Jaume BoadaSube al monte de Dios

Moisés, Moisés

Moisés rompiendo las Tablas de la Ley

Moisés rompiendo las Tablas de la Ley (Rembrandt)

Al vivir una experiencia de oración en el silencio del Monte de Dios, has de sentir fuertemente en tu interior y en tu vida la llamada del Señor.

Ora la llamada del Señor. Contempla bien sus llamadas. Él te eligió antes de nacer: te amaba cuando ni siquiera existías en la mente humana. Él te llamó y te hizo suyo en el bautismo. Aquel día comenzó una historia de amor y de entrega. Dios te concedió la gracia de conocerlo de verdad y llenó tu corazón de deseos de seguirlo. Después, al ir haciendo tu opción de vida, Él quiso estar presente; te invitó a entregarte a Él en un camino de vida concreto.

Piensa que Él quiso hablarte al oído y te propuso un camino en la vida. Nunca caminaste solo. Él siempre estaba guiando con su mano amorosa de Padre los senderos de tu existencia.

Si miras la historia de tu vida, comprenderás que Él todo lo hace para el bien de aquéllos a los que Él ama. Al fin y al cabo, has de vivir convencido de que Dios tiene un plan de amor para ti. Él lo va realizando con ternura. A ti solo te pide que te abandones en confianza y que te dejes llevar.

El Espíritu Santo sembró en tu alma la semilla de la oración. Pudiste percibir que la búsqueda de Dios en el silencio y en la oración ha sido para ti una nueva llamada, una vocación interior irresistible a dejar crecer en tu vida, generosamente, el don de la oración. Es tu manera de ser de Él y de vivir en su amor mientras, en la vida, te dispones a servir en el amor a los demás.

Él te estaba esperando. Él te mira constantemente con su misericordia y confía en tu fidelidad. No lo dudes: Él ya te liberó para poderte salvar, como a Moisés. Relee atentamente el capítulo 3 del libro del Éxodo. Siéntete tú también protagonista del relato. La vocación de Moisés es una obra de amor. La tuya también lo fue, y lo es, a pesar de tus infidelidades y pecados. Responde con amor a su palabra.

Tu vocación a seguirle implica una exigencia de respuesta. No quiere tus sacrificios. Él espera tu respuesta de amor y tu actitud radical de misericordia en la vida.

El Dios-Amor lo ha dispuesto todo para liberarte y convertirte en testigo y sacramento de su obra de amor.

En tu ruta contemplativa, descubres que siempre has de vivir en Él; compruebas que todo se realiza en ti como una obra de amor.

En el silencio vete saboreando con lentitud la palabra que Dios pronuncia en el interior de tu alma: Moisés… Moisés…

Él te llama por tu nombre. Al invitarte a hacer el camino del desierto te dio un nombre nuevo.

Hoy, ahora, tu oración ha de ser escucha. Escucha al Señor en el silencio; atiende y acoge su misericordia en tu alma y en tu vida; repite, lentamente, la oración del abandono.

Haz silencio. Calle a tus cosas. Solo Él, solo su amor ha de estar presente en tu vida.

Como a Moisés, Él te ha llamado y te llama por tu nombre, sin más. Solo te pide que seas fiel a ti mismo, que reconozcas la obra de sus manos en ti, que respondas con fidelidad a esta llamada interior que resuena en lo más profundo de tu alma.

Cuando te ha llamado, Él sabe bien quien eres. Sabe de tu disposición interior y del peso de tus propias miserias en la vida.

Él no quiere ni tu humildad ni tu orgullo. Quiere tu propia nada, porque Él desea ser en ti tu todo, tu plenitud, el sentido más profundo de tu vida.

No tengas miedo a Dios. Preséntate ante Él indefenso. Sé arcilla blanda y dócil, abandonada en sus manos de alfarero.

No te escondas ante su presencia luminosa: abre tu vida a la verdad de su amor.

Al llamarte, sabe bien cómo asumes tú mismo tu propia vida, de qué manera personalizas, integras y asumes en tu persona toda tu historia, esa interminable sucesión de hechos que han ido llenando de luces y sombras, de color y de luz en libro de tu vida.

Recuérdalo todo ante Él. Reconoce las heridas que aún no han cicatrizado. Revive las alegrías que te plenifican y te llenan de esperanza.

Detrás de tu nombre están tus pobrezas y tus posibilidades, tus ilusiones y tus decepciones, tus esperanzas y tus frustraciones, tu capacidad para vivir la utopía del Evangelio, y las posibilidades de acoger en tu vida el encuentro con Dios.

Dios libera tu alma y tu vida, te libera a ti, y libera a tus hermanos contigo para que todos podáis responder generosamente a su llamada.

¿Tú quieres ser testigo vivo de su liberación? Abandónate a su amor y a su presencia. En silencio piensa que Él no pone su mirada en tu pecado o en tu pobreza: Dios es siempre positivo, Él mira siempre tu capacidad de vivir en la ilusión y en la utopía, tu capacidad de esperanza, tu compromiso sincero de fiarte de Él y dejarte guiar por su Plan de Amor.

Sí: fíate de Él. Esta confianza te salvará. Abandónate en confianza, renueva tu confianza en el Señor, que se apoya en ti. Dios es para ti misericordia, y espera tu fidelidad.

