EscritosHermano Rafael

Dios y mi alma (III)

4 de marzo de 1938 – viernes

4 de marzo de 1938.

Bendita sea la siempre la adorable y tranquila Santísima Trinidad.

Cojo hoy en nombre de Dios la pluma, para que mis palabras al estamparse en el blanco papel sirvan de perpetua alabanza al Dios bendito, autor de mi vida, de mi alma y de mi corazón.

Quisiera que el universo entero, con todos los planetas, los astros todos y los innumerables sistemas siderales, fueran una inmensa superficie tersa donde poder escribir el nombre de Dios.

Quisiera que mi voz fuera más potente que mil truenos, y más fuerte que el ímpetu del mar, y más terrible que el fragor de los volcanes, para sólo decir, Dios.

Quisiera que mi corazón fuera tan grande como el cielo, puro como el de los ángeles, sencillo como la paloma, para en él tener a Dios.

Mas ya que toda esa grandeza soñada no se puede ver realizada, conténtate, hermano Rafael, con lo poco, y tú que no eres nada, la misma nada te debe bastar.

¡Qué hipocresía decir que nada tiene…, el que tiene a Dios! ¡Sí!, ¿por qué callarlo?… ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué no gritar al mundo entero, y publicar a los cuatro vientos, las maravillas de Dios?

¿Por qué no decir a las gentes, y a todo el que quiera oírlo?… ¿Ves lo que soy?… ¿Veis lo que fui? ¿Veis mi miseria arrastrada por el fango?… Pues no importa, maravillaos, a pesar de todo, yo tengo a Dios…, Dios es mi amigo…, que se hunda el sol, y se seque el mar de asombro…, Dios a mí me quiere tan entrañablemente, que si el mundo entero lo comprendiera, se volverían locas todas las criaturas y rugirían de estupor.

Más aún… todo eso es poco.

Dios me quiere tanto que los mismos ángeles no lo comprenden.

¡Qué grande es la misericordia de Dios! ¡Quererme a mí…, ser mi amigo…, mi hermano…, mi padre, mi maestro…, ser Dios y ser yo lo que soy!

¡Ah!, Jesús mío, no tengo papel ni pluma. ¡Qué diré!… ¿Cómo no enloquecer?… ¿Cómo es posible vivir, comer, dormir, hablar y tratar con todos? ¿Cómo es posible que aún tenga serenidad para pensar en algo que el mundo llama razonable, yo que pierdo la razón pensando en Ti?

¡Cómo es posible, Señor!… Ya lo sé, Tú me lo has explicado…, es por el milagro de la gracia.

Si el mundo que busca a Dios…, supiera. Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones… Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios…, cuántas guerras se impedirían…, cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y… asombraos. Dios está en el corazón del hombre… yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es El. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta…, mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma…, y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe… Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir…

Que vengan los sabios preguntando dónde está Dios. Dios está donde el sabio con la ciencia soberbia no puede llegar… Dios está en el corazón desprendido…, en el silencio de la oración, en el sacrificio voluntario al dolor, en el vacío del mundo y sus criaturas…

Dios está en la Cruz, y mientras no amemos la Cruz, no le veremos, no le sentiremos…

Callen los hombres, que no hacen más que meter ruido.

¡Ah!, Señor, qué feliz soy en mi retiro… Cuánto te amo en mi soledad… Cuánto quisiera ofrecerte que no tengo, pues ya te lo he dado todo… Pídeme, Señor…, mas ¿qué he de darte?

¿Mi cuerpo?, ya lo tienes; es tuyo. ¿Mi alma?… Señor, ¿en quién suspira sino en Ti, para que de una vez la acabes de tomar? ¿Mí corazón? está a los pies de María, llorando de amor…, sin ya nada querer, más que a Ti.

