Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

XI. De la vigilancia

1
Un hermano hizo una pregunta al abad Arsenio para escuchar una palabra suya. Y el anciano le dijo: «Lucha con todas tus fuerzas para que tu conducta interior se acomode a la voluntad de Dios y venza las pasiones del hombre exterior». Dijo también: «Si buscamos a Dios se nos aparecerá. Y silo retenemos se quedará junto a nosotros».

2
El abad Agatón decía: «Un monje no debe permitir que su conciencia le acuse de cosa alguna». Cuando murió permaneció tres días inmóvil, con los ojos abiertos. Los hermanos le sacudieron un poco y le preguntaron: «¿Padre, dónde estás?». Y respondió: «Estoy ante el tribunal de Dios». Y le dijeron los hermanos: «Padre, ¿tú también temes?». Y contestó: «Me he esforzado con toda mi alma en guardar los mandamientos de Dios, pero soy hombre, y no sé si mis obras fueron agradables a Dios». Los hermanos le dicen: «¿No confías en que tus obras fueron según Dios?». Y el anciano dijo: «No estaré seguro hasta que no esté delante de Dios. Una cosa es el juicio de Dios y otra el juicio de los hombres». Y como los hermanos le quisieron preguntar más cosas, les dijo: «Por caridad, no me habléis más, estoy ocupado». Y dicho esto murió con gran alegría. Y le vieron entregar su espíritu como un amigo que saluda a sus amigos íntimos. Había sido vigilante en todo y decía: «Sin vigilancia no se adelanta en ninguna virtud».

3
Cuando el abad Amoés iba a la iglesia no permitía que su discípulo caminase a su lado. Debía seguirle de lejos y si se acercaba para preguntarle alguna cosa, le respondía con brevedad y enseguida lo enviaba detrás de sí. Decía: «No sea que hablando de algo que sea de utilidad al alma, nos deslicemos en algún tema que no sea conveniente. Por eso no te permito que te quedes a mi lado».

4
Al comenzar una entrevista, preguntó el abad Amoés al abad Arsenio: «¿Cómo me ves en este momento?». Arsenio le contestó: «Como un ángel, Padre». Más tarde le volvió a preguntar: «Y ahora, ¿cómo me ves?». Y Arsenio le dijo: «Como si fueras Satanás, porque aunque tu conversación ha sido buena, ha sido como una espada para mí».

5
El abad Alonio decía: «Mientras el hombre no diga en su corazón: “En este mundo estamos sólo Dios y yo”, no tendrá paz ni descanso en su vida».

6
Dijo también: «Si el hombre quiere de verdad, en un solo día, de la mañana a la noche, puede alcanzar la medida de la divinidad».

7
El abad Besarión dijo en el momento de su muerte: «Un monje debe ser todo ojos como los querubines y serafines».

8
Un día caminaban juntos el abad Daniel y el abad Amoés. Y dijo el abad Amoés: «Padre, ¿crees que también nosotros, algún día, nos asentaremos en una celda?». El abad Daniel respondió: «¿Quién nos puede quitar a Dios? Dios ahora está fuera, y también en la celda está Dios».

9
El abad Evagrio decía: «La oración sin distracción es una gran cosa. Pero mayor es la salmodia sin distracción».

10
Decía también: «Acuérdate de tu muerte y no te olvides de los castigos eternos. Así ninguna falta manchará tu alma».

11
Dijo el abad Teodoro de Ennato: «Si Dios nos imputa las negligencias en el tiempo de oración y las distracciones que padecemos durante la salmodia, no podemos ser salvos».

12
El abad Teonás decía: «Porque nuestra alma se distrae y se aparta de la contemplación de Dios, somos esclavos de nuestras pasiones carnales».

13
Un día, unos hermanos quisieron tentar al abad Juan el Enano, porque no permitía que su mente se entretuviese con pensamientos vanos, ni hablaba de cosas de este mundo. Le dijeron: «Demos gracias a Dios porque este año ha llovido mucho, las palmas tienen el agua necesaria y empiezan a dar ramas. Así los hermanos encontrarán lo que necesitan para su trabajo manual». El ‘abad Juan les respondió: «Lo mismo ocurre cuando el Espíritu Santo baja al corazón de los santos. Reverdecen en cierto modo, se renuevan y dan hojas de temor de Dios».

