Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

X. De la discreción

1
Decía el abad Antonio: «Algunos han quebrantado su cuerpo a fuerza de abstinencia, pero su falta de discreción les ha alejado de Dios».

2
Unos hermanos vinieron al abad Antonio para descubrirle sus imaginaciones y visiones y saber si eran verdaderas o falsas. Traían con ellos un asno que murió en el camino. Antes de que pudieran decirle nada, el abad les preguntó: «¿Cómo ha muerto el asno en el camino?». Y ellos asombrados le dijeron: «¿Cómo sabes que ha muerto, Padre?». Y él dijo: «Los demonios me lo han dicho». Precisamente, respondieron ellos, veníamos a hablarte de nuestras visiones. La mayoría de las veces llegan a hacerse realidad, pero tememos ser engañados. El anciano les convenció con el ejemplo del asno que sus visiones eran del demonio.
Un cazador que cazaba fieras en el bosque, vio al abad Antonio en recreo con los hermanos y se escandalizó. El anciano quiso demostrarle que conviene algunas veces ser condescendiente con los hermanos y le dijo: «Pon una flecha en tu arco y ténsalo». Y lo hizo así. Y de nuevo Antonio le dijo: «Sigue tensándolo». Y el cazador le obedeció. Y el abad insistió de nuevo: «Tensa aún más». El cazador lo volvió a tensar, pero dijo al abad Antonio: «Si lo tenso más, se romperá el arco». Y entonces el abad Antonio le dijo: «Lo mismo ocurre en el servicio de Dios. Si se aprieta excesivamente, los hermanos pronto desfallecen. Conviene, pues, de vez en cuando relajar la tensión». Al oír esto el cazador se arrepintió y se aprovechó mucho de la lección del anciano. Los hermanos, reconfortados, volvieron a sus celdas.

3
Un hermano pidió al abad Antonio: «Ruega por mi». Y el anciano le contestó: «Ni Dios ni yo tendremos compasión de ti, si tú no tienes cuidado de ti mismo y se lo pides a Dios».

4
Dijo también el abad Antonio: «Dios no permite que esta generación sufra el ataque del demonio porque sabe que son débiles y no lo pueden soportar».

5
El abad Evagrio preguntó un día al abad Antonio: «Nosotros, con tanta erudición y ciencia, no poseemos ninguna virtud. ¿Cómo aquellos ignorantes que viven en Egipto poseen tantas?». Y el abad Arsenio le contestó: «No tenemos nada porque nos hemos dedicado a las ciencias y disciplinas de este mundo. Aquellos zafios de Egipto adquieren las virtudes con su esfuerzo personal».

6
El abad Arsenio, de feliz memoria, solía decir: «Un monje, peregrino en un país lejano, no se mezcle en cosa alguna y tendrá paz».

7
El abad Marcos preguntó al abad Arsenio: «¿Es bueno no tener en la celda ninguna clase de víveres? He visto a un hermano que tenía unas legumbres en su celda y las estaba arrancando». Y el abad Arsenio respondió: «Sí, es una cosa buena, pero depende de las disposiciones de cada uno. Por eso, si ese hermano no tuviera fuerza para soportarlo, debería volver a plantar sus legumbres».

8
Contaba el abad Pedro, que fue discípulo del abad Lot: «Un día estaba yo en la celda del abad Agatón, y vino un hermano a decirle: “Deseo vivir con los hermanos, pero dime cómo tengo que convivir con ellos”. Y el anciano le dijo: “Como el primer día de tu incorporación a la comunidad, conserva tu condición de extraño todos los días de tu vida, de manera que nunca tengas parrhesia (1) con ellos’~. El abad Macario le preguntó: ”¿Cuál es pues el fruto de esas familiaridades?” . El anciano dijo: “La parrhesia se parece a un viento devastador. Cuando se levanta, todos huyen de él porque seca hasta el fruto de los árboles”. E insistió el abad Macario: “¿Pero tan nociva es la familiaridad?”. “Sí, contestó el abad Agatón, no hay pasión peor que la parrhesia. Es la madre de todas las pasiones. El monje que quiere avanzar en su vocación debe huir de ella, aunque esté solo en su celda”».

9
El abad Daniel decía: «En el momento de morir, el abad Arsenio nos dio este encargo: “No celebréis el ágape por mí, pues si yo en mi vida lo he hecho en verdad por mí, lo encontrare ».

10
Se contaba del abad Agatón que fueron a verle unos hermanos porque habían oído decir de él que era una persona de gran discreción. Y queriendo ver si montaba en cólera, le dijeron: «¿Eres tú Agatón? Hemos oído que eres un fornicario y un soberbio». Y él contestó: «Así es». Y volvieron a decirle: «¿Eres tú Agatón el charlatán y calumniador?». Y respondió: «Yo soy». Y de nuevo le dicen: «¿Eres tú Agatón el hereje?». Y les dijo: «No, no soy hereje». Y le preguntaron entonces: «Dinos, ¿por qué habiéndote dicho tantas palabras injuriosas las has llevado con paciencia, y en cambio al llamarte hereje no lo has soportado?». Y Agatón respondió: «Las primeras injurias me las atribuyo, porque ello resulta de provecho para mi alma. En cuanto que me llaméis hereje no lo admito, porque significa separación de Dios, y yo no quiero por nada de este mundo separarme de Dios». Al oírle se admiraron de su discreción y se fueron muy edificados.

11
Le preguntaron un día al abad Agatón: «¿Qué es mejor, el trabajo corporal o el cuidado interior del alma?». Y respondió el abad: «Los hombres son como los árboles. El trabajo corporal es como el follaje, la guardia interior del alma del fruto. Por lo tanto, como está escrito: “Todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego” (Mt 3,10), conviene, pues, poner todo nuestro empeño en el fruto, es decir, en el cuidado del alma. Pero también tenemos necesidad de la sombra y de la belleza de las hojas, que son el trabajo corporal». El abad Agatón era muy inteligente y laborioso. El mismo se abastecía de todo y, aunque muy asiduo en el trabajo, se contentaba con muy poco en el comer y en el vestir.

12
Tuvo lugar en Scitia una asamblea para arreglar cierro asunto. Terminada la asamblea, el abad Agatón se presentó a los hermanos y les dijo: «No habéis acertado en el juicio». Ellos le dijeron: «¿Quién eres tú y qué es lo que dices?». Y él respondió: «Soy hijo de hombre; escrito está: “¿De veras pronunciáis justicia, juzgáis según derecho a los hijos de Adán?”». (Sal 58).

13
El abad Agatón dijo: «El hombre irascible, aunque resucite muertos, no agrada a Dios por causa de su ira».

14
Un día vinieron tres ancianos a visitar al abad Aquilas y uno de ellos tenía mala fama. Uno de los hermanos dijo: «Padre, hazme una red para ir a pescar». Y el abad le dijo: «No te la hago». Y el segundo le pidió: «Sí, Padre, háznosla para que tengamos un recuerdo tuyo en nuestro monasterio». Y el abad le respondió: «No tengo tiempo». El tercer anciano, el de mala fama, le pidió: «Hazme una red para que tenga una bendición de tus manos». Y al punto Aquilas le contestó: «Te haré una». Los dos primeros, que no habían tenido éxito en su petición, le tomaron aparte y le preguntaron: « ¿ Por qué cuando nosotros te lo hemos pedido, no has querido hacerlo y en cambio a este otro le has dicho: “Te la haré”». Y el anciano les respondió: «A vosotros os he dicho que no porque no tengo tiempo y sé que no os vais a enfadar por mi respuesta. Este otro, si le hubiera dicho que no, habría pensado: “El anciano ha sabido mi mala fama y por eso no ha querido hacerme la red”. Y por eso me he puesto enseguida a preparar el hilo necesario. Así he tranquilizado su alma para que no cayese en la tristeza».

