Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

IV. Del dominio de sí

1
Unos hermanos de Scitia quisieron ver al abad Antonio. Se embarcaron en una nave y se encontraron en ella un anciano que también quería ir donde Antonio. Pero los hermanos no lo sabían. Sentados en el barco hablaban de las sentencias de los Padres, de las Escrituras y de sus trabajos manuales. El anciano guardaba silencio. Al llegar al puerto supieron que también él iba en busca del abad Antonio. Cuando se presentaron, el abad Antonio les dijo: «Buen compañero de viaje encontrasteis en este anciano». Y luego dijo al anciano: «Padre, has encontrado unos buenos hermanos». Pero el anciano le respondió: «Son buenos pero su habitación no tiene puerta. En su establo entra todo el que quiere y desata el asno». Esto lo decía porque los hermanos hablaban de todo lo que pasaba por su cabeza.

2
El abad Daniel contaba que el abad Arsenio pasaba la noche en vela. Después de velar toda la noche, cuando al amanecer quería dormir, por las exigencias de la naturaleza, decía al sueño: «Ven, siervo malo», y sentado dormía furtivamente un poco y en seguida se levantaba.

3
El abad Arsenio decía: «Al monje le basta dormir una hora, si es un luchador».

4
El abad Daniel decía: «El abad Arsenio ha vivido muchos años con nosotros y cada año le suministrábamos una escasa ración de alimentos. Y sin embargo, siempre que íbamos a verle comíamos de ella».

5
Decía también el abad Daniel, que el abad Arsenio no cambiaba más que una vez al año el agua de las palmas, contentándose con añadir lo necesario el resto de las veces. Hacia esteras con las palmas y las cosía hasta la hora de sexta. Le preguntaron los ancianos por qué no cambiaba el agua de las palmas, que olía mal. Y les dijo: «A cambio de los perfumes y de los ungüentos olorosos que usaba en el mundo, es preciso que utilice ahora este agua que hiede».

6
Y contó también: «Cuando el abad Arsenio sabía que los frutos de cada especie estaban ya maduros, decía: “Traédmelos”, y probaba una sola vez un poco de cada uno, dando gracias a Dios».

7
Se decía del abad Agatón que durante tres años se había metido una piedra en la boca, hasta que consiguió guardar silencio.

8
El abad Agatón viajaba un día con sus discípulos. Y uno de ellos encontró un saquito de guisantes en el camino, y dijo al anciano: «Padre, si quieres lo cojo». Admirado Agatón, se volvió y dijo: «¿Lo has colocado tú ahí?». «No», respondió el hermano. «Pues, ¡cómo, exclamó el anciano, quieres llevarte lo que no has puesto!».

9
Un día, un anciano vino al abad Aquilas, y viendo que arrojaba sangre por la boca, le pregunto: «¿Qué es esto, padre?». Y dijo el anciano: «Una palabra de un hermano, que me ha contristado y que estoy intentando guardarla dentro de mí sin devolvérsela. Y he rogado a Dios que me la quitase, y se ha convertido en sangre dentro de mi boca. Y ya la he escupido y he recobrado la paz y olvidado mi disgusto».

10
Un día en Scitia, el abad Aquiles entro en la celda del abad Isaías y le encontró comiendo. Había puesto sal y agua en su plato. Pero viendo que lo escondía detrás de una brazada de palmas le dijo: «Dime, ¿qué comías». El abad Isaías respondió: «Perdóname, Padre, estaba cortando palmas y he sentido calor, tomé unos granos de sal y los metí en la boca. Pero como no pasaba la sal que había puesto en mi boca, me he visto obligado a echar un poco de agua sobre la sal fina, para poder tragaría. Pero, ¡perdóname, Padre!». Y el abad Aquiles dijo: «Venid a ver a Isaías comedor de sopa en Scitia. Si quieres tomar sopa, ¡vete a Egipto!».

11
El abad Ammoés estaba enfermo y tuvo que guardar cama muchos años. Pero nunca se permitió examinar el interior de su celda para ver lo que tenía. Le traían muchas cosas, como se hace con los enfermos, pero cuando su discípulo Juan entraba o salía, cerraba los ojos para no ver lo que hacia. Sabía que Juan era un monje de toda confianza.

12
El abad Benjamín, presbítero en las Celdas, fue un día a un anciano de Scitia y quiso darle un poco de aceite. Este le dijo: «Mira donde está el vasito que me trajiste hace tres años: donde lo pusiste allí sigue». Al oír esto, nos admiramos de la virtud del anciano.

