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Buscando a Dios

Rosario

Fotografía: Chris Sloan (Creative Commons)

Índice

I. Prólogo

II. Pensamientos

III. Reflexiones


 

Prólogo

Guy de Larigaudie, routier legendario, el primero que unió en automóvil Francia con Indochina, cayó en el campo de honor el 11 de mayo de 1940, en la frontera de Luxemburgo.

Se le encontró encima una carta, escrita a una religiosa carmelita, en la que decía:

“Hermana:

Estoy en la refriega. Puede que no vuelva.

Tenía hermosos sueños y grandes proyectos. Sin embargo, si no fuera por la pena inmensa que esto va a causar a mi pobre madre y a los míos, saltaría de gozo. Tenía tanta nostalgia del cielo…, y ahora presiento que pronto va a abrirse la puerta.

Al ser tan grande mi deseo del cielo y de la posesión de Dios el sacrificio de mi vida no es tal sacrificio.

Había soñado llegar a ser santo y ser un modelo para los lobatos, scouts y routiers. Demasiada ambición quizá para mi talla. Pero era así.

Estoy alistado en el cuerpo de caballería y contento de que mi última aventura sea a caballo…”

Esta última carta es su retrato exacto: amor a la vida y nostalgia de Dios. Saboreaba la vida como un chiquillo saborea una fruta maravillosa.

Pero en su interior no cesaba de oír un nuevo canto, una llamada más seductora todavía: la llamada de Dios.

Los scouts quieren unir lo humano con lo divino, descubrir la creación en espíritu de gratitud y ofrecer a Dios el homenaje de un cuerpo vigoroso y de la alegría en la acción. Su vida espiritual en su ascensión hacia Dios pretende arrastrar toda su vida humana.

Guy de Larigaudie supo realizar maravillosamente esta difícil alianza. Sus últimas palabras lo demuestran. Resumen lo esencial de su vida. La muerte, a la que se ofrece, es el sello que da a su obra literaria un carácter de autenticidad sagrada indiscutible, que se impone y suscita amor y respeto. Es él mismo, hermanando el gozo de vivir con el deseo de Dios.

Recorrió toda la tierra con una admiración siempre renovada. Pocos habrán sido tan sensibles a la belleza del mundo. Quiso sumergirse en ella. En todo encontraba motivo de admiración y todo le servía de trampolín para elevarse hacia Dios. Desde la humilde flor hasta el hechizo del cielo explorado en avión.

Y no se trata de una simple necesidad estética. La belleza le lleva al amor. Es para amar, porque ama, por lo que sabe descubrir el encanto del mundo y contemplarlo. Hay ternura franciscana en su amor a las cosas y a los seres.

Y se da cuenta de lo que esto representa. De ahí su gratitud y su deseo de darse. El amor engendra la vida. Precisamente porque ha amado es capaz de hacernos revivir tan a lo vivo su conocimiento espléndido del Oriente.

La modestia y la sencillez serían su distintivo si no lo fueran en mayor escala la alegría y la pureza. Quien no le ha visto reír no sabe lo que es la santa libertad de los hijos de Dios, ni el esplendor de un alma milagrosamente preservada.

Si escribe, lo hace para hacer partícipes a los demás, a los jóvenes sobre todo, de la alegría de su nuevo descubrimiento. De lo que posee. Y su estilo, como él mismo, es limpio. Yodo es en él sinceridad.

Ha amado el peligro, las danzas y los cantos, pero no ha olvidado las acciones más humildes del hombre. Sabe que en el hombre, la primera de las criaturas, todo tiene como meta el cielo:

Una bestia perseguida y acosada desarrolla un esfuerzo físico mayor que el nuestro al atravesar una elevada montaña. Pero sólo el hombre puede dar sentido a su esfuerzo.

El chiquillo de trece años que se levanta un cuarto de hora antes para hacer gimnasia delante de la ventana abierta, produce un esfuerzo de un valor muy superior al de un transporte realizado por un rebaño de búfalos.

La suma de esfuerzos humanos hacia la belleza, el bien, hacia lo mejor, hacen subir la humanidad continuamente como un movimiento de marejada que hincha la masa del océano (34).

