EscritosHermano Rafael

Dios y mi alma (V)

7 de abril de 1938 – jueves

Día 7 de abril de 1938.

Jesús mío, arrodillado humildemente a los pies de tu santísima Cruz, te pido con todo fervor me des la virtud de la paciencia, me hagas humilde y me llenes de mansedumbre… Jesús mío, mira que esas tres cosas las necesito mucho.

Ayer sufrí un desprecio de un hermano…, me hizo llorar y si no hubiera sido porque Tú desde la Cruz me enseñaste a perdonar, quizás hubiera cometido una falta ¡Cuánto me costó vencerme!… Pero dormí más tranquilo.

Bendito Jesús, ¿qué me enseñarán los hombres, que no enseñes Tú desde la Cruz?

Ayer vi claramente que solamente acudiendo a Ti se aprende; que sólo Tú das fuerzas en las pruebas y tentaciones y que solamente a los pies de tu Cruz, viéndote clavado en ella, se aprende a perdonar, se aprende humildad, caridad y mansedumbre.

No me olvides, Señor…, mírame postrado a tus pies y accede a lo que te pido.

Vengan luego desprecios, vengan humillaciones, vengan azotes de parte de las criaturas…, ¡qué me importa! Contigo a mi lado lo puedo todo… La portentosa, la admirable, la inenarrable lección que Tú me enseñas desde tu Cruz, me da fuerzas para todo.

A Ti te escupieron, te insultaron, te azotaron, te clavaron en un madero, y siendo Dios, perdonabas humilde, callabas y aún te ofrecías… ¡Qué podrá decir yo de tu Pasión!.. Más vale que nada diga y que allá adentro de mi corazón medite en esas cosas que el hombre no puede llegar jamás a comprender.

Conténteme con amar profundamente, apasionadamente el misterio de tu Pasión, y aprenda a sufrir de la manera que Tú lo hiciste. Ya sé que eso es el imposible de los imposibles, pero mira Señor Jesús mi intención.

¡Qué dulce es la Cruz de Jesús! ¡Qué dulce es sufrir perdonando!

¡Qué dulce es sufrir abandonado de los hombres estando abrazado a la Cruz de Cristo! ¡Qué dulce es llorar un poquito nuestras penas y unirlas a la Pasión de Jesús! ¡Qué bueno es Dios, que así me prueba, y desde su Cruz santa, me enseña! Me enseña sus llagas manando sangre inocente; me enseña un semblante del que en medio de la agonía y del dolor, no salen quejas, sino palabras de amor y de perdón.

¡Cómo no volverme loco!… Me enseña su Corazón abierto a los hombres, y despreciado… ¡Dónde se ha visto ni quién ha soñado dolor semejante!

¡Qué bien se vive en el Corazón de Cristo! ¿Quién se puede quejar de padecer?

Sólo el insensato que no adore la Pasión de Cristo, la Cruz de Cristo, el Corazón de Cristo, puede desesperarse en sus propios dolores.

Pero el que de veras ame, y sienta lo que es unirse a Jesús en la Cruz, ese bien puede decir que es sabroso el padecer, que es dulce como miel el dolor, que es un enorme consuelo el padecer soledad tedio y tristeza por parte de los hombres.

¡Qué bien se vive, junto a la Cruz de Cristo!

Cristo Jesús, enséñame a padecer… Enséñame la ciencia que consiste en amar el menosprecio, la injuria, la abyección… Enséñame a padecer con esa alegría humilde y sin gritos de los santos… Enséñame a ser manso con los que no me quieren, o me desprecian… Enséñame esa ciencia que Tú desde la cumbre del Calvario muestras al mundo entero.

Mas ya sé…, una voz interior muy suave me lo explica todo…, algo que siento en mí que viene de Ti y que no sé explicar, me descifra tanto misterio que el hombre no puede entender… Yo, Señor, a mi modo, lo entiendo…, es el amor…, en eso está todo… Ya lo veo, Señor…, no necesito más, no necesito más… es el amor, ¿quién podrá explicar el amor de Cristo?… Callen los hombres, callen las criaturas… Callemos a todo, para que en el silencio oigamos los susurros del Amor, del Amor humilde, del Amor paciente, del Amor inmenso, infinito que nos ofrece Jesús con sus brazos abiertos desde la Cruz.

