3.
Ejercicio del Santo Abandono
11. LOS CONSUELOS Y
LAS ARIDECES
Tan pronto prodiga Dios las consolaciones sensibles o las
dulzuras espirituales, como las da con medida, o bien retira
la dulzura, produciendo en el alma un gran vacío. El
sentimiento permanece frío; la imaginación,
veleidosa; la inteligencia, inactiva, y el fastidio y el
disgusto invaden con frecuencia las profundidades de la
voluntad. Hasta los santos han conocido estas dolorosas
variedades, y nuestro Padre San Bernardo expresa su dolor en
estos términos: «¿Cómo es que mi
corazón se ha secado como una tierra sin agua?
Está tan endurecido que me es imposible excitar las
lágrimas de compunción; los salmos me son
insípidos, la lectura ha perdido sus atractivos, la
oración carece de encantos, y en vano busco mis
meditaciones acostumbradas. ¿En dónde
están ahora aquella embriaguez del alma, la serenidad
del corazón, la paz y gozo en el Espíritu
Santo?»
«Experimento tal sequedad, tan gran
desolación de espíritu -añade San
Alfonso- que no encuentro a Dios ni en la oración, ni
en la sagrada Comunión. La Pasión de Nuestro
Señor, la divina Eucaristía, nada me
impresiona; he llegado a ser insensible a la
devoción, y me parece que soy un alma sin amor, sin
esperanza, sin fe, en una palabra, abandonada de Dios.»
Esta pena es terrible cuando se prolonga indefinidamente; se
calma y da lugar a la paz a medida que el alma se desprende
de la satisfacción y se adhiera a sólo el
beneplácito divino.
¿Cómo se han de recibir las consolaciones y
las arideces? Punto es éste en que muchas almas
yerran el camino; y, para no caer en este error, tengamos
los ojos fijos en nuestro fin. Tendemos a la
perfección de la vida espiritual, que se caracteriza
por la perfección de la caridad, y el amor se prueba
por las obras. Es perfecto, cuando adquiere tal fuerza e
imperio que pueda establecernos en un mismo querer y no
querer con Dios; por consiguiente, en una voluntad pronta y
generosa para cumplir todas sus voluntades significadas y
abandonarnos a todas las disposiciones de la Providencia.
Esto denota un amor sincero, activo, enérgico, que se
da a Dios sin reserva y se entrega por completo a la gracia.
He aquí, según San Francisco de Sales y San
Alfonso, «la verdadera devoción, el verdadero
amor de Dios. Es éste el único fin que nos
hemos de proponer en nuestras oraciones, comuniones,
mortificaciones y demás prácticas
piadosas».
Mas, si «la verdadera devoción consiste en
estar firmemente resuelto a no hacer y a no querer sino lo
que Dios quiere», ni las consolaciones son la
devoción, ni las arideces la indevoción; pues
esta voluntad firme y resuelta puede permanecer
profundamente arraigada a pesar de la sequedad, y no pasar
de superficial ni tener consistencia alguna en medio de las
dulzuras: y esto la experiencia nos lo enseña.
No son tampoco las consolaciones y arideces un criterio
seguro, comoquiera que la devoción reside
esencialmente en la voluntad y no en el sentimiento; por sus
obras, pues, y no por las emociones hemos de apreciarla,
así como por sus frutos juzgamos al árbol. Las
emociones son semejantes a la flor, y constituyen un
soberbio atavío de promesas, mas ¡cuántas
esperanzas quedarán frustradas! ¡Cuántas
ilusiones se deslizan en la devoción sensible!
Las consolaciones y las arideces, bien santificadas, son
un camino que conduce al fin; pero, sin embargo, no son el
único, ni el principal. En la voluntad de Dios
significada es donde hemos de encontrar nuestros medios
fundamentales, regulares, de todos los días, como
anteriormente dejamos indicado. Las consolaciones y las
arideces son medios accidentales y variables que Dios nos
proporciona según su beneplácito, y son de
eficacia real, a veces decisiva, sin que por esto hayan de
hacer olvidar los medios esenciales. De todo esto se sigue
que no conviene dar a las consolaciones y arideces exagerada
importancia; el fin y los medios esenciales son los que
deben merecer nuestra principal atención, quedando en
segundo término las consolaciones y las arideces.
