fin de llegar a la vida eterna».
Esforcémonos entre tanto, según el consejo de
San Francisco de Sales, «por armonizar en nuestros
afecto la riqueza y la pobreza, teniendo a la vez un gran
cuidado y un desprecio de las cosas temporales»,
cuidado mayor aún que el de los mundanos por sus
bienes, porque ellos no trabajan sino por sus intereses y
nosotros para Dios; cuidado dulce, pacífico y
tranquilo, como el sentimiento del deber de donde procede.
«Dios quiere en efecto que obremos así por su
amor.» Juntemos a esto el desprecio de las riquezas,
«a fin de impedir que aquel cuidado se convierta en
avaricia»; vigilemos para no desear con inquietud los
bienes que aún no poseemos y para no aficionarnos a
los que ya poseemos, hasta el punto de temer vivamente
perderlos; y si nos acontece llegar a perderlos, no
apenarnos con exceso: «Pues nada manifiesta tanto el
afecto a la cosa perdida como el afligirse cuando se
pierde.» «Cuando se presentaren inconvenientes que
nos empobrezcan en poco o en mucho, como sucede en las
tempestades, los incendios, las inundaciones, la
sequía, los robos, los procesos, entonces es la
verdadera ocasión de practicar la pobreza, recibiendo
con dulzura esta disminución de los bienes y
acomodándonos paciente y constantemente a este
empobrecimiento. Por muy rico que sea uno, ocurre con
frecuencia padecer necesidad de alguna cosa. Aprovechad,
Filotea, estas ocasiones, aceptadlas con ánimo
varonil, sufridlas alegremente.» «Si, pues, os
veis privados de remedios en vuestras enfermedades o de
fuego durante el invierno, o también de alimento o de
vestido, decid: Dios mío, Vos me bastáis, y
conservaos en paz.»
«Si realmente sois pobre, muy amada Filotea, sedlo
además de espíritu, haced de la necesidad
virtud, y emplead esta piedra preciosa de la pobreza para lo
que vale. Su brillo no se descubre en este mundo, a pesar de
estar tan a la vista y de ser tan bello y rico. Tened
paciencia, que estáis en buena
compañía: Nuestro Señor, Nuestra
Señora, los Apóstoles, tantos santos y santas
han sido pobres. y pudiendo ser ricos han despreciado el
serlo... Abrazad, pues, la pobreza como la dulce amiga de
Jesucristo, pues El nació, vivió y
murió en la pobreza que fue la nodriza de toda su
vida.»
La venerable María Magdalena Postel, reducida a
refugiarse en un establo con su pequeña Comunidad,
rebosaba de gozo y decía: «Sí, hijas
mías, estoy contenta, porque ahora nos parecemos
más a Nuestro Señor, que en su Nacimiento no
fue recibido ni en un palacio real, ni en palacio suntuoso,
sino en el pesebre de Belén.» Y algún
tiempo después añadía: «Temo las
riquezas para las Comunidades. No deseemos sino lo
estrictamente necesario, y aun esto es preciso ganarlo con
el trabajo de nuestras manos. Trabajad como si os
propusierais llegar a ser ricos; mas desead y pedid
permanecer siempre pobres. La pobreza y la humildad deben
ser la base da la Congregación que Dios me ha llamado
a fundar, y el día en que se pierda el
espíritu de pobreza, aquélla
perecerá.»
San José es un admirable modelo de abandono a la
Providencia en la necesidad. «Dios quiere que sea
siempre pobre, lo que constituye una de las más
fuertes pruebas que nos pueden sobrevenir. El se somete
amorosamente y durante toda su vida. Su pobreza fue una
pobreza despreciada, abandonada y menesterosa. La pobreza
voluntaria de que los religiosos hacen profesión es
muy amable, tanto más cuanto que no impide que
reciban lo necesario, privándoles únicamente
de lo superfluo. Mas la pobreza de San José, de
Nuestro Señor y de la Santísima Virgen no era
de tal naturaleza, pues aunque era voluntaria, en cuanto a
que la amaban con cariño, no dejaba, sin embargo, de
ser abyecta, abandonada, despreciada. Todos consideraban a
este gran Santo como a un pobre carpintero, quien sin duda
no podía trabajar tanto que no le faltasen muchas
cosas necesarias por más que se esforzaba cuanto le
era posible, con un afecto que no tiene igual, por el
mantenimiento de su familia. Después de esto,
sometíase humildemente a la voluntad de Dios, para
continuar en su pobreza y abyección, sin dejarse en
manera alguna vencer ni abatir por el disgusto interior, que
seguramente había de hacer tentativas para
turbarle.»