14
Un día el abad Juan preparó cuerdas para hacer dos espuertas. Pero las empleó todas en una sola y no cayó en la cuenta hasta que llegó a la pared. Su espíritu estaba totalmente embebido en la contemplación de Dios.

15
Había en Scitia un anciano de gran vigor corporal, pero que no era muy cuidadoso para retener lo que oía. Fue al abad Juan el Enano y le consultó sobre este problema de su falta de memoria. Escuchó sus palabras, volvió a su celda y olvidó lo que le había dicho el abad Juan. Volvió otra vez para preguntarle, le escuchó de nuevo, regresó a su celda y en cuanto llegó se le olvidó lo que había oído. Fue y vino muchas veces pero siempre se olvidaba de lo que le decía. Más tarde se encontró con el anciano y le dijo: «¿Sabes, Padre, que he vuelto a olvidar lo que me dijiste? Pero para no molestarte no he querido volver». El abad Juan le dijo: «Vete y enciende esa candela». Y la encendió. Y le dijo de nuevo: «Trae otras candelas y enciéndelas con ella». Y lo hizo así. Y entonces el abad Juan le dijo al anciano: «¿Se ha visto perjudicada esa candela porque en ella encendiste las otras?». «No». «Pues tampoco Juan sufrirá detrimento aunque toda Scitia venga a yerme. Eso no me apartará del amor de Dios. Por tanto, siempre que quieras, no dudes en venir». Así, por la paciencia de ambos, Dios curó al anciano de su falta de memoria. Los monjes de Scitia tenían a gala animar a los que luchaban contra alguna pasión, y echaban sobre sí sus penas. Y de ello salían ganando los dos.

16
Un hermano vino a preguntar al abad Juan: «¿Qué debo hacer? Un hermano viene a menudo a buscarme para que vaya a trabajar con él. Yo soy débil y sin fuerzas y me consumo en ese trabajo. ¿Qué debo hacer para cumplir el mandato del Señor?». El anciano le respondió: «Caleb, hijo de Yefunné dijo a Josué, hijo de Nun: “Cuarenta años tenía yo cuando Moisés, siervo de Yahvé, me envió contigo a este país. Ahora tengo ochenta y conservo todo mi vigor de entonces para combatir, para ir y venir” (Jos 14,7. 10. 11). Por tanto, si puedes, vete, sal y entra. Pero si no lo puedes hacer, quédate en la celda llorando tus pecados. Si te encuentran así llorando no te obligarán a salir».

17
El abad Isidoro, presbítero de Scitia, decía: «Cuando era joven y moraba en mi celda, no contaba el número de salmos que recitaba al decir el Oficio. Pasaba en ello el día y la noche».

18
Contaba el abad Casiano que un monje que vivía en el desierto había pedido a Dios la gracia de no dormirse cuando se ocupaba en asuntos de su alma, y sucumbir inmediatamente al sueño si le venían palabras de odio o de maledicencia, para no escuchar ese veneno. Decía el anciano que el diablo se afana por hacer decir a los hombres palabras ociosas y es el enemigo de toda doctrina espiritual. Y para explicarlo ponía este ejemplo: «Un día yo hablaba de cosas provechosas para el alma con mis hermanos y se durmieron tan profundamente que no podían ni levantar los párpados de sus ojos. Deseando hacerles caer en la cuenta de que era el demonio, empecé a hablar de cosas vanas y en seguida se sacudieron muy alegres el sueño. Yo gimiendo les dije entonces: “Hasta ahora hemos estado hablando de cosas del cielo y todos vuestros ojos estaban dominados por un profundo sueño, pero cuando se trató de cosas vanas, enseguida os pusisteis a escuchar: por eso, queridos hermanos, sabiendo que es cosa del demonio, vigilad y tened cuidado de no ser presa del sueño cuando escucháis o hacéis alguna cosa espiritual”».

