Jaume BoadaSube al monte de Dios

Vivir buscando el rostro de Dios

Jesús

Jesús (Heinrich Hofmann)

Ciertamente, es Él quien ora en nosotros. Este es un nuevo descubrimiento en el camino de la experiencia de Dios. Sin embargo, orar no es nunca una actitud pasiva en la vida. Se habla de la necesidad de vivir en una búsqueda afanosa de fe y de deseo, de apertura total de nuestra vida y nuestra voluntad al Plan de Amor del Padre.

Después de subir al Monte de Dios, el monte Tabor, vamos a insistir en la actitud de amor, un amor de puertas abiertas, un amor que nos lleve a una disponibilidad plena de todo nuestro ser.

Contemplamos por un instante el rostro transfigurado del Señor. Ahora comprendemos que orar es buscar, convertir nuestra vida en una búsqueda del rostro del Señor y de su presencia constante en la vida. Esta búsqueda nace en la fe. Una fe, a veces, angustiosa, en otras ocasiones confiada, pero siempre llena de amor y de la esperanza que alienta y empuja el camino.

Orar es buscar. No es una búsqueda sin rumbo ni sin término. Todo empieza experimentando que Él nos amó primero. Se descubre que Él tiene un Plan de Amor para cada uno de nosotros. Llegamos a la convicción de que ha sido Él mismo quien ha sembrado en nuestro propio corazón el deseo de buscar, sí, el deseo de buscar su rostro, su nombre, su presencia, su palabra.

No se trata de encontrar el nombre que Dios tiene para todos, sino el rostro y el nombre que Él tiene para los íntimos, diré aún más, el nombre que tiene para mí, concretamente para mi. Leía hace tiempo el testimonio de un orante que explicaba la aventura de su vida de fe, su deseo de encontrar el nombre de Dios en su vida. Acababa su testimonio con estas palabras: «Cansado ya de buscar nombres, me limito a llamarlo Padre».

Cada uno de nosotros ha de hacer su camino de oración empeñado afanosamente en esta búsqueda. No es fácil orar, no resulta cómoda la peregrinación orante. Siempre he creído que la oración profunda, la contemplación, es para todos. Es un don inmenso del Padre el sentir en el alma la nostalgia de Dios, el desear conocer su rostro y el emprender el camino necesario para encontrarlo.

Creo, sinceramente, que esta búsqueda se ha de hacer desde un arraigo total en la vida. Búsqueda integrada en los quehaceres y vivencias intensas propias de todo aquel que quiera vivir a fondo. Es equivocado pensar que el problema de la oración está en encontrar el método adecuado para orar, o las técnicas de relajación que nos dispongan para el encuentro. Todo esto ayuda, qué duda cabe, para prepararnos para la oración. En todo caso, nos dispone sicológicamente, para el silencio necesario para orar, pero la oración entra en los caminos de la fe, en el arrimo de la fe, la esperanza y la caridad, que dirá San Juan de la Cruz.

Últimamente he vivido impresionado por el testimonio de una mujer orante que, al final de sus días, en el lecho de muerte, no se cansaba de repetir: «¡Qué poco sabemos de Dios!». Y lo decía después de haber vivido, con total entrega, la búsqueda de su rostro. Había tenido, no puedo dudarlo, su experiencia de Dios, había podido percibir los pasos de Dios en la vida, había sentido su presencia y su cercanía. Por ello proclamaba que es poco lo que sabemos de Dios. No es ni un lamento ni una queja. Es invitación a seguir con firmeza los caminos que nos llevan al encuentro.

La misma fuerza que pongo al afirmar que la contemplación es para todos, tengo que ponerla para decir: «Hermano, es necesario que vivas con firmeza el camino de la búsqueda de Dios; hermano, es imprescindible alimentar el deseo y la nostalgia de Dios; hermano, hermanos: hemos de convertir esta búsqueda del rostro del Padre en el punto central de referencia de todo lo que hacemos y vivimos.» No se trata, ni mucho menos, de hacernos profesionales de la oración, pero sí de convertir la oración en el alma que da sentido a nuestra existencia. Porque, cuando buscas a Dios, encuentras un sentido nuevo en toda tu vida.