13
Se contaba lo siguiente del abad Dióscoro de Namisias: «Comía pan de cebada y de harina de lentejas. Y cada año se ponía la observancia de una práctica concreta. Por ejemplo, no ir en todo el año a visitar a nadie, o no hablar, o no tomar alimentos cocidos, o no comer ni frutas ni legumbres. Y así procedía en todas sus obras. Y apenas terminada una cosa, comenzaba otra, y siempre durante un año».

14
El abad Evagrio dijo que un anciano le había dicho: «Aparto de milos deleites carnales para evitar las ocasiones de ira. Pues sé muy bien que la cólera me combate con ocasión de estos deleites, turbando mí espíritu y ahuyentando el conocimiento de Dios».

15
Epifanio, obispo de Chipre, envió un día a decir al abad Hilarión: «Ven para que nos veamos antes de morir». Se encontraron y mientras comían les trajeron un ave. El obispo se la ofreció al abad Hilarión, pero el anciano le dijo: «Perdona, Padre, pero desde que vestí este hábito no he comido carne». Epifanio le respondió: «Yo, desde que tomé este hábito, no he permitido que nadie se acostara teniendo algo contra mí, ni he dormido nunca teniendo algo contra alguno». E Hilarión le dijo: «Perdóname, tu práctica es mejor que la mía».

16
Decían del abad Eladio que había vivido veinte años en su celda sin levantar los ojos para ver el techo.

17
El abad Zenón, caminando un día a Palestina, sintió cansancio, y se sentó para comer junto a un campo de pepinos. Y su espíritu le empujaba diciendo: «Toma un pepino y cómelo. ¿Qué valor tiene un pepino?». Pero él respondió a su pensamiento diciendo: «Los ladrones son llevados al suplicio. Pruébate a ti mismo para ver si puedes soportar los tormentos». Se levantó y se puso cinco días a pleno sol y mientras se tostaba decía: «No puedo soportar los tormentos». «Pues si no puedes soportarlos, no robes para comer», concluyó.

18
Dijo el abad Teodoro: «La falta de pan extenúa el cuerpo del monje». Pero otro anciano decía: «Las vigilias lo extenúan más».

19
El abad Juan, que era de pequeña estatura decía: «Cuando un rey quiere tomar una ciudad a los enemigos, primero les corta el agua y los víveres, para que agotados de hambre capitulen. Lo mismo ocurre con las pasiones carnales: si el hombre vive en ayuno y hambre, los enemigos que tientan su alma se debilitan».

20
Dijo también: «Subía un día por el camino que lleva a Scitia, con un fardo de palmas. Vi un camellero gritando, que me empujaba a la cólera. Abandoné mi carga y huí».

21
El abad Isaac, presbítero de las Celdas, dijo: «Conozco a un hermano que, recogiendo la cosecha en un campo, quiso comer una espiga de trigo. Y dijo al dueño del campo: “¿Puedo comer una sola espiga?”. Este, admirado, le respondió: “Padre, el campo es tuyo ¿y me preguntas?”». Hasta tanto llegaba la delicadeza de este hermano.

22
Un hermano preguntó al abad Isidoro, anciano de Scitia: «¿Por qué te temen tanto los demonios?». Y el anciano respondió: «Desde que soy monje me he esforzado en impedir que la cólera suba a mi garganta».

23
Decía también que durante más de cuarenta años, en los cuales se había sentido interiormente empujado al pecado, nunca había consentido ni a la concupiscencia, ni a la ira.

24
El abad Casiano contaba que el abad Juan fue a visitar al abad Esio, que vivió durante cuarenta años en la parte más alejada del desierto. Amaba mucho a Esio y con la confianza que le confería este afecto le preguntó: «Vives hace mucho tiempo retirado y no es fácil que te moleste ningún hombre, dime: ¿qué has conseguido?». Y él dijo: «Desde que vivo solo, nunca me vio el sol tomar alimento». Y el abad Juan le contestó: «Ni a mi me ha visto jamás encolerizado».