19
El abad Pastor, cuando era joven, fue a un anciano para hacerle tres preguntas. Pero al llegar a donde vivía el anciano, se le olvidó una de ellas y tuvo que volverse a su celda. Pero cuando alargó la mano para coger el picaporte, se acordó del asunto que se le había olvidado. Retiró la mano y volvió donde el anciano. El anciano le dijo: «Hermano, te has dado mucha prisa en volver». Y Pastor le contó como al alargar la mano para coger el picaporte de la puerta, había recordado la pregunta, e inmediatamente, sin abrir la celda, había regresado. La distancia era muy considerable. El anciano le dijo: «Si, eres un verdadero pastor del rebaño. Tu nombre se pronunciará en todo Egipto».

20
El abad Amón vino a ver al abad Pastor y le dijo: «Si voy a la celda de mi vecino, o él viene a la mía para tratar algún asunto, tenemos mucho miedo, los dos, de dejarnos llevar a alguna conversación profana e impropia de un monje». Y el anciano le dijo: «Haces bien. Los jóvenes tienen necesidad de vigilancia». Y el abad Amón le preguntó: «¿Qué hacían los ancianos?». Y le contestó el abad Pastor: «A los ancianos aprovechados y firmes en la virtud no les venía a los labios ninguna cosa profana de qué hablar». Y dijo el abad Amón: «Entonces, si me veo obligado a hablar con mi vecino, ¿te parece bien que hable con él de las Sagradas Escrituras o de las Sentencias de los ancianos?». Y el abad Pastor le respondió:«Si no puedes callar, es mejor que hables de las Sentencias de los ancianos que de las Escrituras, pues esto encierra peligros no pequeños».

21
Preguntado el abad Pastor acerca de las faltas, respondió: «Si practicas una ascesis enérgica en el temor de Dios y eres vigilante, no encontrarás en ti faltas».

22
Cuando el abad Pastor se preparaba para el Oficio, se sentaba antes durante una hora, para aclarar sus pensamientos. Y luego salía.

23
El abad Pastor contaba que un hermano fue a preguntar al abad Paisio: «¿Qué debo hacer por mi alma que se ha vuelto insensible y no teme a Dios?». Y el anciano le dijo: «Vete, únete a un hombre temeroso de Dios, y su compañía te enseñará a temer a Dios».

24
Dijo también: «El temor de Dios es principio y fin. Está escrito: “Principio del saber el temor de Yahvé” (Sal 110,10). Y cuando Abraham terminó su altar, le dijo el Señor: “Ahora ya sé que eres temeroso de Dios”». (Gén 22,12).

25
Decía también el abad Pastor: «Huye del hombre que en la conversación no cesa de discutir».

26
Dijo también: «En cierta ocasión, conté al abad Pedro, discípulo del abad Lot: “Cuando estoy en la celda mi alma está en paz. Viene un hermano, me cuenta lo que sucede fuera y se turba mi alma”. Y el abad Pedro me dijo que el abad Lot, a esa misma pregunta le había respondido: “Tu llave es la que abre mi puerta”. Y que él le había preguntado: “¿Qué significan estas palabras?”. Y él contestó: “Si viene a verte un hermano y tú le preguntas: ¿Cómo estás, a dónde vienes, qué tal estos y aquellos hermanos, te han recibido bien o no?’, entonces abres la puerta de la boca de tu hermano y escuchas lo que no quieres”. “Así es, le dije yo, pero ¿qué tengo que hacer cuando venga a mi celda un hermano?”. Y me dijo el anciano: “El penthos es una doctrina universal. Donde no existe el penthos (1) es imposible guardar el alma”. Y yo le dije entonces: “Cuando estoy en mi celda el penthos está conmigo, pero sí viene a yerme alguno o salgo de mi celda, ya no lo encuentro”. Y el anciano contestó: “Todavía no tienes dominio sobre el penthos, sino que dispones de él en algunas ocasiones”. Y le pregunté: “¿Qué significa eso?”. Y me dijo el abad Lot: “Si el hombre lucha con todas sus fuerzas para lograr una cosa, si la busca, a cualquier hora que la necesite la encontrará”».

