Jaume BoadaSube al monte de Dios

Consejos para la oración

Rosario

• Levántate, sal de tus mediocridades, renuncia a la superficialidad y camina, camina sin cesar, a pesar de los cansancios y las dificultades.

• Vívelo todo con paz de alma. Piensa que Dios camina contigo.

• Espera, Dios tiene su tiempo. Pero no te duermas en la puerta de la morada del Señor. Que Él te encuentre esperando.

• Exponte al sol de Dios. Su luz te purificará y te renovará.

• En la calle, en tu trabajo, en tu descanso, piensa en Él. Dile un “sí” generoso y decidido y convierte toda tu vida en un “sí”.

• Guarda siempre, en todo lo tuyo, un rincón para Dios. Un gesto dedicado a Él. Una hora para Él.

• Mete a Dios en tus alegrías y no tardes en invocarlo cuando estés preocupado.

• Invócalo en todo tiempo y en todo lugar.

• Recuérdalo al terminar el día. También cuando te despiertes.

• Recorre los caminos que te ayuden a encontrarlo, pero no te ates a ningún camino. La búsqueda de Dios te exige ser libre interiormente.

• Entra en tu propio corazón, interioriza. La plegaria te ayudará a descubrir que es allí donde Dios se encuentra.

• Vive el gozo de buscar a Dios, pero sigue buscando a pesar de que, en algunos momentos, esta búsqueda sea dolorosa.

• Deja hacer a Dios. Dale tiempo. Siembra sin cesar la semilla de la plegaria en tu alma. Espera la lluvia del Espíritu, verás cómo fructifica.

• Utiliza todas las cosas que te ayuden a buscar y encontrar a Dios, pero verás que puedes aprender de Dios por Él mismo, sin la necesidad de que nadie te diga quién es Él o cómo has de buscarlo.

• Lee siempre la palabra de Dios como una palabra para ti, y también como una buena noticia.

• Ora tu propia vida. Haz de ella un canto y una súplica, una alabanza y acción de gracias ininterrumpidas.

• Vive siempre con la seguridad de que Él está cerca, a tu lado. Es tan cercano a ti que ni tú mismo serías capaz de imaginarlo.

• Reconoce tu pecado y, con la misma sinceridad, canta su misericordia y su perdón comprensivo y amante.

• Si buscas a Dios, aprende a escuchar a tus hermanos. Si esperas su misericordia, ábrete a la misericordia en tu relación con los hermanos.

• Vive en la convicción de que Dios te salva, te libera, te hace hombre nuevo. Déjate salvar y canta y proclama gozoso su salvación.

• Vive en todo con una confianza ilimitada en la acción del Espíritu en ti. No te cierres nunca a su obra en tu alma. No desoigas nunca el susurro de su voz. Esto te exige espacios prolongados de silencio.

• Déjate transformar por Él y por su Evangelio. Sé arcilla dócil y disponible. Permite siempre que Él haga su obra en ti.

• Ante Dios, deja tus máscaras. Sé tú mismo. Acéptate. Asume la sorpresa de reconocerte en tu pobreza y en los dones que Él te da.

• Aprende al humildad, la sencillez y la transparencia de los niños. Si no te haces como ellos, no podrás entrar en el misterio de Dios.

• Recuerda siempre que la aventura de la fe es un camino abierto. Hazte cada día más vulnerable a su llamada, a su encuentro, a lo que Él quiere de ti y te manifiesta de forma imprevisible.

• Procura vivir en todo de acuerdo con Dios y cambia tu corazón. Deja que Él te de un corazón nuevo.

• Encuéntrate con tus hermanos. Tu camino de oración no lo haces solo. Lo has de vivir en comunión con los que caminan contigo.

• Ama a la Iglesia, comunidad de los que buscan y viven a Dios, familia de los que creen en Jesús, cuerpo del Señor. Ama su unidad. Crea unidad en tu entorno y contribuirás a que todos seamos uno en Él.

• Ama la soledad y el silencio que necesitas para el encuentro interior con Dios, pero no transformes ni tu soledad ni tu silencio en una cerca de protección a tu egoísmo, sino en un camino interior de comunión.