25
Dijo también: «El abad Moisés nos contó esta historia que había escuchado al abad Serapión: “En mi juventud vivía con mi abad Theonas. Comíamos juntos, y al final de la comida, por instigación del diablo, robé un panecillo y lo comí a escondidas, sin que lo supiera mi abad. Como seguí haciendo lo mismo durante algún tiempo, el vicio empezó a dominarme y no tenía fuerzas para contenerme. Tan sólo me condenaba mí conciencia y me daba vergüenza el confesárselo al anciano. Pero por una disposición de la misericordia de Dios, unos hermanos vinieron a visitar al anciano buscando provecho para sus almas y le preguntaron sobre sus propios pensamientos. El anciano respondió: “Nada hay tan perjudicial para los monjes y alegra tanto a los demonios como el ocultar sus pensamientos a los Padres espirituales”. Luego les habló de la continencia. Mientras hablaba, yo me puse a pensar que Dios había revelado al anciano lo que yo había hecho. Arrepentido, empecé a llorar, saqué del bolsillo el panecillo que tenía la mala costumbre de robar y arrojándome al suelo pedí perdón por el pasado y su oración para enmendarme en el futuro. Entonces el anciano me dijo: “Hijo mío, sin que yo haya tenido necesidad de decir una sola palabra, tu confesión te ha liberado de esa esclavitud; y acusándote tú mismo, has vencido al demonio que entenebrecía tu corazón procurando tu silencio. Hasta ahora le habías permitido que te dominara sin contradecirle ni resistirle de ninguna manera. En adelante, nunca más tendrá morada en ti, porque ha tenido que salir de tu corazón a plena luz”. Todavía estaba hablando el anciano cuando se hizo realidad lo que decía: salió de mi pecho una especie de llama que llenó toda la casa de un olor fétido, hasta tal punto que los presentes pensaron que se había quemado una buena cantidad de azufre. Y el anciano dijo entonces: «Hijo mío, con esta señal, el Señor ha querido darnos una prueba de la verdad de mis palabras y de la realidad de tu liberación”».

26
Decían del abad Macario que cuando descansaba con los hermanos se había fijado esta norma: si había vino, bebía en atención a los hermanos, pero luego por cada vaso de vino pasaba un día sin probar agua. Y los hermanos, pensando que le daban gusto, le ofrecían vino. Y el anciano lo tomaba con alegría para mortificarse después. Pero uno de sus discípulos que conocía su norma, dijo a los hermanos: «Por amor de Dios, no le deis vino, que luego se atormenta en su celda». Cuando los hermanos lo supieron nunca más le dieron vino.

27
El abad Macario el mayor, decía en Scitia a los hermanos: «Después de la misa en la iglesia, huid, hermanos». Y uno de ellos le preguntó: «¿Padre, dónde podremos huir más lejos de este desierto?». El abad puso su dedo en la boca y dijo: «De esto, os digo, que tenéis que huir». Y él entraba en su celda y cerrando la celda se quedaba solo.

28
Dijo el abad Macario: «Si queriendo reprender a alguno, te domina la ira, satisface tu propia pasión. Por salvar a tu prójimo, no debes perderte tu».

29
El abad Pastor dijo: «Si Nabuzardán, el jefe de cocina, no hubiese venido, no se hubiese incendiado el templo del Señor (cf. 2 Re 25,8). Del mismo modo, si la gula y la hartura en el comer no penetran en el alma, nunca sucumbirá el espíritu en su lucha contra el enemigo».

30
Se decía del abad Pastor que cuando le invitaban a comer iba a disgusto y contra su voluntad, para no desobedecer y contristar a sus hermanos.

31
Le contaban al abad Pastor que había un monje que no bebía vino. Y él les respondió: «El vino no convierte en absoluto a los monjes».

32
Dijo el abad Pastor: «Así como el humo expulsa a las abejas para retirar la dulce miel que han elaborado, así las comodidades corporales arrojan del alma el temor de Dios y le roban toda obra buena».

33
He aquí lo que un anciano contó del abad Pastor y de sus hermanos: «Vivían en Egipto. Su madre deseaba verlos, pero no podía conseguirlo. Un día se presentó ante ellos, cuando acudían a la iglesia. Al verla, volvieron a sus celdas y le dieron con la puerta en las narices. Entonces ella, de pie ante la puerta, se puso a gritar y a llorar para moverles a compasión. Al escucharla, el abad Anub acudió al abad Pastor y le dijo: “¿Qué podemos hacer por esta anciana que llora ante la puerta?”. El abad Pastor acudió a la puerta y desde dentro escuchó sus lamentos, que verdaderamente movían a compasión. Y dijo: “¿Por qué lloras así, anciana?”. Ella, al oír su voz, redobló sus gritos y sus lamentos diciendo: “Deseo veros, hijos míos. ¿Qué puede suceder porque os vea? ¿Acaso no soy vuestra madre? ¿No os amamanté y mis cabellos no están ya completamente blancos?”. Al oír su voz los monjes se conmovieron profundamente. Y el anciano le dijo: “¿Prefieres vernos aquí o en el otro mundo?”. Y ella replicó: “Si no os veo aquí abajo, hijos míos, ¿os veré allí arriba?”, y el abad Pastor le contestó: “Si tienes valor para no vernos aquí abajo, nos verás allí arriba”. Y la mujer se marchó alegre diciendo: “Si es seguro que he de veros allá arriba, no quiero veros aquí”.