Otra consideración que no conviene perder de
vista, es que las consolaciones y las arideces constituyen
poderoso apoyo cuando se las sabe santificar, y peligroso
escollo cuando en ellas se conduce mal el alma, fuera de que
además fácilmente se introduce en ellas el
abuso.
La devoción sensible, y más que todo las
dulzuras espirituales, son gracias preciosísimas que
nos inspiran horror y disgusto por los goces de la tierra,
los cuales constituyen el cebo del vicio; nos comunican
también el deseo y la fuerza de caminar, de correr,
de volar por el sendero de la oración y de la virtud.
La tristeza oprime el corazón, la alegría lo
dilata, y esta dilatación del corazón nos
ayuda poderosamente a mortificar nuestra carne, a reprimir
nuestras pasiones, a negar nuestra voluntad, a soportar las
pruebas, haciendo brotar al mismo tiempo corrientes de
generosidad y sentimientos imperiosos de ascender. En la
abundancia de las divinas dulzuras, las mortificaciones son
más bien consolaciones; el obedecer es un gozo, y
apenas oída la primera campanada está uno ya
levantado. No se deja pasar ninguna práctica de
virtud, y todo se hace en paz y tranquilidad. «Nada da
que sufrir -dice San Alfonso-, antes bien, injurias,
trabajos, reveses, persecuciones, todo se convierte en
motivo de alegría, porque todo llega a ser
ocasión de ofrecer a Dios sacrificios sobre
sacrificios, y de contraer con su Majestad divina una
unión más íntima cada vez.»
Según San Francisco de Sales, las consolaciones
«excitan el gusto del alma, confortan el
espíritu, y añaden a la prontitud de la
devoción un santo gozo y alegría que hermosea
nuestras acciones y las hace agradables aun exteriormente.
Bajo cualquier aspecto que se considere, vale más el
menor consuelo de devoción que las más
excelentes diversiones del mundo». Es esto el sol de la
vida. - Ciertamente la inclinación, la facilidad, la
destreza en el servicio de Dios, son envidiables cuanto
provienen de estar el alma desprendida de todo y ejercitada
ya de largo tiempo en la virtud, pues en esto consiste la
virtud adquirida; no obstante, no hay que desdeñar la
facilidad que añaden los favores celestiales, aunque
provengan de las consolaciones sensibles.
No permita Dios que digamos con Molinos: «Todo lo
que experimentamos de sensible en nuestra vida espiritual es
abominable, horrible, inmundo.» Es una de sus
proposiciones condenadas. «Los hombre espirituales
-dice Suárez- no han de desperdiciar la
devoción que se experimenta en el apetito sensitivo,
por ser propia no de solos principiantes, sino que
además puede originarse de una muy elevada y muy
perfecta contemplación, y aun ayuda y dispone a gozar
de la contemplación de manera más fácil
y constante.» Nuestras facultades sensibles
están muy bien reguladas, y su participación
es utilísima cuando nos lleva a Dios; trabajan
entonces de concierto todas nuestras potencias, superiores e
inferiores, y se prestan mutuo apoyo, y nuestra
oración es más completa puesto que todo en
nosotros ora.
He aquí el lado bueno de las consolaciones; veamos
el reverso de la medalla. Puede acontecer que el alma se
aficione a ellas disfrutándolas con una especie de
gula espiritual, o que de esto tome ocasión para
complacerse en sí misma y despreciar los
demás, sobre todo si tales consolaciones provienen de
la naturaleza o del demonio. Cuando es Dios su autor, nos
llevan indudablemente a la obediencia, a la humildad, al
espíritu de sacrificio, a todas las virtudes. Aun en
este caso, la naturaleza y el demonio tratarán de
mezclar su acción con la de Dios, lo que tampoco es
razón suficiente para rechazar las consolaciones. Con
todo, no olvidemos que el abuso y la ilusión son
siempre posibles.