Para imitar estos grandes ejemplos «no os
lamentéis, pues, amada Filotea, de vuestra pobreza;
porque no se queja uno sino de lo que le desagrada; y si la
pobreza os desagrada, ya no sois pobre de espíritu,
sino rica de afecto. No os desconsoléis por no ser
tan socorrida como sería conveniente, porque querer
ser pobre y no sufrir por ello incomodidad, es querer el
honor de la pobreza y la comodidad de las
riquezas».
Artículo
4º.- El lugar y las relaciones
I. El religioso se aficiona a su casa como el hijo al
hogar paterno, y en tanto este afecto se conserve sumiso al
beneplácito divino, nada hay más
legítimo ni más digno de respeto. El
Monasterio es el jardín cerrado en donde Dios nos ha
puesto al abrigo del mundo, en donde El se digna vivir con
nosotros en la más deliciosa intimidad. No es
aún el Paraíso, no es ya Egipto; es la Tierra
prometida, en la que corren en abundancia la leche y la
miel. Bajo el mismo techo de Nuestro Señor y a dos
pasos de su Tabernáculo, el religioso pasa horas tan
dulces como santas en celebrar los augustos misterios, en
cantar las alabanzas de Dios, en alimentar su alma con el
pan de la oración y piadosas lecturas. Allí es
donde fuimos iniciados en las observancias
monásticas, formados en la vida interior y
ejercitados en las luchas para conseguir la santidad.
Gracias a la Regla y a la firmeza de nuestros Superiores que
nos sostienen, a los ejemplos de la Comunidad que nos
arrastran, ha sido posible apresurar el paso y adelantar
algo más en el camino. Estos lugares benditos,
regados con tanta abundancia por las aguas de la gracia,
fueron los felices testigos de nuestras mejores
alegrías, de nuestros combates y de nuestras pruebas.
Allí es donde nosotros hemos prometido vivir y morir,
de allí es de donde nuestra alma espera volar al
cielo, mientras que el compañero de sus trabajos
descenderá a dormir allí cerca de nuestros
antepasados. esperando su glorioso despertar. Sin embargo,
esta adhesión tan legítima a nuestro
Monasterio ha de estar subordinada al beneplácito
divino, porque Dios será siempre el supremo Arbitro
de nuestros destinos. El puede disponer de nosotros por
medio de la obediencia, libre es de dejar obrar la malicia
de los perseguidores.
Ciertamente que debemos hacer cuanto de nosotros depende
para conservar la estabilidad que hemos prometido, pero si
Dios se complace en desterrarnos de nuestro querido
Monasterio, ¿no es el Maestro infinitamente sabio e
infinitamente bueno? ¿No es la divina Providencia la
que debemos mirar por encima de los hombres en esto como en
todo lo demás? Y, por consiguiente,
¿osaríamos protestar contra su voluntad
soberana, en lugar de someternos a ella con amorosa
confianza? La tierra es un lugar de paso, y nuestra ciudad
permanente está en el cielo. Que nos dirijamos a ella
desde el destierro, desde la patria, poco importa, lo
esencial es llegar allí. Mientras Dios nos tenga en
el Monasterio, en él estará para nosotros el
camino del Paraíso, y nada se le puede comparar; mas
si la Providencia nos envía a otra parte, en
dondequiera que nos coloque, allí estará en
adelante para nosotros la esperanza de la salvación,
pues es la obediencia la que nos introduce en el reino de
los cielos. Por lo demás, hay algo infinitamente
preferible a los muros de nuestro convento: es la vida
religiosa que en él se observa; y si para conservarla
es preciso resignarnos a sufrir el destierro, ¡bendito
sea Dios que aun a tan subido precio nos conserva tan
inapreciable bien! ¿Sería éste,
después de todo, un sacrificio heroico? Seguros de
tener en el destierro las mismas observancias, la misma
Comunidad, los mismos Superiores que en el Monasterio,
seríamos ciertamente menos dignos de lástima
que tantos religiosos imposibilitados de consagrarse en
tierra tan extraña a sus obras acostumbradas, como
tantos otros, sobre todo los que han sido lanzados al mundo,
privados de la vida religiosa. Para nosotros, monjes,
formados únicamente para la vida de claustro, volver
al mundo es el peor de los infortunios, y para conjurarlo
habríase de hacer lo posible y hasta lo imposible. En
el caso que la obediencia dispusiera de nosotros, en
conformidad con las leyes de nuestra Orden,
enviándonos a una fundación, un refugio, etc.,
el ferviente religioso no ha de ver en eso sino la voluntad
de Dios y el bien de su alma, y con magnánimo
corazón entregarse al beneplácito divino, y a
no ser por un deber de conciencia, hasta evitar
observaciones respetuosas y filiales.
