3.
Ejercicio del Santo Abandono
7. EL ABANDONO EN LAS
VARIEDADES ESPIRITUALES DE LA VIDA ORDINARIA
PRIVACIÓN DE
ALGUNOS SOCORROS ESPIRITUALES
Tomamos de San Francisco de Sales la expresión de
variedades espirituales y la empleamos para significar todo
lo que, no siendo esencial a la vida sobrenatural, se une a
ella como el accidente a la sustancia.
En el capítulo precedente hemos recorrido lo que
constituye el fundamento de la vida espiritual; su fin
esencial, su esencia y práctica esencial en este
mundo, sus medios esenciales. Cualquiera que sea la
situación en que Dios nos ponga, el camino por donde
nos lleve, será preciso siempre tender a la gloria
eterna, vivir de la gracia; y para esto, huir del pecado,
practicar las virtudes a ejemplo de nuestro divino Modelo
por los medios que nos asigna la voluntad de Dios
significada, al menos por aquellos que son obligatorios para
cada uno de nosotros. Esta es la parte invariable de la vida
espiritual; por lo que ha de hallarse en cada uno de los
fieles de cualquier edad que sean, y es la que comunica a
todos los hijos de Dios el mismo parecido familiar que los
distingue.
Pero, sobre todo este fundamento, vendrán a
dibujarse los rasgos particulares que varían mucho de
un alma a otra, y hasta en una misma persona en diferentes
épocas. Hay inocentes y penitentes, religiosos y
seglares, contemplativos y activos, etc. Dios ama la
variedad en la unidad; y por lo mismo, multiplicará
las vocaciones hasta lo infinito. Bajo una misma Regla, su
gracia atraerá con preferencia a la penitencia o a la
contemplación, a la obediencia o a la caridad. Por su
voluntad de beneplácito dispondrá los
acontecimientos de suerte que nos conduzcan según le
agrade, en la paz o en la guerra, en la sequedad o en las
consolaciones, por las vías comunes o por las
místicas. La base de la vida espiritual
permanecerá la misma para todas las almas, pero las
condiciones accidentales serán muy diversas para
imprimir a cada una su fisonomía particular.
Debemos hablar de esta diversidad, mas solamente en
cuanto procede del beneplácito divino y da lugar al
Santo Abandono. Comenzaremos por la que pueda hallarse en
todos los caminos ordinarios o místicos, y a
continuación hablaremos de la que es propia de los
estados místicos.
Hemos dicho antes que el divino beneplácito puede
privarnos por algún tiempo, o para siempre, de
algunos medios de santificación, que sin esta
circunstancia serian deseables y hasta obligatorios. Son,
por ejemplo, personas, recursos, observancias, ejercicios de
piedad y los sacramentos.
1º.- Las personas; un director, un superior, un
padre, un amigo, cuya ayuda era para nosotros de la mayor
importancia en el orden espiritual y que Dios nos le quita o
por la muerte o por la separación.
En verdad que no es permitido apoyarse en un hombre como
si fuera la causa primera de nuestra santificación,
pero puede ponerse la esperanza en él como agente
secundario e instrumento de la Providencia en esta santa
empresa, y cuanto más lleno del espíritu de
Dios y capaz de hacernos bien, tanto más
lícito, y hasta cierto punto necesario, nos
será apoyarnos en él. Todas las ayudas que
Dios nos da, sean de afección, de edificación
o de dirección, es necesario recibirlas con
reconocimiento, pero conservándonos dispuestos a
bendecir a Dios si nos las quita, como le bendecimos por
habérnosla prestado; seguros de que, si bajo el golpe
de una prueba aceptada generosamente derramamos algunas
lágrimas, el amor de Dios, aunque tan celoso, no nos
las reprochará.
