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La Gracia (I)

El retorno del hijo pródigo

El retorno del hijo pródigo (Rembrandt)

I. EN ÉL TENEMOS EL PERDÓN DE LOS PECADOS (Ef. 1,7)

1. Introducción

El hombre es creatura de Dios, llamado desde siempre a la amistad con Él y, como creatura llamada a la amistad con Dios, ha de referir a Dios toda su existencia y toda la realidad.

La situación del hombre en este mundo se ha visto afectada por el pecado. Antes de que cada hombre tome decisiones libres su existencia está ya influida por el pecado de los hombres anteriores; nos vemos afectados por el pecado ya desde el momento mismo de nuestro nacimiento. Por otra parte, esa situación, la de hallarnos afectados negativamente por el pecado, a lo largo de la vida, los hombres, quien más y quien menos, la vamos ratificando, y la apoyamos con nuestras actuaciones y con nuestras decisiones.

Dedicaremos estas dos charlas a la gracia. A buen seguro que «la gracia santificante» es un concepto que los más viejos del lugar recuerdan de sus años jóvenes. Sin embargo, creo que estarán de acuerdo conmigo en que tal concepto no está demasiado presente hoy en la predicación, en la homilías, en el discurso habitual en la vida de la Iglesia. No ocurre lo mismo en la Teología, donde la gracia no sólo está presente sino que es ciertamente un concepto central. Es, por decirlo así, el mismo evangelio.

¿Por qué está tan ausente de la predicación y de la vida pastoral de la Iglesia? Creo que para evitar malentendidos. La impresión que tengo es que el que predica, el que habla de lo de Dios, el que realiza una acción pastoral, el que colabora en un grupo de cristianos tiende a evitar el término gracia porque es una palabra que con frecuencia conduce a malentendidos dado el mundo de representaciones que dicho concepto evoca en la gente. Quizá por eso el concepto no está muy presente en el discurso evangelizador, aunque evidentemente la realidad que ese concepto expresa si lo está. Si no lo estuviera nos habríamos olvidado del mismo evangelio.

Este tema de la gracia en los planes de estudio de las Facultades de Teología suele estar dentro de un curso de antropología teológica. O sea, que estamos hablando del hombre. Lo que significa que en la concepción cristiana del hombre éste es, antes que cualquier otra cosa, un ser agraciado por Dios con su amistad y agradecido a Dios de haber sido agraciado. Es lo que vamos a decir a continuación. Así intentaremos sacar a la luz lo que se esconde tras la palabra gracia. No vamos a evitar el concepto, sino que vamos a intentar explicarlo sin que haya lugar a malentendidos.

 

2. Dos parábolas

Voy a comenzar recordando dos parábolas del evangelio que todo el mundo recuerda sin duda alguna. La primera la tenemos en Mateo 20, 1-15 y es la parábola de los trabajadores enviados a la viña. La segunda está en Lucas 18, 9-14 y es la parábola del fariseo y del publicano. Dos parábolas de la gracia.

La parábola de los trabajadores enviados a la viña comienza diciendo: «El reino de los cielos se parece a…» El «Reino de los Cielos» es Dios. Por tanto, vamos a traducir un poco más el comienzo de la parábola: «Dios cuando actúa se parece a un señor que tiene una viña».., y va contratando trabajadores para su viña, a primera hora de la mañana, a media mañana, a mediodía, a última hora de la tarde. El salario, un denario, sólo lo ha ajustado con los trabajadores contratados a primera hora de la mañana. A los demás promete pagarles lo que sea justo. El dueño de la viña al final del día da a cada trabajador el mismo salario, un denario; también a los que sólo han trabajado una hora.

Yo creo que sólo entendemos bien esta parábola cuando nos sentimos escandalizados por la actuación de Dios, representado aquí en el dueño de la viña. Solamente ha captado el mensaje de la parábola quien deja salir desde el fondo del corazón un ¡no hay derecho! al ver la «injusticia» de que se pague lo mismo al que ha estado un rato de la tarde trabajando en la viña que a quien ha ido desde el alba y ha soportado el peso del día y del calor del sol.