En cuanto a las arideces, notemos ante todo con San
Alfonso, que pueden ser voluntarias o involuntarias. Son
voluntarias en su causa, cuando se deja disipar el
espíritu, apegarse el corazón y a la voluntad
seguir sus caprichos; y siendo éste el motivo de que
se cometan infinidad de faltas, no ponemos por nuestra parte
empeño en corregimos. No debemos considerar esto como
simple aridez de sentimientos, sino la tibieza misma de la
voluntad. «Es tal este estado, que si el alma no se
hace violencia para salir de él, irá de mal en
peor, y ¡quiera Dios que con el tiempo no caiga en
mayores miserias! Este género de aridez se parece a
la tisis, que no mata de un golpe, pero que conduce
infaliblemente a la muerte.» En cuanto de nosotros
depende hemos de poner remedio a esta sequedad, y si
persiste, aceptarla como misericordioso castigo. «La
aridez involuntaria es la de un alma que se esfuerza en
caminar por los senderos de la perfección, que se
pone en guardia contra los pecados deliberados y practica la
oración», y permanece fiel a todos sus deberes.
De ésta es de la que nos proponemos hablar.
Las arideces espirituales y las desolaciones sensibles
son excelente purgatorio donde el alma cancela sus deudas,
más aún, son el crisol en que se purifica. Es
indudable que en la abundancia de los favores divinos se
desprende de la tierra y se une a Dios; con todo, de mil
maneras y casi inconscientemente búscase a sí
misma: hace depender su paz de lo que hay de más
inestable, como las emociones de la sensibilidad, se adhiere
a las consolaciones, créese rica en virtudes;
hállase, pues, demasiado llena de sí misma
para empaparse de Dios. Su estado es muy del agrado de la
naturaleza que siempre desea ver, conocer y sentir, pero es
mucho menos a propósito para satisfacer las
exigencias del amor santo, que se olvida de sí mismo
para poner su contento en lo que agrada a Dios. El alma
permanecerá siempre débil, sujeta a no pocos
defectos, imperfectamente desligada de los lazos del amor
propio, si Dios por su bondad no se apresurase a someterla a
un tratamiento riguroso y persistente.
El primer mal que hay que curar es la gula, que se lanza
con avidez sobre las consolaciones: sensualidad refinada que
en ellas encuentra su más delicioso alimento. Dios
entonces toma la resolución de poner al enfermo a
dieta, y si es preciso, a un régimen riguroso, de
suerte que la sensualidad se debilite y se extinga por falta
de alimento, y aprenda el alma con el tiempo a pasar sin la
alegría, a buscar puramente a Dios, a hacer al
espíritu menos dependiente de la sensibilidad.
Otro mal aún más sutil y más
peligroso es el orgullo espiritual. Cuando Dios colma a un
alma de sus consolaciones, fácilmente se cree mucho
más adelantada de lo que en realidad está;
invádenla la yana complacencia y la
presunción, desprecia a los demás, y los juzga
con severidad. Entonces Dios la sumerge y la vuelve a
sumergir hasta la saciedad en la aridez, en las tinieblas y
en otras penas semejantes. En opinión de nuestro
Padre San Bernardo, «el orgullo, sea que ya excita, sea
que aún no se haya manifestado, es siempre la causa
de la sustracción de la gracia». Dios se propone
prevenirlo o reprimirlo para curarnos de sus heridas. A
fuerza de sentir su impotencia y su miseria, el alma acaba
por comprender que nada puede sin Dios y vale muy poca cosa
aun después de recibir tantas gracias; se
empequeñecerá ante la Majestad tres veces
santa, y orará con mayor humildad. No tendrá
dificultad en pedir consejo, y llegará a ser sencilla
y dócil, a la vez que el sentimiento de su miseria le
hará compasiva para con los demás.