El mundo loco, no escucha… Loco e insensato vuela embriagado en su propio ruido…, no oye a Jesús, que sufre y ama desde la Cruz.

Pero Jesús necesita almas que en silencio le escuchen.

Jesús necesita corazones que olvidándose de sí mismos y lejos del mundo. adoren y amen con frenesí y con locura su Corazón dolorido y desgarrado por tanto olvido. Jesús mío, dulce dueño de mis amores, toma el mío.

A los pies de tu Cruz lo pongo… Está junto al de María. Jesús mío, tómalo…, enséñale tus heridas… Enséñale tus dolores y tus amarguras. Enséñale tus tesoros para que aprenda a despreciar el mundo y todo lo que no seas Tú… Enséñale el amor… Ponle junto a tu Corazón para que de una vez se embriague en tus delicias, y se empape en tu purísima divinidad.

Virgen María…, estoy loco, no sé lo que pido, no se lo que digo… Mi alma desbarra… No sé lo que siento; mis palabras son torpes y mal arregladas, pero tú, Virgen María, Madre mía, que ves los anhelos de todos tus hijos, sabrás comprender.

Ya sé que es mucho lo que pido, pues lo pido todo.

Yo en cambio, Señora, todo lo he dado y si aún me queda algo, tómalo también, Señora, y dáselo a Jesús. Ya sé que aunque diera mil vidas que tuviera, no sería digno de recibir ni siquiera un pensamiento bueno de Dios, pero es mi modo de hablar… Ya sé que lo he dado todo y… es nada. No alego, pues, lo que el mundo cree méritos, para pedir a Jesús un poquillo de amor. Él lo da a quien y cuando le place. Y ya que los sacrificios y renuncias que he hecho por Jesús no son bastante…, te ofrezco, Señora, algo que no puedes desechar, algo por medio de lo cual tienes que oírme, algo que hace abrirse los cielos y que el mismo Padre mira complacido… Es, Señora, la Pasión de Cristo, tu Hijo… Es la Sangre de Cristo; es la Cruz donde murió el Hijo de Dios.

Señora, Virgen María…, ¿ves?, con la Cruz lo puedo todo.

No me olvides Madre mía…, y perdona las chifladuras de este pobre oblato trapense, que quisiera volverse chiflado de veras, de tanto amarte a ti, Virgen Madre, y de tanto amar su obsesión…, que es la Cruz de Jesús su divino modelo. Así sea.

 

10 de abril de 1938 – Domingo de Ramos (1)

Día 10 de abril de 1938.

Hoy cojo la pluma para seguir como siempre alabando a Dios. Quisiera no hablar de mi mismo… y hablar sólo de Jesús, ¡pero tengo a mi Dios tan adentro!! ¡Es tan maravillosa la obra que Él está haciendo en mi alma!, que al referir y contar lo que a mi, pobre y miserable pecador, acontece en mis relaciones con El…, a Él le doy gloria.

Yo bien quisiera desaparecer, y en cierto modo así me pasa, pues Él lo llena todo… ¡Qué bueno es Dios!. Nada hice yo por Jesús y, sin embargo…, ¡qué grande es su misericordia!… De esto no sé salir y no sé seguir adelante.

Mi alma se abisma en tanta maravilla y enmudece. Sólo veo una pobre criatura sacada del mundo, ¡y de qué mundo!, por la gracia, y sólo la gracia de Dios, y traída a la soledad para allí, sin ella casi darse cuenta, cooperar a una de las más grandes y maravillosas grandezas de Dios…

¿Y cuál es esta maravilla? Esta maravilla es el estupendo milagro de ver un alma como la mía, pobre, desnuda, llena de mundo y de sus vicios…, verla digo, amada de Dios, conducida por Él, en los humildes senderos de la penitencia, sostenida por El en sus muchas flaquezas y miserias, tentaciones y desconsuelos…

Dios haciendo su obra en mi alma…, transformando mi corazón y elevándole hacia sí, desencajándole de en medio de las criaturas y llenándole de su amor… Dios el Eterno, conduciendo y guiándome a mi… ¿Quién no se maravilla? ¿Quién no se pasma?