Quizá os parezca que sin el auxilio de este apoyo
no os podríais sostener. Sin embargo, habéis
de saber que este sabio director, este santo superior, este
amigo espiritual os ha sido dado mientras os era muy
útil y en cierto punto indispensable. Dios empero,
¿ha cesado de amaros? ¿No es todavía
vuestro Padre? ¿Cómo podrá olvidar
vuestros sagrados intereses? Creed, pues, que no os
abandona. Es verdad que el guía, cuya pérdida
lamentáis, os ha conducido felizmente hasta
aquí; pero, ¿sabéis si sería apto
para conduciros por el camino que aún habéis
de recorrer? Nuestro Señor pudo decir a sus
Apóstoles, sin duda porque le amaban con un afecto
sensible: «Os conviene que Yo me vaya, porque si no me
fuere, no vendrá a vosotros el Consolador; y si me
voy, os le enviaré». Este amigo, este director,
¿os es más necesario que Nuestro Señor lo
era a los Apóstoles? - Diréis quizá: es
un castigo a mis infidelidades-. Sea; mas los castigos de un
padre vienen a ser para los hijos dóciles un remedio
saludable. ¿Queréis desarmar a Dios, mover su
corazón, obligarle a colmaros de nuevas gracias?,
aceptad su castigo, pedidle su ayuda; y en premio de vuestro
confiado abandono a su voluntad, o bien os proveerá
del guía que actualmente necesitáis, o El
mismo se encargará de vuestra dirección.
Al P. Baltasar Álvarez, habiéndose puesto
un día a calcular el mal que le causaba la
pérdida de su director, fuele dicho interiormente:
«injuria a Dios el que se imagina tener necesidad de un
socorro humano del que está privado sin culpa de su
parte. El que por medio de un hombre te dirigía,
quiere en la actualidad dirigirte por Sí mismo;
¿qué razón tienes para lamentarte? Es por
el contrario un señalado beneficio y preludio de
grandes favores». San Alfonso añadía:
«nuestra santificación no es obra de nuestros
padres espirituales, sino de Dios. Cuando el Señor
nos los concede, quiere que nos aprovechemos de su
ministerio para la dirección de nuestra conciencia,
mas cuando nos los quita quiere que, lejos de quedar por
ello descontentos, redoblemos nuestra confianza en su bondad
y le hablemos de este modo: Señor, Vos me disteis
apoyo, y Vos me lo quitáis ahora, hágase
siempre vuestra voluntad, pero ahora venid en mi ayuda y
enseñadme lo que debo hacer para serviros
fielmente». Bien entendida, esta confianza en Dios no
dispensa de practicar las diligencias necesarias para hallar
otro director, porque «a Dios rogando y con el mazo
dando».
Terminemos con el P. Saint-Jure: «En la
pérdida de las personas que nos son útiles
para nuestro progreso espiritual, se cometen con frecuencia
notables faltas, sintiendo demasiado vivamente su
separación, no teniendo la suficiente sumisión
a los designios de Dios sobre estas personas; testimonio
evidente de que había excesivo apego a ellas y que se
dependía más del instrumento que de la causa
principal. Sea que esos directores vivan, sea que mueran, ha
de decir el alma que sinceramente ama a Dios y su propia
perfección, que se vayan o que permanezcan; todo,
Señor, lo que Vos queráis y como Vos lo
queráis; sois Vos quien me ha enviado estos
guías, Vos quien me los quita, no los quisiera yo
retener. Vuestra amable y amantísima voluntad me es
más querida que su presencia; Vos me habéis
instruido por ellos cuando quisisteis dármelos y por
eso os doy gracias. Ahora que Vos me los quitáis,
sabréis muy bien instruirme por otros que vuestra
bondad paternal se dignará concederme cuando fuere
necesario como os lo suplico; o bien, Vos mismo me
instruiréis por lo que será
preferible.»
Esta prueba es mucho más dolorosa cuando aquellos
que Dios nos había dado como apoyo cesan de
sostenemos, y volviéndose contra nosotros, amenazan
echar por tierra nuestros más caros proyectos. Esto
es lo que sucedió a San Alfonso de Ligorio cuando
quiso fundar su Congregación. Debía
ésta prestar a la Iglesia inapreciables servicios, y,
sin embargo, no bien sus antiguos hermanos se dan cuenta de
que van a perderle, dan riendo suelta a «su
descontento, sus sarcasmos, sus mordaces ironías
contra el traidor, el desertor, el ingrato que los
abandona». Hasta se trató de arrojarlo de la
Propaganda; levantan contra él la opinión
pública, y sus mejores amigos le vuelven la espalda.