Prolongándose, esta dura prueba la humillará,
la anonadará a sus propios ojos, de suerte que se
librará de toda yana complacencia y
presunción, desconfiando de sí misma y
confiando en sólo Dios, vacía, por decirlo
así, de orgullo y llena de humildad.
Desembarazada de esta suerte de la soberbia y de la
sensualidad, que son los azotes de la vida espiritual,
ábrese el alma a la gracia y se entrega de lleno a la
benéfica acción de lo alto, dispuesta por
tanto a realizar positivos adelantos en las virtudes
sólidas, puras y perfectas. Y si Dios se digna
otorgarle sus más valiosos dones, ella está
preparada; pues, en opinión de nuestro Padre San
Bernardo, las grandes pruebas son el preludio de grandes
gracias, ya que las unas no vienen sin que las
acompañen las otras.
Mas aun en esto se tropieza con algún
inconveniente. Las arideces espirituales y las desolaciones
sensibles dejan, sin duda, subsistir en el servicio de Dios
esa voluntad generosa, que constituye la esencia de la
devoción y hasta la inclinación, la facilidad,
la destreza que denotan la virtud adquirida. Con todo, por
el hecho mismo de aminorar la abundancia de piadosos
pensamientos y santas afecciones, las arideces hacen
desaparecer el suplemento de la fuerza de alegría que
aportaban las consolaciones, dejando en su lugar las penas y
la dificultad. No son una tentación propiamente
dicha, pues directamente no impelen al mal, mas el diablo
abusa de ellas con intención de sembrar la
cizaña entre el alma y Dios. Ya no envía el
Señor ni luces ni devoción, ¿acaso
estará indiferente, irritado, implacable?, sin
embargo, nosotros obramos lo mejor que podemos. Entonces el
temor y la desconfianza acumulan nubarrones y amenazan hacer
estallar la tempestad. - Tampoco la naturaleza halla
compensación, y, cansada de sufrir largo tiempo y sin
entrever el término, se lanza a buscar en las
criaturas lo que no halla en Dios.
Así, pues, las consolaciones y las arideces
están destinadas por Dios a desempeñar en el
alma una muy benéfica misión. Tienen
también sus escollos, pero la acción de las
unas completa y corrige la acción de las obras; las
consolaciones inflaman el amor propio; si las dulzuras
elevan, la impotencia rebaja; si la desolación
desalienta, la consolación conforta. Dios se ha
reservado el derecho de conceder unas u otras, lo mismo que
el de hacerlas cesar. Hace que alternen, y las combina como
mejor convengan a nuestros intereses, con no menos
sabiduría que firmeza. De ordinario comienza por las
consolaciones a fin de ganar los corazones y sostener la
debilidad. Cuando el alma se ha robustecido y es capaz de
soportar un tratamiento más enérgico, le
envía ante todo el dolor, ¡nos es tan necesario
el morir a nosotros mismos! En sentir de San Alfonso,
«todos los santos han padecido estas sequedades, estos
desamparos espirituales; y lo que es más
todavía, de ordinario han estado en las arideces y no
en las consolaciones sensibles. Estos favores pasajeros no
los concede Dios sino raras veces, y sólo
quizá a las almas demasiado débiles, para
impedir que se detengan en el camino de la virtud; en cuanto
a las delicias que han de constituir el premio de nuestra
fidelidad, es en el Paraíso donde nos aguardan... Si
estáis desolados, consolaos pensando que
tenéis con vos al divino Consolador. ¿Os
lamentáis de una aridez de dos años?; cuarenta
la hubo de sufrir Santa Juana de Chantal, y Santa
María Magdalena de Pazzis tuvo cinco años de
penas y de tentaciones continuas sin el menor alivio».