¡Ah!, si el mundo me conociera y viera lo que soy… Si los hombres vieran mis torpezas y mi duro corazón, quedarían aterrados ante la grandeza de Jesús, que no desdeña cuidar a este pobre hombre, más digno de lástima que de amor… Y Dios me ama… ¡Ah! ¡y de qué manera!… Eso yo lo sé, y nadie más que yo. ¡Si pudiera publicarlo!… ¡Si tuviera palabras que fueran los suficientemente expresivas para ello!

Pero no sé…, soy muy torpe, y mucho más para hablar de eso… Y si quisiera ser sincero, más que hablar, quisiera rugir o bramar como los toros… ¡Qué grande es Dios!

Una de las transformaciones que Jesús ha hecho en mi alma ha sido la indiferencia. Yo mismo me maravillo, pues veo que he llegado a comprender algo que antes no comprendía.

Sabía que el nada desear es muy agradable a Dios y que es el camino para llegar a cumplir su voluntad… Pero esto lo sabía con la luz de la inteligencia… Comprendía con la razón, tan sublime doctrina. Deseaba alcanzar esa virtud de la santa indiferencia, y a Jesús se la pedí.

No tiene mérito el nada desear, amando a Dios, pues es la cosa más natural. Ahora así lo veo.

¿Cómo es posible amar la vanidad, amando a Dios? Y vanidad es todo lo que nosotros deseamos y no desea Dios. Querer sólo lo que Dios quiere, es lo lógico para el que es de veras su amador… Fuera de sus deseos…, no existen deseos nuestros, y si existe alguno, ése, es que es conforme a su voluntad, y si no lo fuera, es que entonces no estaría nuestra voluntad unida a la suya…

Pero si de veras estamos unidos por amor a su voluntad, nada desearemos que Él no desee, nada amaremos que Él no ame, y estando abandonados a su voluntad, nos será indiferente cualquier cosa que nos envíe, cualquier lugar donde nos ponga…

Todo lo que Él quiera de nosotros no solamente nos será indiferente, sino que será de nuestro agrado. (No sé si en todo esto que digo hay error; en todo me someto al que de esto entienda. Yo sólo digo lo que siento, y es que en verdad nada deseo más que amarle a Él, y que todo lo demás a Él lo encomiendo; cúmplase su voluntad).

Cada día soy más feliz en mi completo abandono en sus manos. Veo su voluntad hasta en las cosas más nimias y pequeñas que me suceden.

De todo saco una enseñanza que me sirve para más comprender su misericordia para conmigo.

Amo entrañablemente sus designios, y eso me basta. Soy un pobre hombre ignorante de lo que me conviene, y Dios vela por mí como nadie puede sospechar.

¿Qué de particular tiene que yo nada desee, si tan bien me va, poniendo mi único deseo en Dios y olvidando lo demás?

Mejor dicho, no es que olvide mis deseos, sino que éstos se hacen tan poco importantes y tan indiferentes, que más que olvidarlos, desaparecen, y sólo queda en mi ánimo un contento muy grande de ver que sólo deseo con ansia, cumplir lo que Dios quiere de mí, y al mismo tiempo una alegría enorme de yerme aligerado como de un peso muy gran de, de yerme libre de mi voluntad que he puesto junto a la de Jesús.

El único deseo que me queda es, unas ganas muy grandes de obedecer. Quisiera no disponer nada por mí, sino que todo, absolutamente todo, me fuera ordenado. Aún tengo mucha libertad y como no tengo director espiritual, tengo a veces mucho miedo de equivocarme, y ver la voluntad de Dios en lo que no es más que mi capricho.

Jesús mío ayúdame.

Virgen María no me abandones.

Si alguien me dijera al detalle lo que debo hacer para ser santo y agradar a Dios, yo creo que con la ayuda de Dios y de María lo haría todo.

Con Jesús a mi lado, nada me parece difícil, y el camino de la santidad cada vez lo veo mas sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Más bien se va reduciendo a sencillez, que complicando con cosas nuevas.