Apenas ha hablado Dios por boca de un superior, se
inclina confiado y sin tardanza, no pensando sino en
someterse como verdadero hijo de obediencia, y en sacar de
su sacrificio el mejor partido posible a favor de su
adelantamiento espiritual.
II. Tenemos en el claustro una selecta
compañía, escogida entre mil y diez mil. Una
Comunidad es una familia unida a Jesucristo, en la que cada
cual rivaliza en desprecio del mundo, en atractivo por
nuestras santas leyes, en celo por agradar a Dios y
santificarse; y todos los días experimentamos
cuán dulce es habitar reunidos los hermanos.
Jamás sabremos ni bendecir suficientemente al
Señor por habernos llamado a la religión, ni
pagar a nuestra Comunidad todo el bien que nos hace. Con
todo, aunque sólo tuviéramos santos en nuestra
compañía, hemos de esperar encontrar entre los
hombres algunos restos de humana debilidad; por lo menos,
habrá diversidad de temperamentos y de caracteres,
las divergencias de sentimientos y voluntades, mil
pequeñas nonadas que nos harán sufrir, tanto
más cuanto que la misma consideración con que
habitualmente se nos trata, nos vuelve más sensibles
a todo procedimiento menos delicado.
Si acontece, pues, que hayamos de soportar algo de parte
de los que nos rodean, ante todo hemos de persuadirnos de
que esa es la voluntad de Dios. Es El, en efecto, y no el
azar, quien nos ha llamado de las cuatro partes del mundo y
nos ha juntado en tal Comunidad y bajo tales Superiores,
para vivir allí reunidos en perpetuo contacto. El
genio, las miras, los gustos, mil otras cosas no se
armonizan sino a fuerza de virtud; será preciso
hacerse mutuamente muchos sacrificios por el bien de la paz.
Dios lo sabia y para esto precisamente nos ha puesto a los
unos cerca de los otros. En el cielo disfrutaremos del
reposo perfecto, de la paz después de la victoria.
Aquí abajo, es el tiempo del combate contra nosotros
mismos, a fin de reparar nuestras faltas, dominar nuestros
defectos, aumentar nuestras virtudes y méritos. Los
medios para conseguirlo son múltiples, uno de los
mejores será para nosotros la vida común con
las renuncias que impone.
«Por no haberte penetrado en este gran principio
-escribía el P. de Caussade a una de sus dirigidas-,
jamás habéis sabido someteros a ciertos
estados y acontecimientos, ni, por consiguiente, permanecer
en ellos firme y tranquila en la voluntad de Dios. El
demonio siempre os ha tentado, inquietado, trastornado con
cien ilusiones y falsos razonamientos en este punto. Tratad,
pues yo os conjuro por el interés de vuestra
salvación y de vuestro reposo, de libraros de
semejante extravío de espíritu, y por el mismo
hecho pondréis término a todos vuestros
despechos y a todas las rebeldías de vuestro
corazón.»