¿Mi voluntad? ¿acaso, Señor, deseo lo que Tú no deseas? Dímelo… dime, Señor, cuál es tu voluntad, y pondré la mía a tu lado… Amo todo lo que Tú me envíes y me mandes, tanto salud como enfermedad, tanto estar aquí como allí, tanto ser una cosa como otra.

¿Mi vida? tómala, Señor Dios mío, cuando Tú quieras.

¡Cómo no ser feliz así!

Si el mundo y los hombres supieran. Pero no sabrán; están muy ocupados en sus intereses; tienen el corazón muy lleno de cosas que no son Dios. Vive el mundo muy para un fin terreno; sueñan los hombres con esta vida, en que todo es vanidad, y así…, no se puede encontrar la verdadera felicidad que es el amor a Dios. Quizás se llegue a comprender, pero para sentirla hay que vivirla, y muy pocos se renuncian a si mismos y toman su cruz…, aun entre los religiosos…

Señor…, qué cosas permites…, tu sabiduría sabrá; tenme a mi de la mano y no permitas que mi pie resbale, pues si Tú no lo haces…, ¿quién me ayudará? ¿Y si Tú no edificas?.

¡Ah!, Señor, cuánto te quiero. ¡Hasta cuándo, Señor!

Virgen María, dile a Jesús que quisiera volverme loco y hacer locuras por su amor; dile que… me perdone… El lo hará, bendita Madre, si tú se lo dices. Así sea.

 

7 de marzo de 1938 – lunes

7 de marzo de 1938.

Con qué facilidad juzga el mundo, y con cuánta facilidad también se equívoca. Para mi familia es la cosa más natural que yo esté en la Trapa.

Mis hermanos, llevados del cariño, desean mi felicidad. Han visto, mientras he estado en el mundo, mis deseos de vivir y morir trapense… Ahora que ya vivo en el monasterio, dicen…, que Dios te ayude, por fin vives en tu centro, ojalá no tengas que volver a salir…, eres feliz en el convento, el mundo no es para ti.

Estas y otras razones se hace mi familia.

Es natural…, ignoran mi vocación.

Si el mundo supiera el martirio continuo que es mi vida… Si mi familia supiera que mi centro no es la Trapa, ni el mundo, ni ninguna criatura, sino que es Dios, y Dios crucificado…

Mi vocación es sufrir, sufrir en silencio por el mundo entero; inmolarme junto a Jesús por los pecados de mis hermanos, los sacerdotes, los misioneros, por las necesidades de la Iglesia, por los pecados del mundo, las necesidades de mi familia, a la que quiero ver, no en la abundancia de la tierra, sino muy cerca de Dios.

¡Ah!, si el mundo supiera lo que es mi vocación en la Trapa… Si supieran ver la cruz detrás de una pacífica sonrisa; si supieran ver las enormes luchas detrás de la paz conventual… Pero no, eso no deben verlo… Sólo Dios. Bien está así.

Esto no son quejas, ni amargura…, todo lo contrario. Mis ansias de cruz no disminuyen. Mi mayor alegría es vivir ignorado. Mi vocación la comprendo y en ella a Dios bendigo cuando de todo corazón la abrazo… Qué dulce es sufrir por Jesús y sólo por Él y sus intereses.

La Trapa mi centro, dice el mundo…, qué paradoja. Mi centro es Jesús, es su Cruz… La Trapa no me importa nada…, y si Dios me manifestara otro sitio donde sufriera más, y El me lo pidiese, allí me iría con los ojos cerrados.

Yo no me entiendo a veces. Soy absolutamente feliz en la Trapa, porque en ella soy absolutamente desgraciado.

No cambiaría mis penas, por todo el oro del mundo, y al mismo tiempo, lloro mis tribulaciones y desconsuelos, como si con ellos no pudiera vivir.

Deseo con ansia la muerte por dejar de sufrir, y a veces no quisiera dejar de sufrir ni aun después de muerto.