Y a medida que nos vamos desprendiendo de tanto amor desordenado a la criaturas y a nosotros mismos, me parece a mi que nos vamos acercando más y más al único amor, al único deseo, al único anhelo de esta vida… a la verdadera santidad que es Dios.

¡Qué bueno es Dios que me va enseñando todo esto!… ¡Qué bueno es Dios para conmigo!… ¿Corresponderé como debo?

Señor, no mires mis hechos, ni mis palabras, mira mi intención y cuando ésta no vaya bien encaminada a Ti, enderézala. No permitas, Señor mío, que yo sea desagradecido o pierda el tiempo.

Qué bien se vive lejos de los hombres y cerca de Ti… Cuando oigo el ruido que arma el mundo; cuando veo el sol que inunda el campo e ilumina a los pájaros en libertad; cuando me acuerdo de los días felices que transcurrí en mi hogar…, cierro los ojos, los oídos y las voces del recuerdo y digo…, qué feliz es vivir con Cristo… Nada tengo y tengo a Cristo… Nada poseo ni deseo, y poseo y deseo a Cristo… De nada gozo y mi gozo es Cristo.

Y allá adentro en mi corazón, soy absolutamente feliz, aunque ésta no es la palabra que sirve para designar el estado de mi alma.

No me importan las criaturas, si éstas no me llevan a Dios. No quiero libertad, que a Dios no me conduzca. No quiero consuelos, gozos ni placeres, sólo quiero la soledad con Jesús, el amor a la Cruz y las lágrimas de la penitencia.

Jesús mío, mi dulce amor, no permitas que me aparte de Ti.

María, Madre mía, sé tú mi único consuelo.

El otro día me probé la cogulla que el reverendo Padre Abad me dejará como un favor especial, vestir desde el día de Pascua. Grande siempre ha sido la ilusión que tuve por poder llevar algún día la cogulla cisterciense. Pero…, es tan nueva y tan blanca, que me dio luego una gran pena y mucha vergüenza el tener ese pueril deseo, que no es para mí más que una vanidad delante de los hombres.

A Cristo que es mi Maestro, en estos días le desnudaron delante de la turba que le insultaba…, y a mí me visten… ¿Acaso me he de vanagloriar de ello?… Necio seré si no veo una grande humillación en el día de Pascua, cuando yo, el último discípulo de Cristo, me presente en la comunidad con la cogulla nueva y reluciente de la Orden cisterciense… Qué mejor hubiera sido si me hubieran vestido de «saco».

Pero también eso hubiera sido una pueril vanidad, y en realidad hoy he llegado a la conclusión de que lo mismo me da. Al fin y al cabo, vestido de seda, de lana, o de saco, eso no ha de cambiar mi corazón que a los ojos de Dios es lo que algún día me ha de valer. Todo lo demás es externo y valdrá algo a los ojos de los hombres, pero éstos no me han de juzgar.

¡¡Señor…, Señor…, qué necios somos los hombres!! Un pedazo de trapo nos da placer, y un grano de arena nos da dolor.

¡Ten compasión de los hombres, Señor!

 

12 de abril de 1938 – Martes Santo

Día 12 de abril de 1938.

Sólo en Dios encuentro lo que busco, y lo encuentro en tanta abundancia, que no me importa no hallar en los hombres aquello que algún día fue mi ilusión, ilusión que ya paso…

Busqué la «verdad» y no la hallé. Busqué la «caridad» y sólo vi en los hombres algunas chispitas que no llenaron mi corazón sediento de ella… Busqué la paz y vi que no hay paz en la tierra.

Ya la ilusión pasó, pasó suavemente, sin darme cuenta… El Señor que es quien me engañó para llevarme hacia sí, me lo hizo ver…

Ahora ¡qué feliz soy! ¿Qué buscas entre los hombres?, me dice… ¿Qué buscas en la tierra en la que eres peregrino? ¿Qué paz es la que deseas?… ¡Qué bueno es el Señor que de la vanidad y de la criatura me aparta!

Ahora ya veo claramente que en Dios está la verdadera paz…, que en Jesús está la verdadera caridad…, que Cristo es la única Verdad.

