Jaume BoadaSube al monte de Dios

Es tierra de Dios

Paisaje

Del libro del Éxodo, capítulo 3, versículos del 3 al 5: «Moisés dijo, voy a acercarme a contemplar este espectáculo tan admirable: cómo es que no quema la zarza. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: Moisés, Moisés… Él respondió; aquí estoy. Dijo Dios: No te acerques, quítate las sandalias, pues la tierra que pisas es tierra de Dios.»

 

Al vivir una experiencia de desierto junto con la conciencia clara de tu pobreza y el peso y la rémora que suponen tus límites, habrás podido experimentar que Dios te rodea de sus cuidados. Él se hace especialmente presente a quien, con amor, desea buscarlo en la soledad y el silencio de una entrega cara a cara. Es como si el Señor quisiera agradecerte tu osadía haciéndose tierno y comunicativo contigo.

Seguramente vivirás momentos de sufrimiento interior y desconcierto ante tu propia situación actual o tu futuro. Pero Dios te dice de tantas maneras como a Moisés: «Yo estoy contigo», que nunca más dudarás de su presencia en tu vida ni de su compañía constante en tu camino.

En la medida en la que te vayas adentrando en la experiencia de desierto, irás comprendiendo la verdad de las palabras, tantas veces evocadas en nuestras conversaciones: «después del desierto ya no lo podrás perder ni te podrás perder», porque encontraste un tesoro escondido en tu alma y en tu vida también.

El Dios-Amor que se te manifiesta cercano y amigo, amoroso y Padre, es aquél tesoro escondido en el campo por el que uno es capaz de venderlo todo con tal de alcanzarlo.

Es cierto que Dios seguirá siendo un misterio en tu vida: cuando Moisés le pregunta a Yavé qué nombre tiene, recibe del Señor una respuesta profunda, evidente y misteriosa a la vez: «Diles, yo soy el que soy».

Yo soy: Dios quiere garantizar para siempre jamás la verdad de estas dos palabras: «Yo soy» y «Estoy contigo». Son como la base sobre la que tú irás construyendo tu vida de relación con Él. Son unas palabras que ahora deberás asumir en tu oración silenciosa, muy de desierto, muy de Dios. Con su gracia llegará a ser también una oración muy tuya, porque nacerá de lo más profundo de tu alma.

Sigue estos pasos que voy a indicarte ahora.

Haz silencio. Abandónate en un acto de fe, confiado. Sitúate en la presencia de Dios. Entra en el misterio de Cristo, el adorador del Padre. Calla a ti mismo. Renuncia a tus miedos. Despójate de tus seguridades.

Recuerda que en la oración es tan peligroso aferrarte a tus miedos que te impiden avanzar, como buscar una seguridad protectora.

En tu experiencia orante comprenderás que no podrás alcanzar la luz de la fe y de la presencia de Dios sin una entrega previa en la más absoluta oscuridad.

Yavé le pide a Moisés que descalce sus pies porque el terreno que pisa es tierra de Dios. A ti, en la oración y en la vida también se te pide esta actitud de desprendimiento.

Sí, descalza tus pies, porque estás en tierra de Dios.

Renuncia a tus palabras. Despójate también de tus pensamientos. Tus pensamientos sobre Dios, tus ideas, tus imágenes, se pueden interponer como una barrera que te impide alcanzarlo a Él conocer su verdadero rostro. Vive en el silencio que Dios te pide: Él quiere hablarte, Él quiere que le escuches.

Vive en Él, junto al Señor Jesús. Es la imagen de su rostro.

Vive en Él, junto a María, la humilde mujer del pueblo, pobre y sencilla, pequeña. En ella hizo Dios grandes obras. Ella, en el Espíritu Santo, Madre de Cristo, llega a ser para nosotros el rostro materno de Dios.

En silencio, acoge esta presencia. En silencio vive en Él. Repite pausadamente las palabras de Dios a Moisés: «Yo soy… estoy contigo».

Recuerda, asimismo, las palabras de Jesús resucitado a sus apóstoles: «No tengáis miedo, soy yo». Revive toda tu vida desde esta convicción profunda de estar en Él, que siempre es, de vivir en Él, que está contigo. Piensa que, desde que te llamó por tu nombre y decidiste dar respuesta a su llamada, estás pisando el suelo de Dios. Todo en tu vida ha de ser tierra de Dios. No busques otro suelo ideal, vive el misterio de Dios en tu realidad concreta de vida. Es tu lugar y tu camino para buscarlo solo a Él.

Ahora, ante su presencia, con la convicción de que toda tu vida se desenvuelve en Él, pacifica y serena tu vida en la confianza. Apóyate en Él. Apóyate en su amor y en su gracia. Él te ha llamado porque te ama. Vive centrado en su misericordia: desde la misericordia de Dios, intenta responder en tu plegaria a estos interrogantes que te sugiero:

¿Qué quiere el Señor de mí?

¿Qué es lo que me pide hoy y ahora?

¿Qué respuesta debo darle?

¿Acaso me guardo algo en el zurrón?

Con serenidad, vete pensando y repensando todas las situaciones de tu vida que puedan cuestionarte en este momento. Reléelas desde la seguridad del Dios que es y que está contigo.

Contempla en silencio el misterio de la voluntad de Dios en tu vida ahora y aquí.

Vive en el compromiso de reconocer que siempre estarás en la tierra de Dios. Replantea toda tu vida desde esta gran verdad, en la fe y en el abandono, en el silencio y en la esperanza, en el amor y en el gozo de saberte llevado por Dios, vivirás siempre en la seguridad de que Él te ama y espera de ti una respuesta de amor total. En el desierto aprendes a vivirlo todo desde la fe.