Y después de haber dejado salir de nuestro corazón ese grito de «¡no hay derecho!, ¡Dios no es justo!», podemos dar el paso siguiente, que es caer en la cuenta de que Dios nos regala a todos con su denario, independientemente de lo que hayamos trabajado. Entonces estamos empezando a entender cuál es la actuación de Dios con los hombres. En esto de las relaciones con Dios, uno no se merece el sueldo que se cobra. El propietario de la viña responde al trabajador que protesta: «te pago porque soy bueno»… (v. 15). En resumen, Dios nos pide la disposición de ir a trabajar a la viña, nos pide la buena intención, no importa tanto lo que en la viña se hace. Luego, nos regala el salario, que nuestro trabajo no ha merecido.

La otra parábola es la del fariseo y del publicano, que encontramos en el evangelio de Lucas (18,9-14). El fariseo, de pie, erguido ante Dios, le da gracias por lo que es: «gracias re doy, Dios mío, porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros… ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que poseo». Mientras que el publicano, ya lo entendamos como el cobrador de impuestos al servicio de Roma o como el taquillero que cobra la entrada y los servicios en una casa de prostitución, colocado lejos, sin levantar los ojos al cielo sólo puede musitar que es un pobre pecador.

Jesús nos dice que es el publicano, y no el fariseo, quien salió justificado; es decir, quien salió amigo de Dios. De nuevo sólo entenderemos la parábola si dejamos brotar de nuestro interior otra vez ese «no hay derecho». El fariseo es el que ha cumplido los mandamientos, el que ha actuado de acuerdo con lo mandado. Hasta ayuna y da limosna. Y además da gracias a Dios. No es interpretación correcta de la parábola pretender que al fariseo le faltaba una virtud, la virtud de la humildad, que era la única que tenía el publicano. No es una parábola dicha para alabar la humildad como una virtud entre otras. La parábola apunta a enseñarnos cuál ha de ser la forma en que uno se coloca ante Dios. Si el fariseo después de sus limosnas y sus ayunos hubiera dicho «soy un siervo inútil y sin provecho» (Lc 17,10), es decir, no he hecho nada que merezca la pena, porque he hecho lo que tenía que hacer, hubiera salido justificado ante Dios.

¿Qué quiero decir con esto? Que el hombre religioso puede adoptar ante Dios dos posturas, una postura es la farisea y otra es la cristiana. Y que conste que cuando digo fariseo, lo digo en un sentido muy positivo. No utilizo la palabra fariseo de forma peyorativa. Para mí el sentido negativo de lo fariseo está en «farisaico». Fariseo es el hombre religioso que cree que con su actuación alcanza la amistad con Dios y que si actúa bien, Dios le quiere más. Por eso se esfuerza en actuar bien, en cumplir los mandamientos, hacer obras de caridad, dar limosnas, etc. Al final pasa la factura a Dios de lo que ha hecho y le dice: Puesto que he actuado tan bien me tienes que premiar. La postura farisaica es la de aquel que además de no actuar bien, encima pretende aparentar que sí lo ha hecho.

Pues bien la actitud cristiana no es una actitud farisea. El cristiano está encantado de que al final de la jornada le regalen el denario, sabiendo que ha trabajado poco. Y sabe que ha trabajado poco aunque haya ido a primera hora de la mañana. El cristiano es quien, al acercarse al templo, siempre dice «ten piedad de mi Señor, porque soy un hombre pecador y no merezco tu amor, pero lo tengo». Claro que para eso el cristiano ha de andar convirtiéndose continuamente de fariseo en verdadero cristiano (1).

 

3. La gracia santificante

Ya casi está dicho lo fundamental sobre la gracia. Vamos, sin embargo, a analizar la semántica del concepto en castellano. Gracia se relaciona etimológicamente en castellano con estas cuatro palabras: gratis, agraciado, grato y agradecido.

La gracia es algo que Dios nos da «gratis». Gratis quiere decir, sin merecerlo, sin que nos lo de contra la entrega de un recibo o de una factura,. Gratis es lo que se da porque si.

Gracia se relaciona también con «agraciado». Cuando nosotros decimos «la agraciada señorita» aunque suene un poco cursi, estamos dando a entender que una determinada persona tiene una serie de cualidades que nos la hacen grata. El haber recibido la gracia de Dios nos convierte en agraciados, porque trasforma lo que somos. Y el ser agraciados nos hace «gratos» a Dios. Es decir, agradables a Dios. Las personas nos son a veces gratas y otras veces no. A un embajador se le puede declarar persona «non grata» con lo que se pone fin a su representación. Cuando el hombre recibe la gracia de Dios se convierte en grato ante Dios. Es agradable a Dios. Dicho de otra manera, Dios le ha hecho amigo suyo y agradable a si mismo.