Estoy loco, chiflado, no sé lo que me pasa. En algunos momentos sólo en la oración a los pies de la Cruz de Jesús, y al lado de María, tengo sosiego.

Que Él me ayude. Así sea (1).

 

8 de marzo de 1938 – martes

Día 8 de marzo de 1938.

Dios y su voluntad es lo único que ocupa mi vida. Lo que antes era deseo vehemente, por su infinita misericordia se va templando. Qué inmensa es la gracia de Dios cuando va llenando poco a poco un alma. Cómo se va precisando más y más la vanidad de todo lo humano, y cómo en cambio, se llega uno a convencer prácticamente de que sólo en Dios es donde se halla la verdadera sabiduría, la verdadera paz, la verdadera vida, lo único necesario y el único amor y deseo del alma.

El otro día estuve con el reverendo Padre Abad. Fui a pedirle me concediera alguna penitencia en este santo tiempo de Cuaresma, cosa que me negó, y en cambio me dijo que el día de Pascua me daría la cogulla monacal y el escapulario negro (2). ¡Qué alegría tuve, buen Jesús! Hubiera abrazado al R.P.A…, demasiado bueno es conmigo.

Cuánta ilusión tenía ya hace algún tiempo por poder vestir la cogulla… Qué alegría tan grande me dio el pensar en que dentro de un breve plazo no me distinguiría en nada de un verdadero religioso (únicamente la corona que no podré usar).

Mas después que fui a darle gracias al Señor por este beneficio, vi claramente que en mí eso es vanidad. Vi que es un honor que me hace la comunidad (3), y eso me lastima más que otra cosa. ¡Ah!, si me hubiera dado el hábito de converso como le manifesté…, otra cosa hubiera sido; pero lo mismo me da.

De pardo (4) o de blanco, con cogulla o sin ella soy el mismo delante de Dios. Todo lo externo me es indiferente… Sólo quiero amar a Dios, y eso lo hago por dentro y sin que se enteren los hombres.

Lo mismo me da, Señor, el honor que el desprecio. La alegría yana y un poco infantil de vestir la cogulla ya se ha serenado… No quisiera, Señor, que nada del mundo me turbara, ni nada de las criaturas me quitara la paz y el sosiego de amar sólo tu voluntad.

Y así veo, Señor, que todo es vanidad. Que Tú no estás en el hábito ni en la corona. ¿Entonces? Tú, Señor, sólo estás en el corazón desprendido de todo.

Tú, buen Jesús, divino amado mío, tienes tus delicias… ¡Ah!, Señor, qué voy a decir, en el corazón del hombre… Yo te brindo el mío.

Déjame hacer en el tuyo mi celda. Déjame hacer junto a él mi lecho. Déjame vivir solo y desnudo de todo junto a tu Corazón Divino, y ríame de los hábitos, de las coronas, y… de las barbas de todos los conversos del mundo. Seré siempre el mismo para Ti, ¿verdad Jesús?.

¡Qué necio y pueril es el mundo! ¡Cómo nos alegra un trapo y nos entristece una nube! ¡Con qué facilidad nos consideramos felices con una niñería, y con otra niñería nos abatimos y desalentamos!

¡Qué poco somos…, como vivimos a lo exterior, sin pensar que todo es nada, menos amar y servirte a Ti, Jesús mío!

Quiero, Señor, pasar esta Cuaresma, muriendo poco a poco, lo mucho que aún me falta, para vivir sólo para Ti; para que algún día me dejes, Señor, penetrar por la haga de tu costado, y hacer una celdica junto a tu Divino Corazón… ¿Me lo permitirás? A la Santísima Virgen María se lo pido con fervor. Así sea.

(Aunque la nona se vista de seda…, mona se queda).