34
Se decía del abad Pior que comía caminando. Y al preguntarle uno por qué comía así, respondió que no comía como el que realiza una ocupación sino como el que realiza una cosa superflua. A otro que le hizo la misma pregunta le contestó: «Es para que mientras como el alma no experimente ningún placer corporal».

35
Decían del abad Pedro Pionita, que vivía en las Celdas, que no bebía vino. Cuando se hizo viejo, le rogaban que tomase un poco. Como no aceptaba, se lo mezclaron con agua y se lo presentaron. Y dijo: «Creedme, hijos, que lo considero un lujo». Y se condenaba a si mismo por tomar ese agua teñida de vino.

36
Se celebraron un día misas en el monte del abad Antonio, y se halló allí un poco de vino. Uno de los ancianos llenó una copita y se la llevó al abad Sisoés y éste se la bebió. Recibió una segunda copa y la bebió también. Pero cuando le trajeron la tercera, la rechazó diciendo: «Alto, hermano, ¿acaso ignoras que existe Satanás?».

37
Un hermano pregunto al abad Sisoés: «¿Qué debo hacer? Porque cuando voy a la iglesia a menudo los hermanos me retienen por caridad para la comida». Y dijo el anciano: «Es cosa peligrosa». Y su discípulo Abraham le preguntó entonces: «Si se acude a la iglesia el sábado y el domingo y un hermano bebe tres copas, ¿es demasiado?». «No lo sería si no existiese Satanás», respondió el anciano.

38
A menudo, su discípulo decía al abad Sisoés: «Padre, vamos a comer». Pero él contestaba: «Pero hijo mío, ¿no hemos comido?». «No, padre», replicaba el discípulo. Entonces, el viejo decía: «Si no hemos comido, trae lo necesario y comamos».

39
Un día el abad Sisoés decía con parrhesia: «Créeme; hace treinta años que no ruego a Dios por mis pecados, sino que le digo en mi oración: “Señor Jesucristo, defiéndeme de mi lengua”. Pero hasta ahora, caigo por causa de ella y cometo pecado».

40
El abad Silvano y su discípulo Zacarías llegaron un día a un monasterio y, antes de despedirse, les hicieron tomar un poco de alimento. Y en el camino, encontraron agua y el discípulo quiso beber, pero el abad Silvano le dijo: «Zacarías, hoy es ayuno». «Padre, respondió Zacarías, ¿no hemos comido hoy?», y el anciano le contestó: «Aquella comida la hicimos por caridad, pero ahora, hijo, guardaremos nuestro ayuno».

41
Santa Sinclética dijo: «El estado que hemos elegido nos obliga a guardar la castidad más perfecta. Porque los seglares piensan que guardan castidad, pero es necedad ya que pecan con los otros sentidos, sus miradas son poco decentes y ríen desordenadamente».

42
Dijo también: «Así como las medicinas amargas alejan a los animales venenosos, el ayuno, con oración, arroja del alma los malos pensamientos».

43
Decía también: «No te dejes seducir por los placeres de los ricos de este mundo, como si estos goces encerraran alguna utilidad. Por ellos dan culto al arte culinario. Pero tú, estima en más las delicias del ayuno y de una comida vulgar. Ni siquiera te sacies de pan, ni desees el vino».

44
El abad Sisoés decía: «Nuestra verdadera vocación es dominar la lengua».

45
El abad Hiperiquio decía: «El león es terrible para los potros salvajes. Lo mismo el monje experimentado para los pensamientos deshonestos».

46
Decía también: «El ayuno es el freno del monje contra el pecado. El que lo abandona es arrastrado por el deseo de la mujer como un fogoso caballo».

47
Decía también: «Por el ayuno, el cuerpo desecado del monje eleva su alma de su bajeza y seca las fuentes de los placeres».