Pensando en tu vida, y con el objetivo de acompañar tu camino y de sugerirte sendas nuevas de oración, te leo esta carta que te escribí:

 

Caminante, hermano:

Tú quieres buscar a Dios. Piensa que Dios es silencio, un inmenso silencio y, al mismo tiempo, es palabra, la palabra que nos ha dicho en Cristo Jesús.

Recuerda que Dios es luz, es claridad de presencia y, al mismo tiempo es noche, es oscuridad, es el Dios Escondido.

Dios es bondad, cercanía, amor, misericordia y también descubrirás que es inaccesible, lejano, hasta puede parecer ausente.

¿Quién puede subir al monte del Señor?, ¿quién puede entrar en su morada santa?, se pregunta el salmista. Ha de ser también tu pregunta, caminante, hermano, porque Dios es tu nostalgia.

Buscador de Dios, caminante del rostro del Padre, descubrirás que Dios es amor y que, también, es misterio.

Si quieres ser orante, haz de tu búsqueda un camino. Porque quieres conocerlo ansías ver su rostro, percibir su presencia y sus pasos en la vida.

Camina empujado por la sed y la nostalgia. Vívelo todo en la esperanza, en la atención, en la sencillez y la transparencia de una vida clara y luminosa.

Ten los ojos siempre abiertos e iluminados por la fe.

No te desentiendas de los problemas de los hombres, y descubrirás su mirada en el hermano que está a tu lado, su mano que se acerca a ti para pedirte ayuda o en la de quien te la ofrece a ti.

Intuirás que está en la naturaleza y en la vida, en la sonrisa de un niño y en el llanto de quien grita su dolor o su soledad.

Aprende a mirar, a escuchar. Busca estar atento a la vida. Espera.

Haz también silencio. Ámalo. Y, cuando puedas, búscalo. Calla a tus ruidos. Escucha a los hermanos. No te cierres en ti mismo, te harás con ello más capaz de encontrar a Dios y de descubrir que Él también camina en la vida.

Y, mientras tanto, ama. Vívelo todo en la dinámica del amor. Un amor sencillo, concreto, entregado y atento. Un amor convertido en algo tan elemental como el servicio y la amabilidad, o en algo tan profundo como es la donación y la entrega.

Porque el Apóstol Juan, que tuvo el don de buscar y encontrar, y la gracia de poder ser llamado «el discípulo a quien el Señor ama», proclamó con claridad y fuerza: «Dios es Amor».

Todo lo que hagas para vivir en el amor será camino para tu búsqueda de Dios.

No te encierres en la pequeña anécdota de tus cosas. Ábrete a la trascendencia de la vida y serás capaz de percibir su mirada y su presencia cercanas y bondadosas.

No te creas poseedor de Dios, que no te contentes creyendo que ya lo tienes en tu corazón. Busca, en cambio, lanzarte a la inmensidad de su corazón.

No te empeñes en definirlo o en decir cosas sobre Él. No lo encierres en las pobres paredes de tus palabras. Porque tú has de querer saber quién es Él, cuál es su nombre para ti. Yo me limito a decir que es Él o, en todo caso, digo las mismas palabras del apóstol Tomás cuando pudo comprobar que vivía resucitado: «Señor mío y Dios mío».

No te contentes con la pequeña satisfacción de tus fervores o de tus piedades. No creas que haces bastante con cumplir con tus obligaciones de oración: en la fe y en el amor nunca se cumple, porque la fe y el amor no han de tener límites en ti, hermano buscador de Dios.

Y cuando ores, no hables demasiado, porque como buscador de Dios eres caminante del silencio. Este camino es el quehacer constante de tu vida. Ya verás cómo, a lo largo de los años, experimentas en tu oración un proceso simplificador y confiado. A medida que avances en el camino de la búsqueda de Dios, percibirás que necesitas menos de las palabras para comunicarte con Él. Al final de tu camino, tu plegaria será solo un largo y continuado amor. Porque en la búsqueda de Dios importa más la actitud que las palabras, valen más las manos del deseo levantadas, suplicantes, que la incesante palabrería del satisfecho. Importa más el hambre y la sed de saber de Él y de conocerlo más, que la actitud corta de miras de quien se aferra al pequeño tesoro que guarda en el bolsillo.

