EscritosHermano Rafael

Dios y mi alma (IV)

19 de marzo de 1938 – sábado

Día 19 de marzo, glorioso san José.

Bendito Jesús, ni yo mismo me entiendo. Ya no sé ni lo que quiero, ni lo que deseo, ni si deseo o quiero… Mi alma es un torbellino. A veces creo que ya está mi corazón vacío de todo, y a veces veo que no lo está… ¡En qué quedamos!… No lo sé.

Señor, tengo un deseo inmenso de cumplir tu voluntad y nada más que ella; hundirme en tu voluntad; amarla hasta morir; ahogarme en ella y vivir sólo para cumplirla… Esto es cierto.

Siento al mismo tiempo unos deseos míos de mortificación y penitencia. Siento inmensas ansias de padecer algo por Ti, mi buen Jesús.

Quisiera dejarme morir de hambre si me dejaran… Quisiera no respirar, ni hablar, ni levantar la vista del suelo… Quisiera no dormir, ni acostarme…

Quisiera estar arrodillado ante tu Sagrario día y noche… ¡Ah!, Señor, cuánto me cuesta algunas veces, dejar la iglesia…, y tratar con los hombres.

Quisiera, Señor, morir o vivir, pero haciendo algo por tu amor…, es terrible esta vida inútil que yo llevo.

Tengo mucho miedo en mi actual situación. Estoy demasiado considerado, me van a dar la cogulla, nadie me pisotea, como merezco.

Quisiera vivir en un rincón del monasterio vestido de saco, y comiendo sólo las cortezas del queso que deja la comunidad…

Quisiera, Señor, hacer locuras…, y en lugar de vivir como vivo, vivir olvidado, despreciado e incluso dando asco.

Todo esto es cierto. ¿Se compagina con tu voluntad? No lo sé, por lo menos en este momento. Otras veces creo que no y otras veces creo que lo que no tengo es valor ni resolución para dar el brinco y saltar por todo. Algunas veces creo que Dios me llama por un camino de más penitencia y más oración. Más mortificación y menos o ningún cuidado a mi enfermedad.

Como en la comunidad no me permitirían hacer esa vida, la podría hacer debajo de los puentes y en los pórticos de las iglesias…, con unos zuecos de madera y un saco al hombro…, y a desaparecer de todo el que me conozca tanto padres, como amigos, como frailes…, nadie, sólo Dios y yo. Dicen que San Benito Labre murió de inanición en una iglesia (1).

Todo esto lo he pensado en serio.

En mis confesores, superiores y maestros, lo único que he encontrado es prudencia…, prudencia y prudencia. Me mandan comer, dormir y no trabajar… Soy una especie de flor de estufa que no da ni olor.

Mientras tanto…, esperar a saber lo que debo hacer. ¿Lo sabré con certeza algún día? Espero en Dios y en María que sí.

¡Señor, es tan cómoda esta vida! Tengo mi cuarto; mi cama, algo dura, pero ya me he acostumbrado… Tengo libros; paso algo de hambre, pero no me muero por eso, ni mucho menos, al contrario, me parece que estoy mejor desde que vine. No me dan trabajos pesados… Tengo silencio cuando quiero, pues no tengo más que retirarme a mi habitación… En fin, quitando algunas cosillas, ¡qué más puedo pedir!… Y siento una cosa dentro que me dice: mortificación…, penitencia…, sacrificio…, nada de eso hago.

Ante ese llamamiento opongo dos cosas: 1º Yo mismo. 2º La prudencia. La carne y la obediencia. Mi naturaleza encuentra muy razonable obedecer, ¡es tan cómodo!

– Padre, ¿puedo levantarme al Oficio?

– No hijo, que necesitas descanso.

– Padre, ¿puedo cercenar la comida?

– No hijo, que necesitas alimento.

– Padre, ¿puedo ir al trabajo del campo?

– No hijo, que te cansas.

