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Un gracias constante

Cruz

Existe el dicho de que es de bien nacidos ser agradecidos y eso lo llevó casi al extremo Teresa. Por muchos es conocido que siendo todavía una niña sufrió una grave enfermedad, más psíquica que física, aunque también tuvo su manifestación somática.

Ella lo achacaba al demonio; a la envidia y el sufrimiento que éste podría sentir por la cantidad de florecillas que salían de la casa de los Martin al convento carmelita; pues todas las hermanas se consagraron a la vida religiosa. Aunque suene un poco raro, me encanta releer cómo cuenta Teresita esta experiencia tan dura en su vida. Cómo la preocupación de los que la rodeaban no ayudaba a su recuperación, pero ella siempre estaba agradecida de cada mínimo detalle que intentaba aliviar su sufrimiento.

Pienso que cuando en la vida nos viene el sufrimiento o la enfermedad, -que por otra parte es prácticamente inevitable-, nos encontramos muchas cosas buenas colaterales a las malas. El cariño de los que tenemos al lado, la preocupación y afecto de los que intentan que nos encontremos mejor e incluso la paciencia y humildad que podemos desarrollar en esas circunstancias. Y cómo no, la fe. Teresa tenía fe en Jesús y sabía que junto a Él la dificultad sería más llevadera. No porque doliera menos o se sufriera menos, sino porque se aguantaba con compañía; una compañía pacificadora.

Me maravilla cómo narra su curación. Fue una sonrisa de la Virgen María, en una pequeña escultura que tenía cerca de su cama, la que le anunció que hasta allí había llegado su sufrimiento (de aquél entonces; luego vendría más). Satanás se había rendido ante una niña. Puede parecer un poco ñoño lo que estoy contando, que se trataba de cosas de una niña caprichosa con el cariño de sus hermanas y de su padre, e incluso de una niña cabezona queriendo llamar la atención. Pero no es así. La historia de su vida demuestra que Teresa de Lisieux fue una heroína que luchó con todas las estrategias típicas de una batalla contra algo superior y perverso. Quizá ella contaba con una de las armas más letales: Jesús. Estaba convencida de que Él no la iba a abandonar, que le tocaba sufrir “simplemente”, porque otro se había encaprichado con ella. Durante todo el proceso fue ejemplo de gratitud. No se olvidó de dar las gracias por todo lo bueno que le ayudaba a luchar.

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