Y, por fin, gracia tiene que ver etimológicamente también con «agradecido». Lo que se da gratis produce en quien lo recibe agradecimiento. La persona que ha recibido la gracia de Dios ha de mostrarse agradecido. Tal como dice el refrán castellano, «es de bien nacidos ser agradecidos». Lo que se da gratis, lo que se regala, pide respuesta.

Entonces ¿qué es la gracia santificante? Es un regalo de Dios que nos transforma, haciéndonos agradables a Él, es decir «santos», por eso se llama santificante , y que exige de nuestra parte una respuesta, una correspondencia al regalo.

¿Esa gracia qué cosa es? La gracia no es ninguna cosa, sino Dios mismo. No es que Dios nos regale algo sino que se nos da a Sí mismo. La gracia santificante es Dios mismo que se nos regala a nosotros, gratis, sin que hayamos hecho nada para merecerlo, sin que podamos reclamar tampoco ese regalo, y que nos trasforma en agradables a Él.

 

4. La «justificación» como perdón de los pecados

La transformación que la gracia opera en nosotros tiene dos caras. Por una parte, la gracia nos da el perdón de los pecados. La gracia nos perdona. Dios, al darnos su gracia, nos perdona gratis. Utilizando el término clásico y famoso, ya desde 5. Pablo, pero, sobre todo, desde la reforma protestante podemos decir que Dios nos justifica, nos hace justos. Es decir, que nos perdona los pecados. Esta es una cara; si se quiere, el envés de la gracia. El haz es que la gracia nos hace hijos de Dios, hermanos de Jesús, nos da la vida de Dios.

El tema de la gracia no es un tema teológico junto a otros, sino que es el centro mismo del evangelio. El evangelio es la buena noticia de que Dios nos perdona los pecados gratis, de que gratis nos convierte en sus hijos y de que como hijos de Dios somos, también gratis, herederos con Cristo.

En el Nuevo Testamento es precisamente Pablo el teólogo de la gracia. El concepto de gracia y el desarrollo de esta teología lo encontramos en las cartas de Pablo. Los evangelistas y los otros escritores del Nuevo Testamento lo dicen de otra forma. Probablemente no es distinto lo que Pablo llama «gracia» en sus cartas de lo que Juan llama «vida» en su evangelio.

Vamos a leer un pasaje de la Carta de Pablo a los Romanos (5,12-21), que es uno de los textos clásicos sobre la gracia. Lo copio en una traducción literal y marcando las recurrencias del texto:

12 Por eso,
COMO a través de un solo hombre entró el pecado en el mundo,
y por el pecado la muerte,
y así la muerte pasó a todos los hombres,
porque todos pecaron;

13-14 …

15 ¡Pero NO COMO la caída
ASÍ fue el regalo!

PUES SI por la caída de uno solo los muchos murieron,
CUÁNTO MÁS la gracia de Dios
y el don en la gracia de un solo hombre, Jesucristo,
desbordó sobre los muchos.

16 ¡y NO COMO (lo) de uno que pecó
fue el don!

pues el juicio, partiendo de una (ofensa), fue para condenación;
el don, de muchas caídas fue para justificación.

17 PUES 51 por la caída de uno solo,
la muerte reinó por uno solo,
CUÁNTO MÁS los que reciben la abundancia de la gracia
y el don de la justicia,
reinarán en la vida por uno solo Jesucristo.

18 Así, pues,
COMO por la caída de uno
(el resultado) para todos los hombres fue condenación,
ASí TAMBIÉN por la justicia de uno
(el resultado) para todos los hombres fue justificación.

19 Pues COMO, por la desobediencia de un hombre,
los muchos fueron constituidos pecadores,
ASí TAMBIÉN, por la obediencia de uno,
los muchos serán constituidos justos.

20 …

21 para que COMO reinó el pecado en la muerte,
ASí TAMBIÉN la gracia reinará por la justicia
para (llevarnos) a la vida eterna por Jesucristo Nuestro Señor.