En la misma línea oracional que acabo de señalarte para hoy, deseo invitarte a orar el evangelio de la mujer cananea. Siempre me ha resultado un relato muy sugestivo, sobre todo si se lee desde el intenso simbolismo que encierra. Escucha el relato de Mateo en su capítulo 15, versículos 22 y siguientes:

«Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón, y hubo una mujer cananea de aquélla región que salió y se puso a gritarle:

– Señor, Hijo de David, ten compasión de mi. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le contestó palabra. Entonces los discípulos se acercaron a rogarle:

– Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les replicó:

– Me han enviado sólo a las ovejas perdidas de Israel.

Ellas los alcanzó y se puso a suplicarle:

– Socórreme, Señor.

Jesús le contestó:

– No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros.

Pero ella repuso:

– Cierto, Señor, pero también los perros comen las migajas que caen de las mesas de sus amos.

Jesús le dijo:

– ¡Qué grande es tu fe, mujer!. Que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento, quedó curada su hija.»

Fíjate en las respuestas que da Jesús. En primer lugar, ante la petición de la buena mujer, no responde nada. Él no le contestó palabra, dice el evangelista Mateo.

La segunda respuesta es una evasiva: «Solo me han enviado a las ovejas perdidas de Israel».

Y la tercer respuesta de Jesús, casi puede interpretarse como desconcertante. Quizás, incluso, ofensiva: «No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros».

Ante la insistencia confiada y humilde de la mujer, Jesús le concede la gracia solicitada. El Señor, como siempre, sorprendente, cercano, misericordioso.

¿Podrías, acaso, pensar, que su actitud es también un misterio?; ¿porqué espera la insistencia humilde y pertinaz de la mujer?; ¿qué sentido tiene todo?.

Me gusta ofrecerte unos textos que te ayudarán a interpretar el sentido profundo del relato de Mateo.

El primero es de San Agustín: «El fin de la oración probablemente no sea tanto obtener lo que pedimos, cuanto el venir a ser otros». Convendría ir más lejos y decir que pedir alguna cosa a Dios nos transforma, poco a poco, en personas capaces de renunciar, algunas veces, incluso a aquello que pedimos.

Segundo texto, de Soren Kierkegard: «En la verdadera relación de plegaria, no es Dios quien escucha lo que se le pide, sino que es el que pide el que continúa suplicando hasta ser él mismo quien escucha aquello que Dios quiere».

El tercero, de Evagrio Póntico: » Cuando Moisés quiso acercarse a la zarza incandescente, no pudo hacerlo hasta que no se quitó las sandalias. Y tú, que quieres ver a quien está más allá de todo pensamiento y de todo sentimiento, ¿no te desprenderás de toda noción sensible?.»

Una palabra del Señor a Santa Catalina de Siena: «Hazte tú capacidad, y yo seré un torrente».

Dice Teresa del Niño Jesús: «De Dios recibimos cuanto de Él esperamos».

Y San Ambrosio: «Dios no mira lo que le damos, sino lo que nos guardamos».

Lee y ora atentamente el evangelio de la cananea, con estos textos añadidos, y saca tú mismo las conclusiones necesarias, verás cómo en el desierto, haciendo la intercesión silenciosa, aprendes las verdaderas dimensiones de la oración de petición.

En todo caso, quiero preguntarte:

¿Te atreverías a leer el evangelio de la cananea al revés?. Inténtalo. Tú te pones en el lugar del Señor y déjale que sea Él el que pida. ¿No ocurre frecuentemente?.

¿No te das cuenta que el Señor, cuando vas a la oración, quiere también pedirte?.¿Cuál es tu respuesta?.

¿No crees que es verdad que muchas veces te haces el sordo a las peticiones del Señor y no respondes nada?.

¿Cuántas veces te has limitado a dar una respuesta evasiva?.

¿No ha ocurrido alguna vez que tú le has respondido al Señor con algo semejante a un «déjame en paz»?.

En el desierto debe purificarse tu vida. También tu oración. Debes convertir este tiempo privilegiado en Dios en intercesión. Se te ha pedido esta oración de súplica, ¿ya aprendiste a descalzar tus pies para hacerla?.

Cuando pides por alguien o por algo, ¿ya miras tu propia disponibilidad y capacidad de entrega?.

Orar es entrar en el misterio de Dios y en el misterio de su voluntad en tu vida, decía el Padre Congard.

Al pedir, al orar, al suplicar, ¿aceptas plenamente el misterio de Dios y el misterio de su voluntad en tu vida?.

Quiero dejarte un último pensamiento para orar en el día de hoy. Es de Santa Teresa del Niño Jesús. Dice así: «El Señor se hace pobre con tal que le podamos dar nuestra limosna. Nos presenta la mano como un mendigo, para que el día radiante del juicio pueda hacernos escuchar estas dulces palabras: ‘Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, no sabía donde alojarme, y me habéis hospedado, estuve en la cárcel, enfermo, y me socorristeis’.»

Es Él mismo, Jesús, quien ha pronunciado estas palabras. Es Jesús quien quiere nuestro amor, el que viene a mendigar. Se coloca, por decirlo así, a merced nuestra. No quiere tomar nada que no le hayamos dado, y la cosa más pequeña es preciosa a sus divinos ojos.

Desde la radicalidad del desierto, ¿no te parece que deberías hacer un replanteamiento global de tu oración?. ¿No crees que el Señor espera que aprendas a pedir -desde la capacidad de escuchar- lo que Él te pide a ti?

Es bien cierto que la oración en el desierto no nos lleva a vivir nuevas emociones, sino mayores responsabilidades. En el desierto comprendes que orar equivale a comprometerte más y más con el Señor y con los hermanos.

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