Bueno, pues a obedecer…, y obedezco a veces con unos deseos inmensos de hacer lo contrario…, saltar la prudencia, y… morir por Jesús y por María.

 

20 de marzo de 1938 – Domingo 3º de Cuaresma

3º Domingo de Cuaresma – 20 de marzo, 1938.

¡Qué cansado estoy, Señor y Dios mío! ¿Hasta cuándo me tendrás en olvido?… Cómo se recrea mi alma en esos salmos de David en los que llora su hastío de vivir aún en la tierra y suspira por Ti… “Incola ego sum in terra”, (2) me repito muchas veces, suspirando por el cielo y viéndome extraño y peregrino en la tierra.

¡Qué cansado estoy, Señor! Cómo me cuesta a veces el tratar con las criaturas que me hablan de todo menos de Dios… Cuánta violencia me hago a veces para no romper a gritos, llamando a Dios en mi ayuda en medio de este destierro, en el que, como dice santa Teresa, todo es impedimento para no gozarle.

¡Hasta cuándo, Señor!

Me cansan los hombres, aun los buenos… Nada me dicen. Suspiro todo el día por Cristo, y en medio de mi deseo de cielo y de amor a Jesús, arrastro mi vida que el mundo aún sujeta y tengo forzosamente que ocuparme de comer, dormir…, ¡qué asco!, Señor, perdóname… Tú así lo quieres

No sé lo que digo… No sé lo que siento… Perdóname, Señor… ¡Estoy tan cansado! Mi alma sufre de verse privada de tus amores, sufre de verse en el encierro de este cuerpo miserable… Estoy enfermo, Señor, ten misericordia de mí… He sido un gran pecador. No sé lo que quiero ni lo que me pasa… Perdóname, Señor, lo que digo… Tú que conoces mi corazón hasta el fondo, puedes comprender… Los hombres no, pero no me importa… Sigan ellos con sus cosas, con su mundo, con preocupaciones…, con sus vanidades… Yo, Señor, nada quiero, nada me importa…, sólo Tú… No me hagas caso de lo que digo, a veces estoy loco.

Ayer quería morir a fuerza de penitencia; hoy veo que nada puedo hacer que Tú no quieras… Estoy atado a tu voluntad…, ¡qué alegría!

No me hagas caso, Señor…, soy un niño caprichoso… Pero Tú tienes la culpa, mi Dios…, ¡si no me quisieras tanto!

Comprende, Jesús mío, que con lo que Tú me quieres, y con lo que yo te quiero, es muy penoso vivir así…, y claro, ya comprenderás que a veces sienta esos deseos de desatarme de este cuerpo que tanta guerra me da, que desee salir de entre tanta criatura que no son Tú…, que me canse de esperar… Ya ves, Señor, soy flaco y miserable… No padecer, no cumplir tu voluntad…

Soy un pobre hombre que al mismo tiempo que desea cumplir sólo lo que Tú quieras y desees, ansia volar a Ti, suspira por ver a la Virgen y a los santos…

¡Qué alegría el día que pueda ver a María, con san Juan Evangelista y san Juan de la Cruz, san Bernardo, san Francisco de Asís y san José que son mis protectores, así como esas dos santas que tanto te amaron y que tanto me han enseñado: Gertrudis y Teresa de Jesús, y santa Teresita…, y los ángeles todos, y el glorioso san Rafael, y el ángel de mi guarda… Y… bueno, y Tú, Señor, a quien tanto quiero, a quien adoro, a quien amo sobre todas las cosas, por quien suspiro y peno, y lloro, y por quien Tú lo sabes bien, mi buen Jesús, quisiera volverme loco.

Tengo, Señor, dentro de mi, como ves, todo eso, y así no me es posible vivir, te lo digo en serio, Señor…, soy un desgraciado.

Pero perdona mi atrevimiento… ¿Quién soy para atreverme a tanto? No sé…, el ignorante se atreve a todo, y yo ignoro muchas veces lo que soy, y lo que he sido… Ilumina mis tinieblas para conocerme mejor, y ver a la luz que Tú me envíes, mis miserias, mis pecados, mis enormidades que aún necesito llorar largo tiempo aquí en la tierra.

