Jaume BoadaSube al monte de Dios

Subiendo al monte de Dios

sube-al-monte-de-dios-11

Fotografía: Philipp Zieger (Creative Commons)

Salmos para el camino

Desde lo hondo a ti grito, Señor.
Desde la tierra de mis cenizas,
desde la vida de mis pasos de cada día,
desde mis angustias y soledades,
desde mi trabajo y mi descanso.
Desde mis días de sol o llenos de nubes,
desde mi alegría o mi llanto,
desde lo más profundo de mi corazón
te llamo, a ti grito.
Te invoco sin desfallecer
y te amo, te espero.
Busco ansioso tu palabra.
Amo, añoro, deseo, Señor,
Suspiro, canto y danzo,
porque amo tu amor y te amo ti.
Estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.
Es mi súplica silenciosa, Señor.
Es la oración de mi vida.
Todo mi ser se entrega
esperando tu presencia, o tu palabra,
o los signos con los que me haces ver
tu voluntad viva en mi vida.
Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra.
Mi alma aguarda al Señor
más que el centinela la aurora.
Miro a mi alrededor y veo tu sombra.
Quisiera verte con mis propios ojos.
Veo la sombra de tu luz en mis hermanos.
Presiento tu cercanía en el dolor.
Suplico, invocando tu presencia en la vida.
Callo y espero, espero y callo buscándote siempre, Señor,
Cada día, en todo, descubro que mi silencio
es la mejor oración,
es la profunda súplica de la vida.
Mi silencio y tu presencia: he aquí mi oración.
Así será la oración de al vida:
yo callaré mientras te busco,
y tú me buscarás hablándome con presencia.
Tú, el Amor siempre presente,
el amor de mi vida:
vivo en el Señor. Es el Señor de mi vida.
Espere Israel en el Señor
ahora y por siempre.
Amén.


Señor: yo te amo.
Tú eres mi fortaleza,
tú, Señor, eres mi único bien,
mi amor y mi vida. Todo.
Tú eres mi plenitud,
sólo tú, Señor, sólo tú.
Yo te amo, yo te deseo, yo te busco
y tengo puesta mi confianza en ti
porque he comprendido y entendido y vivido
aquéllas palabras de Pedro, el apóstol,
testigo privilegiado de tu Transfiguración:
“¿Adónde iremos, Señor?
¡Sólo tú tienes palabras de vida eterna!”
Señor mío y Dios mío:
cuando intento hablarte de mi amor
siento la necesidad de callar
y adorarte en silencio,
acoger calladamente tu presencia,
recibir tu amor y dejarme amar.
Cada vez lo veo más claro, Señor:
veo que amarte es dejarme amar por ti,
abandonarme en tus manos amorosas,
vivir en tu presencia
y dejarme inundar de la luz que irradia
tu rostro transfigurado.
Es pobre el amor cuando quiere expresarse en palabras.
Basta la mirada y la súplica constante.
Me basta, Señor, con saber que eres,
que estás, que vives.
Vives en mí y en toda la creación, todo habla de ti.
Al bajar del monte concédeme el don
de percibir tu presencia cercana en todos los hombres, mis hermanos,
en los que sufren o lloran, o viven la cruz, en su cuerpo o en su alma.
En ellos, en los más pequeños
y desheredados de este mundo, estás Tú.
Mi diálogo de amor,
mi levantar las manos suplicantes en tu presencia
será verdad cuando lo traduzca en la vida concreta de cada día
en amor y servicio a los demás.
Yo te amo, Señor.
A ti grito pidiendo amor, amor.
¡Gloria a Dios siempre!.
Amén.


En mi angustia grité al Señor.
Él ha escuchado mi voz.
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación
invocando tu nombre.
¿Porqué te acongojas, alma mía,
y te agitas por mí?
Espera en Dios, aún volverás a alabarlo,
a mi Dios y mi Salvador.
Sufro, Señor, en mi alma,
vivo inquieto por tantas y tantas cosas que me abruman…
Veo a mi alrededor hermanos que sufren,
personas solas, incomprendidas, dejadas.
No hay peor pobre que aquél
que no tiene un ciprés que le espere,
¡y hay tantos que lo experimentan
en su propia carne…!
No encuentran, ni siquiera,
un escuálido ciprés que los espere.
Yo, en cambio, tengo el don
de poder decir que tú, tú, Señor,
eres mi paz, mi fuerza, mi consuelo,
eres el gran don de mi vida.
Mientras subo al Tabor, el Monte de Dios,
ya sé que allí, en la cumbre,
podré contemplar tu rostro luminoso.
Tú eres, Señor, mi refugio y mi fortaleza,
mi seguridad y mi paz.
Eres el amigo fiel que siempre está.
Tú nunca te ausentas de mí,
aunque yo me olvide de ti:
en cuanto vuelvo, percibo que estás en mi,
y esta fidelidad de presencia
es la fuente de mi paz.
Yo quiero ser para todos
testigo de esta paz.
La paz que vivo en mi oración
y que solo encuentro en ti.
Tengo que gritar a todos:
“¡Hermanos, hermanos, Dios es nuestra paz!”
Y más suave y concreto:
¡Hermano: tú que te sientes pequeño,
tú que sufres, tú que lloras,
tú que ríes, tú que cantas:
Dios, el Señor, es tu paz!.
Era este tu constante saludo de resucitado:
“Que la paz esté con vosotros.
No tengáis miedo”.
Enséñame a encontrarte en el silencio de tu paz.
Gracias, Señor,
tú eres nuestra paz.

Subiendo al monte de Dios
Anterior

Nunca dudes de su presencia

Subiendo al monte de Dios
Siguiente

Parábola