15
Un anciano había pasado cincuenta años sin comer pan y sin beber apenas agua. Y decía: «He matado la impureza, la avaricia y la vanagloria». Y habiéndolo sabido el abad Abraham vino a su encuentro y le dijo: «¿Has dicho tú estas palabras?». Y el otro respondió: «Sí». Y le preguntó el abad Abraham: «Si entras en tu celda y encuentras en tu lecho a una mujer, ¿puedes tú no pensar que se trata de una mujer?». «No, dijo el viejo, pero lucho contra mi pensamiento para no tocarla». Y le dijo el abad Abraham: «Entonces no has matado la impureza, puesto que la pasión sigue viviendo, tan sólo la has encadenado. Y si vas por el camino y encuentras piedras, trozos de vasijas y entre ellos oro, al verlo ¿puedes tomarlo también por piedras?». «No, volvió a responder el otro, pero resisto a la tentación de recogerlo». E insistió Abraham: «La pasión vive, aunque está atada». Y prosiguió: «Si oyes de dos hermanos que uno te estima y habla bien de ti, el otro te odia y te calumnia, silos dos se llegan a ti, ¿recibirás a los dos de la misma manera?». «No; pero me haría violencia para tratar lo mismo al que me odia y al que me ama». Y el abad Abraham concluyó: «Las pasiones siguen viviendo. Lo único que consiguen los santos varones es encadenarías».

16
Uno de los Padres contó que en las Celdas vivía un anciano vestido de saco y que trabajaba sin descanso. Un día se acercó a ver al abad Amonas, que al verle cubierto de saco le dijo: «Esto no re sirve de nada». Y el anciano le confió: «Me atormentan tres pensamientos: uno me empuja a retirarme a algún lugar del desierto, otro a peregrinar donde no me conozcan, un tercero a encerrarme en una celda sin ver a nadie y comiendo sólo pan cada dos días». El abad Amonas le respondió: «No te conviene hacer ninguna de esas tres cosas. Al contrario, continúa en tu celda, come un poco todos los días teniendo en tu corazón las palabras de aquel publicano que se lee en el Evangelio (Lc 18,13), y así te podrás salvar».

17
Decía el abad Daniel: «Cuanto más fuerte está el cuerpo, más seca está el alma». Y añadía: «Cuanto más se cuida el cuerpo más frágil se torna el alma. Cuanto más frágil está el cuerpo, más cuidada está el alma».

18
El abad Daniel contó también que cuando estaba en Scitia el abad Arsenio, había allí un monje que robaba lo que tenían los ancianos. El abad Arsenio, queriendo ganar su alma y asegurar la paz de los hermanos, lo llevó a su celda y le dijo: «Te daré todo lo que quieras, pero no robes», y le dio oro, dinero, muchas chucherías y todo lo que tenía en su cofre. Pero el otro siguió robando, y los ancianos al ver que no se corregía lo expulsaron diciendo: «Si se encuentra un hermano que tiene una enfermedad corporal, hay que soportarlo, pero si se trata de un ladrón y avisado no se enmienda, hay que expulsarlo, por que no solamente hace daño a su alma sino que perturba a todos los que viven en ese mismo lugar».

19
El abad Evagrio, al comenzar su vida monástica, fue a visitar a un anciano y le dijo: «Padre, dime una palabra para que me salve». El anciano le respondió: «Si quieres salvarte, cuando vayas a ver a alguna persona no hables antes de que él te pregunte». Evagrio, compungido por estas palabras, pidió perdón al anciano y le dijo: «Créeme, he leído muchos libros y en ninguno de ellos encontré tanta sabiduría». Y se marchó muy aprovechado.

20
Decía el abad Evagrio: «La mente inestable y que divaga se consolida por la lectura, las vigilancias y la oración. El fuego de la concupiscencia se apaga con el ayuno, el trabajo y la vigilancia. La cólera, fuente de perturbaciones, se la reprime con salmos, dulzura y misericordia. Pero todos estos remedios deben aplicarse en el tiempo oportuno y en la medida conveniente; porque sí no se aplican oportunamente y con medida aprovechan poco tiempo. Y lo que dura poco, hará mal que bien».

21
Un día que el abad Efrén pasaba por la ciudad, una prostituta que había sido enviada por alguno, empezó a halagarle, deseando, si fuera posible, arrastrarlo al pecado, y si no lo conseguía, por lo menos inducirle a la ira, ya que nadie le había visto nunca airado, ni tampoco disputar con otra persona. El le dijo: «Sígueme». Y la llevó a una plaza llena de gente donde le dijo: «Ven aquí para que satisfaga tus deseos». Ella, al ver tanta gente dijo: « ¿Cómo vamos a fornicar aquí, delante de tanta gente? Seria muy vergonzoso». Y el abad le respondió: «Si te da vergüenza delante de los hombres, ¿cuánto más debemos avergonzarnos delante de Dios que “ilumina los secretos de las tinieblas”». (1 Cor 4,5). La mujer se retiró avergonzada y sin poder lograr sus perversos propósitos.

22
Unos hermanos se acercaron un día al abad Zenón y le preguntaron: «¿Qué significa eso que está escrito en el libro de Job: “Ni los cielos son puros a los ojos de Dios?”». (Job 15,15). El anciano respondió: «Los hombres dejan de contemplar sus pecados para mirar al cielo. Por tanto, este es el significado de lo que preguntáis: “Sólo Dios es puro, y por eso el cielo no es puro delante de El”».

23
Decía el abad Teodoro de Fermo: «Si un amigo tuyo cae en un pecado de impureza, si puedes dale una mano y levántalo. Pero si cae en un error contra la fe y no te escucha, apártate en seguida, rechaza su amistad, no sea que si te demoras te arrastre con él al abismo».

24
El mismo abad Teodoro fue a ver al abad Juan, que era eunuco de nacimiento. Durante la conversación dijo el abad Teodoro: «Cuando vivía en Scitia nuestra tarea principal era el alma, el trabajo manual era secundario. Mas ahora el trabajo del alma se hace como de pasada».

25
Un padre vino un día al abad Teodoro y le dijo: «Un hermano se ha vuelto al mundo». «No te extrañes de eso, le respondió el abad Teodoro. Admírate si oyes alguna vez que un hermano consiguió huir de las garras del enemigo».

26
El mismo abad Teodoro decía: «Muchos eligen descansar aquí abajo, antes de que Dios le conceda el descanso».

27
Decían del abad Juan, el enano, que dijo un día a su hermano mayor: «Quiero estar seguro y sin preocupaciones como los ángeles, que no trabajan y sirven continuamente a Dios». Se quitó sus vestidos y se fue al desierto. Al cabo de una semana volvió y llamó a la puerta de su hermano. Este, sin abrir, preguntó: «¿Quién eres?». «Soy yo, Juan» respondió. Y su hermano le contestó: «Juan se ha convertido en ángel y ya no está entre los hombres». Pero él insistía: «Soy yo». Pero no le abrió y le dejó que sufriera un buen raro. Luego le abrió y le dijo: «Si eres hombre, tienes necesidad de trabajar para vivir, pero si eres ángel, ¿por qué tienes necesidad de entrar en la celda?». Juan hizo una metanía (2) diciendo: «Hermano, perdóname porque he pecado».

28
Un día unos ancianos entre los que se encontraba Juan, el enano, vinieron a Scitia. Y mientras comían, un sacerdote muy venerable se levantó para ofrecer a cada uno un vaso de agua. Pero nadie consintió en ello más que Juan el enano. Los otros se extrañaron y le dijeron: «¿Cómo tú, el más pequeño de rodos, te has dejado servir por este anciano tan venerable?». Y Juan le contestó: «Cuando me levanto para ofrecer agua, me alegra que rodos beban, pues así recibiré mi recompensa. Por esa misma razón he aceptado, para que el que se levantó a servir recibiera su recompensa y no se sintiera triste porque nadie aceptara». Al oírle todos se admiraron de su discreción.

29
Un día el abad Pastor preguntó al abad José: «¿Qué debo hacer cuando me vienen tentaciones: resisto o las dejo entrar?». El anciano le dijo: «Déjalas entrar y lucha contra ellas». Pastor volvió a su celda a Scitia. Y llegó allí un monje de la Tebaida que contó a los hermanos que había preguntado al abad José: «¿Cuándo me venga la tentación, resisto o la dejo entrar?». Y el abad le había dicho: «De modo alguno las dejes entrar. Arrójalas inmediatamente». Al oír el abad Pastor la respuesta que el abad José había dado a este monje de la Tebaida, volvió a Panefo y se quejó al abad José: «Padre, yo re abrí mi corazón, y me has dado una respuesta distinta a la que le has dado a ese hermano de la Tebaida». Y le preguntó el anciano: «¿Sabes que re amo?». «Sí, lo sé», respondió Pastor. «¿No me pediste que re dijera lo que sentía, como si se tratase de mí mismo? Pues mira: sí vienen las tentaciones y das y recibes golpes en la lucha contra ellas, sales más experimentado. Te he hablado, pues, como yo lo veo. Pero a otros no les conviene que dejen acercarse a las tentaciones, sino que deben rechazarlas inmediatamente».