No me hagas caso, Señor, hasta que esté limpio… Envíame tu luz para comprender. La santa compunción para llorar. La fe para sólo en ella confiar. La esperanza para sostener mis flaquezas… Y por encima de todo, dominándolo todo, lléname, Señor, de tu inmensa caridad, de tu amor… Que me llene, me desborde, me inunde en las delicias de tu amor sin límites…, y me vuelva loco de veras.

Perdóname, Señor…, no sé lo que pido.

María, Madre mía, sé mi ayuda y sé mi guía. Así sea.

 

25 de marzo de 1938 – viernes

Día 25 de marzo de 1938. (3)

¡Jesús mío, qué bien se vive sufriendo a tu lado, aquí en la vida oculta del monasterio!… ¡Qué lástima me da de los del mundo!

Ha venido mi hermano a visitarme…, cuánto le quiero, es un ángel de Dios. Me edifica su cristiano modo de pensar, su conducta tan seria y formal, su alma en la cual veo madera para edificar, y un corazón apto para Dios… Eso es mi hermano, el simpático teniente de artillería.

Vino con permiso del frente, y… hablamos…, hablamos del mundo y hablamos de Dios.

Después de haber pasado con él el día, ahora en el retiro de mi celda, pienso lo bueno que es Dios al haberme traído a mí a la vida religiosa, lejos del mundo y a los pies de Jesús.

Qué feliz soy en medio de mis penas y sacrificios… Qué feliz soy de poder ser un alma que sufre por Jesús… Qué feliz soy de poder poner mis ansias, mis deseos, mis flaquezas incluso, a los pies del Tabernáculo de Jesús.

Hablé con mi hermano del mundo…, y vilo que ya otras veces pensé: la vanidad de las cosas del mundo.

Me habló de mi familia…, su preocupaciones y sus intereses… Hablamos de proyectos futuros… Me contó detalles de la nueva vida de mis padres y hermanos, reformas en la casa. Me habló de perros, caballos, automóviles…, que sé yo.

Qué bueno es Dios que de todo eso me ha separado… Para mí ya no hay nada que me interese… Qué feliz soy con sólo Dios y mi cruz.

En el mundo se sufre…, todo son afanes, deseos, esperanzas…, pocas veces cumplidas. En el mundo se lloran intereses materiales, viles y deleznables… En el mundo se llora poco por Cristo. En el mundo se sufre poco por Dios.

¡Qué pena me da del mundo!… Pierde el tiempo el hombre en bagatelas; pierde el tiempo en llorar esta vida que es un soplo de niño en medio de una tempestad, que es un grano de arena en el mar…, un instante en la eternidad.

No envidio a nadie… No quiero libertad si ésta no me sirve más que para olvidarme de lo único necesario, que es el amar a Jesús en la Cruz.

¡Qué pena me da del mundo!…. que no sabe en medio de sus ansias de placer y felicidad, que la única dicha es poder llegar a morir abrazado a la Cruz de Jesús, entre lágrimas de dolor, suspiros y ansias de cielo y de amor.

Yo sufro mucho…, sí. Algunas veces es muy grande la carga que he echado en mis débiles y enfermas espaldas… Miro hacia atrás y… es tan duro vivir en pobreza para el que tuvo de todo y de nada careció… Miro hacia adelante y… me parece tan empinada la cuesta que tengo que subir. ¡A veces se oculta Jesús tan profundamente! Mi vida se ha reducido a una continua renuncia en todo. Y eso, no es fácil a una criatura tan frágil y quebradiza como yo… Por eso sufro.

Sin embargo…, ¡oh! maravillas de la gracia divina, comprendo porque sí, que es obra de ella lo que me ocurre. (No sé si me explicaré).

Siento una alegría inmensa de poder sufrir por Jesús, como no me hubiera podido imaginar Amo cada día más mi cruz…, y no quisiera soltarla por nada del mundo.

