Las sentencias de los Padres del DesiertoMaestros

XII. Se debe orar continuamente y con vigilancia

1
Se decía del abad Arsenio que el sábado por la tarde, cuando empezaba el día del Señor, volvía su espalda al sol, levantaba sus manos al cielo y oraba hasta que en la mañana del domingo el sol, al levantarse, iluminaba su rostro. Y sólo entonces iba a sentarse.

2
Unos hermanos preguntaron al abad Agatón: «Padre, ¿cuál es la virtud que exige más esfuerzo en la vida religiosa?». El les respondió: «Perdonadme, pero estimo que nada exige tanto trabajo como el orar a Dios. Si el hombre quiere orar a su Dios, los demonios, sus enemigos, se apresurarán a interrumpir su oración, pues saben muy bien que nada les hace tanto daño como la oración que sube hacia Dios. En cualquier otro trabajo que emprenda el hombre en la vida religiosa, por mucho esfuerzo y paciencia que dicho trabajo exija, tendrá y logrará algún descanso. La oración exige un penoso y duro combare hasta el último suspiro».

3
El abad Dulas, discípulo del abad Besarión, contaba: «Un día fui a la celda de mi abad y le encontré de pie en oración y con las manos levantadas al cielo. Permaneció así durante catorce días. Luego me llamó, y me dijo: “Sígueme”. Y fuimos al desierto. Yo sentía sed y le dije: “Padre, tengo sed”. El tomó su cantimplora, se apartó de mí a la distancia de un tiro de piedra, hizo oración y me la trajo llena de agua. Después fuimos a la ciudad de Lyco para visitar al abad Juan. Terminados los saludos hicimos oración. A continuación los dos ancianos se sentaron y empezaron a hablar de una visión que habían tenido. El abad Besarión dijo: “Dios ha decidido destruir los templos”. Y así ocurrió. Fueron destruidos».

4
Decía el abad Evagrio: «Si estás desanimado, ora. Ora con temor y temblor, con ardor, sobriedad y vigilancia. Así es preciso orar, especialmente a causa de nuestros enemigos invisibles, que son malos y se aplican a todo mal, pues sobre todo en este punto de la oración se esfuerzan en ponernos dificultades».

5
Dijo también el abad Evagrio: «Cuando te venga un mal pensamiento en la oración no busques otra cosa en ella. Afila la espada de las lágrimas contra el que te combate».

6
El abad del monasterio que Epifanio, de santa memoria, obispo de Chipre, tenía en Palestina, le envió a decir: «Gracias a tus oraciones no hemos descuidado la Regla. Hemos rezado cuidadosamente tercia, sexta, nona y vísperas». Pero el obispo le contestó: «Veo que hay horas en las que dejáis de hacer oración. El verdadero monje debe orar sin interrupción, o al menos salmodiar en su corazón».

7
El abad Isaías decía: «El presbítero de Pelusa celebró un ágape. Los hermanos se pusieron a comer y a charlar entre sí en la iglesia. El sacerdote les increpó: “¡Callad, hermanos! Conozco a un hermano que come con vosotros y su oración sube como fuego en la presencia del Señor.

8
El abad Lot vino a ver al abad José y le dijo: «Padre, me he hecho una pequeña regla según mis fuerzas. Un pequeño ayuno, una pequeña oración, una pequeña meditación y un pequeño descanso. Y me aplico según mis fuerzas a liberarme de mis pensamientos. ¿Qué más debo hacer?». El anciano se puso en pie, levantó sus manos al cielo y sus dedos se convirtieron en diez lámparas de fuego. Y le dijo: «Si quieres, puedes convertirte del todo en fuego».

9
Unos monjes euquitas, es decir «orantes», vinieron un día a ver al abad Lucio, a Ennato. El anciano les preguntó: «¿Qué clase de trabajo manual hacéis?». Y ellos le dijeron: «No hacemos ningún trabajo manual, sino que, como dice el apóstol, oramos constantemente». (Cf 1 Tes 5,17). El anciano les dijo: «¿No coméis?». Y ellos contestaron: «Sí, comemos». Y el anciano les preguntó: «¿Y cuándo coméis, quién ora por vosotros?». De nuevo les preguntó el anciano: «¿No dormís?». Y contestaron: «Dormimos». «Y cuando dormís, ¿quién ora en vuestro lugar?». Y no supieron qué responderle. El anciano les dijo entonces: «Perdonadme, hermanos, pero no hacéis lo que decís. Yo os enseñaré cómo trabajando con mis manos oro constantemente. Me siento con la ayuda de Dios, corto unas palmas, hago con ellas unas esteras y digo: “Ten piedad de mí, oh Dios, según tu amor, por tu inmensa ternura borra mi delito” (Sal 51,1). ¿Es esto una oración o no?». Ellos dijeron: «Sí». El anciano continuó: «Paso todo el día trabajando y orando mental o vocalmente y gano unos dieciséis denarios. Pongo dos delante de mi puerta y con el resto pago mi comida. El que recoge aquellos dos denarios, ora por mi mientras que yo como o duermo. Y así es como cumplo, con la gracia de Dios, lo que está escrito: “Orad constantemente”». (1 Tes 5,17).

10
Preguntaron unos al abad Macario: «¿Cómo debemos orar?». Y él les dijo: «No es preciso hablar mucho en la oración, sino levantar con frecuencia las manos y decir: “Señor, ten piedad de mi, como tú quieres y como tu sabes”. Si tu alma se ve atribulada, di: “¡Ayúdame!”. Y como Dios sabe lo que nos conviene, se compadece de nosotros».

11
Se contaba que si el abad Sisoés no se daba prisa en bajar sus manos cuando se ponía en pie para orar, su espíritu se veía transportado a las alturas. Por eso, si oraba en compañía de algún hermano, bajaba enseguida las manos temeroso de caer en éxtasis y permanecer así largo tiempo.

12
Decía un anciano: «La oración asidua cura enseguida el alma».

13
Uno de los Padres decía: «Es imposible que uno vea su rostro en un agua turbia. Tampoco el alma, si no se purifica de pensamientos extraños, puede contemplar a Dios en la oración».

14
Un anciano vino un día al monte Sinaí, y cuando se marchaba salió a su encuentro un hermano que le dijo llorando: «Estamos muy afligidos, Padre, por la sequía, porque no llueve». Y le dijo el anciano: «¿Por qué no oráis y pedís la lluvia a Dios?». Y le dijo el otro: «Ya oramos y rogamos continuamente a Dios, pero no llueve». Y replicó el anciano: «Creo que no habéis orado con atención, ¿quieres comprobarlo? Ven, pongámonos de pie los dos juntos y oremos». Levantó las manos al cielo, oró y al punto empezó a llover. Al ver esto el hermano, se echó a temblar y se arrojó a sus pies. El anciano, empero, se escapó de allí rápidamente.

15
Los hermanos contaban: «Un día fuimos a ver a unos ancianos. Después de hacer oración, según costumbre, nos saludamos y nos sentamos para conversar juntos. Terminada la reunión, en el momento de marchar, pedimos el tener de nuevo juntos un rato de oración. Uno de aquellos ancianos nos dijo: «¿Cómo, pero no habéis orado ya?». Le dijimos: «Sí, Padre, hemos hecho oración al llegar, pero desde entonces hasta ahora no hemos hecho más que hablar». Y él nos dijo: «Perdonadme, hermanos, pero está sentado entre vosotros un hermano que mientras hablaba ha hecho ciento tres oraciones». Y después de decirnos esto, hicimos oración y nos despidieron.

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