Un día que me parecía muy grande la pequeña cruz que Jesús me enviaba… Un día que al pensar en lo que aún me queda de vida…, de vida trapense, aquí encerrado para siempre, me parecía muy larga…, un día en que sufría pareciéndome penoso y largo mi camino, leí unas palabras que decían…

NADA DE LO QUE TIENE FIN ES GRANDE

 

9 de marzo de 1938 – miércoles

Mi amadísimo Jesús: Comprendo que la humildad y paciencia, son las cosas que hoy más necesito.

Después de llevar una hora y pico en la clase de latín con los oblatos (5), salgo con el espíritu cansado y con los nervios en tensión. Cuántas veces, Señor, me agarro al crucifijo y hago un acto de sumisión a tu voluntad… Pero, Señor, los nervios no puedo dominarlos. ¡Si tuviera verdadera y perfecta paciencia!

Virgen Santísima María, a ti te ofrezco ese pequeño sufrimiento en reparación de tantas veces como te he ofendido en las clases y en las aulas de la universidad.

Te ofrezco, Señora, el esfuerzo de atención en reparación de tanto tiempo perdido en mis días de estudiante. Te ofrezco, Virgen María, la obediencia humilde en la clase, en reparación de tantas faltas de soberbia como tuve en el mundo.

Por último, Señora, te ofrezco para que tú se la presentes a Jesús, toda mi voluntad y sumisión, a los divinos deseos de tu Hijo.

Recíbelo todo, Madre mía, a pesar de ir a tus manos, no con toda la pureza que yo quisiera, pero mira Señora, no la ofrenda en si, que nada vale, sino mi intención que bien quisiera fuera de tu agrado. Así sea.

9-marzo de 1938

 

13 de marzo de 1938 – domingo

l3 de marzo de l938.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Señor! ¿cómo es posible vivir, esperando lo que espero? ¿Cómo me es posible pensar en tanta cosa criada, como me rodea, teniéndote a Ti? Me maravillo de que tu gracia no me mate. ¡Es tanta y tan abundante!

Sueño con tu gloria; vivo algunas veces atontado y sin saber lo que quiero…, de tanto que quiero.

¡Cómo me cansan las criaturas, Señor y Dios mío! ¡Qué sinsabor tan grande me causa el tratar cosas del mundo, el hablar de negocios temporales, el escuchar noticias!… ¡Ah!, Señor, nada quisiera saber, ni escuchar… Sólo Tú, Señor, sólo Tú.

Nada me llena… Nada desea mi alma…, ni aun gozar ni padecer… Sólo desea amar con locura. Sólo se llena del pensamiento de Ti… ¡Qué ansias tan grandes, Señor…, qué duro es vivir!

Antes todo me llevaba a Ti… Todo me hablaba de tu inmensa bondad, de tu grandeza; ahora también te alabo en las criaturas, Señor…, pero el sol me parece pequeño…, el cielo azul es hermoso, pero no eres Tú, la belleza del mundo…, es tan poquita cosa.

¡Cómo cambias mi alma!… Qué maravilloso milagro. Nada me dicen las criaturas…, todo es ruido… Sólo en el silencio de todo y de todos, hallo la paz de tu amor… Sólo en el humilde sacrificio de mi soledad, hallo lo que busco…, tu Cruz…, y en la Cruz estás Tú, y estás Tú solo, sin luz y sin flores, sin nubes, sin sol… Las criaturas te abandonaron, el cielo se oscureció… Sólo quedó en el silencio del Gólgota, un Dios clavado en la Cruz.

Señor Jesús…, mírame a tus plantas adorando tu agonía, besando tus llagas, limpiando con mi dolor tu divina sangre…

Cómo quisiera, Señor, morir a tus plantas de amor…, olvidado de todos, sin ruido, en silencio, sin pensar en los hombres que son criaturas, sin soñar con el mundo, que te abandonó, sin mirar a los cielos, ni a las flores, ni a las aves, ni al sol.

Señor, quisiera morir de amores a los pies de tu Cruz; ¿qué divino milagro hiciste con mi alma? ¿Dónde están mis penas?… ¿Dónde mis alegrías? ¿Dónde mis ilusiones?… Todo voló.