Hoy en la santa comunión, cuando tenía a Jesús en mi pecho, mi alma nadaba en la enorme e inmensa alegría de poseer la Verdad… Me veía dueño de Dios, y Dios dueño de mi… Nada deseaba más que amar profundísimamente a este Señor que en su inmensa bondad consolaba mi corazón sediento de algo que yo no sabía lo que era y que en la criatura buscaba en vano, y el Señor me hace comprender, sin ruido de palabras, que lo que mi alma desea es El… Que la Verdad, la Vida y el Amor es El… Y que teniéndole a El… ¿qué busco, qué pido…, qué quiero?

Nada, Señor…, el mundo es pequeño para contener lo que Tú me das. ¿Quién podrá explicar lo que es poseer la suma Verdad? ¿Quién tendrá palabras bastantes para decir lo que es: nada deseo, pues tengo a Dios?

Mi alma casi llora de alegría… ¿Quién soy yo, Señor? ¿Dónde pondré mi tesoro, para que no se manche? ¿Cómo es posible que viva tranquilo, sin temor a que me lo roben? ¿Qué hará mi alma para agradarte?

¡Pobre hermano Rafael, que tendrás que responder delante de Dios a tanto beneficio como aquí te hace! Tienes un corazón de piedra, que no lloras tantas ingratitudes y tantos desprecios a la divina gracia.

Vivo, Señor mío, enfangado en mis propias miserias, y al mismo tiempo, no sueño ni vivo más que para Ti. ¿Cómo se entiende esto? Vivo sediento de Ti… Lloro mi destierro, sueño con el cielo; mi alma suspira por Jesús en quien ve su Tesoro, su Vida, su único Amor; nada espero de los hombres… Te amo con locura, Jesús mío y, sin embargo, como, río, duermo, hablo, estudio, y vivo entre los hombres sin hacer locuras, y aún me avergüenza verlo…, busco mis comodidades. ¿Cómo se explica esto, Señor?

¿Cómo es posible que Tú pongas tu gracia en mi? Si en algo correspondiera…, quizás me lo explicara.

Jesús mío, perdóname…, debía ser santo, y no lo soy. ¿Y era yo, el que antes se escandalizaba de algunas miserias de los hombres? ¿Yo?… qué absurdo.

Ya que me has dado luz para ver y comprender, dame, Señor, un corazón muy grande, muy grande para amar a esos hombres que son hijos tuyos, hermanos míos en los cuales mi enorme soberbia veía faltas, y en cambio n d me veía a mí mismo.

¿Si al último de ellos le hubieras dado lo que a mi?. Mas Tú lo haces todo bien… Mi alma llora sus antiguas mañas, sus antiguas costumbres… Ya no busca la perfección en el hombre…, ya no llora el no encontrar donde descansar…, ya lo tiene todo.

Tú, mi Dios, eres el que llena mi alma; Tú mi alegría; Tú mi paz y mi sosiego, Tú. Señor, eres mi refugio, mi fortaleza, mi vida, mi luz, mi consuelo, mi única Verdad y mi único Amor. ¡Soy feliz, lo tengo todo!

Cuánta suavidad me inunda al pensar en estos profundísimos favores que Jesús me hace. Cómo se inunda mi alma de caridad verdadera hacia el hombre, hacia el hermano débil, enfermo… Cómo comprende y con qué dulzura disculpa la flaqueza que antes al verla en el prójimo la hacia sufrir… ¡Ah! si el mundo supiera lo que es amar un poco a Dios, también amaría al prójimo.

Al amar a Jesús, al amar a Cristo, también forzosamente se ama lo que Él ama. ¿Acaso no murió Jesús de amor por los hombres? Pues al transformar nuestro corazón en el de Cristo, también sentimos y notamos sus efectos… Y el más grande de todos es el amor…. el amor a la voluntad del Padre, el amor a todo el mundo, que sufre, que padece… Es el padre, el hermano lejano, sea inglés, japonés o trapense; el amor a María… En fin. ¿quién podrá comprender el Corazón de Cristo? Nadie, pero chispitas de ese Corazón hay quien las tiene…, muy ocultas…, muy en silencio, sin que el mundo se entere.