Vive en Él y con Él, porque está en ti.

 

Ahora quiero proponerte una experiencia oracional muy sencilla. Tendrá que ser tu tarea de hoy. No olvides que tu experiencia de desierto ha de ser totalizante: tendrá sus momentos para orar en su paz y momentos para orar fuertemente insertado en tu propia vida y en tu historia.

En el Monte de Dios, en un ambiente que facilita el silencio y la soledad, sin el reloj que parcializa de modo inexorable tu tiempo, hoy, ahora, puedes orar sin tiempo. Se dan las condiciones necesarias para esta oración en profundidad. Verás cómo viviéndola con el corazón agradecido podrás orar tu propia vocación.

Sitúate en la presencia de Dios. Toma tu libro de ruta. Escucha, con calma, esta larga lista de palabras que dentro de un rato voy a decirte. Escríbelas en tu libro. Pronúncialas lentamente con tus labios y tu pensamiento, convirtiéndolas en oración del corazón. Pon, junto a cada una de ellas, el nombre de Jesús. Acoge el silencio del Espíritu Santo en tu vida.

No pretendas orar todas las palabras que voy a sugerirte, sería imposible. Quédate solo con las que conmuevan más tu sensibilidad después de haberla pronunciado tú mismo entre pausas de silencio.

Ya verás cómo escuchas que Él repite tu nombre: Moisés… Moisés… Revivirás el don de tu vocación.

Después, relee nuevamente las palabras escogidas y vete recordando momentos y episodios de tu vida de antes. Piensa también en tu presente: cómo vives, en qué situación estás ante lo que significan las palabras que te propongo. En lo que creas que falles, pide su perdón y su misericordia. En lo que ya vives, agradece al Señor su don y entrégale nuevamente toda tu confianza. Con estas palabras, ora tu propia vida y revive su llamada.

Fíjate bien en el sentido que ha de tener tu oración de hoy. No se te pide, lo recuerdo una vez más, un análisis reflexivo ni un trabajo intelectual a partir de unos conceptos. Más bien limítate a dejar resonar y a escuchar, en lo más profundo de tu alma, ahora que ya está bañada en el silencio, el eco que produce cada palabra. No olvides poner junto a cada una de ellas el nombre de Jesús, verás cómo, invocando su nombre, todas tienen un sentido diferente, nuevo.

Cuando finalices este proceso oracional, responde serenamente a esta pregunta: ¿cuál es la palabra que podría definir o explicar tu presente?.

Voy a pronunciar, con lentitud, las palabras que te sugiero:

Silencio
Gratuidad
Entrega
Intercesión
Misericordia
Amor
Obediencia
Esperanza
Pecado
Pascua
Padre
Abandono
Fidelidad
Confianza
Alabanza
Oblación
Sacrificio
Anonadamiento
Humildad
Conversión
Superación
Espíritu
Encuentro
Serenidad
Generosidad
Compasión
Inmolación
Pureza
Desasimiento
Renovación
Superficialidad
Reconciliación
Caída
María
Indefensión
Calma
Nostalgia
Comprensión
Cruz
Plenitud
Pobreza
Caridad
Alegría
Frustración
Jesús

Si te propones vivir este camino de oración con sencillez, humildad y paz, verás que no solamente no te cansa, sino que te llena de paz.

Escuchar al Señor es siempre un descanso y un buen motivo para la alabanza alegre y la sincera acción de gracias.

No te desanimes. Ora al Espíritu Santo. Junto a Jesús conocerás tu propio rostro. Él te ayudará a aceptar tu propia vida. Verás que su comprensión cicatriza todas las heridas que pueda haber en tu alma. El Espíritu Santo te sanará interiormente. Fortalecerá lo débil, reconstruirá lo destruido, profundizará lo superficializado de tu alma con el bálsamo del amor de Cristo. Ante Él verás que nunca puedes caer ni en la desesperanza ni en la decepción, porque Él siempre es positivo, Él goza con el solo hecho de verte deseando buscarlo con amor.

Recuerda lo que dice Isaías: “El Señor nunca rompe la caña cascada ni apaga el pábilo que aún humea”.

Él te ha llevado al desierto para hablarte al corazón y recordar su amor primero. Vive intensamente la gracia del desierto. Es un don de Dios para ti.

Al acabar la jornada, recógete en silencio ante el icono de María: es el signo de su presencia en este camino. Ella vive amorosamente junto a ti.

Alaba al Señor, repite su nombre, este nombre con el que tú lo designas con amor.

Vive en el gozo de estar en Él y con Él, en la gratuidad de tu oración en la que te limitas a morar permanentemente en su presencia.

Si te es posible, ofrece algún detalle, en luz y en flor, junto al icono. Canta a María, recuerda que ella es la garantía de tu fidelidad, el estímulo de tu entrega, el aliento de tu oración.

En el silencio de María tienes un programa de vida. En el amor sencillo y generoso de María, un ejemplo de lo que has de vivir.

En la oración sencilla y transparente con la que acabas tu ruta, podrás expresar este deseo de paz que anida en tu alma y que, después, has de encarnar en la vida.

Que la serenidad de tu plegaria ante el icono de María sea una invitación constante a la oración.

 

LA PALABRA, PAN DE CADA DÍA

Para hoy, Mateo capítulo 4, versículos 18 a 24 y textos paralelos.

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