48
Dijo también: «El monje casto será honrado en la tierra y coronado por el Altísimo en el cielo».

49
El mismo dijo: «El monje que no retiene su lengua en los momentos de ira, tampoco dominará las pasiones de la carne cuando llegue el momento».

50
Decía también: «Es mejor comer carne y beber vino que comer la carne de los hermanos murmurando de ellos».

51
Decía también: «Que tu boca no pronuncie palabras malas, pues la viña no tiene espinas».

52
«La serpiente con sus insinuaciones arrojó a Eva del paraíso. Lo mismo ocurre al que habla mal del prójimo: pierde el alma del que le escucha y no salva la suya».

53
Un día de fiesta en Scitia, trajeron a un anciano un vaso de vino. El lo rechazo diciendo: «Aparta de mi esta muerte». Y al ver esto los que comían con él tampoco bebieron.

54
En otra ocasión trajeron un jarro de vino nuevo, para repartir un vaso a cada uno de los hermanos. Y al entrar un hermano y ver que estaban bebiendo vino, huyó a una gruta y la gruta se hundió. Al oír el ruido, acudieron los demás y encontraron al hermano tendido en tierra medio muerto. Y comenzaron a reprenderle: «Te está bien empleado a causa de tu vanagloria». Pero el abad le confortó diciendo: «Dejad en paz a mi hijo. Ha hecho una obra buena. Y vive Dios, que mientras yo viva no se reedificará esta gruta para que el mundo sepa que por causa de un vaso de vino se hundió la gruta de Scitia».

55
Un día el presbítero de Scitia acudió a visitar al obispo de Alejandría. Y cuando volvió le preguntaron los hermanos: «¿Qué pasa por la ciudad?». El respondió: «Creedme hermanos, no he visto allí a nadie más que al obispo». Al oírle se admiraron y le dijeron: «¿Qué ha sucedido con todo el resto de la población?». Pero el presbítero les reanimó diciendo: «Me he dominado para no ver ningún rostro de hombre». Este relato aprovechó a los hermanos y se guardaron de levantar sus ojos.

56
Un anciano vino a visitar a otro anciano, y éste dijo a su discípulo: «Prepáranos unas pocas lentejas». Y él las preparó. Luego le dijo: «Tráenos pan», y lo trajo. Y estuvieron hablando de cosas espirituales hasta la hora de sexta del día siguiente. De nuevo el anciano dijo a su discípulo: «Hijo, prepáranos unas pocas lentejas». Y el discípulo respondió: «Las tengo preparadas desde ayer». Y levantándose se pusieron a comer.

57
Un anciano vino al encuentro de uno de los Padres. Este preparó unas pocas lentejas y dijo: «Recitemos el oficio y luego comeremos». Uno de ellos recitó todo el Salterio. El otro recitó de memoria, y por su orden, dos de los profetas mayores. Al amanecer, el visitante se marchó: se habían olvidado de comer.

58
Un hermano tuvo hambre desde por la mañana. Luchó consigo mismo, para no comer hasta la hora de tercia. A la hora de tercia se violentó para esperar hasta .sexta. Preparó su pan y se sentó para comer. Pero enseguida se levantó diciendo: «Esperaré hasta la hora de nona». A la hora de nona hizo su oración y vio la tentación del Diablo salir de si como una humareda. Y dejó de sentir hambre.

59
Un anciano cayó enfermo y no pudo tomar alimento durante muchos días. Su discípulo le pidió permiso para prepararle algo que le reconfortase. Fue y le preparó una papilla con harina de lentejas. Había allí colgado un vaso que contenía un poco de miel y otro lleno de aceite de lino que olía muy mal y que sólo servia para la lámpara. El hermano se equivocó y en vez de miel echó en la papilla el fétido aceite. Al gustarlo el anciano no dijo nada y siguió comiendo en silencio. Y el hermano le insistía para que comiese más. Y el anciano haciéndose violencia volvió a comer. Insistió el hermano por tercera vez, pero el anciano rehusó diciendo: «De veras, hijo, no puedo más». El discípulo le animaba diciéndole: «Padre, está muy bueno, voy a comer contigo». Y al probarlo, y comprender lo que había hecho, se arrojó rostro en tierra, diciendo: «¡Ay de mi, padre!, te he asesinado, y me has cargado con este pecado porque no has dicho nada». Y el anciano respondió: «No te angusties, hijo; si Dios hubiera querido que comiese miel, tú hubieras puesto miel en esta papilla».