Mis penas eran egoísmos… Mis alegrías, vanidades… Mis ilusiones, Tú las desvaneciste al soplo de tu amor. Me enseñaste a los hombres y me dijiste: ¿Qué te pueden dar que no te dé yo?… Y vi miserias, que me hicieron llorar… Busqué consuelo, y no lo encontré. Busqué caridad y…, Señor, ¿qué diré?, sólo en Ti la encontré.

Ya nada me importa…, sólo me hace sufrir la espera…, el temor de perderte…, el tener que vivir.

Ya no me importa vivir encerrado entre muros, sin ver las puestas del sol, sin tomar las brisas del mar, sin correr por el mundo en alas de la libertad. Todo eso es pequeño, no es nada, prefiero a Jesús en la soledad.

Ya no me importan las criaturas, ni me hacen daño las flaquezas de los hombres… Son hombres, y nada más; sólo en Dios hallo refugio; sólo en Él he de buscar caridad.

Ya no me importa mi vida, ni mi salud, ni la enfermedad… Sólo encuentro consuelo en hacer su voluntad…, y eso me llena de tal alegría que, a veces, tengo el corazón tan lleno, que parece va a estallar…

Qué bueno es Dios, qué grande es su misericordia…, qué maravilloso es el amor que Jesús me tiene… ¿Hasta dónde va a llegar?

No sé, Señor…, me anonado, me atonto, me abismo en mi pequeñez, y suspiro por un poquito de amor para poder ofrecértelo,. Nada soy, nada valgo, sólo tengo miserias y pecados… y a pesar de todo… Tú, Señor, me cuidas y me consuelas… me apartas de las criaturas y me llenas de tu amor… ¿qué diré?

Yo bien quisiera callar…, pero el escribir este inmenso milagro que estás haciendo con mi alma, aunque quizás nadie lo lea…, me parece que con ello te doy un poquito de gloria, pues mi escritura muchas veces es oración.

Señor Jesús, qué bueno eres.

Una de tus grandezas es la transformación que haces en mi alma con respecto al amor al prójimo. Me explicaré.

Cuando antes buscaba un religioso y me encontraba en su lugar, un hombre corriente…, ¡cuánto sufría, buen Dios!

Cuando un hermano, sin él saberlo, me humillaba (¡a mi…, qué paradoja!), también sufría…

Cuando no encontraba mi alma lo que buscaba… aunque no fuera más que educación…, muchos ratos he pasado a los pies de la Cruz… Señor, Tú ya sabes.

Perdí la ilusión…, y en mis ratos de desconsuelo pensaba… más vale así…, he de separar mi corazón de los hombres y entregárselo sólo a Dios… Pasaba días en que no quería hacer ni señas… En medio de todo eso (ahora lo he visto claro), había bastante soberbia, mucha vanidad, y un inmenso amor propio… Dulce y manso Jesús…, perdóname, no sabía lo que hacía… Solo y sin guía…, si Tú no me ayudas, mil y mil veces me desviaré del verdadero camino, de la caridad de Cristo.

Ahora me pasa una cosa muy rara. Algunos días, cuando salgo de la oración, aunque en ésta me parece no hacer nada, siento unos deseos muy grandes de amar a todos los miembros de la comunidad con unas ansias muy grandes…, como Jesús los ama.

Siento algunos días después recibir al Señor en la comunión, y ver lo que Él me ama siendo lo que soy, que de buena gana, besaría el suelo que los religiosos pisan, y siento unos deseos muy grandes de humillarme ante aquéllos que antes creía yo me habían humillado.

Son religiosos al servicio de Dios… Jesús los quiere… Yo soy el último, el más mundano y con más lastre de pecados… ¡Ah, si el mundo supiera lo que yo he sido!