30
El abad Pastor contó también: «En una ocasión fui a la Baja Heraclea para ver al abad José. Había en su monasterio una higuera espléndida y por la mañana me dijo: “Ve, coge higos y come”. Era viernes y no comí por causa del ayuno y le pregunté: “En nombre del Señor: explícame por qué me has dicho: ‘Ve y come. No he ido por causa del ayuno, pero estoy avergonzado por no haber cumplido tu orden, pues pienso que no me lo has mandado sin una razón para ello”. El me respondió: “Los Padres más antiguos, al principio, no mandan cosas razonables a sus hijos, sino más bien cosas disparatadas. Si ven que hacen esos disparares, ya sólo les mandan cosas útiles, pues han visto que obedecen en todo”».

31
Un hermano preguntó al abad José: «¿Qué debo hacer? No puedo soportar ninguna cosa penosa, ni trabajar ni dar limosna». «Si no puedes hacer nada de eso, guarda tu conciencia de todo mal para con el prójimo, y así re salvarás, pues Dios busca al alma que no tiene pecado».

32
El abad Isaac de Tebas decía a sus hermanos: «No traigáis niños aquí. Por causa de los niños, cuatro iglesias se han quedado vacías».

33
El abad Longinos hizo la siguiente consulta al abad Lucio: «Tengo tres mociones: la primera irme a peregrinar». Y el anciano le contestó: «Si no retienes la lengua, donde quiera que vayas no serás buen peregrino. Pero refrena aquí tu lengua y serás peregrino aquí mismo». «La segunda, dijo el abad Longinos, es romper el ayuno sólo cada dos días». Y el abad Lucio le respondió: «El profeta Isaías dice: “Aunque inclines tu cabeza como un junco no por ello será aceptado tu ayuno (Isaías 58,5). Guarda más bien el corazón de los malos pensamientos». Y de nuevo dijo el abad Longinos: «Mi tercer propósito es huir de la vista de los hombres» .Y le conminó el abad Lucio: «Si no enmiendas antes tu vida, viviendo entre los hombres, tampoco viviendo solo conseguirás enmendarte».

34
Decía el abad Macario: «El recordar el mal que nos han hecho los hombres, impide a nuestra mente el acordarnos de Dios. Pero si recordamos los males que nos causan los demonios, seremos invulnerables».

35
El abad Matoés decía: «Satanás ignora qué pasión seducirá más a tu alma. Por eso siembra cizaña sin saber qué cosechará. Arroja unas veces semillas de impureza, otras de maledicencia y de todas las demás pasiones. Luego infiltra en el alma aquella pasión hacia la cual ve que se inclina más. Pues si supiera las inclinaciones del alma no sembraría en ella pasiones distintas y variadas».

36
El abad Natira, discípulo del abad Silvano, se comportaba con moderación en lo relativo a las necesidades corporales mientras vivió en su celda del monte Sinaí. Pero cuando fue nombrado obispo de Farán se impuso un régimen mucho más austero. Y le dijo su discípulo: «Padre, cuando estábamos en el desierto, no te mortificabas tanto». Y le contestó el anciano: «Hijo, allí había soledad, quietud, pobreza, y por eso quería gobernar mi cuerpo para que no cayera enfermo y tuviese que buscar lo que no tenía a mano. Pero aquí en el mundo, existen toda clase se recursos, y si cayese enfermo, muchos vendrían a ayudarme para que no pierda mi salud».

37
Dijo un hermano al abad Pastor: «Estoy inquieto aquí y por eso quiero abandonar este lugar». Y le preguntó el anciano: «¿Cuál es el motivo de esa turbación?». Y le respondió el hermano: «He oído algunas cosas de un hermano y me han escandalizado». Y el anciano le dijo: «¿Es que no son verdad esas cosas que oíste?». «Sí Padre, son verdad, pues el hermano que me las ha dicho es fiel». Y el abad Pastor le dijo: «No es digno de confianza el que te lo dijo, pues si fuese fiel no hubiera hablado así. Dios oyó el clamor de Sodoma, pero no lo creyó hasta que bajo y lo vio con sus ojos». (Gén 18). Y el hermano respondió: «Yo también lo vi con mis ojos». Al oír estas palabras el anciano miró al suelo, tomó una brizna de hierba y pregunto al hermano: «¿Qué es esto?». «Hierba». Luego el anciano miró el techo de la celda y le dijo: «¿Qué es aquello?». «Una viga que sostiene el techo de la celda». Y dijo el abad: «Mere en tu corazón que tus pecados son como esa viga y los del hermanos de quien me hablas como esa brizna de hierba». El abad Sisoés al conocer esta respuesta, se admiró mucho y dijo: «¿Cómo podemos felicitarte, abad Pastor? Eres una piedra preciosa, pues tus palabras están llenas de gracia y de gloria».

38
Los sacerdotes de la región vinieron un día a visitar a los monjes de los monasterios vecinos. En uno de ellos vivía el abad Pastor. Se le presentó el abad Anub y le dijo: «Pidamos a estos sacerdotes que reciban en caridad con nosotros los dones de Dios». El abad Pastor, que estaba de pie, no le contestó y el abad Anub salió muy triste. Los que estaban sentados junto al abad Pastor le dijeron: «¿Por qué no le has respondido?» y el abad les dijo: «No me toca a mi. Yo ya estoy muerto y los muertos no hablan. No me consideréis como si estuviese entre vosotros».

39
Un hermano salió en peregrinación del monasterio del abad Pastor y llegó a la celda de un anacoreta. Era hombre de gran caridad con todos y venían muchos a verle. El hermano le contó muchas cosas del abad Pastor y al conocer su virtud el eremita quiso visitarle. El hermano llegó a Egipto y algún tiempo después llegó a este país en peregrinación el citado ermitaño y se presentó ante aquel hermano que le había visitado anteriormente, pues éste le había indicado dónde moraba. Al ver al ermitaño, el hermano se extrañó y se llenó de alegría. El anacoreta le dijo: «Muestra tu caridad para conmigo y llévame al abad Pastor». El hermano lo llevó a su presencia y lo presentó diciendo: «Un hombre ilustre, de gran caridad y muy honrado en su país ha venido con el deseo de verte». El anciano Pastor le recibió amablemente y después de saludarle se sentaron. El peregrino empezó a hablar de las Sagradas Escrituras y de cosas espirituales y celestiales, pero el abad Pastor le volvió el rostro y no le respondió palabra. Al ver que no le hablaba, el eremita salió muy triste y dijo al hermano que le había acompañado: «He hecho el viaje en balde. He venido a ver al anciano y no se digna hablarme». El hermano entró en la celda del abad Pastor y le dijo: «Padre, este ilustre varón tan célebre en su país, ha venido por ti, ¿por qué no le hablas?». Y el anciano le contestó: «Es un hombre de arriba y habla de cosas del cielo. Yo soy de abajo y hablo de cosas de la tierra. Si me hubiese hablado de pasiones del alma ciertamente le hubiera respondido, pero si me habla de cosas espirituales, yo no sé de esas cosas». El hermano salió y dijo al eremita: «El anciano no habla fácilmente de la Escritura, pero si le hablas de las pasiones del alma responderá». El anacoreta, conmovido, entró de nuevo y dijo al abad: «Padre, ¿qué debo hacer, pues me dominan las pasiones?». El anciano le miró con alegría y le dijo: «Bienvenido seas ahora. Te hablaré de ello y oirás cosas interesantes». El otro, muy edificado, decía: «Este es el camino de la caridad». Y se volvió a su país dando gracias a Dios por haber merecido ver y conversar con un varón tan santo.