27
Un hermano dijo al abad Sisoés: «Quiero guardar mi corazón». Y él le respondió: «¿Cómo podremos guardar nuestro corazón, si nuestra lengua encuentra la puerta abierta?».

28
El abad Silvano moraba en el monte Sinaí. Un día, su discípulo, que quería ausentarse para cierto negocio suyo, le dijo: «Deja correr el agua y riega el huerto». El abad Silvano salió para dar suelta al agua, y cubriéndose el rostro con su capucha, por lo que no veía más allá de sus pies. Un hombre le vio de lejos y se dio cuenta de lo que hacía. Se le acercó y le preguntó: «Dime, Padre, ¿por qué te cubres el rostro con el capuchón para regar el huerto?». Y el anciano le dijo: «Para que mis ojos no vean los árboles, y así mi mente no se distraiga al mirarlos y descuide mi trabajo».

29
Preguntó el abad Moisés al abad Silvano: «¿Puede el hombre, todos los días, iniciar su conversión?». El abad Silvano le respondió: «Si el hombre es laborioso, cada día y a cada hora, puede iniciar su conversión».

30
Los hermanos preguntaron un día al abad Silvano qué método había seguido para alcanzar una tal prudencia. Y respondió: «Nunca permití entrar en mi corazón un pensamiento que me irritase».

31
El abad Serapión decía: «Los soldados que están delante del emperador no pueden mirar ni a derecha ni a izquierda. Lo mismo el monje cuando está en presencia de Dios y se aplica continuamente en su temor, ninguna amenaza del enemigo le podrá asustar».

32
Santa Sinclética decía: «Seamos vigilantes. Los ladrones penetran por los sentidos de nuestro cuerpo, aunque nosotros no queramos. ¿Cómo dejará de ennegrecerse la casa, si el humo exterior encuentra las ventanas abiertas?».

33
Dijo también: «Hay que estar armado por todas partes contra los demonios. Porque entran desde fuera, se mueven dentro y nuestra alma lo tiene que sufrir todo. Lo mismo que un barco se ve, a veces, sacudido por la enorme masa de las olas, desde el exterior, y otras veces se ve arrastrado al fondo por el peso del agua que se mete en su interior, también nosotros nos perdemos por nuestras malas obras externas unas veces y otras nos vemos arruinados por la malicia de nuestros pensamientos. Conviene, por tanto, que vigilemos no sólo los ataques exteriores de los espíritus inmundos, sino que arrojemos también la inmundicia de nuestros pensamientos interiores».

34
Decía también: «No tenemos seguridad en este mundo. El apóstol nos dice: “Así pues, el que crea estar en pie, mire no caiga”. (1 Co 10, 12). Navegamos en la incertidumbre, porque como dice el Salmista: embargo, en el mar hay sitios llenos de peligros y sitios tranquilos. Nosotras, parece ser que navegamos por zonas tranquilas y los del mundo por zonas peligrosas. Además, nosotras caminamos de día guiadas por el sol de justicia, mientras ellos navegan en la noche de la ignorancia. Sin embargo, ocurre a menudo que la gente del mundo, que navega en la tempestad y en la oscuridad, salva su nave gritando a Dios y vigilando, por temor al peligro. Y nosotras, instaladas en la tranquilidad, nos hundimos por nuestra negligencia abandonando el timón de la justicia».