San Francisco de Asís sufrió durante dos
años tan grandes desamparos, que parecía
abandonado de Dios; pero una vez que hubo sufrido
humildemente esta furiosa tempestad, el Señor le
devolvió en un momento su dichosa tranquilidad. De
donde concluye San Francisco de Sales que «los
más privilegiados servidores de Dios están
sujetos a estas sacudidas, y que los que no lo son tanto, no
han de maravillarse si padecen algunas». No tiene Dios
un modo uniforme para conducir a los santos, pero tomados en
general, parece que al consumarse su santidad es cuando les
somete a las más rudas pruebas; cuanto más los
ama, más los prueba y purifica, ya que para llegar a
imponerles las mayores purificaciones, Dios espera que
lleguen a ser capaces de soportar estos santos rigores.
Resumamos lo que acabamos de decir, y saquemos la
conclusión práctica. El fin que nos hemos de
proponer, es este perfecto amor que nos une estrechamente a
Dios por un mismo querer y no querer. Esta es la
devoción sustancial. Pongamos un santo ardor en
conseguirlo por los medios que de nosotros dependen, y que
la voluntad de Dios significada nos indica. Las
consolaciones, aun las divinas, no constituyen la
devoción, y las arideces involuntarias no son la
indevoción. Las unas y las otras son medios
providenciales; guardémonos de convertirlas en
obstáculos. ¿Qué camino nos será
el más riguroso y provechoso, el de las consolaciones
o el de las arideces? Lo ignoramos; y por otra parte, Dios
se ha reservado la decisión. En todo caso, el partido
más acertado es suprimir las causas voluntarias de la
sequedad, hacernos indiferentes por virtud y abandonarnos a
su Providencia.
Esta doctrina tiene a su favor la multitud de santos que
han hecho de ella la regla de su conducta. Citaremos tan
sólo a nuestros dos doctores favoritos y ante todo a
San Francisco de Sales: «Os acontecerá, dice, no
experimentar consolaciones en vuestros ejercicios,
indudablemente por permisión de Dios, por lo que
conviene permanecer en una total indiferencia entre las
consolaciones y la desolación. Esta renuncia de
sí mismo implica el abandono al divino
beneplácito en todas las tentaciones, arideces,
sequedades, aversiones, repugnancias, en las que se ve el
beneplácito de Dios, cuando no suceden por culpa
nuestra y no hay en ellas pecado.» Repetidas veces nos
aconseja el Santo entregamos plena y perfectamente al
cuidado de la Providencia, como un niño se abandona
en los brazos de su madre, o como el Niño
Jesús en los de su Madre dulcísima; y
añade: «Si os dan consolaciones, recibidlas
agradecidos; si no las tenéis, no las deseéis,
sino tratad de tener preparado vuestro corazón para
recibir las diversas disposiciones de la Providencia y, en
cuanto sea posible, con igualdad de ánimo... Es
necesario una firme determinación de no abandonar
jamás la oración cualquiera que sea la
dificultad que en ella podamos encontrar y de no ir a este
ejercicio preocupados con el deseo de ser allí
consolados y satisfechos, pues esto no sería tener
nuestra voluntad unida a la de Nuestro Señor que
desea que, al ponernos en la oración, estemos
resueltos a sufrir la molestia de continuas distracciones,
sequedades, disgustos, permaneciendo tan contentos como si
hubiéramos tenido abundantes consolaciones y no menos
tranquilidad. Con tal que ajustemos siempre nuestra voluntad
a la de su divina Majestad, permaneciendo en sencilla
expectación y preparados a recibir las disposiciones
de su beneplácito con amor, sea en la oración,
sea en los demás acontecimientos. El hará que
todas las cosas nos sean provechosas y agradables a sus
ojos.»
En este sentido decía el Santo Doctor: «Yo
deseo pocas cosas, y lo que deseo las deseo muy poco; apenas
tengo deseos, pero si volviera a nacer, no tendría
ninguno. Si Dios viniera a mí -por las
consolaciones-, iría también a El; pero si no
quisiera llegarse a mí, me mantendría alejado
y no iría a El.» Y de hecho, «ejercitaba
esta perfecta indiferencia en las sequedades y en las
consolaciones, en las dulzuras y en las arideces, en las
acciones y en los padecimientos». He aquí el
testimonio de Santa Juana de Chantal: «El decía
que la verdadera manera de servir a Dios era seguirle sin
arrimos de consolación, de sentimiento, de luz, sino
sólo con el de la fe desnuda y sencilla; por esto
amaba tanto los olvidos, los abandonos y las desolaciones
interiores. Díjome en cierta ocasión que no se
preocupaba de si estaba en consolación o en
desolación: cuando Nuestro Señor le
concedía mercedes, recibíalas con toda
sencillez, y si no se las concedía, no pensaba en
ellas. Es cierto, sin embargo, que, de ordinario, disfrutaba
de grandes dulzuras interiores, como lo daba a entender su
semblante.»