Conoce el valor del más humilde de los oficios:

Nuestra vida no es más que una sucesión de gestos ínfimos, que divinizados labran nuestra eternidad (38).

Tan hermoso es pelar patatas por amor de Dios, como edificar catedrales (7).

Su mirada sobre el mundo está llena de benevolencia. Nadie ha practicado como él la caridad de la sonrisa, de la que hizo un maravilloso elogio. Detrás de cada rostro descubre una vocación eterna. Le conmueve la muerte de una famosa estrella: detrás de su maquillaje descubre el alma y quisiera que sus millares de admiradores rezaran por ella.

Llega a los confines de la tierra no por curiosidad, sino por una especie de fuego interior irresistible, por hambre, por necesidad, por nostalgia.

A través del mundo creado, busca a Dios. Y lo sabe.

Por Él se conserva intacto. Por su amor renuncia a todo lo que podría alejarle de la pureza infinita:

Hay que tener el corazón totalmente lleno de Dios, como un novio tiene el corazón lleno de la mujer que ama (19).

Pero este Dios tan amado es un fuego que devora. Nuestra vida es demasiado pequeña para contenerlo:

En la última torreta del palo mayor de un velero, cuando no hay tierra a la vista, uno posee para él solo el círculo del horizonte. Pero inmediatamente añora el deseo de empujar más allá esa línea, de hacer estallar ese límite, que, a pesar de todo, nos aprisiona, porque estamos hechos para lejanías más dilatadas que las pobres perspectivas de los horizontes de este mundo (31).

Nuestro deseo de felicidad es demasiado grande para que pueda colmarse con algo distinto del Más Allá (32).

Guy es el comentario viviente de la frase del apóstol Pablo:

“Gemimos en esta nuestra tienda, anhelando sobre. vestirnos de aquella nuestra habitación celestial” (2 Cor. 5, 2).

Sólo la posesión de Dios colmará nuestra ansia de amar y de ser amados. Para conseguirlo, será necesario morir:

“Si el grano de trigo no muere…” Hay pocas parábolas tan consoladoras como ésta, porque nos incorpora e integra en el ciclo mismo del mundo y porque legitima nuestros sueños ambiciosos (33).

No teme la muerte. Es la pueda amiga que se abre sobre la inmensidad de Dios.

Sabe por experiencia -dos veces, al menos, conoció muy de cerca la muerte durante sus viajes – que nada podrá separarle de la amistad de Dios.

El día en que por poco se rompe la cabeza, al aparecer después de una zambullida peligrosa, algo ha cambiado en él:

Acababa de comprender que verdaderamente no hay más que una cosa importante: el amor a Dios; un amor inmenso, sin medida, un amor de chiquillo que adora a su madre, un amor total que nos arrastra por completo en cada instante de nuestra vida. Ese amor infantil, ese maravilloso amor borrará más tarde todas nuestras fealdades. Es lo único que permanecerá de veras (57).

Está de tal manera acostumbrado a la presencia de Dios que conserva siempre en lo hondo del corazón una plegaria que le sube a flor de labios:

Esa oración, apenas consciente, ni siquiera cesa en la somnolencia (48).

Es una gracia.

Sabe con certeza que, cualquiera que sea la forma de su muerte, morirá amando a Dios y esto le basta. Sin embargo:

Preferiría morir plenamente consciente. Me gustaría poder tomar mi vida en el hueco de la mano y tener tiempo de elevarla hacia Dios y dársela como mi humilde ofrenda de hombre (57).

Es a galope de su caballo como forzó, de un brusco empujón, la puerta del Misterio de Dios, en una ofrenda de todo su ser a la Patria que tanto había amado. La Santísima Virgen, a la que había pensado edificar un santuario, debió acoger con una ternura especial a ese hijo de la luz, que tanto se había esforzado en reflejar su pureza.

Morir “a caballo” fue su último deseo, como nos lo revela la carta que llevaba encima en el instante del último combate. Será difícil encontrar místicos que hayan sabido unir tan hondamente el deseo loco de Dios con el gozo de vivir, que se hayan alegrado hasta el extremo de ir al encuentro de Dios y de ir “a caballo”, que hayan dado un testimonio tan colmado de que Dios es gozo y vida.

M. D. FORESTIER, O. P.

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