40
Un hermano dijo al abad Pastor: «He cometido un gran pecado y quiero hacer penitencia durante tres años». El abad le dijo: «¡Es mucho tiempo!». Y le dijo el hermano: «¿Me aconsejas que haga tan sólo un año?». «Es mucho», fue de nuevo la respuesta del anciano. Los presentes decían: «¿Acaso bastarán cuarenta días?». El anciano dijo de nuevo: «Es mucho tiempo». Y añadió: «Creo que cuando un hombre se arrepiente de todo corazón y no vuelve a cometer el pecado del que se arrepiente, Dios se contenta con tres días de penitencia».

41
El abad Amón consultó en cierta ocasión al abad Pastor acerca de los pensamientos impuros y sobre los vanos deseos que nacen en el corazón del hombre. El anciano le respondió: «¿Acaso se jacta el hacha frente al hombre que corta con ella? (Is 10,15). Pues bien, tú no alargues tu mano a ellos y resultarán inofensivos».

42
Sobre el mismo asunto le consultó el abad Isaías, y el abad Pastor le dijo: «Los vestidos encerrados en un baúl durante largo tiempo, se apolillan. Lo mismo ocurre a los pensamientos de nuestro corazón. Si no los ponemos por obra físicamente, desaparecen o se apolillarán con el tiempo».

43
Sobre el mismo tema le preguntó el abad José, y el abad Pastor le respondió: «Si se encierra en un recipiente una serpiente o un escorpión y se cubre el recipiente, al cabo de cierto tiempo los animales mueren. Lo mismo ocurre con los malos pensamientos que el demonio hace germinar en nosotros; con paciencia, poco a poco, aquel que los padece consigue ahogarlos».

44
El abad José preguntó un día al abad Pastor: «¿Cómo hay que ayunar?». Y le contestó: «Me gusta que el que se alimenta coma con regularidad, pero privándose un poco para no saciarse». Y le dijo el abad José: «Pero cuando eras joven ¿no ayunabas dos días seguidos?». Y le respondió el anciano: «Créeme, he ayunado durante tres días y durante una semana, pero todo esto lo experimentaron los ancianos más notables y descubrieron que es bueno comer todos los días, privándose un poco cada día. Y nos dejaron este camino real, que es más llevadero y más fácil».

45
Dijo el abad Pastor: «No vivas en un lugar donde veas que existen algunos que te tienen envidia. No harás allí ningún progreso en la virtud».

46
Un hermano vino al abad Pastor y le dijo: «Siembro mi campo y reparto mi cosecha». Y el anciano le dijo: «Haces una buena obra». El hermano salió enfervorizado y multiplicó su trabajo y sus limosnas. Lo oyó el abad Anub y dijo al abad Pastor: «¿No tienes temor de Dios para hablar así a ese hermano?». Y el anciano calló. Dos días después el abad Pastor mandó llamar al hermano y le dijo en presencia del abad Anub: «¿Qué me preguntaste el otro día?, porque estaba distraído». El hermano replicó: «Te dije que siembro mi campo y reparto lo que recojo». Y le respondió el abad Pastor: «Creía que se trataba de un hermano tuyo seglar, pero sí se trata de ti, ese no es negocio de un monje». El hermano al oírlo se entristeció mucho y dijo: «No hago, ni sé hacer otra cosa mas que ésta, ¿y no voy a poder sembrar mi campo?». Cuando marchó el hermano, el abad Anub pidió perdón al abad Pastor, y éste le dijo: «Desde el principio sabia que no era ése negocio de monje, pero de acuerdo con sus disposiciones le animé a crecer en caridad. Pero ahora se va triste, y seguirá haciendo el mismo trabajo porque no sabe hacer otra cosa».

47
Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Qué significa aquella Escritura: “¿Todo aquel que se encolerice contra su hermano sin motivo?”». (Mt 5,22). Y respondió: «En todo aquello con lo que te haya querido ofender tu hermano, mientras no te arranques tu ojo derecho y lo arrojes, sin motivo te enfadas con él. Pero si alguno quisiera apartarte de Dios, entonces enfádate con él».

48
Decía el abad Pastor: «Si un hombre peca y no lo niega, sino que lo reconoce y dice: “He pecado”, no le reprendas, pues destruirás su buen propósito. Por el contrario, dile más bien: “No te entristezcas, hermano, ten cuidado en adelante” y anímale a hacer penitencia».

49
El abad Pastor dijo: «La prueba es un bien. Las pruebas hacen a los hombres más experimentados».

50
Dijo también: «El que enseña una cosa y no hace lo que enseña, se parece a un pozo que sacia y limpia a los demás y no puede lavarse a sí mismo. Todas las impurezas e inmundicias se quedan en él».

51
Decía también: «Es hombre aquel que se conoce a sí mismo». Y añadió: «Hay personas que parecen guardar silencio, pero su corazón condena a los demás. En realidad están hablando sin cesar. Otros hablan desde la mañana hasta la noche y sin embargo guardan silencio». Esto dijo porque él nunca hablaba más que para el provecho de los que oían.

52
Dijo también: «Supongamos que tres hermanos viven juntos. Uno de ellos practica a la perfección la hesyquia (3) y el recogimiento. El otro está enfermo pero da gracias a Dios. El tercero, con sincero corazón sirve a los otros dos. Pues bien, los tres son semejantes en el premio de su vida, como si los tres hiciesen lo mismo».

53
Decía también: «El mal nunca ha expulsado al mal. Si alguno te hace algún mal, hazle tú un bien, para destruir su mal con tu buena acción».

54
Dijo también: «El que se queja, no es monje. Devolver mal por mal no es propio de un monje. El iracundo, no es monje».

55
Un hermano vino al abad Pastor y le dijo: «Me vienen muchos malos pensamientos y me pongo en peligro». Entonces el anciano le empujó hacia el aire libre y le dijo: «¡Despliega tu vestido y encierra en él el aire!». El hermano respondió: «¡No puedo hacer tal cosa!». Y repuso el anciano: «Pues si no puedes hacer eso, tampoco puedes impedir que te vengan los malos pensamientos, pero lo que si puedes hacer es resistirlos».

56
Un hermano vino al abad Pastor y le hizo la siguiente consulta: «Me acaban de enviar la parte de la herencia que me corresponde, ¿qué hago con ella?». El abad Pastor le dijo: «Vete y vuelve dentro de tres días y entonces te contestaré». El hermano volvió el día señalado, y el anciano le dijo: «¿Qué quieres que te diga hermano? Si te digo que lo des a una iglesia, los clérigos se lo gastarán en suculentas comidas. Si te aconsejo que se lo des a tus familiares, no tendrás recompensa alguna. Pero si te recomiendo que se lo des a los pobres, te sentirás seguro. Vete y haz lo que quieras, yo no tengo ningún interés en este asunto».

57
Dijo también: «Si te viene un pensamiento relativo a lo que es necesario para la vida del cuerpo y lo satisfaces una primera vez y más tarde una segunda, ¿qué hay que hacer si vuelve por tercera vez? No le prestes atención pues es un pensamiento vano».

58
Un hermano preguntó al abad Pastor: «Si veo una cosa, ¿crees que debo decirla?». El anciano le respondió: «Escrito está: “El que responde antes de escuchar se busca necedad y confusión” (Prov 18,13). Habla si te preguntan. Si no te preguntan, calla».

59
El abad Pastor contó este dicho del abad Amón: «Hay personas que llevan un hacha toda su vida y son incapaces de talar un árbol. Otros saben cortar y con pocos golpes derriban un árbol. Este hacha, añadía, es la discreción».

60
Decía también el abad Pastor: «La voluntad del hombre es un muro de bronce y una roca que se interpone entre Dios y él. Si renuncia a ella, podrá decirse a sí mismo lo que está escrito en el Salmo: “Con mi Dios escalo la muralla y Dios es perfecto en sus caminos” (Sal 18.30 y 31). Pero si trata de justificar su voluntad, el hombre está en peligro».

61
Un hermano hizo al abad Pastor la siguiente pregunta: «El estar con mi abad perjudica mi alma. ¿Qué me aconsejas, sigo con él?». Sabía el abad Pastor que el alma del hermano se estaba deteriorando junto a su abad, y se extrañaba de que el hermano le preguntase si debía quedarse con él. Y le dijo: «Si quieres, quédate». Y el otro volvió para quedarse con su abad. Pero vino de nuevo a ver al abad Pastor y le dijo: «Estoy causando daño a mi alma». Sin embargo el abad Pastor no le dijo: «Aléjate de tu abad». Vino el hermano por tercera vez y dijo: «Creedme, no puedo seguir con él». Y el anciano le dijo entonces: «Ahora acabas de salvarte. Vete y no sigas más con él». Y añadió: «Un hombre al ver que su alma sufre detrimento no tiene necesidad de preguntar. Se consulta sobre los pensamientos ocultos para que los ancianos puedan dar su juicio, pero de los pecados manifiestos no hay necesidad de preguntar. Hay que arrancarlos inmediatamente».