Las penas de la vida de familia y de Comunidad no tanto
constituyen con la oposición de humor o de
carácter un obstáculo a nuestro progreso
espiritual, como medio providencial y muy precioso. En
nuestra falta de fe, de humildad y de abnegación ha
de buscarse el origen de nuestro malestar, al que las
dificultades le ofrecen tan sólo la ocasión de
manifestarse. Proviniendo, pues, el mal de nosotros,
ahí es donde es preciso aplicar el remedio, y
ésta es la razón porque Dios nos ofrece estas
oposiciones de carácter, estas pruebas crucificadoras
y constantemente renovadas.
¡Excelentes penitencias para las culpas pasadas!
Porque «la caridad cubre la muchedumbre de los
pecados», y Dios nos tratará como nosotros
hubiéremos tratado a nuestros semejantes. Perdonemos,
y El nos perdonará; olvidemos los agravios de
nuestros hermanos y El olvidará los nuestros.
Tengamos tolerancia para con nuestro prójimo,
paciencia, misericordia, mansedumbre, y El, fiel a su
palabra, hará otro tanto con nosotros. Es costoso
sufrir así siempre, mas ¡qué seguridad,
qué consuelo poder decir que a este precio se tiene
derecho a contar con la divina misericordia!
¡Excelente ejercicio de mortificación! Sin
él, cuántas virtudes nos faltarían. Si
queremos adquirir la tolerancia mutua, la paciencia y la
abnegación, ¿no son necesarias personas que nos
contraríen y que sepan hacerlo a tiempo y fuera de
tiempo, y por decirlo así, sin piedad?
Creeríamos conocernos bien y abrigaríamos
quizá extrañas ilusiones, si unos y otros no
viniesen en momento propicio a decirnos sin
contemplación muchas verdades. ¡ Son precisas
tantas humillaciones!
¿Sabríamos nosotros escoger las buenas
humillaciones, aquellas de que tenemos necesidad y no las
que nos agradan? ¿Tendríamos la firmeza de
someternos a ellas con perseverancia, como se somete un
enfermo a su régimen austero? En lugar de
sublevarnos, bendigamos a Dios que ha tenido la
sabiduría y la bondad de poner a nuestro lado tal o
cual persona; es de la que teníamos más
necesidad. Una santa fundadora decía a sus hijas:
«Cada una tiene su modo de ser, sus imperfecciones, sus
rarezas. Si no existieran en la Comunidad caracteres un
tanto difíciles, sería necesario comprarlos
para que nos ayudasen a ganar el cielo.» Dios nos
provee de ellos gratuitamente. ¡A nosotros toca
aprovecharnos de estas gracias para morir a nosotros
mismos!
Además, estas contrariedades constantemente
renovadas, «os ofrecerán cada día no
pocas ocasiones de practicar las más raras y
sólidas virtudes: la caridad, la paciencia, la
dulzura, la humildad de corazón, la benignidad, la
renuncia a vuestras inclinaciones, etc.; y estas
pequeñas virtudes de cada día, practicadas
fielmente, os formarán una rica mies de gracias y de
méritos para la eternidad. Por éstas, mejor
que por todas las otras prácticas y los demás
medios, es como podréis obtener el gran don de la
oración interior, la paz del corazón, el
recogimiento, la presencia continua de Dios y su puro y
perfecto amor. Esta sola cruz llevada con paciencia os
atraerá infinidad de gracias, y os servirá
más eficazmente que las pruebas en apariencia
más dolorosas, para desprenderos perfectamente de
vosotros mismos y uniros plenamente a Dios». Así
se expresa el P. de Caussade, y dice después:
«Lejos de compadeceros, no puedo menos de
felicitaros de haber tenido por fin ocasión de
practicar la verdadera caridad. La antipatía que
experimentáis hacia la persona con quien
estáis en continuas relaciones, la oposición
de vuestras ideas y de vuestras miras, los rozamientos que
ella os causa por sus modales o su lenguaje, son otras
tantas señales infalibles de que la caridad que
usáis para con ella será puramente
sobrenatural sin mezcla alguna de sentimientos humanos. Oro
puro es lo que vais a reunir, y sólo de vos depende
formar un inmenso tesoro. Agradecédselo, pues, a
Nuestro Señor, y para no perder nada de las ventajas
inapreciables de vuestra posición presente, seguid
con exactitud las reglas que os voy a trazar.