Sus directores, a pesar de aprobarle, no quieren ocuparse ya
de él, y la ternura de su padre le obliga a sostener
un formidable asalto. Sus primeros discípulos,
negándose a entrar en sus miras, fomentan el cisma, y
le dejan casi solo. En una palabra, a excepción de su
Obispo y de su nuevo director, fáltanle todos los
apoyos, casi todos se vuelven contra él. En medio de
este desencadenamiento de lenguas, estas discusiones, estas
separaciones, Alfonso hace orar a las almas santas, y, para
conocer con seguridad la voluntad divina, se dirige a los
más sabios consejeros, implora cerca de Dios la luz
por medio de continuas oraciones y mortificaciones
espantosas. Con el corazón herido, póstrase a
los pies de Jesús Agonizante y con El exclama:
«Dios mío, ¡hágase tu voluntad!
»Persuadido de que Dios no necesita ni de él ni
de su obra, pero que le ordena proseguirla, se esfuerza por
conseguir su objeto, aunque sea a costa de verse solo, y
asegura que Dios no ha permitido todas esas divisiones sino
para mayor bien. Los acontecimientos que siguieron a estas
separaciones, prueban que Dios las permitió, no
sólo para depurar por medio de la tribulación
a San Alfonso, sino a otras muchas almas entregadas a su
gloria, para emplearlas después en las obras de su
gracia. «Todas estas cañas se convierten bajo su
mano en árboles cargados de frutos excelentes.»
La Beata María Magdalena Postel pasó por la
misma prueba en una circunstancia análoga.
2º.- Los recursos de que disponemos para la
realización del bien, nos los puede Dios quitar
según su beneplácito. Así, puede
privarnos de la fortuna, de la salud, de las comodidades, de
los talentos y de la ciencia; rebajarnos si le agrada,
aniquilarnos, por decirlo así, por algún
tiempo o de un modo definitivo. Tratando del abandono en los
bienes y males temporales, hemos hablado de todas estas
cosas y queremos mencionarlas aquí, en cuanto son los
instrumentos del bien espiritual; y para no repetir, diremos
tan sólo que Dios no exige ya de nosotros las obras
pasadas, pues nos quita los medios de realizarlas. Al
presente sólo nos pide la paciencia y la
resignación, hasta desea nuestro abandono completo;
gracias a esta santa indiferencia y a esta amorosa
sumisión, le daremos más gloria y
aprovecharemos más en nuestra penuria que en el
tiempo de la abundancia.
Vamos a proponer, como lo hace San Francisco de Sales, el
ejemplo del Santo Job. Este gran servidor de Dios no se
dejó vencer por ninguna aflicción. En tanto
que duró su primera prosperidad, usó de ella
para derramar el bien a manos llenas, y como él mismo
dice: «Era pie para el cojo, ojo para el ciego,
proveedor del hambriento y refugio de todos los
afligidos.» Contempladle ahora reducido a la más
extrema pobreza, privado por completo de sus hijos y de su
fortuna. No se queja de que Dios le haya herido en sus
más caras afecciones, le haya privado de continuar
tantas buenas obras tan interesantes y tan necesarias a la
vez; se resigna, y se abandona. En este solo acto de
paciencia y de sumisión muestra más virtud,
hácese más agradable a Dios, que por las
innumerables obras de caridad que hacía en el tiempo
de la prosperidad. «Porque es preciso tener un amor
más fuerte y generoso para este solo acto que para
todos los otros juntos.» Nosotros también,
«dejémonos despojar por nuestro Soberano Maestro
de los medios de realizar nuestros deseos por buenos que
sean, cuando a El le agrade privarnos de ellos, sin quejamos
ni lamentarnos jamás como si nos hiciera un gran
agravio». En efecto, la paciencia y el abandono
compensarán abundantemente el bien que ya no podemos
hacer. Esta santa indiferencia por la salud, por los
talentos y la fortuna, esta amorosa unión de nuestra
voluntad a la de Dios, ¿no es la muerte a sí
mismo y la perfección de la vida espiritual?
¿Hay medio más poderoso para atraer la gracia
sobre nosotros, sobre los nuestros y sobre nuestras
obras?