62
El abad Abraham, discípulo del abad Agatón, preguntó al abad Pastor: «¿Por qué me atacan de esta manera los demonios?». Y le contestó el abad Pastor: « ¿Te atacan los demonios? Los demonios no nos atacan cuando hacemos nuestra propia voluntad, porque nuestra voluntad entonces se ha identificado con la de los demonios y ellos nos empujan a cumplirla. ¿Quieres saber con quién luchan los demonios? Con Moisés y los que se parecen a él».

63
Contaba el abad Pastor que un hermano preguntó al abad Moisés: «¿Cómo un hombre puede morir para su prójimo?». Y el anciano le respondió: «Si el hombre no asienta en el fondo de su corazón que lleva tres años en la sepultura, no lo conseguirá».

64
Un hermano preguntó al abad Pastor: «¿Cómo debe un monje vivir en su celda?». Y el anciano le dijo: «Vivir en la celda, en lo que toca al exterior, consiste en trabajar con las manos, comer una sola vez al día, guardar silencio y meditar. Pero para progresar interiormente en la celda, hay que despreciarse siempre, donde quiera que uno vaya, observar las horas del servicio divino y no descuidarse en lo tocante a las faltas ocultas. Si el monje descansa del trabajo manual, que vaya a cumplir con el servicio divino y que lo termine con paz. Finalmente, busca la compañía de los buenos monjes que viven a tu alrededor y huye la de los malos».

65
Vinieron dos hermanos al abad Pambo y uno de ellos le preguntó: «Padre, ayuno dos días seguidos y como tan sólo dos panecillos, ¿crees que salvaré mi alma? ¿O es una ilusión?». Y el otro hermano dijo a su vez: «Recojo con mi trabajo dos cargas diarias de legumbres, me quedo con una pequeña parte para comer y el resto lo reparto como limosna, ¿crees que me salvaré o es pura ilusión?». Y aunque insistían en sus preguntas no les contestó. Cuatro días más tarde, cuando estaban a punto de partir, los clérigos les dijeron: «No os entristezcáis, hermanos, pues Dios quiere recompensaros. Es costumbre del anciano no contestar inmediatamente, sino esperar a que Dios le inspire lo que debe decir». Volvieron de nuevo a la celda del abad y le dijeron: «Padre, ruega por nosotros». Y él les dijo: «¿Os marcháis ya?». «Sí», le respondieron. Y después de mirarles, y como si se atribuyese a sí mismo las obras de ellos, se puso a escribir en el suelo, y decía: «Pambo ayuna dos días y come tan sólo dos panecillos, ¿crees que por eso es monje? ¡No!». Y siguió diciendo: «Pambo recoge cada día dos cargas de legumbres y las reparte como limosna, ¿crees que por eso es monje? ¡Tampoco!». Se calló unos instantes y les dijo: «Hacéis una obra buena, pero si guardáis vuestra conciencia ante vuestro prójimo, entonces os salvareis». Y edificados con estas palabras se fueron muy contentos.

66
Un hermano preguntó al abad Pambo: «¿Por qué los demonios me impiden hacer bien a mi prójimo?». El anciano le dijo: «¡No hables así!, pues harías mentiroso a Dios. Antes di: “No quiero practicar la misericordia” ya que Dios previno tu objeción y dijo: “Os he dado poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre toda potencia enemiga” (Lc 10,19). ¿Por qué no aplastas, tú también, a los espíritus inmundos?».

67
Dijo el abad Paladio: «El alma que desea vivir según la voluntad de Cristo, debe aprender con cuidado lo que no sabe y enseñar con claridad lo que sabe. El que no quiere hacer ninguna de estas cosas pudiendo hacerlo, es un insensato. El apartarse de Dios empieza por el hastío de la doctrina, cuando ya no se busca aquello que anhela el alma que ama a Dios».

68
Un hermano preguntó al abad Sisoés: «¿Por qué no me dejan en paz las pasiones?». Y le contestó el anciano: «Porque sus instrumentos están dentro de ti. Devuélveles sus herramientas y se irán».

69
Un hermano fue al monte Sinaí para visitar al abad Silvano. Vio allí a unos hermanos que estaban trabajando y dijo al anciano: «Obrad, no por el alimento perecedero». (Jn 6,27). «María ha elegido la parte buena». (Lc 10,42). El anciano dijo a su discípulo Zacarías: «Envía a ese hermano a una celda donde no haya nada». Y al llegar la hora de nona, el hermano atisbaba la puerta para ver si venían a llamarle para la comida. Pero como no venía nadie, se levantó, fue a donde estaba el anciano y le dijo: «Padre, ¿no han comido hoy los hermanos? «Sí, ya han comido», contestó el abad. «Y, ¿por qué no me has llamado?». El anciano le respondió: «Tú eres un hombre espiritual y no necesitas esta clase de alimentos. Nosotros somos hombres carnales y necesitamos comer; por eso trabajamos con nuestras manos. Tú has elegido la mejor parte, lees todo el día y no quieres tomar alimento material». Al oír esto el hermano se echó por tierra y arrepentido dijo: «Perdóname, Padre». El abad añadió: «María tiene necesidad de Marta. Gracias a Marta es alabada Maria».

70
Decía Santa Sinclética: «Los que amasan riquezas materiales con su trabajo y con los peligros del mar, cuanto más han ganado más quieren tener. Estiman en nada lo que tienen y tienden con toda su alma hacia lo que les falta. Nosotros que no tenemos nada de lo que deberíamos buscar, no queremos adquirir lo que necesitamos para alcanzar el temor de Dios».

71
Dijo también: «Existe una tristeza útil y una tristeza dañosa. La útil nos hace llorar nuestros pecados y las debilidades de nuestro prójimo para que no desfallezcamos en nuestro deseo de perfección. Este es el carácter de nuestra verdadera tristeza. Existe otra tristeza que viene del enemigo. Este nos inspira, sin motivo alguno, una tristeza que llaman tedio. Hay que echar fuera este espíritu con oraciones y salmos frecuentes».

72
Decía también: «Una dura abstinencia puede ser sugerida por el demonio, pues también sus secuaces la practican. ¿Cómo distinguiremos, pues, la abstinencia de procedencia divina, la verdadera, de la tiránica y diabólica? Evidentemente por la moderación. Guarda durante toda tu vida una misma regla para tu ayuno. No ayunes cuatro o cinco días seguidos para perder luego tu virtud con abundantes comidas. Esto alegra al demonio. Lo que se hace sin mesura es corruptible. No gastes todas las municiones de una sola vez, si no quieres verte desarmado y ser hecho prisionero. Nuestro cuerpo es el arma y nuestra alma el soldado. Vigila al uno y a la otra, para que estés preparado para cualquier eventualidad».

73
Dos ancianos de la región de Pelusa vinieron un día a visitar a la abadesa Sara. Y mientras caminaban se decían el uno al otro: «Humillemos a esa vieja». Y le dijeron: «Ten cuidado de no ensoberbecerte pensando: «Unos varones, unos ermitaños, vienen a yerme a mí que soy mujer». Pero la abadesa Sara les contestó: «Soy mujer por el sexo, pero no por el espíritu».

74
La abadesa Sara decía: «Si pidiese a Dios que todos los hombres estén contentos de mi, tendría que ir a pedirles perdón a todos ellos. Prefiero pedirle que mi corazón se conserve puro con todos».