35
El abad Hiperequios dijo: «Piensa siempre en el Reino de los Cielos, y pronto lo tendrás en heredad».

36
Dijo también: «Que la vida del monje sea imitación de los ángeles, es decir, que queme y consuma los pecados».

37
Decía el abad Orsisio: «Pienso que si el hombre no guarda su corazón, se olvidará de lo que oye y ve, y se descuidará. Y finalmente el enemigo, encontrando sitio dentro de su alma, le suplantará. Una lámpara en la que se ha preparado aceite y una mecha, dará luz. Pero si por negligencia no se puso aceite, poco a poco se apagará y las tinieblas podrán más que ella. Si llega un ratón y quiere roer la mecha, mientras no esté completamente apagada no lo puede hacer a causa del calor del fuego. Pero si ve que la mecha se ha apagado y ya no conserva el calor del fuego, al querer llevarse la mecha, tirará al suelo también la lámpara. Si la lámpara es de barro se romperá, pero si es de bronce su dueño puede repararla. Lo mismo ocurre con el alma negligente. Poco a poco el Espíritu Santo se aparta de ella, hasta que se apaga del todo su fervor. Entonces el enemigo consume y devora los buenos deseos del alma y arruina ese cuerpo de pecado. Pero si el hombre, por el amor que tiene a Dios, es bueno y sencillamente se ha visto arrastrado por la negligencia, Dios, que es infinitamente misericordioso, aviva en él su espíritu y el recuerdo de las penas preparadas para los pecadores en el siglo venidero y cuida de que sea vigilante y en adelante preceda con suma cautela, hasta el día de su venida».

38
Un anciano vino a ver a otro anciano y mientras hablaban, uno de ellos dijo: «Yo estoy muerto al mundo». Y el otro le contestó: «No te fíes de ti hasta que hayas salido de este cuerpo, pues aunque tú digas de ti que estás muerto, Satanás no está muerto».

39
Decía un anciano: «El monje debe, cada día, por la mañana y por la tarde, pensar qué ha hecho y qué no ha hecho de lo que Dios quiere. Así debe examinar el monje toda su vida y hacer penitencia. Así vivió el abad Arsenio».

40
Dijo un anciano: «El que pierde oro o plata, puede recuperarlo. Pero el que desaprovecha una ocasión, no la volverá a encontrar».

41
Decía un anciano: «El soldado y el cazador que salen a su trabajo, no piensan si éste está herido y aquel otro sano. Cada uno lucha por si solo. Así debe proceder el monje».

42
Un anciano dijo: «Nadie puede herir al que está al lado del emperador. Tampoco Satanás puede hacernos el menor daño si nuestra alma está unida a Dios, pues escrito está: “Volveos a mí y yo me volveré a vosotros (Za 1,3). Pero como con frecuencia nos envanecemos, el enemigo se apodera de nuestra miserable alma y la arroja en el fango de las pasiones».

43
Un hermano dijo a un anciano: «No siento ninguna lucha en mi corazón». Y el anciano le respondió: «Eres como la puerta de una ciudad. Entra todo el que quiere y por donde quiere y sale cuando quiere y como quiere, sin que tú te enteres de nada de lo que hacen. Si tuvieras una puerta bien cerrada y si impidieses la entrada a los malos pensamientos, los verías estar en pie fuera y luchando contra ti».

44
Se cuenta de un anciano que cuando sus pensamientos le decían: «Descansa hoy, mañana harás penitencia», él les contradecía diciendo: «No, hoy hago penitencia; mañana haré la voluntad de Dios».

45
Un anciano decía: «Si no vigilamos nuestro exterior es imposible guardar nuestro interior».

46
Dijo un anciano: «Tres son las artimañas de Satanás que preceden a todos los pecados: la primera es el olvido, la segunda la negligencia, la tercera la concupiscencia. Porque si viene el olvido engendra negligencia, de la negligencia nace la concupiscencia y ésta hace caer al hombre. Pero si la mente vigila para no caer en el olvido, no caerá en la negligencia. Si no es negligente, no sentirá la concupiscencia. Si no le domina la concupiscencia, no caerá nunca con la gracia de Dios».

47
Un anciano decía: «Aplícate al silencio y no pienses cosas vanas. Acostado o levantado date a la meditación, con temor de Dios. Si esto haces no temerás el ataque de los enemigos».

48
Decía un anciano a un hermano: «El diablo es el enemigo y tú eres la casa. El enemigo no cesa de arrojar sobre ti todo lo sucio que encuentra, y de volcar sobre ti todas sus inmundicias. A ti te toca no descuidarte y echar fuera todo lo que él te arroja. Si te descuidas, tu casa se llenará de basura y no podrás entrar en ella. Por eso, desde el principio, elimina, poco a poco, lo que él te arroje, y tu casa estará limpia por la gracia de Cristo».