3º.- Algunas observaciones regulares, algunas
prácticas personales pueden llegar a sernos
imposibles, por un tiempo más o menos largo, a causa
de la enfermedad, de la obediencia o de otras causas
semejantes. Además hay prácticas que nos
hubieran sin duda complacido, y otras que nunca hemos podido
abrazar, de donde pueden muy bien originarse, cierto que sin
fundamento, turbaciones y disgustos. Una misma persona no
conseguirá imitar todas las virtudes de que Nuestro
Señor y los santos nos han dado ejemplo; y por eso,
será preciso resignarse al ejercicio de aquellas que
nos corresponden en el orden de la Providencia. Nunca, por
consiguiente, podremos quejamos de la parte que Ella nos
haya asignado, pues es muy dilatado el camino que se nos
presenta. Si con perseverante fidelidad nos aplicamos a
cumplir los deberes que nos incumben cómo cristianos,
los que son propios de nuestra situación y las
obligaciones diarias, no sólo en conjunto, sino hasta
los últimos detalles, tenemos materia más que
suficiente para hacernos grandes santos.
Es cierto que nuestra vocación nos priva de
algunos medios de santificación que Dios propone a
otros; mas, lo que perdemos por una parte, será
fielmente compensado por otra. De esta manera, sí la
pobreza no me permite la limosna corporal, haré la
espiritual, y a falta de dinero, daré mis oraciones y
sacrificios. La vida contemplativa me prohíbe el
apostolado de las obras exteriores; pues yo lo
ejercitaré por los trabajos de la vida interior, y en
lugar de correr por el mundo tras los pecadores, cerca de
Dios será donde trataré su causa. La vida
activa no me deja sino una parte muy exigua de las dulzuras
y santas ocupaciones de la vida contemplativa; me
santificaré, sin embargo, dignificando mis trabajos
por la obediencia y abnegación, por una
intención pura y el pensamiento habitual de Dios. Si
por nuestra parte utilizamos del mejor modo posible los
medios que nos ofrece nuestra vocación,
bastará para conducirnos a la perfección
más encumbrada. ¿No ha habido santos en todas
las Ordenes religiosas y en todas las clases sociales? Es
cierto que algunas situaciones son más favorables en
sí; mas para cada uno de nosotros, sólo es
buena aquella en que Dios nos quiere poner.
¿La enfermedad me impide ayunar, guardar la
abstinencia, tomar parte en el Oficio Divino?, no importa.
Puedo cantar las alabanzas divinas en mi corazón,
imponer una severa abstinencia a mi juicio y a mi voluntad,
hacer ayunar a mis ojos, a mi lengua, a mi corazón, a
todos mis sentidos por una mortificación más
exacta. Lo que hubiera ganado cumpliendo mis deberes en la
salud, lo compensaré cumpliendo fielmente los que me
impone mi enfermedad, como la paciencia, el desprendimiento,
la obediencia y el Santo Abandono.
Una obediencia o cualquiera otra causa semejante que me
priva de ciertas regularidades comunes, de algunas
prácticas privadas, es una pérdida que puedo
siempre reparar, cumpliendo por de pronto con gran
resolución los deberes de mi nueva situación;
después, «aplicándome a redoblar, no mis
deseos ni mis ejercicios, sino la perfección de
hacerlos, esforzándome así para ganar
más con un solo acto (como, sin duda, lo puedo
conseguir), que con cien otros que pudiera realizar por mi
propia elección y gusto».
Después de todo, el único medio para crecer
en virtud, ¿no es dejar nuestra voluntad para seguir la
de Dios? Desde el momento que somos celosos por nuestras
obligaciones de cristianos, por las observancias regulares y
nuestras prácticas privadas, y no abandonamos ni unas
ni otras sino por el divino beneplácito y no por
falta nuestra, ¿por qué inquietamos? Dios es el
que lo hace todo; y para compensar la pérdida hay mil
medios, de los que el principal es precisamente nuestro celo
en renunciar nuestra voluntad para seguir la suya, hasta en
las cosas que nos parecen más justas y más
santas.
4º.- Nuestra vida está consagrada a la
contemplación por los ejercicios de piedad que son
como el alimento de nuestra alma, y he aquí que una
obediencia, un aumento de trabajo, la enfermedad sobre todo,
vienen a romper la cadena de nuestras prácticas
piadosas. Ya no podéis oír Misa ni siquiera el
domingo, y estáis privado del alimento sagrado de la
Comunión, y pronto quizá, vuestro estado de
debilidad os hará incapaz de orar. No os
quejéis; que Nuestro Señor os quiere hacer
participar de su mismo alimento, que quizá no
conocéis. «Mi alimento, os dirá, es hacer
la voluntad de mi Padre a fin de consumar la obra que me ha
confiado». Pues bien, esta obra que pretende consumar
en nosotros y con nosotros, es nuestra perfección; y
para ello es preciso que muramos a nuestra voluntad propia
hasta en lo tocante a la piedad, de modo que sola la
voluntad de Dios reine en nosotros. Preguntándose un
día el P. Baltasar Álvarez, a causa de un
impedimento, si debía celebrar los santos Misterios,
dióle interiormente Dios esta respuesta: «Esta
acción tan santa os puede ser o muy útil o muy
dañosa, según que Yo la apruebe o no la
apruebe.» En otras circunstancias, díjole Dios:
mi gloria no se encuentra ni en esta ni en aquella obra,
sino en el cumplimiento de mi voluntad; ahora bien,
«¿quién puede saber mejor que Yo lo
más conducente para mi gloría?»