75
El abad Hiperequios dijo: «El verdadero sabio es aquel que enseña a los demás con sus obras, no con sus palabras».

76
Un día vino un monje que había ocupado en Roma un alto puesto en palacio. Se instaló en Scitia, cerca de la iglesia, y tenía consigo un criado que le servía. Viendo el sacerdote de la iglesia su debilidad y sabiendo que estaba acostumbrado a una vida muelle, le enviaba lo que el Señor le daba o era ofrecido a la iglesia. Después de veinticinco años pasados en Scitia llegó a ser un varón contemplativo que leía en el interior de los corazones y había alcanzado una gran reputación. Al conocer su fama vino a verle uno de los grandes monjes de Egipto que esperaba encontrar en él una gran abstinencia. Entró, le saludó y después de hacer oración juntos, se sentaron. El egipcio vio que el otro estaba elegantemente vestido, su lecho era de papiro con una alfombra a sus pies y una blanda almohada para su cabeza. Sus pies estaban limpios y calzados con sandalias. Y se escandalizó en su interior, pues no era esa la costumbre del lugar, sino que acostumbraban a vivir con gran austeridad y penitencia. El anciano romano tenía el .don de la contemplación y el carisma del discernimiento de espíritus y comprendió que el monje de Egipto se había escandalizado interiormente de él. Dijo entonces a su criado: «Prepara una buena comida, por causa de este Padre que acaba de llegar». Y el hermano puso a cocer unas legumbres. A la hora conveniente se pusieron a la mesa. El romano tenía un poco de vino a causa de su debilidad y lo bebieron también. Al llegar la tarde, rezaron doce salmos y se acostaron. Y otro tanto hicieron a media noche. A la mañana siguiente se levantó el egipcio y dijo: «Ruega por mi», y se marchó muy mal impresionado. Y cuando se encontraba a cierta distancia, quiso el anciano de Roma curarle, y le mandó llamar. Le recibió de nuevo con gran amabilidad y empezó a preguntarle: «¿De qué país eres?». «Soy de Egipto». «¿De qué ciudad?». «No soy de ciudad, ni nunca viví en ciudad». «Y antes de ser monje, ¿qué hacías en el lugar donde vivías?». «Cuidaba los campos». «¿Y dónde dormías?». «En el campo». «¿Y tenias una cama para dormir?». «Cómo iba a tener una cama para dormir en el campo?». «¿Y cómo dormías?». «Sobre el suelo». Y el romano siguió preguntando: «Qué comías en el campo, y qué bebías?». «¿Qué se puede comer y beber en el campo?». «¿Cómo vivías pues?». «Comía pan seco, alguna salazón si la encontraba y bebía agua». «Era un oficio duro, dijo el anciano y añadió: “¿Había baños para poderte bañar allí?”». «No, contestó el otro, me lavaba en el río cuando tenía ganas». Cuando el anciano de Roma obtuvo respuesta de este largo interrogatorio y conoció su vida y su género de trabajo anterior, queriendo ayudarle, le contó la vida que había llevado mientras vivía en el mundo. «Este miserable que ves, nació en la gran ciudad de Roma y ocupó un elevado puesto en el palacio del emperador». Apenas oyó el comienzo de su narración, el egipcio se conmovió profundamente y escuchaba con gran atención lo que el otro le decía. El romano añadió: «Dejé Roma y vine a este desierto. Tenía grandes palacios e inmensas riquezas y las desprecié para venir a esta pequeña celda». Y prosiguió: «Tenía lechos cubiertos de oro y preciosamente guarnecidos. Y a cambio de ello Dios me dio esta cubierta de papiro y esta piel. Mis vestidos eran de precio inestimable y en su lugar uso estos harapos». Le dijo también: «Gastaba mucho dinero en comer y a cambio Dios me ha dado estas pocas legumbres y este jarro de vino. Tenía muchos criados para que me sirvieran y en su lugar, Dios ha movido a este único para que me acompañe. Por todo baño me contento con echar un poco de agua a mis pies y uso sandalias a causa de mi enfermedad. En vez de arpas, citaras y otros instrumentos músicos que alegraban mis banquetes, digo doce salmos durante el día y otros tantos por la noche. Y para expiar los pecados de mi vida pasada, ahora presento a Dios en el recogimiento mi pobre e inútil servicio. Por favor, Padre, no te escandalices de mi flaqueza. » Al oír todo esto, el de Egipto volvió en sí y dijo: «¡Ay de mí!, que de muchas tribulaciones y grandes trabajos en el mundo vine más bien a encontrar descanso en la vida monacal. Y tengo ahora lo que no tenía entonces. Tú por propia voluntad has venido de disfrutar grandes placeres en el mundo a sufrir, y de mucha honra y riquezas a pobreza y humildad. » El monje se fue muy aprovechado, se hizo amigo suyo y venía a menudo a visitarle para aprovecharse de sus enseñanzas. Era hombre de discernimiento y lleno del buen olor del Espíritu Santo.

77
Decía un anciano: «Las palabras solas no bastan. Hoy hay mucha palabrería en los hombres de nuestro tiempo. Pero se necesitan obras. Estas son lo que Dios busca, no palabras que no dan fruto. »

78
Un hermano preguntó a los Padres: «¿Se mancha uno pensando cosas sucias?» Después de estudiar entre ellos la cuestión, unos decían: «Sí, se mancha». Otros decían: «No, porque sí se mancha no podemos salvarnos, ya que somos ignorantes. Esto toca a la salvación y para esto basta con no hacer materialmente lo que pensamos. » El hermano que había hecho la pregunta no quedó satisfecho con esta variedad de respuestas de los Padres, y se fue a un Padre muy experimentado y le consultó sobre el asunto. Y el anciano respondió: «A cada uno se le pedirá cuenta según su medida». Y el hermano dijo al anciano: «Por Dios te pido que me expliques estas palabras». El anciano le dijo: «Supongamos que hubiese aquí una joya muy preciosa. Entran dos hermanos de los cuales uno tiene gran virtud, después de una vida muy probada, y el otro apenas es un principiante en el camino de la virtud. Si el deseo del perfecto se excita al ver la joya aquella y dice dentro de sí: “Quiero poseer esa joya”, y no sigue en su deseo sino que lo aleja enseguida de sí, no se mancha. Si el otro que no ha llegado todavía a un alto grado de virtud, desea la joya, y rumía su pensamiento porque su deseo le empuja, pero sin embargo no coge la joya, tampoco se mancha».

79
Decía un anciano: «Si uno habita en una región sin dar fruto en ese sirio, el mismo lugar le arrojará porque no ha producido el fruto del país».

80
Dijo un anciano: «Si alguno hace una cosa siguiendo su voluntad, buscando lo que no es según Dios, silo hace por ignorancia podrá después volver al camino del Señor. Pero el que se obstina en seguir su voluntad y no la de Dios, y no quiere escuchar a los demás porque se fía de su propio saber, éste difícilmente llegara al sendero del Señor».

81
Se le preguntó a un anciano: «¿Qué camino es ese que se lee en la Escritura: “¡Qué estrecha es la entrada y qué angosto el camino que lleva a la vida!”». (Mt 7,14). Y el anciano contestó: «El camino angosto y estrecho es hacerse violencia y quebrantar por amor de Dios su propia voluntad». Es lo que está escrito de los Apóstoles: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”». (Mt 19,27).

82
Decía un anciano: «Como el estado del monje es superior al del seglar, así también el monje peregrino debe ser en todo un espejo para los monjes sedentarios».

83
Uno de los Padres decía: «Si un buen obrero se queda en un lugar donde no existen obreros, no puede progresar en su oficio. Lo único que podrá hacer es esforzarse para no olvidar lo que sabe. Pero si un perezoso vive con un buen operario, progresará. Y si no adelanta, por lo menos no va hacia atrás».

84
Dijo un anciano: «El hombre que habla, pero no tiene palabras, se parece a un árbol cubierto de hojas, pero que no tiene frutos. Así como un árbol que está lleno de frutos, también tiene hojas, de igual modo, el hombre que hace obras buenas, hablará en consecuencia».