Jesús mío, qué bueno eres. Tú lo haces todo maravillosamente bien. Tú me enseñas el camino; Tú me enseñas el fin.

El camino es la dulce Cruz…, es el sacrificio, la renuncia, a veces la batalla sangrienta que se resuelve en lágrimas en el Calvario, o en el Huerto de los Olivos; el camino, Señor, es ser el último, el enfermo, el pobre oblato trapense que a veces sufre junto a tu Cruz.

Pero no importa; al contrario…, la suavidad del dolor sólo se goza sufriendo humildemente por Ti.

Las lágrimas junto a tu Cruz, son un bálsamo en esta vida de continua renuncia y sacrificio; y los sacrificios y renuncias son agradables y fáciles, cuando anima en el alma la caridad, la fe y la esperanza.

He aquí cómo Tú transformas las espinas en rosas. Mas ¿y el fin?… El fin eres Tú, y nada más que Tú… El fin es la eterna posesión de Ti allá en el cielo con Jesús, con María, con todos los ángeles y santos. Pero eso será allá en el cielo. Y para animar a los flacos, a los débiles y pusilánimes como yo, a veces te muestras al corazón y le dices…, ¿qué buscas? ¿qué quieres? ¿a quién llamas?… Toma, mira lo que soy… Yo soy la Verdad y la Vida.

Y entonces derramas en el alma delicias que el mundo ignora y no comprende. Entonces, Señor, llenas el alma de tus siervos de dulzuras inefables que se rumian en silencio, que apenas el hombre se atreve a explicar…

Jesús mío, cuánto te quiero, a pesar de lo que soy…, y cuanto peor soy y más miserable, más te quiero…, y te querré siempre y me agarraré a Ti y no te soltaré, y… no sé lo que iba a decir.

¡Virgen María ayúdame!

 

13 de abril de 1938 – Miércoles Santo

Día l3 de abril de l938.

Queridísimo Jesús, Dios mío. Veo, Señor, que no hago nada en tu servicio. Temo perder el tiempo… Se me pasan las horas, los días y los meses, y todo son buenas palabras y buenos deseos, pero las obras no aparecen.

Hoy, Señor, durante la santa Misa, veía mi gran inutilidad y consideraba como siempre en tus grandes beneficios… Veía tu inmensa piedad para conmigo que me permitía asistir al santo sacrificio, un día y otro, y yo como un bobo. ¿Cuándo empezaré, Jesús mío, a servirte de veras?…

Siempre estoy empezando, y nunca veo que haga nada. Sigo una vida regalada, cómoda e inmortificada… En parte (nada más que en parte), porque no me dejan los superiores, y en parte (la mayor parte), porque yo no me decido, y la austeridad me asusta, resulta que ni soy seglar porque vivo en religión, ni soy religioso, porque vivo como un seglar… ¿Qué soy, pues, Dios mío?… No lo sé, y a veces cuando en esto pienso, me parece que no me importa ser lo que sea…, pero lo que sí me importa y me preocupa, es el que de una manera o de otra, no me ocupo lo que debo en mortificarme, en renunciarme a mi mismo, en vivir más para Ti que para los demás o para mí.

Busco muchas comodidades… Estoy aún muy pegado a mis gustos y opiniones… Aún muchas veces me veo aquel Rafael del siglo, presumido, vanidoso, criticón, cuya única vida era la mesa, el vestido y el vicio… ¡Ah! Señor, cuando me acuerdo…, dejemos eso por hoy.

Señor mío veo que ahora no hago, quizás, nada malo, pero seguramente tampoco nada bueno… Mi vida es la de un bobo en un monasterio. Ni sirvo a Dios corporalmente ni espiritualmente. Todo se reduce a decir: qué bueno es Dios, cuánto le quiero, cómo me quiere Él a mi…, y a caérseme la baba, como vulgarmente se dice.

Cuando pienso en mi inutilidad verdaderamente me apuro. ¡Es tanto lo que le debo a Dios!