49
Uno de los ancianos dijo: «Cuando a un animal se le tapan los ojos, da vueltas alrededor del molino, porque si tuviese los ojos descubiertos no daría vueltas. También el diablo, cuando consigue cegar los ojos del hombre, lo humilla con toda clase de pecados. Pero si no se cierran los ojos, es más fácil escapar de él».

50
Decían los ancianos: «Siete monjes moraban en el monte del abad Antonio. Cuando llegaba el tiempo de los dátiles uno de ellos se encargaba de espantar a los pájaros. Y uno de aquellos ancianos, el día que le tocaba guardar los dátiles, gritaba: “Salid de dentro los pensamientos malos, y pájaros, ¡fuera!”».

51
Un hermano de las Celdas preparó las palmas, pero al sentarse para hacer las esteras le vino el pensamiento de ir a visitar a un anciano. Y reflexionando interiormente dijo: «Iré dentro de unos días». Y de nuevo le insinuaba su pensamiento: «¿Y si muere entre tanto, qué harás?». « Iré ahora a hablar con él, aprovechando el verano». Pero de nuevo pensó: «No es ahora el momento. Cuando hayas cortado los juncos para las esteras, entonces será la ocasión». Y de nuevo se dijo: «Extiendo estas palmas y voy». Y pensó otra vez: «Hoy hace buen día». Se levantó, dejó las palmas en agua, tomó su melota y marchó. Tenía por vecino de celda un anciano que leía los corazones y al verle caminar con tanta prisa le gritó: «¡Prisionero, prisionero!, ¿dónde vas tan corriendo? Ven aquí». Y cuando llegó donde estaba, le dijo el anciano: «Vuelve a tu celda». El hermano le contó el vaivén de su pensamiento y luego volvió a su celda. Entró en ella, se postró en tierra e hizo una metanía (2). Hecho esto los demonios empezaron a gritar con grandes voces: «¡Nos has vencido, monje, nos has vencido!». La estera sobre la que se había postrado pareció incendiarse y los demonios desaparecieron como el humo. Así el hermano aprendió sus malas artes.

52
Un anciano se moría en Scitia y los hermanos rodeaban su lecho. Le vistieron su hábito llorando, pero el abrió los ojos y se echó a reír. Y esto mismo se repitió tres veces. Al verlo los hermanos le preguntaron: «Padre, ¿por qué nosotros lloramos y tú te ríes?». El les dijo: «He reído la primera vez porque vosotros tenéis miedo a la muerte. La segunda porque no estáis preparados. La tercera porque paso del trabajo al descanso, y vosotros lloráis». Dichas estas palabras cerró los ojos y descansó en el Señor.

53
Un hermano de una de las celdas vino a uno de los Padres y le dijo que sus pensamientos le atormentaban. El anciano le dijo: «Has arrojado por tierra esa herramienta maravillosa que es el temor de Dios y tienes en la mano una vara de caña, que son los malos pensamientos. Toma en ella más bien el fuego del temor de Dios y cuando se te acerque el mal pensamiento, arderá como caña en el fuego del temor de Dios. El mal no tiene ningún poder contra los que temen a Dios».

54
Uno de los Padres decía: «No puedes amar sí antes no has odiado. Porque si no. odias al pecado, no podrás cumplir con la justicia, pues escrito está: “Apártate del mal y obra el bien” (Sal 37,27). Porque en todo esto lo que importa es la voluntad del alma. Adán, estando en el paraíso, desobedeció el mandamiento del Señor, mientras que Job, sentado en su estercolero, lo observó. Por eso Dios sólo busca en el hombre su buena voluntad para que le posea siempre».


(1) PENTHOS: Duelo por la muerte de un pariente. Y de aquí, en sentido espiritual: tristeza causada por el estado de muerte en que el alma se encuentra a consecuencia del pecado, sea del pecado propio o del pecado del prójimo.
(2) METANÍA: Cambio de ideas, conversión, penitencia interior, gesto por el cual se da tetimonio de su arrepentimiento después de una falta o simplemente de un encuentro con otro, casi siempre postración.
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XI. De la vigilancia
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