Aquí Pablo compara la obra del primer Adán con la del segundo Adán, o sea Cristo. Pablo hace hincapié en la solidaridad de toda la humanidad tanto en lo malo, el pecado de Adán, como en lo bueno, la gracia de Cristo. He subrayado en negrita la contraposición que hace Pablo entre un sólo hombre y todos los hombres o «los muchos». Los muchos significa la humanidad. Pablo juega con el paralelismo existente entre la ruptura de la amistad con Dios que tiene lugar en Adán y la recuperación de la amistad con Dios por parte de toda la humanidad que tiene lugar en Cristo. Pero en el centro, (vv. 15-16), Pablo rompe también ese paralelismo porque el regalo no fue como la caída. No fue el don de la justicia como el pecado, porque las caídas se iniciaron en Adán y las hemos multiplicado todos, mientras que la justicia de uno sólo, Jesucristo, se ha desbordado sobre «los muchos», sobre toda la humanidad.

Un aspecto más es preciso subrayar. Todo eso ha sido un regalo: (vv. 15-16).

Hasta aquí hemos puesto de relieve que todo esto nos lo concede Dios gratis. La pregunta en este momento es: ¿cómo lo alcanzamos?, ¿cómo lo recibimos de Dios?, ¿qué es lo que nosotros tenemos que hacer? De nuevo podemos hallar la respuesta en Pablo. En la carta a los Romanos (5,12) por citar uno texto entre los muchos de Pablo que se podrían aducir Pablo nos dice que ese don, ese regalo lo recibimos por la fe y sólo por la fe: «Justificados por la fe, estamos en paz con Dios por medio de Nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido, gracias a la fe, el acceso a esta gracia en la que nos hallamos, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios».

Así, pues, nos hacemos amigos de Dios, somos agraciados con su gracia, solamente gracias a la fe. El único camino para alcanzar la amistad con Dios, o mejor dicho, para recibir al amistad de Dios , que Él nos ofrece gratis, es la fe.

Santo Tomás de Aquino. y con él la teología escolástica, distinguía entre la «fides qua creditur» y la «fídes quae creditur». Esto es «la fe con la que creemos» y «la fe que creemos» respectivamente. La fe que creemos es el conjunto de verdades de nuestra fe. Es el credo. Pero está también la. «fides qua creditur», es decir «la fe con la que creemos». No es el conjunto de verdades, sino mi relación con Dios. Sólo podemos creer a las personas. Quizá mejor, sólo podemos creer en las personas. Cuando decimos «yo creo en ti», establecemos una relación de confianza con esa persona, de aceptación. En el caso de Dios, esta confianza es la aceptación de su regalo, que es Él mismo, nos abrimos a Él. Esta es la actitud del publicano de la parábola de Lucas, o en el caso de la parábola de los jornaleros, el hecho de ir a trabajar a la viña. El abrir nuestro corazón a dejar que Dios se apodere de nosotros y actúe en nosotros. Lo contrario de la fe es la «jactancia». Así es como lo llama Pablo en sus cartas. Jactarse ante Dios de la propia actuación. La fe es reconocerse «siervo inútil y sin provecho». La fe es reconocernos como somos, que nos falta tanto y siempre nos faltará tanto para ser dignos hijos del amor de Dios. Y en ese reconocimiento está dado gratis el perdón de los pecados y nuestra salvación.

En esto consistió estrictamente la conversión de Pablo. A veces tenemos la impresión que convertirse es pasar de ser socio del Real Madrid a ser socio del Barcelona. Pablo antes era judío y ahora es cristiano. Y no se sabe muy bien en qué consiste la conversión. ¿Quién era Pablo antes y quién era Pablo después de la conversión.. No hay más que una diferencia entre el antes y el después de Pablo. Es precisamente esto. Pablo antes de la conversión creía merecer a Dios y trabajaba para merecerlo. Después de la conversión Pablo sabe que a Dios no le merece y que a Dios lo tiene absolutamente gratis, sin merecerlo, porque Dios se nos ha regalado en la vida y misterio de Jesús de Nazaret.