Recuerdo cuando en el mundo era feliz, muy feliz. Padres cristianos, bienestar, salud y libertad, todo me sonreía… ¿Quién piensa en sufrir?

Jesús me llama. Soledad y pobreza, enfermedad, encierro sin sol…, a veces algo muy negro y que me hace llorar…, no sé lo que es.

A Dios no le veo…, y en medio de todo, grito con toda la vehemencia de mi corazón… ¡¡Qué feliz soy, cuánto sufro por Jesús!! No quiero la felicidad del mundo, con ella seria un desgraciado… Quiero sufrir por Él, sin verle…, solamente me basta el saber que es por Él.

El mundo esto no lo comprende…, es muy difícil. Yo sé que es la gracia de Dios, pero no sé explicarlo.

Hoy con mi hermano, hablamos del mundo. Sentí pena…, me vi lejos de todo lo que amaba mi corazón y aún ama, y no creo sea esto ilícito. ¿Quién que tenga entrañas, no ama su hogar?

Sin embargo, Dios sigue actuando en mi alma, siento muy dentro un alejamiento de todo que no sé explicar.

Siento un afecto muy tierno y dulce a mi familia, pero de otra manera que antes.

Hallo más gozo en no sentir el amor de Jesús, que el que pudiera hallar en el sensible de las criaturas. Me da pena mi soledad, sufro con ella, y no quisiera por nada del mundo dejarla.

No sé si esto alguien lo entenderá.

¡Es tan difícil explicar por qué se ama el sufrimiento! Pero yo creo que se explica, porque no es al sufrimiento tal como éste es en sí, sino tal como es en Cristo, y el que ama a Cristo, ama a su Cruz. Y yo de esto no sé salir. aunque lo comprendo.

Y es tanto lo que a Jesús quiero, que no quiero nada fuera de Él. Y noto que Jesús me quiere tanto, que moriría de pena si supiera que amo yo a alguien más que a Él.

Me siento tan unido a su voluntad, que cuando sufro dejo de sufrir al comprender que Él lo quiere así.

Estoy en una tal situación que cuando pienso en esto me pierdo…

Espero en Jesús tener pronto un guía (4) que todo esto me explique y ordene en mi alma, pues si no, me voy a volver loco.

¡Ah, Señor Jesús, cuánto te quiero! Si mil vidas tuviera, mil te daría… Con tu gracia divina y la ayuda de María, lo puedo todo. Bendito seas.

 

28 de marzo de 1938 – lunes

Día 28 de marzo de 1938.

Hoy, en la santa comunión, le pedí al Señor, una partecica de su Cruz… Le pedí ayudarle en su agonía, le pedí me hiciera partícipe de su sufrimiento, le pedí una partecica… (pequeña tiene que ser, pues soy débil) de su santísima Cruz.

Jesús me escuchó.

Noté la Cruz sobre mis hombros…, me pesó, y lloré mi abandono y soledad…

Después del desayuno paseé mi pequeño agobio por la galería de la enfermería. Una tristeza muy grande se apoderó de mi. Me vi tan enfermo, tan solo, tan débil para sufrir lo que Jesús me pide, que sentándome cansado de todo y de todos, lloré con agobio y con pena.

Grande me parecía el abandono en que me veía, material y espiritualmente.

No tengo a nadie en quien hallar un alivio. Esto a veces es un consuelo muy grande, a veces es también un dolor muy profundo. Cuando estamos enfermos sobre todo. En estos momentos en los cuales una palabra dicha al corazón, alivia tantas penas, e incluso da fuerzas para sufrir las flaquezas y miserias de la enfermedad… Sin embargo, a mi eso me falta. Bendito sea Dios.

Muy doloroso es padecer necesidad en el cuerpo, cuando también se junta la necesidad al espíritu y además Dios se oculta y te deja solo con la Cruz…, ¿qué extraño tiene que el alma sufra y llore?