Es indudable que debemos tener el mayor celo por nuestros
ejercicios de piedad, especialmente por la Misa y Sagrada
Comunión y jamás abandonarlos ni por el
disgusto, ni por la sequedad, ni por consideración
alguna de este género; pero aun en esto, es necesario
que nuestra piedad se regule según la adorable
voluntad de Dios, de otra suerte llega a ser desordenada.
«Hay almas -dice San Francisco de Sales- que
después de haber cercenado todo el amor que
profesaban a las cosas dañosas, no dejan de conservar
amores peligrosos y superfluos, aficionándose
demasiado a las cosas que Dios quiere que amen.» De
ahí que nuestros ejercicios de piedad (que, sin
embargo, tanto debemos estimar), pueden ser amados
desordenadamente, cuando se les prefiere a la obediencia y
al bien común, o se les estima en calidad de
último fin, ya que no son sino medios para nuestra
filial pretensión, que es el amor divino.
Otro motivo por el que Dios impone privaciones a nuestra
piedad, es el mérito del sufrimiento. Una religiosa
no había podido durante tres días visitar a
Nuestro Señor en el sagrado Tabernáculo,
oír Misa, ni comulgar, y exclamaba: «Dios
mío, estos tres días me los devolveréis
en la eternidad, apareciéndoos ante mi vista
más hermoso, más grande, a fin de
indemnizarme. Para reemplazar al pan eucarístico, me
habéis dado el pan del sufrimiento... Más se
da a Dios en el sufrimiento que en la oración.»
Además es necesaria la Cruz. Cierto día,
decía Nuestro Señor a la misma religiosa:
«Cuando quiero conducir a un alma a la cumbre de la
perfección, le doy la Cruz y la Eucaristía;
ambos se completan. La Cruz hace amar y desear la
Eucaristía, y la Eucaristía hace aceptar la
Cruz al principio, amarla después y, por fin,
desearla. La Cruz purifica el alma, la dispone, la prepara
para el divino banquete; y la Eucaristía la alimenta,
fortifica, la ayuda a llevar su Cruz, la sostiene en el
camino del Calvario. ¡Cuán preciosos dones son
la Cruz y la Eucaristía! Son los dones de los
verdaderos amigos de Dios.»
San Alfonso nos ofrece un ejemplo edificante tanto de
fidelidad generosa a nuestros ejercicios de piedad, como de
resignación no menos perfecta al beneplácito
divino. La enfermedad habíale confinado en su pobre
celda, y sus transportes extáticos ante el
Santísimo Sacramento llegaron a ser tan frecuentes
que llamaban la atención general... Finalmente,
Villani hubo de prohibirle en absoluto que bajase a la
iglesia. Obedeció el Santo; pero, ¡cuánto
le costó no poder ir a orar a los pies de
Jesús, su único amor en este mundo! ... Con
frecuencia, olvidándose de la prohibición, se
arrastraba hasta la escalera atraído por una fuerza
irresistible. Trataba en vano de bajar y se retiraba
deshecho en lágrimas a su celda; o bien se le
representaba la prohibición de Villani, y todo
confuso decía: «Es verdad, Jesús
mío; es mejor alejarse de Vos por obedecer, que
permanecer a vuestros pies desobedeciendo.»
Sufría aún más al no poder celebrar el
Santo Sacrificio, y recordando las alegrías
celestiales que tantas veces había gustado
allí, prorrumpía en sollozos.
Consolábase entonces ofreciendo al Señor este
acto de resignación: «Oh Jesús, Vos no
queréis que celebre la Misa, fiat, que se haga
vuestra adorable voluntad.
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