El ideal de nuestro Santo en la materia que nos ocupa
era, pues, el de permanecer como una estatua que no quiere
ni avanzar hacia las consolaciones, ni alejarse de las
sequedades, sino que permanece inmóvil en tranquila
espera, dispuesta a dejarse mover a gusto de su Maestro. A
la verdad, no exigía de Santa Juana de Chantal
«que no amara ni deseara las consolaciones, sino que no
aficionara a ellas su corazón. Un simple deseo no es
contrario a la resignación, sino que es una
palpitación del corazón, un batir de alas, una
agitación de la voluntad». Ella puede
«quejarse a Dios amorosamente y con calma, y Nuestro
Señor por su parte se complace en que le contemos los
males que nos envía, como hacen los niños
pequeños cuando su madre los ha azotado». Mas
debe conservar esa libertad de espíritu, que no se
adhiere ni a los consuelos ni aun a los ejercicios
espirituales, y que recibe las aflicciones con toda la calma
que permite la debilidad de la carne. De esta manera,
«llegado el momento en que habrá de apurar el
cáliz y dar, por decirlo así, el golpe
decisivo del consentimiento, el alma conservará el
equilibrio necesario para decir a Dios: no mí
voluntad, sino la vuestra».
Aún va algo más lejos el piadoso Doctor.
«Deseáis, sí, tener una cruz, mas
queréis elegirla; y eso no puede ser. Yo deseo que
vuestra cruz y la mía sean en todo cruces de
Jesucristo. Que nos envíe tantas sequedades como le
plazca, con tal que le amemos. Jamás se le sirve
bien, sino cuando se le sirve como El quiere; y quiere que
le sirváis sin gusto, sin deleite, con repugnancias y
convulsiones de espíritu. A vos no os satisface este
servicio, pero a El sí; no es de vuestro agrado, pero
lo es del suyo. Imaginad que jamás os veréis
libres de vuestras congojas; entonces diríais a Dios:
soy vuestro, y si mis miserias os agradan, acrecentad su
número y duración. Confío en Nuestro
Señor que diríais esto y no pensaríais
más en ellas, por lo menos no os agitaríais.
Pues haced ahora lo propio. Familiarizaos con vuestro
trabajo como si siempre hubierais de permanecer juntos, y ya
veréis cómo no pensando en vuestra libertad,
Dios pensará en ella; y cuando vos ya no os
inquietéis, acudirá entonces con
presteza.»
En una palabra, el piadoso Doctor se inclina con
preferencia al sufrimiento, y en algunos lugares parece que
hasta lo pide, no sólo para su santa hija, sino
también para él; mas, en general, predica a
todos una extrema indiferencia en las variedades
espirituales. Hubiera querido, por lo que a él se
refería, no tener deseo alguno para uniformarse
más y más con la adorable voluntad de Dios,
que era su regla predilecta. Tenía sin duda, como
él mismo dice, deseos ardientes de la
salvación de las almas y de su propio progreso en la
virtud, por ser ésta la voluntad de Dios significada,
y aunque estas cosas las amaba, conformábase, sin
embargo, plenamente con la voluntad de Dios, pero sin
alterar el orden ni medida divinos.
Idéntica nota ofrece la doctrina de San Alfonso.