• Ten los ojos abiertos. Sé presente a ti mismo. No huyas ni de ti ni de los demás. No te pierdas en la superficialidad. No huyas de Dios o de sus exigencias, que a veces conocerás a través de los hermanos.

• Aprende a amar. Vívelo todo en el amor y la libertad. Recuerda que el apóstol Juan te dice “Dios es amor”, y que Pablo añade “Allí donde está el Espíritu, está también la libertad”.

• Vive con gozo tu liberad de hijo de Dios y entenderás la verdad de las palabras de San Agustín “Ama y haz lo que quieras”.

• Dios cuenta siempre con tu voluntad. Siempre que acude a ti lo hace con la misma súplica humilde del leproso del Evangelio: “Si tú quieres…”

• Ama con ilusión y alegría, pero sin ilusiones.

• Ama a Dios y a los demás con un amor sencillamente bueno y concretamente bueno.

• Sé leal en tu amor, sincero en tu amor a Dios, sincero y entregado.

• Harás camino de búsqueda de Dios si no callas tu amor a los hermanos y si aprendes a decirlo, no con palabras, sino con gestos.

• Asume todo tu ser. Asume tu cuerpo y tu alma. Es obra de Dios. Es lo que Él te ha dado para que lo busques. Asume tu cuerpo, sí. Esclarece tu corazón. Abre sus puertas y sus ventanas. El pecado que te aleja de Dios solo puede estar en un corazón cerrado.

• Ama a Cristo Luz. Ahuyenta de tu vida todo lo que sea sombra y oscuridad. En tu oración mira a Cristo Luz. Que Él ilumine tus ojos y te enseñe a verlo todo con ojos limpios.

• Ama la Eucaristía. Quédate largos ratos con Él, que sabes que es presencia. Permanece en Él. Celebra su misericordia. Que ella te llene de paz y te recuerde que su yugo es suave y su carga ligera.

• Vive en la convicción de que Él es perdón. Reconoce tu pecado con paz de alma. Sé signo de su perdón, su misericordia y su comprensión entre los hermanos.

• Recuerda el día de tu bautismo. En el agua regeneradora te convertiste en hijo de Dios. El Padre grabó en tu corazón el rostro de Cristo. El Espíritu Santo marcó tu frente con su sello. Eres propiedad de Dios. Es la mejor garantía en tu camino para buscar y experimentar a Dios.

• Revístete de Cristo. Piensa que tu fe es un sí a Cristo. Permítele, en consecuencia, que Él te guíe y te acompañe en la búsqueda del rostro del Padre. Pide el Espíritu Santo que purifique y fortalezca tu fe.

• Aprende de Abraham la prontitud para marchar a la tierra prometida por Dios. Deja tu tierra, sal de ti mismo. Solo así encontrarás a Dios.

• María dijo “Sí, que se haga en mi según tu palabra”. Haz tuyas estas palabras de María. Mira la cruz. Acepta el misterio. Acoge al Espíritu. Reencuéntrate con tus raíces.

• Guarda en tu corazón estas verdades. Vive a Cristo, reconócelo en el hermano. Acéptalo en tu vida sin ninguna condición. Síguelo con amor, en verdad, con una fidelidad total y plena. Guarda estas verdades en la tierra fecunda de tu corazón y deja que germinen.

• Sube al monte Horeb. Es el monte del encuentro y de la visión. Pero no te olvides de descalzar tus pies y de aceptar, de antemano, la oscuridad, o que Él sea solo una voz que te habla a través de una zarza que arde sin quemarse.

• Acepta el misterio. Acepta, sí, que Dios es misterio. Pero no olvides nunca que tu meta es la claridad de su presencia.

Caminante, hermano, buscador de Dios, estos consejos para la oración son señales de camino. Cada uno de ellos tiene su sentido. Todos te servirán en algún momento de tu ruta. No olvides, sin embargo, que te diriges a la fiesta de comunión y de amor que es la Trinidad.

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