Mientras Pablo vive no existe todavía la iglesia cristiana como cosa distinta del judaísmo. Son los momentos fundacionales y el cristianismo es una secta del judaísmo. Ahora bien, es una secta con una peculiaridad tan importante que en unos pocos años será una religión distinta del judaísmo. Esa peculiaridad es que a Dios no lo merecemos, sino que se nos ha regalado en Cristo. Pablo probablemente era apóstol antes de la conversión, pero apóstol del judaísmo, es decir, que era un predicador ambulante del judaísmo (cf. Gál. 5,11). Iba de un sitio para otro predicando que hay que ser buenos para merecer el amor de Dios. En su conversión cayó en la cuenta de que todo su esfuerzo apostólico había estado mal orientado. Más que derribado del caballo, en el libro de los Hechos no se habla de ningún caballo en el camino de Damasco Pablo «se cayó del burro». Es decir, cayó en la cuenta de que a Dios no se le merece, vio claro que, hagas lo que hagas, no consigues la amistad con Dios porque no la puedes conseguir. ¿Significa eso que el hombre está abocado a la desesperación? No. Significa sencillamente que Dios te ha regalado con su amistad aunque no hagas nada, con tal de que aceptes esa amistad, es decir te acojas a su bondad.

Leamos un texto autobiográfico de Pablo en la carta a los Filipenses (3, 4-10):

«Yo tengo razones para confiar incluso en la carne; si algún otro cree que puede confiar en la carne, ¡yo más! Circuncidado a los ocho días de nacer; del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín; hebreo, hijo de hebreos; respecto a la ley, fariseo; respecto a fervor, perseguidor de la Iglesia; respecto a la exactitud en observar la ley, intachable. Pero lo que para mí eran ganancias, las he juzgado una pérdida a causa de Cristo; y más aún, juzgo que todo es una pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo y existir en Él, sin poseer una justicia mía, la que viene del cumplimiento de la ley, sino la que viene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe…»

Tres puntos quiero hacer notar en este pasaje. Pablo, antes de su conversión es un fariseo, intachable en el cumplimiento de la ley. Tras su conversión considera que todo su esfuerzo por merecer ante Dios, todos sus merecimientos son basura, en comparación con el hecho de acogerse al amor de Dios que nos otorga gratuitamente su amistad y con ella la justificación de los pecados. Por fin, ese don nos es otorgado en el conocimiento de Cristo.

 

5. Trento y Lutero

Probablemente a estas alturas de la charla todo el mundo tiene en la mente dos grandes objeciones a lo que estoy diciendo. Supongo que esas objeciones son las siguientes: Primera, ¿esto no es lo que en el colegio me enseñaron que decía Lutero? Siempre nos han enseñado que ésta es la doctrina de los protestantes. Segunda objeción: si esto es así, aquí paz y después gloria. No hay ningún motivo ni ninguna razón para esforzarme en la vida cristiana. En el fondo, toda la predicación que oímos los domingos en las homilías, que, dicho sea de paso, es desgraciadamente moralizante en exceso, porque ¡qué poco se nos predica la buena noticia de que Dios nos quiere y cuánto se nos predica lo que tenemos que hacer nosotros! , resulta, digo, que no sabemos para qué lo predican. Porque si la amistad con Dios se nos da gratis y además nunca la merecemos…

Es verdad que lo dicho hasta aquí lo dice Lutero. Pero lo dice también el concilio de Trento y también Sto. Tomás de Aquino. En su comentario a la primera carta a Timoteo, (1,8), dice Sto. Tomás: «Así pues, no está en ellas (en las obras) la esperanza de la justificación, sino únicamente en la fe». En el comentario a la carta a los Romanos (3,22) el mismo Sto. Tomás escribe: «Hay que decir que la justificación viene de Dios por la fe en Jesucristo, no en el sentido de que nosotros merezcamos por la fe ser justificados, sino en el sentido de que en este acontecimiento de la justificación en el que somos justificados por Dios, nuestro primer movimiento de la mente hacia Dios acontece por la fe». O sea, que Sto. Tomás de Aquino además de decirnos que la justificación se obtiene sólo por la fe, nos pone en guardia por si alguien entiende la fe como una obra, incluso como una obra especialmente relevante. Como si la fe fuera la única obra que nos mereciera la justificación. Para Sto. Tomás de Aquino la misma fe es gracia de Dios, es regalo de Dios. No es que la fe nos merezca la amistad con Dios, sino que la misma fe es haber empezado a recibir la amistad con Dios.

El decreto sobre la justificación del Concilio de Trento es un texto largo y precioso, recocido hoy como una de las piezas más logradas y equilibras del concilio, redactado probablemente por el Cardenal Cervini, que luego fue papa con el nombre de Marcelo II.