Esta mañana no me acordaba en aquellos momentos de lo que le había pedido a Jesús en la comunión… la partecica de su Cruz.

¡Si el enfermero supiera el hambre que paso!. No conoce ni comprende mi enfermedad, y cuánto me hace sufrir. Dios lo hace así, y así lo tiene dispuesto. No me quejo y bendigo la mano del enfermero que para mí es la mano de Dios.

Hambre en soledad y silencio…, algunas veces creo que no podré resistir, pero Dios me ayuda, y siento como una impresión de que todo acabará pronto (5). Por un lado lo deseo, por otro lo mismo me da, y deseo solamente cumplir la voluntad de Dios.

Ya pasó el día y con él…

Ahora tengo paz, adoro y bendigo a Dios que atesora para mí en el cielo esas partecicas de su Cruz, que me envía cuando Él quiere. ¡Qué gran misericordia tiene conmigo! ¡Si no sufriera en la Trapa! ¿para qué serviría mi vida entonces?

Si tantos deseos tienes de penitencia ¿por qué lloras?

Mis lágrimas, Señor, no son de rebeldía… Mis lágrimas, Señor, no las cambio por nada… Recíbelas, pues con algo te tengo que pagar. Tú también sufriste hambre, sed y desnudez. Tú también lloraste cuando te viste abandonado.

Señor…, qué contento estoy de sufrir. No me cambio por nadie… Pero ¿hasta cuándo, Señor?

 

1 de abril de 1938 – viernes

Día 10 de abril de 1938.

Siempre buenos propósitos… Siempre deseos de ser mejor… Siempre deseos de mortificación…, pero no pasan de ser deseos…

¡Qué pobre hombre eres, hermano Rafael!! ¿Cuándo empezarás? ¿Cuándo será el momento en que de veras empieces a ser lo que a Jesús prometiste?

Aún te conviene humillarte en tus propias debilidades… Aún es necesaria la experiencia de verte incapaz para nada bueno… ¿Qué podrás tú solo? Caer y no levantarte… Retroceder en lugar de avanzar. Mira delante de Jesús lo que eres, y aprende a conocerte; así no tendrás soberbia, y en tu propia humillación aprenderás algo de humildad, que aún no sabes lo que eso es, y es necesario que lo aprendas.

 

3 de abril de 1938 – Domingo de Pasión

Día 3 de abril. Domingo de Pasión.

Hoy hemos tenido la comunidad la dicha de escuchar la palabra del Obispo de Tuy que ha venido a pasar unos días de retiro. Nos hizo una pequeña plática en el Capítulo y nos habló de la Cruz de Cristo.

¡Cómo expresar lo que mi alma sintió, cuando de boca de tan santo Prelado, escuchó lo que ya es mi locura, lo que me hace ser absolutamente feliz en mi destierro… el amor a la Cruz!

¡Oh!, si yo supiera expresarme como lo hace el señor Obispo! ¡Oh! quién me diera el léxico de David para poder expresar las maravillas del amor a la Cruz. ¡Oh!, si mi pluma en lugar de ser de acero duro y material, fuera sólo espíritu, y en lugar de torpes palabras, escribiera algo que realmente dijera lo que mi alma siente.

¡Oh! ¡la Cruz de Cristo! ¿Qué más se puede decir? Yo no sé rezar… No sé lo que es ser bueno… No tengo espíritu religioso, pues estoy lleno de mundo… Sólo sé una cosa, una cosa que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan pobre en virtudes y tan rico en miserias… Sólo sé que tengo un tesoro que por nada ni por nadie cambiaría…, mí cruz…, la Cruz de Jesús. Esa Cruz que es mi único descanso…, ¡cómo explicarlo! Quien esto no haya sentido…, ni remotamente podrá sospechar lo que es.

Ojalá los hombres todos amaran la Cruz de Cristo… ¡Oh! si el mundo supiera lo que es abrazarse de lleno, de veras, sin reservas, con locura de amor a la Cruz de Cristo…! Cuántas almas, aun religiosas, ignoran esto… ¡qué pena!