Ni hago bien la oración, ni la meditación, ni la lectura; en el trabajo…, apenas trabajo. Cuando como y duermo, no hago más que eso… comer y dormir como un animalito. Y así no puedo seguir…, no debo seguir. Mas ¿qué he de hacer? Inútil y enfermo… Pobre hermano Rafael, bástete purificar la intención en todo momento, y en todo momento amar a Dios; hacerlo todo por amor y con amor… El hecho en si no es nada, y nada vale. Lo que vale es la manera de hacerlo… ¿Cuándo comprenderás esto? Qué torpe eres.

¿Cuándo comprenderás que la virtud no está en comer cebolla, sino en comer cebolla por amor a Dios? ¿Cuándo comprenderás que la santidad no está en hacer actos externos, sino en la intención interna de un acto cualquiera?… Si lo sabes, ¿por qué no lo practicas?

Ya lo hago, Señor, pero lo hago mal. No tengo humildad y quisiera hacer lo que es mi capricho…, buscar lo que es mi voluntad aun en la penitencia…

Dios mío, Dios mío, ayúdame a cumplir humildemente tu voluntad. Ayúdame a servirte, amando mi propia flaqueza e inutilidad… Señor, Señor, mira mi intención y purifícala Tú.

¿Qué podré hacer yo sin Ti? Aunque me degüelle vivo a fuerza de penitencia, ¿qué vale si Tú no lo quieres y yo pongo vanidad y gusto propio en ello?

Sea, Señor, lo que Tú quieras de mi, pero mira Jesús mío, no permitas que el demonio me engañe. Muéstrame lo que quieres, para que yo lo haga, y dame espíritu humilde para verlo y cumplirlo. No permitas, Jesús mío, que rechace tus divinas insinuaciones.

Yo comprendo que algo más de lo que hago puedo hacer y que Tú lo aceptarás.

¡Dame fuerzas, Virgen María!

 

14 de abril de 1938 – Jueves Santo

Día 14 de abril de 1938. Jueves Santo.

Hoy ha sido un día feliz para mi. En la santa comunión he prometido no abandonar al Señor en estos días de su sagrada Pasión. Siempre junto a mí; muy dentro de mi corazón, y muy unido a los sufrimientos de tu Cruz. Jesús mío, no permitas que me aparte de Ti. ¡Dulce Jesús mío, cuánto te quiero!

Al acercarme a comulgar, me acordaba del apóstol san Juan, a quien dejaste reclinar sobre tu pecho durante la Cena. ¿Acaso tengo yo que envidiarle? Si sus virtudes, pero no tu amor…

Jesús mío, yo no soy digno, bien lo sabes y, sin embargo, también me dejas descansar junto a tu Corazón divino como al discípulo amado. Yo te prometo quererte mucho, como nadie en la comunidad, más que todos juntos, y no abandonarte en tus dolores y en tu Pasión sacratísima.

Virgen María, ayúdame a ser fiel a mi buen Jesús.

Ya pasó el día… Un día más en la cuenta final, y un día menos en el destierro de la vida… Ya pasó el día de Jueves Santo y con él, el consuelo de haberlo vivido por Dios y con Dios. ¿Cómo será el mañana?… Tengo miedo. Desconfío de mí mismo. Tengo mucho miedo al verme tan feliz con Jesús, y sólo con Jesús.

¡He sufrido tanto desde hace cuatro años! ¡He tenido mi alma desgarrada tanto tiempo!…, que ahora el ver que aquello fue necesario para esto…, tengo miedo y no sé a que.

No es al sufrimiento, a eso no es. No tengo miedo a nada que de los hombres pueda venirme, pero después de haber tenido a Dios…, tengo miedo a perderle. ¡Se vive tan bien así!

Hoy, día de Jueves Santo, día en que el Señor se reunió con sus discípulos y les prometió quedarse con ellos para siempre, yo también en mi pequeñez, me acerqué a Jesús, pidiéndole que conmigo se quedara, y me admitiera a su mesa, y me permitiera vivir con El, y seguirle a todas partes como una sombra…

Le pedí a Jesús me permitiera reclinar mi cabeza sobre su pecho como san Juan… Le pedí que de mí no se apartara aunque me viera débil y miserable… Le pedí escuchara mis súplicas… Recorrí el mundo entero enseñando a Jesús todo lo que quería que remediase: España…, la guerra…, mis hermanos, tantos corazones a quien quiero…, mis padres…, ¿qué sé yo?