Voy a leer solamente los cánones primero y segundo del decreto sobre la justificación. El primero dice: «Si alguno dijere que el hombre puede justificarse delante de Dios por sus obras que se realizan por las fuerzas de la naturaleza humana o por la doctrina de la ley, sin la gracia divina por Cristo Jesús, sea anatema» (DS 1551). Y el segundo: «Si alguno dijere que la gracia divina se da por medio de Cristo Jesús sólo a fin de que el hombre pueda más fácilmente vivir justamente y merecer la vida eterna, como si una y otra cosa las pudiera por medio del libre albedrío, sin la gracia, si bien con trabajo y dificultad, sea anatema» (DS 1552).

Entonces ¿dónde está la diferencia entre Lutero y el concilio de Trento? ¿O es que fue todo un gran malentendido? Es verdad que hubo, en cierta medida, malentendidos entre una y otra parte y muchas complicaciones de tipo político y eclesial. Cuando el concilio de Trento se abrió ya era demasiado tarde para una reconciliación y para buscar los puntos de convergencia. Sin embargo creo que hay una diferencia importante entre Lutero y la doctrina católica. Esa diferencia fundamental, pasando por alto, quizá, algunos matices, está en lo siguiente.

Para la teología católica el recibir la gracia de Dios nos transforma, nos hace distintos, nos hace mejores. Mientras que para Lutero no es así. Lutero es un pesimista. Lutero considera al hombre «simul iustus et peccator». O sea, al mismo tiempo justo y pecador. Quiere decir, que el hombre es pecador de por sí, y que la gracia de Dios no le convierte en bueno realmente. Sólo hace que Dios le vea como si fuera justo. En el «como si fuera justo» está el centro de la cuestión. Mientras que para la fe católica el hombre es transformado gratuitamente por Dios. Para Lutero el hombre ha sido corrompido de tal manera por el pecado original que no puede obrar el bien. Al revés, todo lo que el hombre hace es malo. El hombre no es libre para obrar el bien, sino que cuando el hombre actúa con su libertad obra necesariamente el mal.

Vamos a leer una de las tesis de Lutero escritas para la controversia de Heidelberg (1518). En la tesis 13 dice Lutero: «El libre albedrío, después de la caída, no es más que un simple nombre, y peca mortalmente en tanto en cuanto hace lo que de él depende» (2). Para Lutero toda actuación humana es pecado y no hay ninguna actuación humana que no lo sea. Porque para él la gracia de Dios consiste en que Dios no ve nuestro pecado, pero no consiste en que de verdad nuestro pecado deje de existir porque seamos trasformados. De tal manera que de las palabras con las que antes he desarrollado el concepto de gracia santificante: gratis, agraciado, grato y agradecido, podemos decir que Lutero se queda solamente con la primera: gratis. No somos agraciados, en el sentido de que la gracia de Dios no nos transforma. Y gratos tampoco lo somos en realidad. Dios hace «como si» lo fuéramos.

Podríamos leer muchos textos de Lutero. En los famosos «artículos de Schmalkalda», que Lutero escribió como guión para los teólogos protestantes que iban a ir al concilio de Trento, encontramos la misma idea. De hecho, no hubo teólogos protestantes que acudieran al concilio, de manera que tales artículos no se discutieron. Pues bien, en ellos se dice, entre otras cosas: «No es más que error y ceguedad lo que los escolásticos han enseñado acerca de este artículo. Es decir: 1. Que después de la caída de Adán las facultades naturales del hombre quedaron íntegras e incorruptas, y que el hombre, por naturaleza, goza de recta razón y de una voluntad buena, como enseñan los filósofos. 2. ítem: que el hombre goza de libre albedrío para hacer el bien y abstenerse de hacer el mal y, viceversa, para abstenerse del bien y obrar el mal» (3).