85
Contaba un anciano que un hermano cometió un pecado grave. Movido a penitencia fue a contarlo a un anciano, pero no le confesó su falta, sino que le preguntó: «¿Si a uno le vienen tales pensamientos, se salvará?». El anciano, que carecía de discernimiento, le respondió: «Ha perdido su alma». Al oírlo el hermano se dijo.» Si he perdido mi alma me vuelvo al mundo». Pero en el camino, decidió ir a abrirse con el abad Silvano, que era famoso por su discreción. Fue a verle, pero tampoco le contó su pecado, sino que le dijo lo mismo que al primero, es decir: «¿Si a uno le vienen tales pensamientos, se salvará?». El abad Silvano abrió su boca y, apoyándose en la Escritura, le dijo: «No se trata de juzgar los pensamientos, sino el pecado». Al oír estas palabras el hermano se animó, y recuperada la esperanza le confesó su culpa. Después de escucharle el abad Silvano, como buen médico, le puso en el alma una cataplasma hecha de sentencias de la Sagrada Escritura, que aseguran que la penitencia es posible para aquellos que de verdad se convierten a Dios por un amor verdadero. Después de algunos años, el abad Silvano encontró a aquel anciano que había desanimado al hermano. Le contó lo sucedido y añadió: «Aquel hermano, que se desesperó con tu respuesta y se volvía al mundo, es hoy una espléndida estrella en medio de los hermanos». He contado esta historia, para que sepamos el gran peligro que se corre cuando uno manifiesta sus pensamientos, o sus faltas, a uno que carece de discreción.

86
Decía un anciano: «No nos condenamos porque entren en nosotros malos pensamientos, sino porque hacemos mal uso de ellos. Sucede que naufragamos por causa de unos pensamientos, pero también que somos coronados por causa de ellos».

87
Un anciano dijo: «No des ni recibas nada de la gente del mundo. No tengas trato con mujeres ni demasiada familiaridad con los niños».

88
Un hermano preguntó a un anciano: «¿Qué debo hacer, porque me tientan muchos pensamientos y no sé cómo resistirlos?». Y el anciano le dijo: «No luches contra todos, sino contra uno solo. Todos los pensamientos del monje tienen una sola cabeza. Es necesario examinar cuál y de qué naturaleza es ese pensamiento, y luchar contra él. De ese modo todos los demás pensamientos pierden su fuerza».

89
Decía un hermano a propósito de los malos pensamientos: «Por amor de Dios, hermanos, reprimamos los malos pensamientos como reprimimos las malas obras».

90
Un anciano dijo: «El que quiere vivir en el desierto debe ser maestro. El que necesita ser enseñado puede recibir daño en ese género de vida».

91
Un hermano preguntó a un anciano: « ¿Cómo puedo encontrar a Dios? ¿En los ayunos, en el trabajo, en las vigilias o en la misericordia?». Y el anciano le contestó: «En todas esas cosas que has enunciado y en la discreción. Porque te digo que muchos castigaron su carne, pero como lo hicieron sin discreción se fueron con las manos vacías. Nuestra boca huele mal a causa del ayuno, sabemos toda la Escritura y recitamos de memoria a David; pero no tenemos lo que Dios busca, es decir, humildad».

92
Un hermano dijo a un anciano: «Padre, pregunto a los ancianos y me hablan de la salvación de mi alma, pero no retengo nada de sus palabras. ¿Para qué me sirve preguntarles si no saco ningún provecho? ¡Estoy totalmente echado a perder!». Había allí dos vasos vacíos. El anciano le dijo: «Toma uno de estos vasos, llénalo de aceite, quema dentro estopa, vacía el vaso y ponlo en su sitio». Así lo hizo. Y el anciano le dijo: «Haz lo mismo otra vez». Y después de que repitiera la misma operación varias veces, le dijo el anciano: «Trae los dos vasos y mira cuál de los dos está más limpio». Y respondió el hermano: «Aquel en el que he puesto el aceite». «Lo mismo le sucede al alma, dijo el anciano, que pregunta. Aunque no retenga nada de lo que oye, se purifica más que la que no hace preguntas».

93
Un hermano practicaba la1hesyquia en su celda y los demonios quisieron seducirle «sub especie» de ángeles que le invitaban a acudir a la «synasis (4)», y para ello le enseñaban una luz. Pero el hermano fue a ver a un anciano y le dijo: «Padre, los ángeles vinieron con una luz y me persuaden para que vaya a la synasis». Y el anciano le aconsejó: «No les escuches, hijo mío, que son demonios. Cuando vengan a molestarte, diles: “Yo me levanto cuando quiero, pero a vosotros no os escucho”». Con el consejo del anciano el hermano volvió a su celda. La noche siguiente volvieron los demonios y le seducían según su costumbre. El, como le habían mandado, respondió diciendo: «Yo voy cuando quiero; a vosotros no os escucho». Ellos le dijeron: «Ese mal viejo, ese mentiroso, te ha seducido. Un hermano vino para que le prestase dinero y le dijo que no tenía y no le dio nada, y era mentira, porque sí tenía dinero. Ya ves que es un mentiroso». Al amanecer el hermano volvió al encuentro del anciano y se lo contó. El anciano le contestó: «Es verdad que tenía dinero, y que vino un hermano para que se lo prestase, y no se lo di porque sabía que si se lo daba dañaría a su alma: preferí faltar a un mandamiento que quebrantar diez. Hubiéramos podido tener muchas molestias por su causa si hubiera recibido dinero de mí. Tú no escuches a los demonios que quieren seducirte». Y muy confortado con las palabras del anciano, el hermano volvió a su celda.

94
Un día, tres hermanos vinieron a ver a un anciano de Scitia. Uno de ellos le dijo: «Padre, he aprendido de memoria el Antiguo y el Nuevo Testamento». El anciano le contestó: «Has llenado el aire de palabras». El segundo le dijo: «He copiado a mano todo el Antiguo y el Nuevo Testamento». Y el anciano le respondió: «Has llenado de papeles tus venas». El tercero dijo: «En mi hogar ha crecido la hierba». Y el anciano contestó: «Has echado de ti la hospitalidad».

95
Contaban los Padres que un anciano muy venerable, si venia alguno a consultarle alguna cosa, le decía con gran seguridad: «Mira que ocupo el lugar de Dios y que actúo como juez, ¿qué quieres que haga por ti? Si vienes a decirme: “Ten piedad de mí”, Dios te dice: “Si quieres que yo tenga piedad de ti, ten tú piedad de tus hermanos y yo la tendré de ti. Si quieres que te perdone, perdona tú a tu prójimo”. ¿Acaso va a ser Dios quien te ponga pleito? Seguro que no. Si queremos salvamos, la salvación depende de nosotros».

96
Se dice que en las Celdas había un anciano muy penitente y un día en que estaba celebrando sus oficios, vino a su celda un santo varón y le oyó, desde fuera, cómo luchaba contra las tentaciones: «¿Hasta cuándo, decía, he de perderlo todo por una sola palabra?». El que estaba fuera pensó que estaba discutiendo con algún otro y llamó a la puerta para entrar y pacificarlos. Pero al entrar constató que no había nadie más que el anciano en el interior. Como tenía mucha confianza con el anciano, le preguntó: «¿Con quién discutías, Padre?». El otro contestó: «Con mis pensamientos, porque he confiado a mi memoria catorce libros y he oído fuera una palabrita y cuando he venido a rezar el oficio olvidé todo aquello. Y sólo aquella palabrita que oí fuera me vino a la memoria a lo largo de todo el rezo. Y por eso me enfadaba con mi pensamiento».

97
Los hermanos de un cenobio vinieron al desierto y se llegaron a la celda de un ermitaño que los recibió con gran alegría. Según la costumbre de los eremitas, al verlos tan cansados, les preparó comida fuera de la hora. Les trajo lo que tenía en la celda e hizo que descansaran. Al atardecer rezaron doce salmos y otro tanto hicieron por la noche. Mientras velaba, el anciano les oyó que decían entre sí: «Los anacoretas se dan mejor vida en el desierto que nosotros en nuestro convento». A la mañana siguiente, cuando salían para visitar a otro ermitaño cercano, el anciano les dijo: «Saludadle de mi parte y decidle: “No riegues las legumbres”». El otro, al oírlo, entendió el sentido y les tuvo trabajando en ayunas hasta muy tarde. Y ya casi de noche, recitó un largo oficio, y luego les sacó lo que tenía diciendo: «Descansemos un poco a causa de vosotros, pues estáis cansados del trabajo». Y añadió: «No tenemos costumbre de comer todos los días, pero, a causa de vosotros, tomaremos un poco». Y les sacó pan seco y sal diciendo: «Por vosotros, hoy tenemos festín», y añadió un poco de vinagre a la sal. Y al levantarse de la mesa, estuvieron rezando salmos hasta la madrugada. Y dijo el ermitaño: «A causa de vosotros no podemos cumplir nuestra regla; tenéis que descansar un poco porque sois peregrinos». Al llegar la mañana quisieron marcharse, pero él les rogaba: «Quedaos algún tiempo con nosotros, pero si por causa de vuestras reglas no podéis hacerlo durante mucho tiempo, por lo menos pasad aquí dos o tres días según la costumbre del desierto». Pero ellos, adivinando que no les iba a dar descanso, huyeron a escondidas.