Hela aquí en resumen:
1º.- Cuando Dios nos consuela con visitas llenas de
amor y nos hace sentir la presencia de su gracia, no
conviene rechazar estos favores, como algunos falsos
místicos lo han pretendido, pues son más
preciosos que las riquezas y los honores del mundo. Es
preciso recibirlos con fervientes acciones de gracias, sin
que nos pongamos a saborear su dulzura con una especie de
gula espiritual, ni creer que Dios nos favorece porque es
nuestra conducta mejor que la de los otros. Este orgullo y
esta sensualidad desagradarían a Dios, y le
obligarían a apartarse de nosotros y a dejarnos en
nuestra miseria. Humillémonos poniendo ante nuestra
vista los pecados de la vida pasada. Consideremos que estos
favores son puro efecto de la bondad de Dios, que los
concede para disponemos a realizar los sacrificios que El
exige, y quizá para sobrellevar con paciencia las
pruebas que nos va a enviar. En la consolación
preparémonos para la desolación:
«Ofrezcámonos, pues, entonces, a soportar
todas las penas interiores y exteriores que nos aguardan,
enfermedades, persecuciones, desolaciones espirituales,
diciendo: «Heme aquí, Señor, haced de
mí y de cuanto me pertenece lo que os plazca: dadme
la gracia de amar y de cumplir perfectamente vuestra
santísima voluntad, no os pido otra cosa.»
2º.- En la desolación espiritual es preciso
resignarse. «No pretendo yo que dejemos de experimentar
alguna pena al vernos privados de la presencia sensible de
nuestro Dios, pues es imposible no quejarse ni resentirse de
pena tan amarga, cuando el mismo Salvador se lamentó
en la cruz.» Mas es necesario imitar su amorosa
resignación y la de los santos. «Estos, por lo
regular, han vivido en las arideces y no en las
consolaciones sensibles; lo que toda su vida han procurado,
no ha sido el fervor sensible en el gozo, sino el fervor
espiritual en las penas.» ¿Os encontráis en
la aridez?, sed constantes y no descuidéis de
ningún modo vuestros ejercicios ordinarios,
especialmente la oración mental. No imitéis a
las almas poco sobrenaturales que, renunciando a su piadosa
empresa, mitigan sus austeridades, cesan de refrenar sus
sentidos y pierden los frutos de sus anteriores trabajos.
¿Os parece que las arideces son el castigo de vuestras
faltas?, aceptad humildemente este castigo misericordioso y
nada omitáis de lo que pueda hacer desaparecer las
causas de este triste estado, como son, por ejemplo, una
afición natural, vuestro escaso recogimiento, vuestro
prurito de verlo todo. Reconoced que habéis merecido
no gustar ya alegría alguna. Practicad sobre todo la
resignación y confiad más que nunca en la
voluntad de Dios, pues entonces, mejor que en cualquier
circunstancia, trátase de haceros amable a vuestro
divino Esposo. Animo, pues, para continuar
buscándole. Quizá no se os presente con sus
dulzuras: ¿qué importa, con tal de que os
conceda la fuerza de amarle aun en este caso, y de hacer
todo lo que El quiere? «Un amor fuerte agrada a Dios
más que un amor tierno.» Sometámonos con
humildad a la voluntad divina «y la desolación
nos será más ventajosa que la
consolación». He aquí la magnífica
oración que el Santo nos enseña:
«¡Jesús mío, mi esperanza, mi
amor, el único amor de mi alma! No merezco que me
deis consolaciones y dulzuras; reservadlas para las almas
inocentes que os han amado siempre. En cuanto a mí
que siempre os he ofendido, me reconozco indigno de ellas,
no os las pido. Ved lo que únicamente deseo: haced
que os ame, haced que cumpla vuestra voluntad en todo el
curso de mi vida, y después disponed de mí
como os plazca. ¡Desdichado de mí! Otras
tinieblas, otros temores, otros olvidos hubiera de padecer
para expiar las ofensas que os he inferido; he merecido el
infierno, en donde, separado de Vos y rechazado para
siempre, debiera llorar eternamente sin poder amaros. ¡
Oh, Jesús mío! Alejad de mí esta pena,
a todo lo demás me someto... Dadme la fuerza de
vencer las tentaciones, de vencerme a mí mismo.