Todo se lo enseñé a Jesús y le dije: Señor, tómame a mí y date Tú al mundo. Reparte lo que a mí me das… Déjame repartir el tesoro que yo tengo entre los necesitados del mundo… ¡son tantos!… Déjame a mi, pobre contigo…, nada quiero más que tu amor, tu amistad…, tu compañía…, acéptame, Señor, tal como soy, enfermo, inútil, disipado y negligente.

Y el Señor me escuchó… Sentí su amor muy adentro, muy profundo… Vi mi inmenso tesoro y temo perderle.

¿Qué hacer?… No sé…, oigo a los hombres hablar, discutir… Les veo con sus afanes, pegados a la tierra…, nadie habla de Dios… Todo es ruido aun en la Trapa.

Quisiera, Señor, no vivir, para no turbar las ansias de amor que padece mi alma…, pues el que más ruido mete soy yo… Agarrado a mi crucifijo, quisiera morir.

Todo me da en rostro… ¡Sólo Tú, Señor…! ¡sólo Tú!

¡Qué miedo tengo de perderte, mi buen Dios! Veo lo que me quieres, pero también veo lo que yo soy, y lo que he sido.

¡Qué bien se vive contigo! Si el mundo supiera!

Mañana Viernes Santo… estaré junto a tu Cruz. No me importa el no recibirte mañana en la comunión (2) porque hoy concerté contigo en que no me separaría de Ti, y Tú pareciste complacido en ello; la comunión de hoy me servirá para hoy y para mañana.

¡Ay! que no sé escribir, y si escribo diría locuras… Será mejor que me calle.

 

17 de abril de 1938 – Domingo de Resurrección

Domingo de Resurrección, 17 de abril de 1938.

Hoy el reverendo Padre Abad me ha dado la cogulla y el escapulario negro. Mentiría si dijera que hoy no me he dejado llevar de la vanidad. ¡Qué pobre hombre soy!

Señor, Señor, tened piedad y misericordia de mí. Ni soy mayor ni menor en tu presencia, porque esté aquí o allí, vista de un modo o de otro… Los hombres somos muy infantiles y jugamos como niños… Ponemos nuestra ilusión en cosas [que] hacen reír a los ángeles. Señor, dame tu santo temor, llena mi corazón de tu amor y lo demás… Vanitas vanitatum.

Cada vez espero menos en los hombres… ¡qué gran misericordia la de Dios! Él suple con creces lo que ellos no me dan.

Voy viendo con suma claridad que quien pone los ojos en la tierra y en las criaturas, pierde su tiempo… Sólo Jesús llena el corazón y el alma.

 

El Hermano Rafael Arnaiz falleció el 27 de abril en un fuerte ataque de la diabetes que padecía.

 

Capítulo de culpas

Papel encontrado en uno de los bolsillos de la túnica cuando murió

Subir escalera golpeando pies [tachado].
No hacer el saludo en capitulo [tachado].
Volver cabeza durante Misa [tachado].
Señas durante el gran silencio [tachado]
Correr sin respeto en la iglesia [tachado].
Señas habladas con un profeso [tachado].
No obedecer inmediatamente campana [tachado].
Equivocarme coro, no hacer postración [tachado].
Dar muestras externas de impaciencia [tachado].
Perder tiempo trabajo [tachado].
Perder tiempo mirar ventanas [tachado].
Perder tiempo intervalos [tachado].
Accionar exageradamente como seglar [tachado].
Descuidado con el cuarto de la enfermería.
Hablar sin necesidad.
Descuidado en hacer ruidos en la escalera y con las puertas.
Distraerme en el coro y no hacer a punto las inclinaciones.


(1) En este día cumplía Rafael 27 años. Le quedan 17 días de vida.

(2) Hasta la reforma litúrgica realizada por Pío XII en 1956, el Viernes Santo únicamente podía comulgar el sacerdote que celebraba la Santa Misa.


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San Rafael Arnaiz. Obras Completas
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  • Editor: MONTE CARMELO

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