»1ª Soportad apaciblemente las rebeldías
involuntarias que os hacen experimentar los procedimientos
de esta persona, a la manera que soportaríais un
acceso de fiebre o de jaqueca. Vuestra antipatía es,
en efecto, una fiebre interior con sus escalofríos y
subidas. ¡Oh! ¡Cuán crucificador,
humillante y penoso es todo esto, y por consiguiente,
cuán meritorio y santificador!
»2ª No habléis jamás a
propósito de esta persona, como quizá hacen
las otras; sino hablad siempre de ella en buen sentido, pues
tiene algo bueno. Y, ¿quién no tiene algo malo?
¿Quién es perfecto en este mundo? Puede ser que
sin querer ni pensar en ello, vos la probéis
más de lo que Dios os prueba por ella! Dios pule a
veces un diamante con otro diamante, dice
Fenelón.
»3ª Cuando cometiereis algunas faltas,
levantaos sin tardanza, humillándoos dulcemente, sin
despecho voluntario ni contra ella, ni contra vos, sin
turbación ni enojo y sin inquietud. Nuestras faltas
así reparadas llegan a sernos de provecho y
ventajosas, y por estas miserias y estas faltas diarias, es
como Dios nos empequeñece de continuo y nos mantiene
en la verdadera humildad de corazón.
»4ª No os mezcléis en nada, sino en la
medida en que vuestro deber os obliga; cumplido éste,
no os preocupéis de nada; no penséis siquiera
en ello, si no es en la presencia de Dios. Abandonemos todo
a la Providencia, pues la única cosa importante es
que seamos todo de Dios y que consigamos la
salvación. »
En las pruebas de este género, Santa Juana de
Chantal es un perfecto modelo. Viuda a los veintiocho
años, recibió de su padre político
orden de ir a vivir en su compañía con sus
cuatro hijos. Sin dificultad pudo entrever la amargura del
cáliz que había de beber, pues conocía
el carácter del viejo barón, los
desórdenes de su casa y los aún mayores de su
conducta. Este anciano sombrío ante quien todo
había de doblegarse, había caído bajo
la dependencia de una criada que mandaba como ama en el
castillo, dilapidaba los bienes y hacía murmurar a
todo el mundo. Durante más de siete años, la
santa será tratada como una extraña que se
admite en el hogar doméstico, pero a la que en nada
se la consulta ni tiene derecho a hacer observación
alguna. Estará, por decirlo así, bajo la
férula de una inferior insolente, que no
escaseará ni siquiera las injurias. Tenía que
pasar por la amargura de ver a los hijos de la sirvienta
preferidos a los suyos. Se apoderaba de ella la
indignación, revolvíase toda su sangre,
especialmente al principio. Mas ahogaba estos gritos de la
naturaleza, y a cada insolencia no oponía sino un
corazón dulce y un semblante gracioso, llegando hasta
el grado de heroísmo de cuidar los hijos de la
sirvienta como a los suyos, y prestarles con sus propias
manos los servicios más humildes. ¿Y cuál
era el secreto de su victoria? Únicamente ocupada en
su importante obra, la conversión de su padre
político y de la indigna criada, se proponía
vencerlos a uno y a otra a fuerza de dulzura; no habla
situación ni sacrificio que la asustasen con la
esperanza de llevarlos a Dios. Aprovechaba todas las
circunstancias para hacerles bien y ninguna violencia,
ninguna vejación, fue jamás capaz de disminuir
su respeto ni desanimar su paciencia. «A este motivo
tan elevado que la sostuvo durante siete años en esta
vida heroica, vino a juntarse otro que no le prestó
menor apoyo. Era naturalmente un tanto altiva; había
heredado con la sangre paterna, yo no sé qué
de orgullosa y dominante que ella quería ahogar a
todo trance. La ocasión le pareció excelente
para llegar a ser humilde a fuerza de humillaciones, y lo
con siguió más de lo que puede decirse. En
esta ruda escuela, mejor que en el más severo
noviciado, hízola Dios adquirir esta rara humildad y
esta perfecta obediencia que muy pronto hicieron de ella,
bajo la dirección de San Francisco de Sales, el
instrumento de tan grandes obras.»
¡Quiera Dios que a las gracias de este género
respondamos también nosotros con el mismo
espíritu de fe e igual generosidad!
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