Quiero ser todo vuestro: os doy mi cuerpo, mi alma, mi
voluntad, mi libertad, que ya no quiero vivir para
mí, sino para Vos sólo. Afligidme como os
plazca, privadme de todo, con tal que me otorguéis
vuestra gracia y vuestro amor.»
Pero, ¿no os será permitido al menos desear y
hasta pedir con instancia las consolaciones divinas, o el
fin de las desolaciones?
Lo podemos, a causa del fuerte apoyo que nos procuran los
favores divinos y a causa de la postración que las
continuas desolaciones pudieran dejarnos. El Espíritu
Santo en los Salmos, la Iglesia en su Liturgia ponen en
nuestros labios oraciones de este género, cuya
legitimidad ningún autor católico ha puesto en
tela de juicio. Todos, empero, nos encomiendan hacerlo tan
sólo con intención pura, con corazón
desprendido y voluntad sumisa. Mas, si están de
acuerdo sobre el principio, no así en cuanto a la
práctica. Álvarez Paz, Luis de Granada y
otros, aconsejan con interés hacer esta
petición. En cambio, San Francisco de Sales, aunque
permite a su Filotea «invocar a Dios para que haga
cesar el cierzo infructuoso que seca nuestra alma, y que nos
devuelva el viento benéfico de las
consolaciones», nos invita por otra parte a «una
extrema indiferencia con respecto a las consolaciones o
desolaciones». San Alfonso se expresa en
idénticos términos: «¿Queremos decir
con esto que os hará Dios sentir de nuevo la dulzura
de su presencia? Guardaos de pedirla, y pedid más
bien la fuerza necesaria para manteneros fiel.» En esta
divergencia de opiniones, cada cual es libre de seguir lo
que le plazca.
No estamos obligados a pedir las consolaciones o la
cesación de las desolaciones. Sentimos vernos
precisados a contradecir a algunos que al pronunciarse en
esta cuestión por la afirmativa, condenan a San
Francisco de Sales y a San Alfonso, estos dos grandes
Doctores de la piedad que no han conocido este precepto, y
que han enseñado y practicado todo lo contrario;
condenan asimismo a esa multitud de santos que han basado su
conducta en una absoluta indiferencia en esta materia.
¿Cuál sería, pues, el origen de esta
obligación? Las consolaciones, ya lo hemos dicho, no
son ni la esencia de la devoción, ni el único
medio de llegar a ella, ni siquiera un medio necesario. Las
desolaciones no constituyen la indevoción, y lejos de
ser un obstáculo insuperable, constituyen un remedio
del que tenemos sobrada necesidad. Parecen olvidar estos
autores que, si es preciso alimentar el amor divino,
también es necesario que el amor propio sea
mortificado.
Se objeta que las desolaciones son una dolencia cuya
curación no se conseguirá sino a fuerza de
pedirla. En nuestra opinión, el verdadero mal, el
fondo mismo de todos los males es el orgullo y la
sensualidad, y las desolaciones constituyen su
misericordioso castigo, el remedio providencial.
Aquí, como en tantas ocasiones, Dios cura un mal de
culpa con un mal de pena. ¿Por qué
habríamos de estar obligados a estrecharle, a
importunarle para que cambie de tratamiento? Más
valdría orar por que El torne más sumisa
nuestra voluntad y el remedio produzca su efecto.
Se objeta también que se falta a la confianza no
haciendo esta petición; y es todo lo contrario. Con
seguridad que, si se piensa tener necesidad de consolaciones
y se las solicita con la simplicidad de un niño, esta
confianza honra a Dios, con tal de que vaya unida a la
sumisión. Pero es mucho más necesario para
ponerse enteramente en manos de Dios, conservarse en una
expectación tranquila y resignarse de antemano a todo
lo que le plazca. Es al mismo tiempo una prudencia superior,
una generosidad más perfecta, todo lo cual
necesariamente ha de conmover profundamente el
corazón de nuestro Padre Celestial.
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