¡Ah!, Señor, en esos momentos quisiera ser pisoteado por todos; siento un gran amor y caridad por todos; no me importaría que el último me mandase las cosas más humillantes…, no veo flaquezas ni miserias en nadie… sólo veo mi ruindad amada por Dios…, y ante eso ¿qué no quisiera yo hacer para imitarle?… ¡Pues amar entrañablemente al prójimo!

¡Qué grande es tu misericordia, Señor! ¿Qué mérito tenemos al amar a los buenos y a los santos? ¿Acaso Jesús no está clavado en la Cruz por los pecadores?

Buen Jesús, llena mi alma de caridad… Es el único alimento que en esta vida me puede de veras nutrir…

No sé si me explico…, pero lo que me pasa yo me lo entiendo muy bien.

¡Ah!, Señor, y qué gran paz se siente en esos momentos… Así como antes me turbaba una falta o una flaqueza de un hermano y sentía casi repulsión…, ahora siento una ternura muy grande hacia él…, y quisiera en lo que de mí depende, reparar la falta… Es un alma a la que quiere Jesús. Es un alma por la cual Jesús sangra desde la Cruz… ¡Acaso yo la voy a desdeñar!… Dios me libre…, al contrario, siento un gran amor hacia ella, y esto que digo no es yana palabrería, es un hecho real y positivo que yo no he conseguido, sino que Jesús ha puesto en mi alma… He aquí el estupendo milagro.

Ahora veo claro.

Sólo la caridad hace feliz… Sólo en ella se encuentra la mansedumbre y la paz… Solamente en la caridad se halla la verdadera humildad, y solamente en ella podemos vivir tranquilos y felices en comunidad. ¡Cuántas cosas diría si supiese escribir!

Mas no sé, y ante la impotencia de poder expresar lo que mi alma siente, prefiero callar.

La Santísima Virgen, que me comprende sin necesidad de ruidos ni de palabras, es mi gran consuelo.

Ante Ella deposito mi silencio. Así sea.


(1) “Dice su confesor el Padre Teófilo Sandoval Fernández que ya entonces comenzaron a notar que algo extraordinario se operaba en el alma del hermano Rafael. Pasábase horas enteras junto al Sagrario, a solas con su Dios, en elevadísima unión con Él, y luego, al volver a reanudar su vida en el monasterio, veíanle transformado, reflejada en su límpida mirada aquella llama de amor ardiente que le consumía.

Pasaba mucho tiempo al pie del Sagrario (dice el Padre Amadeo). Ya en los últimos meses de su vida me llamaba la atención su postura ante el Santísimo; era la postura de quien está completamente abandonado en las manos del Señor; le costaba trabajo separarse del centro de sus amores.

Muy agotado físicamente, no podía hacer duros trabajos, y alguna vez, para distraer sus largas horas de soledad, ocupábanlo en pelar patatas, o en la chocolatería, o en hacer planos y dibujos que el reverendo Padre Abad le encargaba, o en estudiar latín, o en clase de gramática con los pequeños oblatos, por los que sentía especial cariño y predilección.

Pero Fray Maria Rafael no podía atender a nada de la tierra. Sólo amar a Dios era su pensamiento constante, y este amor conmovía todas las fibras de su ser, anegando su corazón y haciéndole indiferente a todo lo que no fuera su Dios” (VIDA Y ESCRITOS, PP. 481-482).

(2) Los novicios llevaban el escapulario de color blanco, como la túnica, en tanto que el negro era propio de los profesos.

(3) El caso del Hno. Rafael, de habérsele dado la cogulla (que únicamente es de uso por los hermanos profesos) siendo un simple oblato, ha sido único en la historia del Monasterio de San Isidoro.

(4) Los llamados “hermanos conversos” (que hoy ya no existen) llevaban el hábito de color pardo y se dejaban crecer toda la barba.

(5) Durante mucho tiempo, en los monasterios cistercienses había un grupo de oblatos, que eran niños aspirantes al noviciado. No existen en la actualidad.


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