98
Un hermano preguntó a uno de sus Padres: «Si me dejo vencer por el sueño y se me pasa la hora del oficio, mi alma, avergonzada, no se atreve a recuperarlo». Y el anciano le dijo: «Si te duermes hasta la mañana, cuando te despiertes, levántate, cierra las puertas y ventanas y recita tu oficio, porque escrito está: “Tuyo es el día, tuya también la noche” (Sa 74,16). Todo tiempo es bueno para dar gloria a Dios».

99
Decía un anciano: «Un hombre come mucho pero se queda con hambre. Otro come poco y queda saciado. Pues bien, el que come mucho y queda con hambre, tiene mayor recompensa que el que come poco y se sacia».

100
Un anciano dijo: «Si te sucede tener con otro hermano unas palabras desagradables, y él lo niega diciendo: “No he dicho esas palabras”, no discutas con él ni le respondas: “Sí, las has dicho”, porque se enfadaría y te dirá: “Sí, las he dicho, ¿y que?”».

101
Un hermano consultó a un anciano: «Mi hermana es pobre. Si le doy limosna, ¿no es ella como otro pobre cualquiera?». Y le dijo el anciano: «No». Y el hermano preguntó: «Por qué, Padre?». Y el anciano respondió: «Porque la sangre te tira un poco».

102
Decía un anciano: «El monje no debe oír a los que hablan mal de otros, ni ser él mismo detractor, ni escandalizarse».

103
Un anciano dijo: «No te agrade todo lo que te digan, ni te prestes a cualquier conversación. Sé tardo para crecer y pronto para decir la verdad».

104
Un anciano decía: «Si a un hermano que está en su celda le viene un pensamiento, y dándole vueltas dentro de su corazón no acierta a descifrar su sentido, ni tampoco se lo aclara Dios, vienen los demonios y le hacen creer lo que ellos quieren acerca de ese pensamiento».

105
Decían algunos ancianos: «Al principio, cuando nos reuníamos para hablar de cosas de provecho para nuestras almas, nos levantábamos más animados y nos acercábamos al cielo. Ahora nos reunimos para murmurar y nos arrastramos mutuamente al abismo».

106
Otro Padre decía: «Si nuestro hombre interior vigila, podrá cuidar al hombre exterior. Pero si no es así, ¿cómo podremos guardar nuestra lengua?».

107
El mismo Padre dijo: «La obra espiritual es necesaria, pues para eso vinimos. Cuesta mucho trabajo decir con la boca lo que no cumplimos de obra».

108
Decía otro anciano: «Es absolutamente necesario que el monje esté en la celda ocupado interiormente. Si se ocupa de las cosas de Dios puede, de vez en cuando, venir el diablo, pero no encuentra sitio para quedarse. Si por el contrario el enemigo le domina y llega a esclavizarle, el espíritu de Dios vuelve de nuevo con frecuencia, pero si no le hacemos sitio, se irá por nuestra culpa».

109
Un día unos monjes bajaban de Egipto a Scitia para visitar a los ancianos. Y se escandalizaron cuando les vieron comer con impaciencia, pues estaban muertos de hambre por un ayuno excesivo. Uno de los presbíteros se dio cuenta y quiso curarles antes de que marcharan. Y en la iglesia se puso a predicar al pueblo: «Ayunad y prolongad vuestro ayuno, hermanos». Los hermanos que habían venido de Egipto se querían marchar, pero él les retuvo. Apenas comenzaron su ayuno, la cabeza empezó a darles vueltas, pues les hizo ayunar dos días seguidos. Los hermanos de Scitia ayunaron toda la semana. Al llegar el sábado, los egipcios se pusieron a comer con los ancianos de Scitia. Y como los egipcios se abalanzasen sobre la comida, uno de los ancianos les cogió las manos y les dijo: «Comed con mesura, como monjes». Pero uno de los egipcios apartó su mano diciendo: «Déjame que me muero. No he comido nada cocido en toda la semana». Y le dijo el anciano: «Si vosotros comiendo cada dos días habéis desfallecido hasta este punto, ¿por qué os habéis escandalizado de los hermanos que ayunan toda una semana al verlos romper su ayuno?». Los monjes de Egipto hicieron una metanía ante los ancianos y se fueron alegres y edificados de su abstinencia.

110
Un hermano renunció al mundo, vistió el hábito de monje y enseguida se recluyó, diciendo: «Quiero estar solo». Al saberlo los ancianos vecinos vinieron y le hicieron salir y le mandaron recorrer las celdas de los hermanos y hacer una metanía delante de cada uno, diciendo: «Perdóname, no soy un anacoreta. Hace muy poco tiempo que he empezado a ser monje».

111
Decían los ancianos: «Si ves a un joven subir al cielo por su propia voluntad, agárrale del pie y tíralo al suelo, pues no le conviene».

112
Un hermano dijo a un anciano venerable: «Padre, quisiera encontrar un anciano a mi gusto para vivir con él». Y el anciano le dijo: «Es una buena búsqueda, señor mío». El otro seguía afirmando que ese era su deseo, sin entender lo que el anciano había querido insinuarle. Pero cuando vio el anciano que el hermano continuaba en su idea creyendo que pensaba rectamente, le dijo: «Entonces, si encuentras un anciano a tu gusto, ¿quieres quedarte con él?». Y el otro le contestó: «Eso es exactamente lo que quiero, si encuentro uno que me convenga». Entonces el anciano le dijo: «No es para hacer la voluntad de ese anciano, sino para que él haga la tuya y así encontrar tú descanso en él». El hermano comprendió lo que el anciano quería decirle y levantándose se arrojó al suelo e hizo una metanía, diciendo: «Perdóname, Padre, que me he ensoberbecido sin medida, creyendo que hablaba sensatamente, cuando la realidad es que no tengo nada bueno».

113
Dos hermanos carnales renunciaron al mundo. El más joven de los dos fue el primero en convertirse. Uno de los Padres vino a visitarles, trajeron un barreño y el más joven se acercó para lavar los pies al anciano. Pero éste, tomándole de la mano le apartó e hizo que fuera el hermano mayor el que realizara aquella buena obra, según la costumbre del monasterio. Los hermanos que estaban presentes, le dijeron: «Padre, el más joven ha sido el primero en convertirse y tiene prioridad». Pero el anciano les respondió: «Pues bien, retiro la prioridad al más joven para dársela al que le precede en edad».

114
Decía un anciano: «Los profetas escribieron libros. Nuestros Padres vinieron después de ellos y trabajaron mucho sobre esos libros. Sus sucesores los aprendieron de memoria. Ha venido una generación, la actual, que lo escribió todo en papeles y pergaminos que ha dejado descansar ociosos en sus ventanas».

115
Un anciano decía: «Nuestra capucha es el símbolo de la inocencia. El escapulario que cubre la espalda y el cuello es figura de la cruz. El cinturón con el que nos ceñimos, es señal de la fortaleza. Vivamos pues conforme a lo que nuestro hábito significa, que si todo lo hacemos con celo, no desfalleceremos nunca».


(1) PARRHESIA: Etimológicamente: libertad en el hablar. De donde se sigue se sigue una acepción favorable: confianza y seguridad de los santos ante Dios. En los Apotegmas o sentencias memorables de los ancianos, tiene más a menudo una acepción peyorativa, excesiva libertad, dejarse llevar en el hablar y en el comportarse; excesiva familiaridad.
(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración.
(3) HESYQUIA: Tranquilidad, quietud, sea del alma pacificada, sea de la vida monástica en general, sea, finalmente, de una vida más solitaria dentro o fuera el cenobitismo.
(4) SINAXIS: Misa, Eucaristía. Oficio litúrgico que incluía, casi siempre, la celebración de la Misa.
X. De la discreción
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IX. No hay que juzgar a nadie

X. De la discreción
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