Jaume BoadaSube al monte de Dios

Parábola

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Fotografía: Javier (Creative Commons)

Es una pequeña historia, relato de esas cosas que tiene la vida pequeña que suelen pasar inadvertidas a todo el mundo. ¡Hay tantos problemas importantes en los que pensar!. Son cosas que no tienen entidad para salir entre las noticias de la prensa, pero, en su aparente intrascendencia, son también significativas.

Frente a mi casa, en la estrecha y sombría calle de mi pueblo, hay un edificio muy antiguo, descuidado, con la fachada desconchada, cayéndose día tras día el humilde cemento que recubría sus pobres paredes.

Aparentemente la casa estaba desierta. Casi nunca se veía en la humilde entrada o en la escalera que conducía a sus entrañas, movimiento de gente alguna que saliera o entrara. Parecía que nadie vivía allí.

Rara vez alguien había visto luz en uno de sus reducidos balcones, casi siempre cerrados. Los vecinos decía que allí vivía, o malvivía, una pequeña abuelita. En pocas ocasiones se podía ver el paso rápido de una mujer joven que, con unas bolsas de plástico, entraba en silencio y salía presurosa.

Los más antiguos del barrio afirmaban que era la hija de la anciana que iba, de vez en cuando, a ver a su madre y a llevarle alimentos. Quizás también ropa limpia.

Todos podíamos percibir, sin embargo, una insignificante señal de vida: por la tarde, a la hora de la merienda, siempre aparecía en un rincón de la acera, una piel de plátano y otra de manzana. Se decía que era la anciana, que quería hacer partícipes a las palomas que siempre revolotean por allí, de su pobre alimento diario.

Un día, en pleno invierno, con nuestra calle aún cubierta de restos encharcados de la última nevada, nos dimos cuentas de que, a las seis de la tarde, no estaba en el rincón de la acera la inevitable señal de vida: ni la piel de plátano ni la de manzana.

Pasaron dos o tres días sin los restos en la acera. Después la noticia corrió de boca en boca: habían encontrado a la pobre anciana muerta en su pobre casa completamente helada. Ningún ruido. Nadie había oído nada. Todos comentaban lo mismo: “¡Ya me extrañaba a mí!”.

Nadie vio más ni la piel de plátano ni la de manzana.

 

Una piel de plátano y una de manzana. Dos expresiones de una vida que late con vigor aunque silenciosamente. Una vida importante, como toda vida. Tan grande y tan humilde como todas.

Todo el mundo podía ver esas insignificantes señales de vida. Con la muerte todo desapareció: ya no había una vida que hablara.

La oración es, en su más humilde y profunda expresión, una evocadora señal que expresa la vida.

Las actitudes de la vida, el latir de la vida han de ser la base de toda oración, viviendo siempre en Dios desde el latir del corazón de la vida, siempre con el arrimo de la fe, la esperanza y la caridad para crecer en Dios.

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