Erasmo escribió un libro titulado «De libero arbitrio», contra Lutero. Es decir, «La libertad libre». Y Lutero contestó a Erasmo con su libro «De servo arbitrio», es decir «La libertad esclava» al tiempo que confesaba que Erasmo era el único que verdaderamente le había entendido. Mientras que los teólogos escolásticos que criticaban su postura con las indulgencias o en otros problemas no estaban respondiendo a lo verdaderamente nuclear en la mente de Lutero. Lutero concluye su «De servo artbitrio» diciendo:

«Si aceptamos que Dios lo sabe y lo ordena todo de antemano, y que su saber y sus decisiones no pueden errar ni ser impedidas; si aceptamos además que no ocurre nada, sino porque Dios lo quiere, (cosa que la misma razón nos obliga a reconocer), entonces la misma razón humana es testigo de que no puede haber libertad ni en el hombre ni en el ángel ni en ninguna otra creatura. Si creemos además que Satán es el Príncipe de este mundo, que lucha constantemente contra el Reino de Cristo y se opone con todas sus fuerzas a que los hombres salgan de la cautividad, (a menos que el Espíritu de Dios le fuerce a lo contrario), entonces se vuelve evidente que no puede haber libertad. Finalmente, si creemos en el pecado original por el que nos hemos perdido… entonces no queda sino decir, que en el espíritu humano no hay nada que pueda tender hacia el bien, sino sólo hacia el mal. (4)

Muchos de ustedes conocerán, sin duda, el libro «El miedo a la libertad» Eric Fromm. Es un estudio psicológico del protestantismo y del propio Lutero. El título es bien significativo. Lo que hay en Lutero es miedo a la libertad. Para Lutero el hombre no es libre y el hombre no pude ser transformado por la gracia de Dios.

Hay quizá otro aspecto importante de la controversia entre Lutero y Trento, en torno a la justificación y es que para Lutero la fe es probablemente una fe «fiducial», es decir, la mera confianza en que Dios nos salvará. No es la apertura real de nuestro corazón y de nuestro ser a la salvación de Dios.

En resumen. La gracia de Dios, la amistad con Dios y en consecuencia la salvación es algo que nosotros recibimos en la fe gratis. No porque lo merezcamos. Esto es así para Lutero y para nosotros. La diferencia está en que para la teología católica el hombre que recibe la gracia puede actuar bien y puede hacer el bien. Para Lutero el hombre no es transformado. Para él la naturaleza humana ha sido corrompida por el pecado original de tal manera que el hombre no puede ya obrar el bien. Todo lo que hace es malo. No obstante, Dios le salva gratis «como si» de verdad hubiera sido transformado. (5)

 

6. La objeción: peca fuerte y cree más fuertemente y te salvarás.

Vamos ahora a la segunda objeción que podemos formular así: entonces todo da igual. Si la salvación la recibimos de Dios gratis, sin que la merezcamos, ¿qué razón hay para esforzarnos en la vida cristiana? En una carta que Lutero escribe a su discípulo Melanchton el 1 de agosto de 1521 le dice «peca fuertemente y cree más fuertemente y te salvarás». Evidentemente no hay que pensar que Lutero fuera un malvado. Lo que pasa es que Lutero es una persona que escribe apasionadamente y empleando la paradoja como recurso literario. Ahora ya somos capaces de entender bien por qué Lutero puede escribir en su carta a Melanchton lo siguiente:

«Sé pecador y peca fuerte, pero confía y alégrate más fuertemente aún en Cristo, vencedor del pecado, de la muerte y del mundo. Hay que pecar mientras vivamos aquí. Esta vida no es la morada de la justicia, sino que, como dice Pedro, estamos a la espera de cielos nuevos, de una tierra nueva en la que habite la justicia». (6)

Y finaliza la carta escribiendo: «Reza fuerte aunque seas un pecador fortísimo». Como ven la frase «peca fuerte y cree más fuertemente y te salvarás» que tanto utilizó la apologética católica para desprestigiar a Lutero tiene su contexto y su sentido precisamente en lo que estamos diciendo, que, según Lutero, todo lo que el hombre hace es pecado, porque no es libre. Por tanto peca fuerte, ya que hagas lo que hagas, todo será pecado.

Estamos pues en el núcleo de esta segunda objeción. Es una objeción que también le pusieron a Pablo y que contesta en tres pasajes de su carta a los Romanos. En 3,8, dice Pablo: «¿entonces tendremos que hacer el mal para que venga el bien como algunos nos calumnian y como otros cuya condenación es justa dicen que decimos?». Es decir, que si la gracia es gratis no hay que pagar por ella, y si no hay que pagar por ella, ¿qué razón tenemos para esforzarnos por el bien? La respuesta (le Pablo en la carta a los Gálatas (5,6) es que «la fe actúa por caridad».