Cuánto tiempo perdido en pláticas, devociones y ejercicios que son santos y buenos…, pero no son la Cruz de Jesús, no son lo mejor

¡Ah! si yo pudiera hablar o gritar en medio de los hombres, las sublimidades del amor a la Cruz… Pobre hombre que para nada vales ni para nada sirves, qué loca pretensión la tuya.

Pobre oblato que arrastras tu vida siguiendo como puedes las austeridades de la Regla, conténtate con guardar en silencio tus ardores; ama con locura lo que el mundo desprecia porque no conoce; adora en silencio esa Cruz que es tu tesoro sin que nadie se entere. Medita en silencio a sus pies, las grandezas de Dios, las maravillas de María, las miserias del hombre del que nada debes esperar… Sigue tu vida siempre en silencio, amando, adorando y uniéndote a la Cruz…, ¿qué más quieres?

Saborea la Cruz…, como dijo esta mañana el señor Obispo de Tuy. Saborear la Cruz…

¡Ah! Señor Jesús… qué feliz soy…, he hallado lo que desea mi alma. No son los hombres, no son las criaturas… no es la paz, ni es el consuelo…, no es lo que el mundo cree…, es lo [que] nadie puede sospechar…, es la Cruz.

¡Qué bien se vive sufriendo!… a tu lado, en tu Cruz…, viendo llorar a María. ¡Quién tuviera fuerzas de gigante para sufrir!

Saborear la Cruz… Vivir enfermo, ignorado, abandonado de todos… Sólo Tú y en la Cruz… Qué dulces son las amarguras, las soledades, las penas, devoradas y sorbidas en silencio, sin ayuda. Qué dulces son las lágrimas derramadas junto a tu Cruz.

¡Ah! si yo supiera decir al mundo dónde está la verdadera felicidad! Pero el mundo esto no lo entiende, ni lo puede entender, pues para entender la Cruz, hay que amarla, y para amarla hay que sufrir, más no sólo sufrir, sino amar el sufrimiento…, y en esto ¡qué pocos, Señor, te siguen al Calvario!

Quisiera, Jesús mío, suplir yo, lo que el mundo no hace… Quisiera, Señor, amar tu bendita Cruz con toda el ansia que el mundo entero no pone, y debiera poner, si supiera el tesoro que encierras en tus llagas, en tus espinas, en tu sed, en tu agonía, en tu muerte…, en tu Cruz.

Quién me diera sufrir junto a tu Cruz, para aliviar tu dolor.

Mírame, Señor, postrado a tus pies. Estoy loco, no sé lo que pido, ni sé lo que digo. Tengo miedo de pretender más de lo que puedo… ¿seré un insensato al pretenderlo?

Señor, condúceme por el camino de la humildad… y nada más…

Tengo miedo, aunque…, perdóname Jesús mío, estando Tú a mi lado y dejándome yo hacer…, ¿qué he de temer?

Mátame si quieres… Toma mi vida, empléala en lo que quieras, abre, taja y raja, despedaza, une y desune…, haz trizas de mí…, haz lo que quieras, yo nada quiero más que amarte con frenesí, con locura… Adorar tu voluntad que es la mía, vivir absorto en tu inmensa piedad para conmigo… Veo lo que me quieres…, veo lo que soy, y sin atreverme ni a mirar al suelo…, no sé si reír o llorar…, sólo quisiera morirme de amor.

En fin, qué locuras digo…, pero es mucho lo que Jesús hace conmigo para permanecer insensible.

Todo esto que digo no tiene a lo mejor ni pies ni cabeza…, pero es lo que siento, y nada más.

Si dijera que algunos momentos siento unos deseos inmensos de ponerme a gritar…, Jesús…, Jesús…, Jesús, como un loco, nadie lo creería. Otras veces siento deseos de postrarme en el suelo con la frente en tierra y pedir a voces la misericordia de Dios, y no levantarme más.