60
Se contaba de un anciano que un día tuvo deseos de comer un pepino. Lo tomó y se lo puso delante de sus ojos. Y aunque no sucumbió a su deseo, para dominarse hizo penitencia por haberlo deseado con exceso.

61
Un monje fue a visitar a su hermana que estaba enferma en un monasterio. Esta monja era muy observante. Y no consintió en ver a ningún varón, ni quiso dar ocasión a su hermano para que viniera en medio de las mujeres por causa de ella. Y mandó que le dijeran: «Vete, hermano, y ruega por mi. Con la gracia de Cristo te veré en el Reino de los cielos».

62
Un monje encontró a unas monjas en su camino. Y al verlas se apartó de la calzada. Pero la abadesa le dijo: «Si fueses un monje perfecto, no nos hubieras mirado y no hubieras sabido que éramos mujeres».

63
Un día los hermanos fueron a Alejandría, llamados por el arzobispo Teófilo, para que con su oración quedasen destruidos los templos paganos. Y mientras comían con él, les fue servida carne de vaca, y la comieron sin saber lo que era. Y tomando un trozo el arzobispo se la ofreció al anciano, que se sentaba a su lado, diciendo: «Come, Padre, que es un buen pedazo». Pero los otros le respondieron: «Habíamos creído, hasta ahora, que se trataba de legumbres. Pero si es carne no comeremos más». Y ninguno de ellos volvió a tomar nada.

64
Un hermano trajo panes tiernos e invitó a su mesa a unos ancianos. Y después de comer cada uno de ellos un panecillo, se detuvieron. El hermano, que conocía su gran abstinencia, empezó a suplicarles con humildad: «Por amor de Dios, comed hoy hasta saciaros». Y cada uno comió otros diez panes. Esto muestra que si comieron por amor de Dios en esta ocasión, eran verdaderos monjes que iban muy lejos en su abstinencia.

65
Un día, un anciano enfermó gravemente y sus entrañas arrojaban sangre. Y un hermano trajo unas ciruelas pasas e hizo con ellas una compota y se la ofreció al anciano diciendo: «Come, que tal vez esto te siente bien». El anciano mirándole lentamente le dijo: «De verdad te digo que me gustaría que Dios me mantuviera treinta años con esta enfermedad». Y no accedió, en modo alguno, a tomar un pequeño alimento a pesar de su grave enfermedad. El hermano recogió lo que había traído y volvió a su celda.

66
Otro anciano vivía muy dentro del desierto. Vino a visitarle un hermano y lo encontró enfermo. Le lavó el rostro y preparó una comida con lo que él había traído. Al ver esto, dijo el anciano: «Es verdad, hermano, había olvidado que los hombres encuentran consuelo en la comida». El hermano le ofreció también un vaso de vino. El anciano al verlo se echó a llorar, diciendo: «No esperaba que tuviese que beber vino antes de mi muerte».

67
Un anciano había decidido no beber agua durante cuarenta días. Y cuando hacia calor lavaba su jarra y la colocaba delante de sus ojos. Los hermanos le preguntaron por qué hacia esto, y él les respondió: «Es para sufrir más viendo lo que tanto deseo sin gustarlo. Así mereceré mayor recompensa del Señor».

68
Un hermano viajaba con su madre, ya anciana. Llegaron a un río que la anciana no podía atravesar. Su hijo tomó su manto, envolvió con él sus manos, para no tocar con ellas el cuerpo de su madre y cargando con ella atravesó el río. Su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué envolviste así tus manos?». Y él le respondió: «Porque el cuerpo de una mujer es fuego. Y si te hubiera tocado me hubiera venido el recuerdo de otras mujeres».

69
Un padre decía: «Conozco un hermano que ayunaba en su celda toda la semana de Pascua. Y cuando la tarde del sábado venía para la sinaxis, se escapaba en seguida de la comunión, para que los hermanos no le obligaran a comer con ellos. El sólo comía unas pocas hierbas cocidas con sal y sin pan».

70
Un día en Scitia, los hermanos fueron convocados para preparar las palmas. Uno de ellos enfermó por su gran austeridad de vida, se puso a toser y a escupir sin quererlo sobre un hermano suyo. Este estaba tentado a decirle: «Basta ya, no escupas sobre mi». Pero para dominarse, tomó el salivazo y llevándoselo a la boca, lo tragó. Y se dijo a si mismo: «Una de dos: o no digas a tu hermano lo que puede contristarle, o come lo que aborreces».

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