Pongo un ejemplo: Una madre tiene dos hijos. Uno es el hijo bueno, trabaja mucho, está haciendo bien la carrera, se porta bien y es la delicia de su madre. El otro hijo es un desaprensivo, se droga, roza la delincuencia, es violento en casa, etc. De acuerdo con la conepción farisea de Dios esta madre sólo querría al hijo bueno y odiaría al hijo malo, porque sólo el hijo bueno ha merecido el amor de la madre. En la concepción cristiana la madre quiere a los dos igual. Más aún, probablemente quiere más al hijo malo porque sabe que le necesita más. Pues bien, Dios quiere a todo los hombres, independientemente de lo que hagan, todo lo que puede. Más aún, probablemente quiere más a los pecadores porque tienen más necesidad de él. Ese es el mensaje de las parábolas de la oveja perdida y de la dracma (Lc. 15,3-10). Desde otra perspectiva esa concepción está también en la parábola del hijo pródigo (Lc. 15,11-32).

Entonces, ¿da lo mismo lo uno que lo otro? Al contrario, no da lo mismo; y eso por dos razones. Primera, porque al malo no le importa matar a la madre de un disgusto. Es decir, porque el hijo malo de la parábola que les he puesto, no es agradecido con el amor gratuito de la madre. Y segundo porque la vida honesta que lleva el hijo bueno es, por sí misma, buena para él. Si Dios nos regala con todo su amor ¿que razones tengo para actuar bien? Esas dos, que al final son la misma. Primero, que el hombre ha de corresponder a la gracia de Dios, a su regalo, con su agradecimiento. Segundo, que obrar el bien es bueno en sí mismo y es bueno para mí. La buena obra no necesita justificarse por un premio ulterior, sino que se justifica sencillamente porque es bueno. Porque es bueno para el hombre y esa es su realización.

Desde el punto de vista de la teología católica, el actuar bien es la señal de que hemos sido trasformados, y por tanto la señal de nuestra real apertura a Dios en la fe. Fíjense lo que dice la carta de Santiago en la polémica postpaulina establecida en el primitivo cristianismo a este respecto: ¿basta la fe sola para ser cristiano? o ¿cómo hay que entender la fe que sola basta? El autor de la carta de Santiago (2,18) dice: «Muéstrame tu fe sin obras y yo, por las obras te mostraré mi fe». De alguna manera la fe es algo constatable. Algo de lo que se puede tener experiencia. Y se tiene experiencia de la fe si es operativa por la caridad.

Dos frases que resumen lo que acabo de decir. Una de San Agustín: «No trabajó Pablo para recibir la gracia, sino que recibió la gracia para trabajar». (7)

La otra de la primera carta de Juan (4,10-11). Aunque en el tratamiento del tema de la gracia nos ha guiado Pablo, un pensamiento análogo tenemos en la teología joánica: «En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo como expiación por nuestros pecados. Queridos, si así nos amó Dios, entonces nosotros debemos amarnos mutuamente». Es decir, que a Dios corresponde la iniciativa. Él nos ha amado antes de que y sin que nosotros lo hayamos merecido. A nosotros toca corresponder agradecidos a lo que gratis se nos ha dado.


(1) J. A. García. Así es Dios, tan bueno. Parábola al fariseo que habita en nuestro corazón. Sal Terrae, 78 (1990), 133147

(2) Cf. Lutero. Obras. Edición preparada por T. Egido, Salamanca, 1977, p. 80

(3) Cf. Lutero. Obras Edición preparada por T. Egido, Salamanca 1977, p. 345

(4) Citado por J.L. González Faus, Proyecto de hermano, Santander 1987 p 611

(5) Desde el libro de Hans Kung, La justificación, donde compara la doctrina de la justificación en el Concilio de Trento y K. Barth está bastante admitido que no hay especiales diferencias a este respecto entre católicos y protestantes. Entre o tras cosas porque también el protestantismo posterior a Lutero ha corregido a éste en gran medida, especialmente en lo que la justificación tiene en Lutero de mera no imputación forense». Sin embargo, hay otros puntos importantes en los que Lutero se separa de ¡a doctrina católica. Por ejemplo, Lutero no considera a ¡a Iglesia una mediación autoritativa de la revelación como sí la consideramos los católicos.

(6) Lutero. Obras. Edición de T. Egido, p. 387

(7) De gestis Pelag. 14,36

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