Buscador de Dios, hermano: emprende tu marcha recordando que Él sólo te pide que le ofrezcas tu propia nada, que te aceptes tal y como eres, con las limitaciones y esperanzas que siempre hay en tu vida.

Acepta tu vida, vive reconciliado con tu entorno, asume tu manera de ser, reconoce con la misma paz de alma tu pobreza y tu riqueza, tu presente y tu futuro, las dificultades del camino y el inmenso horizonte de las posibilidades que Dios te ofrece.

Si quieres orar, presenta tu deseo y tu disponibilidad.

Para transformarte en caminante buscador, Dios sólo necesita que le ofrezcas la pobreza-riqueza de tu propio barro.

Vive en la confianza. No tengas miedo. Lanza el corazón y abandónate plenamente al Plan de Amor de Dios para ti.

Vive en comunión con Él y con el misterio de su voluntad en tu vida. Se verá que ésta es tu actitud si vives la comunión contigo mismo y con las personas que te rodean, que forman parte de tu familia o de tu comunidad. Procura tener, para ello, actitudes congregantes. No permitas que el desamor, o el rencor o la decepción o la melancolía aniden en tu alma. No hagas nunca cálculos de lo que te cuesta o de lo que te exige tu camino de buscador de Dios. Vívelo, en cambio, con gozo y en una actitud de total gratuidad.

Haz tuyas las palabras del salmista: «Dios mío, escucha mi oración, no te cierres a mi súplica, hazme caso y respóndeme. Me agitan mis ansiedades. Yo invoco a Dios y el Señor me salva. Dios escucha mi voz, su paz rescata mi alma».

Es importante que te dejes llevar por el amor y la confianza en Él. Fíate de Él y, al hacerlo, recuerda que es Padre, pero también misterio de fe.

Permítele que llegue a ti y te guía como Él quiera y te lleve como quiera y hacia donde él quiera.

Renuncia a buscar gratificaciones espirituales.

Acepta no ver o no ver siempre claro. Para buscar a Dios te bastarán dos cosas: fe y paz de alma. Ciertamente tu fe, por momentos, será dolorosa y oscura y tu paz iluminará solo el último rincón de tu alma. Acéptalo así, pues estas cosas forman parte de tu camino e buscador de Dios.

Buscar a Dios supondrá para ti el encontrarte con Él cara a cara y a rostro descubierto como Pedro, Santiago y Juan en el monte de Dios.

Acógelo también en tu vida con amor y sencillez.

Vive en la constante comunión de presencia con Él, vive en el gozo de sentirte amado por el Señor. Abre tu vida a una relación de amistad sincera, profunda, dialogal e ininterrumpida con Él.

Piensa que orar es ser tú en Él y dejar que Él lo sea todo en ti.

Dios es Uno y es comunión trinitaria.

En tu acercamiento al misterio de Dios, vivirás la experiencia de un Dios-Padre, revelado y manifestado en Jesús, el Señor, el Hijo. Lo descubrirás gracias a la luz y a la fuerza del Espíritu Santo. Los tres viven en un encuentro festivo y gozoso de comunión: «tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo primogénito».

Cristo Jesús es el don del Padre para los hombres, y es también la puerta que se nos abre incesantemente para llegar al corazón de la Trinidad. Como buscador de Dios estás llamado a entrar en comunión con la Trinidad. Tú caminas para vivir conscientemente en ella, sabiendo, por otra parte, que el Padre, el Hijo y el Espíritu ya han establecido su morada en ti.

Hermana, hermano: tu camino de acercamiento a la comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, será la tarea fundamental de tu vida. Es el objetivo central de tu deseo de experimentar a Dios en la oración profunda.

Después de haber subido al Monte de Dios, el Monte Tabor, después de haber contemplado junto a Pedro, Santiago y Juan el rostro luminoso de Cristo, te has de sentir invitado a buscarlo presente en la vida, sí, en tu vida, en la vida de cada día, en la vida que compartes con los hermanos.

Yo, tu humilde hermano, me he permitido dirigirte esta carta a ti, que buscas a Dios.

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