Otras veces quisiera desaparecer de entre los hombres, y volar a Dios que me espera… No sé, quisiera no desbarrar.

Señor Jesús mío…, qué duro es vivir, y aún hay hombres que aman esta miserable vida y se llaman religiosos. Señor, yo no soy religioso, yo no soy nada ni nadie…, soy el último de todos, pero Señor, quisiera amarte como nadie…, desprecié el mundo por Ti…, déjame despreciar lo último que me queda, mi voluntad y mi vida.

Mas Señor, en esto no hay mérito, pues aborrecer lo único que de Ti me separa, no es cosa grande, y esperar con ansia lo que a Ti me puede acercar, no es virtud. ¿Qué mérito hay en aborrecer la vida y esperar la muerte?

Pero yo, Señor, no quiero aborrecer lo que Tú me das, ni desear lo que Tú aún no quieres. Cúmplase, Jesús mío, tu voluntad. Déjame seguir junto a tu Cruz… No me desampares cuando desfallezca, Virgen María…

No busco consuelo, no busco descanso… Sólo quiero amar la Cruz…, sentir la Cruz…, saborear la Cruz.

Plan para vivir la Semana de Pasión.No separarme ni un momento de la Cruz de Jesús.Dormir, andar, estudiar, rezar, comer, siempre teniendo presente que Jesús me mira desde la Cruz.Al levantarme, adorar la Cruz, y al acostarme, poner la cama en el Calvario junto a ella.La comunión, la oración y la santa Misa serán en reparación por el mundo entero que no aprovecha los méritos de la Pasión de Cristo.El Oficio divino lo rezaré teniendo presente a mi Jesús de mi alma clavado en el madero de la Cruz.Que la Santísima Virgen me ayude y me acompañe… Así sea.


(1) De la vida de San Benito José Lavbre: “Aquel Miércoles Santo de 1783, Benito Lavbre oyó varias Misas, y los que le vieron no comprendían cómo podía estar de pie y mucho menos de rodillas. No era un hombre, dice Zacarelli, sino un esqueleto. No le quedaba más que un soplo, y siguió con tanto fervor el evangelio de la Pasión que algunos de los concurrentes cre-yeron que iba a sucumbir. Tuvo que sentarse varias veces. Hacía las nueve, no pudiendo más, quiso salir de la iglesia. Apenas se encontró fuera de la iglesia de la Madonna de los Montes, se dejó caer más bien que sentarse sobre las escaleras del vestíbulo. Se reunió gente a su alrededor y cada uno le preguntaba con interés lo que tenía. Con voz espirante Benito daba las gracias a todos, y decía que deseaba no moverse de aquel sitio; no quería alejarse de la iglesia, esperando siempre poder volver a entrar.

En esto se presenta el carnicero Zacarelli que venía del Salvatorello de cumplir con Pascua. Benito -le dijo- ¿está usted malo? ¿Quiere venir a mi casa?

– ¡A su casa…! Bueno, dijo el pobre con voz débil, que apenas se oía.

…Hacia la caída del sol parecía que dormía. Cuando el Padre Ángel, que le asistía, llegó a la invocación Santa María pudo advertir que el rostro del enfermo adquiría una blancura extraordinaria. Al responder la concurrencia ora pro nobis, el Padre Ángel dejó de rezar y dijo: Ha muerto… En aquel momento todas las campanas de la ciudad daban al viento sus ecos argentinos. Tocaban a la Salve ordenada por el Papa Pío VI. Pero el pensamiento de todos los allí reunidos, celebraban también la entrada en el paraíso de un nuevo santo”. (De la Vida admirable del Santo bendito y peregrino, Benito José Lavbre, por León AUBINEAU).

(2) “Peregrino soy en la tierra”, Salmo 118, 19.

(3) “Al monasterio ha llegado su hermano Luis Fernando. Viene del frente de combate con unos días de licencia. Es la última vez que se vieron juntos ambos hermanos… Su visita deja hondas huellas en Fray María Rafael…” (VIDA Y ESCRITOS, p. 502).

Cuenta su hermano Luis Fernando: “La última vez que estuvimos juntos los dos hermanos, venia yo con permiso a casa, una vez que cayó Teruel en manos del ejército nacional. Queriendo ver a Rafael para darle un abrazo, fui primero a la Trapa. Estuvimos paseando por la tarde, en la huerta y pude apreciar y darme cuenta del sufrimiento que padecía, y de la gran cruz que Dios había mandado a aquella alma; me preguntó por todas las cosas de casa, se interesó por mi vida en el frente, siguió insistiendo en que la Virgen me protegería, pero que no dejase de buscar a Dios; era su gran obsesión: que todos buscásemos a Dios, que estábamos obligados a ello y que era la única verdad en esta vida.

Cuando le pregunté que cómo podía vivir todo el tiempo rodeado de los mismos personajes tan dispares a él en sus gustos, por qué no se iba a la Cartuja, donde viviría en soledad, me contestó: “Luis Fernando, yo no puedo con la soledad, tengo que ver caras, aunque éstas me hagan sufrir; tú si podrás con la soledad; con tu temperamento podrás ser cartujo”.

A mi, en aquellos momentos ni se me había pasado por la imaginación el llegar a ser cartujo, y como siempre dije: cosas de Rafael, y con el tiempo, que es lo más curioso, llegué a ser cartujo.

Lo que más me impresionó aquella tarde, fue cuando empezó a explayarse, llorando, del terrible sufrimiento que tenía. No era el sufrimiento que le producían las cosas terrenales de la vida austera que había abrazado, ni el sufrimiento que le pudieran producir aquellas criaturas de Dios con quienes convivía, de las cuales se valió Dios para santificarle. En realidad el gran sufrimiento de Rafael era el ver, con aquella fe grande e intensa que él tenía, cómo Dios le amaba con su infinito amor, y sentirse tan sujeto a las miserias y cuidados de su cuerpo mortal, no pudiendo corresponder como él quería, a aquel amor de Dios que él sentía, pues se veía francamente impotente, siendo su gran deseo que su corazón se diese más a su ser querido, y que su alma volase de una vez a su encuentro, pues le era difícil vivir en aquella situación y en aquel fuego que le abrasaba. Todo esto me lo decía llorando. Yo no tenía palabras para poder consolar aquella alma, ni tampoco me podía hacer cargo exacto del sufrimiento de mi hermano.

Todo esto que he contado, tenía lugar un mes antes de su muerte. Era ya la época sublime a la cual había llegado su alma. Al día siguiente salí para casa, donde no conté nada de lo que había vivido junto a Rafael. Salí por una parte triste por dejar a mi hermano sufriendo, sin poder yo hacer nada para aliviar aquel dolor tan grande, y por otra parte, alegre, al haber visto cómo Dios se estaba volcando en aquella alma tan querida. Todo esto me hizo pensar mucho para mi vida futura.

Poco más o menos al mes de haber estado por última vez con Rafael, llegó de Vitoria el alférez Ibarra, trayéndome, como hacía todos los meses, todo el papeleo de la Batería, diciéndome nada más llegar, que mi hermano Rafael había muerto hacía unos días en la Trapa, sin más comentarios ni explicaciones de cómo había muerto.

Rápidamente comprendí que así es como le quería Dios, desprendido de todo como podía haber constatado hacia poco más de un mes en la Trapa, en esa larga charla que tuvimos en la huerta y con un gran Aleluya, Dios le premió llevándoselo consigo”.

(4) Aunque el Hermano Rafael contaba en estos momentos con un confesor fijo, como era costumbre en la Trapa, carecía de un Director Espiritual al que acudir en solicitud de orientación. En su primera etapa en la Trapa había tenido como Director al P. Teófilo Sandoval, que supo entenderle y dirigirle conforme a lo que un hombre de la talla espiritual de Rafael precisaba.

(5) Cundo escribe esto le queda un mes justo de vida.



 

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